XVIII
Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes de ese apartado hogar.
Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.
En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: urjente.
Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó, será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.
—Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.
—¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.
—¿De quién? contestaron todos a una voz.
—De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.
—¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de la carta que decia literalmente así:
«Querido tio:
En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh! querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué encantadora debe ser mi prima!
Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.
No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante mi corta permanencia en Cuba.—Su amante sobrino,
Arturo de Bilbao.»
Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de la conversacion.
Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida, con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el pecho i un chal terciado sobre el hombro.
Gabriel salió a su encuentro.
—¿Es esta la casa de don Manfredo?
—Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al recien llegado.
Un momento despues veíase el bien-venido rodeado por todos los de la casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo del cariño.
El recien llegado era Arturo de Bilbao.
Berta desde el primer momento quedó vislumbrada con la belleza del primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.
Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de la hermosura de Berta. En fin, la vió i la amó.
El simpático huésped fué conducido al salon. Todas las miradas se fijaban en él.
—No te esperábamos aun Arturo, prorrumpió Manfredo.
—Es estraño, querido tio, cuando cuidé de anunciarme a Uds. con anticipacion.
—No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.
Vieron la carta i resultó haber llegado atrasada.
—Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomendé a un amigo mio, i probablemente se tardó en despacharla.
—¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.
—Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds. prolongando mi residencia en Matanzas.
—¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá tuviéramos siempre esa clase de molestias.
—Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra tocadora.
—Todo lo contrario Arturo.
—¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.
Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a cada momento.
Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas natural habria sido que fuera obra del tiempo.
Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:
—Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la encuentra cómoda.
—Bastára, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.
—Gracias por la galanteria. ¿Le gustan las flores Arturo?
—Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:
—He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.
—Mil Gracias; es Ud. mui amable.
—¿I los versos le agradan?
—¡Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.
—Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su velador "El paraiso perdido" de Milton. ¿Conoce Ud. esa obra?
—Sí, la leí en mi adolescencia.
En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de amabilidad.
Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos, absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.
Eran las dos de la mañana i estaba en pié. Paseaba un momento, dejábase caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las utilidades de sus últimos negocios. ¡Qué de sueños dorados! qué de castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de improviso al rayo de la mirada de una mujer.
XIX
Pasó la noche. La aurora tímida sonrosaba el horizonte. El canto repetido del gallo, las campanas que tocaban a misa mayor, i el ladrido desapacible del perro, marcaban el alborear del dia.
Arturo que con un sueño intranquilo, como una pesadilla, comenzaba recien a reemplasar la ausencia del sueño de la noche, abrió i restregó los párpados; i todo fué percibir el albo rayo de la mañana que filtraba por las rendijas de su ventana i ponerse de pié para hacer, rápidamente, su espléndida toilete.
—¿Si Berta dormirá aun? pensaba, peinando el cabello, alizando la barba i enlazando el roson de la corbata.
¿Un instante despues salia de su habitacion con su andar pausado, i con su aire aristocrático paseábase a lo largo del corredor inmediato preguntándose al parecer a cada instante? ¿si Berta dormirá aun......?
No, Berta no dormia; soñaba sí, pero soñaba despierta; soñaba con el porvenir... El primer rayo de amor acababa de caer sobre su vírjen corazon, como cae el primer rayo de sol sobre la flor que se entreabre.
—¿Pensará en mí?.... ¡Ah! ¡soi jóven, bello, rico i aristocrático! ¿Por qué no alcanzaré su mano? murmuraba levemente, recorriendo con sus miradas en torno suyo.
Berta, entre tanto, acababa de encontrar sobre la ventana de su cuarto, que daba a la calle, un tesoro de amor, la reliquia del corazon de un hombre que para colocarla ahí se recató tímidamente entre las sombras de la noche i del misterio..
¿Cual era esa reliquia? Los siguientes versos i la siguiente carta firmadas con el seudónimo de Plácido i entreocultos dentro de un ramillete de flores.
La carta decia literalmente así:
«Berta:
En vano he luchado por ahogar en lo mas íntimo los latidos de mi corazon, que ansia por hablarte. ¡Pero imposible Berta! te amo, i en mi delirio te mando esas flores; que en ese alfabeto perfumado descifres las espresiones salidas del amor.
En mi silencio pensé arrojar rota mi lira, musa querida de mis castos amores, pero una secreta esperanza la hace sonar ahora.
¡Oh! ¡Si yo supiera que esas humildes flores fuesen la almohada de tus celestes ensueños o se refrescasen en la dorada enredadera de tus cabellos! ¡si yo supiera que la melodía de esos versos pasaban murmurando por tus labios o recalando tu oido i te recordáran a tu incógnito cantor i desconocido amante, me reconciliaria con la felicidad!
Mañana resguardado por el silencio i la oscuridad de la alta noche, al sonar esta misma hora, a la luz del mismo rayo de la luna, pasaré, hermosa Berta, por el pié de esta ventana para ver si encuentro en ella la forma de una esperanza que dé la vida a mi alma o el desengaño que será, te lo juro, ¡la muerte de un corazon!
Plácido.»
Berta, perdió el sociego: levantábase la primera oleada de las pasiones en el tranquilo lago de su alma. ¡Sentirse amada por primera vez! ¡Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su alma al través de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecíale descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.
—¡El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza fué tan pródiga con él en concederle las dotes del talento, debe haberlo sido tambien en darle los dones de la belleza. ¡Ah! ya me imajino ver en su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro griego.
Todo esto proferia Berta en palabras entrecortadas por la emocion o interrumpidas con la lectura de cualquiera de esas estrofas, o con la risueña contemplacion de cualquiera de esas flores. ¡Qué de poesia encontraba en las unas, qué de misterio halagador en las otras! Leia, releia i volvia a leer esos inspirados acentos. Aproximóse mas de una vez a la ventana de su cuarto para contemplar al ténue rayo de la mañana, esa hoja de papel, que iba a ser talvez la primera pájina de la historia de su corazon. Guardó esas prendas en una cajita de ébano, pero las sacó nuevamente, como si sintiera al apartarlas de sus ojos un pesar tan delicado como su alma. Las guardó otra vez, i al volver el rostro descubrió con sorpresa a Gabriel que, con los ojos que le blanqueaban nadando en una sonrisa íntima, la seguia con la vista atentamente. El mulato serenó de improviso su semblante i la dijo:
—Señorita Berta, los esclavos sirvieron ya el té.
—Voi Gabriel; ¿i Arturo se levantó ya?
—Está, hace rato, sentado en un sofá del corredor.
—¡Madruga mucho! dijo Berta con picarezca sonrisa, i salió de su habitacion. Apenas Arturo la divisó se aproximó a ella con cortesía i la saludó con afabilidad. Desde el momento en que se estrecharon la mano Arturo trató a la vez de disimular el sentimiento que alboreaba en su corazon i de leer el de Berta. ¿Le seré indiferente? ¿será capaz de comprender el sentimiento que sabe inspirar? ¿seré feliz o desgraciado? he ahí las ideas que torturaban su imajinacion.
—¿Cómo ha pasado Ud. la noche? la dijo. ¿I Ud. Arturo? repuso Berta a esa pregunta.
—¿Yo Berta?....se limitó a decir sacudiendo lijera i melancólicamente la cabeza, i esforzándose en sumerjir su mirada desde los ojos hasta el alma de Berta como el rayo de luz que invade por las grietas un templo oscuro. Pero los ojos de esa mujer no decian nada, nada dejaban ver esos pórticos bellos del templo de su corazon. Arrebataba entretanto los pensamientos de Arturo, porque la mujer arrebata siempre los pensamientos de un hombre, cuando esos pensamientos le pertenecen.
Ambos hacian unos tras otros proyectos para pasarla con entretenimiento. La música, la lectura, los paseos nocturnos por los bellísimos alrededores de Matanzas, hacian parte principal de sus proyectos. Arturo mas reanimado alcanzó a Berta algunas flores diciéndola:
—¿Las reconoce Ud.?
—Sí Arturo; son las que dejé a Ud. anoche a la cabecera de su cama. ¿I tan fácil le es a Ud. deshacerse de ellas?
—Nó, dijo Arturo, estendiendo ruborizado la mano para recobrarlas. Pero Berta se negó a devolvérselas aplicándolas a los labios como para encubrir una picarezca sonrisa.
—Es Ud. mui cruel, querida prima, esclamó Arturo, no sin consolarse a la idea de que con esas flores adornaría Berta su suelta cabellera. Pero un momento despues caian adornando el suelo esas flores, distraidamente deshojadas. ¡I con ellas la flor de la esperanza se deshojaba tambien!
La mirada aflictiva de Arturo siguió hasta el suelo a esas flores.
—Gracias, Berta, la dijo.
—Gracias ¿por qué?....
Arturo sin contestarle una palabra señalóle con el índice las desparjadas flores.
—¡Un momento de distraccion, Arturo! Discúlpeme.
¡Distraccion!.... no la hubo para entregar su alma a las nocturnas flores de la ventana i guardarlas al son de los latidos de su corazon, como quien guarda un tesoro.
Pero el corazon humano se aferra a la esperanza, como el náufrago a su tabla de salvacion.
¿Qué importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el prestijio de la fortuna lo puede todo? he ahí el sentimiento que combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.
—Berta, la dijo, ¿simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?
—El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales, Arturo.
A la sazon se aproximó Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les aguardaban en el comedor. I encamináronse allí, Berta apoyada del brazo de Arturo. Tomó éste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones i del aprecio de todos los de la casa.
—I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad, dijo Manfredo.
—Sí, señor, contestó Arturo, mi padre siempre bueno.
—¿I trabaja aún?
—Nó señor; para los negocios como para las letras mi padre está ya en cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada rato con las de Berta.
—¡Lo que son las cosas! esclamó Manfredo sacudiendo la cabeza i restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien ayer ví a Arturo niño, en su traje de seminarista, mortificando a su padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compañia de sus condiscípulos.
—Así es señor; el tiempo tiene alas. Tambien a mí me parece ver aún a Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos de su cabellera, como la ví en Madrid.
—¿Pero tambien recordarás, Arturo, que entonces tu prima no prometia ser tan fea? agregó Raquel.
—¡Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareció bellísimo, veo ahora que mi prima desdeñó confiar sus gracias al papel.
—Gracias por la lisonja, balbuceó Berta inclinando la frente.
—¿Lisonja Berta? repuso Arturo.
—¡Lisonja! agregó la niña; i el rubor hizo bajar sus párpados i a tal punto invadió su rostro, que el alabastro pálido de su cútis tornóse rápidamente en porcelana sonrosada.
Un momento despues paseábase Arturo en compañia de Manfredo a lo largo de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de España, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La conversacion pareció animarse: deteníanse a momentos i accionaban con calor.
En éstas i otras pasó ese dia. Nuevamente Arturo contó las largas horas de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvió a encontrar a la mañana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el reinado de un bello dia. ¡Ramilletes de flores! auroras del corazon i de los sentimientos de una mujer!
Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se apagó; ¡pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su corazon; ¡casta reliquia del primer amor!
Cuando el corazon siente el augurio de la felicidad i cuando está al abrir sus puertas al amor, su huésped querido, rebozando en dulces presentimientos tiene sus largas vijilias; i aunque el sér en cuyo seno palpita, duerma como la materia, sus golpes repetidos consiguen despertarle. ¿Qué amante desde sus balcones no ha contemplado la noche que huye detras de los montes? ¿Cuál no ha visto la guiñada luminosa del lucero como un ojo cariñoso?
Berta dormia su sueño inocente. El corazon la despertó. Dejó su blanco lecho como una nube revuelta. Un momento vagó indecisa al lado de ese lecho.
Abrió i cerró precipitadamente la portezuela de la ventana, su seno palpitaba como la onda que se ajita. ¡La ansiedad del amor embellecia a esa mujer!
Alzó por fin las flores, que ocultaban dentro de sí la prometida carta i al contemplarlas risueña, parecia la estátua con que simbolizan la primavera.
Su dedo impaciente rasgó la carta como una pleca de nácar i deslizó su ávida mirada sobre esta pájina del sentimiento:
—¡Ser amada sin saber quién es mi amante! sentir la insinuacion del amor sin saber a quién se entregará el corazon! se decia Berta, al leer i releer ajitada esta pájina del poeta.
"Mi amada Berta:
Cuanto mas agoniza la esperanza a los embates de la duda, vá muriendo mi corazon, único pero rico tesoro que te brindo.
¿Avanzaré algo con ofrecértelo? ¡Oh! ¡si tu ventana llegara a ser el lejítimo altar en que te tributara las ofrendas de mi cariño! Pero un íntimo presentimiento me dice que no encontraré tu contestacion a mi carta anterior. ¡Dios quiera que me engañe! ¡Dulces engaños, yo lo deseara siempre!
Plácido."
¡Pobre Berta! la bala del cazador no hiere al ave, como esos billetes de amor su tierno corazon. Iba a retirarse de la ventana casi aturdida, con la cabellera que parecia que el aliento del sueño habia desparpajado sobre sus sienes, cuando sintió un leve ruido.. ¿Era tal vez la briza que jugueteaba? El ruido aumentó. Tenia miedo.. Aproximó el oido a la ventana i persibió el eco vago de un suspiro.. Dió un paso atrás estremecida de espanto; quedó inmóvil, paralizada i volvió a aproximarse. Resolvió por fin entreabrir la puerta, es decir, razgar el velo..
Un hombre con el sombrero calado hasta los ojos i embozado en una larga capa permanecia con el alma suspensa i el oido atento junto a la reja de la ventana.
XX
Ambos a dos se conmovieron notablemente.
—¿Berta?.. le dijo el embozado.
Berta calló. Pero la misma mujer que habria rechazado la mas leve insinuacion amorosa de cualquier hombre, permanecia de pié, si bien trémula i vacilante, delante del desconocido, que se habia rodeado de todos los misterios del abismo.. Pero los abismos del amor, como todo abismo, producen a la vez la atraccion i el vértigo a quien los contempla de cerca.
—Berta, déjame siquiera conocer el eco de tu voz, agregó el desconocido.
Ella calló......
—¡Berta rompe por Dios! tu silencio mortál, ódiame si no me amas. El amor i el odio son la vida; la indiferencia es la muerte.
—¿Plácido?.. balbuceó Berta.
¡Habla! ¡habla! la contestó el poeta, apoyando la gacha frente sobre las rejas. ¡Díme, díme que me amas!
—¿I qué podré decirte?... Si en tí no hai la franqueza de descubrirse ¿cómo me exijes la confianza de entregarte mi corazon? ¡Ah, vete!
—¡Irme!... ¡irme alejado por tí!...
—Pueden descubrirnos.
—Bien; dáme con las puertas si acaso quieres, ¡pero arrójame una esperanza, dia claro del alma!....
—¡Esperanza! murmuró Berta. ¿Esperanza, a tí que viniendo en pos del dia del alma, me buscas como la noche del misterio?
—Vengo a ofrecerte no mi nombre, sino mi corazon, ¡el corazon de un poeta!
—¡Poeta! esclamó Berta, entonces exajeras tus sentimientos.
—¡Bendita exajeracion!
—Pero en fin si me amas, Plácido, no me pongas en peligro de que nos vean, esponiéndote a que no nos volvamos a ver.
—¿I nos veremos mañana?
—No lo sé.
—¡Adios!.... murmuró Berta, con la barba que le temblaba de emocion.
—¡Adios! contestó el desconocido; i la luz del sol de la mañana invadió a torrentes; la niebla del cielo se disipó; la naturaleza parecia sonreir ante la felicidad de esos amantes.
XXI
Mantúvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora de la mesa permaneció taciturna i silenciosa. Inútil fué esforzarse por devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorísticas que no le hacian ni siquiera sonreir.
Durante la sobremesa contóle Manfredo a Arturo el malísimo estado de su fortuna. Este le escuchó con sentimiento i sorpresa, i a su turno contó con oportunidad e intencion que era dueño de una fortuna colosal i refirió la manera cómo la habia adquirido. Raquel no desprendió entre tanto una mirada ávida i curiosa de Arturo.
Berta a paso lento i aire distraido retiróse nuevamente a su alcoba. Arturo prosiguió la conversacion con sus tios sobre los elementos de felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con marcado interés.
Un momento despues, preparábanse Manfredo i Arturo para salir a pasear. Aquél le dijo a éste: ¿I Berta? deseara despedirme de ella.
Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ahí, dijo, i se dirijieron a ella.
Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plácido i el brazo apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde bajo el ala la cabeza soñolienta. Verla tendida al través de las blancas cortinas de su lecho, parecia un ánjel mas bien que una mujer. El velo del pudor la cubria de tal manera, que si el ánjel de su guarda la hubiera contemplado así desde el cielo, habria descendido sonriendo a la cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso talvez un casto beso sobre su frente pura.
Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detúvose en el dintel de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su semblante animado parecia decir: ¡qué hermosa está! Gravóse en su corazon, con caracteres indelebles, la imájen de esa mujer, i su recuerdo brillaba incesante en su mirada.
Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i pasó estérilmente algunos dias en ese afan.
A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:
—Yo no comprendo Berta cómo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i ruidosa.
—Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.
—¿I si el caso llegara le seria indiferente?
—Indiferente, repuso Berta, indiferente... talvez nó Arturo; pero inútil sí.
—¿Inútil?
—Sí.
—¿I por qué? ¿no es libre su corazon?
—Jamás ha dejado de serlo.
—¿I entonces?
—Ni dejará de serlo nunca; porque no me gustaria verlo esclavo apesar de haber nacido en el país de la esclavitud.
—Todo vá al revés, querida prima; pues yo soi esclavo apesar de no haber nacido en el país de la esclavitud.
—¿Esclavo?
—Sí, esclavo de un sentimiento, contestó Arturo hondamente impresionado.
Berta a su vez se sorprendió.
—¿Calla Ud. Berta?
—Callaré siempre Arturo.
—Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.
Presentóse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i afrontándose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzándola el papel.
—He aquí el diario de hoi que su merced me pidió.
Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando el papel díjole a Arturo.
—¿Leámoslo Arturo?
Arturo estaba tan melancólicamente abismado en sí mismo, que no oyó u oyó a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero movimiento afirmativo de cabeza.
Berta que seguia hojeando el periódico, con instantánea sorpresa retiró el papel de la vista, esclamando: ¡versos! ¡deben ser mui bonitos! ¡versos de Plácido! ¿Leámoslos Arturo?
—¿Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia de los celos, i espiando la mirada de Berta.
—No sé quien sea repuso ruborizada, i leyó con acento de curiosa inquietud la siguiente composicion:
«EL JURAMENTO.
Una sonrisa de complacencia incontenible inundó el rostro de Berta e irradió rápidamente su mirada.
—Por lo visto no son pocos los que ódian la esclavitud: Plácido se me parece en eso.
—Sin embargo hai cierta esclavitud cuya emancipacion no la deseara yo.
El corazon de esa mujer latia con violencia, temblaba talvez, al son de un recuerdo, al descubrir que el patriota autor de esos versos era tambien el amante apasionado que depositaba en su ventana las nocturnas ofrendas de su cariño. ¡Oh! ¡que corazon tan noble i grande! se decia interiormente. ¡En el altar de la patria jura morir por ella, i en el altar de mi corazon, jura morir por mí! ¡Oh! este hombre sabe amar, como tan solo aman los poetas, como aman tan solo los valientes.
—Que lindos versos, Arturo, ¿no es verdad?.. dijo, i antes de ser contestada presentósele Gabriel diciendo: señorita Berta, la espera su mamá.
—Ya vamos Gabriel.
Gabriel se retiró.
Nada que merezca recordarse aconteció en esos últimos dias. Manfredo siguió haciendo conocer a Arturo los lugares públicos i los bellos alrededores de Matanzas. Notábase, sin embargo que entre el tio i el sobrino acrecia cierta recíproca intimidad inspirada por un recíproco interés. Arturo amaba tan locamente a Berta, que inflamaban lejos de enfriar su corazon los reveses de su indiferencia: Manfredo a su vez veia en Arturo el hombre acaudalado, culto i aristocrático, el llamado en fin a hacer la ventura de su hija. Arturo le reveló al padre su pasion por la hija, i Manfredo estaba resuelto a cualquier sacrificio a costa de verificar ese enlace, tanto mas ventajoso, cuanto que su situacion era penosa i Arturo era un caballero cumplido, un hombre pródigo i opulento que podria salvarlo de ella.
XXII.
Pero la ventana de Berta con sus flores i sus versos eran el teatro de un amor, i el patíbulo de otro. ¡I qué importa! Manfredo jamás consentirá en el enlace de su hija con otro que no sea Arturo. ¿Qué importa? ¿No importará cuando Berta a su vez ya tiene entregado su corazon al desconocido amante i no tendrá ni voluntad ni fuerzas para desligarse de él? ¿cuando vive adorando los recuerdos de ese hombre i los mira a toda hora como los carisísimos pedazos de su corazon?
Alumbraba la luz de un nuevo dia, i con él la luz de una nueva esperanza para el poeta, de una nueva ilusion para Berta. Como tenia ya de costumbre, aproximose al alba a su ventana querida i la encontró adornada otra vez con un nuevo homenaje de cariño.
Un precioso ramillete de flores de café contenia dentro de sí estos versos mas preciosos aun.
—Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando sintió ruido de pasos...... Versos i flores los ocultó en el seno para no ser descubierta. Era su padre.
—¿Que haces hija mia? te noto algo ajitada ¿Que tienes? la dijo..sin desprenderle los ojos.
—Nada.
—¿Nada?
—Es que me siento algo indispuesta.
—¿Que tienes?
—Tengo alguna opresion en el corazon.
Manfredo se aproximó a su hija, ciñó con el brazo su cintura i estampando un beso en su frente tíbia aun con el calor del lecho que abandonaba recien, la dijo:
—Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu felicidad.—Condújola despues a una otomana i sentándose en ella al lado de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenzó a insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia ese amor.
Berta inclinó la frente, i guardó silencio:
—¿Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?
—¿I mis padres contradecirian la mia? ¿sacrificarian mi corazon a un hombre que no amo?
Manfredo como movido por un resorte se puso de pié i notablemente sorprendido la dijo: ¡Qué! ¿amas a otro?
—Nó, papá; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de la felicidad.
—¡Pero llegarás a querer a Arturo!
—No nace de las reflecciones el amor.
—Nó, Berta, es el único hombre que te conviene. Fíjate que si eres hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es solo la cómica de Canarias. ¿Tendrás por consiguiente partidos mas ventajosos que este? ¡Ah! piénsalo bien. No seas niña: mas tarde cuando ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a España, entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dirá: ¡ya es tarde!......
—Padre, todo hombre que me ame de veras olvidará que mi madre era una mujer de bastidores.
—Te engañas Berta, habla por tí la inesperiencia. Aun las sociedades mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de familia.
—I que Arturo sea rico ¿que quiere decir papá? ¿voi yo a ligarme con su fortuna o con él?
La discucion se trabó cada vez mas calurosa. Raquel que entró en ese momento, terció tambien en ella sosteniendo enérjicamente la opinion de su esposo.
Berta enjugó algunas lágrimas silenciosas.
Las flores del café perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era inútil para obligarla a ceder. ¿Vencerá la obediencia filial o el amor por su romántico poeta?
—Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro que no le daré a Arturo una respuesta negativa.
Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas, con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez, sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.
—Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es suya.
—Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo será jamás.
—Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad. Yo sé que llegarás a amarlo.
—¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu felicidad.
—¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando sin consuelo.
—Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.
—¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi felicidad!... volvió a decir por última vez.
Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros diciéndola:
—Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido hoi de su habitacion.
—¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.
—No lo sé, señora, agregó el negro.
Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:
—¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..
Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.
—Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes sobre un esmalte negro.
—Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.
—¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?
—Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas que llorar.....
—No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel. Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros, agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.
—¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena noticia que darte?
Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo: ¿Cuál mi señora?
—Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.
—¿I con quién, señora?
—Con Arturo.
—¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.
—Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por ello aflicciones de poca monta.
—Así es señora; yo me alegro en el alma.
—Así lo comprendia, porque sé cuanto cariño tienes por todos nosotros.
—¿I don Arturo la quiere mucho?
—¡Mucho!
—¿I la señorita a él?
—Tambien: yo creo que serán felices.
—Bien, mi señora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un viaje a Trinidad.
—¿Cuando?
—Mui pronto.
—Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i ahora anuncias uno nuevo.
—Así es señora; pero este último será tambien por pocos dias.
—¿Pero qué llamas pocos?
—Quince o veinte dias, probablemente.
—¡Ah! Manfredo estoi segura que se aflijirá mucho por tu ausencia, por corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te diré la verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al decirlo.
—¡Ah! no, señora....
Sintióse en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.
Raquel salió precipitadamente, diciendo:
—Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detúvose en la puerta, i viendo que no habia nadie, volvió a entrar. Gabriel no comprendió tan temerosa como estraña precaucion.
—Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que regresarás mui pronto.
—Como nó, señora.
—I tampoco será antes del cumple-años de Berta.
—Ya que Ud. me lo ordena....
El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......
Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.
Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin desprenderle una larga i melancólica mirada.
—Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita diciéndole:
—¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?
Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles de su cabello, diciéndole:—¿I no es verdad que es obra de tus manos?
—Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.
—¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?
—Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.
—¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.
Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.
—I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya? No la habia visto yo.
Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado respondió:
—Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.
—¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?
—Hazlo; ¡mui bien!..
Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.
—¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto, doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora mi canario.
—Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus penas cantando.
Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas endechas!: