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El origen del pensamiento

Chapter 15: XII
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About This Book

La narración comienza en un café de Madrid y sigue a un joven, Mario, cuya ansiosa admiración por una vecina contrasta con la calma reflexiva de su compañero Adolfo y la desenfadada coquetería de D. Laureano. Las escenas alternan entre la observación social pública y la rememoración íntima, mostrando la situación económica modesta de Mario, la pérdida familiar, sus rutinas cotidianas y sus preocupaciones interiores. Mediante detalladas descripciones de conversaciones, hábitos y pequeños bochornos, la obra explora el anhelo juvenil, las normas sociales y el desajuste entre la apariencia externa y la vida mental.

Mario no pudo resistir la tentación de pasar aquella mañana por delante de la casa. Los balcones estaban cerrados y no vio a nadie. Pero al llegar de nuevo a la de Rivera se encontró con una esquela de Carlota.

«A las cinco espérame en la plaza de la Independencia, esquina a la calle de Alfonso XII.»

Y una hora antes de la convenida ya estaba nuestro joven en espera con la impaciencia de un galán primerizo. Al verla llegar, al cabo, con su vestidito gris, soportando gallardamente las dos existencias en que su ser se partía, una emoción intensa hizo palpitar su corazón. Corrió hacia ella y se apretaron las manos y se miraron a los ojos con embeleso. Luego, cogiéndose del brazo, entraron en el Retiro, y pasearon charlando bajo los árboles. Carlota no se cansaba de preguntarle todos los pormenores de su existencia en aquellas veinticuatro horas. Mario no tenía tiempo para darle completas explicaciones. Se quitaban la palabra de la boca, se perdían en divagaciones insustanciales, gozando el placer de hallarse juntos, como si no se hubiesen visto en largo tiempo. Carlota aprendió que su marido tenía ya un sueldo, aunque pequeño, y que esperaba en plazo no muy lejano obtener la plaza en los ferrocarriles que le habían prometido.

—Creo que no se pasarán muchos meses sin que vuelva otra vez a casa y vivamos unidos—dijo dando palmaditas cariñosas en el dorso de la mano a su esposa.

Ésta se puso repentinamente grave.

—No pienses en eso, Mario. Nosotros no podemos vivir ya con mis padres. Aunque sea en una buhardilla viviremos si es preciso. ¡En casa, nunca!

—¡Oh, qué orgullosita!—exclamó él pellizcándola.—¿Y por qué, si yo no me doy por ofendido?

—Porque yo no quiero, y basta—replicó ella con firmeza.

Mario se había acostumbrado a obedecerla y no le iba mal. Así que no insistió.

La noche se echaba encima y bajaron despacio por la calle de Alcalá. Al pasar por delante de un restaurant, Mario tuvo una inspiración.

—¡Si entrásemos aquí a comer!

Carlota se opuso. No estaban ellos para gastar el dinero tontamente. Y siguieron caminando hacia casa. Pero Mario se había quedado silencioso y melancólico. Unos pasos antes de llegar Carlota se volvió hacia él con semblante risueño.

—¿Qué? ¿Estás triste porque no comemos juntos?

Mario sonrió avergonzado.

—Bien, pues volvámonos. Pero nada más que hoy, ¿sabes?

La alegría entró de nuevo como un torrente en el alma de nuestro joven. Volvieron sobre sus pasos, entraron en el restaurant y pidieron un gabinete.

¡Qué hermosas y puras emociones experimentaron en aquella comida! Mario parecía un colegial escapado. Todo lo hallaba sabrosísimo: hablaba por los codos; cubría de atenciones y finezas a su esposa. Estaba como loco; formaba proyectos descabellados; perdonaba a todo el mundo y se deshacía en elogios de su suegra.

—¿Sabes lo que te digo, Carlota? Que quiero a tu madre como si fuese la mía, y que me alegraría que viniese un día a comer con nosotros.

Ella, serena, tranquila, sonreía dulcemente contemplando la ruidosa alegría de su marido con el placer no exento de protección con que se miran los juegos de los niños. Cuando el camarero salía, Mario se alzaba repentinamente, corría a su esposa, la besaba frenéticamente y volvía a sentarse.

—No sé lo que tienes en la cara hoy, cielo mío, que me enajena. Hay en tu fisonomía una dulce gravedad que me recuerda siempre la expresión de la Diana cazadora del Louvre.

—¡Ya salió la mitología!

—Sí, ya salió y saldrá siempre, porque veo en tu rostro la misma expresión dulce, grave, protectora que en las estatuas de las diosas; porque no hallo en el mundo ninguna mujer que se parezca a ti, y sobre todo, te comparo a ellas porque no tengo nada más hermoso a que compararte.

Carlota sonrió y le tendió su mano por encima de la mesa. Mario la besó con el mismo tierno respeto que Peleo besaría la de Tetis, su inmortal querida.

Pero acabado de hacerlo, casi en el mismo instante pareció el mozo con una fuente entre las manos, y Carlota reveló su condición mortal ruborizándose hasta las orejas. Como la puerta hubiese quedado abierta, Mario vio cruzar por el pasillo un hombre que por su figura arrogante y proporcionada, por su alto desprecio de los cuidados terrenales, por la varonil grandeza con que había matado en su corazón hasta los más pequeños gérmenes de la sensibilidad, por la perfecta seguridad con que gozaba de la vida debía de recordarle aún mejor que su esposa los seres que habitaban en la cima del Olimpo. Este hombre privilegiado, semejante a un dios, no podía ser otro que don Laureano Romadonga. Iba acompañado de una joven con mantón y pañuelo a la cabeza.

—¿Has visto?

—Sí.

—¿Esa joven es la del café?

—Me parece que sí. ¡No obstante, como ese hombre trae tantos líos!...

El mismo D. Laureano, entrando repentinamente en el gabinete, vino a sacarlos de dudas.

—¿Conque tenemos juerga conyugal, eh? ¡Bien por los esposos!... También yo vengo a gozar honestamente como un burgués tranquilo... Mi Conchita cumple hoy diez y ocho años, ¿sabéis? y me dijo: «Convídame a comer en la fonda» (para Concha, comer fuera de casa es comer en la fonda). Yo le contesté: «Sí, hija de mi alma, te llevaré a la fonda y beberás champagne.» El champagne es para Concha algo elevado, de un orden sobrenatural, inaccesible a todo el mundo excepto al patriarca de las Indias, a los ministros y al capitán general.

—¿Dónde la ha dejado usted?

—Ahí, en un gabinete. Carlota, no me mire usted con severidad. Yo no tengo más que un defecto. Soy aficionado a pasarlo bien en este pícaro mundo. ¿Y quién no lo es? ¿Quién, pudiendo divertirse, opta por estar aburrido?

—¡No, si yo no le recrimino a usted ni con los ojos ni de palabra!—exclamó la joven sonriendo.—Lo único que me atreveré a decirle es que valdría más que usted se divirtiera con placeres lícitos.

—No lo crea usted. Yo no he podido gozar jamás los placeres lícitos. Me aburren. Soy una naturaleza móvil y subversiva. Necesito saber que soy independiente en todos los momentos de la existencia. La idea de que el goce que disfruto es un goce impuesto le quita todo su encanto... Pero perdone usted, Carlota, yo no sé si debo...

—Siga usted, siga usted; no me escandalizo.

—El matrimonio no ha tenido nunca para mí color. Y ya sabe usted que yo soy excesivamente colorista. Considero esto como una desgracia, pero si he nacido así, ¿qué culpa tengo? ¿Por qué disfrutar de una sola obra hermosa de Dios, me he dicho, cuando en el mundo existen tantas y tan preciosas? ¿Hay nada más agradable que repetir la luna de miel, ese feliz estado en que ustedes se encuentran ahora, una y otra vez? Crea usted que aquellos versos de Musset

Parlons de nos amours; la joie et la beauté
Sont mes dieux les plus chers, après la liberté.

deben tomarse por divisa. Mientras el corazón tenga fuerzas, echarle combustible para que palpite con las dulces emociones de la pasión. Quiero cantar endechas como el ruiseñor mientras me quede un soplo de vida.

El rostro varonil, expresivo, de Romadonga se contraía con sonrisa mefistofélica al pronunciar estas palabras. Se había sentado; puso los codos sobre la mesa con su habitual libertad y enviaba columnas de humo al aire, revelando un estado de beatitud envidiable. Mario reía; pero en el fondo de su alma estaba inquieto y molesto, como siempre que don Laureano hablaba delante de su esposa.

—No está mal que usted ame lo que quiera—dijo ésta.—Lo malo que hay es que ese amor de usted cuesta muchas lágrimas a algunas criaturas inocentes.

—¡Es la ley de la vida!—repuso el seductor alzando los hombros con resignación y sacudiendo la ceniza del cigarro con su dedo meñique cubierto de sortijas.—Balzac ha dicho muy bien que en el amor hay siempre un dios y un esclavo... Después de todo—añadió al cabo de una pausa,—el destino de la mujer es ése, amar y llorar. El amor en las mujeres engendra fatalmente el llanto, y esto consiste en que es más vivo y más tierno que en nosotros. No hay, pues, que compadecerlas a ustedes tanto, porque si la pena es mayor, mayor ha sido también el goce... Pongamos el caso de esa muchacha que está ahí. Esa chica vivía en un estado de marasmo casi vegetativo. Comer, dormir, barrer la casa, lavar la ropa. Si se hubiera casado con un hombre de su misma condición, ese estado se hubiera prolongado hasta la muerte, corregido y aumentado por los mil dolores que la vida miserable trae consigo. Llegué yo, y no por mis méritos, sino por cierta práctica del oficio, he logrado despertar esa alma, infundir en ella nueva vida, hacer vibrar su corazón con ciertas emociones y gozar de ciertos placeres que probablemente hubiera desconocido...

—¡Pobrecilla!—exclamó Carlota.—¿Y no sentirá usted pena y remordimiento cuando abandone a esa niña y la deje entregada a la desesperación?

—¿Pena? ¿remordimiento? No sé lo que es, ni quiero saberlo. Sospecho que será algo triste que me impida divertirme a mi gusto. No es mi negocio. Creo que la vida no se nos ha dado para sentir pena, remordimiento, sino amor, alegría. Si se desespera cuando deje de quererla, suya será la culpa. Yo, cuando entablo relación con una mujer, no me considero comprometido a amarla siempre, sino mientras pueda. Lo que hace la desgracia de las mujeres es esa inclinación particular que sienten hacia la eternidad. Si vivieran convencidas de que en este mundo todo es temporal y finito, comprenderían que el amor no puede sustraerse a esa ley y estarían de antemano resignadas a todo lo que pueda sobrevenirlas. Por mi parte, tengo horror instintivo a la eternidad. La palabra siempre me crispa los nervios.

—¡Oh, qué malvado!—dijo riendo Carlota.—No puedo creer, por más que usted lo asegure, que le falte a usted de tal modo el corazón.

—Al contrario, precisamente por tener demasiado corazón es por lo que cometo esos pecados que usted me echa en cara. Lo tengo tan grande, que caben en él todas las mujeres hermosas que hay sobre la tierra. Con todas quisiera poder hacer lo que con esa chica que está ahí.

—Infundirles nueva vida, ¿verdad?—dijo Carlota maliciosamente.

—¡Eso es!—repuso D. Laureano riendo.

En aquel momento apareció en la puerta la arrogante figura de Concha.

—Oye tú, guasón, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que voy a estar hasta que amanezca sola en esa alcoba?—profirió sin dirigir el más leve saludo a la compañía, clavando su mirada colérica en Romadonga.

—No, hija, me iba a marchar en seguida—contestó aquél, bastante confuso y apresurándose a levantarse.

—¡Te ibas, te ibas! Adonde te vas a ir es a lo que tú sabes, hablando con perdón de estos señores. Pus hombre, ni que fuera una...

Hablaba con el desgarro peculiar a la chula de Madrid, acentuando cada sílaba de un modo tan insolente que D. Laureano, avergonzado, no pudo menos de salir por su dignidad.

—¡Niña, niña, cuidado con la lengua! Mira que te puede costar un disgusto.

—¿A mí? ¡Ja, ja! ¡Qué infeliz eres!

—¡A ti, sí, desvergonzada!—profirió colérico el tenorio avanzando hacia ella con ademán amenazador.

Concha permaneció absolutamente inmóvil con una calma provocativa capaz de irritar a un santo.

Sus labios perdieron, no obstante, el hermoso carmín que tenían y sus grandes ojos negros brillaron con expresión sombría.

—No corras tanto, que puedes tropezar—dijo con sosiego impertinente, mientras una sonrisa de burla contraía sus labios descoloridos.

—Ahora verás—dijo Romadonga mordiendo los suyos de coraje, abalanzándose a ella.

—No me toques, que puedes pincharte—manifestó con la misma tranquilidad, sin mover un dedo siquiera.

—¡Sí te toco! ¡te toco, deslenguada!—gritó aquél, ciego de ira, sacudiéndola violentamente por un brazo.

Concha cambió repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma y sorna se convirtió en feroz exaltación. Luchó valerosamente por desasirse chillando al mismo tiempo.

—¿A mí me pegas tú, viejo gorrino? ¿A mí? ¿a mí?

No logrando arrancar de sí las tenazas que la oprimían, le echó la mano a la cara y le clavó en ella las uñas.

La lucha había hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: se había refugiado en un rincón, mientras Mario, ayudado por el mozo que había acudido al ruido, trataba inútilmente de separarlos. Al cabo de muchos esfuerzos lo consiguieron.

D. Laureano tenía un arañazo en la mejilla, del cual brotaban algunas gotas de sangre.

—¡Qué loca! ¡qué loca!—decía limpiándose con el pañuelo.—Perdonen ustedes el mal rato.

Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con mano nerviosa la ropa y los cabellos.

—Ven aquí—dijo en tono imperioso a su querido.

Pero éste hizo un gesto de desprecio y se volvió hacia el matrimonio para disculparse.

—¡Vaya unos postres que les he dado!... ¿Quién iba a suponer?... Carlota, usted es muy buena y me perdonará esta grosería.

—¡Ven aquí!—gritó con más furia la joven.

D. Laureano la miró, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza con indignación.

—¡Allá voy, escandalosa, allá voy!—respondió entre resignado y furioso, y volviéndose a los esposos añadió bajando la voz:—Me voy por evitarles otro disgusto. El peor de los males no es tratar con animales, sino con locos. Perdonen ustedes. Buenas noches.

Y salió detrás de su querida. En el pasillo se oyó la voz de la chula que decía dirigiéndose al mozo:

—Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.

Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos a la vez soltaron la carcajada.

—Me parece—dijo Mario cuando hubo sosegado la risa—que D. Laureano ha infundido demasiada vida a esa chica.

XI

Repitiéronse metódicamente aquellos festines conyugales todas las semanas. Esta singular posición les apenaba y alegraba a un mismo tiempo. Sentían dolor cuando pensaban en que vivían separados, como si no estuvieran unidos para siempre por vínculo indisoluble. Pero sus entrevistas tenían por esto mismo sabor dulcísimo, un encanto especial que compensaba todos sus dolores. Hasta que una noche sintió Carlota los precursores del alumbramiento. Se envió recado al médico y a Mario, y éste corrió desalado a la casa de sus suegros, pisándola otra vez contra la voluntad de su esposa. Vino al mundo un niño robusto y hermoso. Según los datos suministrados por algunas vecinas que asistieron o tuvieron conocimiento inmediato de su presentación, había motivos para afirmar que poseía además ingenio profundo y ameno a la vez, unido a un corazón verdaderamente heroico.

Con tal motivo, Mario siguió entrando en la casa, aunque sin comer ni dormir en ella. Su suegra, viéndole en camino de hacerse independiente, le acogía con más agrado, pero siempre mostrando reserva, apercibida a romper toda relación en cuanto tuviese la osadía de quedarse sin qué comer. D. Pantaleón comenzó a sentir por él una predilección tan señalada que el muchacho estaba sorprendido. Al fin paró en lo que paran generalmente estas predilecciones repentinas, en leerle un par de folletos manuscritos que pensaba dar muy pronto a la imprenta. El uno se titulaba Ensayo para una patología administrativa; el otro era una Terapéutica del comercio. Se estudiaba en ellos lo mismo la administración pública que el comercio desde un punto de vista fisiológico, con los modernos métodos de la ciencia positiva, explicándose admirablemente los reglamentos y los aranceles por la acción combinada de las fuerzas naturales, como un simple fenómeno de la vida orgánica, sin necesidad de acudir para nada a la voluntad de los directores y jefes de sección.

Todavía le dio otra prueba de particular confianza y afecto. Después que le hubo hecho saborear los interesantes fenómenos patológicos que su penetrante inteligencia había logrado arrancar a la vida administrativa y comercial, un día le llamó aparte con misterio y le dijo:

—Te voy a enseñar, Mario, una cosa que te ha de sorprender y admirar.

Abrió el cajón de la cómoda y sacó una cajita de madera, y de ella un sello de cauchouc. Tomó un papel blanco después y lo selló.

—Mira.

—¿Qué es esto?

—Un sello que pienso aplicar sobre las dos obras que voy a dar a luz y sobre todas las demás que escriba en adelante.

—¿Pero qué dice aquí? No leo nada.

—No hay palabras; no hay más que una figura. Obsérvala bien.

—Parece una mancha de tinta.

El ingenioso Sánchez sonrió con benevolencia.

—Fíjate bien.

—Pues no puedo descifrarla—repuso después de sacarse los ojos y dar vueltas al papel cerca de la ventana.

—Es un zoófito.

—¿Cómo?

—La figura de un zoófito.

Y como viese el asombro pintado en el rostro de su hijo político, añadió con sonrisa triunfal:

—Lo he escogido como blasón por ser un símbolo. El zoófito es el primer peldaño de la escala animal. De él procede todo el género humano. Por lo tanto, así como los nobles ponen en sus escudos las hazañas de sus abuelos, yo, como hombre de ciencia, pongo en el mío con orgullo el primero de mis antepasados. ¿Qué te parece? ¿No es una idea feliz?

Mario le contempló con la misma estupefacción, pero sin revelar que se hallase poco ni mucho admirado. Y es porque su espíritu aún no se hallaba maduro para las grandes concepciones científicas.

Luego su suegro le llevó a la buhardilla, donde él había modelado en otro tiempo, y le mostró un verdadero laboratorio. Frascos, retortas, cristales, cacharros grandes y pequeños, se hallaban esparcidos por el suelo y sobre una gran mesa de cocina. Allí era donde don Pantaleón y su amigo Moreno se encerraban para impulsar el progreso de la humanidad.

—De esta pequeña buhardilla saldrá al fin algo que el mundo acogerá con asombro y aplauso—dijo con profética iluminación poniendo una mano sobre el hombro a su yerno.

Éste volvió a mirarle estupefacto.

—¿Tiene usted algún proyecto?

El ingenioso Sánchez no contestó. Quedó largo rato pensativo, y por sus grandes ojos tristes, meditabundos, pasó algo grandioso.

—Sí, tengo un proyecto—dijo al cabo con voz solemne, llevándose una mano a la frente.—Es un proyecto grande, asombroso. Nadie tiene de él conocimiento, ni el mismo Moreno. No saldrá una palabra de mis labios mientras no lo haya realizado.

Mario no quiso preguntarle más, respetando su silencio, y cambió de conversación.

D. Pantaleón le manifestó que le molestaba mucho no tener fogón en el laboratorio. Todos los ingredientes que necesitaba poner al fuego los llevaba abajo. Pero esto turbaba la cocina y además era expuesto. Su esposa se enfadaba y amenazaba con tirar las retortas al patio. La única que le ayudaba algo era Presentación.

—Pero esto es por interés—dijo tristemente,—porque me necesita para llevarla a paseo. En cuanto se case me abandonará.

En efecto, el amor había hecho presa al fin en el corazón de la hija menor del naturalista. Los ojos místicos, el cutis nacarado y la inocencia de querubín de Godofredo Llot lograron lo que no pudieron el ingenio ático y los modales desenvueltos de los chicos del comercio que la festejaban a porfía en el café del Siglo. Estos jóvenes, por lo general, eran hombres de mundo. El trato frecuente con las damas de la aristocracia que entraban por la mañana a escoger enaguas o medias les había hecho adquirir formas elegantes y distinguidas. Todos sabían decir: «¡Ah! no señora, a nosotros nos cuesta más» de modo tan correcto y con sonrisa tan persuasiva que no era posible resistirles. Al mismo tiempo, las aventuras galantes que los domingos solían correr les infundían la audacia y habilidad indispensables para apoderarse de los corazones femeninos. En este punto llevaban inmensa ventaja al piadoso Godofredo, que era todo candor, y que al acercarse a cualquier mujer se arrebolaba como una nube herida por el sol.

Pero las dotes de Godofredo eran interiores y por lo mismo más sólidas. No sólo poseía alma pura y virginal y un cuerpo inmaculado, sino que su inteligencia, acalorada por el entusiasmo místico, producía hermosas obras, frescas y brillantes como las rosas de Mayo. Sus artículos, leyendas y poesías en El Pensamiento Católico y en otras publicaciones religiosas eran cada día más gustadas por el público sano de la España tradicional. Lo que caracterizaba estos trabajos literarios y les prestaba aroma penetrante y embriagador eran la devoción de la Virgen y el entusiasmo por la Edad Media; los dos amores de Godofredo Llot. A la Virgen la requebraba en sus odas con un ardoroso flujo de epítetos que no se agotaba jamás. La Edad Media era el tema constante de sus ditirambos. Las catedrales góticas. ¡Ah, las catedrales góticas! Godofredo no se hartaba jamás de describir la luz «filtrándose por los cristales de colores, la voz del órgano resonando en sus altas bóvedas, las oraciones de los fieles elevándose entre nubes de incienso, la flecha calada de la torre señalando como un dedo al cielo.»

Por esta razón todas las damas caían en éxtasis cuando se hablaba de él. Presentación, cansada de hacer víctimas en el comercio, sintió el encanto de aquel estilo florido, y le amó. D.ª Carolina se inflamó casi al mismo tiempo de amor maternal hacia él. Las relaciones de Godofredo siguieron las mismas etapas que las de Mario. Fue presentado en el café. ¡Qué rubor tiñó sus mejillas nacaradas! Después, en actitud humilde, rogó a D.ª Carolina que le permitiese, no acompañarlas en el paseo, sino tan sólo seguirlas de cerca respetuosamente. Y por muchos días se vio a aquel rubicundo joven por los paseos a tres o cuatro pasos de distancia de dos señoras, sin osar acercarse a ellas. Por último, entró en la casa y comenzó a hablarse de matrimonio.

En este tiempo Godofredo se hallaba terminando una historia de Santa Isabel de Hungría, que se preparaba a dar a la imprenta. Y como quisiese poner al frente del libro el retrato de la Santa, pidió a Presentación el suyo para hacerlo grabar. Este rasgo ingenioso y delicado causó impresión profunda, tanto en su novia como en D.ª Carolina. La buena señora empezó a ser para él lo que había sido para Mario, una verdadera madre. Convinieron en que Godofredo la llamase mamá, pero no en presencia de D. Pantaleón, ¡cuidado! y le tuteó y le permitió besarla, y le reprendía, y le gobernaba. En fin, se repitió punto por punto lo que había pasado con Mario. Y si tuviera veinte hijas, veinte veces se repetirían aquellas escenas conmovedoras; porque D.ª Carolina tenía un corazón muy grande y muy maternal.

Cualquiera podría imaginar que Timoteo el violinista del Siglo, en vista del curso torcido de los sucesos, había desistido de su desgraciada pasión por la hija menor de los señores de Sánchez. ¡Ah! Los que tal imaginasen no saben lo que es el amor cuando prende en el corazón de un artista. Timoteo se complace siempre en alimentar este amor con incesantes y secretas meditaciones y gusta de exhalar sus quejas lánguidamente por medio del violín. Presentación lo sabe. Sabe que todos los nocturnos melancólicos, lo mismo que las arias trágicas desgarradoras, a ella van dirigidos. Percibe el dejo amargo del andante, la fuga impetuosa del allegro y hasta la ficticia, nerviosa alegría del scherzo. Y no se enternece. Al contrario, en cuanto observa que el violín arrastra las notas de cierto modo particular extraordinariamente lánguido, se pone inquieta, nerviosa, no sabe lo que dice, se muerde los labios y sacude la cabeza con desesperación. Es posible que la niña menor de D. Pantaleón suponga que un violín no tiene derecho a expresarse de modo tan ardoroso, o bien considere como un insulto personal aquel juego inusitado de las corcheas.

Todavía si se circunscribiese al lenguaje musical la pasión de Timoteo, podría hallar tolerancia, si no en Presentación, cuyo entendimiento estaba lleno de prejuicios desfavorables para el artista, al menos para las personas sensatas e imparciales. El lenguaje de la música es vago; las ofensas que puede inferir débiles; se expresan generalmente por un trémolo donde hay más resignación que soberbia. Pero en cuanto terminaba con el violín nuestro joven se venía hacia la mesa donde la familia Sánchez tomaba café y les rociaba de saliva a poco que se descuidasen. Esto, en verdad, no lo sufriría ninguna persona, por sensata que fuese.

—Buenas noches, D.ª Carolina. Buenas noches, D. Pantaleón. Buenas noches, Presentacioncita.

Era horrible. Presentación le deseaba de todas veras la muerte.

La actitud de Timoteo respecto a Godofredo, su aborrecido rival, estaba llena de calma y desdén. La mayor parte de las veces cuando se acercaba a la mesa no le daba las buenas noches ni le dirigía siquiera una mirada. Pero en ocasiones, atacado de cierto espíritu sarcástico y jocoso, pretendía burlarse repitiendo del modo más desdichado las bromas de Moreno.

—Hola, Sr. Llot, ¿cuántas misas ha oído usted hoy? ¿Ha estado usted en las Góngoras esta tarde?

Godofredo no se daba por ofendido; sonreía dulcemente, acostumbrado a aquellos martirios que a causa de su piedad le infligían los amigos. Pero su novia se crispaba, se ponía pálida de ira y solía responder por él:

—¡Caramba, que tiene usted gracia, Timoteo! Es usted espontáneo como pocos.

D.ª Carolina no se ofendía menos con la insistencia irracional que el violinista mostraba en enamorar a su hija. Podía perdonarle que su boca fuese una regadera cuando hablaba, y la medida anormal de esta boca, y otros defectos corporales; pero, francamente, que pretendiese estorbar el matrimonio de su niña, que un rasca-tripas como él tratase de competir con aquel claro fanal de todas las virtudes, con aquel lirio fragante que la Providencia iba a darle por yerno, para esto no había perdón ni en la tierra ni en el cielo. Se enfurecía cuando le veía acercarse a la mesa, le daba toda clase de desaires, le demostraba de mil maneras que estaba ejecutando una acción infame. Nada, Timoteo no cejaba. «Buenas noches, D.ª Carolina.—Buenas noches, D. Pantaleón.—Buenas noches, Presentacioncita.» La irritada señora llegó a pretender que Mario le hablase para hacerle desistir de su locura, y si fuera necesario le amenazase. Pero aquél se negó a este paso ridículo.

Afortunadamente el matrimonio de su niña avanzaba rápidamente hacia su consumación, y muy pronto quedarían libres de tan enfadosa mosca. Godofredo había insinuado ya varias veces su casto deseo. D.ª Carolina le presentó al instante las consabidas dificultades. Era necesario arrancar el consentimiento de Sánchez, un hombre severo, intratable; ella intercedería; haría cuanto estuviese en su mano, etc., etc. Con esto el deseo de Godofredo se encendió más y más, y no paró hasta que lo puso en vía de ejecución. Pero, como joven virtuoso y timorato, quiso dar a este asunto la solemnidad debida, haciendo intervenir en él un representante de la religión.

Godofredo tenía numerosos amigos en el clero de Madrid, alto y bajo. Era el niño mimado de las sacristías. Pero con quien mantenía amistad más estrecha era con cierto presbítero pálido, delgado, huesudo y miope llamado don Jeremías Laguardia. Este D. Jeremías desempeñaba un cargo en el Tribunal de la Rota, tenía el título de predicador de S. M. y el de prelado doméstico de S. S. Era activo, intrigante, de genio vivo y trato campechano. Godofredo y él se hicieron en poco tiempo íntimos amigos. Laguardia tenía tendencias a la dominación; le gustaba servir a los amigos, pero dominándolos. Godofredo, por su temperamento suave y dócil, se acomodaba admirablemente a estas tendencias. Todas las tardes, sin dejar una, venía D. Jeremías a buscar a Godofredo para salir de paseo, y todas las mañanas, sin dejar una tampoco, iba Godofredo a oír la misa que D. Jeremías decía en San Ginés. Recientemente el prelado doméstico había hecho un viaje a Roma, y trajo para su amigo nada menos que un título de hijo predilecto de la Iglesia. Godofredo estaba loco de alegría. Decía que no cambiaría aquella distinción por la cartera de ministro. D.ª Carolina lloró de gozo y le abrazó con efusión al saber la noticia. Presentación se ruborizó de placer.

Pues este presbítero, tan servicial como voluntarioso, fue el encargado de conducir las negociaciones para el matrimonio. Godofredo le confió sus poderes o se los tomó él; no es fácil averiguarlo. De todos modos, cierta mañana llegó a casa del ingenioso Sánchez y tuvo una larga y secreta conferencia con los señores. Lo que pasó en esta entrevista no se supo, pero sí pudo observar quien le siguiera los pasos que Laguardia se quitó las gafas para limpiarlas tres o cuatro veces antes de llegar a casa; signo evidente de preocupación: las habituales contracciones nerviosas de su rostro se multiplicaron hasta llamar la atención de los transeúntes.

No se alteró el curso de los sucesos en apariencia. Godofredo siguió acudiendo a casa de su novia. El matrimonio parecía definitivamente concertado. No obstante, cuando menos podía esperarse, Presentación recibió una larga epístola de su futuro en que a vueltas de mil frases dulces, untuosas, impregnadas de resignación cristiana, le manifestaba que por el momento le era imposible pensar en casarse. ¡Rudo golpe para él, que se juzgaba próximo a realizar el sueño de su vida! El deber, un deber penosísimo, le obligaba a desatar el lazo que con tal anhelo aspiraba a hacer indisoluble. Sólo la Religión (con r grande), la fe y la tranquilidad de la conciencia podrían esparcir un bálsamo sobre aquella herida incurable. Godofredo guardaba silencio sobre la naturaleza del deber que le obligaba a faltar a su palabra.

La carta cayó como una bomba sobre la familia Sánchez. D. Pantaleón, aunque sintió el disgusto de su hija, sólo vio en la determinación de Llot un fenómeno fisiológico, pero se guardó bien de explicarlo. En el estado de exaltación en que se hallaban los ánimos pudiera levantar un conflicto. D.ª Carolina era la única que sabía a qué atenerse. El presbítero, en su conferencia, había insinuado la palabra dote. La buena señora manifestó que no eran ricos y que sus hijas no podían llevarla al matrimonio. Con esto el presbítero protestó de su intención al pronunciar aquella palabra, declarando que nada había más indiferente a insignificante en el matrimonio que el dinero. «Una niña virtuosa, inocente, piadosa, como su hija, era un tesoro inapreciable. Los intereses cosa deleznable que un joven virtuoso también y de talento, como su amigo, despreciaba absolutamente.» Sin embargo, D.ª Carolina tenía la certeza que ésta era la clave de la incomprensible epístola.

Presentación lloró, pateó, escribió una carta llena de insultos al traidor, y durante varios días fue el tormento y la compasión de sus padres. Mario tomó parte también muy viva en su pesar. Con él desahogó su pecho la dolorida niña, comunicándole las sospechas que agitaban su alma.

—Créeme, Mario, Godofredo está muy engreído. Tanto le adulan por lo bien que escribe, tantos piropos le echan las condesas y las duquesas con quienes trata, que ha llegado a despreciarnos. Sobre todo, desde que le han hecho hijo predilecto de la Iglesia, te aseguro que se había puesto irresistible. Me hablaba con un tono de superioridad y hasta de compasión que me hería; estaba distraído, me contradecía en todo lo que hablaba y se manifestaba tan frío que me dejaba casi todos los días llorando. Ya ves... Mario—añadió limpiándose las lágrimas que le brotaban a los ojos,—el que sea hijo predilecto de la Iglesia no me parece motivo para que desprecie a una mujer que tanto le quería.

—¡Claro que no!

Tan mal le pareció la conducta de su amigo que resolvió pedirle explicaciones acerca de ella. Presentación se oponía.

—No es por ti solamente—le respondió Mario.—Es que lo que contigo ha hecho resulta en ofensa mía, y quiero saber si puedo seguir siendo su amigo.

Trató de verle en el café; pero Godofredo no asistía allí desde el rompimiento de sus relaciones, por no tropezar con la familia Sánchez. Entonces se decidió a ir a su casa. Llot vivía en una de huéspedes, modesta y patriarcal, de la calle de Jesús del Valle. El paraje tranquilo, los tiestos de flores que observó en los balcones, la escalera limpia y blanqueada y la sencilla amabilidad de la portera produjeron excelente impresión en nuestro escultor. La casa tenía marcado sabor conventual; había allí algo puro, inmaculado, que correspondía admirablemente con la inocencia y las costumbres devotas de su amigo. Es imposible, pensó al tirar del cordón de la campanilla, que ese muchacho haya ejecutado una acción tan fea si no es por algún motivo invencible. Salió a abrirle una vieja, y luego acudió otra, y luego otra, todas muy limpias, muy charlatanas, muy risueñas. La primera se informó de lo que traía por allí. Al saberlo, cayó en un espasmo de alegría tal que nuestro joven no pudo menos de sonreír.

—Viene a ver a D. Godofredo—dijo comunicándole la feliz noticia a la segunda.

Ésta la recibió con el mismo gozo y se apresuró a ponerla en conocimiento de la tercera, que se sintió no menos satisfecha. Las tres se le quedaron mirando en silencio, dulces y placenteras, como si estuviesen contemplando una persona querida que no hubiesen visto en mucho tiempo.

—Pero en fin, ¿está en casa?—preguntó al cabo, un poco molesto de aquella risa inmotivada.

—¡Pues no ha de estar, señor! ¡A estas horas no ha de estar!—exclamó la primera en el colmo de la sorpresa.

—D. Godofredo no sale nunca después de almorzar—dijo otra.

—Espera a D. Jeremías para tomar café. No hace más que un momento que ha llegado—manifestó la última.

—¡Ah! ¿Tiene visita? Entonces me vuelvo—replicó Mario retrocediendo.

Pero ya una de las viejas había cerrado la puerta.

—¡Cómo! ¡No faltaba más! Pase usted, caballero, pase usted. D. Jeremías no es visita. Siga, siga, señor; siga adelante.

Y las tres le empujaban por el pasillo hablando a un tiempo, asustadas sin duda de que por motivo tan baladí quisiera destruir su felicidad.

El pasillo resplandecía de blancura. Aquí y allá había colgadas algunas estampas piadosas. Mario creía percibir el olor del incienso. Al llegar a cierta puertecita adornada con una cortina de cuero, como sólo se ve en las iglesias, una de las viejas llamó con los nudillos.

—¿Se puede?

—Adelante—respondió de adentro una voz que no era la de Godofredo.

La vieja levantó el pestillo y empujó la puerta. La estancia que apareció a los ojos de Mario semejaba talmente una capilla. Había allí tanta estampa con marco dorado, tanto fanalito, tantas palmas y flores contrahechas, que sorprendía no oír el sonido del órgano y el rezo de los fieles. Las cortinas de damasco con una franja de galón dorado. Los muebles viejos y lustrosos por el uso. Había una cómoda con un San Antonio de madera encima y dos candeleros de plata a los lados, que parecía exactamente un altar. Para que la semejanza fuese más completa, había también su pila de agua bendita.

En aquel tabernáculo no podía alojar un hombre como los demás, sino un alma pura y virginal, una blanca paloma, un cordero místico, un San Luis Gonzaga o una Santa Catalina de Sena. Mario notó, al poner el pie dentro, el perfume de placidez y candor que exhalaba y sintiose poseído de respeto. Sin embargo, en el fondo de la estancia no había ningún ángel en oración o virgen en éxtasis, sino dos hombres tomando café al pie de un velador y saboreando copitas de ron. D. Jeremías Laguardia, muellemente recostado en una mecedora, chupaba un tabaco habano de tamaño disforme. Se había quitado los manteos, quedándose en sotana, libre y desembarazado como si estuviera en su casa. Godofredo se levantó apresuradamente al ver a Mario y sus cándidas mejillas se tiñeron de vivo carmín.

—¿Tú por aquí? ¡Cuánto me alegro!

Y le abrazó cariñosamente y le obligó a sentarse, poniéndole una copa delante.

D. Jeremías no se levantó. Su cortesía se satisfizo con incorporarse levemente y enviar al advenedizo, a guisa de saludo, una mueca que quería parecer sonrisa. Mario se sintió cohibido. Aquel cura no le era simpático.

Godofredo, repuesto de la sorpresa, se mostró amabilísimo con su amigo, le colmó de atenciones, hablando sin cesar. De tal modo, que parecía evitar cuidadosamente por medio de una conversación varia e interesante que Mario tuviese ocasión para decirle a qué había venido. Pero éste se mostraba a cada instante más taciturno. Bruscamente le dijo:

—Godofredo, necesitaba hablarte algunos instantes a solas. Tú me dirás a qué hora puede ser.

—¿A solas?—preguntó el terso joven, ruborizándose de nuevo.—¿Por qué a solas?

—Pueden ustedes hacerlo ahora mismo, porque yo me voy—dijo el presbítero levantándose.

Pero Godofredo le tiró de la sotana y le obligó a sentarse de nuevo.

—De ninguna manera, padre. ¡No faltaba más! Todo lo que Mario ha de decirme puede usted escucharlo muy bien. ¿Verdad, querido?—añadió dirigiéndose a su amigo con amable sonrisa.

Mario quedó confuso.

—Sin embargo, podemos dejarlo para otro día... Yo quisiera que nuestra conversación fuese sin testigos.

—¡Si el padre Laguardia es mi director espiritual!—exclamó el piadoso joven volviendo hacia éste su rostro iluminado por una sonrisa de afección filial y sumisión.—Cuanto puedas decirme no importa que sea escuchado por él. Si no tiene importancia, porque es indiferente que lo sepa. Si atañe a mi conciencia, porque estoy obligado a comunicárselo en el tribunal de la penitencia.

La fisonomía nerviosa del presbítero ejecutó algunas fuertes contracciones. Para mostrarse enteramente neutral dio un largo chupetón al cigarro, envió la bocanada de humo al aire y se quedó mirando al techo.

La sorda irritación que Mario abrigaba contra su amiguito creció. Pensó que no quería quedarse a solas con él por miedo a las recriminaciones. Y resolviéndose de pronto dijo con cierta aspereza:

—Pues bien, el objeto de mi visita ya debes suponerlo.

Godofredo le miró con ojos de asombro, tan dulces y candorosos que su irritación se calmó un poco.

—No quiero que supongas—añadió evitando su mirada—que nadie me envía a ti. Lo mismo mi cuñada que sus padres tienen bastante dignidad para no acordarse más del santo de tu nombre. Pero has sido mi amigo hasta ahora, me has dado parte de tu matrimonio con mi hermana política, y al romperlo tan bruscamente creo tener derecho a pedirte una explicación. Deseo saber si desde que este señor ha ido a casa de mis suegros a pedirles la mano de Presentación tienes algún agravio de ellos o de ella.

Godofredo se puso rojo de nuevo y luego pálido. Al cabo balbució con trabajo:

—Yo creo que mi carta...

—Tu carta es un verdadero cien pies. Después de haberla leído con cuidado dos veces, nada he sacado en limpio. Hay en ella una vaguedad que parece premeditada y hasta ofensiva. Reconozco tu derecho a romper un lazo que la ley no había consagrado todavía, pero debes de comprender que sobre la ley está la decencia, y que entre personas decentes la palabra algo vale. El que la rompe sin motivo podrá no tener pena, pero desde luego queda castigado en la conciencia de las personas honradas.

—¡Mario, por Dios! Me estás tratando con mucha dureza—respondió atribulado el joven, haciendo pucheros para llorar.

—Va usted a dispensarme que intervenga en este asunto—manifestó entonces el presbítero con voz que parecía el chirrido de una bisagra enmohecida, incorporándose un poco y llevándose nerviosamente la mano a las gafas para sujetarlas.—Las relaciones que mi amigo Llot sostenía con su señora cuñada han terminado no porque mediase agravio alguno, sino por un deber de conciencia.

—¡Ah, no sabía que Godofredo tuviese un compromiso de honor! De todos modos, debiera declararlo antes del paso que ha dado, o usted en su nombre.

—No es eso, querido, no es eso—repuso el cura con sonrisa de lástima, recostándose de nuevo y chupando el cigarro.—No se trata de un compromiso como el que usted supone maliciosamente. Mi amigo Llot es un joven de costumbres intachables. ¡Ojalá hubiese muchos como él! Lo que hay es que por las cualidades que Dios le ha concedido se le ofrece un porvenir brillante, y que este porvenir brillante puede ser cortado por un matrimonio hecho a tontas y a locas, esto es, sin ciertas condiciones que yo juzgo de absoluta necesidad en este caso.

Mario se sintió molestado por estas palabras y replicó con viveza:

—¿Pero qué tiene que ver con esto el deber de conciencia de que usted hablaba?

—¡Ahí verá usted!—replicó el presbítero con la misma sonrisa de lástima. Y añadió después de una pausa que se prolongó hasta rayar en la insolencia:—Los hombres a quienes la Providencia tiene reservados ciertos destinos, Sr. Costa, no se pertenecen.

Mario quedó sorprendido.

—¡Ah! ¿De modo que porque Godofredo tiene un porvenir brillante está exento de cumplir sus palabras?

—¡Eso es!—replicó el padre Laguardia, sonriendo de igual modo insolente.

Levantó un poco los pies para mecerse y chupó el cigarro con voluptuosidad.

Aunque nuestro joven no tuviese un temperamento irritable, antes al contrario había dado siempre pruebas de paciencia, los modales groseros, despreciativos, del presbítero estaban a punto de hacérsela perder.

—El porvenir de Llot—se dignó al cabo decir—es de un género particular. En la actualidad, como usted debe de saber, no es fácil hallar hombres que desde el comienzo de la vida manifiesten sentimientos piadosos, se unan con el corazón y la inteligencia a la doctrina de nuestra madre la Iglesia. La juventud está corrompida hasta los huesos. No hay muñeco que no haga gala en el día de pisotear los preceptos religiosos. Así, cuando aparece un joven como Llot, que a un corazón puro y a una piedad ardiente une el talento, la ilustración, la elocuencia...

—¡Padre, por Dios!—exclamó Godofredo angustiosamente.

—Cuando al talento, la ilustración y la elocuencia—siguió Laguardia sin mirar hacia él y dirigiéndose siempre a Mario—une además la modestia, entonces cualquiera puede decir: «Ese muchacho está llamado por Dios para algo grande, para ser un baluarte de la fe y combatir los perniciosos errores que andan esparcidos por el mundo.» Los que tenemos la dicha de mantenernos firmes en medio de la tempestad, los que flotamos por la gracia de Dios en este mar de la incredulidad, tenemos el deber de ayudarle. Ahora bien, un matrimonio realizado con ciertos requisitos que no necesito explicarle puede matar en flor las esperanzas que sobre él tenemos fundadas.

—Usted me permitirá. Yo pienso que un hombre debe portarse bien en todos los momentos de su vida, cualesquiera que sean las esperanzas que sobre él funden sus amigos.

—Hay que distinguir, amigo; hay que distinguir—dijo el presbítero volviendo a su actitud grosera.—Los hombres no somos iguales. Hay deberes generales a todos y los hay particulares a cada uno según sus circunstancias. Si Llot fuese un cualquiera, un empleadillo de mala muerte, eso que usted dice estaría perfectamente. Siendo un hombre excepcional no puede sacrificar deberes altísimos a otros más pequeños, teniendo en cuenta que en sus relaciones amorosas nada hubo que pueda perjudicar en lo más mínimo la honra de su señora cuñada.

Mario se sintió herido y confuso. Pensó, y acaso no le faltaba razón, que lo del empleadillo de mala muerte iba con él. La sonrisa despreciativa del presbítero le enrojecía la cara como una bofetada.

—Dígale usted ahora, padre—profirió Godofredo,—que yo, en este asunto, no he hecho más que acatar los consejos de mi confesor.

—Los consejos no; los mandatos—chilló Laguardia.—Yo, como su director espiritual, le he ordenado renunciar a ese matrimonio. Sé que se ha hecho violencia para ello. ¡Tanto más meritorio!

Al pobre Mario, poco diestro y menos aficionado a las polémicas, no se le ocurrió nada para combatir las teorías del presbítero. Las dio por buenas guardando silencio. Sintió malestar indecible y pesar de haber venido.

Godofredo se apresuró a cambiar de conversación. Se habló de los amigos del café; le hizo mil preguntas acerca de él mismo, enterándose con vivo interés de su niño. Estuvo obsequioso y amable como él solo sabía estarlo. Era la dulzura personificada. En cambio Laguardia, que por lo visto había medido el alcance de Mario en los negocios de la vida, no hizo ya de él caso alguno. Habló, chilló, rió, manoteó, dirigiéndose a su amigo como si estuvieran solos. Imposible mostrar una indiferencia más despreciativa.

Cada vez más triste y confuso, Mario se levantó al fin y se despidió fríamente. Godofredo le acompañó hasta la puerta de la escalera.

—Puedes creerme, Mario; me ha costado muchas lágrimas el obedecerle. Si no fuese por el cumplimiento de mi deber, jamás hubiera renunciado a la dicha de contraer matrimonio con tu cuñada. Te ruego se lo hagas presente, y que nunca la olvidaré en mis oraciones—le dijo al darle la mano, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

¡Pero qué facilidad tenía aquella criatura para liquidar sus penas!

Mario marchó, con la cabeza baja y el alma llena de repugnancia, hacia casa de sus suegros. Y en el camino fue cuando se le ocurrieron mil argumentos para desbaratar el sofisma del cura Laguardia. Siempre le pasaba lo mismo. No era pronto más que para ver y sentir: su inteligencia perezosa necesitaba tomarse tiempo para formar razonamientos. Llevaba el propósito de aconsejar a su cuñada que olvidase enteramente a Godofredo. Éste, en su concepto, era un chico de corazón excelente, dulce y sensible como pocos, pero tan débil de carácter que cualquiera le dominaba. Esto, unido a su devoción exagerada, le haría vivir en poder del padre Laguardia.

Cuando llamó a la puerta de su suegro percibió algo que le inquietó. Tardaban en abrirle: creyó oír un gemido doloroso y llamó de nuevo con sobresalto. La criada tenía la fisonomía descompuesta y le miró con ojos extraviados.

—¿Qué pasa?—exclamó anhelante.

Pero en aquel instante su suegra salió de uno de los cuartos y se abrazó a él sollozando.

—¡Ay, Mario del alma, no sabes lo que acaba de suceder!

El joven se puso horriblemente pálido y profirió con voz ronca:

—¡Carlota!...

Su mujer apareció por el extremo del pasillo pálida y grave y avanzó lentamente.

—¡Carlota! ¿el niño?...—volvió a gritar acongojadamente.

Carlota hizo un signo negativo con la cabeza. En aquel momento, un grito desgarrador hirió sus oídos. Era la voz de Presentación.

D.ª Carolina quiso contarle lo que pasaba, pero los sollozos le impedían hablar: no articulaba más que frases incoherentes, de dolor unas y de indignación otras. Su mujer entonces le cogió por la muñeca, le arrastró hacia la sala y le puso al cabo de lo que ocurría. D. Pantaleón había dado como otras veces una retorta a Presentación para que la pusiera al fuego. La niña cumplió el encargo, pero al llevársela de nuevo a su padre, cuando éste se la pidió, el líquido se había inflamado y le quemó la cara espantosamente. Se llamó al médico corriendo y la estaba curando en aquel momento.

Mario experimentó vivo dolor. Aunque la desgracia no hubiera recaído en los dos seres que más amaba en el mundo, era tan afectuoso y tenía tal predilección por su cuñada, que el disgusto no fue mucho menor. Trémulo, acongojado, acudió al cuarto de la enferma. La desdichada Presentación exhalaba gemidos lastimeros mientras el médico reconocía las heridas minuciosamente. Eran tan fieras, que Mario al verlas volvió la cabeza con espanto. Sin embargo, pudo vencerse y dijo esforzándose en dar a su voz una inflexión natural:

—No te asustes, mujer, que eso no vale nada. Tu madre y tu hermana me habían asustado. ¿Verdad, doctor, que eso no es nada?

—¡Mario! ¿Eres tú, Mario?—gritó la niña.—¡No te veo, Mario!... ¡No te veo!... ¡no te veo!

Y su grito era cada vez más alto y desgarrador.

—Ya me verás... No te asustes—repuso el joven, a cuyos ojos acudieron las lágrimas.

Al mismo tiempo hizo un signo interrogativo al médico. Éste respondió sacudiendo la cabeza con expresión de duda.

Un ayudante preparaba hilas. La criada iba y venía atortolada. D.ª Carolina sollozaba en un rincón. Sólo Carlota tenía ánimo para sostener a su hermana y mirar sin pestañear las horribles quemaduras. Su honda emoción no se leía más que en la blancura de cera de su tez.

La desdichada Presentación no cesaba de exhalar quejas a las cuales añadía frases desesperadas que desgarraban el alma.

—¡Dios mío, qué pronto se ha concluido el mundo para mí!... ¡Quién había de pensar hace un instante que no os volvería a ver más! Decidme, mamá, Carlota, Mario, ¿he sido tan mala que merezca este horrible castigo?

—Calla, calla, Presentación—decía suavemente su hermana.—Es más el susto que el daño. Dentro de ocho días no tienes nada.

Cuando terminaba la cura, Mario preguntó a su esposa en voz baja:

—¿Y tu padre, dónde está?

No lo dijo tan bajo que no llegara a los oídos de D.ª Carolina.

—¡En el infierno!—exclamó con acento rabioso.—¡Allí debía estar ese bárbaro!

Todo el respeto que durante una larga vida había ido acumulando sobre la cabeza de su marido huyó repentinamente, barrido por la tempestad que rugía en su alma. ¡Qué recriminaciones! ¡Qué desprecios! ¡Cuánto denuesto! Carlota y Mario hacían esfuerzos inútiles por calmarla.

Al cabo éste, pensando en la tribulación de su suegro, le buscó por toda la casa sin hallarlo. Subió a la buhardilla, que le servía de laboratorio, y antes de llegar escuchó sus pasos, firmes, acompasados, por la habitación. Miró por el agujero de la cerradura. En efecto, el célebre fisiólogo se paseaba lentamente, con las manos en los bolsillos, de un rincón a otro de la estancia, atestada de frascos y retortas, estampas de anatomía e instrumentos de física. Tenía los bigotes aún más caídos que de ordinario; los ojos aún más opacos. Éstas eran las únicas insignificantes alteraciones que se observaban en su continente. Por lo demás, la misma suave serenidad se esparcía por su rostro reflexivo; la misma dignidad científica surgía de sus movimientos. Mario empujó la puerta. D. Pantaleón detuvo el paso y volvió hacia él su mirada vaga. Avanzó algunos pasos y le estrechó largo tiempo entre sus brazos en silencio. Al cabo dijo, apartándose, con acento solemne:

—Transformaciones de la materia. ¡Una mártir más de la ciencia!

Mario le contempló lleno de pasmo, como siempre que se acercaba desde hacía algún tiempo a aquel hombre extraordinario.

XII

Presentación no quedó ciega, pero sí desfigurada. Era un dolor ver aquel rostro, tan hechicero en otro tiempo, ultrajado por repugnantes costurones. La infeliz no cesaba de llorar, aunque con esto dañase a sus ojos, aún no curados por completo. Una honda tristeza dominaba a toda la familia.

Sin embargo, su digno jefe D. Pantaleón, por virtud de una actividad incesante, atenta siempre a los hechos, aun los más insignificantes, del mundo de la Naturaleza, y resguardado por las grandes verdades del orden físico y químico que había podido adquirir, se hallaba fuera del alcance de toda emoción penosa. Había publicado ya la Terapéutica del comercio y la Patología administrativa. Pero su inteligencia había crecido de tal manera con el régimen de los alimentos fosfatados a que se hallaba sometido, que estos interesantes libros nada valían al lado de las empresas prodigiosas que su mente proyectaba. Por de pronto, entre él y Moreno comenzaron a redactar dos revistas científicas mensuales, una titulada El Mundo Orgánico y la otra El Mundo Inorgánico, para dar a conocer al público las observaciones que en los dos mundos iban haciendo con maravillosa penetración.

Estas observaciones no se limitaban al laboratorio. El estudio directo de la Naturaleza y de la vida social se las ofrecía muy varias. Para ello hacían frecuentes excursiones a los alrededores y pueblos comarcanos de Madrid. Generalmente las hacían a pie, vistiendo ambos el largo y vueludo gabán característico de los sabios, sombrero de alas amplísimas y zapatos claveteados; en la nariz, las imprescindibles gafas de cristales ahumados y en la mano sendos paraguas de tela de algodón. Con este arreo nadie dudaría que aquellos hombres estaban destinados a arrancar a la Naturaleza sus secretos. Pero D. Pantaleón llevaba gran ventaja en este punto a su compañero. Ningún sabio moderno estuvo dotado de figura más grave, majestuosa y verdaderamente científica. Era necesario remontarse con la fantasía a Solón o a Anacharsis el Viejo para representarse algo tan profundo y reflexivo.

Las excursiones duraban siempre un día. Era condición imprescindible que había puesto Moreno. Y aun así apuraba casi siempre para la vuelta a fin de no llegar después de las siete de la tarde. Traía maravillado esto al ingenioso Sánchez y un sí es no es inquieto, porque ¿cómo acordar estas costumbres metódicas y sedentarias con la existencia azarosa que su amigo había llevado hasta entonces? ¿Cómo no sorprenderse de que un hombre nacido en el arroyo y en lucha constante con la sociedad tuviese tal cuidado de retirarse cuando las gallinas? Llegó a pensar en estas perplejidades si Moreno estaría afiliado a la secta de los anarquistas, y fuese la hora destinada para reunirse y concertar sus planes siniestros de destrucción. Y andaba receloso y observándole; porque Sánchez era un revolucionario del pensamiento nada más y no le hacía gracia alguna hallarse complicado en el asunto de los explosivos.

Algunos meses después del desgraciado accidente de Presentación, el causante directo y el indirecto de aquella desgracia resolvieron hacer una excursión al vecino pueblo de G... distante unas dos leguas, donde les dijeron que había un reo de muerte que sería ejecutado a los pocos días. Uno y otro deseaban tener con él una conferencia, estudiar sus anormalidades orgánicas y comprobar sobre el terreno los datos antropológicos que ya conocían teóricamente. Salieron bien de madrugada una mañana en la disposición que otras veces y caminaron por la empolvada carretera sin hablarse, entregados a las profundas reflexiones que les sugería siempre el gran libro de la Naturaleza, que hoja por hoja se proponían leer hasta el fin. El sol nadaba en un cielo azul y límpido; el cielo de Madrid. Por todas partes se extendía una tierra ondulante de lomos anchos redondeados y vestidos de verde por el trigo y la cebada nacientes. D. Pantaleón, saliendo al fin de su mutismo, hizo en voz alta la observación de que «las gramíneas estaban muy hermosas,» a lo cual respondió su compañero que «era la época del crecimiento de las monocotiledóneas.»

Prosiguieron en silencio su camino, y poco antes de llegar a G..., se detuvieron en un ventorro a refrescarse. Había allí un hombre de baja estatura y recias espaldas que paladeaba un vaso de vino para marcharse también. Este hombre trabó inmediatamente conversación con ellos, lo que no es raro en España. El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para pedirle datos acerca del reo que iba a ver.

—¿Quién, el Pollo? ¡Anda, que buen polvo lleva a estas horas!—exclamó soltando la carcajada.

—¿Cómo?

—¡Na, que se ha fugado esta misma noche de la cárcel! Abrió un agujero en la pared con una palanqueta, que nadie sabe quién se la dio ni cómo la escondía, y se tiró al patio. De allí gateó por la pared y subió al tejado de un almacén, y de allí se echó a las huertas. Hay quien cree que está escondido en el pueblo: los civiles vigilan mucho los alrededores.

D. Pantaleón y Moreno quedaron muy disgustados. Había fracasado su excursión. Pagaron los refrescos y salieron de la taberna. El hombre que les diera la noticia salió con ellos, y al verlos tomar el camino de Madrid, les preguntó con sorpresa:

—¿Pero no iban ustedes a G...?

—Sí, señor, pero íbamos a visitar al Pollo.

El hombre se les quedó mirando con respeto.

—¿Son ustedes, por casualidad, de la Audiencia?

Los sabios quedaron un poco embarazados. Al cabo Moreno dijo:

—No, señor; somos antropólogos.

El hombre les contempló con gran sorpresa y mayor respeto aún. No sabía qué era aquello, pero calculaba que debía de estar relacionado de cerca con el gobierno.

—Pues si quieren pasar por V..., adonde voy, tendrán compañía y menos polvo.

Aceptaron la oferta. Tomaron la vereda que a aquel pueblo conducía, y Moreno y Sánchez, que no perdían la ocasión de enriquecer su cuaderno de notas con las observaciones antropológicas que podían recoger, le abrumaron instantáneamente a preguntas. El caminante les respondía de buen grado. Era de fisonomía inquieta, ademanes sueltos y voz propensa a alterarse. Parecía de carácter franco y alegre. Moreno, encargado de las observaciones botánicas, geológicas y zoológicas, le hizo bastantes preguntas sobre la naturaleza del suelo y sus productos. El ingenioso Sánchez, a quien competían las biológicas y sociológicas, se informó minuciosamente del carácter y costumbres de los habitantes. La conversación vino por fin a recaer sobre el Pollo.

—¿Tiene familia?—preguntó D. Pantaleón.

—Sí, señor; cinco hijos.

—¡Ah! Pues entonces no se hubiera hecho nada con ahorcarle si no se ahorca también a sus cinco hijos.

—¡Cómo!—exclamó el caminante dando un paso atrás.—¿Quería usted que a esas criaturas, que la mayor tiene nueve años...

—Desde luego—repuso grave y firmemente D. Pantaleón.—Para destruir el delito es absolutamente indispensable destruir los gérmenes.

—Pero ¿qué culpa tienen esos pobres niños?—exclamó cada vez más estupefacto el hombre.—¿Qué culpa tienen esos pobres niños de que su padre sea un bandido?

Una sonrisa de lástima contrajo los labios e hizo brillar un momento los ojos mortecinos de Sánchez.

—¿Culpa? Esa palabra es un absurdo científico. El delito es un fenómeno, ¿sabe usted? un fenómeno natural. Nadie tiene culpa de él. Al criminal se le debe matar, no porque tenga culpa, sino porque produce una perturbación en el organismo social. Y como esa perturbación se ha de prolongar si tiene hijos por medio de la herencia, precisa eliminar también a esos hijos.

—Me parece a mí, señor—repuso el caminante, que sólo vagamente había comprendido las palabras de D. Pantaleón,—que si a esos niños se les educara con cariño serían personas honradas. Yo conozco al mayor, y parece muy humilde el pobrecillo.

—Sería inútil, créame usted. Hoy se ha adelantado mucho en esa materia. Hoy se sabe perfectamente, examinando el cráneo y los antecedentes hereditarios de cada hombre, quién ha de ser criminal y a qué clase ha de pertenecer, esto es, si ha de ser asesino, incendiario, estafador, etc. Así es que yo creo, y me propongo publicar un folleto sosteniéndolo, que todos los hombres deben ser reconocidos al llegar a cierta edad por antropólogos competentes, y si presentan los caracteres del tipo criminal, que sean eliminados inmediatamente de la sociedad, si no por la muerte, al menos por la deportación.

No respondió el caminante. Volvió a examinarlos con un poco de recelo y cambió de conversación. Al cabo de un rato, deteniéndose, les propuso desviarse de la vereda y tomar un atajo a campo traviesa. Nuestros antropólogos aceptaron sin vacilar, porque estaban ya bastante rendidos.

Marchaba el desconocido delante y ellos detrás. A los pocos minutos, fijándose por necesidad en él D. Pantaleón, creyó notar en su figura algunos signos que le llamaron la atención. Inmediatamente volvió la cabeza y comunicó en voz baja sus observaciones con Moreno. Éste se fijó con más cuidado y corroboró lo que su sabio compañero decía. Cuchichearon animadamente a intervalos. Por último, D. Pantaleón, no pudiendo resistir la gran curiosidad, con mezcla de inquietud, que sentía, tocó en el hombro con su paraguas al desconocido y le dijo:

—Va usted a dispensarme que le pida un favor. Mi compañero y yo nos dedicamos a los estudios antropológicos, como ya he tenido el honor de decirle. Estoy observando en su cabeza, algo que me llama la atención, y si usted no tuviera inconveniente, le agradecería me permitiese tomarle algunas medidas...

El hombre se detuvo, les miró con estupor unos instantes y luego echó una mirada recelosa en torno para cerciorarse sin duda de que se hallaban en completa soledad. Esta mirada ávida causó gran impresión en nuestros antropólogos.

—Bueno—dijo el desconocido.—Tomen ustedes las medidas que gusten, pero les advierto que hace mucho tiempo que estoy cerrado.

Estas ambiguas palabras les puso aún más inquietos.

D. Pantaleón sacó de los profundos bolsillos de su gabán un compás de gruesos y le midió la longitud de la cabeza. Luego leyó en voz baja los milímetros a Moreno, el cual torció el hocico. Tomó después el ancho, y su resultado tampoco les satisfizo. En ambos iba creciendo la inquietud. Sin embargo, procuraban estar finos, y lo echaban a broma de modo que el hombre no se incomodase.

—Cuidado con que no me apriete el sombrero—dijo éste riendo.

Le tomaron después la medida de la talla y la longitud de los brazos en cruz. Al ver el número que señalaba la cinta se dirigieron una mirada de ansiedad: la consternación más profunda se pintó en sus semblantes.

—El traje holgadito, ¿eh?

Pero ni Moreno ni el ingenioso Sánchez estaban de humor para reírse. Lo hicieron, sin embargo, pero resultó la risa del conejo.

—Si usted me hiciera ahora el favor de la mano...—dijo D. Pantaleón con voz temblorosa.

—Hombre, es usted muy viejo... pero, en fin, allá va.

—No, la derecha no, la izquierda.

—¡Vaya por la zurda!—exclamó el hombre alargándola.

D. Pantaleón sacó otro compás, parecido al cartabón de los zapateros, y con las manos trémulas le dobló el dedo medio y se lo midió. Mientras tanto Moreno inclinaba su rostro pálido haciendo esfuerzos para averiguar el número de milímetros. Cuando Sánchez lo leyó en voz alta, dio un salto y emprendió una carrera vertiginosa al través de los campos. Don Pantaleón dejó caer el compás que tenía en las manos y le siguió, esforzándose inútilmente en alcanzarle.

Corrieron hasta que la fatiga les obligó a detenerse. Volvieron la cabeza, y observando que el desconocido no los seguía, se calmaron un poco. El estallido de unos cohetes les hizo comprender que el pueblo estaba cerca, y se dirigieron hacia el sitio donde sonaban a paso largo.

—¡Es el Pollo!—exclamó al fin D. Pantaleón con respiración anhelante.

—¡Quién puede dudarlo!—repuso Moreno echando hacia atrás otra mirada de terror.

Y mientras no se acercaron a las primeras casas, no cambiaron otra palabra.

El pequeño pueblo de V..., contra lo que ellos imaginaban, estaba animadísimo. Los vecinos, en traje de día de fiesta, discurrían por las calles. Las jóvenes, adornadas con lindos pañuelos de colores, formaban grupos a las puertas de las casas. Vendedores de frutas y confites atronaban con sus gritos. Las tabernas rebosaban de gente, y los puestos de vino entoldados que había en medio de las calles lo mismo. Repicaban las campanas y estallaban sin cesar los cohetes. El sol reía en el espacio.

Nuestros antropólogos se enteraron en seguida de que se celebraba la fiesta de la santa patrona del pueblo, y no les pesó de llegar a este tiempo, porque el estudio concienzudo del instinto religioso en el animal humano les preocupaba hacía tiempo, sobre todo a Moreno. Así que, después de descansar unos minutos en los bancos de una taberna, se encaminaron a la iglesia, donde les dijeron que iba a comenzar pronto la solemne misa cantada. Sus figuras, un poco raras, aunque científicas, no dejaban de llamar la atención en el pueblo, aunque estuviese éste tan próximo a Madrid. Quizá en Madrid llamasen también la atención; porque en la capital de España, no hay más remedio que confesarlo, tampoco es frecuente ver a los sabios en su verdadero traje por las calles.

La iglesia resplandecía por dentro de luces y ornamentos. Parecía, según la expresión vulgar, un ascua de oro. Los fieles comenzaban a acudir y se iba llenando lentamente; y según se iba llenando el calor se hacía insoportable. Cerca del altar mayor, en otro portátil, estaba la santa patrona rodeada de cirios y flores. Al cabo de larga espera el órgano hizo vibrar sus notas poderosas por el ámbito del templo, y en la puertecilla de la sacristía aparecieron los tres sacerdotes con sus brillantes capas de tisú de oro y se dirigieron al altar. Detrás de ellos entraron algunos otros clérigos y varios particulares privilegiados, que se acomodaron en el presbiterio para oír la misa. Nuestros sabios quedaron sorprendidos al ver entre estos últimos a su joven amigo Godofredo Llot. A Moreno le hizo extremada gracia, y se propuso sacar mucho partido cuando fuese por el café. A D. Pantaleón no le hizo tanta por las relaciones especiales que entre ellos habían existido. Cerca de él vieron al presbítero Laguardia, y esto contribuyó aún más a ponerle de mal humor; porque odiaba a este clérigo como tal, y además por el papel que había representado en el fracasado matrimonio de su hija.

Pero la observación de aquellos curiosos ritos religiosos que ambos examinaban como si por primera vez los hubieran visto en su vida, le distrajo de todo incómodo pensamiento. De vez en cuando se comunicaban en voz baja las profundas reflexiones que el culto les sugería.

—Siendo todas las divinidades en su origen, como usted sabe muy bien—decía Moreno metiéndole la boca por el oído a su amigo,—individuos humanos que han demostrado alguna superioridad y han hecho algún beneficio, sería curioso saber quién era esa mujer que está ahí en el altar antes de ser divinidad y a qué se dedicaba.

—Yo imagino—respondía el ingenioso Sánchez en voz de falsete también,—teniendo en cuenta su traje rico de brocado, que debía de ser alguna señora pudiente de los contornos que en su tiempo se dedicaba a proteger a los labradores, tal vez facilitándoles dinero sin interés o semillas para la siembra.

—No; yo creo más bien que sería una comercianta que expendía los géneros más baratos, y de este modo se captó la admiración del pueblo, que después de su muerte la erigió en divinidad. ¿No ve usted la cajita que tiene en la mano derecha? Parece un azucarero.

—Es un jarro; repárelo usted bien. Puede que tuviera una gran lechería y diese los sobrantes de la leche a los pobres. El perro que lleva a su lado parece confirmarlo, dado que los perros son los encargados de la guarda del ganado. De todos modos, ya nos informaremos de los vecinos más viejos.

Por más que hablasen bajo, aquel coloquio en el momento de celebrarse el santo sacrificio de la misa estaba escandalizando a una vieja, que al fin les reprendió ásperamente y les obligó a guardar silencio. Obedecieron los sabios pensando que no era prudente despertar «los instintos salvajes del hombre primitivo emocional.»

La misa duró una buena hora. Paulatinamente iban perdiendo la gana de hacer observaciones antropológicas y sintiendo la necesidad de restaurar el estómago, pues eran ya las doce del día. Cuando los clérigos se retiraron, la muchedumbre, que se agolpaba a la puerta para salir, les impidió hacerlo en un buen rato. Al poner el pie en el pórtico se tropezaron con un grupo de clérigos, y entre ellos a Godofredo Llot, que sin duda había salido por otra puerta. Aunque tuvo intentos de eludir su saludo no pudo hacerlo: al cabo vino hacia ellos sonriente y afectuoso como lo estaba siempre aquel joven eminente, y les abrazó con efusión.

—¡Ustedes por aquí!... ¡Cuánto me alegro!

Moreno correspondió con agrado a este saludo, pero empezando a cultivar la nota humorística, repuso:

—Pues nosotros al entrar en la iglesia casi teníamos la seguridad de hallarte en ella.

Godofredo no hizo caso y les presentó a los clérigos con quienes se hallaba. D. Pantaleón estuvo digno y cortés. Salieron todos del pórtico, y cuando hubieron andado un corto trecho, Moreno preguntó a Llot si sabía de algún sitio donde se pudiera almorzar medianamente. Oyó la pregunta el párroco del pueblo, que venía entre ellos, y atajó la respuesta diciendo en voz alta, imperativa: