XXIII
Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia preparaba sus maletas para partir.
Arturo hablaba íntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento. Detrás, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa pareja próxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la vista la perspectiva del porvenir.
Presentóse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos húmedos revelaban lágrimas recien enjugadas i lágrimas reprimidas. Sus apagados adioses resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba. Su sangre indómita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron tambien. ¡Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jamás ningun corazon sufrió tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida, como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo, todo, parecia decir adios.
Berta abrió su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada; pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i desentrañan los secretos del alma. ¡Es tan intelijente el corazon! ¿Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible? ¡A no dudarlo!
Gabriel salió. Un ademan de jentileza fué su muda despedida. Cuando llegó al umbral de la puerta se paró de improviso como detenido por una mano misteriosa; volvió el rostro, i como luchando con ella precipitó su paso i lanzó al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde la tierra: ¡qué culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste huérfano i pobre ¿por qué me desheredas de la felicidad?.... Avanzó algunos pasos i deteniéndose de nuevo frente a la casa la contempló llorando i esclamó con quebrantado acento:
—¡Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de tí!... ¡Adios, santuario del pasado!
—¡Tan jóven i tan desgraciado! dijo, tragó sus lágrimas i partió por fin.
Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento, sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian tanto i tan respetuoso cariño.
Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que envolvia la poblacion.
Gabriel tomó el primer coche de posta que encontró a su paso. Se embarcó en él, i al comenzar a partir jimió salvajemente. El cochero al oir su voz se volvió diciéndole: ¿me habla Ud.?
—¡Nó, continúa! le contestó.
El coche se perdió de vista.
La niebla del olvido no oscureció por cierto el grato recuerdo de Gabriel.
Berta era un carácter fácil a abrirse a las primeras impresiones, un espíritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento. Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espíritu que inflamarse, como sucedió i como sucede siempre. Porque es cosa averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es innato en la naturaleza i contemporáneo de la vida; viene con ella. Pasará por lo mas íntimo de un ser desapercibido para los demas, como pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio; vivirá ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar; permanecerá oculto como el niño dormido silenciosamente bajo sus pañales en el hueco de la cuna; dormirá como duermen en las cuerdas de un laud un mundo de silenciosas armonias; pero no dejará de existir jamás. El ave se posará en el bosque; vendrá el buzo a recojer esa perla; el niño se ajitará gritando en su cuna; las cuerdas sonarán; ¡el corazon palpitará de amor!
Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i ¡habria amado una sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariñosamente sobre su corazon! Pero desgraciadamente inútil fué que regara con sus secretas lágrimas las flores i los versos del trovador incógnito, símbolos de ese recuerdo. ¡Relijioso pero vano recuerdo!
Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero sí de renunciar a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carácter no tuvo valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cariño filial. Berta cedió.
Pero no es eso todo. Fué vencida en la lucha con sus padres, ¿lo será tambien en la lucha consigo misma? He aquí la cuestion. ¿Podrán decir sus labios lo contrario de lo que siente su alma? ¿Podrá siquiera su semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las torturas: la de sacrificar el corazon al interés, el amor a la conveniencia, la felicidad al deber.
Un abatimiento profundo se apoderó de su alma. Sus ojos estaban constantemente húmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma. Lloraba su espíritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo, a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato viviente de sus padres.
El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trémula mano la argolla de compromiso de matrimonio. ¡Aniversario de infortunio para la una i de felicidad para el otro!
La melancolía de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya indisimulable. Su salud comenzó a declinar. En vano sus padres le prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la perspectiva de un porvenir espléndido i la regalaba con la promesa de los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.
Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se encargó de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el único tema de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. ¡Poco importaba el corazon de la hija!
Arturo que jamás atribuyó la tristeza de Berta sino al dolor anticipado que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion al ver aproximarse el soñado dia de ceñir la corona de la felicidad doméstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su prometida la palma del martirio del corazon.
I con razon, ¡a las luchas domésticas sobrevivió la lucha del espíritu!
Con un aire de placentera lijereza presentóse Arturo cierto dia en el cuarto de Berta que permanecia pálida i melancólicamente reclinada sobre un divan. Sentóse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras de cariño, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se inclinó lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le dió las gracias, exaló un largo suspiro, dejó caer sobre el cofre de esas donas una mirada i una lágrima.... ¡Esa lágrima era un poema!
Arturo que creyó ver en ella una lágrima de felicidad la dirijió una mirada triunfante, se incorporó de súbito i estrechando la mano de su amada la dijo entusiasmado:
—Mi adorada Berta, jamás olvidaré, se lo juro, ese testimonio de su ternura. ¡Esa lágrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas joyas!
Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lágrima le contestó, con profunda amargura: ¡Gracias Arturo!..
El cofre de alhajas no sirvió sino para recordarle la cajita de ébano que atesoraba los recuerdos del poeta.
Ella sin embargo desde que se sintió ligada a Arturo, trató de matar esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procuró en lo posible inmolar el pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba de tener erméticamente cerrada la puerta de la ventana.
Ni la luz de la mañana ni las flores del sentimiento penetraban ya por ella.
¡La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! ¡Horrible trance!
¿Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de ellos? Nó. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del calor de sus miradas, del riego de sus lágrimas, de su presencia en las horas del reposo i en los momentos de soledad.
En sus sueños sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar consigo los últimos resplandores del dia. Soñaba con el hijo de la aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueño i quedaba la realidad. Al sueño de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueños. Despertaba sobresaltada i se decia: ¿Habrá venido hoi? ¡Cuánto le amargará mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia; ¿morirá de amor por mí? ¿Tendré valor para no darle mi último consuelo i mi postrer adios? Pero no, ¡Dios mio! ¡Abrir nuevamente a mi corazon las puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del deber!
Lánguida i melancólica dejó un dia su lecho, el lecho de las muertas esperanzas, i a paso lento i tímido se aproximó a su ventana querida, la contempló largo rato con una tristeza que parecia conmover las profundidades mas íntimas de su naturaleza.
Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, álito de la soñolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lágrima se retiró del precipicio... se dirijió nuevamente a su lecho, se tendió en él, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, lloró con amargura i sin consuelo. Lloró en silencio; ¡pero sus recuerdos gritaban desesperados en su corazon!
Incorporóse en su lecho repentinamente. Su rostro recobró la placidez i su mirada el destello que parecia comunicarle un golpe feliz del corazon. ¿I no será el mismo Arturo el cantor de las rejas? se dijo despejando las rubias guedejas que cubrian su frente. Comencé a recibir las flores i los versos despues de su llegada de España. A ser otro no se habria disfrazado la mañana de nuestra única entrevista. Un desconocido habria procurado mas bien hacerse conocer. Solo a Arturo le correspondia el papel de incógnito, para no perder un solo medio i una sola ocasion de tender las redes a mi cariño. Acaba él de leer una novela en que un amante a fin de poner a prueba el corazon de su querida se le presenta enmascarado en alta noche, finjiendo ser su rival. ¿Talvez ha hecho él otro tanto? ¡Ah! si así fuera yo amaria a Arturo locamente, por que el eco sonoro de esa voz, esas palabras ardientes, esos inspirados versos, el recuerdo de esas flores cojidas al borde de un abismo de misterio, han cautivado mi alma como al canario en su jaula.
¿Plácido será el mismo Arturo...? ¡A no dudarlo!
El 30 de julio de 1844 fué el dia señalado para el enlace de Berta.
XXIV
La política toca a las puertas del hogar.
Al magnánimo i heroico don Jerónimo Valdés le sucedió provisoriamente en el mando de la isla don Javier de Ulloa, que se hallaba en la Habana de Comandante Jeneral de Marina hasta la llegada del Teniente Jeneral don Leopoldo O'Donell. Este hombre en el que se despertó una avaricia febril, comerciaba ya ostencible ya clandestinamente con la trata (comercio de negros) de los esclavos cubanos i con el contrabando de negros africanos, cuya inmigracion aumentó tan considerablemente, que los buques mercantes llegaban a las costas de la isla colmados de esa mercaderia de carne i libertad humana, cotizada a una onza por cabeza, i que a su vez colmaba de oro las arcas voraces de O'Donell.
El gobierno inglés pidió la ejecucion del tratado de 1817 i, con ella, la abolicion de la trata. El gobierno español dió una lei de pura forma, de aparente abolicion, ocultando entre los aparatos de la intriga individual, la accion oficial. I cuando en Cuba se supo que el parlamento inglés discutia un proyecto de lei contra la trata, cuando el Consul inglés Trumbull hizo sérias reclamaciones en el mismo sentido, centuplicóse la actividad comercial de O'Donell que envió centenares de buques a las costas del África para la importacion de ese negro i nefando comercio.
Los blancos ardian con el temor de que la sabrosa presa se les arrebatara de las garras. Los negros ardian de despecho i de indignacion por desacirse de ellas. La atmósfera política estaba inflamable, i el suelo movedizo. Una chispa encendería la hoguera. El sordo rumor de la rebelion, como el rumor de un cataclismo, aterrorizaba a los españoles i ensoberbecia a los esclavos. El blanco i el negro se miraban de reojo. El hombre libre miraba con miedo i de soslayo las cadenas del esclavo. Ya en este, ya en aquel Injenio se amotinaban los negros tumultuosamente. Los esclavos se fugaban de la casa de sus amos, los asesinaban a veces i se manumitian de hecho. Habia en los campos una verdadera inundacion negrera. La inundacion se desbordaba. La crónica del crímen se escribia con sangre. Pero la mano de hierro de la autoridad metropolitana tambien se empapaba en sangre. Este negro rebelde era colgado de los piés en una viga; aquel negro prófugo desollado a azotes en la plaza pública; este otro fusilado por un jesto o por una mirada. El negro habria envidiado aun la condicion del perro. En la noche se desataban las cadenas del perro; las del esclavo nó.
La hoguera del incendio alumbra en alta noche la oscuridad de la campiña ¿qué sucede? es la choza de un negro que ha sido entregada a las llamas, a las llamas en cuyo torno se alzan los clamores que se oyen desde lejos, de la madre i de los hijos, mientras el padre pide en su dolor que lo ultimen para evitar con su muerte el suplicio que le tortura el cuerpo, en su dolor por el recuerdo de sus pequeños hijos que le tortura el alma. ¡Desolacion i muerte por donde quiera!
Los negros entretanto se asilaron en los bosques de Trinidad, como nubes de tempestad, para ir a despertar al Jenio de la Libertad que dormia a su sombra.
O'Donell sin embargo contemplaba risueño la sedicion que se fermentaba i que estaba próxima a estallar. Ella le daria ocasion de saciar su sed de pantera desplegando el terror i el terror le captaria el aprecio del gobierno peninsular i justificaria su inícuo enriquecimiento, a costa de las arcas fiscales i de la libertad humana. Revolvia el rio para pezcar i lo revolvia en sangre.
Bajo la bóveda estrellada del cielo i a la sombra de las ceibas i las palmeras dió la negrera su primer grito de independencia. (1844). Era el grito de un pueblo atribulado que llegó hasta el cielo.
XXV
Volvamos al seno de la familia de Manfredo. En el aislamiento en que ella vivia tenia cierta aparente indiferencia por los sucesos políticos que se desarrollaban a su alrededor. Familia honrada i buena tenia bastante simpatia por la debilidad, compasion por la desgracia de un pueblo víctima i, sobre todo, bastante cariño por Cuba, su patria adoptiva, para desear su emancipacion i su felicidad; familia española a su vez sentia tambien que su patria nativa perdiera el valioso patrimonio de la colonia cubana. A España le debia la cuna, a Cuba le deberia la tumba. En suelo español yacian las cenizas de sus abuelos; en tierra cubana descansarán sus propios restos i los de sus hijos. Veia en la España el prestijio del recuerdo, i en Cuba el halago de la esperanza. Esta lucha de afecciones contrarias tenia que enjendrar una vacilacion íntima que podria traducirse por indiferencia. I sobre todo, habia algo que absorvia i acongojaba la memoria de la familia i la entristecia sobre manera. Era el recuerdo de Gabriel. No saber nada de él; presentárseles ese recuerdo a la luz del incendio político; conocer su carácter impetuoso; ¡quererlo tanto! Gabriel era la preocupacion constante de la familia i el tenaz torcedor de Raquel. Lloraba sin consuelo al acordarse del camarero i aun los esclavos de la casa lloraban tambien.
Pero casi siempre el dolor i el consuelo se dan la mano.—Ocupábanse cierto dia en observar un retrato en lienzo de Raquel que acababa de entregarle un artista notable i Raquel, Berta i Arturo examinaban los perfiles, la luz, el colorido i las sombras. Aplaudian el conjunto i tachaban los detalles.
Quién encontraba el labio menos plegado que el orijinal; quién la mirada menos espresiva; quién notaba la pureza de tal faccion, la semejanza de tal otra, la propiedad del claro-oscuro.
A la sazon llegó el bendito cartero, con una carta de Gabriel escrita a Manfredo i que fué leida con el mas vivo interés.
Héla aquí:
"Señor de todo mi respeto i aprecio:
"He pensado señor en todos ustedes tanto como los he estrañado; i a dar gusto a mi corazon estaria ahora en Matanzas en compañia de ustedes si la horrible situacion política de Trinidad no me lo hubiera impedido. ¡En verdad es horrible señor! Mas de dos mil negros se han refujiado en los bosques proclamando su emancipacion, i a medida que ellos se desbordan suben de punto las exaciones oficiales. El mar embravecido es menos ajitado i ruidoso que la negrera en el seno de los bosques. Cada negro en el furor de su impotencia parece un tigre enjaulado.
"Yo comprendo señor que depositar en Ud. un secreto es lo mismo que abismarlo; i no creo por consiguiente indiscreto noticiarle de cuanto llegue a mis oidos, por reservado que sea. No le garantizo la verdad de mis referencias porque no me consta; pero en nombre de Dios i de la Libertad le ruego en todo caso que me guarde el secreto. Anoche estuve ocacionalmente en un Injenio i algunos negros que estaban amotinados allí, ébrios de licor i de exaltacion, me contaron que el centro de accion era un complot negrero, un complot secreto. Que el primer dia que se reunieron los complotados juraron de rodillas i a la sombra de los manglares vencer o morir.
"Un pardo amigo mio me contó tambien que en su bandera tienen escrita esta divisa: "Igualdad ante la lei e instruccion para la raza oscura." Que tres hombres humildísimos por su condicion i por su oficio encabezaban la rebelion: el labrador Pimienta, el dentista Dodge i otro artesano cuyo nombre supuesto si mal no recuerdo es Plácido. Segun entiendo este último maneja el timon de la conspiracion. Ignoro si es pardo o blanco; pero lo cierto es que sus versos son un clarin de guerra que inspiran a todos admiracion, i a los negros un frenético entusiasmo. Impresos o manuscritos en hojas sueltas de papel circulan de mano en mano, como las valiosas monedas con las que ha de rescatarse la libertad............
Le fué imposible a Manfredo continuar la lectura, a pesar del ahinco con que leia la carta i de la ansiedad con que se le escuchaba. Berta que estaba apoyada con las manos entrelazadas en el hombro de su padre, inclinó la frente sobre las manos i las bañó con sus lágrimas. Manfredo volvió el rostro sorprendido, como interpelando con la mirada las lágrimas de su hija.
El nombre de Plácido habia atravesado el alma de Berta como la fria hoja de un puñal. Tenia el mismo nombre que el tributario de las flores de su ventana; era tambien poeta. Es indudable que el conspirador era el amante, i talvez el amante sea víctima de la rebelion. Juró morir si cosechaba un desengaño lejos de recojer una esperanza de amor; hé ahí las ideas que nublaban el pensamiento i angustiaban el corazon de esa mujer. El grito de su conciencia atribulada le decia: "¡si muere, tu eres culpable de su muerte!..." I sin embargo, el dia de sus bodas se aproximaba ya. ¡Martirio horrible!.. ¡Amar a un hombre i tener que encadenarse a otro! ¡ser ya tarde para entregar el alma a quien supo adueñarse de ella! ¡Saber que estaba lejos! ¡Imajinárselo envuelto en los horrores de la guerra! ¡Cuántos combates ocultos se trababan en las profundidades de ese corazon!
Raquel a su turno doblegada de dolor lloraba sin consuelo, alzando a cada momento los ojos con una mirada que parecia una plegaria i murmurando a cada instante: ¡pobre Gabriel!
Arturo ciego de lo ocurrido i vendado por su próxima felicidad, se limitaba a prodigar sus consuelos a la madre i a la hija.—Manfredo paralizado al principio, se redujo a repetir con cierta impaciente gravedad: ¿temen Uds. por la suerte de Gabriel? ¿lloran por él? ¿I a qué, Dios santo, anticipar esos temores?
Continuó la lectura:
"......Todo el mundo lo compara señor, a ese poeta i conspirador Plácido con el mulato Ogier, primera víctima de la sublevacion de Haití.
"El tribunal dicen que está mui dividido, porque, aun en ese nido de panteras, hai seres humanos, cuyas manos tiemblan de dar sentencias sangrientas contra la inocencia i la justicia. Se han dictado sin embargo tres mil sentencias contra individuos de color. Pero ante la injusticia aun los verdugos vacilan. Hai tan poca imparcialidad i legalidad contra los conspirados, que algunos fiscales han sido castigados por la autoridad; dos han fugado i dos se han suicidado.—El mismo secretario del tribunal, don Pedro Zalazar ha sido condenado a presidio.
"Estremece la naturaleza tanto horror. ¡Dios nos asista! ¡Que tantos torrentes de sangre no sean estériles! Hé ahí señor los votos del desvalido camarero de su casa que vé el martirio de su patria, como el ave desalada que a pesar de sus violentos impulsos no puede alzar el vuelo, i que solo vive suspirando en el aislamiento i el silencio por la ausencia en que está de Ud. i de su querida familia.
"Desespero, señor, por volver a su lado i a la vez me llora sangre el corazon al ver escarnecida esta vírjen de la que hemos nacido i en cuyo seno vivimos.
"¡Quién estuviera en Matanzas! me digo algunas veces; ¡quién fuera Pimienta! ¡quién fuera Plácido! me digo otras. Pero no, mi señor, venceré el contajio del entusiasmo patriótico i resignado en lo posible, regresaré al seno de su familia, tan pronto como disminuyan a lo menos los peligros de un viaje, en medio de este torvellino revolucionario.
"Que no se aflijan por mi ni la señora Raquel ni la señorita Berta, i que, lo mismo que Ud. señor, cuenten siempre con el cariño respetuoso de su humilde servidor i camarero.
Gabriel de la Concepcion Valdés.
Trinidad, julio 10 de 1844."
Ayes i suspiros interrumpieron mas de una vez la lectura; i cuando ella concluyó, Raquel i Berta derramaban un diluvio de lágrimas. Arturo agotó en vano todos los recursos del consuelo, i Manfredo los de la refleccion.
—¿A qué atormentarse tanto? agregó el primero por la suerte de un hombre al que ¡si bien quieren mucho, no les toca de cerca!
—¡Era tan bueno! repuso Raquel, ocultando el semblante lloroso entrambas manos.
—¡I le queremos tanto! agregó Berta. ¡Como no hemos de llorar por él cuando hace tantos años a que le conocemos! ¡cuando ha vivido en casa cobrándonos tanto cariño!
—Pero Berta, fíjese que se trata de un simple camarero i no de un hermano, dijo Arturo.
Raquel le contestó con cierta desazon: Eso nó, Arturo; porque puede uno llorar por la muerte del perro de la casa. I Gabriel era el compañero de nuestros sufrimientos i el partícipe de nuestras alegrias.
—Si es así....
—¡Ah! no le estrañe Arturo tanto llanto i dolor, agregó Manfredo. Mi hija es de las que borra con sus lágrimas las pájinas de una novela. Yo la he sorprendido muchas veces con un libro abierto sobre las faldas i el rostro mas contristado i lloroso que el de una Magdalena. ¿No es cierto, hija mia?
—Bueno es el sentimentalismo, pero no cuando se hace una enfermedad, contestó Arturo.
—Esa enfermedad la contajian las novelas i los versos. ¡I mi hija es tan aficionada a ellos!
—Es que el corazon no se manda papá.
—I en verdad que ya habia notado la desicion de mi prima a la poesia. ¡Linda aficion! Toda mujer de corazon es aficionada a lo bello. ¡I la poesia dice tanto al corazon! Quiere decir que tenemos que leer muchos versos, Berta. ¿No es verdad? dijo Arturo aproximándose a ella con ternura i delicadeza. Allá en Madrid, cuando respiremos en un mismo hogar, pasaremos bellos dias de campo leyendo versos.
Berta lloraba sin contestar.
—Aquel poeta cuyos versos leimos no há mucho tiempo, aquella tarde en el huerto, ¿no era tambien Plácido?
—Sí Arturo.
—¿I será el mismo?
—No lo sé; dijo, i parecia que sus labios exalaban una queja mas bien que una palabra.
XXVI
Fácil es comprender la ansiosa impaciencia con que Arturo esperaba el 30 de julio. Verse ese dia en los brazos de Berta; reclinar sobre su pecho la frente de esa mujer; ser el primero i el último que estamparia en sus vírjenes labios el ósculo ardiente de su amor; confundir el calor de sus manos entrelazadas, de sus miradas confundidas i de sus dos corazones convertidos en uno, ¡era la mas risueña esperanza colmando la felicidad!
Ayudaba personalmente a los tapiceros a arreglar la alcoba nupcial. Cada dia le agregaba un nuevo adorno. Mármoles, espejos, tapices de brocado i terciopelo, cortinas de seda, adornos bronceados, brillaban por todas partes, i en el centro un tálamo de nogal dorado, cubierto como por una nube encarnada de rojas colgaduras. ¡Cuánto sonreian sus ojos i palpitaba su corazon al contemplarlo! ¡Cuántas imájenes doradas cruzaban acariciando su imajinacion enardecida con el calor de la esperanza! Si la felicidad que se realiza es mas dulce, la felicidad que se espera es mas seductora. La primera, tiene la sombra de la realidad; la segunda, la sonrosada luz de la imajinacion.
XXVII.
En la tarde del 20 de julio de ese mismo año, estaban todos los de la casa reunidos en el salon principal. Berta tarareando en el piano una de aquellas saladas habaneras que tienen todo el sabor nacional i refunden en sí tan admirablemente, la alegria mas risueña i el mas quejumbroso sentimiento. Arturo hojeaba con cierto embelezo el papel de música estendido en el atril del piano; Manfredo i Raquel conversaban al parecer apasiblemente en un sofá inmediato.
Si el pasado se reproduce por el recuerdo, el porvenir se anticipa a veces con la imajinacion i el deseo hasta rozarse con el presente, especialmente en la vida de las ideas i del sentimiento. I así como dos viejos esposos hacen renacer sus tiempos, como los llaman, encarnándolos en sus recuerdos, avanzan los novios hácia la felicidad que vá a llegar, la miran con los ojos del alma i se anticipan a gozar de la delicia de sus intimidades. Ven el sol al través de la aurora. Se miran entre sí como los esposos del dia siguiente.
Arturo veia ya en Berta no solo la prometida de su corazon, sino la compañera vinculada a su existencia. La acariciaba con su mirada mientras ella exalaba en el canto de una habanera los ecos dulcísimos de su voz que resonaban como una lluvia de cuentas que cayeran sobre el cristal.
Así adormecia esa mujer con el hechizo de su belleza i encantaba con la majia de sus gracias i de su voz, esas horas tan dulces para Arturo que las veia deslizarse como la corriente cuyo curso se encamina sobre flores a la felicidad. Pero, ¿quién ha interpelado el lecho del reposo? ¿quién ha sorprendido en el silencio de la velada la lágrima furtiva? ¿quién ha visto la ilusoria quimera, el fantasma de la realidad, la vision de la congoja cruzando en tropel por la soledad de aquella vijilia alumbrada con el resplandor de la fantasia..?
¡Mientras se derrama a torrentes la luz de la apariencia engañosa en torno de una vida, se encuentra el alma humana en un completo eclipse! ¡Mientras el rostro de Berta resplandecia a veces como la mañana de un bello dia, las profundidades de su corazon encerraban una noche perdurable....! ¡Suele ser la sonrisa la máscara del dolor!
Sonó repentinamente la campanilla de la puerta. Manfredo iba a salir, pero Arturo se le anticipó con lijereza, diciéndole: no se moleste tio, iré yo a ver quién es, i salió precipitadamente.
Un hombre de humilde aspecto, algo encorvado por la edad, con el sombrero lijeramente abollado, un gruezo baston bajo el brazo i un rollo de papeles en la mano se paseaba a lo largo de la reja de la calle.—Era una de esas ejecuciones con levita que vomitan los tribunales, que se llaman procuradores i que todo el mundo mira como a pájaros de mal agüero.
Conversó un momento con Arturo, i éste a las primeras palabras que cambió con aquel llevó la mano a la frente dando un paso atrás i quedando despues indesiso i pensativo. Iba a regresar al salon para participarle a Manfredo disimuladamente lo ocurrido. Pero a la sazon se aproximó éste a la puerta i Arturo le llamó haciéndole una señal con la mano. Manfredo que lo comprendió todo, acudió a su encuentro con el rostro mas sombrio que el de la muerte. I en efecto, ¡llevaba la muerte en el alma! Empeñóse entre los tres una conversacion ajitada. Inútil fué que Arturo, en actitud amenazante, pusiera la mano sobre el hombro del siniestro recien-llegado para imponerle silencio. Levantó este la voz i puso en alarma la familia que salió i se apercibió del misterioso asunto, de la sentencia de muerte contra su fortuna, escrita en esa hoja de papel que traia en la mano ese verdugo de la tranquilidad.
Manfredo habia perdido al juego el último resto de su fortuna. Tiempo hacia que sus acreedores, los amigos de la vísqera, le ejecutaban sin conmiseracion; i era llegado el caso de pagar su deuda, de grado o por fuerza. La casa, en cuyo valor no tenia sino una parte, debia ser rematada en subasta pública. Las deudas exedian a su haber. Su familia debia quedar literalmente en la calle, en brazos de la miseria. Los propósitos mas siniestros cruzaron por su mente, como pasó Verther por la cabeza de Gœthe. El supremo remedio de la suprema debilidad; el único crímen que no dá lugar a arrepentimiento fué su única esperanza.
Temeroso de empañar el lustre de su familia ante el pretendiente de la mano de su hija sepultó el secreto en el sijilo mas profundo. A haberlo traslucido habria comprometido talvez el porvenir de su hija. Porque bien podia un hombre opulento, soberbio i caballerezco como Arturo, verse obligado aun a destiempo a renunciar a la pasion mas encarnizada, siendo inspirada por la hija de la cómica i el jugador. Porque el amor pasa i la deshonra queda, porque el decoro se sobrepone aun al delirio del amor.
Padres e hijos estaban entregados en brazos de la desesperacion mas completa. Cada uno llevaba un puñal atravezado en el alma. Manfredo el torcedor del remordimiento. La madre la imájen de Gabriel; la hija el melancólico recuerdo de Plácido i el suplicio de su enlace con Arturo.
¡El ánjel de la adversidad batia sus alas sobre ese hogar! las batia pero las plegaba a la vez.
Arturo despues de desplegar la ternura mas esquisita por Berta i el cariño mas solícito por Manfredo, llamó a éste a su habitacion. Largo rato conversaron encerrados en él. Berta i Raquel esperaban ansiosas el desenlace de aquella escena. El temor inmotivado i la esperanza vaga luchaban en sus conjeturas. Detrás de la ansiedad vino el sociego.
Arturo, bajo su palabra de honor, se comprometió con Manfredo a pagar su última deuda, rescatar el valor completo de la casa i asignar a su familia una pension mensual, tan luego como recibiera una libranza de España. Acordaron tambien, para el entretanto, pedir un plazo a los acreedores, obligándose a pagarles el interés corriente.
Un abrazo ferviente i lágrimas de gratitud coronaron la entrevista.
Una vez recobrada de ese modo la estabilidad de la familia, Arturo i Berta partirian para España seis meses despues de su matrimonio, llevando consigo a Alberto para que se educase en los mejores colejios de Madrid.
La gratitud que es el mas noble de los sentimientos inspiraba o hacia, en cierto modo, las veces de la fatalidad del amor en el corazon de Berta. I comenzó a vacilar su sentimiento como la péndola de un reloj, entre el pasado i el presente, entre la esperanza que se realiza i el recuerdo que se aleja, entre el ideal que se vá i la ventura que llega.
¡Habia sin embargo en el interior de su existencia íntima un vacio que no se reemplaza, la vaguedad de un deseo que no se robustece pero que no se olvida, una sombra que no oscurece i una luz que no alumbra i cuya espresion podria decirse que era una sonrisa amarga o una lágrima risueña...! ¡Triste alegria!
El corazon se presenta a veces velado ante la conciencia. I si ésta interpelase sus latidos, no sabria darle cuenta de ellos, como el ojo del ciego que está abierto pero que no tiene mirada. ¡Pobre corazon si se descorre el velo..! ¡Pobre ciego si llega a ver..!
Pero sea de eso lo que fuere. Era ya el 23 de julio i el sol del 30 de ese mismo mes debia alumbrar la alianza nupcial de Arturo. ¡Ojalá que ese sol lleno de felicidad no se pusiera jamás!
Ese mismo dia recibió Manfredo la siguiente carta de Gabriel:
"Mi respetado i querido señor:
Sin embargo de que ignoro si mi noticiosa carta anterior llegó a su poder, tengo el gusto de saludar a Ud. i besar su mano con mis recuerdos, lo mismo la de su esposa i de su hija.
La delacion soplada al oido de las autoridades ha conjurado, señor, la rebelion. Ha sido sorprendida en alta noche la casa de uno de los complotados (don Jorje Lopez) que era el teatro principal de las conspiraciones.—De ese modo se ha cortado de un golpe el nudo de las maquinaciones. Por todas partes se levanta un cadalso i se dicta una sentencia de muerte. Las puertas de los presidios tragan reos a centenares. Infinidad de personas distinguidas han sido pasadas por las armas, las mas veces por meras sospechas de conspiracion, como los señores José de la Cruz Caballero, Domingo Delmonte i Felix Manuel Tanco; lo mismo que los cabecillas Pimienta i Dogde. Dicen que Plácido ha fugado.
Varios reos, i entre ellos el mencionado don Jorje Lopez, deben ser conducidos a Matanzas i juzgados allí.
Así los designios de la Providencia mas poderosos que los conciliábulos de los hombres han hecho caer en tierra la bandera de la libertad que flameaba por primera vez en las manos del pueblo. A su sombra se han reatado las cadenas de la servidumbre i los héroes han muerto sonriendo, porque han muerto por la patria. ¡Que la tierra les sea lijera! ¡que la bendicion de Dios sea la almohada de su eterno sueño!
Pronto tendrá el placer de abrazar a Ud. aunque mui de paso, su adicto servidor i camarero.
Gabriel de la Concepcion Valdés".
El mulato cartero al presentar esta correspondencia lloraba amargamente. Manfredo al recibirla le preguntó en tono insinuante i compasivo: ¿qué tienes?, ¿por qué lloras?—¡Qué ha de ser señor! ¿que no ha sabido su merced que ha fracasado la revolucion i que se ha derramado tanta sangre entre los hombres de color? dijo, i al retirarse lloraba todavia.
¡Cuán hondas i contrarias impresiones produjo la lectura de esa carta! ¡Lágrimas de dolor por la suerte infortunada de los revolucionarios, lágrimas de alegria por haber salvado Gabriel de los horrores de la revuelta! Raquel juntaba las manos sobre el seno bendiciendo al cielo por la suerte feliz del camarero. Manfredo comprimiendo la frente entrambas manos llegaba hasta a renegar de su patria al lamentarse por la suerte desgraciada de los vencidos i la ferocidad de los vencedores. "Plácido dicen que ha fugado" decia la carta, i esa frase cayó al corazon de Berta como la gota de agua al desierto abrasado.
—Ya vé Ud. señora, como el tiempo ha desmentido tan pronto sus temores, dijo Arturo.
—¡Bendito sea Dios que así haya sido!
—I así tenia que ser; porque en su carta anterior asegura que no tenia intencion de rolarse en la política. I porque al través de esa carta se trasluce un carácter pusilánime i apocado, i un cariño por Uds. que se sobrepone a todo.
—Es que Ud. Arturo no conoce a Gabriel íntimamente. Tiene al contrario un carácter impetuoso i arrebatado.
—Pero en todo caso, señora, eran lágrimas i sentimientos mui malgastados los de Ud. i su hija.
—Qué quiere Ud., ¡es tan simpático Gabriel..! ¡nos quiere tanto! Él tiene cariño hasta por las plantas del huerto, i a su vez le quieren a él hasta los perros de la casa, dijo Raquel i el tinte del rubor pareció asomar a su rostro.....
Raquel despues de muchas conversaciones del mismo tema i por el mismo estilo, ordenó a los esclavos que asearan el cuarto de Gabriel, que desempolvaran sus muebles i sacudieran su hamaca. I no contenta talvez con dar i hacer cumplir sus órdenes, fué personalmente a revisar la pequeña habitacion del camarero, como en aquel tiempo en que se instaló por primera vez en la casa. Un alborozo mal disimulado animaba sus palabras, sus acciones, su rostro i su mirada....
No sabria decirse si es mas débil la mujer para recibir impresiones o para ocultarlas. Piensan muchos i dicen todos que su talento se despliega cuando está al servicio de la mentira; pero piensan i dicen mal. La mujer miente con las palabras, engaña con las promesas, pero su mirada es mas indiscreta, su faz trasparenta mejor el sonrosado del rubor, su voz es mas suceptible de apagarse al grito de la conciencia, su aliento mas débil para cortarse con la impresion que alhaga o que acongoja, tanto mas espansiva, cuanto mas íntima. Calla a veces.... ¿i qué importa su silencio? ¿No está su rostro al capricho de sus impresiones, como las caras de esas pantallas trasparentes que cambian con el juego i los matices de la luz que las alumbra? Raquel a su pesar, trasparentaba su alegria.
XXVIII
Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el bullicio de las calles, empezaban a decir adios.
Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio. Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.
El muerto era aquel canario que la visitó el dia de su natalicio, i el ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente a su lecho. ¡Cuán silencioso estaba su aposento, antes lleno de la melodía del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de ese naranjado pajarillo! ¡Cuán vacia estaba el alma i la memoria de Berta, sin su dulce compañero! Ya no se ocultará en los pliegues de las colgaduras de su lecho; ya no revoloteará cantando; ya no se posará en su hombro; ¡ya no regalará su sueño i la despertará por las mañanas con sus tiernas serenatas! ¡Aun los canarios saben querer! ¿Quién no comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su dueño i ajita las temblorosas alas sobre su seno?
Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el corazon.
Ese ensueño rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dejó su aposento como la luz deja el dia i dirijióse a la puerta con la mirada tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.
¡Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cántico con alas, de ese cántico para siempre apagado i de esas alas plegadas para siempre!....
De pié sobre el dintel, cruzó melancólicamente los brazos sobre el pecho e inclinó su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.
XXIX
El sol se ocultaba detras de las montañas como un rei destronado i su manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la pálida i vacilante luz del crepúsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua humedecian el polvo. ¡Es que el sol se despedia para negar su luz a una catástrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba el cielo!....
Una encubierta i misteriosa mujer llamó a la puerta de la calle. Raquel salió precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta. La encubierta con aire siniestro se aproximó a Raquel, balbuceó dos palabras a su oido i cuidó de taparse bien el rostro, como si los pliegues de su manto ocultaran un crímen.....
Raquel dió un grito i un paso atrás, como herida por una puñalada traidora.
La mujer desapareció.....
Raquel un momento despues estaba exánime en los brazos de su hija, que permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los corredores. Mezclaron sus lágrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en sí, se echó a los piés de su hija, reclinando la frente sobre su regazo i ahogada en llanto.
La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera, aturdia con sus gritos i bañaba con sus lágrimas a su hija.—Por fin haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, saltó como un leon herido i paróse con el pié trémulo i asiendo a Berta de la mano, con aire de suprema resolucion, acudió como una loca a la calle.
Flaqueáronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoyó la frente en la reja de una casa, cerró los ojos i jimió de dolor....
Levantóse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que resonó en su corazon. Al oirla siguió su camino i tomó esa direccion.
—¡Madre del alma! ¿qué tienes? la dijo su hija.
—¡Hija mia! sígueme, ¡por Dios! repuso i prosiguió corriendo.
Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la turva frenética. Encamináronse por la calle respectiva que conduce a la cárcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una esquina afrontáronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de esas oleadas humanas, como náufragos que envuelve la tormenta. Esa oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la cárcel, cambió de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de improviso un nuevo cauce. Dirijióse hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la cárcel. Solo dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra. Era el carcelero.
—Señora, profirió éste, ¡ya no hai remedio!....
Apoyóse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i anegada en lágrimas esclamó: ¡Perdí toda esperanza!.... I cayó sobre un poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El carcelero conmovido se aproximó a ella i le prodigó sus cuidados. ¡Pobre mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Miércoles 26 de Julio.
XXX
Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.
Veamos lo que pasó en esas cuarenta i ocho horas.
Acto contínuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de la cárcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir veíase sobre el tapete de la mesa.
Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados, interrogados i sentenciados retiráronse a paso lento, pálidos, taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simpático jóven de 28 años de edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya frente alumbraba la auréola del martirio confundida entre los laureles del jénio, arrastró con serenidad sus espléndidas cadenas. Su ademan revelaba la modesta altivez de su carácter. Sus laureles parecian quemar su sien. Melancólico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i tomó asiento en el banco del acusado.
Cuando el fiscal comenzó el interrogatorio contestó majistralmente, pero derramó una lágrima que parecia esprimir toda la amargura de su infortunio. Su acento tenia la entereza del héroe, i su lágrima, la ternura de una lágrima de Romeo....
—¿Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpió el fiscal.
—No considero, señor, un delito amparar la querida patria i defender la libertad, repuso el reo.
—Pero en fin ¿confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades delegadas por S. M. la reina de la metrópoli?
—Sí, señor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra la tiranía española i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco que será algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por que...
Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceño i tocó despóticamente la campanilla, esclamando:
—¡Al órden!......
—¡Al deber!.... contestó el reo, irguiendo la cabeza i poniéndose de pié súbitamente.
Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclamó: es inútil proseguir; ¡el reo está confeso!
—¡E insultado el honorable tribunal, i con él la majestad real! repuso otro de ellos.
El fiscal tocó nuevamente la campanilla, esclamando: ¡cuarto intermedio! Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ángulos del calabozo, menos el fiscal que permaneció en el suyo, tomó la pluma lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con calor. Cuál levantaba la voz, cuál dejaba oir palabras autoritarias, cuál accionaba con desenfadada exaltacion, cuál posaba la mano sobre el hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus puestos, i el fiscal con el índice de una mano perdido entre las pájinas de un código entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra, leyó en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra todos los reos i consignada en cláusulas sangrientas. Los jueces la escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una impasibilidad imperturbable, permanecia de pié con la mirada levantada como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga sonrisa.
El jurado se suspendió. Los reos fueron conducidos a sus respectivos calabozos. El reo altivo (llamémosle así) fué encerrado en el suyo. Oíase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido, o el ruido de sus pasos.
El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproximó el oido al ojo de la llave i no alcanzó a oir sino esta palabra terrible: ¡Condenado a muerte!....
¡Condenado a muerte!.... repitió mas de una vez, se tendió sobre su cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueño eterno. Pálido como la cera, helado como la muerte, indeciso como un sonámbulo, incorporóse en su lecho, sentóse sobre el borde dé la cama, i arrojó con lastimero acento palabras melancólicas i aisladas que vertian sus labios semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la demente Ofelia. ¿Era el estravío del loco? ¿Era la suprema desesperacion del condenado? ¿Era el desvarío del sonámbulo o el delirio de la agonía? ¡Nó! ¡Era el último delirio del amante i el último ensueño del patriota!
—Pobre Cuba....¡se ha nublado la estrella!.. ¡ya veo el cadalzo!..¡adios amada mia!.. ¡mi muerte i la esclavitud..! ¡adios!....¡condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lágrima inconciente i sombria.
Anuncióse el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuñaba i tocó a la puerta de su ventana previniéndole que saliera.
Despertó. Se incorporó en su cama i paseó una mirada vaga i siniestra a su alrededor. ¡Despertar por primera vez en medio de las paredes de un calabozo! ¡Qué horror!.. Restregó los ojos como para disipar un sueño i volvió a escudriñar con la mirada. ¡No hai remedio! ¡Era una espantosa realidad! Parecíanle epitafios las inscripciones que otros presos dejaron en los muros; urnas fúnebres las ventanas; un sepulcro su cama; un sepulturero el carcelero. ¡Tenia tan oprimido el corazon que parecióle despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba! ¡Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo ser. ¡Morir!.. ¡Morir tan jóven!..
Aproximóse a la ventana; fijó los ojos en la multitud que se arremolinaba a sus piés; en el espléndido panorama de la naturaleza que se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la niebla que embolvia la atmósfera, el cierzo que la disipaba, el horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian como un océano verdoso. Envió al cielo una mirada precursora de sí mismo. Cuando divisó junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don Antonio Solis, esclamó desconsolado:
—"Esto ya está concluido: ¡nos llevan a morir!...."
Salió del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compañero de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le brindó sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas para encadenarle las manos, volvió el rostro a sus compañeros i con un acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:
—"¡Señores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"
Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de su infortunio. Al notar que la trémula mano de un soldado dejó caer las esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de indignacion esclamó:
—"¡Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"
Cuando vió que don Santiago Piamonte derramaba una lágrima i le contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes improvisados versos: