Presentación, desde que perdiera su belleza, se había vuelto suspicaz, recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. Ésta fue la razón de su brusca partida. Imaginó que Timoteo, desdeñado en otro tiempo, venía a gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.
¡Cuán lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante sentía el corazón de Timoteo era idéntico a lo que vibraba en el alma de su violín, todo lánguido, todo voluptuoso.
—Señora, yo sé que soy un gusano indigno...
Este comienzo no le pareció mal a D.ª Carolina y procuró dárselo a entender con una sonrisa benévola.
—Un gusano... eso es...
—Vamos, Timoteo, cálmese usted. Le veo un poco agitado.
—¡Cómo no he de estarlo, señora! ¡Cómo no he de estarlo si lo que me pasa a mí!...—exclamó el joven apretando las rodillas con sus manos crispadas.
—¿Pero qué le pasa, criatura?—preguntó la señora con una entonación que decía bien claro que lo sabía.
—Ya sé que soy un indigno gusano...
—¡Dale! ¡Cálmese usted, Timoteo, cálmese!
—Yo venía con intención de hablar con usted, señora... pero ya no puedo hablar... ¡no puedo hablar!—profirió con creciente agitación.
D.ª Carolina le contempló un instante con sonrisa maliciosa y dijo al cabo:
—Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tenía que decirme a mí.
Timoteo la miró estupefacto.
—Señora—venía usted a decirme,—yo sigo tan enamorado de su hija Presentación como el primer día. A pesar de su desgracia la quiero con todo mi corazón, porque mi cariño no se cifraba en la hermosura del cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jamás muere.
El violinista se puso horriblemente pálido. Alzose de la silla y comenzó a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenesí. Todo su amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su mente desde hacía tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas, incoherentes, que resonaron lúgubremente en la sala como la confesión de un reo en capilla. Pero venían envueltas en una nube tan espesa de rocío que D.ª Carolina se vio precisada a apartarse más de una vez y refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.
Al fin se dejó caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.ª Carolina también se sentó y le contempló largo rato con mirada chispeante de malicia.
—¡Pícaro, qué bien me conoce usted!—exclamó dándole un pellizco.
Timoteo clavó en ella una mirada de besugo atónito.
—A usted no se le ha escapado el cariño con que siempre le he mirado. Es una debilidad, una manía; nunca he podido remediarlo. Mis hijas me tienen dicho un millón de veces: «¡Pero, mamá, no callas con Timoteo! ¿Y qué le voy a hacer, hijas mías? El cariño no puede razonarse, y yo se lo he tomado a ese muchacho. No digo a Presentación solamente: si diez hijas tuviera y Timoteo me las pidiese, las diez le daría sin vacilar un momento.»
Aquella prueba poligámica de simpatía conmovió de tal manera al violinista que se alzó de nuevo agitando el sombrero; pero D.ª Carolina logró hacer que se sentase tirándole de la levita.
Finalmente, el artista pidió con más humildad que ceremonia la mano de Presentación, añadiendo que, si no lograba verse unido a ella, sus medidas estaban ya tomadas, su resolución era irrevocable. Y no se explicó más; pero bastaba y sobraba, atento el tono fúnebre con que profirió tales palabras. Timoteo pensaba en divorciarse de la existencia.
D.ª Carolina adoptó inmediatamente un continente grave, protector, de una importancia tal que el violinista comprendió que su vida estaba en manos de aquella señora. Largo rato estuvo pensativa. Luego manifestó que por ella todo quedaría arreglado en seguida. ¡Ah, por ella no había dificultad alguna! Desgraciadamente era necesario consultar otras voluntades: primero la de Presentación...
La esposa del fisiólogo se levantó del asiento, tomó de la mano gravemente al artista y le llevó consigo fuera de la sala. Timoteo se dejó arrastrar presa de una emoción que le privaba por completo del uso de sus facultades mentales y a medias del juego de las rodillas. Llegaron al pasillo, y allá a lo lejos columbraron la silueta de Presentación. Mas apenas los divisó ésta, corrió a refugiarse en su cuarto, que cerró con un violento portazo.
D.ª Carolina dirigió una sonrisa dulce al violinista, en cuyos ojos se pintaba el espanto.
—Presentación, abre—dijo aquélla llamando con los nudillos a la puerta.—Timoteo necesita hablar contigo dos palabras.
—Nada tiene que hablar Timoteo conmigo—respondieron de adentro.
D.ª Carolina volvió de nuevo su fisonomía condescendiente hacia Timoteo, dibujándose en ella otra dulce sonrisa.
—Sí, hija mía, sí. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.
—Ni seria ni risueña: no quiero oír nada—repuso Presentación.—Que se vaya.
D.ª Carolina sonrió nuevamente y apretó la mano del violinista. Éste se hallaba consternado.
—Vamos, no seas terca. Abre, hija.
—¡Que se vaya! ¡que se vaya!—repitió la joven con más fuerza.
—Háblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio—dijo la esposa del fisiólogo empujando a Timoteo.
Éste bajó la cabeza y aplicó su boca húmeda a la cerradura.
—¡Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...
—¡Váyase usted! No quiero oírle.
—Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente será mi bandera, bajo la cual pelearé hasta derramar la última gota de mi sangre...
La voz del violinista, al pasar por el agujero de la llave, producía un zumbido oscuro, lamentable, en el cual apenas podían percibirse las palabras. Presentación no respondía. Sin embargo, la imagen expresiva de la bandera y de la gota de sangre debieron de enternecer un poco su corazón. Al cabo de un rato repitió por máquina y con menos fuerza:
—Que se vaya... que se vaya.
—Presentacioncita—aulló de nuevo Timoteo,—¡quisiera morir por usted! Quisiera morir cuando el sol traspone los montes lejanos del horizonte, cuando muere la luz entre celajes de ópalo y grana. Quisiera morir, y sería feliz si supiese que en mi tumba solitaria vendría usted a depositar algunas margaritas silvestres...
Timoteo repetía los conceptos poéticos que más habían herido su imaginación en la letra de los nocturnos y canzonetas que tocaba. Presentación guardó silencio. Al cabo de un rato aquél volvió a zumbar, incurriendo en flagrante contradicción.
—¡Presentacioncita, por Dios, no me deje usted morir así!
Después de una larga pausa se oyó la voz de la niña que profería estas notabilísimas palabras:
—Mamá, haz lo que quieras.
Inmediatamente Timoteo se sintió en los brazos de su futura suegra. Pálido, trémulo, aniquilado de emoción, se dejó arrastrar de nuevo por aquélla a la sala.
¿Qué pasó allí? Apenas es necesario manifestarlo. D.ª Carolina dio rienda suelta a su corazón magnánimo. Se mostró ante los ojos húmedos de Timoteo, no con la apariencia desagradable que hasta entonces se había visto precisada a adoptar, sino como lo que era en realidad, un tesoro de indulgencia y generosidad. Media hora de conversación íntima bastó para que Timoteo se viese tratado con la confianza y cariño de un hijo mimado. No sólo aquella bondadosa señora dio su pleno consentimiento para la boda, sino que ofreció su apoyo para vencer la única grave dificultad que para ella se presentaba, la voluntad de su marido. D. Pantaleón, el terrible D. Pantaleón, seguía pesando como una losa sobre los deseos y aspiraciones de la familia. Aún más: D.ª Carolina llegó a consentir que la llamase mamá cuando estuviesen solos, y le prometió tutearle en el mismo caso. ¡Pero cuidado con que llegase a noticia de su marido! No satisfecho su tierno corazón con esto, al despedirse, cerca de la escalera, de su futuro hijo político le dio un beso maternal en la frente. De tal modo que Timoteo bajó los peldaños tambaleándose de gozo, no sin besar antes las manos de aquella adorable señora, derramando sobre ellas un raudal de lágrimas y saliva.
Los dioses no se fatigan jamás cuando quieren hacer a un mortal feliz o desgraciado. Aún le tenían reservado a nuestro artista un nuevo triunfo que saboreó al llegar a su casa. En ella le aguardaba el padre Laguardia, más huesudo y más inquieto que jamás lo había sido. Timoteo no le conocía más que de vista. Después de saludarle rápidamente, el presbítero le preguntó con agitación:
—Venía a que usted me dijese, si es que lo sabe, dónde vive actualmente su amigo Llot.
—¿Mi amigo Llot?
—O su enemigo. Es igual. Dónde vive es lo que me importa averiguar.
—Pues no lo sé, ni lo he sabido nunca.
—¡Nadie! ¡nadie!—exclamó el clérigo terciando el manteo y comenzando a dar vueltas por la habitación como un loco.—¡Nadie sabe dónde se esconde ese pillo!... Porque es un pillo, ¿sabe usted?—añadió encarándose con Timoteo ferozmente como si no esperase más que éste le contradijese para arrojarse sobre él.—¡Un granuja! ¡un miserable! ¡un estafador! ¡En cuanto le tropiece le piso la cara!
—¡No puede ser!—dijo Timoteo inundado de gozo.
—¿Que no puede ser?—chilló el cura abalanzándose a él y sujetándole por la solapa de la levita.—¿Cree usted que yo no soy capaz de pisarle la cara?
—No es eso. Lo que yo quería decir es que me extrañaba que un muchacho tan inocente, que parecía una palomita sin hiel...
—¡Una palomita!—exclamó D. Jeremías sonriendo sarcásticamente.—¡Una palomita!... ¡Un raposo!—profirió con grito horrísono.—Un raposo a quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.
Y comenzó de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo tremendas imprecaciones.
Al fin se dejó caer en una silla y se puso a contar lo que le pasaba.
Godofredo le había ido sacando poco a poco y con diferentes pretextos algunas cantidades, las cuáles sumaban a la hora presente seiscientas y pico de pesetas, desapareciendo de la noche a la mañana. No era eso lo peor. Lo verdaderamente infame es que se había valido de su nombre para estafar una porción de dinero a algunos amigos: al cura de San Ginés sesenta duros, al capellán de las Adoratrices cuarenta y cinco, al excusador de San Millán diez y seis, etc., etc. Iba pidiendo estas cantidades como si fuesen para D. Jeremías. Cuando presumía que no bastaba la palabra, presentaba una carta falsificando la firma... Además, había encargado un sin fin de misas por el alma de su madre, y de toda su parentela, sin que jamás hubiese dado un cuarto a los sacerdotes que las dijeron. Resultaba, en fin, debiendo y estafando a todas las personas con quienes le había puesto en relación...
D. Jeremías no podía estarse quieto mientras relataba tales infamias. Se sentaba, se alzaba, paseaba, manoteaba, chillando al mismo tiempo como un energúmeno.
Timoteo sentía correr por sus venas un estremecimiento dulcísimo. A la agitación y cólera que reflejaba el rostro del presbítero oponía su semblante una placidez verdaderamente paradisíaca.
Y más se acentuó esta expresión de beatitud celeste cuando vio salir a D. Jeremías como un huracán, sin decirle adiós siquiera, gritando al trasponer la puerta:
—En cuanto le tropiece, no hay más, ¡le piso la cara!
XVI
Don Laureano Romadonga no era hombre que se dejase aprisionar fácilmente por los artificios femeninos; que comprometiese el sosiego de su vida, sus placeres, su independencia por una mujer, cualquiera que ella fuese. Conocedor profundo de la existencia, había formado hacía mucho tiempo su plan, y de él no se apartaba una línea. Sus días se deslizaban serenos, risueños, libando voluptuosamente la corta cantidad de miel que sólo proporciona este valle de lágrimas a los solterones ricos y sanos.
Desgraciadamente la impetuosidad absurda de su última querida había venido a turbar el curso sereno de estos días. Hacía ya algún tiempo que el viejo seductor comprendiera que le convenía cortar estas relaciones enfadosas. Si no lo ponía en práctica, como en casos semejantes había hecho, no era por falta de voluntad, sino por el temorcillo que la navaja de la chula había logrado inspirarle. No obstante, después de la escena escandalosa del teatro, la separación quedó resuelta en principio. Aunque por un refinamiento de hombre gastado le placiesen para queridas las mujeres de genio vivo y hasta un poco agresivas, los arranques de la hija del sillero rebasaban ya los límites de lo tolerable. No era posible continuar. Sus planes sabios corrían peligro de hundirse para siempre con aquella chiquilla violenta y caprichosa.
Era demasiado listo, sin embargo, para dejar traslucir sus propósitos. Continuó en apariencia tan enamorado. Mantuvo a la Conchita en la ilusión de ser su última y definitiva querida. Hasta le dejó entrever algunos tenues y lejanos rayos de luz matrimonial. Mientras tanto, allá en el fondo de su cerebro artificioso se elaboraba tranquilamente un plan maquiavélico que iba a marchitar en flor tanta dulce esperanza. Romper con la chula quedándose en Madrid era expuestísimo. Aunque avisase a la policía, tenía la seguridad de que Concha le daba una puñalada por la espalda. ¡La conocía bien! A aquella muchacha fiera y escandalosa le importaba un bledo ir a presidio o a la horca con tal de satisfacer su venganza. Era necesario escapar de Madrid. ¿Adónde? Después de meditar varios días este punto, se decidió por París. Aquella inmensa ciudad, emporio de todos los placeres, convenía admirablemente a los fines interesantes que Romadonga perseguía en esta vida. Pasar el invierno en París; desde allí, cuando viniese el verano, trasladarse a Biarritz o San Sebastián; en el mes de Octubre, trascurrido ya cerca de un año, regresar a Madrid. En todo este tiempo la hija del sillero le olvidaría, hallaría otro acomodo, desaparecería de Madrid. ¿Quién sabe lo que podía suceder?
Resuelto, pues, a llevar a cabo el proyecto, comenzó sigilosamente a hacer sus preparativos. Vendió los coches y los caballos, giró a la capital de Francia dinero, envió a su criado por delante con los objetos necesarios, hizo la maleta; y una tarde se metió cautelosamente en un coche del Sud-exprés y huyó de Madrid sin dar cuenta a nadie de su viaje. Una hora antes había estado en casa de su querida. Con sarcasmo mefistofélico pasó largo rato hablándole de planes para lo porvenir, prometiendo llevarla pronto a vivir consigo y viajar con ella algunos meses y comprarla una magnífica cama que juntos habían visto en un escaparate de la calle de Alcalá. Estuvo jocoso y seductor como nunca. Al despedirse le dijo que vendría de noche a buscarla para ir a un teatrito por horas, y que estuviese ya vestida y no se hiciese esperar. La sonrisa cruel que plegaba sus labios al bajar la escalera inspiraba frío y miedo.
¡Pobre niña! ¡Cuán ajena estaba del pensamiento que bullía en la mente de aquel hombre egoísta, sin entrañas!
Mientras corrió el tren por los campos de España, todavía la imagen de la chula venía de vez en cuando a turbar su espíritu. Pero en cuanto atravesó la frontera se le borró por completo. Al llegar a París buscó un cuartito amueblado en lo más céntrico; alquiló coche, compró caballo, se hizo socio de dos clubs aristocráticos y comenzó a hacer la vida a que sus convicciones filosóficas le arrastraban. De tal suerte, que a los quince días se encontraba infinitamente mejor que en Madrid, y principiaba a sospechar que no sólo aquel invierno, sino todos los que a Dios pluguiere concederle, iba a pasar en aquella hermosa capital.
La existencia de Romadonga se deslizaba serena, feliz, egoísta como la de un dios, viviendo únicamente para sí y contemplando con augusta indiferencia los dolores y las alegrías de los otros. Excusado es decir que el sol que más iluminaba y amenizaba aquella existencia era la mujer. Pero no una mujer determinada; la mujer en general; hoy una, mañana otra. Después de paladear la fruta hermosa, pero un poco insípida, de las burguesas madrileñas y morder en la guindilla de las chulas, las cortesanas parisienses, tan elegantes, tan ingeniosas y cultas, le parecían un bocado exquisito. Y hay que confesar que supo aprovecharse. En poco tiempo fue popularísimo entre ellas. Le llamaban riendo el fidalgo español. Su carácter frío, su ingenio reconocido y el cinismo con que se expresaba logró dominarlas. Hasta el exagerado acento extranjero contribuía a dar más gracia a sus frases insolentes en el fondo y correctas en la forma.
Gozando de más libertad que en Madrid, con gozar aquí mucha, tan pronto se le veía con una dama del brazo como con otra, creyendo a puño cerrado que la Naturaleza sólo es bella por su rica variedad. A ciertas horas del día hallaríasele invariablemente paseando por los boulevares con el cigarro en la boca balanceando su esbelta figura entre la muchedumbre; dirigiendo su mirada atrevida, escrutadora, a las bellezas que cruzaban cerca, inclinándose a un lado y a otro para ver mejor; a veces teniendo el paso y siguiéndolas con la vista largo rato.
—Es guapa esa barbiana, ¿verdá tú?
Romadonga sintió un escalofrío mortal correr por sus venas. Volvió el rostro espantado y se encontró con la mismísima Concha. Instintivamente puso las manos por delante.
—¡No seas tan jindamón, hombre!—profirió la chula con voz ronca, apoyándose en cada sílaba y mirándole de arriba abajo con ojos torvos, despreciativos.—¿No ves que soy una mujer?
La vergüenza hizo que volvieran los colores a las pálidas mejillas del fidalgo español.
—Es que tú no eres una mujer como otras... ¡Ya lo creo, caramba!... ¡Pues si me descuido, caramba!
—¡Ya lo creo! ¡Si te descuidas, caramba!—exclamó haciendo burla la chula.
En verdad que Romadonga estaba descompuesto y aturdido que daba lástima.
—Si te descuidas, ¡na!—prosiguió Concha.—El día que se me meta en el moño te clavo el corazón, con cuidao o sin él... ¿Qué te has figurao, viejo silbante, que después de lo que has hecho conmigo me ibas a tirar a la barredura, como un papel sucio?... ¡Ja, ja!... Que se te quite, infeliz.
El traje, la actitud y la voz de la chula habían hecho pararse a algunos curiosos. D. Laureano, avergonzado y alentado al mismo tiempo, exclamó irguiéndose:
—Vaya, vaya, déjame en paz y sigue tu camino. Nada tengo que partir contigo.
—¿Nada tienes que partir conmigo, malvao? Y la criatura que he dejao en Madrid ¿es la punta de un cigarro que tiras a la calle cuando empieza a quemarte, verdá tú? Y mi honra es otra colilla ¡puf! que se escupe y no se vuelve a mirar... Aquí tienen ustedes un hombre, señores (volviéndose a los circunstantes, que no entienden una palabra y contemplan asombrados la escena). ¿Ven ustedes este viejo baboso, que tiene más años que Matusalén, más pintao que un monumento y más perfumao que una corista? Pues este tío ha conseguío chalarme no sé por qué... por la labia, por la fachenda, por las mentiras... en fin, por lo que a ustedes no les importa. Y luego que me ha visto chalá, y me ha deshonrao, y me ha tenío tres años sujeta como una mona, de la noche a la mañana y sin decir «agur Conchita,» se escapa a París, y ¡venga juerga con las suripantas!... ¡Qué bonito! ¿verdá ustedes?... Pero como yo soy hija de mi padre y de mi madre, y no hay más que una vida que perder, y de mí no se ha reído ningún roío dao por tal como éste, a este tío asqueroso nadie le mata más que yo, ¿saben ustedes?
D. Laureano vio un agente de policía acercarse y, envalentonado, se atrevió a decir con tono despreciativo:
—Anda, anda, sigue tu camino, que todo lo que te he quitado te lo he pagado en buenos billetes de Banco.
Los ojos de Concha relampaguearon como los de una pantera.
—¿Dinero por mi honra, canalla?—gritó en el paroxismo de la cólera.
Y llevándose la mano al seno, sacó rápidamente una navaja de grandes dimensiones, la navaja de marras. Pero en aquel instante las manos del agente la sujetaron por detrás, D. Laureano retrocedió más pálido que la cera.
—Déjenme ustedes que saque las tripas a ese infame—gritaba la chula tratando de desasirse.
Pero al volver la cabeza para ver quién la sujetaba, quedose repentinamente inmóvil.
—¡Un guindilla! Está bien. Tome usted—dijo entregándole la navaja tranquilamente; luego, subiéndose el mantón y apretando el nudo del pañuelo, añadió:—Lléveme usted a la cárcel.
Y volviéndose a Romadonga en una actitud fría, desesperada, que inspiraba miedo y lástima al mismo tiempo, con terrible calma dijo:
—No tardaré en salir. Te juro por la salud de mi hijo que pronto tendrás noticias mías. Cuando recibas el golpe, si tienes tiempo a pensar, ya sabes quién te lo ha dado.
Estas palabras desgarraron el corazón magnánimo de D. Laureano. La vida es dulce a todos los mortales, pero muy especialmente lo era para aquel hombre venerable. Recibir una puñalada por la espalda sin aviso de ninguna clase, le era profundamente desagradable. Así que, antes de que el policía llevase consigo a Concha, se dirigió a él y, en francés chapurrado, le manifestó que aquella señora era su esposa y que le hiciese el favor de soltarla.
Esto fue lo único que comprendió el círculo de curiosos que les rodeaba. La noticia causó sorpresa y no poca risa. El agente no se avino a ello sin llevarlos a ambos antes a las oficinas de la policía. Entonces Romadonga, con la galantería propia de un fidalgo español, ofreció el brazo a la chula y se fueron escoltados por el guardia. La muchedumbre aplaudía riendo.
XVII
Mario llegó a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas de obra en su estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lo trabajó con gloria y provecho. Comenzó a ganar sumas considerables.
Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales, donde sus padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; pero sin despilfarro. El ingenioso Sánchez y D.ª Carolina andaban un poco apurados de dinero por los gastos del primero en publicaciones, instrumentos científicos, excursiones, etc, etc. Carlota los protegía. Pero a Mario le parecía siempre poco lo que les daba. Era tan infeliz aquel muchacho, que cuando doña Carolina venía a llorarle alguna lástima, por su gusto le entregaría todo el dinero que había en la casa.
—¿Para qué necesitamos nosotros tanto?—decía a menudo a su esposa.
—Para nuestro hijo y para los que puedan venir—respondía Carlota.
Mario le apretaba la cara con entusiasmo.
—Lo que yo pido para mi hijo—exclamaba—es que le gusten las artes y encuentre una mujer como tú. ¡Entonces vale la pena el haber nacido!
El pequeño Mario tenía ya cerca de cuatro años. Era un niño fresco, sonrosado, con grandes ojos suaves y límpidos y una boca de cereza plegada siempre por sonrisa angelical. El escultor le adoraba con frenesí por ser su hijo y además porque era un retrato en miniatura de Carlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad, la misma igualdad de humor. Cuando aquélla quería que su marido descansase, no tenía más que enviar al niño al estudio. Mientras estuviese allí tenía la certeza de que Mario no tomaría los palillos o el cincel en la mano.
Todo sonreía, pues, a la familia del célebre antropólogo, el cual no cesaba un instante en sus indagaciones preparando a sus descendientes gloria inmortal.
El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizado todavía, se hallaba en camino. Últimamente, D. Pantaleón había levantado la tapa de los sesos a un perro, y por espacio de algunos segundos pudo observar el juego de su mecanismo cerebral. Por desgracia, el perro falleció al instante. Sólo ligerísimos apuntes sacó para el famoso descubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino. El insigne fisiólogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felices adivinaciones. En el corto tiempo de que dispuso observó que la sangre de la masa encefálica cambiaba de color en diferentes sitios, tornándose unas veces más clara, otras más oscura. Era, pues, exacto que la fabricación del pensamiento debía de semejar bastante a una destilería, como él había presumido.
Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentáneamente el curso de estas indagaciones. El matrimonio de su hija Presentación iba a llevarse pronto a efecto. Timoteo entraba a todas horas del día en la casa y era considerado ya como un hijo más. Se hacía el equipo, se amueblaba un cuarto en sitio próximo, se arreglaban los papeles. Mas he aquí que un día, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se había caído al suelo, vio don Pantaleón en su cuello una mancha encarnada que al punto le pareció de carácter herpético. Nada dijo por entonces. Procuró con maña cerciorarse. Pronto logró averiguar que Timoteo, en efecto, padecía de herpetismo. El fisiólogo comprendió que era de todo punto imposible la realización de aquel matrimonio.
Por la noche, hallándose a solas, se lo hizo entender así a su esposa con la debida suavidad: no habría exageración en decir timidez. Expuso las razones que tenía para hallar tal unión desacertada, todas rigorosamente científicas y basadas en los últimos progresos de la antropología. El herpetismo significaba una degradación física como todos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan sólo a no contrariar la selección natural, sino a favorecerla por cuantos medios podamos. Debemos evitar a todo trance que procreen los seres que no estén perfectamente sanos si queremos que la raza vaya siempre mejorando, etc.
D.ª Carolina no hizo caso alguno de estas observaciones. Antes tomó pie de ellas para vejar al fisiólogo, maldiciendo de sus aficiones y recordándole con pesadísimas palabras las quemaduras de su hija. Insistió a los pocos días con idéntica suavidad. Nada. La esposa respondió aún con más acritud y desprecio. Entonces, viendo que sus esfuerzos eran inútiles para impedir aquel matrimonio rechazado por los progresos biológicos, se le declaró una tristeza negra que le privaba del apetito y del gusto por la experimentación. Esta gran melancolía hizo crisis a los pocos días con una extraña explosión que puso en espanto a toda la familia.
Pasando una mañana Timoteo desde la sala al comedor, D. Pantaleón, que al parecer estaba apostado en uno de los cuartos del pasillo, se arrojó sobre él de improviso, le echó las manos al cuello y hubiera concluido probablemente por estrangularle si al ruido no hubiera acudido la gente de casa. A duras penas consiguieron arrancárselo de las manos. Todavía, sujeto por Mario, Carlota, D.ª Carolina y la criada, gritaba como un energúmeno, los ojos inyectados, el semblante descompuesto:
—¡No se casará usted con mi hija, no! ¡Yo lo impediré aunque sea a costa de mi sangre!... En mi casa no atacará nadie impunemente la ley de la selección... ¡Vergüenza había de darle, con los caracteres orgánicos que usted presenta, intentar un matrimonio que ha de ser funesto para la raza!... Yo no quiero una descendencia degradada... ¿Lo oye usted bien?... ¡No la quiero!
La excitación fue tanta que al fin cayó privado de conocimiento, echando espuma por la boca.
Recobró al poco rato el sentido; estuvo enfermo algunos días; al cabo curó por completo sin que el ataque hubiese dejado rastro alguno como se temía. La boda de Presentación se realizó sin ningún otro incidente desagradable. Todo volvió a quedar en paz.
Mario y Carlota no dejaban de aprovechar los momentos que aquél tenía libres para solazarse, unas veces yendo a paseo, otras al teatro, otras, en fin, comiendo en los restaurants. Era tanto lo que se placía el escultor en estos festines matrimoniales que Carlota consentía en ellos de buen grado, aunque no le gustasen por espíritu de orden y economía.
Una de las pocas amigas que tenía vino un día a invitarla para asistir a cierta comedia casera. Esta amiga era a su vez invitada, pero tenía libertad para llevar a quien quisiese. Consultó el caso con su marido. Hallolo bien Mario y aun prometió acompañarlas si alguna ocupación urgente no se lo impedía. Como era domingo el día señalado, y por la tarde, no hubo inconveniente. Ambos se fueron, pues, de bracero a buscar a la amiguita y de allí a la calle del Amor de Dios, donde estaba la casa en que la representación iba a efectuarse. Era un edificio bajo, antiguo, bien conservado, de un solo piso, en el cual vivía únicamente su propietaria, una señora viuda con dos hijas solteras, un hijo y una nieta de catorce a quince años. Desde que se ponía el pie en el portal se observaba el espíritu religioso, la economía y la limpieza que reinaban en aquella casa. Los muebles de la antesala eran feos y antiguos, pero brillaban por el frote de la bayeta y el cepillo. En uno de los ángulos había un pedestal con una Purísima de yeso, pintada. Los pasillos amplísimos y enjalbegados como los de un convento.
Pasaron a un gabinete donde había ya reunidas bastantes personas y donde la señora de la casa los recibió con amabilidad grave y protectora. Era una dama extremadamente alta, de bastantes años, enjuta, con ojos negros de mirar imponente, los blancos cabellos pegados a la frente con goma. Vestía de negro y estaba sentada en un elevado sillón de cuero, mientras que todos los demás se hallaban acomodados en sillas más bajas. De suerte que D.ª Fredesvinda, que así se llamaba, parecía una reina rodeada de su corte. Y ciertamente, la pausa con que hablaba y la majestad de sus ademanes contribuían bastante a hacer la semejanza más perfecta. Las dos hijas solteras que se encontraban en el círculo de los tertulios pasaban ya de los treinta, y vestían el traje con que iban a representar, lo mismo que la nieta. Estaba también el padre de ésta, viudo, hijo de la señora, y que no habitaba la casa porque sus costumbres independientes no se compadecían con el régimen austero que allí se observaba.
D.ª Fredes era aficionadísima a la literatura, a la música y en general a todas las artes; se creía muy competente, y sus tertulios asiduos la creían también. Reuníanse en aquella casa los domingos varios poetas y poetisas, alguna de las cuales tocaba asimismo el piano. Solía ir un pintor de marinas que había presentado algunas en distintas exposiciones, sin que hasta la fecha le hubiesen dado recompensa alguna. D.ª Fredes juzgaba esto una de las grandes injusticias del siglo diez y nueve. Para ella, Martínez, que así se llamaba el pintor, era uno de los artistas más eminentes que hubiese producido la España contemporánea. Con lo cual dicho se está que D.ª Fredes era para Martínez el más profundo de los críticos actuales. Era igualmente tertulio un profesor de flauta que había compuesto y publicado varias tandas de valses, una de las cuales había tenido el honor de dedicar a aquella señora. No quedaba sin representación, pues, más que la escultura. Por eso Mario fue acogido con extraordinaria benevolencia.
Inmediatamente, lo mismo él que Carlota, a una señal, mitad amable mitad imperiosa, de la notabilísima señora, fueron a sentarse, formando como los demás círculo en torno de ella. Pasados algunas instantes se dignó dirigirle desde su alto sitial las siguientes palabras:
—Ha llegado a mis oídos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los días.
Tan benévolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza, produjeron en el auditorio emoción respetuosa. Todos los rostros se volvieron hacia Mario, felicitándole con la mirada por ser objeto de ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra que se le dispensaba.
Después de algunos momentos de silencio D.ª Fredes volvió a tomar la palabra con idéntica calma y majestad.
—La escultura es un arte muy bella. Sé que los griegos la han cultivado con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningún modo que presenten sus estatuas desnudas. Ésta es mi opinión y la he expresado ya en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe perfectamente.
Hubo un murmullo de aprobación en el gabinete. El profesor de flauta apuntó tímidamente que, en efecto, él conocía la opinión de D.ª Fredesvinda hacía ya mucho tiempo. Ésta le dirigió una mirada grave y afectuosa.
Mario iba a contestar, pero ya D.ª Fredes, cumpliendo un deber de cortesía, había convertido la atención a otro asunto.
—Recareda—dijo volviéndose a una de sus hijas,—enseña el pañuelo de que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.
La hija, que era ya una mujer bien ajada, próxima a los cuarenta, se apresuró a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre la chimenea un pañuelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con entusiasmo; después lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos las mismas alabanzas. Cuando volvió de nuevo al estuche, doña Fredes dijo:
—Este pañuelo fue bordado por mi hermana Práxedes, que Dios haya. Cuando lo estrenó en un baile del Círculo de Cosecheros, llamó tanto la atención, que se supo en Palacio al día siguiente. La reina envió por él para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna bordadora de Madrid osó comprometerse a ello.
Las palabras de D.ª Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso en la tertulia.
Mario y Carlota estaban asombrados de todo aquello. La majestad de la señora, el aparato de que se rodeaba y las ideas extrañas que salían de su boca les hacía mirarse de vez en cuando llenos de estupor. Pero tanto y más que esto les impresionaba el respeto profundo que todos los tertulios la tributaban. De tal modo que, cuando por el gesto se conocía que iba a hablar, inmediatamente quedaba todo en silencio. Mientras permanecía callada, charlaban unos con otros, pero siempre en voz baja, como si se hallasen en un templo o en la misma cámara real. Sus hijas Recareda y Valeria, jamonas de alto bordo, se mostraban ante ella tan respetuosas, tan obedientes y sumisas como niñas de diez años; y lo mismo su hijo viudo, lleno de canas. Un gesto, una mirada de su madre bastaban para paralizarlos cuando estaban hablando. Y si no sucedía tanto con los demás tertulios, algo se aproximaba. Todos parecían tener fe ciega en las altas disposiciones de aquella señora singular y reconocían de buen grado su autoridad.
En el gabinete no había lujo. Los muebles y el decorado no acusaban gran riqueza, sino el mediano bienestar de una familia burguesa. Pero todo ello tenía un sello de antigüedad y de orden que lo hacía más respetable que el suntuoso decorado de un palacio moderno. La autoridad indiscutida de D.ª Fredesvinda parecía reflejarse en las paredes de la estancia.
Habiendo quedado ésta en silencio algunos instantes, un jovencito escuálido, de pelo rubio y ojos tiernos, se atrevió a levantarse, y con voz turbada pidió permiso a D.ª Fredesvinda para leer una poesía que había escrito en su honor. Concedióselo la señora con ademán soberano, y acto continuo el poeta sacó del bolsillo interior de su levita un pliego de papel de barba que desdobló con mano temblorosa. No se oía en el gabinete una mosca.
«A la esclarecida señora D.ª Fredesvinda Bejarano.»
Era una oda en que se la ensalzaba hasta las nubes, presentándola como una protectora de las bellas artes, una nueva Cristina de Suecia. Los artistas se amparaban bajo su manto; hallaban en ella la mano que los sostenía y la luz que los guiaba. En torno suyo juntábase lo más selecto que el arte español había producido en los últimos tiempos, formando un divino cenáculo sólo comparable al que la reina de Navarra presidía allá en los tiempos de la Edad Media.
Mientras el poeta de los ojos tiernos dejaba escapar de su boca esta cascada de elogios, D.ª Fredesvinda, grave y atenta, hacía con la cabeza signos de aprobación: el gesto era tan benévolo, tan protector, que es imposible que su émula la reina de Suecia fuese más allá en este punto. Al terminar, después de unos momentos de pausa, extendió la mano y tuvo a bien expresarse de este modo:
—La poesía que usted nos acaba de leer, Juanito, es bellísima como todo lo que brota de su privilegiado ingenio. Creo que ni Bécquer ni Garcilaso de la Vega han escrito nada mejor.
Fue la señal para que todos los tertulios felicitasen calurosamente al joven escuálido, el cual, ruboroso, confuso, sonriente, daba las gracias haciendo mil contorsiones, manifestando repetidas veces que no por su mérito, sino porque el asunto se prestaba admirablemente, «la poesía había resultado regular.»
—Si usted no tuviese inconveniente en ello—manifestó D.ª Fredes dirigiéndose al poeta,—le rogaría me dejase el manuscrito de esa poesía para guardarlo en mi colección de autógrafos y firmas ilustres.
El poeta, confundido por tamaña honra, avanzó tropezando hasta el trono de D.ª Fredesvinda y depositó en sus manos el pliego de papel de barba. La imperial señora lo alargó inmediatamente a su hija Recareda y ésta se apresuró a llevarlo con la misma unción que si fuese una reliquia a la caja donde su madre guardaba los manuscritos más preciosos.
—Mi colección de autógrafos—se dignó decir la señora, paseando su mirada imponente por el concurso—es acaso la más rica que hoy existe en Europa. Exceden de seiscientas las firmas de poetas españoles contemporáneos que poseo. No hace muchos días que un amigo me decía que, si se tratase de ponerla en venta, el gobierno inglés me daría por ella una suma fabulosa.
Los tertulios dejaron escapar un grito reprimido de admiración. Luego en voz baja se autorizaron mil comentarios lisonjeros que llegaban a los oídos de D.ª Fredes y la arrullaban dulcemente. Un muchacho músico, discípulo del profesor de flauta, se atrevió a manifestar que sería lástima que tal preciosidad saliese nunca de los dominios españoles. D.ª Fredes le miró con indulgencia y respondió que aunque se viese en la miseria jamás enajenaría al extranjero esta gloriosa colección. Con lo cual respiró libremente la tertulia. Se la felicitó calurosamente por su desinterés y patriotismo.
Mario se había hallado en bastantes tertulias de todas clases, pero jamás viera una que se pareciese remotamente a la presente. Su asombro iba creciendo cada vez que la señora de la casa tomaba la palabra. Todo lo que oía y veía era tan estrambótico que le parecía no estar en la realidad, sino asistiendo ya a la comedia.
El gabinete iba quedando en tinieblas. Doña Fredes dio orden de que se encendiesen las luces y que se iluminase también el salón donde se había colocado el escenario. Las damas que debían tomar parte en la representación, entre ellas las dos hijas de la casa, Recareda y Valeria, salieron para concluir de arreglarse; su nieta Medarda, que según se decía en la tertulia era un portento y estaba destinada a eclipsar a todas las actrices españolas, lo mismo. Acudía cada vez más gente; no cabiendo en el gabinete, andaba distribuída por los pasillos y el comedor. Se aproximaban la cinco, hora en que debía de comenzar la función.
D.ª Fredesvinda apretó con sus manos venerables los brazos del sillón, a inclinándose un poco para hablar, reinó silencio en la estancia.
—Ha llegado a mi noticia—manifestó con voz solemne—que en Madrid se ha dicho que yo hacía descansar todo el peso de las representaciones sobre mi nieta Medarda, lo cual podría causarle fatiga por ser aún muy niña. Para evitar estos comentarios desfavorables he determinado que en la comedia de hoy tomen parte principal mis dos hijas y lo mismo sucederá en las representaciones sucesivas.
Este discurso lleno de prudencia causó viva impresión en la tertulia. El poeta de los ojos tiernos tomó la palabra a nombre de todos y manifestó sin ningún rodeo que sólo desprecio merecían tales rumores y que al vulgo en general le gusta zaherir a las personas elevadas. Los demás hicieron coro al poeta; pero D.ª Fredesvinda se mantuvo inflexible. Sus hijas, de allí en adelante, trabajarían tanto como su nieta.
En aquel instante, mirando Carlota hacia la puerta, creyó ver cruzar por el pasillo unas barbas y unas gafas muy semejantes a las de Moreno. Su duda se desvaneció al instante oyendo a D.ª Fredesvinda llamar en voz alta:
—¡Adolfo!... ¡Adolfo!
—No puedo ir ahora—contestó éste desde el corredor sin dar la cara.
—¡Soy yo quien te llama, hijo!—profirió la señora irguiendo altivamente la cabeza.
Todavía tardó aquél en aparecer. Al fin se presentó y cruzó el gabinete tan confuso que bien se notaba que había visto a Mario, por más que afectase otra cosa.
—¿Qué tenías que hacer, hijo?—le preguntó la señora con acento altanero.
Moreno balbuceó una disculpa ininteligible. Doña Fredes le miró un buen espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:
—Todavía no te he presentado a unos señores que han venido hoy por primera vez a esta casa, los señores de Costa... Mi hijo menor Adolfo—añadió presentándolo a Mario y Carlota.
—¡Ah! ¿Eres tú, Mario?... ¿Y usted, Carlota?—exclamó el joven antropólogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba miedo.
Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le saludó afectuosamente, y lo mismo su esposa.
—¿Conque se conocen ustedes?—preguntó la augusta señora.
—¡Muchísimo!—respondió el escultor—. Somos íntimos amigos hace bastante tiempo.
Doña Fredes dirigió una mirada de sorpresa a su hijo.
—¿Y por qué no me has dicho que tenías por amigo a un artista de tanto mérito?
Moreno comenzó a murmurar cosas extrañas, tan agitado y descompuesto que verdaderamente inspiraba lástima. Sus mejillas parecían de escarlata. Mario temió que le fuese a dar un ataque.
Al fin vino a sacarle de aquel purgatorio su hermana Valeria llamándole para que fuese a arreglar un bastidor del teatro que se había caído.
Doña Fredes entonces hizo que Carlota y Mario se sentasen cerca de ella y comenzó a hablarles de su hijo menor con la misma gravedad solemne que empleaba para todo. Observábase, no obstante, cierta satisfacción y una alegría que les hizo colegir que Adolfo era su predilecto. Se mostró muy contenta de aquella amistad que les ligaba y esperaba que jamás se entibiaría.
—Por parte de mi hijo me parece que no sucederá—añadió—. Es un infeliz, un pobre chico incapaz de ofender a nadie. Peca gravemente el que le infiera daño alguno. De todos mis hijos ha sido siempre el más cariñoso y el que me profesa más respeto. Sus hermanas le motejan constantemente, le llaman holgazán a hipócrita y dicen que me tiene embaucada. Esto me causa bastantes pesadumbres. Yo creo más bien que son ellas las que están prevenidas contra él y que le buscan defectos. Hipócrita no lo es. Holgazán, convengo en ello. Emprendió varias carreras y ninguna ha llegado a concluir; de suerte que hoy se encuentra el pobre sin profesión alguna y viviendo a expensas de su familia. Pasa la vida azotando las calles o leyendo allá en su cuarto libros de medicina. ¡Ya ve usted! ¿Para qué quiere él esos libros sin ser médico?... Pero yo no puedo estar dura con él aunque me lo proponga. Es tan obediente, tan sumiso, que me desarma. Un niño de seis años no estaría más sujeto que él a mi voluntad. Por supuesto que no abuso de este dominio. Le dejo toda la libertad compatible con las costumbres de la familia. Le tengo ordenado que a las siete venga a rezar el rosario conmigo. Pues hasta ahora no recuerdo que haya faltado un solo día. Por la noche le permito que vaya con sus amigos hasta las doce, salvo los domingos en que recibimos, o los días en que rezamos alguna novena. Jamás se ha quejado ni me ha contradicho en nada.
Mario y Carlota se hallaban tan admirados, que apenas podían creer lo que oían. Todavía estaba D.ª Fredes loando la obediencia de Adolfo cuando vinieron a avisar que eran las cinco y los actores se hallaban preparados. La egregia protectora de las letras y las artes dio la señal y descendió gravemente de su trono: pidió el brazo a Mario y salió majestuosamente de la estancia seguida de sus adeptos.
Tocoles un buen sitio a aquél y a su esposa para ver la comedia, que era del género llorón; mas apenas lograron fijarse en ella, preocupados con el descubrimiento que habían hecho. Como tenían cerca a D.ª Fredesvinda no podían comunicarse las alegres ideas que cruzaban por sus cabezas, y sólo se desahogaban dándose codazos y pisotones. Más de una vez tuvieron que apretarse la boca para no dar suelta a las carcajadas que les retozaban por el cuerpo. Por mucho que hicieron no lograron volver a echar la vista encima en toda la noche a Adolfo. El feroz materialista, el producto bravío de la Naturaleza en lucha eterna con la sociedad, sin duda se había escondido entre bastidores.
Pero cuando al fin salieron de aquella casa y se vieron solos en la calle, ¡entonces sí que rieron a su gusto! Cada cual recordaba una frase patibularia de Moreno, alguna de sus maldiciones y amenazas contra el orden religioso y político. De este modo las carcajadas fluían sin cesar. Mario se dejaba caer contra los quicios de las puertas y se quitaba el sombrero y se apretaba el estómago para no reventar de risa. Casi otro tanto le pasaba a Carlota. Ambos repetían a cada instante:
—¡Dios mío, lo que se va a reír Rivera!
De esta suerte caminaron alegremente la vuelta de su casa. Pero al llegar cerca de la Puerta del Sol Carlota se puso repentinamente seria, como si un soplo de viento helado cruzase por su alma, y exclamó:
—¡Mucho me he reído hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.
—¡Qué superstición! No seas tonta, mujer—respondió el escultor sin dejar de reír.
¡Pobre Mario! El tonto lo era él en tal instante. El corazón femenino mantiene, sin duda, más estrechas relaciones que el masculino con las fuerzas magnéticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.
Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivían, cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnación, doncella y niñera respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitación que los esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.
—¡Vicenta!
Las domésticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se pintó en sus semblantes.
—¡Ay, señoritos del alma!—exclamaron casi a un tiempo las dos.
—¿Qué ocurre?—preguntó Mario petrificado de terror.
—¿El niño?... ¿un coche?...—gritó Carlota sacudiendo a la niñera por el brazo.
—No, señorita... no le ha atropellado ningún coche. Se ha perdido.
—¡Búsquenlo ustedes! ¡búsquenlo!—gritó a su vez Mario desesperadamente.
—Hace tres horas que lo estamos buscando, señorito—respondió Encarnación rompiendo a sollozar.
Vicenta explicó el caso. Su compañera no acertaba a hablar. Ambas habían ido con el niño al Retiro, permaneciendo allí toda la tarde. El chico se divertía con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas charlaban con las demás niñeras sentadas en un banco. Los chicos se escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como siempre; pero a una voz que les daban volvían a la plazoleta. Pues cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se encontraron con que no parecía el pequeño. Llamaron a gritos, recorrieron todos los sitios próximos, avisaron a los guardas. Nada. Los demás niños no daban más razón sino que estaban jugando al escondite y que le habían visto correr entre los árboles para ocultarse, y que luego no le habían visto más.
Mario sé puso a gemir como una criatura increpándolas furiosamente. Carlota, pálida, pero tranquila en apariencia, le mandó callar.
—¿Y no han dicho los niños si habían visto cerca de él a alguna persona?
—Sí, señorita; detrás de él dijeron que iba un hombre cojo con americana clara y sombrero ancho.
—¿No han dado ustedes ese detalle a los guardas?
—Sí, señorita.
Carlota meditó un instante en silencio.
—Y el hombre ese ¿no se había acercado antes al niño?
—No lo hemos visto, ni los demás niños tampoco.
—¿En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?
—Nadie.
—Sí, mujer—interrumpió Vicenta.—Le ha dado un beso esa prendera que conocen los señoritos, que se llama D.ª Rafaela. Le besó y le regaló unos caramelos.
—Pensé que la señorita hablaba sólo de hombres—replicó la niñera.
Carlota guardó silencio de nuevo y meditó.
—Está bien—dijo al cabo.—Ustedes se vienen conmigo a recorrer las delegaciones de policía para dar aviso. Tú, Mario, te vas ahora mismo a casa de D.ª Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y el niño se ha ido con ella. ¡Quién sabe! Tal vez esté allí. ¿En casa de mamá han preguntado ustedes?
—Sí, señorita, y en casa de la señorita Presentación lo mismo.
—Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena seña tiene para que la policía dé pronto con él... Vamos, no te apures tanto, hombre, que el niño no se ha muerto, y si Dios quiere parecerá.
Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se metió en él con las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corría a la calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tenía su domicilio.
XVIII
Doña Rafaela había estado en las Ventas del Espíritu Santo a recoger un dinero que le debían. A la vuelta se apeó del tranvía frente al Retiro, paseó un rato, y mucho antes de llegar la noche se fue a su casa. Allí se encontró una carta, fechada en la cárcel, que decía:
«Mi respetable y amada protectora: Desde hace tres días me hallo en este lugar vergonzoso, tratado como un criminal. La infinita bondad de Dios me envía esta prueba, que no sé si podré resistir, porque soy una criatura débil y pecadora. Bendito por siempre sea su santo nombre. Si no temiera abusar de su bondad le suplicaría que viniese en algún momento libre a consolarme y a fortalecerme con sus sanos consejos. ¡Ojalá no me hubiese apartado jamás de ellos! Si no le fuese posible le ruego por la salvación de su alma que vaya a San José y ponga un cirio en el altar de Nuestra Señora y rece con fervor una salve por su desgraciado amigo que de veras necesita de sus oraciones.—Godofredo Llot.»
No bien la hubo leído cuando, volviendo a echarse el mantón sobre los hombros, salió a la calle, montó en un coche y se hizo trasladar a la cárcel. Tenía allí la prendera un sobrino empleado, quien por favor especial hizo llamar a Godofredo a la sala de declaraciones.
Bajó éste con el capuchón de reglamento. Al quitárselo y dejar al descubierto su hermosa cabeza blonda, D.ª Rafaela no pudo menos de recordar las estampas piadosas que representan a los primeros mártires del cristianismo en los calabozos de Roma. La luz, dando de lleno en aquella cabeza angelical, hacía resaltar como en apoteosis la delicadeza de sus facciones, la seráfica limpidez de su mirada, las tintas sonrosadas de sus mejillas. Éstas se tiñeron de vivo carmín al instante. Bajó los ojos humildemente, y sin decir palabra rompió a llorar en silencio.
—¡Valor, Godofredo! ¡Valor, hijo de mi corazón!—exclamó la prendera.
Pero la buena mujer estaba tan necesitada como él mismo. No bien pronunció estas palabras tuvo que sacar el pañuelo para secarse las lágrimas. Ambos permanecieron silenciosos bastante rato. Al fin aquélla, enjugándose bien los ojos y sonándose con estrépito, dijo:
—Pero ¿cómo fue eso, hijo querido? ¡Explíquemelo! ¿Cómo fue?...
El candoroso joven, que siempre parecía adolescente, permaneció en la misma actitud humilde, como si estuviese esperando el golpe de la cuchilla que había de segarle el cuello.
—Soy muy malo, D.ª Rafaela—articuló dulcemente.—No merezco las bondades con que usted me favorece.
—No le tengo a usted por tal, querido, ni lo tiene nadie... Habrá sido una calumnia...
—No, no es calumnia por desgracia...
Entonces el hijo predilecto de la Iglesia se acercó a la reja, y con labio balbuciente y el rostro encendido se confesó con D.ª Rafaela.
Por no abusar más de su inagotable bondad había tenido precisión de pedir seiscientas pesetas al padre Laguardia, que era quien le perseguía y le había hecho prender.
—¡Pero eso es una picardía!—exclamó la prendera sin poder contenerse.—¿Por seiscientas pesetas le deshonra a usted ese mal sacerdote?
—¡Por Dios le pido que no lo califique así!—profirió el joven con semblante dolorido.—D. Jeremías es muy virtuoso y ha tenido razón para tratarme de ese modo. Mucho más merezco yo...
—¡Qué ha de merecer, cordero de Dios!
—Sí, sí, D.ª Rafaela, por Dios, no me juzgue usted bueno... Soy muy malo... ya verá usted...
La prendera no pudo menos de sonreír llena de benevolencia al ver el calor con que hablaba aquel inocente.
—Vamos, diga usted, criatura, diga usted. A ver qué maldades son ésas.
—¡Sí que lo son!... ¡Ay, señora! La idea de que usted me tiene por mejor de lo que soy me martiriza.
La sonrisa de D.ª Rafaela se hizo más benévola aún y más indulgente.
Godofredo le contó una historia larguísima de un cuñado comerciante que había dado quiebra a causa de cierta fianza. Quedó en la miseria y con nueve hijos. Su hermana, no teniendo pan que darles, le escribía a menudo pidiéndole dinero. Él publicaba artículos en los periódicos católicos y hacía algunas traducciones; trabajaba cuando podía, pero ganaba poco dinero. Los periódicos y las revistas católicas cuentan con escasos recursos. La riqueza se halla en manos de los impíos. Entonces, sabiendo que su hermana y sus sobrinos pasaban hambre, se aventuró a pedir algunas pequeñas cantidades a varios amigos de D. Jeremías, esperando poder devolverlas pronto cuando en La Paz del Hogar, La España Mística y otros periódicos le pagasen lo que le debían. Hizo más. Cometió un pecado gravísimo... un pecado que le costaba trabajo inmenso confesar... D.ª Rafaela le animó a hacerlo, manifestando que el arrepentimiento borra todas las culpas.
—Pues bien, señora—profirió el joven derramando un torrente de lágrimas.—Para pedir ese dinero he usado del nombre del padre Laguardia. ¿No ve usted bien claro ahora que soy un perverso?
—Ese es un pecado, hijo, pero ya sabe usted que el justo peca siete veces al día. Si usted está arrepentido, Dios en su infinita misericordia...
—¡Oh, sí, señora, a la misericordia de Dios he acudido ya!—exclamó Llot con un hondo suspiro que partía el corazón.—En cuanto llegué a este sitio mandé a llamar al capellán de la cárcel, y a sus pies de rodillas he confesado mis pecados.
—Pues si se ha lavado ya en el tribunal de la penitencia no tenga cuidado. Ya veremos de arreglar eso con D. Jeremías.
—¡Oh! D. Jeremías ha hecho bien en perseguirme y en maltratarme de palabra y de hecho. Merezco mucho más.
—¿Pero le ha maltratado de veras?—preguntó sorprendida la prendera.
—Sí, señora; días pasados, en la sacristía de San Ginés, me injurió y me abofeteó delante de varias personas.
—¡Qué escándalo!
—No, no es escándalo, señora. El escándalo ha sido el mío cometiendo un delito. El castigo ha sido muy pequeño para culpa tan grave. Le estoy profundamente agradecido por los golpes que me ha dado y las injurias que me ha hecho, y sólo siento que no hayan sido aún más dolorosos para poder pagar a mi Divino Señor las ofensas que le he inferido.
D.ª Rafaela cruzó las manos y levantó los ojos al cielo con un gesto de viva admiración. Después, convirtiéndolos al cautivo, le miró con asombro y cariño largo rato, embargada por la emoción, como si estuviese en presencia del mismo San Luis Gonzaga.
En efecto, el semblante del joven, rebosando de calma celeste y resignación, merecía un nimbo de luz. Todo era puro, inefable, en aquel semblante radioso. Sus mejillas nacaradas parecían hechas de una materia trasparente a fin de que pudiera verse que aquel cuerpo no contenía ninguna sustancia inmunda: todo era puro, blanco, luminoso. Lo que caracterizaba aquel rostro, lo que resplandecía en sus ojos, en su frente, en sus cabellos, hasta en sus orejas, era una ausencia absoluta de malicia. En sus ojos límpidos, húmedos, brillaba siempre la sonrisa dulce y resignada de los seres que han nacido para víctimas. Había en tal adorable criatura algo de cordero y mucho también de paloma, como si estos dos animales hubiesen cedido de buen grado el uno su resignación, el otro su inocencia, para formarle.
Godofredo Llot no era un muchacho de estos tiempos, como decía muy bien D.ª Rafaela. Merecía haber nacido en un siglo menos escéptico y malicioso. Su naturaleza candorosa, ideal, estaba divorciada de la triste realidad presente, tenía la nostalgia de la Edad Media. En esta edad de fe y entusiasmo debía de haber vivido. Así que, como si presintiera que aquélla era su verdadera época, Godofredo la estudiaba, la fantaseaba sin cesar. Había publicado unos estudios muy notables sobre las Cruzadas, escritos con tal fervoroso estilo que el obispo de Astorga le había mandado su bendición; y en cuantos artículos daba a la estampa seguían saliendo las catedrales góticas, de las cuales vivía profundamente enamorado. Y realmente su rostro angelical, destacándose en aquel momento del tosco capuchón, parecía el de uno de esos monjes ideales que cruzaban misteriosamente por los claustros de los templos góticos para ir a postrarse ante el altar de la Virgen.
Por eso algunos de sus actos que parecían extraños no lo eran, si se atendía a que este joven vivía con el espíritu en otros tiempos más nobles y santos. Cuando D.ª Rafaela, después de haberle confortado con sentidos consuelos y haberle prometido trabajar cuanto pudiera por arreglar el asuntito, se despidió de Godofredo, éste le dijo con rostro humilde:
—¿No me permitirá usted antes de irse besar su mano?
Esto, que sería ridículo en cualquiera, en aquel candoroso joven no lo era.
D.ª Rafaela introdujo su mano derecha por las rejas mientras llevaba la izquierda a la faltriquera, preguntando:
—¿Cuánto necesita usted, querido?
Ahora bien, estos dos actos realizados simultáneamente ¿indicaban que Godofredo después de la mano pedía siempre algún metálico? Si hay algún malicioso que lo conjeture, allá se las haya con su conciencia.
El hijo predilecto de la Iglesia besó con respeto la mano carnosa llena de sortijas de la prendera, y todo ruboroso balbució:
—Si usted me hiciese el favor de veinte duros...
D.ª Rafaela sacó del portamonedas dos billetes de cincuenta pesetas y se los entregó. Después se despidió con muy cariñosas palabras. Pero todavía antes de marcharse le pidió Godofredo otro favor: que oyese una misa por su intención. Y la bondad de ella fue tanta que le prometió oír dos, cosa que Godofredo rechazó, como es natural; pero la buena mujer se empeñó y no hubo más remedio. El joven, embargado por el agradecimiento, rompió de nuevo a llorar.
En cuanto salió de la cárcel se fue la prendera derecha a casa de D. Jeremías. El iracundo presbítero no quiso oírla, ni aun prometiéndole salir por fiadora de las cantidades que Godofredo adeudaba a él y a sus amigos. Juraba y perjuraba que había de llevarle a presidio y prometía ir a verle salir en la cuerda de presos con el mismo placer que si fuese a la misa del Papa. Desde allí fue a visitar al cura de San Ginés y al capellán de las Adoratrices. Tampoco logró nada en favor de su protegido. Estos presbíteros estaban ferocísimos, tanto o más que el prelado doméstico.
Cuando la buena mujer, fatigada, regresó a su domicilio, hallolo turbado por la presencia de Mario, que después de buscarla en vano por todo Madrid había venido a esperarla. El estado del escultor era tan lamentable que la sobrina tuvo que hacer tila y sacar el frasco del antiespasmódico. Cuando D.ª Rafaela le dijo que nada sabía del niño después de haberle besado en el Retiro a eso de las tres, fue acometido de un desmayo. Salió de él en seguida gracias a los cuidados que le prodigaron. Y en cuanto recobró el sentido tomó el sombrero y salió acompañado de D.ª Rafaela. Fueron a su casa. Carlota estaba ya de vuelta y con ella su madre, su hermana, D. Pantaleón y Timoteo. Rivera llegó también a los pocos momentos. La casa era un campo de desolación: no se oían más que lamentos y sollozos. Todos parecían haber perdido la razón menos Carlota. La infeliz madre, blanca siempre como una estatua, no se entregaba a vanos gritos de dolor; ocupábase en disponer los medios de recuperar a su hijo. En aquel momento hablaba con el delegado de policía del distrito. Éste se inclinaba a creer que se trataba de un secuestro.
—Verán ustedes cómo no se pasan muchas horas sin que reciban una carta pidiendo dinero por el niño—decía.
—Le daremos todo lo que poseemos, y si no es bastante no faltará quien nos lo preste.
—Nada de eso. No hay necesidad. Como ustedes sigan mis instrucciones, yo me comprometo a rescatarlo y a echar mano a los bandidos.
—¿Para qué? Mi marido y yo nos quedamos con gusto sin nada y trabajaremos toda la vida por nuestro hijo.
Por si la carta no llegaba convinieron en seguir la pista al cojo que habían visto detrás del niño en el Retiro. El delegado había ya dado las órdenes oportunas. Dos agentes llegaron a decirle que este cojo había salido aquella misma tarde por el ferrocarril de Arganda, montando en la estación que se halla detrás de las tapias del Retiro.
Inmediatamente Mario y el delegado tomaron un coche y se fueron a dicha estación. El delegado interrogó al jefe y a los mozos, y todos convinieron en que efectivamente había salido un cojo de las señas indicadas, pero convinieron asimismo en que no iba con él niño alguno. Este dato los desalentó. Mario quedó profundamente abatido y se dejó caer en un banco mientras el delegado telegrafiaba, por si acaso, a los jefes de las estaciones intermedias y al alcalde de Arganda para que en todo caso le detuviera.
Pero hallándose de aquel modo sentado con la cabeza entre las manos, oyó a un mozo decir a otro que no había visto más niño que uno que llevaba una mujer. El escultor levantó vivamente la cabeza.
—¿Qué señas tenía ese niño?
—Pues yo no he reparado bien... Era rojito él y blanco.
—¿Cuántos años tendría?
—Tampoco puedo decirle... Era pequeñito...
—¿Pero iba en brazos?
—Ca, no, señor; andaba él solo perfectamente. Lo llevaba la mujer de la mano.
—¿Tendría cuatro años?
—Por ahí... por ahí...
Mario se alzó agitado y preguntó con anheló:
—¿Qué traje llevaba?
—Un trajecito azul de pantalón corto y con las piernas al aire.
—¿Y un sombrero claro?
—Sí, señor, y un sombrero blanco.
—¡Es mi hijo!—gritó, y echó a correr al telégrafo, donde se hallaba el delegado.
Éste, al escuchar la relación que trémulo y con palabra entrecortada le hizo, quedose pensativo, llamó al mozo y le interrogó de nuevo:
—Bien puede ser—dijo al fin—que ese cojo haya traído consigo una mujer y le haya entregado el niño para despistar. Telegrafiaremos este dato al alcalde, y mañana, en el primer tren, iremos a Arganda.
Mario se le puso delante con las manos cruzadas en actitud suplicante.
—Por lo que más quiera usted en este mundo, amigo García, le ruego que vayamos ahora mismo.
—¡Pero si no hay tren, Sr. Costa!
—No importa, iremos en coche.
Vaciló el delegado algunos instantes, puso varios reparos, pero al fin, vencido de las súplicas del desgraciado padre, se decidió a ir. El coche que les había llevado a la estación no servía por ser de un caballo. Mientras Mario fue a alquilar otro, el delegado telegrafiaba a los jefes de las estaciones intermedias para cerciorarse de que tanto el cojo como la mujer y el niño no se habían apeado en ninguna de ellas. Se mandó un recado a Carlota; trajeron ropa al delegado y se tomaron las disposiciones necesarias para el viaje. Cuando salieron de Madrid habían dado ya las doce de la noche.
Era clara y fría como suelen serlo las del invierno en la capital de España. El disco de la luna resplandecía sobre la llanura árida que se extiende a entrambos lados de la carretera. La augusta serenidad del cielo tachonado de estrellas no logró mitigar la tortura del artista. Otras veces el magnífico espectáculo de la Naturaleza había sido un precioso calmante para las heridas de su corazón. Mas ¡ay! para la que ahora sentía no hay bálsamo en la tierra.
El sordo rumor de las ruedas y las campanillas de los caballos adormecieron pronto a su compañero. Mario le contemplaba con ira. Su imaginación se revolvía atormentada por el dolor, presentándole mil cuadros aterradores. Su hijo secuestrado, su hijo maltratado, su hijo pasando hambre y frío en cualquiera cueva, su hijo llamándole con acerbo llanto, mientras unas manos brutales le tapaban la boca... ¡Hijo de mi alma!
Se apretaba las sienes con las manos temiendo que fuesen a estallar. De su garganta se escapaba un débil y continuo quejido como el de un animal en la agonía. A ratos empujaba convulsivamente la delantera del coche, como si con este esfuerzo le hiciese correr más. A ratos imaginaba saltar fuera y emprender una carrera vertiginosa para llegar antes. Imposible que el infierno haya inventado un suplicio más cruel.
Las estrellas brillaban. Los árboles que orlaban las riberas del Jarama balanceaban sus negros penachos sobre el fondo azul de la noche. El trote de los caballos y sus cascabeles rompían el silencio de la campiña dormida. La luna esparcía sobre ella su luz suave donde flotaban algunos jirones de niebla. García roncaba.
Llegaron a Arganda después de las tres. Mario se hallaba tan trastornado que quería llamar en todas las casas y preguntar por el secuestrador. El delegado procuró calmarle. Fueron a la del alcalde, y éste se levantó solícito y se prestó a ayudarles en todas las indagaciones. Llamaron al jefe de estación y a los mozos y se averiguó en seguida el mesón donde el cojo paraba. Fueron a detenerle con auto del juez municipal. El hombre recibió tal sorpresa que apenas podía hablar. Esto dio fuerza a las sospechas que sobre él recaían. También la dio el ser ave de paso en el pueblo, pues afirmaba que iba a Colmenar, y había hecho noche allí para arreglar por la mañana cierto asunto con un comerciante de la villa. Se avisó a este comerciante y, en efecto, vino a declarar que era cierto lo que el cojo decía, y que le trataba hacía tiempo y le tenía por una persona honradísima. Mario, a pesar de todo, ansiaba echarle las manos al cuello y apretarle hasta hacerle confesar dónde estaba su hijo.
Se indagó el paradero de la mujer y el niño. Nadie daba razón de ella; nadie la había visto. Se trabajó asiduamente. El pueblo se había puesto en conmoción y muchos vecinos, aunque todavía era noche, salieron a la calle para enterarse. Cuando amaneció las calles se llenaron de gente y todos se convirtieron en agentes de policía para averiguar el paradero del niño secuestrado. El asunto preocupaba sobre todo a las mujeres que no cesaban en sus comentarios. De tal suerte, que en menos de una hora corrieron tres o cuatro novelas por el pueblo. El niño fue hijo de un gran señor que daba diez millones por su rescate; fue un expósito a quien su madre, no pudiendo reclamarlo, hacía secuestrar; fue un huérfano al cuidado de aquel señor que allí estaba y que unos tíos quisieron hacer desaparecer, etc., etc. En los corrillos se saboreaban con deleite estas noticias de gusto romancesco.
Pero en uno de ellos, cerca del cual se hallaban Mario y el delegado, una mujer que acababa de acercarse dijo:
—Pues ayer tarde he venido de Madrid con el niño de D. Ricardo y no he visto esa mujer.
Todos los rostros se volvieron hacia ella. El delegado preguntó inmediatamente:
—¿Pero ha venido usted ayer de Madrid con un chico?
—Sí, señor.
—Pues usted es la mujer del niño.
—¡Yo, señor!—exclamó la infeliz asustada.—¡No lo crea usted! ¡No lo crea por Dios, señor!
—Sí; usted es la mujer del niño... del niño de D. Ricardo... Vamos a ver a ese D. Ricardo ahora mismo.
Y volviéndose a Mario añadió:
—Me parece, Sr. Costa, que ya nada tenemos que hacer aquí. Hemos seguido una pista falsa. Vamos a cerciorarnos de ello y en seguida emprenderemos la marcha otra vez.