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El Sabor de la Venganza cover

El Sabor de la Venganza

Chapter 43: I. ADÁN
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About This Book

Un narrador recuerda las largas conversaciones junto al fuego con un viejo guerrillero que relata sus peripecias, conspiraciones y el tiempo pasado en la Cárcel de Corte, donde la vigilancia política y los procesos marcaron su vida. Los relatos mezclan episodios de acción, huidas y engaños con descripciones de escenas rurales y encuentros con pastores curiosos. A lo largo de fragmentos sobre estrategias, venganzas y recursos de astucia, afloran reflexiones sobre la memoria, la vejez y los contrastes sociales que atraviesan esas biografías violentas y aventureras.

ADÁN EN EL INFIERNO

I.
ADÁN

No se gana nada violentando a la sensibilidad en sus inclinaciones; es preciso engañarla y, como dice Swift, divertir la ballena con una barrica para salvar el barco.

Kant: Antropología.

En la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid, llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés Lafuente.

Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por Gasparito y de quien te hablé antes.

A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la cárcel.

El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su poema el Diablo mundo, que debía publicar unos años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.

Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como hombre de buena fe y de buenas intenciones.

Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán, aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él.