ESTETICA DE LA PALABRA
ES indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a las personas la más eficaz cédula de tránsito social.
El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita, si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje limpio y musical es en ella arma insuperable.
Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda, excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las correcciones con angustiosa prolijidad.
¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos Aires?...
Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por destrozar el castellano. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida, está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta ilustración de las gentes. Es decir, que en todas partes cuecen habas. Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen.
Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los pobres hombres de la plebe dicen dende en lugar de desde; vide por vi; vos sigo, en vez de os sigo. Ahora bien, en España se cuida la gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas bandiar, en lugar de bandear; voltió, por volteó. Este defecto, sin duda, obedece a causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y aventuras, y también en los mismos defectos.
La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente, son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con pintorescos incisos cromáticos.
De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos, expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer exclusivamente librescas.
Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales.
La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos increíbles la irradiación de su voluntad.
Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin lugares comunes!
Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal, decrete que la palabra lindo ha de expresar todo cuanto sea excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión, hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista. Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie, profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea, cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas; los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe. Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde el verde con el amarillo, el azul con el morado...
Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda; pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones, las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas parlantes.
Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del Plata; y que se llame pulpería en Puerto Rico a la misma cosa que en Buenos Aires se llama pulpería.
Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos, algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova, Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y renovado al idioma nacional.
Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen.
Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos; decir tour de force a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría decir negocios. No está ahí el mal, sino en construir a la francesa. Y desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original, es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones. Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos; así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances, hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea; pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor, de lesa nacionalidad.
En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un idioma para presentar batalla a los otros.
El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo; allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero formidable, del porvenir...
Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos, méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.
EL ESTILO DESMESURADO
ES singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores, continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en tono agudo, en la nota del do, como los tenores.
Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.
Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía, entusiastas imitadores.
Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras, versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla, trapo con sapo.
Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de amarguras fundamentales.
¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta bajo el clima fecundo de América?
Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria. Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima de un pedestal.
Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la seguridad de que nadie vendrá a atajarle.
Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones. La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.
LA PROFESION INTELECTUAL
NO sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina. Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de esos pingües empleos.
Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que no escribe más.
¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico. Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado tantas fecundas vidas.
Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo de prisa, porque tienen que marcharse a su estancia para vender tropas de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser ricos.
En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado. El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación de una cultura propia y consistente.
De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al resultado de una cultura alemana ha sido necesario que sus hombres de estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza, medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el principal, es el estímulo.
La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración, aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose, decían: Allí va Víctor Hugo.
En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven de veras al genio.
Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.
Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña, característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros, distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso, pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios, a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad, en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el ambiente universitario. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la valorización de las tierras. Y los estudiantes viven juntos, siempre en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a existir en La Plata?
He nombrado la palabra profesional, por quien sienten gran horror muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía, no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy conveniente para la literatura y para la humanidad.
¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo, para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.
Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de duras tentativas.
Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas frutos.
En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza argentina, esa valorización de terrenos!... Y después la petulancia ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que supone allí la pobreza...
ATORRANTISMO
ESTOS renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.
Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a dormirse.
Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la Argentina atorrantes. Pero hombres vencidos los hay en todas las partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.
Mientras que el atorrante argentino, ni es el mendigo español, ni el vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires, negligente y distraído, no hace caso de su atorrante; lo alimenta, le deja vivir, y pasa. De manera que el atorrante, entre los vencidos de la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso, no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada atorrante, el atorrante sería definitivamente feliz! Pero el alma, el alma, ¡eso es lo que duele!
En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el atorrante, el fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el atorrante es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El atorrante es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.
Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.
Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en el alma del atorrante?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es que la mayoría de los atorrantes que huelgan por la ciudad, son de procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria: no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.
Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y desventurado. La gente mira pasar a los atorrantes, y apenas si se fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas, siempre que tropiezo con un atorrante me paro a observarlo. Tienen para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires. Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en el alma del atorrante ha habido, en efecto, una previa tragedia, un supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída, cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he sospechado que en el alma del atorrante sobreviene una suave serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de aquél. De esta manera consigue el atorrante evadirse del sufrimiento. No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El atorrante sabe instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin condiciones.
En otro clima y en otra sociedad menos amables, el atorrante sería un ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles; cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un atorrante se atreve a entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas ondulantes, o una cadena gruesa de oro.
El prefiere otras venturas más reales y sólidas. Sabe dónde corre una brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros, estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el atorrante se reserva los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha real está en otra parte. Entonces el atorrante bendice la providencia de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la felicidad le roce con su ala misteriosa.
¿Y de qué se alimenta el atorrante? Preguntad a los gorriones de qué viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes, o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los atorrantes, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin embargo, ellas están bien gordas y adornadas...”
Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este problema del atorrantismo, tratándolo en sus fases curiosas, originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales, bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental.
Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía...
LOS “PAYADORES”
HE aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media.
El payador es un rústico y rudimentario trovero, que si no mantiene la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de su incultura y rusticidad.
En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares, solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco de ginebra.
Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las tensiones. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que otro payador acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos payadores se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es más estimado el payador que acierta a sugerir burlas y alusiones más ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes agasajos y larga estima.
La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos famosos payadores, y hasta se ha formado la leyenda del máximo payador, el más glorioso de todos y el más inexistente.
En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con fortuna, la leyenda de Santos Vega, especie de héroe gauchesco que recorría las estancias y las pulperías a lomo de su buen caballo, y armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce Santos Vega que su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!... ¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, Santos Vega cae en una profunda melancolía y muere.
EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO”
EL poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de excepción que hoy se le concede en los países del Plata.
En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento, los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000 ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas, literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo, pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...”
Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta de Martín Fierro”.
SARMIENTO
DOMINGO F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país.
Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e injusta, demuestra igualmente su procedencia española...
Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba, contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos de verdades!...”
Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades.
Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos. Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento, agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la violencia individuales conservan tan profundo prestigio.
Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el periodismo y la política.
No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas.
Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina.
Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original. Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una vigorosa personalidad literaria.
Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”.
Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento, como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península, realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano, especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica” y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo pasado.
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Madrid, Noviembre, 15 de 1846.
Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo, dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua: “¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve, de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre, de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó nunca por aquellas almas devotas.
Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios, que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:—no existe la pronunciación áspera de la v; la h fué aspirada, fué j, cuando no fué f; el francés los invade; no sabe lo que se dice este académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me habían dado las buenas noches...
Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios, y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos, ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos. Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina, en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas, lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros oídos que los españoles; con aquello de arre p.... marche la Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p... Cristina janda, jandaaa! y Dios, los santos del cielo y las potestades del infierno entran pèle mèle en aquella tormenta de zurriagazos, pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades y torpezas de su madona.
El extranjero que no entiende aquella granizada de palabras incoherentes, se cree en un país encantado, abobado con tanta borlita y zarandaja, tanta bulla y tanto campanilleo, y declara a la España el país más romancesco, más sideral, más poético, más extra-mundanal que pudo soñarse jamás. Entonces pregunta dónde está Don Quijote y se desespera por no ver aparecer los bandidos que han de detener la diligencia y aligerarlo del peso de los francos, fruición que codicia cada uno, para ponerla en lugar muy prominente en sus recuerdos de viajes. M. Girardet, pintor delegado por la Ilustración de París para tomar bosquejos de las fiestas reales del próximo enlace de Montpensier, y que había viajado por Egipto, Siria, Nubia y Abisinia, me decía encantado: esto es más bello que los asnos del Cairo; ¿qué es lo que dice el cochero... p... c...? Afortunadamente Mr. Blanchard, enviado por Luis Felipe para bosquejar los grandes actos del drama de Madrid para las galerías de Versalles, conocía mejor que yo, y gustaba más que yo de aquella lengua, de la que daba detalles y muestras encantadoras. M. Blanchard, grande admirador de la España, había residido muchos años, agente secreto para la compra de cuadros de la escuela española, viajado con muleteros seis meses en los puntos más salvajes de la España, sido desnudado, aporreado y saqueado cinco veces; grande taurómaco, podía darnos mil detalles picantes de las costumbres españolas que no están escritas en libro alguno. Viajábamos los tres en la imperial, aunque en lo más crudo del invierno, y no cupieran en un grueso volumen las pláticas que sobre artes, viajes, historia, anécdotas tuvimos en cinco días con sus noches, salvo alguna cabeceada para reparar las fuerzas.
Alejandro Dumas nos decía ayer, hablando de la España. “Poco me importa la civilización de un país; lo que yo busco es la poesía, la naturaleza, las costumbres”. El creador de las Impresiones de viaje, que han hecho imposible escribir verdaderos viajes que interesen al lector, y el autor de los cuentos inimitables que entretienen los ocios de todos los pueblos civilizados, reconocía sin duda que el brillo de esta atmósfera meridional, cuyos violados tintes se agrupan en el horizonte y en las ondulaciones de este cielo desnudo, algunos paisajes que ha descrito admirablemente, sin haberlos visto, en sus Quince días en el monte Sinaí.
El aspecto físico de la España trae, en efecto, a la fantasía la idea del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla Vieja es todavía una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra, se muestra a lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas murallas medio destruídas, y en torno de las habitaciones, la flor más indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos espinosos, encinas enanas y en lontananza montañas descarnadas y perfiles adustos. En cuanto a pintoresco y poesía, la España posee sin embargo grandes riquezas, aunque por desgracia cada día va perdiendo algo de su originalidad primitiva. Ya hace, por ejemplo, cuatro años que la diligencia no es detenida por los bandidos con aquellas largas carabinas que aún llevan consigo hasta hoy los muleteros, rasgo que caracteriza a todas las sociedades primitivas, como los árabes, los esclavones, los españoles. Dos artistas franceses acaban en estos días de recorrer las montañas de la Ronda, atravesando en mula el reino de Murcia, y continuando a pie su excursión, desde Sevilla a Madrid, sin haber tenido la felicidad de ser atacados por los bandidos como se lo habían prometido, a fin de descargar las carabinas de que se habían provisto, o tomar las de Villadiego, según lo aconsejase la gravedad del caso. En cambio la pobre España ha adquirido el municipal, bicho raro importado de extrangis, y cuyo bulto eminentemente prosaico y civilizador, recorre los caminos en traje de parada, disipando con su presencia toda cavilación un poco poética. ¿Cómo pensar, en efecto, en el Cid, los godos, o los moros, cuyas tiendas cubrían en otro tiempo estas llanuras, cuando ve uno al gendarme o al guardia municipal con su banderola amarilla, y su sombrero galoneado?...
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Andando más adelante y saliendo de la Vizcaya, la vista se reposa sobre el cuadro pintoresco que presenta Burgos, capital de Castilla la Vieja. Por un acaso, feliz sin duda, la diligencia no llega a la ciudad, sino a una hora avanzada de la noche que oculta al viajero el desaseo de la población. Burgos con su catedral gótica, se levanta cual sombra de los tiempos heróicos, como el alma en pena de la caballería española. M. Girardet y un joven Manzano, de Concepción, me acompañaron para visitar la ciudad silenciosa. Era ya media noche, y los pálidos rayos de la luna, que de tiempo en tiempo atravesaban las nubes, se colaban por entre la blonda transparente de las flechas de la catedral. El color pardusco de aquella piedra, que ha recibido el baño galvánico de los siglos, y la luz incierta del fondo sobre el cual se diseñaban las numerosas agujas, torres y pináculos que decoran la masa del edificio, daban al conjunto un aspecto fantástico que me traían a la memoria aquellos efectos fantásticos de luna representados en las decoraciones de ópera. Mis miradas se aguzaban en vano por distinguir en la masa opaca los adornos de detalle que cubren de un bordado imperecedero la superficie de la construcción, y cuya invención, variada al infinito, con minuciosa prolijidad de ejecución, hacía la gloria del arquitecto de la Edad Media. Girardet y yo nos acercábamos a tientas a los pórticos que la luna nos alumbraba, para palpar las estatuas de apóstoles y santos que guardan la entrada como mudos fantasmas.
Los serenos que guardan el reposo de los vecinos, debieron alarmarse al ver dos bultos negros y silenciosos detenerse de distancia en distancia como si temieran avanzar y rodando en torno de la iglesia a hora tan excusada. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, bañándonos el rostro, para reconocernos, con los rayos reconcentrados de su linterna de reverbero; después habiéndose apercibido por algunas exclamaciones de entusiasmo que se nos escapaban, de que éramos simples viajeros, se ofreció comedidamente a servirnos de guía para hacernos ver los otros monumentos de la ciudad.
A la luz de su linterna ascendimos una altura en donde se encuentra un arco de triunfo erigido a la memoria de Fernando González, aquel valiente caudillo, que sin hacerse rey fundó la independencia de la Castilla. Un poco más lejos aparece un trofeo levantado, según es fama, sobre el lugar mismo en que estaba situado el salón feudal, en el cual el Cid solía recibir a los príncipes y reyes que solicitaban el potente auxilio de su brazo. El sereno elevando la linterna a la punta de su lanza, nos alumbraba las armas del Cid esculpidas en la piedra, y la inscripción casi borrada que recuerda sus hazañas. El monumento está rodeado de postes o linderos de piedra, los cuales, vistos a la luz indecisa de la luna, semejan piedras druídicas; y al lado de la derruída muralla, que en otro tiempo guardaba la ciudad, se enseñan las ruinas de la habitación particular del Cid. Existe un fragmento de la cadena que los nobles castellanos colgaban sobre sus puertas en señal de vasallaje, y una barra de fierro incrustada horizontalmente en el muro indicaba la brazada del Cid. Girardet y yo la medimos con nuestros brazos sin alcanzar a sus extremidades. Otro francés de talla ordinaria, pero ancho de espaldas, ensayó sus brazos igualmente y se aproximó un tanto a la medida, lo que nos hizo concluir que el Cid Campeador debió ser uno de esos hombres robustos y cuadrados, como Bayardo, que parecen haber sido creados expresamente para mangos de una temible espada toledana.
En seguida nos asomamos a las almenas de la muralla, en la parte que el tiempo no ha destruído, y desde allí dejábamos vagar nuestras miradas por entre los intersticios, sobre la silenciosa e indefinible campaña, amedrentándonos maquinalmente con el silencio de la noche, como si temiéramos ver aparecer a lo lejos los grupos de enemigos, las tiendas de la morisma, o los reales de los caballeros feudales. Continuando nuestra peregrinación nocturna, que turbaban solamente los ladridos plañideros y prolongados de los perros, llegamos a una capilla de construcción romana, y cuya arquitectura sin carácter deja ver su extrema antigüedad; al lado de la puerta se muestra una cruz que la tradición ha llamado la cruz del juramento de vasallaje y fidelidad del Cid, el cual no sabiendo firmar, hubo de trazar con la punta de su terrible espada aquella extraña marca. Yo no recuerdo excursión alguna que me haya llenado, como la de aquella noche, de tan vivas emociones. Es verdad que la oscuridad de la noche, envolviendo en su sombra los edificios particulares, presta a los antiguos monumentos algo de vago y misterioso que añade un nuevo encanto a las epopeyas cuyos recuerdos consagran. Burgos de noche es la vieja Burgos de las tradiciones castellanas, la morada del Cid, la catedral gótica más bella que se conoce. De día es un pobre montón de ruinas vivas y habitadas por un pueblo cuyo aspecto es todo lo que se quiera, menos poético, ni culto, dos modos de ser que se suplen uno a otro.
Pero al paso que van las cosas en España, toda poesía y todo pintoresco habrá desaparecido bien pronto. Ya no se ven aquellos monjes blancos, pardos, chocolates, negros, overos, calzados y descalzos, que hicieron la gloria del paisaje español hasta 1830, cuando una Saint Bartelemy imprevista vino a pedirles cuenta de los autos de fe de la Inquisición. Apenas se encuentran al día en los caminos seis u ocho clérigos, hechizos del fraile que está suprimido, y envueltos en sus anchos manteos, resguardándose de los rayos del sol y de la lluvia, ellos y el manteo, bajo la sombra del sombrero de teja que caracteriza al clero español y a los jesuítas de Roma..........................................
FIN