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El paraiso de las mujeres / Novela

Chapter 14: X
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About This Book

An outsider named Edwin Gillespie is brought to the capital of an isolated republic where unfamiliar customs and astonishing devices unsettle his expectations. The narrative follows his encounters with local inhabitants and strange machines, alternating adventurous episodes and vivid set pieces with reflective commentary. Themes include cultural contact, gender relations, social organization, and the tensions between tradition and technological modernity, with recurring attention to the emerging art of cinematographic storytelling. The work combines brisk plotting and imaginative invention with satirical and observational passages that probe the possibilities and limits of progress and social reform.

Mientras fingía escuchar el discurso de Flimnap, sus ojos vagaron de un lado á otro examinando los diversos grupos situados sobre la planicie de la mesa. De pronto su atención caprichosa se concentró en el lado donde se aglomeraba la gran masa de sus servidores.

Creyó reconocer á Ra-Ra en uno de los hombres con vestidura femenil que estaban al frente de los siervos medio desnudos. Debía ser indudablemente el propagandista del «varonismo», el rebelde acosado, que, oculto bajo sus velos, se daba el placer de pasar y repasar con diversos pretextos cerca de Momaren, al que parecía tener por el mayor de sus perseguidores.

Le siguió Gillespie con los ojos en todas sus evoluciones alrededor del inmóvil cortejo universitario. Por un momento sospechó si se propondría hacer algo contra el Padre de los Maestros. Luego una luz nueva pareció extenderse por el pensamiento de Edwin.

Se explicó de pronto el motivo de que Ra-Ra odiase al severo Momaren. Este joven resultaba una reducción exacta de su misma persona, y era natural que se mostrase enemigo irreconciliable de aquel personaje igual en todo á la viuda de Haynes.

Pero el gigante olvidó tales pensamientos, atraído por una nueva evolución de Ra-Ra. Retrocedía ahora con lentitud hacia un extremo de la mesa ocupado únicamente por gentes de baja condición: atletas de los que manejaban la máquina monta-platos. Un doctor se fué despegando lentamente del grupo que había precedido á la litera de Momaren y pareció seguir de espaldas, fingiéndose distraído, la retirada de Ra-Ra.

El gigante sospechó que este universitario era la mujer amada de la que había hablado el proscrito en varios pasajes de su historia. Tal vez no se habían visto en muchos meses. El joven doctor acababa de adivinar indudablemente el rostro misterioso que ocultaban aquellos velos púdicos, y parecía conmovido por la primera sorpresa de su descubrimiento.

Sintió Edwin una tierna conmiseración por los dos amantes, un deseo de protegerlos, de facilitar su entrevista, y para ello dejó caer sobre la mesa uno de sus brazos, colocándolo de modo que fuese como una barrera entre el ángulo donde quedaba la pareja con el grupo de servidores forzudos y todo el resto de la planicie.

Los enamorados, al verse protegidos por esta muralla de carne y de lienzo, sin miedo ya á la curiosidad del cortejo universitario, corrieron el uno hacia el otro. El hombre echó atrás sus velos femeniles. Efectivamente, era Ra-Ra. Los dos se abrazaron y empezaron á besarse, sin prestar atención al grupo de atletas, que presenciaban sus arrebatos con impasible estupidez.

Edwin creyó ver que era el doctor quien había tomado la iniciativa, de estas caricias, con una impetuosidad varonil. Pero esto no le produjo extrañeza alguna. Ya estaba acostumbrado á las tergiversaciones de este mundo dominado por las mujeres. Lo que él deseaba era conocer el rostro de la joven universitaria y oir lo que se decían ambos, pero no resultaba empresa fácil.

El profesor Flimnap seguía hablándole. Dulcemente, de los pálidos elogios á sus versos ingleses había ido pasando á una segunda serie de alabanzas para las obras de Momaren, y explicaba con profusión el rango que correspondía á este autor en la historia literaria del país.

Gillespie movió la cabeza afirmativamente para indicar que aceptaba todas las palabras del orador. Luego fijó en el Padre de los Maestros una mirada de vehemente admiración, gracias á la cual pudo recobrar otra vez su prestigio, pues Momaren parecía algo molestado por sus distracciones anteriores.

Con el pretexto de querer oir mejor la luminosa disertación de Flimnap, buscó sobre la mesa el aparato microfónico, introduciéndolo en uno de sus pabellones auriculares. Inmediatamente un huracán aullador chocó contra su tímpano. Era la voz oratoria de su amigo, en torno de la cual parecían enroscarse como suaves lianas las dos voces prudentes y tímidas de la pareja amorosa. Luego, fingiendo interesarse mucho por lo que decía el conferencista, se llevó á un ojo la lente de aumento.

Vió con enormes dimensiones la cara de mistress Augusta Haynes, rematada por su honorífico gorro, y que le sonreía protectoramente, como nunca le había sonreído la verdadera en el lejano país de su nacimiento. Poco á poco fué ladeando la cabeza, y desaparecieron de su redondel de vidrio el Padre de los Maestros, el orador y los grupos universitarios. Como si pretendiese cambiar de postura en su asiento, volvió la cabeza más á la derecha, quedando bajo su radio visual el extremo de la plataforma donde estaban los dos amantes.

Ahora pudo ver con claridad, considerablemente agrandado y en todos sus detalles, al joven doctor que estaba con Ra-Ra. De haberlo descubierto una hora antes, estaba seguro de que la lente se habría caído de su rostro empujada por la sorpresa, siéndole imposible al mismo tiempo contener un grito de asombro. Pero después de haber conocido personalmente á Momaren, se consideraba á salvo de toda clase de emociones.

Entre todas las maravillas vistas en el país de los pigmeos, el rostro de este joven doctor representaba la más enorme y la más grata para él. Pero existe un encadenamiento lógico entre los sucesos extraordinarios, igual al que reúne los hechos de la vida corriente. Desde el momento que Ra-Ra era él, y Momaren era mistress Augusta Haynes, resultaba natural que el joven universitario sólo pudiera parecerse á una persona….

Y contempló con admiración á miss Margaret Haynes, su novia del otro mundo, que á través de la lente amplificadora se mostraba casi con su tamaño ordinario.

Él no había visto nunca á Margaret llevando un gorro de doctor. Tampoco había tenido ocasión de admirarla con pantalones de hombre; pero creyó firmemente que, de haberla visto así, ofrecería las mismas formas esbeltas y atractivas que en el presente momento. En realidad, se sintió satisfecho por primera vez de su viaje á este país, ya que le proporcionaba tan agradable visión.

Le gustó menos ver cómo su novia apretaba las manos de Ra-Ra, mirándose en sus ojos, y cómo interrumpía tan cariñosa contemplación para volver á besarle. ¡Sufrir esto en su presencia!… Pero después de mirar con odio á Ra-Ra se dijo que éste era otro Edwin, y los besos recibidos por el pigmeo le correspondían á él aunque fuese de un modo indirecto.

Con la emoción del encuentro los dos amantes habían olvidado toda prudencia, y empezaron á hablarse en el idioma del país. Luego se fijaron en los atletas que permanecían junto á ellos, dentro del retiro formado por el brazo del gigante, y creyeron prudente valerse de otro lenguaje.

Gillespie oyó claramente cómo los dos seguían el diálogo en inglés.

—¡Qué alegría sentí al verte!—decía el hermoso doctor empleando el lenguaje sagrado de la ciencia con tanta facilidad como Ra-Ra—. Te creía lejos, en uno de esos viajes que tanto me inquietan. Ahora, al encontrarte, me considero feliz; pero no por eso dejo de pensar en tus enemigos. Los del Comité de supresión del antiguo régimen no te olvidan, y sus espías siguen buscándote por la capital. Al venir aquí esta tarde, presentía confusamente que algo nuevo y grato iba á ver en el alojamiento del Hombre-Montaña. Por eso me inspiró una simpatía repentina este gigante. Hasta le encontró en los primeros momentos cierta semejanza contigo. Era, sin duda, el presentimiento de que te habías refugiado bajo su protección…. Pero ¡ay, si llegasen á descubrirte! Cada día preocupas más á esas gentes que te odian.

—No temas, Popito; es difícil que den conmigo. Tu amor y las exigencias de la gran causa á que he dedicado mi vida me hacen ser prudente. Sólo cuando supe que el Padre de los Maestros venía á visitar al gigante me decidí á subir á lo alto de esta mesa con la esperanza de que tú figurarías en el cortejo.

—¡Y yo que no quería venir!—exclamó Popito—. Tu larga ausencia y la falta de noticias me tenían desalentada. Prefería pasar la tarde sumiéndome en el estudio, para no pensar en nuestra situación. Al fin, la curiosidad de ver al Hombre-Montaña y un indefinible presentimiento me arrastraron hasta aquí. ¡Qué desgracia si no hubiese venido!…

La suposición de esta ausencia impresionaba de tal modo á Ra-Ra, que para consolarse volvió á repetir sus abrazos y sus besos.

—¡Oh, Popito!—murmuró con una voz de éxtasis.

Gillespie consideró prudente apartar su mirada de ellos para volverla hacia el imponente cortejo que había venido á visitarle.

—Miss Margaret se llama ahora Popito—se dijo mentalmente—. ¡Qué nombre extravagante!

Pero á continuación pensó que él se llamaba Ra-Ra, y la grave viuda de Haynes era en este país el Padre de los Maestros, jefe supremo de las universidades, y además escribía versos.

Buscó otra vez la mirada protectora de Momaren, quedando medianamente satisfecho al ver que los ojos de éste parecían amonestarle por su reciente distracción. Flimnap continuaba dejando correr el chorro de su oratoria didáctica. Explicaba en estos momentos los diversos y brillantes períodos de la literatura nacional, aproximándose con la lentitud de un estratega prudente á la conclusión de que todo lo que habían producido varias generaciones de escritores era simplemente para preparar el advenimiento de Momaren. Pero aunque Gillespie hacía esfuerzos por enterarse de la disertación, inclinaba al mismo tiempo su cabeza del lado de los amantes, deseoso de oir su diálogo.

La voz de la invisible Popito, algo desfigurada por el aparato microfónico, evocó en su memoria el recuerdo de la voz dulce y graciosa de miss Margaret.

—Mi madre se opone—decía—, bien lo sé; pero yo te amo, y verás cómo al fin triunfaremos, consiguiendo nuestra felicidad.

¡Lo mismo que la otra!… El gigante creyó estar aún en el Gran Parque de San Francisco escuchando por última vez á miss Margaret, y al ver bajo sus ojos á tantos ciudadanos de aquel pueblo diminuto que le tenía sujeto á la más grotesca de las esclavitudes, impidiéndole volver á la tierra natal, donde á lo menos le era posible admirar de lejos á la mujer amada, sintió un deseo vehemente de levantar los puños, aplastando con unos cuantos golpes á toda la universidad femenina.

Su propia voz saliendo de la boca de Ra-Ra le distrajo por algún tiempo. El joven hablaba con entusiasmo, y Popito, á pesar de que vivía en la triunfante República de las mujeres, mostraba al escucharle una supeditación de hembra feliz que desea verse dirigida y únicamente pide amor. Era igual á las mujeres descritas por el doctor Flimnap que vivían en las épocas anteriores á la Verdadera Revolución.

Ra-Ra contaba las últimas aventuras de su existencia errante y sus trabajos para destruir el despotismo femenino. Creía en un triunfo próximo con la fe de los visionarios, que siempre colocan la victoria de sus ideales dentro de breve plazo. Tan conmovido estaba por su vehemencia, que hasta llegó á olvidarse del sexo de su única oyente. Todas las abominaciones de la época actual las atribuía á las mujeres, describiendo á continuación el período de justicia y de bienestar que seguiría al triunfo de los hombres.

Como había sufrido mucho, su rencor de perseguido exigía venganzas. El nombre de Momaren iba á figurar entre los primeros culpables que castigaría la futura Revolución.

—No—protestó Popito—. Acuérdate, Ra-Ra, que el Padre de los Maestros es mi padre.

—Di tu madre, para hablar lógicamente—repuso el joven.

—Sí, mi madre, conforme á los usos del antiguo régimen, y yo te pido que la respetes. Momaren tiene un alma generosa. Su único defecto consiste en ser tradicionalista y aceptar todas las ideas de su época.

Gillespie no experimentó extrañeza al oir esto. Le parecía extremadamente lógico, y hasta se asombró de que no se le hubiera ocurrido antes. Siendo mistress Augusta Haynes el Padre de los Maestros, era natural que Popito fuese su hija. ¿Cómo iría á terminar toda esta historia empezada al otro extremo de la tierra para reproducirse aquí en proporciones de burlesca exigüidad, pero con un carácter más dramático y peligroso?…

Un mugido gigantesco penetró por su conducto auricular, haciéndole salir de su actitud reflexiva. El profesor Flimnap gritaba á toda voz:

—¿Qué opina usted de lo que digo, gentleman?

Había formulado tres veces la misma pregunta, sin obtener respuesta, y los doctores jóvenes, más revoltosos, empezaban á reir del silencio del gigante y de la confusión del conferencista.

Engañado por la fijeza de los ojos de Gillespie, el traductor había osado dirigirle la tal pregunta convencido de que le escuchaba con atención. Luego tuvo que repetirla dos veces más, mientras á su lado el ilustre jefe de la Universidad se agitaba en su asiento nerviosamente, considerando como una ofensa la actitud distraída del gigante.

—¿Qué decía usted, querido profesor?—preguntó Edwin con la expresión de un hombre que despierta.

Estas palabras aumentaron las risas en el doctorado joven. Algunos universitarios se encogían y achicaban para lanzar carcajadas con toda libertad al amparo de las espaldas de sus vecinos. Querían aprovechar la ocasión para reirse sin peligro del temible Momaren. Este, con las mejillas enrojecidas y la nariz más encorvada que nunca, arañó los brazos de su sillón, mientras el buen Flimnap, avergonzado por el incidente, balbucía sus explicaciones.

—Le pregunto, gentleman, si después de haber escuchado lo que dije sobre los diversos períodos de nuestra literatura no cree usted que el poeta Momaren resulta el más eminente de todos en el género sentimental.

—Es indiscutible—respondió el coloso—, y sólo los ignorantes pueden opinar lo contrario.

Esta respuesta devolvió en parte su tranquilidad al Padre de los Maestros, pero todavía sonaron algunas risas entre la gente joven, aunque menos audaces por ir dirigidas concretamente contra la persona del jefe supremo.

—Vámonos, profesor—ordenó á Flimnap—. Estamos cansando con una visita demasiado larga á este pobre gigante, que no parece de un vigor intelectual en armonía con su estatura. Despídame de él; dígale que he tenido mucho gusto en conocerle.

Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes á profesor que sostenían la cola de su toga. También corrieron los portadores de su litera para empuñar los brazos de esta caja portátil. Todo el cortejo universitario, que ya empezaba á fatigarse de una visita larga y sin incidentes, se aglomeró en los escotillones para deslizarse por las cuatro rampas arrolladas á las patas de la mesa.

Flimnap se despidió de su protegido con breves palabras:

-Vendré mañana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece su atención.

Lo que el catedrático deseaba era volver al lado de Momaren. El entrecejo de éste y su boca tirante y desdeñosa le infundían terror. Se inclinó ante él cuando iba a entrar en su litera, y el eminente personaje le dijo con frialdad:

-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montaña, pero sin ningún sentido crítico. En cuanto á sus versos, ya sabe mi opinión: muy flojos; casi diría que son malos.

Fué á meterse en la caja portátil, pero todavía retrocedió para comunicar á su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una cólera sorda y fría había registrado su memoria más profundamente que la vanidad halagada.

-Ya sé á quién se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las guerras antiguas que se creía un grande hombre. No es una semejanza que haga simpático á su Gentleman-Montaña.

Y después de decir esto se metió en su litera, satisfecho de la confusión y la alarma en que dejaba al buen profesor.

Gillespie, mientras tanto, había levantado el brazo que servía de refugio á los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario había abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigió hacia uno de los escotillones, despidiéndose antes de Ra-Ra con varios besos.

—Volveré—dijo apresuradamente, ahora que conozco tu escondrijo.
Pretextaré un deseo de estudiar de cerca el modo de vivir del gigante.

Después de tales palabras quiso correr, pero se vió detenida en mitad de su carrera por un obstáculo. El Hombre-Montaña había colocado una de sus manos sobre la mesa, manteniéndola en posición vertical, con el pulgar en alto.

Tropezó la joven con los almohadillados carnosos de su palma, y al mismo tiempo una voz enorme que se esforzaba por ser dulce llegó á sus oídos desde lo alto:

-Doctor Popito, puede usted volver cuando quiera: el Hombre-Montaña la invita. Si Momaren es el Padre de los Maestros, yo deseo ser el Padre de los Enamorados.

IX

Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el gobierno de las mujeres

Cuando el bondadoso Flimnap se presentó al día siguiente, Edwin le hizo una pregunta que tenía preparada desde la tarde anterior.

Adivinó que el profesor hembra le traía buenas noticias, a juzgar por la expresión alegre de su rostro; pero antes de que se enfrascase en su relato y tal vez en la manifestación de sus tiernos sentimientos, quiso satisfacer la propia curiosidad.

-Dígame, doctor: ¿Momaren tiene una hija?

Al oir estas palabras, Flimnap perdió su alegre gesto. No se acordaba en aquel momento del mencionado personaje, y la pregunta del gigante resucitó en su memoria las molestias y los temores del día anterior.

-Sí, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros decimos, un hijo, que pertenece á la Universidad y podría ser una de sus mejores glorias. Pero el doctor Popito, además de proporcionar al Padre de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un pasado de sucesos muy tristes.

Viendo que Flimnap callaba, el gigante indicó con un gesto su deseo de saber algo más; pero el universitario se negó á seguir hablando si no se colocaba antes en una oreja aquel aparato que permitía oir las voces más tenues. Temía contar á gritos la historia de las desgracias familiares de su poderoso jefe. Una indiscreción de tal clase aumentaría la frialdad que le mostraba Momaren después de lo ocurrido en la tarde anterior.

Sólo al ver que Gillespie hacía uso del micrófono, siguió diciendo en voz baja:

—La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre, entregándose á esa pasión absorbente y martirizadora que llaman amor. Hace veinticinco años, cuando aún no era jefe de la Universidad, pero ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una cátedra de Historia política, se enamoró de un hombre.

No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del afecto de Momaren. Por el contrario, apenas sabía leer y escribir, pero era un buen mozo y disponía á su capricho de todas las artes que cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar á las pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve á su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse de tan diabólicas asechanzas.

Momaren, que aspiraba á ser un asceta del estudio, dedicando á la ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban la concentración silenciosa del pensamiento, fué débil, y cayó vencido, como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres años se consideró el profesor más feliz de la República porque tenía á su lado á este hombre seductor y diabólico.

No era aún Padre de los Maestros, pero fué padre de Popito, que nació al año de esta unión.

El caprichoso joven no pudo acostumbrarse á la gravedad amorosa del profesor, á la calma de su casa, y un día se fugó con una cómica, célebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.

Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido más de él. Pero el ilustre Momaren quedó herido para siempre después de esta traición, y muy pocos le han visto sonreir.

El dolor es el agua que riega los jardines de la poesía y hace crecer sus árboles más lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la mala acción de aquel aventurero sirvió para que Momaren produjese sus mejores obras. Como usted notó durante la lectura de sus versos, este gran poeta sólo canta armoniosamente al recordar sus dolores.

La educación de Popito le entretuvo durante los años de su infancia y su adolescencia. Pero ahora Popito es una mujer completa, un doctor de gran porvenir, y si el Padre de los Maestros puede darle órdenes como jefe en los asuntos universitarios, no le puede imponer su voluntad dentro de la familia.

Para Momaren, la mejor de las esperanzas era que su hijo viviese como él no supo vivir: observando el celibato, que conviene á toda mujer de estudios, pensando únicamente en la gloria propia y en el porvenir de la humanidad, sin caer nunca bajo la tiranía del hombre. Un sabio que desea ser verdaderamente fuerte necesita despreciar el amor. Pero Popito ha resultado completamente distinta á las ilusiones de su padre. Debe tener un alma igual á la de aquel aventurero enamoradizo y caprichoso que abandonó al más alto de nuestros sabios para irse con una cómica. Es de las pobres mujeres que consideran necesarios para su vida el hombre y el amor.

De seguir los consejos de su padre, la veríamos antes de pocos años sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma débil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los primeros días de la Verdadera Revolución lloraban é intercedían por los varones. Por eso desprecia la más eminente posición universitaria de nuestro país, prefiriendo vivir con un hombre amado, en cariñosa servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejándose despojar de los derechos de superioridad que le confirió, por ser mujer, nuestra victoria revolucionaria.

Su detuvo el profesor para añadir con timidez, bajando aún más el tono de su voz:

—Por desgracia, gentleman, yo tengo cierta culpa de la frialdad con que acoge Popito los sabios consejos de su padre. Esta muchacha ama á un hombre, y yo, sin darme cuenta, hice que los dos se conociesen.

La interrumpió Gillespie con una voz que para él era casi un susurro:

—Lo sé, profesor; el hombre se llama Ra-Ra….

—¡Más bajo, gentleman!—dijo el traductor—. Ese nombre no le conviene á nadie repetirlo en los presentes momentos. Digamos «él» simplemente, y nos entenderemos lo mismo. ¿Cómo le ha conocido usted?

Gillespie inventó una historia para hacer creer al profesor que por un azar había conocido á Ra-Ra, contra la voluntad de éste, llegando al fin á ver su rostro.

—¡Imprudente!—murmuró Flimnap, refiriéndose á su protegido—. Hay que ver cómo lo buscan por toda la capital. Muchas veces quise abandonarlo á su suerte, en vista de sus absurdas predicaciones contra el excelente gobierno de las mujeres, ¡pero le quiero tanto!… Lo conozco desde niño. Además, en los últimos días ha aumentado mucho mi afecto hacia él. ¿Se ha fijado, gentleman, cómo se le parece á usted?…

Gillespie siguió contando el encuentro de Ra-Ra y Popito sobre su mesa en la tarde anterior, y cómo, extendiendo uno de sus brazos, creó un refugio para que los dos amantes se hablasen entre caricias.

—¡Imprudentes!—volvió á repetir Flimnap—. Ahora comprendo por qué se mostraba usted tan distraído y no contestó á mis preguntas. ¡Qué atrevimiento!… Tener una entrevista de amor á corta distancia del Padre de los Maestros, que odia á Ra-Ra y desea suprimirle, pues cree que es el único culpable del despego que le muestra su hija….

A pesar de las grandes muestras de escándalo que provocaba en Flimnap la audacia de los dos amantes, se notó en su voz cierta admiración. Unos días antes su protesta hubiese sido sincera, pero después de conocer á Edwin pensaba de distinto modo, mostrando veneración por todos los que sacrificaban la seguridad y las comodidades de su existencia en pro de un amor.

—Me asombro de su atrevimiento, gentleman, pero ¡quién sabe si estos enamorados valerosos ven la realidad mejor que nosotros y conocen los goces de la vida más que los prudentes!… Yo, gentleman, tal vez hubiese sido como ellos, pero nunca tuve ocasión de conocer el amor. Mi mundo no me daba facilidades para enamorarme. Siempre he soñado con dedicar mi ternura á algo muy alto, muy extraordinario, que estuviera por encima de las cabezas de los demás mortales…. Pero antes de que usted viniese esto equivalía á soñar con lo imposible.

Se ruborizó Flimnap, creyendo haber dicho demasiado, y miró á través de su lente el rostro del gigante. Este permanecía impasible, como si no la hubiese entendido, y el profesor juzgó oportuno no insistir. Por el momento bastaba esta insinuación; más adelante se expresaría con mayor claridad. Y pasó á hablar de aquellas noticias que dilataban de gozo su cara bonachona cuando entró en la antigua Galería de la Industria.

—Usted no puede estar metido aquí siempre, pues eso acabaría con su salud. Se lo he dicho al presidente del Consejo Ejecutivo, á muchos senadores, al gobierno municipal de la ciudad y á todos los periodistas que conozco, excelentes muchachas, que ahora me prestan alguna atención, después de no haberme hecho caso nunca, y se dignan repetir en sus artículos todo lo que me oyen. En una palabra, gentleman: he creado un movimiento de opinión á favor de usted para que su vida sea más higiénica y divertida.

El gobierno me ha autorizado para que forme un programa de diversiones. ¿Qué es lo que usted desea?… Yo, espontáneamente, me he atrevido á proponer varias. Quiero que un día le dejen visitar la capital. Esto es más difícil que parece á primera vista. Habrá que suspender la circulación en las calles para que usted, al marchar, no aplaste á unos cuantos centenares de transeuntes y para que nuestros vehículos terrestres no le corten los pies con sus ruedas. La gente sólo le verá desde las ventanas y los tejados.

Como le digo, esto no es fácil, y sólo puede realizarse después que se reúna el gobierno municipal y decrete la suspensión del tráfico por unas horas.

También he hablado al ministro de la Guerra, y está dispuesto á enviarle un batallón de muchachas, las más jóvenes y ágiles, para que hagan maniobras sobre esta mesa y ejecuten varias danzas guerreras. Otras diversiones tengo pensadas, pero sólo podrán realizarse más adelante, pues exigen larga preparación.

El recreo más inmediato será mañana. Usted necesita el aire del campo, dar un paseo digno de sus piernas, y el gobierno me ha autorizado para que le lleve al parque secular, donde nuestros antiguos emperadores se dedicaban á la caza durante sus veraneos. Tres días de viaje echaban aquellos déspotas en sus pesadas carretas para llegar á dicha selva, poblada de toda clase de animales feroces. Ahora, con nuestros vehículos automóviles, vamos en tres horas, y usted, gentleman, tal vez haga el camino en menos tiempo.

Verá usted cosas maravillosas en aquellas frondosidades, que, según la credulidad de nuestros remotos abuelos, fueron habitadas por los primeros dioses. Encontrará árboles casi de su estatura y tal vez bestias de caza muy interesantes.

Edwin aceptó la invitación con entusiasmo. Deseaba conocer algo más que el eterno espectáculo de la capital vista por los tejados, y el río, en el que únicamente le permitían moverse dentro de un reducido espacio.

Pasó la noche inquieto por esta novedad, despertándose con frecuencia, y apenas hubo empezado á apuntar el alba salió de la Galería, encontrándose con que el profesor Flimnap le aguardaba ya acompañado por dos individuos más del Comité de recibimiento del Hombre-Montaña. Un destacamento de amazonas armadas con arcos llenaba tres vehículos enormes, sin duda para recordar al gigante que no era mas que un prisionero.

Las dos máquinas voladoras que permanecían día y noche sobre el enorme edificio abandonaron su inmovilidad, lanzándose á través del aire como para indicar la dirección al cortejo terrestre.

Caminó el gigante unas tres horas en pos del automóvil donde iba su traductor, rodando detrás de él los otros vehículos llenos de soldados. Al entrar en la selva se hundió en una arboleda que tenía siglos y sólo le llegaba á los hombros, pasando muy contadas veces sus ramas por encima de su cabeza. Los vehículos marchaban por caminos abiertos entre las filas de troncos, pero el gigante, al seguirlos, tropezaba con el ramaje en forma de bóveda, acompañando su avance con un continuo crujido de maderas tronchadas y lluvias de hojas.

La escolta tuvo que quedarse en el antiguo palacio de caza de los emperadores, que casi era una ruina, y Gillespie se lanzó á través de lo más intrincado de la selva, aspirando con deleite el perfume de vegetación prensada que surgía de sus pasos.

Del fondo de la arboleda se elevaban nubes de pájaros, unas veces en forma de triángulo, otras en forma de corona, siendo las más grandes de estas aves del volumen de una mosca. Todos los habitantes de la selva adormecida escapaban asustados al sentir la aproximación de este monstruo inmenso. Bajo sus pies morían á miles las flores y los insectos; cada una de sus huellas era un cementerio vegetal y animal. Las grandes bestias de caza, del tamaño de ratas, capaces de poner en peligro la vida de un cazador pigmeo, corrían en galope furioso, temerosas y encolerizadas á la vez por la intrusión de esta montaña andante, que podía aplastarlas con sus piernas, tan gruesas como los troncos de los árboles más antiguos.

Gillespie vió jabalíes de erizado pelaje y ciervos de complicadas y altísimas astamentas, que parecían datar de los tiempos en que cazaban los emperadores. Estas bestias de terrorífico aspecto hacían temblar de emoción al profesor Flimnap, á pesar de que las contemplaba desde una altura prodigiosa. El gigante, al salir del palacio ruinoso para correr la selva, había creído prudente llevar con él á su traductor.

—Así me acompañará alguien de la Comisión encargada de velar por mi seguridad.

Y puso al catedrático sobre su pecho, aposentándolo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde antes guardaba el pañuelo perfumado que había sido el asombro de las damas masculinas en el palacio del gobierno.

Flimnap, asomado al borde del bolsillo, casi lloraba de miedo cada vez que el gigante extendía una mano pretendiendo apresar en plena carrera á alguna de aquellas bestias amenazantes dominadoras de la selva.

—¡No, gentleman!—gritaba—. ¡Tenga cuidado! En este momento recuerdo que uno de nuestros viejos cronistas relata cómo una fiera de esta clase mató, hace quinientos años, al emperador Deffar Plune, valeroso cazador.

Pero el gigante, excitado por los perfumes silvestres y sintiendo renacer su vigor con este deporte extraordinario á través de una selva que tal vez tenía mil años y no era más alta que su cabeza, rió del miedo de la traductora y de los emperadores de cinco siglos antes.

En una replaza abierta entre espesos árboles persiguió á un jabalí, que, al verse acorralado, le acometió con espumarajos de rabia, pretendiendo hundir sus colmillos en el cuero de sus zapatos. Pero una patada del gigante lo envió por alto, yendo á estrellarse contra un árbol copudo y robusto semejante á un cedro. Luego, en un sendero, agarró á un ciervo en mitad de su fuga veloz y lo subió á la altura de su pecho, colocándolo á corta distancia de Flimnap, de modo que el asustado animal, al mover la cabeza, casi le tocaba con las puntas de su cornamenta.

El profesor cayó desmayado de miedo en el fondo del bolsillo, mientras el gigante volvía á inclinarse sobre la tierra para dejar al ciervo en libertad.

Tuvo que atender á su traductora, sacándola de su refugio, después de esta broma un poco ruda. Se sentó en el suelo, rompiendo bajo su peso varios árboles. Luego metió una mano en un arroyo próximo, pasando dos dedos sobre la cara de su acompañante. Esta empezó á despertar bajo la caricia húmeda.

—¡Oh, gentleman!—suspiró con acento de reproche—. ¿Por qué me ha dado ese susto?… ¡Yo que le amo tanto!

A pesar de este tono de queja, se notaba en su voz y en sus ojos una expresión adorativa, como si estuviese dispuesta á sufrir nuevos terrores á cambio de contemplar la majestuosa autoridad que ejercía su amigo sobre una selva donde habían temblado de emoción tantos cazadores valerosos.

El gigante la dejó por unos momentos sentada al borde del arroyo, para meterse otra vez entre los árboles.—Quiero llevarme un recuerdo de esta visita—dijo á Flimnap.

Y el profesor vió cómo cogía con ambas manos un árbol que le llegaba á la cintura, empezando á moverle á un lado y á otro, cual si pretendiese arrancarlo del suelo.

Una nube de hojas envolvió al gigante. Varios pájaros se escaparon lanzando chillidos. El árbol crujía cada vez más ruidosamente, hasta que al fin se rompió junto á las raíces. Gillespie fué tronchando sus ramas, y así pudo fabricarse un bastón que más bien era una cachiporra, gruesa de abajo, delgada de arriba y con varias púas que marcaban el ramaje roto.

Hizo un molinete con el tal bastón, que estremeció á los árboles inmediatos, extendiendo una brisa ondulatoria sobre gran parta de la selva. Se sentía con esta cachiporra en la diestra menos esclavo de los pigmeos. Sonrió pensando que hasta era capaz de echar abajo el par de máquinas aéreas que le vigilaban haciendo evoluciones sobre su cabeza. Un simple garrotazo podía acabar con las dos si es que volaban, como otras veces, cerca de él para tenerle al alcance de su lazo metálico.

Al cerrar la noche volvió el Hombre-Montaña á su alojamiento. Tanta era su alegría después de esta excursión, que durante el camino de regreso, influenciado por la dulzura del atardecer, empezó á cantar mientras marcaba el paso, llevando sobre un hombro el árbol convertido en garrote.

Su canción era una marcha belicosa de las que entonaba el ejército americano durante la guerra en Francia. Cuando se fatigaba de cantar silbaba, y todos los del cortejo, contagiados por su alegría, intentaban imitarle. Las muchachas de la escolta, no menos regocijadas y enardecidas por la excursión, acompañaban el canto del gigante golpeando sus casquetes con sus espadas. Las aviadoras de larga pluma coreaban la canción ó los silbidos desde sus máquinas aéreas, que flotaban muy cerca de Gillespie. Los habitantes de las cabañas y de los pueblecitos corrían hacia el camino, atraídos por esta música ruidosa que parecía venir de las nubes.

Aquella noche el profesor Flimnap escribió un largo informe dirigido á sus superiores, en el que relataba la alegría del prisionero, insistiendo sobre la necesidad de proporcionarle diversiones para que gozase de buena salud. Así los sabios del país podrían enterarse, gracias á sus confidencias, de la civilización de los Hombres-Montañas.

Después de redactar este documento sólo durmió unas horas. Debía partir al amanecer en la máquina volante que hacía el viaje á una de las ciudades más lejanas de la República. Le aguardaban allá para que diese, ante un público inmenso, otra de sus conferencias sobre el coloso.

Éste, fatigado por su excursión del día anterior, y sabiendo que Flimnap no vendría á verle, se levantó tarde. Pasó dos horas en el río, dedicado á su limpieza corporal, divirtiéndose al mismo tiempo en arrojar manotadas de agua á la orilla de enfrente, donde los curiosos se arremolinaban y huían riendo de estas trombas líquidas.

Cuando subió á su vivienda, vió que la servidumbre trabajaba ya en torno de las cocinas, preparando el gigantesco almuerzo.

Ocupó Edwin su escabel, apoyando los codos en la mesa; pero al abarcar con su vista la planicie de madera, tuvo un agradable encuentro. Había alguien más que los atletas que dormitaban junto á la grúa. Sentados en el lomo del libro de poesías traído por Flimnap, y que hacía ahora oficio de banco, vió á Popito y á Ra-Ra. Los dos amantes conversaban con las manos unidas y mirándose á corta distancia.

—No se molesten ustedes—dijo el gigante—. Continúen.

Pero estas palabras resultaban irónicas, pues ninguno de los dos se había movido al llegar el Hombre-Montaña ni parecieron enterarse de su presencia.

Gillespie no pudo ofenderse por este egoísmo, propio de enamorados. También él cuando había conseguido una entrevista con miss Margaret en un paseo de Nueva York ó en un jardín de California, era capaz de no mostrar el menor interés ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase por su lado el presidente de la República. El amor tiene bastante con sus propios asuntos y no deja espacio á las otras curiosidades de la vida.

—Ha hecho usted bien, doctor Popito—continuó alegremente—, en aprovecharse cuanto antes de mi permiso. Hablen todo lo que quieran. Aquí tienen al Padre de los Enamorados, que los defenderá del Padre de los Maestros y de todos los Consejos que intenten su persecución. Sobre esta mesa pueden considerarse más seguros que sobre la más alta montaña. Me basta dar un puntapié á sus patas para demoler todos los caminos de subida, cortando el paso á los perseguidores.

Los dos amantes agradecieron al Gentleman-Montaña su protección. Pero á pesar de esta gratitud, se adivinaba en ellos que hubiesen preferido verse solos, sin la obligación de conversar con el gigante.

Gillespie también excusó tal egoísmo; lo mismo le ocurría á él cuando hablaba con miss Margaret. Pero aquella mañana sentía un vivo deseo de ponerse en comunicación con estos dos seres que reproducían su propia existencia como una miniatura reproduce un rostro humano.

—Desde que tuve el gusto de conocerle, doctor Popito—continuó—, llevo en mi memoria una pregunta, y aprovecho la oportunidad para que me la conteste. ¿Cómo usted, una mujer, ama á este hombre terrible que desea la derrota del gobierno femenino y que la sociedad vuelva á estar constituída como antes de la Verdadera Revolución?…

—Le amo—dijo Popito—por lo mismo que soy mujer y quiero continuar siéndolo. No crea, gentleman, que todas las de mi sexo en este país estamos contentas de la tiranía de nuestro gobierno y de la situación abyecta en que mantiene al hombre, haciendo de él un vencido. Del mismo modo que entre los varones se va formando el partido masculista, entre nosotras surge un movimiento de protesta dirigido por las mujeres que aspiran á una vida dulce y de concordia entre los sexos: una vida sin violencias, sin que ninguno de los dos grupos en que se divide la humanidad impere sobre el otro ni abuse de él. No queremos que el hombre sea el déspota de la mujer, como en otros tiempos; pero tampoco que la mujer sea el tirano del hombre, como en la actualidad. ¿Por qué no pueden ser iguales los dos, manteniéndose en inalterable armonía gracias á la dulzura y, sobre todo, á la tolerancia?…

Además, gentleman, yo, como dice mi padre y otras mujeres intransigentes, tengo un alma de esclava, porque á todas ellas les parece una esclavitud no ser las primeras en cualquier momento y no poder dominar y maltratar al ser que marcha á su lado. A mí, la libertad á solas, la independencia áspera y egoísta, no me seducen. Necesito vivir acompañada, verme protegida, apoyarme en alguien, y sólo pido que, á cambio de mi sumisión cariñosa, me respeten, se muestren ciegos para mis defectos y, sobre todo, me amen.

Somos ya muchas las que pensamos así. Tres generaciones de mujeres han vivido como embriagadas por su triunfo, vengándose de un largo pasado de esclavitud con disposiciones atroces. Nosotras no tenemos nada que vengar; hemos nacido dentro de unas familias en las que el hombre ocupa una situación inferior y humillante, y esto nos hace ver el presente con más claridad y más independencia que pueden verlo nuestros progenitores. Es la reacción inevitable después de un período de violencias, el retroceso al buen sentido después de un avance exagerado.

—Pero su Ra-Ra—dijo el gigante—tiene otros pensamientos. Sueña con repetir á favor de los hombres todas las violencias que realizaron las mujeres al ocurrir la Verdadera Revolución.

—No crea usted sus palabras—dijo Popito con dulzura—. Ra-Ra es bueno, aunque parezca amargado y cruel por las persecuciones de que se ve objeto…. Yo estoy á su lado, y cuando el amor une verdaderamente á dos seres, el hombre sólo es perverso si la mujer se lo consiente.

Hubo una larga pausa. Mientras Popito hablaba, su amante, con la vista baja, parecía reflexionar.

—Además—continuó ella—, ¿cuándo triunfará Ra-Ra?… Yo lo deseo, aunque esta victoria signifique la desgracia de mi padre y la desaparición del gobierno de las mujeres. Así podría vivir tranquila, sin las angustias que sufro actualmente, pues temo de un momento á otro ver preso y condenado á muerte al hombre que amo. Pero ¿es posible esa victoria?… Cada vez la veo más lejana. Las mujeres triunfaron tal vez para siempre al apoderarse de la fuerza.

Las palabras de Popito hicieron que Ra-Ra saliese de su abstracción. Tomó un aspecto de inspirado, de conductor de muchedumbres, una actitud heroica, que contrastaba con sus vestiduras femeniles.

—Nuestro triunfo llega—dijo con voz sorda—. Están contados los días de la tiranía de las mujeres. Anoche recibí grandes noticias. Un esclavo de la servidumbre de nuestro gigante me entregó un papel que le había dado otro esclavo venido de una de las ciudades más remotas de la República. El número de nuestros adeptos aumenta. Tal vez somos ya un millón.

Pero el número representa poco. Lo que vale es el trabajo de los hombres inteligentes que desean emanciparse de una vida de harén y apelan al estudio como único medio de conseguir la libertad.

Hemos encontrado á un octogenario que de joven hizo la guerra con el generalísimo Ra-Ra, mi heroico abuelo. Este anciano conoce el mecanismo de todos los aparatos de combate que se conservan en las universidades. Acuérdate, Pepito, que tú y yo, cuando éramos muchachos y vivíamos en la Universidad, nos hemos deslizado ocultamente en los almacenes de la Facultad de Historia para ver de cerca las bestias de acero, gloriosas y mudas, sin poder adivinar cómo funcionaron en otros tiempos….

—Pues bien—continuó Ra-Ra con entusiasmo después de una larga pausa—, ese anciano lo sabe; ese guerrero escapado á la venganza de las mujeres prepara la resurrección de un mundo de honor caballeresco y de heroísmo, comunicando sus conocimientos á los jóvenes.

—¿Y de qué puede servirles todo eso?—interrumpió Gillespie—. Yo conozco la historia de este país, que usted parece haber olvidado…. ¿Y los rayos negros?

Ra-Ra levantó los hombros con una expresión de menosprecio.

—¡Oh, los rayos negros!—dijo al fin—. El invento de una mujer bien puede sobrepujarlo el invento de un hombre. Nuestros sabios trabajan…. y no quiero decir más. Vamos á encontrar algo que nos dará la victoria, y yo vendré á salvarle, gentleman, antes de que ordene su muerte el gobierno de las mujeres.

X

En el que se ve cómo el Hombre Montaña conoció al fin la Ciudad-Paraíso de las Mujeres, y la deplorable aventura con que terminó esta visita

Después de numerosas peticiones al municipio de la capital y de no menos entrevistas con los personajes allegados al gobierno, consiguió Flimnap ver aceptado el programa de diversiones que había ido formando para recreo de su amigo el gigante.

Una noche guió al Gentleman-Montaña hasta una colina desde cuya cumbre se podían contemplar verticalmente dos grandes avenidas de la capital. Gillespie encontró interesante el hormiguero que rebullía y centelleaba bajo sus pies.

Un resplandor de aurora ligeramente sonrosado iluminaba las calles, sin que él pudiese descubrir los focos de donde procedía. Tal vez emanaba de misteriosos aparatos ocultos en los aleros de los edificios. Pero lo que más admiró fué el continuo tránsito de los vehículos automóviles. Todos afectaban formas un poco fantásticas del mundo animal ó vegetal, llevando en su parte delantera faros enormes que fingían ser ojos y cruzaban el iluminado espacio con chorros de un resplandor todavía más intenso.

La Ciudad-Paraíso de las Mujeres le pareció muy grande y digna de ser visitada.

—No tardará usted en verla toda—dijo el profesor—. Ya tengo el permiso del gobierno. Aprovecharemos la gran fiesta de los rayos negros.

Y fué explicando á Gillespie sus gestiones para conseguir esta autorización y el motivo de que el gobierno hubiese fijado para dos días después la visita del Hombre-Montaña á la capital.

Había que aprovechar una conmemoración histórica, porque en tal fecha la mayor parte del vecindario abandonaba sus viviendas para visitar cierto templo de las inmediaciones. Era el glorioso aniversario de la invención de los rayos negros, considerada como el origen de la Verdadera Revolución. Todos en dicho día querían ver la casita y el laboratorio donde la benemérita sabia había hecho su descubrimiento: modestos edificios cubiertos ahora por la techumbre de un templo majestuoso, en torno del cual se extendían vastísimos jardines.

La capital casi quedaba desierta después de mediodía. Únicamente las personas de distinción continuaban en sus casas ó se reunían en aristocráticas tertulias, para no mezclarse con la gente popular. El resto del vecindario acudía á la peregrinación patriótica, y hasta los hombres se agregaban á la fiesta, sin acordarse de que la inventora de los rayos negros había sido su peor enemigo.

Una gran feria, abundante en diversiones para la muchedumbre, ocupaba los jardines del templo. De lejanas ciudades llegaban por el espacio flotillas de aparatos voladores, depositando en el lugar sagrado nuevos grupos de peregrinos.

El profesor Flimnap, de acuerdo con los individuos del gobierno municipal, había compuesto un programa dando á la vez satisfacción á la curiosidad del gigante y á la curiosidad del pueblo. Gillespie debía colocarse en las primeras horas de la mañana á la entrada de la ciudad, en el camino conducente al templo de los rayos negros. Así le podría ver todo el vecindario mientras marchaba á la peregrinación nacional. Cuando la muchedumbre se hubiese alejado, el gigante podría entrar por las calles casi desiertas, sin riesgo de aplastar á los transeuntes.

Así fué. El día señalado, Gillespie, siguiendo á una máquina terrestre montada por su traductora y varios individuos de su Comité, llegó al citado lugar. La muchedumbre había emprendido ya su marcha hacia el templo, y la presencia del gigante produjo enorme desorden. En vano los jinetes de la cimitarra dieron varias cargas para dejar un espacio libre de gente en torno de Gillespie. A estas horas de la mañana la muchedumbre era de los barrios populares, y mostró un regocijo agresivo y rebelde. Bailaba al son de sus instrumentos, obstruyendo el camino, y se negaba á obedecer á la fuerza pública cuando ésta pretendía alejarla del Hombre-Montaña.

Todos querían tocarle después de haberle visto. Se subían sobre sus zapatos, se metían en el doblez final de sus pantalones. Algunos curiosos que eran de gran agilidad, por exigirlo así sus oficios, intentaron subirse por las piernas agarrándose á las asperezas que formaba el entrecruzamiento de los hilos del paño.

Hubieron de intervenir finalmente las autoridades que vigilaban esta salida de la ciudad. Un destacamento de la Guardia gubernamental, llegando en auxilio de la policía, libró al gigante del asalto de la muchedumbre. Al fin se encontró el medio de que todos pudieran contemplar al Hombre-Montaña sin que el desfile se cortase y sin que el templo de los rayos negros se viera abandonado por primera vez desde su fundación.

Como el gigante, colocado en medio del camino, era á modo de un dique que contenía el curso de la gente, le hicieron alejarse un poco de la ciudad, hasta llegar á una fortaleza antigua situada al borde de un barranco, la cual había servido para la defensa de esta ruta en tiempo de los emperadores.

Edwin se sentó sobre la tal ciudadela, que no llegaba á tener dos varas de alta, y en este sillón de piedra descansó mucho tiempo, mientras seguía el desfile del vecindario.

Varias líneas de infantes y jinetes extendidas ante sus pies le separaban de la inquieta muchedumbre, evitando nuevas familiaridades.

A la gente popular de la primera hora sucedieron otros grupos menos bulliciosos y de mejor aspecto, que pasaban en automóviles propios ó en grandes vehículos de servicio público.

Los establecimientos de enseñanza habían enviado á sus alumnos en formación militar para que visitasen la tierra de donde surgió la liberación femenil. Las tropas pasaban también, con sus músicas al frente, para desfilar ante la tumba de aquella mujer de laboratorio que se había ido del mundo sin sospechar su gloria.

Cerca de mediodía el profesor Flimnap volvió en busca de su protegido.
Empezaba á aclararse la muchedumbre de peregrinos.

—Ya puede entrar usted en la capital. El jefe de la policía dice que las calles están casi desiertas. Un pelotón de jinetes marchará delante para que se alejen los curiosos, si es que verdaderamente queda alguno. Además van con ellos numerosos trompeteros, que anunciarán ruidosamente el paso de usted para evitar accidentes. Cuando se sienta cansado, puede hacer una seña á la escolta y volverse á casa. Usted sabe el camino.

El Gentleman-Montaña se extrañó de estas palabras.

—¿Me abandona usted, profesor?… Yo me imaginaba que sería mi guía á través de la capital.

—Inconvenientes de la gloria—dijo Flimnap, bajando los ojos como avergonzado de su deserción—. Mi deseo era acompañarle, pero ahora soy un personaje popular; según parece, estoy de moda gracias á usted, y los señores del gobierno municipal quieren que vaya con ellos al templo de los rayos negros para pronunciar un discurso en honor de nuestra sabia libertadora. Todos los años escogen á la mujer más célebre para que haga este panegírico. Ahora me toca á mi, y no me atrevo á renunciar á una distinción tan extraordinaria.

Flimnap afirmó al coloso que acababa de dar órdenes para que lo acompañase un buen traductor en su visita á la capital. Una hora antes había enviado un mensajero á la Galería de la Industria avisando á Ra-Ra que viniese á esperar á Gillespie en la puerta más próxima. Tal vez era esto una imprudencia, pero ya no había tiempo para disponer algo mejor. El Gentleman-Montaña debía cuidar de que Ra-Ra conservase oculto su rostro y no incurriese en las audacias de otras veces.

Marchó Gillespie hacia la ciudad, precedido de un escuadrón de jinetes y numerosos trompeteros. Las murallas de la capital, levantadas en tiempos de los viejos emperadores, habían sido destruidas años antes para el ensanche urbano. Pero quedaba en pie una de las antiguas puertas, flanqueada por dos torres de una arquitectura elegante y original, que había contribuído á que la respetasen.

El Hombre-Montaña se fijó en varias mujeres que estaban en lo alto de dicha puerta para verle pasar, y en un hombre, el único, envuelto en púdicos velos.

—Gentleman, soy yo—dijo á gritos, agitando sus blancas envolturas.

El gigante extendió la mano sobre las torres, y tomando entra dos dedos á Ra-Ra, lo puso delicadamente en la abertura del bolsillo alto de su chaqueta. El joven le guiaría en su excursión, como el cornac que va sentado en la testa del elefante.

Siguiendo sus indicaciones, se metió entre las dos torres y las casas para seguir una amplia avenida.

Durante varias horas Gillespie visitó la capital, admirando la audacia constructiva de aquellos pigmeos. La mayor partes de los edificios eran de numerosos pisos, y algunos palacios tenían sus azoteas altas al nivel de su cabeza. Las casas, de nítida blancura, estaban cortadas por fajas rojas y negras, y muchos de sus muros aparecían ornados con frescos, gigantescos para los ojos de sus habitantes, que representaban sucesos históricos ó alegres danzas.

Entre las masas de edificios vió el gigante abrirse floridos jardines, que á él le parecían no más grandes que un pañuelo, y en cuyos senderos se detenían las mujeres para levantar la vista, admirando la enorme cabeza que pasaba sobre los tejados. A pesar de que los trompeteros iban al galope y soplando en sus largos tubos de metal por las calles que seguía Gillespie, los ojos de éste tropezaban á cada momento con agradables sorpresas que le hacían sonreir. Los diarios habían anunciado su visita á la ciudad; nadie la ignoraba, pero la fuerza de la costumbre hacía que machos olvidasen toda precaución y siguieran viviendo en las habitaciones altas sin miedo á los curiosos.

Edwin vió que se cerraban algunas ventanas con estruendo de cólera. Muchos puños crispados le amenazaron cuando ya había pasado. Por estas aberturas completamente desprovistas de cortinas sorprendió sin quererlo las desnudeces matinales de numerosas mujeres que se acostaban tarde y se levantaban tarde igualmente, procediendo á sus operaciones de higiene con la ventana abierta, sin acordarse de que había gigantes en el mundo.

Delante y detrás de él evolucionaba la caballería, dando trompetazos y agitando sus sables. Los transeuntes y los vehículos que se habían quedado en la ciudad huían delante de estas cargas, y más aún de los inmensos pies, que con un simple roce se llevaban detrás de ellos la parte baja de una esquina.

Ra-Ra creyó estar gozando anticipadamente una parte del triunfo con que soñaba á todas horas. Asomado al bolsillo del gigante, se consideraba tan enorme como éste, viendo empequeñecidos á todos sus adversarios. Siempre que el Hombre-Montaña pasaba junto á un edificio público, él escupía desde la altura, como si pretendiese con esto consumar su destrucción. Varias veces rió viendo moverse abajo, como despreciables insectos, á los que estaban encargados de perseguirle. Como su voz sólo podía oirla el gigante, se expresaba con una insolencia revolucionaria.

—Gentleman—dijo designando con una mano el palacio del gobierno—, éste es el antro de la venganza femenina.

Edwin dió una vuelta en torno á la enorme construcción, asomándose por encima de los tejados á sus patios y jardines. Lo mismo hizo en varios edificios públicos. Vió de lejos otro palacio grandioso, y como adivinase que era la Universidad por las grandes lechuzas doradas que coronaban las techumbres cónicas de sus torres, quiso ir hacia él; pero Ra-Ra le disuadió.

—Más tarde, gentleman. Allí descansará usted.

Y dirigió su marcha hacia el puerto.

A pesar de que el día era festivo, los buques anclados en él empezaron á hacer funcionar los aparatos mugidores que usaban en los días de niebla, dedicando al gigante un saludo ensordecedor. En los navíos de la escuadra del Sol Naciente, las tripulaciones, formadas sobre las cubiertas, agitaron sus gorros, aclamándole. El Hombre-Montaña contestó á este saludo general moviendo sus dos manos y luego se inclinó cortésmente.

—¡Cuidado, gentleman! ¡Acuérdese que estoy aquí!—gritó Ra-Ra.

Con el inesperado movimiento de su conductor, el pigmeo había saltado fuera del bolsillo y se mantenía agarrado al borde.

La mano misericordiosa del coloso le volvió á su seguro refugio; pero después de esta aventura mortal parecía haber perdido las ganas de prolongar el paseo y guió á su protector hacia la Universidad.

Siguiendo sus consejos, Gillespie marchó lentamente para fijarse en todas las particularidades del edificio que Ra-Ra le iba explicando.

Por su parte, el proscrito, sin dejar de hablar, examinaba los tejados, las terrazas y las galerías cubiertas de este palacio, grande como un pueblo, en el que había pasado su adolescencia.

Hizo que el gigante detuviera su marcha, y echando medio cuerpo fuera del bolsillo, empezó á dar gritos para que acudiese el jefe de la escolta. Cuando éste, conteniendo la nerviosidad de su caballo, que se encabritaba al husmear la proximidad del coloso, pudo colocarse al fin junto á los enormes pies, Ra-Ra le habló desde arriba en el idioma del país. El Hombre-Montaña deseaba hacer alto, empleando como asiento uno de los pabellones bajos de la Universidad. La escolta, podía descansar igualmente durante una hora echando pie á tierra.

El guerrero aceptó con alegría la orden. Su tropa llevaba varias horas de correr las calles, luchando con la rebelde curiosidad del público y repeliendo á los transeuntes y las máquinas terrestres. Cesaron de sonar las trompetas y los jinetes se desparramaron en las vías inmediatas.

Cuando todos desaparecieron, Ra-Ra volvió á examinar la parte alta y sinuosa del palacio universitario, donde estaban las habitaciones de los doctores jóvenes. Los más de ellos se habían ido á la peregrinación patriótica, y así se explicaba que las terrazas y las galerías permaneciesen silenciosas, sin el ordinario rumor de peleas dialécticas.

Sólo quedaban algunos doctores melancólicos meditando ante un libro abierto. Al ver la cabeza del gigante distraían su atención estudiosa por unos segundos; pero luego reanudaban la lectura, como si sólo hubiesen presenciado un accidente ordinario. Todos ellos recordaban su visita á la Galería da la Industria, y tenían al Hombre-Montaña por un animal enorme, cuya inteligencia estaba en razón inversa de su grandeza material.

Gillespie había empezado por segunda vez la vuelta del edificio.

—Deténgase aquí, gentleman—dijo de pronto Ra-Ra, ahogando su voz.

Edwin no comprendió tales palabras. ¿Qué deseaba este pigmeo, cada vea más exigente?…

—Digo, gentleman, que me deje aquí, en esa terraza. Dentro de una hora vuelva á tomarme. Mientras tanto, puede usted descansar sentándose en cualquiera de los pabellones anexos á la Universidad. No tema, son fuertes y soportarán bien su peso.

Gillespie comprendió los deseos de Ra-Ra al ver en una terraza interior, separada de la fachada por los profundos huecos de dos patios, á una mujer con gorro universitario que agitaba los brazos, sorprendida y alegre. No pudo reconocerla porque le faltaba su lente de aumento, pero estaba casi seguro de que era Popito.

—Diviértanse mucho—dijo el gigante.

Y tomando á Ra-Ra otra vez con el pulgar y el índice de su mano derecha, lo sacó del bolsillo para depositarlo en un alero. Luego rió viendo cómo corría, con una agilidad de insecto saltador, de tejado en tejado, agitando sus velos como las alas de una mariposa blanca, bordeando el abismo de los profundos patios, para llegar hasta la mujercita de birrete doctoral que le aguardaba llevándose ambas manos al pecho, henchido de emoción.

Al quedar solo, el gigante se movió con lentos pasos á lo largo de la Universidad, cuyas balaustradas finales le llegaban á los hombros. No veía ningún edificio que pudiera servirle de asiento. Apoyó un codo en un alero mientras descansaba en su diestra la sudorosa frente, y al momento echó abajo tres estatuas de doble tamaño natural que adornaban la balaustrada, representando á otras tantas heroínas de la Verdadera Revolución.

Tuvo miedo de causar nuevos daños en el monumento de la Ciencia, y continuó su exploración, buscando algo más sólido donde apoyarse.

Siguiendo el contorno del edificio llegó á una plaza sobre la que avanzaba un palacete anexo á la Universidad. Era una construcción de tres pisos, cuya altura no pasaba de la mitad de sus muslos, y en cuya techumbre, libre de emblemas y de barandas, podía sentarse cómodamente.

Así lo hizo Gillespie con suspiros de satisfacción. Llevaba varias horas caminando, con la atención extremadamente concentrada y moviendo sus pies entre prudentes titubeos para no aplastar á nadie.

Casi celebró que la audacia de Ra-Ra le hubiese dado motivo para descansar en esta plaza solitaria, rodeado del silencio de una gran ciudad desierta. Hasta tuvo la sospecha de que si no venían á buscarle en su retiro acabaría echando un ligero sueño. Encontraba agradable tener por asiento una dependencia del enorme palacio donde reinaba sin límites la autoridad del Padre de los Maestros.

Aquella tarde, Golbasto, el gran poeta nacional, había salido de su casa apenas notó que las calles empezaban á quedar solitarias. El glorioso cantor sólo gustaba de las muchedumbres cuando se reunían para aclamarle y escuchar sus versos. Fuera de estos momentos, encontraba al pueblo estúpido, maloliente y peligroso.

La fiesta patriótica de los rayos negros sólo había sido notable un año, según su opinión. Fué el año en que el gobierno le encargó un poema heroico en honor de la inventora de los rayos libertadores, coronándolo después de su lectura y dándole el título de poeta nacional. En los años siguientes, la tal fiesta nunca había pasado de ser una feria populachera, durante la cual pretendían inútilmente parodiar su gloria otros poetas escogidos por el favoritismo político. Hasta una vez—¡oh, espectáculo repugnante!—el designado para cantar tan sublime aniversario había sido una poetisa, es decir, un hombre, cosa nunca vista después de la Verdadera Revolución. Este año, el poeta de la fiesta era una jovenzuela recién salida de la Universidad, un rebelde, que osaba comparar sus versos con los de Golbasto y además criticaba los trabajos históricos del grave Momaren, su antiguo maestro.

Los tres caballos humanos del poeta, que soñaban desde muchos días antes con unas cuantas horas de libertad empleadas en asistir á las fiestas de los rayos negros, sólo vieron abierta su cuadra para ser enganchados al carruajito en figura de concha. Como los tres hombres medio desnudos se mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los refrenó con varios latigazos. Luego, afirmándose la corona de laurel sobre las melenas grises, subió al carruajito y dió una orden á su tiro, acariciándolo por última vez con la fusta.

—Vamos á la Universidad, á la casa del doctor Momaren.

En el camino oyó la trompetería que anunciaba el paso del gigante, y se vió obligado á dar un largo rodeo por calles secundarias para no tropezarse con él.

—¿Hasta cuándo nos molestará el animal-montaña?—murmuró rabiosamente—. El senador Gurdilo tiene razón: hay que desembarazarse de ese huésped grosero é incómodo.

A pesar de que el poeta vivía de sus continuas peticiones á los altos señores del Consejo Ejecutivo y de las munificencias de Momaren, que también era personaje oficial, sentía hoy cierto afecto por el jefe de la oposición y encontraba muy atinados sus ataques contra un gobierno que no sabía velar por las glorias establecidas y apoyaba las audacias de los principiantes.

Entró en la Universidad por la gran puerta de honor; dejó en un patio su vehículo, amenazando con los más tremendos castigos á los tres caballos-hombres enganchados á él si no eran prudentes y osaban moverse de allí. Siguiendo un dédalo de galerías y pasadizos, únicamente conocidos por los amigos íntimos de Momaren, llegó al pequeño palacio habitado por el Padre de los Maestros.

Ninguna de las recepciones vespertinas del potentado universitario se había visto tan concurrida como la de esta tarde. Todos los que abominaban del contacto de la muchedumbre acudían á una tertulia que proporcionaba á sus asistentes cierto prestigio literario.

Además, la reunión de esta tarde tenía un alcance político. El Padre de los Maestros quería darle cierto sabor de protesta mesurada y grave por la ofensa que Golbasto se imaginaba haber recibido del gobierno. Momaren, haciendo este alarde de interés amistoso, se vengaba al mismo tiempo del joven poeta universitario que había osado criticarle como historiador.

Golbasto, que allá donde iba se consideraba el centro de la reunión, entró en los salones saludando majestuosamente á la concurrencia. Casi todos los altos profesores de la Universidad habían venido con sus familias. Las esposas masculinas y los hijos, con blancos velos, coronados de flores y exhalando perfumes, ocupaban los asientos. Las mujeres triunfadoras y de aspecto varonil se paseaban por el centro de los salones ó formaban grupos junto á las ventanas.

Los universitarios hablaban de asuntos científicos; algunos doctores jóvenes discutían, con la tristeza rencorosa que inspira el bien ajeno, los méritos del camarada que en aquel momento estaba leyendo sus versos á una muchedumbre inmensa sobre la escalinata del templo de los rayos negros. Varios oficiales de la Guardia gubernamental y del ejército ordinario se paseaban con una mano en la empuñadura de la espada y la otra sosteniendo sobre el redondo muslo su casco deslumbrante.

De los grupos masculinos vestidos con ropas de mujer surgía un continuo zumbido de murmuraciones y pláticas frívolas. Los varones, divididos en grupos, según las Facultades á que pertenecían sus maridos hembras, hablaban mal de los del grupo de enfrente. La esposa de un profesor de leyes provocaba cierto escándalo. Según sus piadosos compañeros de sexo, debía andar más allá de los sesenta años, y sin embargo tenía el atrevimiento de rasurarse la cara lo mismo que un muchacho casadero, en vez de dejarse crecer la barba como toda señora decente que ha dicho adiós á las vanidades mundanas y sólo piensa en el gobierno de su casa.

Los jóvenes ansiosos de que alguien se fijase en ellos se preguntaban si habría baile en la tertulia de Momaren. La entrada del poeta nacional sembró la consternación entre las señoritas masculinas aspirantes al matrimonio.

—¿Cómo vamos á bailar si ha llegado Golbasto, el más acaparador de los poetas?… Toda la reunión será para él.

Y las varoniles doncellas se mostraban tristes, resignándose á una larga inmovilidad en la que sólo verían de lejos á los hermosos militares, mientras aguantaban un chaparrón interminable de versos.

Al ver entrar al poeta laureado, corrió inmediatamente á su encuentro el gran Momaren. Ambos se abrazaron, y algunos aduladores del Padre de los Maestros sintieron que no estuviesen presentes los fotógrafos de los periódicos para retratar el abrazo de los dos genios más célebres del país.

—Gracias, amigo mío—dijo Golbasto—. Jamás olvidaré lo que hace usted por mí en este día…. Los gobiernos se suceden y caen en el olvido, mientras que nuestra amistad llenará capítulos enteros de la historia futura.

Luego el poeta se empequeñeció voluntariamente, hasta ocuparse de la existencia doméstica de su amigo.

—¿Y Popito?—preguntó.

Momaren hizo un gesto de contrariedad y de tristeza.

—Se ha negado á asistir á nuestra fiesta. Prefiere pasar la tarde en sus habitaciones de estudiante. Tiene allí una terraza, donde cultiva flores, cuida pájaros y se entretiene con otras cosas fútiles, indignas de su sexo.

—¡Qué juventud la que viene detrás de nosotros!—exclamó tristemente
Golbasto.

Momaren hizo un gesto igual de melancolía.

—Si no lo hubiese llevado en mis entrañas—murmuró—dudaría que fuese mi hijo.

Después el gran poeta tuvo que separarse de Momaren para atender á sus admiradores. Todos protestaban del hecho escandaloso que se estaba realizando en aquellos momentos sobre las gradas del templo de los rayos negros.