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El origen del pensamiento

Chapter 13: X
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About This Book

La narración comienza en un café de Madrid y sigue a un joven, Mario, cuya ansiosa admiración por una vecina contrasta con la calma reflexiva de su compañero Adolfo y la desenfadada coquetería de D. Laureano. Las escenas alternan entre la observación social pública y la rememoración íntima, mostrando la situación económica modesta de Mario, la pérdida familiar, sus rutinas cotidianas y sus preocupaciones interiores. Mediante detalladas descripciones de conversaciones, hábitos y pequeños bochornos, la obra explora el anhelo juvenil, las normas sociales y el desajuste entre la apariencia externa y la vida mental.

—¿Dices que mamá echaba la culpa de este paso a papá?—profirió al cabo ella.

—Sí, sí, no cabe duda. ¡La pobre mamá es tan bondadosa! ¡Si supieras qué trabajo le ha costado decírmelo!... Después de todo, no hay por qué quejarse; tu papá tiene razón.

Carlota hizo una leve mueca de desdén y se fue a su cuarto.

Desde entonces los placeres mundanos de los recién casados sufrieron merma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseos vespertinos y nocturnos. Adiós teatros, adiós regalos y caprichos. Doña Carolina se apoderaba de la paga íntegra, y a duras penas soltaba de ella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergüenza, le pedía algún dinero para Mario, la buena señora reía, echaba a broma la petición y la mitad de las veces no hacía caso de ella. Otras decía que la llave de la gaveta la tenía su marido y no se atrevía a pedírsela. Otras, en fin, se dirigía a Mario.

—¿Verdad, Mario, que tú no has pedido dinero? ¿que es esta manirrota la que se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?

El pobre no se atrevía a contradecirla y se resignaba a andar con el bolsillo vacío. Hubo necesidad de dejar la guardilla que le servía de taller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia a Presentación para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horas en que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban, sin embargo, a turbar su ventura.

¡Qué efecto tan grato y a la vez tan melancólico producía esta felicidad en Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompañaba algunas veces en sus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba los servicios que podía y en todo caso el auxilio de su experiencia. ¡Cuántas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se le rasaron los ojos de lágrimas recordando los contados días de su dicha conyugal! Mario lo observaba y le hacía una seña a Carlota. Esta, a quien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta, se ponía grave y redoblaba sus atenciones cariñosas hacia aquel buen amigo.

Un día le dijo muy bajito metiéndole la boca por el oído:

—Si es niña, se llamará Maximina.

Miguel le apretó la mano fuertemente y volvió la cabeza para ocultar su emoción.

Así trascurrieron dos meses más. La dicha de Mario comenzaba a molestar ya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condición mortal.

En los últimos tiempos había descuidado bastante la oficina. Su amigo y antiguo jefe Oliveros le había advertido que el director no estaba satisfecho de él. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse. Al contrario, su mujer tenía buen cuidado de recordarle la hora, ponerle el almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquella bendita afición a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando tenía entre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o iba tarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos, torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cómodas o colgados de la pared. Carlota sentía un desprecio profundo hacia estos cachivaches aunque se abstenía de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar a su marido. Pero cuando se quedaba sola y tenía que sacudirles el polvo, en la displicencia con que empuñaba el plumero y en el gesto desabrido con que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se advertía perfectamente que el arte de Fidias no había logrado apoderarse de su alma.

Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En el despacho, a más de la de él, que era el jefe, había otras tres mesas para los oficiales. Éstos no levantaron la cabeza cuando entró, ni menos le recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, pues nuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia. Aquel silencio lúgubre le sorprendió un poco. Avanzó hasta su mesa y vio encima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a su nombre. Lo abrió con mano trémula, presintiendo su contenido. En efecto, era la cesantía. Quedó un instante suspenso y pálido; pero, reponiéndose en seguida, exclamó con alegre semblante:

—¡Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!

—Lo habíamos comprendido—dijo uno tristemente.

Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a él, expresando su disgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazón. Se mostró tranquilo, risueño; hasta se autorizó algunas bromitas. Pero cuando después de despedirse cariñosamente salió a la calle, pensó que el mundo se le venía encima, sintió su corazón atravesado por vivo dolor y casi se le doblaron las piernas. No se daba razón de tanta congoja. Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba allá en el fondo de su alma, la ruina de su felicidad.

No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza, coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquel golpe. Paseó algún tiempo entre calles: al cabo, rendido moral y físicamente, entró en el café Suizo y pidió una botella de cerveza. Allá en un rincón, formando tertulia con algunos señores graves, vio a su amigo Romadonga, que le dirigió un cariñoso saludo con la mano. Poco después, aburrido de la conversación, o quizá por su característica necesidad de variar de compañía, se vino hacia él con su paso silencioso de gato, balanceando gentilmente el torso.

—¿Qué hay, hombre feliz?—dijo sentándose enfrente.—A nadie envidio hoy en Madrid más que a usted. ¡Qué buenos ratitos! ¿eh?

Mario, a quien molestaban muchísimo las bromas cínicas de D. Laureano, hizo un esfuerzo penoso para sonreír y no contestó.

—La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserable existencia sólo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.

Chupó en silencio y con placer su cigarro habano, cerró los ojos, como para mirar el pasado, y prosiguió:

—Ríase usted de la caza, de la música, de los viajes, de todos los placeres en general. Los he gustado todos. No valen la pena de molestarse. El único que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador, es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no se ofende.... ¡Las mujeres! ¡muchas mujeres!... Unas por uno, otras por otro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito, tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor... ¡Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las facciones correctas de su hermana, pero es una estatua. Mejor que yo lo sabrá usted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bien plantada, el pecho alto, firme, valiente...

Mario estaba en brasas. Al llegar aquí no pudo reprimir un gesto de disgusto. Don Laureano lo observó, y soltando la carcajada y poniéndole una mano sobre el hombro, exclamó:

—Pero ¡qué empeño tienen ustedes los maridos en que nadie admire a sus mujeres! ¿Por qué? Yo imagino que debiera ser lo contrario. La convicción de que sólo ustedes son poseedores de sus encantos y que los demás nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial de goces. ¿Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia. Nada más agradable. Ahora también debo de advertirle que yo no serviría para marido. Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar de ser tan escultural, pienso que llegaría a cansarme. Es cuestión de organismo. El mío pide la variedad. A otros les basta la unidad...

Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadas que le herían como latigazos, el pobre Mario no podía disimular ya más. Su rostro se iba poniendo sombrío por momentos. Tanto que Romadonga, aunque no solía fijarse en el semblante de sus amigos, concluyó por preguntarle:

—¿Qué tiene usted? Me parece que está usted preocupado.

Mario lo negó.

—Vamos, algún disgustillo matrimonial. ¡La ley, querido, la ley! Si el matrimonio no fuese más que el placer, ¿quién no se casaría? Pero entiendo que ante todo es sacrificio y que sólo conviene a los hombres virtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a sus placeres como a sus dolores. Es el estado más decoroso, más noble, no lo niego; pero a las naturalezas egoístas y sensuales como la mía (según dice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene también sus quiebras; el hombre jamás puede ser feliz por completo. Los solteros no tenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfríe el caldo al lado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otras ventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece que nosotros no llevamos la peor parte.

Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisa feliz se esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía sus teorías acerca del matrimonio solía hacerlo con moderación: no quería ofender a nadie. Pero allá en su fuero interno diputaba a los casados por unos mentecatos que habían venido a hacer el primo a la existencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenido bastante habilidad para no haber caído en la red.

—Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal disgusto matrimonial—dijo resueltamente Mario.

—Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamás motivo de discordia—repuso Matusalem con amabilidad.

Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo que decía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dude usted.»

—Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y más soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.

Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara triste adaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.

—¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá tenía muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será usted repuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenido usted algún choque con los jefes?

Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a la oficina con la asiduidad que antes.

—...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar en barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenos ratos!

Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolencia para todas las locuras.

—¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o de mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de lo comprensible.

Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora de que la conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, y dando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y deseándole que se arreglase pronto el asunto, se alejó balanceando su figura distinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azúcar que ofrecerles.

VII

No se arruinaría él, no, por mujeres de mármol. Tampoco por las de carne y hueso, aunque lo comprendiese mejor. Hasta entonces al menos ninguna había logrado tomar de su bolsillo más que lo que en cuenta corriente había destinado a este ramo exquisito de sus placeres. A fuerza de experiencia y de cálculo, cuando emprendía alguna nueva conquista, sabía de antemano lo que iba a costarle; trazaba su presupuesto con la exactitud de un experto maestro de obras.

El de la pobre Concha, la hermosa chula que hacía algunos meses había conocido en el café del Siglo, fue de los más modestos que en su carrera galante había formado.

—Estas chicas populares son el género más barato, y no por eso menos sabroso—solía decir a sus amiguitos del café.

—Supongo, D. Laureano—replicaba alguno,—que el más caro será el de las entretenidas de alto rango.

—Tampoco. Las más caras de todas son las mujeres ricas—manifestaba profundamente aquel hombre ingenioso y erudito, para quien la naturaleza femenina no guardaba secreto alguno.

El cerco de Concha siguió las mismas vicisitudes que el de todas las plazas de este orden. Sin embargo, la hija del sillero, aunque inocente y simple como humilde menestrala, tenía un genio impetuoso, arrebatado, que en más de una ocasión estuvo a punto de dar al traste con los proyectos de D. Laureano, quien procedía con tiento, con la habilidad suprema que había logrado adquirir en cuarenta años de práctica. Un bloqueo prudentísimo primero, intimando poco a poco, acercándose algunos ratos a la mesa y cambiando con la chula bromitas más o menos picantes. Después, un día, con pretexto de que llevaba el mismo camino, les acompañó de noche hasta cerca de su casa. Estos acompañamientos se hicieron frecuentes. Otro día les trajo butacas para uno de los teatros por horas. Más tarde les facilitó entradas para las exposiciones, y sabiendo lo aficionado que era el sillero a los toros, fingiéndose ocupado, más de la mitad de los domingos le daba el billete de su abono. Finalmente entró en la casa.

Romadonga era hombre flexible y dúctil hasta un grado increíble. Con el mismo aplomo entraba en la casa de un grande de España que en la de un menestral. En todas partes desplegaba la misma franqueza cordial, un buen humor y una gracia que hacía apetecer su compañía. Necesitaba pretexto para visitar a menudo la pobre vivienda de Concha. Hallolo en la ignorancia supina de ésta. La infeliz no sabía siquiera leer y escribir. Romadonga, lleno de celo pedagógico, se brindó a enseñarla en poco tiempo. Y todos los días sin faltar uno pasaba una hora o más haciéndole combinar letras y sílabas (ma-ña-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da) o seguir con mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.

Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso se apagó su ardor instructivo. Prosiguió su obra civilizadora con creciente entusiasmo. Y determinó iniciarla en los misterios de la Geografía enseñándole cuántas son las partes del mundo y las capitales de los principales países, y con más interés aún en la Historia sagrada, haciéndole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pasó el pueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

En el café del Siglo se tenía noticia de estos cursos instructivos. Se le embromaba con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia. Pero en aquellas bromas el que marchaba delante y brillaba por su procacidad era él mismo.

—¿Qué tal, D. Laureano, se va instruyendo la niña?

—Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para la geografía política. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo. Ayer, porque se le olvidó la de Venezuela, lloró como una Magdalena y se tiró de los cabellos.

—¿Y en Historia sagrada?

—Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrar un punto ya desde la creación hasta Abraham. Ahora se está aprendiendo desde Abraham hasta Moisés.

Y a los pocos días, si no le embromaban, él mismo tomaba la iniciativa.

—¡Estoy maravillado! Hoy me relató Concha desde Moisés hasta el cautiverio de Babilonia sin errar un punto.

—Bueno; ¿y el amor cómo marcha?—preguntó uno.

—Eso es clase de adorno. Se deja para lo último—repuso con amable y cínica sonrisa el viejo elegante.

¡Pobre Concha! ¡Qué ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tan suave, tan delicado, hacía escarnio de su inocencia en la mesa del café!

Poco a poco se había ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho más de lo que ella suponía, por supuesto), pero conservaba gallarda figura, un aire distinguido y varonil que a cualquier mujer podía impresionar; mejor todavía a una humilde hija del pueblo que no había tratado más que con hombres zafios y mal vestidos. Aquel señor tan pulcro despedía un vaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la belleza que en toda naturaleza femenina reside. El perfume de sus pañuelos la embriagaba, deslumbrábale el brillo de sus joyas, y las palabras lisonjeras, insinuantes, con que la envolvía sin cesar arrullaban dulcemente su corazón virginal.

Según trascurría el tiempo iba perdiendo paulatinamente aquel humor chancero. Se había hecho más grave, más reservada y tímida. Creció asimismo su susceptibilidad hasta lo indecible. Cualquier broma de Romadonga la interpretaba en el peor sentido, retorcía sus frases más sencillas, queriendo ver en ellas algún signo de desprecio. Y con el temperamento impetuoso de que estaba dotada, cuando menos podía esperarse armaba una gresca de dos mil diablos, le cubría de dicterios y le arrojaba de su presencia. D. Laureano no parecía disgustado con esta nueva fase de su conquista, aunque se dilatase más de lo que había imaginado. En esta materia había llegado a un sibaritismo refinado. Sólo tenía valor para él lo que costaba trabajo. Sin impaciencia ni inquietud esperaba alegremente que la naranja estuviese madura para sacudir el árbol y hacerla caer en su seno.

Para lograr este dulce desenlace apelaba a los medios que los galanes han usado siempre en tales casos; los mismos que Ovidio recomendaba en su arte amatoria. Solía llevarle regalitos de poco valor, un abanico, un dedal, peinetas para el cabello, etc. La niña los aceptaba con regocijo y gratitud. Cierto día el experto seductor quiso dar un avance. Se fue a una joyería y compró una sortija con tres brillantitos en forma de trébol: total sesenta duros. La hermosa chula también aceptó este regalo con un gozo que le hizo prorrumpir en exclamaciones. Aquella tarde estuvo amabilísima y jovial como nunca. Mas he aquí que a la tarde siguiente la decoración había cambiado por completo. Quizá alguna amiga o conocida, al ver la sortija, le había hecho comprender lo que significaba, le habría dirigido pérfidas insinuaciones. Lo cierto es que D. Laureano halló a su ninfa con un semblante más negro y temeroso que nube de galerna. Antes de cinco minutos estalló la tormenta. Gritó, pateó, le arrojó la sortija a los pies y con ella todos los regalos que le había hecho antes. ¿Qué se había creído el tío silbante? ¿que ella era una tal y una cual? ¡Anda, que se había llevado buen chasco! Sortijitas a ella, ¿eh? Ya vería lo que lograba con sus alhajas...

Romadonga aguantó a pie firme y con bastante calma el chubasco. Luego procuró calmarla con sofística dialéctica que hizo poca mella en su ánimo irritado. Al fin, por sí misma se fue serenando y se avino a volverle a su gracia con tal que se llevase todos los regalos que le había hecho y le jurase solemnemente no traerle más.

D. Laureano cargó con todos aquellos chirimbolos. Por la noche decía en el café, chupando con delicia un cigarro habano:

—No hay nada en el mundo como una chula de Lavapiés. Estoy hechizado con mi Conchilla. Ni la mitad del presupuesto voy a invertir. El que tenga la suerte de embarcarse en una de estas fragatas, puede viajar hasta el fin del universo con tres pesetas.

Con razón lo pudo decir, pues a los pocos días había logrado rendirla. La pobre Concha cayó en sus brazos por generosa y amante, no por interesada.

Fue una luna de miel. Romadonga, en la alegría de su conquista, se dejó arrastrar a mil delicadas atenciones, demostrando cerca de ella una asiduidad que rara vez había tenido con otras. Iba a su casa dos o tres veces al día; apenas salía de allí. De noche la acompañaba paseando por las calles más extraviadas, donde tuviera seguridad de no tropezar a algún conocido. Los domingos solía llevarla en coche a cualquier pueblecito próximo; merendaban, bebían lo bastante para ponerse alegres y regresaban con las mejillas rojas, diciéndose mil disparates deliciosos. Hasta se aventuró varias veces a llevarla a un palco segundo en el teatro y a permanecer allí metido detrás de las cortinas. Se comprendía que aquel triunfo de última hora halagaba su amor propio, le enajenaba de gozo.

Pero aunque ambos hacían esfuerzos de habilidad para engañar al sillero, guardándose cuanto podían, inventando mil pretextos explicativos para sus actos, el padre no pudo menos de advertir el nuevo género de relaciones que entre ellos existía. El señor Ángel era un buen hombre, hábil en su oficio y de sentimientos honrados, pero extremadamente pusilánime. Cuando se hizo cargo de lo que pasaba, se entristeció profundamente, mostrose serio lo mismo con su hija que con D. Laureano, andaba cabizbajo y mudo por la casa; pero no se atrevió a adoptar una resolución enérgica. Tan sólo una vez dijo a Concha que no le parecía bien la confianza que había tomado con Romadonga. La chica rechazó con indignación la malévola sospecha que había debajo de sus palabras, se encrespó de tal manera que el pobre no volvió a entrar en explicaciones.

Se retrajo de la compañía de sus amigos. Andaba avergonzado, siempre temiendo que le echaran en cara aquella indecente complacencia. Y así fue. Un día, en la taberna, se lo dijeron bien clarito.

—No eres hombre si no echas al viejo de tu casa.

No, no era hombre para hacerlo el infeliz. Se avergonzó, lloró y quiso retirarse. Pero un amigo le dijo:

—No te amilanes, Ángel. Si no te atreves a armarle bronca al tío, bébete unas copitas de más y le echas por el balcón.

El sillero hizo caso del consejo. Se atracó de vino, y cuando estuvo hecho una cuba se fue para su casa dando tumbos, diciendo a voces que iba a sentar las costuras a un caballero.

Romadonga estaba allí como de costumbre. El sillero se le plantó delante con los brazos cruzados y le escupió más que le dijo:

—¿Y usted qué hace aquí, vamos a ver?

—¿Yo?...

—Sí, usted...

Y descomponiéndose de pronto comenzó a vociferar bárbaramente, a proferir blasfemias y amenazas que hacían retemblar la casa. Concha corrió a refugiarse en su cuarto. Romadonga trató de calmarle; pero viendo que eran inútiles sus esfuerzos y que la vecindad se estaba enterando, tomó el sombrero y se fue. Al bajar la escalera oyó que una vecina decía a otra:

—El señor Ángel ha echado de su casa al tío... ¡Ya era tiempo!

De tal modo inopinado se cortó el curso de aquellas sabrosas relaciones. D. Laureano no cejó por esto. Procuró ponerse inmediatamente en correspondencia con su amante. Hubo cartas y recaditos y entrevistas. Como hombre que sabía extraer delicadamente de este mundo amargo su jugo azucarado, halló nuevo aliciente de placer en la contradicción del sillero y en el misterio que se veía obligado a desplegar. Pero Concha no se avenía tan de buen grado. Disipada la embriaguez de su padre, no le perdonó aquel acto de energía. Comenzó a mortificarle con su constante mal humor, con el descuido de sus obligaciones domésticas: la comida fría, la cama sucia, la ropa sin coser. De vez en cuando le dirigía venenosas indirectas o burlas insolentes, de tal modo que al pobre hombre ya le iba pesando de haberse mostrado tan digno. La dignidad no es absolutamente indispensable para vivir; la ropa y el alimento sí. Finalmente, la resuelta chula, no pudiendo sufrir más aquella situación y convencida de que su padre iría donde le llevasen si se le sujetaba fuertemente por el cuello, aceptó la proposición que tiempo hacía le había hecho D. Laureano: irse a vivir a un cuartito independiente que él le alquilaría. Pero no había necesidad de escaparse. Estaba segura de que su padre cedería si Romadonga sabía hablarle con diplomacia.

Dio un salto el viejo elegante cuando Concha le propuso una entrevista con el sillero. Sin embargo, le convenció de que su padre era un bendito y, no estando borracho, incapaz de entregarse a ninguna violencia de palabra y mucho menos de obra. Sobre esta base el afortunado seductor no tuvo inconveniente en que la chula concertase el cuándo y el dónde de aquella trascendental conferencia. En casa no podía ser. La dignidad le impedía a D. Laureano ir a la del sillero sin obtener antes una satisfacción. En la calle no era decoroso, ni en el café del Siglo prudente. Se convino en que se hablarían en el de Platerías, de la misma calle, a las seis de la tarde, hora en que solía estar solitario.

D. Laureano llegó el primero a la cita y esperó meditando los falaces argumentos con que pretendía persuadir al sillero. Vino éste a los pocos minutos y se acercó a la mesa acortadísimo, balbuciendo las buenas tardes. Romadonga se apresuró a levantarse, y con franqueza campechana le puso la mano en el hombro.

—¿Cómo va ese valor, amigo D. Ángel? En realidad no necesito preguntarlo. Lleva usted la contestación en la cara. ¿Qué va usted a tomar?

—Muchas gracias, no tomo nada.

—¡Hombre, tendría eso que ver!... ¡Mozo! Unas copitas de manzanilla... Ya sabes, de la especial... ¿Y cómo está Concha?—añadió osadamente.

—No va mal—respondió con visible malestar el sillero.

—¿Le han dejado aquellas punzadas dolorosas en el estómago?... Ya le decía yo que ella se tenía la culpa. No guarda regla alguna para comer. Su placer mayor consiste en hacer comistrajos a las horas más extravagantes: tomates, huevos duros, naranjas, todo revuelto con aceite y vinagre. Se necesitaría tener el estómago chapado en cobre para resistir este desorden. Yo le di unas pastillitas que no le han venido mal... Pero lo principal es que tenga método.

D. Laureano hablaba de Concha afectando desembarazo, como si no hubiera pasado nada, como si fuese todavía el amigo íntimo de la familia. El señor Ángel asentía sonriente y turbado. Sin embargo, el aplomo y la franca naturalidad de Romadonga fueron disipando poco a poco su turbación. ¡Era un hombre tan llano, tan jovial y corriente aquel D. Laureano!: le bastaban pocos momentos para inspirar confianza a cualquiera y ganarle el corazón.

Como por la mano supo llevar el discurso desde la salud corporal de la joven a las cualidades de su carácter. Era una pólvora aquella criatura; buenísima en el fondo, con un corazón de cordera, pero arrebatada como pocas. Dejándola serenarse, incapaz de hacer daño a una hormiga, pero en un instante de cólera Dios sabe adónde podía llegar...

—Por supuesto—añadió con un guiño malicioso—que tiene a quien parecerse; porque usted, señor Ángel, que ordinariamente es una malva, ¡tiene un modo de dispararse!

El sillero levantó el brazo y bajó la cabeza, manifestando con mímica expresiva que de aquello no había que acordarse.

—No, no lo traigo a cuento en son de queja. Únicamente quiero significar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lo tanto hay que perdonárselo... De todos modos, es una chica que se hace querer, porque inmediatamente se ve que no hay allí doblez, que no hay engaño...

—¡Eso no!—exclamó el sillero atacado de súbita vanidad.—En nuestra familia nunca se ha engañado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar un golpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser por delante. Hacer traición, ¡jamás!

No quedó muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativas de la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francos y nobles prefería la traición rastrera si no venía acompañada de violencia en las personas.

—Perfectamente; tiene usted razón; pero los prontos hay que refrenarlos, si no, ¡dónde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos al caso. Yo me he encariñado con su hija hasta el punto de que nada me agrada ya en el mundo sin su compañía. No lo digo porque sea usted su padre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha más hermosa, más sencilla y al mismo tiempo mejor educada...

—¡Eso sí! ¡Bien criada sí! En ese punto ni su madre ni yo nos hemos descuidado. Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se iba a la cama y no podía levantarse en cuatro días. ¡No la hemos dejado pasar una!... Ahí está ella que no me dejará mentir.

—La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos son finos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelo de su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esfera más elevada que la suya. Su falta tiene, pues, origen en las cualidades más admirables de su corazón. Yo creo que, en vez de sentirse avergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hija de aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya está consumada la falta. ¿Y qué vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca más que procurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traer consigo.

El señor Ángel se puso muy grave, bajó la vista y mostró señales de inquietud.

—Mozo, echa otra copita al señor... Lo primero que salta a la vista es que su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestros corazones se hallan tan compenetrados, que sería una verdadera crueldad por parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazo que nos une...

—Bueno, pues cásese usted con ella—murmuró con timidez el sillero.

—Le diré a usted—repuso sin inmutarse D. Laureano.—Hace ya muchísimo tiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistiría en poderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero... pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En la actualidad existen una porción de obstáculos que se oponen a la realización de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos—añadió con un gesto soberbio de primer actor.—¡Vaya si los venceré!... Ahora, si usted me preguntase ¿cuándo? ¿cómo? yo le respondería: «Querido señor Ángel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal día, de tal manera me casaré con su hija, como yo mismo no lo sé, mentiría, y la mentira jamás ha manchado mis labios.»

Pausa. Romadonga vacía de un trago la copa que tiene delante, se limpia con el pañuelo los labios que jamás manchó la mentira, y prosigue:

—En estas circunstancias especiales, especialísimas, en que nos hallamos, ¿qué partido adoptar?... Conviene que meditemos.

Pausa y meditación.

—Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en el sentido peor... yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio y que mi entrada en su casa es más escandalosa y perjudicial a su decoro, le propondría que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartito mientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirme a ella...

El señor Ángel se puso pálido y reclinó la frente sobre su mano, mirando fijamente al mármol de la mesa.

—¡Lo ve usted!... ¡Ya se está usted figurando una porción de atrocidades!

—No me figuro más que la verdad, don Laureano—profirió con voz alterada el pobre hombre sin abandonar su postura.

—Convengo en que a primera vista esta proposición parece fea; pero, créame usted, aceptándola, evitamos mayores males. Se mudará a un barrio lejano donde no la conozcan, cambiará de nombre mientras no pueda ostentar el mío honrosamente, se guardará el mayor sigilo posible...

El señor Ángel levantó sus ojos doloridos y exclamó con amargura:

—¡Proponer eso a un padre, D. Laureano!

—¡Vamos, señor Ángel, tenga usted mundo!—exclamó Romadonga dándole palmaditas cariñosas en el hombro.—Hoy la sociedad es muy distinta de cuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les parecía imperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, échanos otra copa... Al contrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esa virtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. Ángel, y no hay más remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida se compone de transacciones.

—¡Proponer eso a un padre!—volvió a exclamar el pobre diablo, con la misma amargura, vaciando la copa en el estómago.

—No se fije usted en su condición de padre. Colóquese usted en un punto de vista más elevado. En seguida comprenderá usted que es el acuerdo más conveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue que rompamos nuestras relaciones, un día u otro, créame usted, Concha caerá en la perdición. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla; yo sí. Y si llega a caer, como es probable, ¿no será para usted un remordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombre que está en posición de sostenerla decorosamente? Además, usted se hará viejo, no podrá trabajar... Para ese caso Concha le podrá ayudar, mientras que de otra suerte...

Todavía prosiguió el viejo seductor por largo rato amontonando argumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.

Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logró al cabo marear, si no convencer, al sillero.

Una hora después salían ambos del café con sendas brevas en la boca, colorados, risueños; despidiéndose muy afectuosamente en la primer esquina.

VIII

Seis meses nada más bastaron para que el genio que dormía en el fondo del espíritu de D. Pantaleón Sánchez se levantase y echase a andar por la tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarcó de una vez la existencia toda y sondó sus inefables arcanos. En el mundo no había más que hechos, hechos constatados, como decía un libro traducido del francés que Moreno le había dado.

Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiada inteligencia: no sólo la superstición de Dios, la del alma y la moral, inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambición de los sacerdotes, sino ciertas nociones ridículas en que el género humano se había entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienen que se ignora el origen de estas ideas. Lo ignorarían ellos. Moreno y él sabían perfectamente a qué atenerse. Eran sensaciones, nada más que sensaciones, agradables o desagradables, como las que produce la humedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.

Las profundas observaciones que había llevado a cabo en los últimos tiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reino vegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domésticos, le habían empujado tan fuertemente al análisis que no comprendía otro método. Lo que por medio del análisis no se hallara, inútil era buscarlo por otro procedimiento. Es así que ni el escalpelo ni el microscopio habían tropezado jamás con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.

Esta inclinación al análisis despertó en su inteligencia poderosa una tendencia razonadora de tal precisión que ni el más pequeño argumento podía escaparse entre sus apretadas mallas. Caía sobre las ideas como un águila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes y sólo después que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejaba escapar.

—Papá, ¿te parece que vayamos hoy al Retiro?

—No; está muy húmedo. La humedad es mala para el organismo. ¿Y por qué es mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. ¿Y por qué ataca los tejidos? Porque les roba calórico. ¿Y de dónde procede este calórico? De la introducción del oxígeno en la sangre.

—¿Sabes una cosa, Carlota?—decía Presentación otra vez a su hermana.—Margarita está enamorada del chico de Roda. Ella misma me lo confesó ayer.

D. Pantaleón sonrió benévolamente.

—¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?

—Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.

—No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como es joven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Ésta es la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. La ternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, a llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la nutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran con exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el ácido carbónico y las deyecciones intestinales.

—Pero, papá, ¿qué dices ahí?

—El amor no es más que un exceso de nutrición.

—Ésas no son cosas tuyas, papá—exclamó con indignación la hija menor.—Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga diciendo borricadas de nosotras.

—Las mujeres, hija mía—repuso Sánchez con toda la calma y la autoridad del verdadero sabio,—no podrán jamás llegar a darse cuenta de estas profundas verdades. Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay una imposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, os diría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre por término medio.

—¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesar menos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!

D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar de los grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asunto más adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.

Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se reía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión más viva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera del paraíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a la música, la Sonámbula o la Norma, o cualquier otra ópera del género dulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes más líricos, avergonzando no pocas veces a su hija.

—¡Papá, que te están reparando!

—¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!

Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelas sentimentales. Había visto infinidad de veces La huérfana de Bruselas, La aldea de San Lorenzo y La carcajada. Se sabía de memoria la comedia Flor de un día y su segunda parte Espinas de una flor. Nunca le fue posible recitar aquellos famosos versos:

«Si oyes contar de un náufrago la historia,
ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»

sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba también como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y reinas afligidas de las novelas por entregas.

Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo hacia estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino del progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer tales quimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos constatados, la albúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste e injustificado abandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D. Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión. Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde dio la vuelta al mundo en alas de la fama.

—Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos. Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El alma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado de dar movimiento a la sangre.

Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D. Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.

Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientes científicas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la familia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buena pasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquier pretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado, escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabo solía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho más expedita.

—Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todo eso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.

—Lo creo—respondía con acento profundo el sabio.—Pero si el confesor tiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los espermatozoos...

—¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.

—Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...

—¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.

Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento. ¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta de preocupaciones por el camino de la experimentación! se decía tristemente.

Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos que continuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante, cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiración del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las casas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papel y se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siempre contenta y siempre ingeniosa!

D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:

—¿Sabes lo que es eso?

—¿El qué?

—¿Esa caridad y ese talento que te admiran?

—¿Qué es?

—Cloruro potásico.

—¿Cómo?

—Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en el cerebro.

—Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?

—Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en el estómago. La albúmina...

—Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha convenido dejar la tienda.

—Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...

—¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió también para dormir.

Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra vez a su esposa:

—Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

—¿Qué falsedad?—preguntó la buena señora sorprendida.

—El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potásico, sino ácido fosfórico.

—¿Volvemos a las andadas?—exclamó irritada.

—El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.

—Tú no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodón y de hilo y géneros de punto. A mí no me vengas con embelecos, porque no estoy de humor de oírlos, y además te prohíbo que digas borricadas a la niña, porque la tienes escandalizada. ¡Vergüenza es que necesite yo recordarte tu deber!

D. Pantaleón se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas ideas delante de D.ª Carolina. ¡Era tan severa aquella señora en el seno de la intimidad!

Sin embargo, cuando llegó la necesidad supo mantener sus derechos de animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba de vulnerarlos. Por consejo de Moreno había prohibido que le sirvieran en las comidas hortalizas, porque éstas no proporcionaban ningún ácido fosfórico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus dificilísimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta prohibición, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas, coles, lentejas, incapaces de producir más que ácido carbónico, celulosa y otras sustancias no menos despreciables e indignas. Sufrió con paciencia algún tiempo. Pero llegó un momento en que la lucha por la existencia exigió de él un rasgo de energía para salvar las circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.

—He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por última vez, que estoy resuelto a no ingerir ningún alimento vegetal. De hoy para siempre sepan todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si ustedes se obstinan en servirme vegetales, seré capaz de volverme a mi gabinete sin comer.

Aunque la amenaza no espantó a la familia tanto como era de esperar, se convino, no obstante, en no servirle más que alimentos fosfatados.

IX

Sintió Carlota profundo pesar cuando su marido le notició la cesantía. Quedaron ambos larguísimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba también lúgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de su dicha. D.ª Carolina la recibió con tranquilidad. Únicamente se le advirtió más seria a la hora de comer. Después, habiéndose suscitado una conversación propicia, expresó algunos conceptos acerca de la holgazanería, de la presunción y la ligereza que a Mario se le antojaron alusivos. Tal vez no serían: no había motivo fundado para suponerlo, pues su suegra le había dado repetidas pruebas de afecto y consideración. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazón apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.

La vida de la familia siguió el mismo curso metódico y apacible. No había pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al café. A las comidas la conversación solía animarse. Presentación embromaba a su cuñado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantaleón les asaba a explicaciones científicas: el vino, el pan, el azúcar, todo era motivo para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a la naturaleza. D.ª Carolina seguía con el mismo humor benigno, rigiendo la casa a su talante, aunque siempre por delegación de su esposo.

No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo todos se daban cuenta, envolvía a la familia. Las relaciones entre ella seguían siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual percibía un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando la sonrisa, acentuando la nota cómica. Mario sentía la falsedad de su situación en aquella casa y notaba bien que todos los demás la sentían igualmente. La mayor amabilidad de su cuñada con él era un modo de expresárselo; el silencio de D.ª Carolina, la humildad de su esposa para responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de vergüenza iba apoderándose de él.

Carlota también lo padecía. D.ª Carolina y Presentación dejaron poco a poco de llamarla a cónclave para resolver los asuntos domésticos. Entre las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con esto se hizo más tímida, más humilde; no se atrevía a quejarse de las faltas de la criada; trabajaba cada día más en la casa, echando sobre sí, cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por aparecer amable y simpática como si estuviera en casa extraña.

D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentía turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba. No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas, ni que las acompañase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos para la calle. Cuando doña Carolina rechazaba cualquiera de sus servicios el inocente exclamaba:

—¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!

—Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón, que no tiene nada que hacer, se encargará de ello.

¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo. Tampoco él tenía nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces, cuando el matrimonio joven venía de paseo y entraba en el gabinete donde estaban la señora y su hija Presentación, aquélla les interrogaba con cierta condescendencia irónica:

—¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéis llegado? ¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bien en no desperdiciar tardes tan deliciosas.

Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlona entre su mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírselo a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las guardaba todas para sí.

Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastos feneció muy pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo en el bolsillo. Nada dijo. Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Su mujer lo observó al cabo y le preguntó la causa. No estaba bien del estómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no fiándose, le registró los bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre Mario! Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvo valor para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuando su marido se levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:

—Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes que me da vergüenza... ¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque a ti puede hacerte falta y a mí no.

Mario quedó suspenso. Una vaga inquietud agitó momentáneamente su espíritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pensó más en ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pasó no pudo menos de preguntar:

—¿Y de dónde sacas tú el dinero?

Carlota se puso colorada.

—He ido ahorrando algún dinerillo estos meses pasados para los dulces del bautizo, ¿sabes?... Pero le encajaré la cuenta a mamá... ¡vaya si se la encajaré!

Y reía a carcajadas. Pero su corazón lloraba, porque sabía muy bien que si esperaba por su madre no se comerían dulces en el bautizo del hijo de sus entrañas.

El dinero de la sortija concluyó pronto. Empeñó otra. Tampoco tardó en gastarse. A Mario le hacían falta botas y guantes; el sombrero de copa estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario también hacerse ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de préstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que más valía, lo guardaba D.ª Carolina.

—¿Pero ese gato que tienes no se agota nunca?—le preguntó inquieto Mario.

Tenía la respuesta preparada.

—Sí, hijo, sí; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero papá me ha llamado el otro día a su cuarto y me dio dinero.

El semblante de Mario se oscureció. Quedó profundamente pensativo. No, aquello no podía tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupación donde quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones habían sido infructuosas. Visitó a los amigos de su padre: no le faltaron buenas palabras, promesas magníficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera habló al ministro de quien era secretario, y éste prometió colocarle en una carrera que iba a organizar para la inspección de los ferrocarriles.

Carlota había concluido con sus objetos más o menos preciosos. Entonces la mentira que había dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de verle sin dinero en el bolsillo se arriesgó heroicamente a pedírselo a su madre. Fue una escena baja, sórdida, repugnante. Carlota sufrió con valor los sarcasmos de su madre y venció a fuerza de paciencia y tenacidad sus repetidas negativas. Consiguió arrancarle diez duros: se fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lágrimas que había podido reprimir. Su marido la encontró con los ojos hinchados.

—¿Por qué has llorado?—preguntole impetuosamente.

—Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. ¿No sabes el estado en que me encuentro?

Se convenció. Había oído a los médicos hablar de estas crisis.

Pero la pobre Carlota fue desde aquel día la víctima, la cenicienta de la casa. Su madre la trataba con increíble desprecio; no perdonaba ocasión de vejarla con indirectas crueles. Presentación la ayudaba en esta tarea simpática.

—A mí me gustaría colocarme así, espléndidamente, como mi hermana. ¡Casarme con un pobrete! ¡Puf! Oyes, Carlota, ¿tu marido compra por fin mylord o faetón? Supongo que este año no dejaréis pasar la temporada del Real sin abonaros como el año pasado...

Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitación a proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas que al fin no se levantase llorando. Un día, encarándose con Presentación, los ojos rasados de lágrimas, le dijo:

—Haces mal en burlarte de mí. Pretendes que deje de querer a mi marido porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algún día.

De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueño. Pero volviendo a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho más cruel. D.ª Carolina se enfureció, llamó pobrete, hambrón y holgazán a Mario, y se negó resueltamente a soltar un cuarto.

—Si te figuras—concluyó diciendo—que nosotros vamos a mantener vagos toda la vida, estás muy equivocada.

Esta amenaza la llenó de terror. Se humilló, procuró desarmarla prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corrió, como siempre, a encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.

Mario no fumó otra vez en dos días. En su semblante no se traslució, sin embargo, ningún malestar. Su esposa le miraba con el rabillo del ojo haciendo esfuerzos por reprimir las lágrimas. Pero al pasar por delante del cuarto de su padre vio las llaves puestas en el cajón de la cómoda. Se detuvo herida por una tentación irresistible; echó una mirada en torno, y no viendo a nadie, avanzó con cautela, tiró del cajón sin hacer ruido y escudriñó rápidamente su contenido. Allá, en un rincón, había dos libras de tabaco picado. Tomó una y, cerrando de nuevo, salió precipitadamente, ocultándola debajo del vestido. Por la noche se la dio a su marido, diciendo con afectada naturalidad:

—Toma; luego dirás que no me acuerdo de ti.

—¿Dónde has comprado este tabaco?

Respondió que a una prendera amiga suya que lo vendía de contrabando. La había hallado en la calle y habían hecho mercado en un portal para evitar indiscreciones. Pero a los dos o tres días su padre lo echó de menos y se armó el consiguiente tumulto. Hubo quejas, recriminaciones. D. Pantaleón sospechaba de la criada, que tenía un novio soldado. Carlota, viendo con terror aquel motín y temblando que D.ª Carolina averiguase la verdad, llamó en secreto a su padre al cuarto, le echó los brazos al cuello y le dijo llorando:

—He sido yo, papá; he sido yo la que te ha llevado el tabaco... Pero que no se entere mamá, que no se entere Mario cuando vuelva. Sé que no fuma porque no tiene dinero y yo tampoco lo tengo para dárselo.

El sabio naturalista quedó estupefacto.

—Pero, hija, ¿por qué no me lo has pedido? Dinero no puedo daros, porque ya sabes...

—Sí, papá... no me digas nada.

El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para instruir a su hija. El tabaco era una planta solanácea de olor fuerte y característico, cáliz tubulado, raíz fibrosa, tallo velloso de médula blanca, hojas alternas laureadas y glutinosas, etc.

Carlota escuchó llorosa y distraída aquellas científicas explicaciones que por el estado de su alma no produjeron el resultado que era de esperar. D. Pantaleón rebañó de su bolsillo algunas pesetas y se las dio.

La situación de la infeliz muchacha era cada día más triste. Todos los rencores y desprecios que D.ª Carolina y su hija menor atesoraban para Mario, que no había tenido talento para hacerse inamovible en el puesto que ocupaba, se los arrojaban a ella a la cara. Con el verdadero culpable estaban reservadas, pero finas. No se le hería directamente, pero la atmósfera estaba cargada de electricidad, y a la postre había de estallar el rayo. D.ª Carolina sacudía la cabeza con ira cada vez que su yerno volvía la espalda.

Al fin, una mañana en que Carlota estaba fuera de casa, la sagaz señora hizo una seña expresiva a su hija menor, y ésta se apresuró a levantarse y salir del gabinete. Quedaron solos suegra y yerno. Sin alzar la cabeza de la costura D.ª Carolina comenzó a hablar con voz un poco alterada.

—Mira, Mario, hacía días que necesitaba hablarte de un asunto bastante desagradable lo mismo para ti que para mí. Lo he ido aplazando de un momento a otro, porque a la verdad me duele en el alma tocar este punto... Pantaleón me ha mandado decirte que sus medios de fortuna no le permiten manteneros a ti y a tu esposa. «Si fuéramos ricos, me dijo, no tendría mayor inconveniente en que Mario se divirtiese y pasase la vida holgando, pero, hija, nosotros tenemos sólo lo necesario para vivir decorosamente... Dile que la obligación primera de todo casado es sostener a su familia con el producto de su trabajo. Así lo he hecho yo y así espero que lo haga él. Es joven y tiene el mundo por delante; que trabaje y se haga hombre...» Hijo mío, yo cumplo el encargo. Espero que no te ofenderás por ello.

Mario quedó tan aturdido que no habló una sola palabra. Las de su suegra le sonaban en el cerebro como martillazos. Una vergüenza inmensa, infinita, corrió por todo su ser hasta las últimas fibras y le paralizó enteramente. D.ª Carolina, con una rápida ojeada, advirtió su estado lastimoso.

—No creas que esto es puñalada de pícaro. Te habla así Pantaleón por mi boca porque tiene confianza en tu honradez, en tu dignidad, en que sabrás cumplir perfectamente tus obligaciones. Yo creo que con el tiempo le darás las gracias. Si no te ofendieras—añadió con benévola sonrisa,—te diría que te hace falta un estímulo como éste para abrirte camino.

La lengua se le desató aunque no de buen modo. Se excusó balbuciendo de no haber tomado él la iniciativa en este asunto. Su suegro llevaba mucha razón en lo que decía. Él buscaría trabajo inmediatamente en cualquier parte y de cualquier clase. Estaba dispuesto a dejar la casa al instante...

—Ya te he dicho que no es cosa de apuro...

—Sí, señora; lo es para mí—replicó con dignidad el joven.

Pero la grave cuestión era que Carlota no podía irse con él a la ventura. Se hallaba ya bastante adelantada en su embarazo, y mientras no tuviera casa era expuesto llevársela. D.ª Carolina se mostró magnánima. Carlota se quedaría con sus padres hasta que Mario hallase un medio de vivir. Éste le dio las gracias con acento sincero. Desde aquel punto doña Carolina se hizo de miel, le agasajó cuanto pudo, le auguró un bello porvenir, haciendo visibles esfuerzos para borrar la mala impresión que sus palabras habían causado. Mario se retiró al fin grave y tranquilo.

Al llegar Carlota adivinó a la primera mirada su disgusto.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada... he tenido una conversación algo seria con tu madre. Me ha dicho—añadió sonriendo tristemente y tomándole las manos—que tu papá no puede sostenerme más tiempo en su casa...

Carlota se puso blanca como un papel.

—¿Ha dicho eso de veras?

—Sí; a mí no me sorprende; creo que lleva razón. Ya ves, parece feo un hombre sin trabajar, comiendo la sopa boba... Así que me voy desde luego... Pero no te apures, que yo encontraré ocupación; todo se arreglará.

Al proferir estas palabras sonreía con esfuerzo, apretando las dos manos a su esposa. Ésta permaneció muda y pálida mirando con insistencia por encima de su cabeza a un punto fijo. Al fin sus ojos grandes, serenos, se nublaron de lágrimas y dijo sin que los rasgos de su fisonomía se alterasen poco ni mucho:

—Está bien; me voy contigo.

—¡No!—exclamó Mario aterrado.—¿Dónde quieres ir?

—A pedir limosna, si es necesario—repuso tranquilamente.

—¡Pero eso es una locura! No te precipites...

Y con palabra fogosa le puso de manifiesto los terribles inconvenientes de tal resolución. Un hombre puede rodar por cualquier lado, dormir en un desván, al sereno si es necesario; ¡pero una señora y en el estado en que ella se encontraba! La separación era de absoluta necesidad por el momento. Cuando diese a luz y él hallase medio de vivir, que lo hallaría pronto seguramente, entonces vendría a sacarla para siempre de casa y vivir juntitos hasta la muerte.

Carlota se dejó convencer. La idea de causar el más insignificante daño al ser cuya aparición esperaba con impaciencia la llenaba de congoja. Quedaron, pues, en que él sólo se marcharía.

—¿Pero dónde te vas?—preguntó clavándole una mirada de estupor doloroso.

—No te preocupes de eso. Tengo infinidad de sitios donde ir. Lo importante es que tú estés tranquila. Piensa en que se trata de muy poco tiempo.

Carlota permaneció algunos instantes inmóvil con la cabeza baja.

—Bueno, te arreglaré la ropa—repuso al cabo enjugándose las lágrimas.

Y ahogando los suspiros en la garganta y reprimiendo los sollozos que pugnaban por estallar, su naturaleza tranquila, razonable, valerosa, concluyó por triunfar. Empezó a sacar ropa de la cómoda y a colocarla esmeradamente en un baúl. En aquella operación se mostraba su carácter paciente y sólido. Mario la contemplaba con interés, trataba de ayudarla, pero lo hacía tan mal que renunció en seguida. Poco a poco, en la absorción de aquel trabaja mecánico, se fueron olvidando de su pena. Discutían lo que se había de meter en el cofre como si se tratase de un viaje. A Carlota todo le parecía mucho, creyendo así reducir los días de separación. Mario, al contrario, insistía suavemente en que se pusieran más camisas, calcetines, etc. Preveía que el viaje iba a ser largo, aunque se guardaba de manifestar esta opinión.

Al fin quedó arreglado el equipaje. Entonces permanecieron turbados uno frente a otro sin saber qué decirse, afectando serenidad, insistiendo una y otra vez en tono indiferente sobre pormenores ya resueltos. La emoción que les embargaba advertíase en el timbre velado de la voz, en el leve temblor de las manos. El corazón se les quería salir por la garganta.

—Bueno—dijo al fin Mario poniéndose el sombrero.—Quedamos en que tendrás el baúl preparado. Ya enviaré por él, y me mandarás al mismo tiempo la sombrerera. Por los útiles de modelar ya mandaré más adelante.

Estas palabras provocaron en Carlota una explosión del sentimiento comprimido. Quedaron abrazados estrechamente y llorando en silencio largo rato. Mario logró desasirse, y besando con efusión las manos de su esposa, exclamó sonriendo, mientras bañaban su rostro las lágrimas:

—¡Qué niños somos! Parece que me estoy despidiendo para el fin del mundo.

Y salió de la estancia precipitadamente. Carlota le siguió, y en lo alto de la escalera volvieron a abrazarse.

X

Cuando hubo salido a la calle y traspuesto la esquina, se detuvo. Aquellos infinitos sitios de que había hablado a Carlota eran una piadosa mentira. Quedó inmóvil, con el pensamiento vacío y el corazón apretado. Unas ansias atroces de sollozar le subían del pecho a la garganta amenazando ahogarle. Pero logró tenerlas encerradas: sólo algunas lágrimas brotaron a sus ojos sin darse cuenta hasta que vio la mirada de los transeúntes fijarse con curiosidad en él. Entonces se llevó el pañuelo a la cara como para sonarse, y prosiguió su camino.

¿Adónde iba? Marchó a la ventura largo rato, tratando de coordinar sus ideas. Al fin no halló otra cosa mejor que dirigirse a su antiguo alojamiento. Pero esto le causaba profundo disgusto y humillación. ¿Cómo responder a las preguntas de su antigua patrona? ¿Qué explicación iba a dar a sus compañeros? Al llegar a la puerta cambió de resolución y pasó de largo sin entrar. Subió a la primera fonda que tropezó, alquiló una habitación y volvió a salir. Su inquietud y dolor no menguaron por esto. Al contrario, la idea de que no tenía dinero para pagar el pupilaje le atormentó de modo indecible. Pensó entonces en algún amigo con quien comunicar sus pesares y que le diese algún buen consejo, y los pies le guiaron a casa de Miguel Rivera. Aunque le llevase éste bastantes años y tuviese un carácter burlón y agresivo que a menudo pinchaba a los que se le acercaban, Mario sentía hacia él irresistible inclinación: debajo de aquella cáscara amarga adivinaba un corazón dulce y generoso. Además, si para alguno limaba un poco la punta afilada de su lengua Rivera, era para nuestro joven. Fácilmente se advertía su predilección cuando se hallaba en la tertulia del café.

El antiguo periodista vivía solo con su hijo en un cuarto sin lujo, pero limpio y agradable, de la calle de Recoletos.

—¿Qué traes por aquí a estas horas, Praxíteles?—exclamó alegremente al ver a nuestro joven entrar en su despacho.

—Molestias para usted, D. Miguel. ¿Está usted muy ocupado?

La sonrisa de Rivera se desvaneció al ver la triste y penosa que contraía los labios de su amigo. El semblante de Mario expresaba abatimiento profundo.

—¡Ocupado! Sólo lo está el que espera algo. Yo he renunciado a todo hace tiempo, querido. Di lo que quieras y tómate el tiempo que se te antoje.

Tímidamente y ruborizándose muchas veces, Mario le contó lo que le pasaba, rogándole con insistencia el secreto. Cuando terminó de hablar, Miguel permaneció grave y pensativo. Al cabo dejó escapar un leve bufido de desprecio.

—¡Camarada, qué suegra te ha tocado! Es de lo más fino que he visto en su género.

—¡Si mi suegra no se ha mezclado para nada en este asunto! No ha hecho más que cumplir las órdenes de su marido. ¡Anda, pues si dependiera de mi suegra, ni ahora ni nunca saldría yo de su casa! Usted no sabe el cariño que me profesa la buena señora. Me quiere como una madre, una verdadera madre, don Miguel.

Este le contempló en silencio unos momentos asombrado de su inocencia. Tuvo impulsos de proferir una de sus chufletas sangrientas, pero se contuvo. La maciza bondad y el candor de aquel muchacho le conmovían. Después de todo, pensó, ¿qué se adelanta con sacar a los hombres de los errores que los hacen felices?

—Sí, sí; D.ª Carolina es muy buena—dijo al cabo, sin gran calor.—Puede que tenga en realidad la culpa el loco de su marido.

—Yo creo que mi suegro nada tiene de loco, D. Miguel—se apresuró a decir Mario.—Aunque un poco difuso en sus explicaciones, siempre le he hallado muy razonable. Y además, crea usted que es bastante instruído y que tiene un corazón excelente.

Volvió a contemplarle Rivera con sorpresa, y repuso sin poder evitar una sonrisa de lástima:

—Puede, puede ser. Yo le he tratado muy poco, ¿sabes? Desde que ese idiota de Moreno le ha tomado por su cuenta, temía que se hubiese extraviado.

Mario sonrió algo contrariado.

—¡Qué duro está usted con Adolfo, D. Miguel!

—¡Alto ahí, amigo! Pase por tu suegro y tu suegra, pero lo que es ése me lo tienes que dejar entre las uñas. En todos los días de mi vida he conocido un ser más pedante y grotesco. ¡Es un infame!

—¿Cómo infame?—exclamó asustado.

—Sí, cuando la tontería llega a cierto límite degenera en infamia. Creo haberlo leído en Santo Tomás.

—Pues Adolfo estudia mucho: se pasa la vida entre libros.

—No importa, es un infame. ¿Tú has estudiado lógica? Bien, pues sabrás que para que el conocimiento se produzca son necesarios dos términos: sujeto y objeto. Aquí falta sujeto... Pero dejemos eso ahora. Hablemos de ti. ¿Qué piensas hacer? ¿Cuáles son tus proyectos?

Mario alzó los hombros sonriendo y no despegó los labios. Aquel gesto volvió a poner serio y meditabundo a Rivera.

—Es necesario ante todo buscarte una ocupación lo más pronto posible. La carrera de que te he hablado en los ferrocarriles aún tardará en organizarse... ¿Quieres ayudarme en los trabajos de la secretaría? Hace falta un empleado inteligente... Aunque el sueldo es pequeño.

—¡Cualquier cosa, D. Miguel!—exclamó Mario, viendo el cielo abierto.

No existía tal plaza vacante en la secretaría, pero Rivera la inventó proponiéndose pagarle con una parte de su sueldo. Además le obligó a quedarse en su casa. Nada le estorbaría: al contrario, en la soledad en que vivía le estaba haciendo falta un amigo con quien comunicar sus pensamientos. Mario, embargado por la emoción, le apretó la mano llorando de gratitud.

Poco después escribió una larga carta a su esposa rebosando de ternura. Al final le decía que al día siguiente iría a verla. Al despertarse por la mañana recibió la contestación de Carlota.

«No vengas a verme. No quiero que pises esta casa. Espera a que te indique el sitio y la hora donde podemos vernos. Eres demasiado bueno, Mario.»

Y otras frases por el estilo que indicaban que la fiel esposa volvía por la dignidad de su marido con más cuidado que él mismo. En cambio, ella se humillaba la pobrecilla y siguió padeciendo los desdenes de su madre y de su hermana sin quejarse.