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El señorito Octavio

Chapter 11: X Síntomas graves.
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About This Book

La obra describe la vida de un joven acomodado de rostro delicado y hábitos despreocupados, siguiendo sus mañanas, sus inquietudes y las relaciones con la familia, la servidumbre y figuras sociales cercanas. Mediante descripciones detalladas del ambiente y episodios cotidianos, se exploran sus vanidades, titubeos afectivos y caprichos, así como la tensión entre el placer y las exigencias morales y sociales. El relato traza la evolución interior y las decisiones del joven en un entorno burgés regido por apariencias, costumbres y pequeñas rivalidades.

Pronto divisaron la casa solariega de los Estrada encima de la carretera como á unas cien varas. Allí desembocaba en el Lora un riachuelo. Nuestra pareja abandonó la carretera y emprendió la marcha por la estrecha cañada que este riachuelo seguía. Al pasar por debajo de su casa, la condesa alzó los ojos hacia ella y sacó el pañuelo para enjugar unas lágrimas.

—Pedro—dijo señalándola con el dedo,—ahí ya no queda nadie.

Siguieron marchando. Bien pronto la variedad amena del camino divertió á la condesa de los tristes recuerdos que le asaltaron á la vista de su antigua morada. La garganta por donde caminaban era estrechísima. Formábanla dos enormes montañas calizas cortadas verticalmente, de suerte que era tan estrecha por arriba como por abajo. Aquellas monstruosas paredes eran blancas, pero estaban salpicadas por grandes manchas de musgo.

—¡Qué atrocidad! ¡Qué altura tienen estas montañas, y qué cercanas están! ¡Si parece que se vienen encima!

—¿Ve usted, señorita, aquel agujero que tiene la peña allá arriba?

—Sí.

—Pues antes había allí un nido de buitres, y yo entré de chico una vez á cogerles los huevos.

—¿Y por donde te encaramaste allá?

—Por una cornisa que forma la peña y que apenas se ve desde aquí. Por cierto que cuando llegué delante del agujero salió de repente el pájaro y me dió un aletazo en la cara que me hizo vacilar.

—Si te hubieras caído, adiós romerías, ¿verdad, Pedro?

—Iría á las romerías del cielo, que deben de ser mejores que éstas.

—Tienes razón. ¡Qué hermosas serán las fiestas que los ángeles celebran en honor de Dios! ¿No hubiera valido mucho más morirse de niño, sin haber pecado, para ser uno de esos ángeles que están á los pies de la Virgen?... Pero ahora... ahora ya no puede ser... Debemos contentarnos, si somos buenos, con ir al cielo y estarnos allí muy quietos, gozando con ver á Dios, y nada más...

Siguieron hablando de cosas del cielo algún tiempo, pero no como personas graves, sino como niños. Aquella charla pueril parecía refrescar á la condesa. La niña cándida y bulliciosa volvía á nacer dentro de ella, y salía lanzando dulces carcajadas á la luz, olvidándose de la oscura prisión en que había yacido once años. Hablaba por hablar, como los niños; preguntaba las cosas más sencillas y menudas, complaciéndose en humillar su inteligencia cultivada y en trocar sus maneras cortesanas por otras rudas y campesinas.

Mas era de observar cómo, á medida que esta trasformación se operaba, cambiábase también el encogimiento y temor del mayordomo en franqueza y libertad. Insensiblemente Pedro empezó á tratar á su señora como á una compañera, hasta reirse algunas veces de sus preguntas inocentes y disparatadas. La condesa reía también, así que las hacía; pero le daba golpecitos con la sombrilla, llamándole burlón y cazurro. Si la despojasen de su ropa y la pusiesen un traje de aldeana, hubieran pasado muy bien por novios ó hermanos. Cuando encontraban una saltadera, el muchacho saltaba primero y alargaba su gran mano endurecida á la condesa, que sumía dentro de ella la suya breve y fragante como un botón de rosa. Otras veces, si era demasiado alta y la señorita gritaba desde arriba que tenía miedo, la tomaba por la cintura y la depositaba en el suelo con la misma delicadeza que si fuese un objeto de cristal. «¡Qué fuerza tienes, Pedro! le decía ella. Si me dieses un golpe con esas manazas, me matarías.» El mayordomo sonreía á modo de sultán acariciado y se encogía de hombros con desdén. Poco á poco se iba estableciendo entre ellos la relación trazada por la naturaleza: ella, como ser débil, delicado y menesteroso, sometiéndose; él, como fuerte y enérgico, dominándola y protegiéndola.

El camino estaba sombreado por avellanos, que con sus haces de troncos delgados, formando á modo de enormes canastillos, salían de los prados vecinos. El verde claro y deslumbrador de éstos resaltaba y hacía contraste con el oscuro de aquéllos, regalando la vista y convidando á reposar. El río corría murmurando por el fondo de la cañada. En uno de los prados que bordaban el camino, corría también un arroyo que servía para mover el molino que blanqueaba entre los árboles. Era cristalino y puro, y se desataba tan gentil y suavemente que daba gloria verlo marchar por la pradera. La condesa significó el deseo de reposar un instante en su orilla. Estaba cansada y le placía en extremo mirar el curso del agua. Además, tenían tiempo de sobra para estar en la romería. Sentáronse sobre el manto de césped salpicado de florecillas blancas, y empezaron á contemplar con ojos extáticos la serpiente de plata que se arrastraba perezosamente á buscar su guarida en el molino. La condesa se bajaba, metía la mano entre sus escamas y la sacaba mojada y la sacudía riendo sobre la cara de Pedro, el cual reía á su vez y no se tomaba el trabajo de limpiarse. Pero no por marchar suavemente dejaba de murmurar la cristalina sierpe algunas cosas al oído de nuestra pareja. Al principio la condesa pensaba que decía siempre lo mismo.

—¡Qué pesadez! Siempre el mismo ru, ru... ¡llega á marear! ¿No observas con qué gravedad murmura esta gran culebra?... Parece un maestro que nos está sermoneando, sin cansarse jamás de darnos consejos... Escucha ahora sin embargo... ¡Qué notas de flauta tan hermosas!... Ya vuelve al ru, ru... Otra vez la flauta... Parece que interrumpe su sermón para hacernos una caricia...

Pedro con sus grandes ojos abiertos seguía la corriente del agua.

—¡Qué serio te has puesto, Periquillo!... ¿Te vas aprovechando de los consejos del agua?... ¡No pongas esos ojazos, hombre, que me asustas!

La joven reía sin cesar y sin motivo, como quien se desquita de largo ayuno. Eran sus carcajadas sonoras y claras, pero no en tono agudo, sino grave. Las notas firmes y llenas que de su garganta se escapaban cuando reía, contrastaban un poco con la pureza y trasparencia de su mirada. Salían teñidas de cierta sensualidad punzante que agitaba los sentidos. Era una risa dulce y amarga á un mismo tiempo, como la de una bacante. La cándida Laura estaba muy lejos de sospechar los misterios amables de su risa. Si los conociese, tal vez notaría el brillo inusitado de los ojos de sus amigos cuando la dejaba correr por su garganta y se ruborizara.

—Mire usted, señorita, cómo se inclinan estos avellanos sobre el arroyo... Parece que arden de sed los pobres. ¡Qué pena debe de ser mirar el agua tan cerca y no poder beberla!... Mire usted, mire usted, sin embargo, aquella rama... ya consiguió besar la corriente... ¡Cómo se pondrá ahora el cuerpo de agua!... ¡Calle, ahora salimos con que nos estaba escuchando aquel lagarto!...

En efecto, uno de estos animales de pintada piel había asomado primero la cabeza al ruido de la conversación por entre dos piedras, y no tardó en salir todo él, quedando inmóvil, según su costumbre.

—¡Ah maldito!—gritó el mayordomo arrojándole una piedra con todas sus fuerzas.—¡No escucharás más tiempo!

La piedra cayó sobre el lomo del animal, partiéndolo en dos. La cola dió todavía algunos brincos sobre la arena.

—¡Pobrecillo!—exclamó la condesa.—¡Para qué lo has matado!

—Señorita, dicen que estos animaluchos hablan con las brujas y les cuentan todo lo que oyen. Parece increíble, ¿verdad?... Pues á mí de chico me sucedió que una vez hablé mal del maestro con otro compañero, y prometí vengarme de él cuando fuese mayor. Un lagarto nos estaba escuchando. Pues al día siguiente lo supo por una bruja que llamaban la tía Dolorosa. Por poco me deshace á palos. Entonces me puse á cavilar si sería el lagarto, ¡y les tomé un odio!...

Sin dejar de hablar, levantáronse y emprendieron nuevamente la marcha. No tardaron en salir de la áspera y estrecha cañada y desembocar en un valle relativamente ancho. Era casi circular y alcanzaría dos kilómetros de diámetro. Nada más fértil y frondoso que aquel pedacito de tierra llana circundado de altísimas montañas. Todo él estaba dedicado á pradería y semejaba una alfombra donde los setos guarnecidos de avellanos trazaban los dibujos. El río corría por el medio más sereno y tranquilo que en la cañada. Á la entrada encontraron la casa de Pedro, quien se empeñó en que su señora descansara en ella un instante. Laura no osó negarse. La casa estaba habitada solamente por la madre de Pedro y por un hermanito de doce años. El padre había muerto. Allí fueron de oir las exclamaciones de la buena mujer al ver á la señora condesa en compañía de su hijo. No sabía lo que le pasaba. Corría de un lado á otro poniéndole dos sillas á un mismo tiempo para que se sentase. Hacía mil reverencias ridículas y no se cansaba de repetir «¡que cuándo podía esperar ella que la señora condesa se dignara entrar en una choza tan miserable!» El joven escuchaba las zalamerías de su madre con indiferencia: Laura, con semblante risueño y agradecido. La pobre mujer no podía ofrecer nada más que una taza de leche y torta de borona, pero «¡cómo había de comer cosa tan ruin la señora condesa!»

—Que lo coma para que sepa cómo viven los pobres—dijo Pedro con cierto énfasis brutal.

La condesa, lejos de ofenderse, le dirigió sonriendo una mirada humilde y aceptó de manos de su espantada madre la taza de leche y la torta. Comió, si no con gran placer, al menos sin hacer ningún asco, mientras el mayordomo la contemplaba fijamente con expresión triunfal. El Canelo participó también del festín, y bien lo tenía ganado, pues por milagro no se le desprendió el rabo á fuerza de menearlo.

—Vamos, vamos, que ya es hora de ir llegando á la fiesta.

Y otra vez emprendieron la marcha, alargando el paso. Salvaron casi todo el valle caminando por una de las laderas. Á la mitad de él próximamente sintieron el lejano y débil repiqueteo del tambor. Algo más adelante percibieron un murmullo ó rumor vago y confuso que despierta siempre dulce emoción en los que asisten á esta clase de regocijos. La romería estaba cerca. Caminaron todavía algunos minutos por un espeso maizal que los ocultaba enteramente, y llegaron por fin á un sitio desde el cual vieron á corta distancia el campo donde se celebraba. Era un vasto prado de verde claro, todo circuído de avellanos.

El espectáculo que ofrecía era á par sorprendente y deleitoso. Por encima de él hormigueaba una muchedumbre compuesta principalmente de mujeres, cuyos pañuelos de diversos y vivos colores, al moverse, mareaban y turbaban la vista. Los hombres en su mayoría se hallaban recostados debajo de los árboles, bebiendo pésimo vino y cantando desentonadamente. Escuchábanse los gritos desafinados de los pregoneros, ofreciendo agua de limón, sangría de vino tinto y avellanas tostadas, y los sonidos agudos y gangosos de la gaita, siempre acompañada del tambor. Esparcidas por diversos parajes del campo veíanse algunas mesas vestidas de lienzo blanco y atestadas de ciertos confites peculiares de la fiesta, como mazapanes, amargos, florones, madamitas, crucetas que se llevaban los ojos de los niños y los cuartos de las madres. Pocos se van de las romerías sin algunos de estos dulces en un pañuelo, los cuales toman el nombre de perdones, por ser la ofrenda que los romeros hacen á su familia en recompensa de haberse quedado en casa mientras ellos se divierten.

En uno de los ángulos del prado se hallaba el grupo de los bailadores que movían las piernas con ligereza al son de la gaita y el tambor, rodeados de otro grupo más numeroso de curiosos. Pero lo que más atraía la vista era un gran nogal, colocado casi en el centro del campo, que por lo espeso de sus hojas y lo bien recortado semejaba una enorme planta de albahaca. Debajo de él una cantina, donde los cueros hinchados que guardaban el vino yacían insolentemente sobre las mesas, inmóviles como borrachos. En torno de la cantina y del árbol se había formado una danza que daba vueltas pesadamente, cantando las baladas del país.

Nuestra pareja se introdujo entre la muchedumbre. Inmediatamente se vieron rodeados por una porción de aldeanas conocidas de Laura en otro tiempo, quienes prorrumpieron en exclamaciones de sorpresa y placer, saludándola con muestras de un regocijo espontáneo, y prodigándola mil epítetos cariñosos de los que tanto abundan en la lengua rústica y primitiva de estas comarcas, tales como «botón de rosa, lucero, corazón de manteca, reitana y palomina sin hiel». Ninguna, sin embargo, se atrevía á llamarla de tú, ni á besarla, aunque buena gana se les pasaba á todas. Algunas, no pudiendo resistir la tentación, le tomaban las manos y se las cubrían de besos. Laura, muy conmovida, consiguió á fuerza de trabajos desprenderse de aquel grupo y seguir adelante. Marchaba apoyándose en el brazo de Pedro aspirando con delicia todos los olores y todos los ruidos de la romería, parándose á cada instante y fijando su atención en cuanto la rodeaba. Cerca de una mesa de confites percibió al fin á una joven que hacía tiempo la miraba con ojos tímidos y ansiosos. Era la amiga más íntima que había tenido. Voló hacia ella y la estrechó entre sus brazos con fuerza. La aldeana recibió tal impresión, que no acertó á decir ni hacer nada, y se dejó acariciar por la condesa, inmóvil y desfallecida, pero soltando por sus ojos tristes un diluvio de lágrimas. Después charlaron mucho de cuanto les había pasado. Pedro, que no podía tomar parte en la conversación, derramaba la vista con semblante distraído por los contornos.

—Perico, te estás aburriendo. De buena gana bailarías un poco, ¿no es verdad?... Pues mira, por mí no has de dejar de hacerlo. Vamos allá, que quiero bailar contigo.

Y dicho y hecho: la condesa, á pesar de los ruegos y las protestas del mayordomo, le arrastró hacia el sitio del baile y se introdujo allá resueltamente. Y con gran pasmo del grupo de curiosos, puestos uno enfrente de otro, comenzaron á bailar con brío y arrogancia al son de la gaita. Los mozos, levantando los brazos y mirando á las mujeres atrevidamente á la cara, ejecutaban mil suertes de figuras, brincaban hacia atrás y hacia adelante haciendo ruido con sus fuertes y claveteados zapatos. Las mujeres, con los brazos y los ojos bajos, brincaban mucho menos y recibían la ruidosa y tosca adoración de su pareja dignamente y ruborizándose. Pero ¡quién se acordaba de ninguna de ellas teniendo á la vista la figura encantadora y risueña de la condesa de Trevia! La muchedumbre, que discurría con estrépito por el vasto prado; el manso río, que atravesaba el valle sin prisa de llegar á su destino, como un viajero que admira la amenidad del sitio; el césped florido, donde los pies se hundían con deleite; los árboles, y las imponentes montañas, que cerraban á corta distancia el horizonte, todo estaba allí colocado por Dios con el objeto exclusivo de ver á Laura. Por lo menos no habría hombre de mediano sentido práctico que no diera todas aquellas hermosuras por uno de los rizos que caían en desorden sobre su frente, alborotándose más y más con los rápidos movimientos del baile. Cuando ya tenía las mejillas encendidas como amapolas y los pies se negaban á separarse de la tierra, quedó inmóvil, y empezó á darse aire con el pañuelo. En aquel momento alzóse un poco de tumulto cerca de ellos: se oyeron algunos gritos coléricos y también el chasquido de los garrotes. La gente acudió allá en tropel. Viéronse bastantes palos enarbolados y otros tantos combatientes ebrios de furor, y alguno de ellos soltando sangre por la frente. Salió una voz del tumulto gritando: «¡Pedro, que matan á tu primo!» El mayordomo partió como un rayo, y vibrando su nudoso garrote empezó á repartir palos lindamente. Pronto trazó el miedo un círculo espacioso en torno suyo. Las mujeres se cogían á la cintura de los campeones, queriendo sujetarlos. La condesa, al igual de ellas, también trataba de contener á Pedro vertiendo lágrimas de susto. Cesó al cabo la gresca por la misma razón que había empezado, esto es, por ninguna. Quedaron algunas mesas de dulces por el suelo y no pocas cestas de fruta volcadas. Los heridos se fueron á lavar al río, que estaba cerca.

La danza siguió dando vueltas en torno del gran nogal. Á la condesa también le vino en apetencia el entrar en ella. Ya los hombres y las mujeres no estaban separados como en los antiguos tiempos, sino agradablemente confundidos, aunque agarrándose sólo por el dedo meñique. Los mozos terciaban sus garrotes haciéndolos descansar sobre el brazo, lo cual prestaba á la danza el aspecto guerrero que indudablemente tuvo en su origen. Cuando la condesa y Pedro entraron, la mitad de la danza decía cantando:

¡Ay, un galán d'esta villa!
¡Ay, un galán d'esta casa!

La otra mitad contestaba:

¡Ay, diga lo qu'él quería!
¡Ay, diga lo qu'él buscaba!

La melodía era suave y monótona. En una mitad cantaban las voces agudas, y en la otra las graves, prolongando todas mucho la vocal final del segundo verso:

¡Ay, busco la blanca niña!
¡Ay, busco la niña blanca!

Al instante respondían los otros:

¡Ay, que no l'hay n'esta villa!
¡Ay, que no l'hay n'esta casa!

La condesa se balanceaba cogida al dedo del mayordomo. Á menudo volvía la cabeza para dirigirle una sonrisa. Todos tenían los ojos puestos en ella, mostrando gran satisfacción de verse tan honrados.

Si no era una mi prima,
Si no era una mi hermana.

Y cantaban las voces graves en seguida, bien enteradas de todo:

¡Ay, del marido pedida!
¡Ay, del marido velada!

—Pedro—dijo en voz baja la condesa,—¿cómo eres tan quimerista? Yo te creía más pacífico... ¡Me has dado un susto!... Todavía me late el corazón con prisa.

—¡Ah, señorita! ¡Si usted supiera el sentimiento que tengo por haber hecho esa barbaridad!... Me estaría dando de palos hasta romperme la cabeza, por bruto. Pero ya ve usted, era mi primo... Usted es muy buena, señorita, y me perdonará, ¿no es cierto?

—Sí, Periquillo, estás perdonado—repuso haciendo una mueca graciosa y soltando el dedo para apretar la mano del joven.

¡Ay, bien qu'ora la castiga!
¡Ay, bien que la castigaba!

Y mejor enterados los otros, respondían:

¡Ay, con varillas de oliva!
¡Ay, con varillas de malva!

Los mozos y las mozas se dirigían en los intermedios del canto palabras sueltas y se daban leves empellones á guisa de caricias, no siendo al parecer estos requiebros de hombros los que menos estimaban las doncellas de sus galanes. Todos cantaban maquinalmente y sin darse cuenta del drama sombrío que se iba desenvolviendo en su romance. La misma Laura, que pudiera ver en él tristes analogías, no fijaba la atención. Pocas veces se la vió tan risueña y despegada de malos pensamientos. Con la boca entreabierta, los ojos brillantes y el vaivén incitante de su cuerpo garrido, parecía otra Laura evocada y traída de los abismos del tiempo por aquel ritmo primitivo.

¡Ay, que su amigo l'espera
¡Ay, que su amigo l'aguarda!
 
Al pie de una fuente fría,
Al pie de una fuente clara,
 
Que por el oro corría,
Que por el oro manaba.

—¿No le parece á usted, señorita, que podemos ir dejando la romería? El sol está ya muy bajo...

Laura sacudió la cabeza como si despertase de un sueño y soltó sus manos del corro. Cuando se alejaron de la danza las voces agudas cantaban:

Ya su buen amor venía,
Ya su buen amor llegaba.

Y las graves respondían:

Por donde ora el sol salía,
Por donde ora el sol rayaba.

Despidiéronse de cuantos amigos hallaron. La sombra, en efecto, había invadido todo el valle y empezaba á escalar lentamente las montañas. Compraron confites y avellanas tostadas y bebieron unos sorbos de vino para tomar fuerzas. Algunas aldeanas los acompañaron un buen trozo del camino, despidiéndolos á la salida del valle. Al entrar en la cañada, una brisa perezosa y blanda vino á acariciarles el rostro y las manos. Caminaban charlando y comiendo avellanas. Cuando la condesa tenía reunidos en la mano algunos cascos, los arrojaba riendo á la cara de su acompañante. La voz de la gaita se perdía moribunda ya en los repliegues y concavidades de las peñas. El río se quejaba amargamente del poco sitio que éstas le dejaban. Cerrábanse los avellanos formando túnel y oscureciendo mucho el camino. Los honrados castaños alargaban sus palmas sobre las cabezas de los romeros brindándoles protección. Al pasar cerca del molino Laura le dirigió una mirada. La gran culebra triste y oscura no acababa de encontrar guarida y seguía arrastrándose silenciosamente entre las sombras del crepúsculo. Los pedazos del lagarto que Pedro había matado se reflejaban aún en su lomo tembloroso y plomizo. Cuando llegó la pareja al palacio era ya noche cerrada.

IX

Fragmentos de un diario.

CIERTO no habrá lector que haga al señorito Octavio la ofensa de suponerle desprovisto de un diario. Los héroes de novela tienen ciertas obligaciones á las que no pueden sustraerse.

Hé aquí algunos trozos arrancados de su cuaderno.

Son de gran utilidad para el curso de esta historia. Están escritos de su mismo puño en una magnífica letra inglesa.

Julio 26.

Lo mismo que ayer. ¡Qué tiempo tan fatal! No tengo disculpa para ir allá con esta lluvia que ahora da en caer por las tardes... ¡Y yo que atravesaría el Océano en una lancha por tocar un dedo de su hermosa mano!

Julio 27.

Lo mismo que ayer y que anteayer. Las mañanas están limpias y claras, y á la tarde es precisamente cuando estalla la borrasca. Me desespero. Hoy no pude resistir la tentación: tomé el impermeable y me fuí hacia allá. Después de pasar el puente salté á los prados para atravesar el camino. Si me hubieran visto caminar con aquel temporal no sé lo que hubieran pensado. Mi objeto único y exclusivo era verla, aunque fuese de lejos. Me aposté detrás de un árbol y estuve esperando no sé cuánto tiempo. El agua me bañaba el rostro y el cuello. Al fin oí su voz clara y perlada. Salió al corredor con su hijo y ambos se divirtieron un rato en extender las manos para recibir en ellas los hilos de agua que caían del techo, secándose después con el pañuelo. ¡Qué aspecto infantil tan encantador toma á veces! Y no obstante, yo la prefiero altiva y soberbia, cuando pasea su mirada distraída por los objetos y contesta á un saludo profundo con leve inclinación de cabeza. Mujeres hay muchas; damas muy pocas. Cuando me acerco á ella tiemblo de los pies á la cabeza, pero este temblor me hace gozar extraordinariamente. Son misterios de mi organismo que á nadie se pueden confiar, porque nadie los entendería.

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Agosto 1.º

Hoy, hablando con ella de la antigüedad de mi familia, me enredé en un lío de mentiras tan grande, que no sé cómo pude salir de él. Me puse colorado hasta las orejas, y cuantos más esfuerzos hacía por aparecer sereno, más me sofocaba. Si lo notó, como es de presumir, ¡qué idea tan baja habrá formado de mí! Estoy vendido con este rubor estúpido que me asalta por el más leve motivo. Se me figuró que al despedirme hizo un gesto de desprecio, ¡Dios mío, que estúpido soy!

Agosto 2.

Cuando creí que iba á encontrarla fría y seria por mi necedad de ayer, recibí la deliciosa sorpresa de hallarla más amable y jovial que nunca. Jamás se acaba de entender á esta clase de mujeres; pero estos vaivenes y misterios son los que más encienden el amor. Al verla hoy dirigirse á mí tan cariñosa y risueña, me dió un vuelco el corazón; se me cortó la voz: seguramente me puse pálido. Nunca me ha pasado esto con Carmen. Á los ocho días de tratarla ya me la sabía de memoria y predecía todas sus respuestas y ademanes. ¡Pobre Carmen, qué mal le pago el amor que me tiene! Pero ella, ó el diablo por ella, se empeña en quitarme las ilusiones. Ayer me decía con gran amabilidad que esperaba que hoy fuese á su casa á comer de mediodía. ¿Tengo yo la culpa de que la pobre niña sea tan chabacana?... Hoy ha estado cariñosa en extremo conmigo, hasta el punto de que su marido fijase alguna vez con insistencia su mirada en nosotros. Esto ha contenido un poco los ímpetus de la lengua, pronta á dejar escapar mi dulce secreto. Yo pensaba que á los maridos se les tenía siempre lástima; pero no es así. Ese hombre me causa pavor. Su mirada me hace temblar. Hemos merendado en el campo, que estaba delicioso. He gozado pocas veces tanto en mi vida. El humor de ella excelente, aunque á veces decaía repentinamente y sin motivo. Como yo me negase á tomar cierto confite del que se hacían grandes elogios, levantóse de improviso con una cucharilla en la mano; se acercó á mí; me hizo con un gesto encantador abrir la boca y me introdujo allá la cuchara cargada de dulce. Dudo que la ambrosía tuviese mejor gusto.

Agosto 3.

(Aquí apunta el héroe la escena que se ha descrito al final del capítulo séptimo.)

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Agosto 5.

Ayer me llamó el conde aparte con aparato de misterio. Confieso que le seguí más muerto que vivo. No dudé que había sospechado mi pasión; pero la amable sonrisa con que inauguró su discurso me tranquilizó completamente. Me dijo que se acercaban las elecciones para diputados á Cortes y que contaba con mi apoyo y el de mi padre. No tuve valor para contestarle que yo no tengo ninguna influencia, y que mi padre, como hombre afiliado á un partido político, tiene compromisos ineludibles, contrarios, sin duda, á las ideas que él representa. ¡Cuánto siento que papá figure en un partido tan avanzado! No sé por qué ha tenido la desdichada ocurrencia de enamorarse de esa chusma insolente que escarnece todo lo grande y elevado. La igualdad que esa gente pide es la igualdad en la grosería y la bajeza. Les molesta el brillo de los salones, y sienten envidia y piden que todo el mundo habite en desvanes. Se sienten molestados por la superioridad de los nobles, por su cultura, por su valor, por su exquisita educación, y pretenden que sean torpes y cobardes como ellos, sin que sus nombres ilustres, que van unidos á las inmarcesibles glorias de España, les infundan respeto. Odian también la religión, porque se opone á sus apetitos y les encarece la humildad. Quieren, en una palabra, destruir las dos cosas más hermosas que los hombres han poseído jamás: el culto á la divinidad y esa sublime magistratura de los siglos, que se llama poder real. Me avergüenzo de haber querido también su destrucción. Todo el que tenga alma de artista sentirá siempre repugnancia hacia el triunfo de la fuerza numérica.

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Agosto 9.

Estoy inquieto; no puedo dormir. Me levanto de la cama y escribo estos cuatro renglones en un estado casi febril. Todo el mundo nota que ando ojeroso y pálido estos días. Y en efecto, siento una intranquilidad tan grande en mi alma y en mi cuerpo, como si tuviera una pila de electricidad en la cabeza y otra en el corazón. ¡Dios mío, por darle un beso, aunque fuese en su lindo pie desnudo, renunciaría á todas las dichas de este mundo! Por besar su cuello blanco y perfumado me parece que daría también las del otro. Hoy hemos dado un paseo relativamente largo. Seguimos el arroyo que baja de la montaña á unirse en la Segada con el Lora, caminando siempre entre árboles. Como íbamos formando grupo, apenas pude hablar con ella. Llevaba un vestido azul oscuro; el cabello al desgaire; en el brazo derecho un brazalete de esmeraldas y en el cuello un medallón de las mismas piedras. No necesitaba estampar estos pormenores, porque los he de recordar mientras me dure la vida. En cierto paraje estrecho tropezó en una piedra grande, y gracias á D. Primitivo, que la sostuvo, no cayó. Me he fijado en la piedra, porque pienso arrojarla al río... Pero no; mejor será llevarla á mi jardín y conservarla. Llegamos cerca de una capilla llamada de la Consolación. La condesa se empeñó en entrar; yo la seguí. Los demás, incluso el cura de la Segada, se quedaron fuera con el pretexto de que estaban sudando. La luz se filtraba con trabajo dentro del exiguo templo por dos ventanillas estrechas que más parecían grietas. Colgada frente al altar de la Virgen, chisporroteaba una lámpara de bronce. Aquella Virgen solitaria, de mejillas y pies rosados, de ojos cándidos y piadosos, recibiendo como única adoración el triste chisporroteo de la lámpara, infundía en el alma tierna y amorosa devoción. El silencio era grande. Las sombras descendían del techo por intervalos y cubrían con tupido manto alternativamente el altar, el confesonario, la Virgen y el pavimento. La condesa se hincó de rodillas y me dijo en voz baja y sonriendo:

—¿Quiere usted rezar unas Ave-marías conmigo?

Me apresuré á hincarme también á su lado. Empezó á rezar delante, muy bajo, y yo á responderle. No puedo describir la sensación deliciosa que tal oración me causó, aunque sí presumo que no aprovechó nada á mi alma. Aquel cuchicheo tan suave que salía de su boca, penetraba en todo mi ser y lo henchía de voluptuosidad. Hubiese querido prolongar unos instantes más aquel estado, y morirme después.

Cuando volvíamos para casa traté de explicarle algo de lo que me pasaba, para que conociese siquiera un parte del amor infinito que me inspira; pero siempre rehuía la conversación. Una vez, sin embargo, logré que se fijase.

—Quisiera morirme pronto—le dije repentinamente.

—¿Y por qué?—repuso volviendo el rostro con sorpresa.

—Porque llevo dentro de mí un demonio que me atormenta sin cesar.

—¿Qué demonio es ése?

—Una pasión imposible.

Siguió caminando en silencio unos momentos y se puso grave. Hasta entonces había estado risueña y habladora.

—No encuentro motivo para que usted desee la muerte, Octavio. Una pasión, por imposible que sea, arrastra consigo muchos y dulces placeres. Solamente el amar es ya una felicidad inmensa... á mi entender mucho mayor que la de ser amado. Si es verdad que usted siente una pasión, y esa pasión es noble, procure usted encerrarla en el fondo del alma como una joya preciosa, como una flor delicada. Las flores no crecen en los parajes infectos ó áridos. Quizá le preserve de cometer malas acciones; y aunque no fuese más que por esto, debe usted bendecirla.

No me cabe duda que entendió mi declaración. Su mirada huía de la mía al decirme estas palabras; su voz temblaba; su paso era precipitado... ¡Oh, sí, me ama, me ama!... Siento no obstante una turbación... Me encuentro tan agitado... Todas las noches sueño cosas espantosas...

Agosto 15.

Me causa vergüenza escribir lo que acaba de sucederme; pero ¿no ha de ser este libro solamente para mí? No quiero dejar de apuntarlo, aunque me cueste trabajo. Tendré siempre á la vista la historia exacta de mi vida.

Hemos estado en el monte á cazar. Salimos á las cinco y media de la mañana y regresamos á las siete de la tarde. El conde se empeña en que ella cace también: ¡y por qué sitios! Por mucho que la imaginación trabaje, es imposible que se forje nada tan fragoso y espantable. Hemos estado en la misma Peña Mayor; pero antes de llegar allá necesitamos atravesar bosques espesos de hayas, donde se deja en pedazos la ropa y hasta la piel, senderos labrados en la roca sobre negros abismos, donde un tropezón cuesta la vida, y puentes rústicos, formados á veces de un solo tronco de árbol, que por maravilla no se va uno cien veces al torrente. Las montañas se elevan á menudo perpendicularmente sobre nuestras cabezas, dejando sólo un estrecho paso que se reparten el hombre y el arroyo. En otras ocasiones los peñascos se aglomeran en un punto, los unos sobre los otros, de tal suerte que el hombre y el arroyo se ven obligados á dar mil vueltas y rodeos para hallar salida. Ella pasa por los sitios más peligrosos sin ningún miedo. Á veces parece gozar desafiando á la muerte. Verdad que lleva consigo á Pedro el mayordomo, que conoce todos aquellos parajes al dedillo y anda por ellos lo mismo que por una sala. Le he visto hoy coger á la condesa como si fuese una muñeca y atravesar de dos brincos un puente hecho de troncos podridos. Después de andar inútilmente bastante tiempo, y ya bien mediada la tarde, echamos un rebaño de nueve corzos. Ni ella ni yo, por haber disparado con precipitación, conseguimos tocar á ninguno. El conde esperó con calma que estuviesen cerca y dejó dos muertos de dos disparos. La impasibilidad con que este hombre lo ejecuta todo es para sorprender á cualquiera. Ella le tiene miedo, y esto me obliga á odiarle con todo mi corazón, por más que reconozca que es un hombre distinguido. No creo que la maltrate, pues al fin y al cabo «nobleza obliga», pero me da el corazón que no la quiere. ¡Qué sacrilegio! ¿Dónde tendrá los ojos el señor conde de Trevia?

Después que presenciamos las últimas convulsiones de los corzos (cuando contemplé el dolor de aquellos inocentes animalitos, por nada en el mundo hubiera querido ser su matador), subimos aún más para ver el lago Ausente, que es un capricho grandioso de la Naturaleza. Está rodeado de altas y descarnadas montañas que forman un anfiteatro en el cual la superficie tranquila del agua forma el redondel. Nos asomamos por uno de los peñascos que lo circundan. La soledad de aquel sitio es aterradora y oprimió mi corazón. Parece el lugar donde los genios de la montaña vienen á llorar sus tristezas, y aquellas aguas opacas y pesadas como el plomo, las lágrimas que derraman. El conde, apenas hubo arrojado sobre él una mirada, se volvió con Pedro. Quedamos ella y yo en pie sobre el abismo. ¡Qué hermosa estaba sobre su pedestal granítico! Después de Dios, jamás contempló aquellas aguas un ser tan bello. Sentí que el corazón me latía fuertemente; me pasó como un carbón encendido por la garganta; turbóseme la vista, y sin saber cómo, me encontré á sus pies, diciendo:

—Más vale morir una vez que morir mil veces cada día. Hace un mes que tengo un infierno en el corazón... Una palabra, una mirada, un gesto de usted puede elevarme repentinamente al cielo... Porque quiero que usted sepa que la amo... sí... la amo como un insensato que soy. Soy un insensato... pero ya no tiene remedio... Si esa palabra ó esa mirada no viene, tendrá usted la triste satisfacción de verme rodar ahora hasta esas negras aguas que me taparán para siempre.

Quedó un momento suspensa, mostrando gran sorpresa. Me dirigió una mirada altiva y prolongada; y sin proferir palabra volvió la espalda y echó á andar lentamente.

No sé lo que pasó por mí. Cuanto tenía delante, el lago, la tierra, el cielo, quedaron confundidos y se oscurecieron. Sentí que era necesario morir, y vi la muerte delante de los ojos. Pero un pensamiento maldito de temor se alzó en mi corazón con poder invencible. Vi de improviso y en un solo instante todo mi pasado: los sitios donde corrieron las dulces horas de mi infancia, el pequeño lecho donde me dormía oyendo los cuentos de la criada; sentí sobre la frente los tiernos besos de mi madre y en las mejillas la áspera caricia de la mano de mi padre, más suave para mí que el ala de un ángel... ¡El lago estaba tan negro!... ¡Qué rumor lúgubre levantaría mi cuerpo ensangrentado al penetrar en él!... ¡Ay! Faltóme el valor... ¡Qué vergüenza!... Metí el rostro entre las manos y rompí á llorar como un niño.

Noté que ya no andaba, y sin verla sentí que su mirada se posaba sobre mí más dulce y compasiva.

Durante el camino no me atreví á despegar los labios. Ella también iba silenciosa. El conde y Pedro charlaban de las ocurrencias de la caza. Cuando llegamos á casa era ya noche. Lo primero que vimos en el portal fué á la monísima Emilia que extendió los bracitos hacia su madre gritando de alegría. Ésta se apresuró á levantarla y le dió un sonoro beso en la frente. Después, señalándomela con ademán imperioso, me dijo: «¡Ahí!»

Obedecí sumiso y besé también la frente de la niña.

Agosto 16.

Salgo de la cama en este instante. No he soñado monstruosidades como otras veces, pero ha sido tan triste mi sueño, que aún estoy conmovido. Siento dentro del alma una melancolía honda y desgarradora como si me encontrase solo en el mundo.

Soñé que me hallaba en medio de un salón de baile espléndido y hermoso y profusamente iluminado. Pero lo raro es que en aquel salón no había nadie más que yo, que me paseaba en traje de etiqueta, viendo repetirse mi imagen en todos los espejos. El silencio era casi absoluto. Mis pies se hundían en la mullida alfombra sin producir ruido. Al cabo de algún tiempo observé que se abría una puerta y aparecía en ella la torneada figura de la condesa, rica y elegantemente vestida. Dirigióse á mí sonriendo y me dijo: «¿Quiere usted que bailemos un poco?» Al mismo tiempo escuché los acordes de un vals de Strauss, tocado admirablemente por una orquesta invisible. Nos pusimos á bailar. Ella se abandonó en mis brazos como una niña y corrimos el salón de un cabo á otro sin tocar apenas en el suelo. Yo, sin gastar preámbulos, le declaré mi amor con palabras fogosas y apasionadas. Me respondió que su amor era tan grande como el mío y empezó á estrecharse más contra mi pecho. Turbado y ebrio de voluptuosidad, quise acercar mis labios á los suyos; pero en aquel momento me sentí cogido por unas manos de hierro. Volví la cabeza y se me figuró ver el rostro pálido del conde. Todo desapareció y mi sueño quedó disipado, como las imágenes de un cuadro disolvente.

Desperté muy agitado. Aunque estoy mejor, aún me dura la alteración nerviosa. No sé si llegaré á presentarme otra vez en la Segada. Quisiera tener fuerzas para huir de estos sitios.

X

Síntomas graves.

EL calor había alcanzado su grado máximo. Los árboles y las plantas, poco acostumbrados á él, empezaban á sentirse sofocados y demandaban á las nubes, que pasaban volando sobre ellos, algunas gotas de agua; pero las nubes se hacían las sordas y seguían inflexibles su camino por el espacio. Los frutos comenzaban á amarillear; los riachuelos se secaban dejando al descubierto su lecho de guijarros que los rayos del sol tornaba blancos. Si se aplicaba un fósforo encendido á la hierba, ardía como estopa. La gente de la Segada tenía que andar un kilómetro para ir á la fuente, porque la del pueblo se había agotado.

La vida en el palacio era monótona, pero dulce y amable. Laura tenía perfectamente distribuído el tiempo, y lejos de aburrirse se encontraba como el pez en el agua. La idea de su vuelta á Madrid la estremecía. Se levantaba muy temprano y salía á la huerta, donde hizo por su mano algunas notables mejoras, como fué la de trasplantar algunos claveles que estaban demasiado prietos y se molestaban, y limpiar el polvo con delicado esmero á las hojas de una enredadera: también colocó una esterita de quitaipón sobre los alelíes para que el sol no los quemase á ciertas horas del día. Tornaba al palacio siempre fatigada y se apresuraba á lavarse las manos manchadas de tierra. Después se desayunaba en compañía de sus hijos, con los cuales permanecía encerrada en sus habitaciones toda la mañana, alternando los juegos con el trabajo. Eran las horas más deliciosas de su existencia. Pero venían á avisarla que el almuerzo estaba servido y era fuerza resignarse otra vez á ver sonrisas ambiguas, miradas crueles, semblantes odiados.

Por la tarde, cuando no tomaba el álbum y los lápices para ir á dibujar al campo, salía á dar una vuelta por el pueblo. Entraba en las casas de los vecinos y se pasaba á veces dos ó tres horas en alguna de aquellas miserables viviendas sentada sobre un cofre sucio, escuchando sin pestañear las relaciones de las mujeres gárrulas que no acababan jamás ó ayudándolas en sus fatigosas tareas. Al principio la trataban con mucho respeto. Á medida que la conocían, iban tomando confianza, que hubo de tocar no pocas veces en familiaridad. Pedro solía acompañarla en estas excursiones, lo mismo que en los trabajos matinales de jardinería. El pobre debía de aburrirse de un modo lastimoso en aquellas sesiones en que la condesa servía de paño de lágrimas, pero no lo demostraba. Antes parecía estar como en la gloria sentado frente á su señora, callando, sonriendo y sin quitarla ojo. Á las cinco, poco más ó menos, la condesa volvía á casa para recibir las visitas de los amigos de Vegalora. Al oscurecer comían y después de rezar el rosario y acostar á los niños se encerraba en su cuarto y pasaba gran rato leyendo antes de irse á la cama. Así era la vida que la opulenta condesa de Trevia, gloria y admiración de los salones de la corte, verdadera estrella Sirio de la sociedad madrileña, encontraba dulce y amable. Algunos días salía de caza, con no poca pesadumbre, pues aunque amaba el ejercicio y los campos, aborrecía la muerte de los animales inocentes. Además, se veía precisada á estar con él algunas horas.

En cuanto á la manera que el conde tenía de pasar el tiempo en su palacio, sólo la blonda institutriz pudiera dar cuenta perfecta de ella.

La del mayordomo había cambiado notablemente desde la llegada de sus amos. Pedro era un buen muchacho, un poco brusco, un poco altivo, un mucho cándido y noble. Las vicisitudes de su carrera militar, aunque breve, gloriosa y variada, no le habían enseñado más de lo que ya tenía aprendido de la naturaleza: á callar pocas veces sus sentimientos y á ser intrépido y firme en todas ocasiones. Su figura anunciaba claramente estas cosas. Aquellos ojos negros velados por largas pestañas, aquel cabello encrespado, los rasgos pronunciados de su rostro trigueño, la anchura de su cuello y lo fornido de sus hombros acusaban sin ninguna duda el temperamento sanguíneo puro. En toda la comarca era temido por sus ímpetus y amado por su franqueza y generosidad. La vida de Pedro antes era la de un labrador bien acomodado. Odiaba las cifras y las cuentas y procuraba despachar las que le estaban encomendadas en el menor tiempo posible y por el procedimiento más breve. En cambio era apasionadísimo de los trabajos del campo, de la caza, de los caballos y de los toros. Le costaba mucho trabajo estarse quieto, sobre todo en casa. Parecía que sus pulmones de gigante no encontraban aire ni aun en los espaciosos salones del palacio. Pero desde que los señores habitaban en la Segada, ó mucho habían cambiado sus aficiones, ó muy contrariado debía estar, pues sus costumbres no eran las mismas. Ya no salía de caza sino con los condes. Dejó en manos de los criados los trabajos de la labranza. Apenas visitaba las cuadras y pasaba mucho más tiempo en casa. La condesa le tenía secuestrado para todas sus excursiones y arreglos de jardín. Los niños también le retenían como un compañero que les servía en sus juegos.

Las relaciones entre Pedro y la condesa habían experimentado asimismo algunos altibajos dignos de atención. Durante los primeros días, el respeto y la veneración tenían cohibido al mayordomo en presencia de su señora y le obligaban, contra su natural, á mostrarse tímido y reservado. Vino después un período de confianza del cual hemos visto ya una muestra en la excursión á la romería. Su carácter franco y enérgico concluyó por sobreponerse al espíritu infantil de la condesa. En sus conversaciones casi llegó á borrarse la línea infranqueable que los separaba. Mas de repente, y sin que Laura diera motivo para ello, Pedro cayó de nuevo en una timidez y una reserva inexplicables. No sólo prescindió de las frases familiares y de los modales descuidados en su presencia, sino que hasta evitaba el mirarla frente á frente. Á pesar de esto no se notó que huyera las ocasiones de acompañarla; antes al contrario, parecía que las solicitaba. Mas, una vez á su lado, dejaba pasar las horas sin despegar los labios, apresurándose á cumplir sus órdenes más insignificantes. La timidez del mayordomo no era en verdad de la misma índole que antes. Había en ella más idolatría á la mujer que respeto á la señora. La condesa, ó no observaba tal cambio de modales, ó si lo observaba no quería fijar la atención en ello.

La actividad de Pedro había decrecido notablemente. Aquel Hércules se enervaba á ojos vistas en los cuidados del jardín. El perfume que la condesa despedía de su persona había mermado sus fuerzas y el roce fugaz de su vestido turbado mucho sus costumbres. Cuando quedaba sólo no buscaba al momento, como antes, una ocupación manual en que entretenerse. Permanecía grandes ratos contemplando sin pestañear cualquier objeto que tuviera delante de los ojos y (cosa que hasta entonces nunca le había sucedido) le llamaban poderosamente la atención las cimas lejanas y vacilantes de las montañas que cortaban la niebla del horizonte. Quiso atribuir al calor esta singular postración que experimentaba, y cuando algún vecino después de sorprenderle con los brazos cruzados le dirigía alguna pulla, echaba pestes contra el verano, que le quitaba las ganas de emprender ningún trabajo. Y en realidad, no mentía. Nunca había sufrido tanto calor. La sangre hervía dentro de sus venas produciéndole gran desasosiego. Pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama sin lograr prender los ojos. Y de vez en cuando solía levantarse en lo más hondo de sus entrañas un rumor extraño, doloroso, que le desazonaba sin acertar á comprender de dónde venía ni qué expresaba. Parecía el ruido de la sangre al invadir con ímpetu lugares donde nunca hubiese entrado.

Cierta noche en que se revolvía en el lecho medio sofocado por el calor y la desesperación de no dormirse, después de haber aligerado la ropa en vano y abierto de par en par la ventana, concibió el proyecto de salir á darse un baño en el río. Y como para nuestro mayordomo los proyectos eran resoluciones, y más tratándose de algo peligroso, dicho y hecho: levantóse velozmente, abrió una de las puertas traseras del palacio y se encaminó sin vacilar á las orillas del Lora. Despojóse inmediatamente del vestido y se zambulló en los cristales opacos del río con estrépito. La noche era despejada, pero sin luna. El remanso donde se bañaba estaba envuelto en sombras espesas que los árboles arrojaban. Permaneció más de media hora tendido de cara al cielo contemplando las estrellas que flotaban en el éter como él en el agua. Pensaba, ó por mejor decir, soñaba cosas disparatadas, pero suaves y hermosas. El calor, sin embargo, no huía de su cuerpo. Dejó pasar más tiempo, y viendo que no conseguía refrescarse enteramente, salió del baño. Cuando se puso la ropa sintió un fuerte temblor de frío, que desapareció al instante. En el camino sintió otros dos ó tres cada vez más prolongados. Al entrar en la cama tiritaba atrozmente y no consiguió producir la reacción por más que se echó gran cantidad de ropa encima. Al amanecer se le fijó un agudo dolor en el costado izquierdo que le obligó á llamar al médico. Á las diez de la mañana estaba declarada la pulmonía, y el médico de la villa le daba un fuerte lancetazo y le extraía buena porción de sangre.

La condesa, á las doce del mismo día, asomó su carita graciosa y sonrosada por la puerta del cuarto y preguntó con interés:

—¿Qué es eso, Pedro, qué te pasa?

—Me he puesto malo, señorita, pero ya estoy bien.

—¡Qué has de estar bien, hombre, si me han dicho que te acaban de sangrar! ¿Cómo has hecho la atrocidad de bañarte por la noche? Te está bien empleado por majadero. ¿Crees que se puede jugar con la salud? Lo que no sucede en un año sucede en un día. Los que estáis robustos os figuráis que no podéis enfermar jamás, pero cuando menos lo pensáis os viene el latigazo encima. Voy á preparar el calmante que el médico ha recetado. Ten cuidado de no sacar los brazos fuera. Gracias á Dios, eso no será nada. No tengas aprensión.

Desapareció después de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo encontró delicioso.

Al día siguiente á la misma hora volvió á asomar la cabeza.

—¿Cómo va?

—Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.

—¿Has dormido?

—Regularmente.

—Ya sé que te probó bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua para los pies, y que te las renueven cada hora. ¡Pero qué majadería has hecho, Pedro! ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de bañarte por la noche?...

La condesa pronunció un nuevo sermón contra los hombres que juegan con su salud.

Al otro día, después de preguntarle cómo seguía, Laura observó que la ropa de la cama se había caído un poco, y sin poder contenerse se acercó al enfermo.

—¡Ave María Purísima, cómo has puesto la ropa!—exclamó mientras la arreglaba con solicitud maternal.—Si no te movieses tanto, criatura, no te sucedería esto. No tienes tú toda la culpa, sino esas torpes de criadas que no saben hacer una cama.

Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la boca del mayordomo, el cual dejó escapar un beso tímido sobre ellos. Laura quitó rápidamente la mano, se puso colorada y continuó, sin decir palabra, arreglando la cama.

Al día siguiente sólo asomó la nariz por la puerta para preguntarle cómo seguía, y se fué sin entrar en conversación. Pero al otro volvió á notar con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su sitio.

—Debes de estar muy incómodo, Pedro. Espera... alza un poco la cabeza.... Así.... ¿No estás mejor ahora?

Arregló después un poquito el lecho, y allá, para concluir, tiró otra vez por la ropa hacía arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen sus dedos con la boca del joven. La casualidad también que Pedro apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareció notarlo.

El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le hacía serlo aún más, por lo que con mucha frecuencia se le revolvía y marchaba la ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las casualidades de que hablábamos repitiéronse varias veces, sin que Laura se diese por enterada ni acusase recibo del beso. ¡Era tan leve y tan tímido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fué mejorando de un modo rápido, hasta levantarse á los doce días del lecho. Nunca enfermedad se le hizo más corta á nadie.

Estuvo tres ó cuatro sin salir de la habitación. Durante ellos pudo observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la convalecencia que lo había estado en la enfermedad. La gente del palacio lo atribuía al abatimiento que le dejara la extracción de sangre.

La condesa venía á verle todos los días, conversaba con él, le traía golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.

Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asomó, como de costumbre, la cabeza y le preguntó si no se decidía á dar una vuelta por la huerta. El día estaba muy hermoso y el ambiente seco; alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contestó, sonriendo, que no se hallaba con ánimo todavía para pasear. Mas en la sonrisa que contrajo sus labios reflejábase una tristeza tan profunda y tan grande abatimiento, que la condesa se le quedó mirando un buen espacio tratando de sondarle el alma. Al fin, acercóse á él lentamente y le dijo en voz baja:

—Estás muy triste, Pedro. ¿Te encuentras peor?

—No, señorita, no; me encuentro bien.

—Vamos, no lo ocultes. ¿Te sientes mal?

—No; ya estoy completamente bueno.

—Entonces, ¿te hace falta algo?

Vaciló un instante y, apoderándose rápidamente de una mano de su señora, empezó á cubrirla de besos apasionados.

—Sí, me hace falta esto.

Á la pobre Laura se le encendió el rostro. Quedó confusa y temblorosa, y no supo más que decir mientras trataba de sustraer su mano á las apasionadas caricias del mayordomo:

—¡No, eso no... eso no!

XI

Lo que cuesta un perro de caza.

EL Canelo no era uno de esos perros frívolos que se ponen en dos patas así que se lo ordenan con imperio, ni se entretenía en buscar un pañuelo cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oyó que hubiese saltado por Francia, por Inglaterra ó por cualquier otro país extranjero. Tampoco era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin tocar de ellos. Había formado opinión muy severa sobre todas estas niñerías que no tienen inconveniente en ejecutar los perros sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es seguro que lo hubiera rechazado enérgicamente. Mas en lo que toca al cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas á su cuidado, bien puede decirse que ningún perro le ponía el pie delante. Era esclavo de sus deberes. Así que sentía en el cuello el cascabel de caza y veía á su amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y empezaba á ladrar como un energúmeno (como un perro energúmeno), manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para él una carga, antes por el contrario estaba deseando ser útil en todo lo que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las perdices y para cobrarlas, aunque se ocultasen en el centro de la tierra, se había captado la estima y admiración de todos los cazadores del contorno. Alguno de ellos llegó á ofrecer por él dos onzas de oro; pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo á ningún precio, como de tirarse á la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapiés, tal cariño le profesaba, que primero le faltara el pan á él que á su perro. Razón poderosa tenía, pues, el Canelo para adorar á su amo y no separarse de su lado ni de día ni de noche.

Las costumbres del Canelo no podían ser más sencillas y metódicas. En el invierno se tumbaba al sol, y en el verano á la sombra. La única variante que á veces introducía en este régimen saludable, era el tumbarse también al sol por el verano exponiéndose á tomar un tabardillo ó unas calenturas gástricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas diversas y tan fantásticas en ocasiones, que excitaba la admiración de los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo se hubiera juzgado con razón el perro más dichoso de la tierra. Pero estos inicuos animalejos le habían declarado una guerra cruel; no perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo á veces ponerle en un estado de irritación vecino de la locura.

Los rasgos sobresalientes de su carácter eran la honradez y la independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacífico por naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie podía venir á las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia sobre los contendientes, y los obligaba á separarse con grave detrimento de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la villa que en los caseríos del concejo. Entre los perros también era bien quisto. Todos confesaban que tenía una razón muy clara y le juzgaban incapaz de jugar una perrada á nadie. Si la raza canina convocase un parlamento, el Canelo sería indudablemente el candidato indicado para aquel distrito.

Mas como al fin no hay mortal que esté libre de defectos, nuestro Canelo tenía algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga á confesar. Decíase, con razón, que era un tanto caprichoso y no bastante justificado en sus antipatías. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la conducta inconveniente y grosera que seguía con el licenciado Velasco de la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, gruñía y hasta pretendía morder. El pobre D. Juan Crisóstomo no acertaba á explicarse el por qué de esta aversión, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir á la Segada. Apeló al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena provisión de ellos en los bolsillos, que se apresuraba á donar liberalmente al inhumano perro, así que le tenía cerca; mas éste, que mientras duraba la pitanza movía la cola en señal de amistad y gratitud, lo mismo era concluir, que tornaba á gruñir de un modo más cruel, sin consentir por ningún concepto que el licenciado le pasase la mano por la cabeza. Peor resultado dió todavía el bastón de estoque que D. Juan Crisóstomo tuvo á bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo cargo de que el licenciado había adquirido un nuevo bastón, no tuvo límites. Era una ofensa que sólo podía lavarse con sangre. Fué menester que Pedro le machacase á golpes y después le atase para conseguir apaciguarlo.

Además de esta desigualdad de carácter, que por fortuna sólo se mostraba de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar inficionado de los últimos errores de la filosofía alemana, ó por su mismo natural refractario á toda idea teológica, es lo cierto que era muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religión. No se dió vez que hallándose en misa no se hubiera levantado en el instante más crítico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha sangre fría y la cola tiesa, se salía pian pianito del templo. Todo el mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.

Mas á pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un perro simpático y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes á la Segada, había experimentado su vida algunas modificaciones que no eran de su gusto. Confesaba, como no podía menos, que la comida era más abundante y escogida, pero en cambio se veía obligado á sufrir la soba continua de los niños que no le dejaban á sol ni á sombra. En todo el día no cesaban: Canelo para aquí, Canelo para allí; unas veces montándosele sobre el espinazo, otras tirándole de las orejas y otras del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufría con paciencia por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el Canelo había tomado grandísimo amor á la condesa desde el punto en que la vió, sin que para ello hubiese ningún motivo de interés, pues ya conocemos la generosidad y limpieza de su corazón. Lo mismo era verla que ya perdía su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y movía la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le ponía las patas sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando la veía sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrás y le pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y después se echaba á reír mientras él la contemplaba de hito en hito á distancia respetable, un poco asustado de lo que había hecho. Verdad que la condesa le pagaba su afición prodigándole grandes cuidados culinarios y librándole en no pocas ocasiones de la justa cólera de su dueño. Y basta de noticia biográfica.

Acaeció que una mañana de los últimos días del mes de Agosto salió la condesa con sus hijos á solazarse á la pomarada, donde las espesas copas de los árboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de uno, sobre un almohadón que le trajo Pedro, miraba con semblante risueño corretear á los niños y divertirse con el Canelo. Éste, contra lo que pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena voluntad á que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el enfadado y correr detrás de los muchachos como una fiera que los fuese á devorar. Pero los niños, que sabían á qué atenerse sobre esta fiereza, se paraban de repente y le metían sus manos pequeñísimas en la boca con la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de los parajes más apartados de la finca con un libro abierto en la mano.

La condesa había cambiado bastante desde su llegada á la aldea. Había en su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras que sólo un ojo perspicaz y avezado á sondar las profundidades del corazón pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo que primero saltaba á la vista. Los aires del campo y el ejercicio las habían tornado más frescas y rosadas: las ojeras madrileñas habían desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente frecuentaban el palacio deteníase aquí, sin observar los matices delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformación. No observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados á la continua por una humedad cristalina que los hacía más brillantes y tiernos y que sus labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su marcha era más lenta y sus ademanes más tímidos; que le gustaba mucho estar sola y que á menudo se la encontraba distraída con los ojos puestos en el vacío; que vagaba, en fin, constantemente por su boca hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melancólica del tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado al estudio y observación de los caracteres, no ofrecía duda que la condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los precedentes que de ella tenemos. ¿Cómo se había operado una trasformación tan súbita en el espíritu de nuestra heroína? ¿Qué acontecimiento singular y poderoso había conseguido despedir la nube de tristeza que la envolvía y despertar nuevamente la música dulce de su temperamento risueño? Para la mujer sólo hay un acontecimiento capaz de producir tales y tan instantáneos efectos: nuestros lectores lo saben y aún mejor nuestras lectoras. ¿Estaría la condesa enamorada? Dejemos que los acontecimientos, próximos por fortuna, vengan á esclarecerlo.

Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada llegó también el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje de franela blanca y gorra negra de caza. Traía pintados en el semblante el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Después de haber contemplado breves instantes á sus hijos, que ya no corrían, sino que formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijóse éste en el tronco de un manzano, y por algún tiempo estuvieron resonando tiros en la finca. Todos los presentes fueron invitados á tirar, exceptuando los niños. La condesa acertó muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss Florencia. El único que estuvo desgraciado fué el conde, á pesar de ser un tirador habilísimo en toda clase de armas, de lo cual había dado más de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de París y Madrid. Pero aquel día estaba nervioso ó no sabía lo que le pasaba. Tenía motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante, su fisonomía no daba señales de alteración, apareciendo fría y tranquila como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco más definida.

El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tenía sosiego, figurándose, sin duda, que aquello tocaba ya á su ministerio. Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pájaro, y deploraba en su interior la detestable puntería y la torpeza de los cazadores.

Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces mirándole correr, y sin decir palabra movió el cañón y lo dirigió hacia él. Sonó el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cayó herido mortalmente.

El conde soltó una carcajada y dijo alargando la escopeta á miss Florencia: «Veo que aún no he perdido enteramente la puntería». Todos los circunstantes quedaron atónitos. Pedro se puso blanco como el papel; después le subió una ola de sangre á la cara y pasó un relámpago de ira por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeció como el mástil de un barco al golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero león caía sobre el gato y lo deshacía entre sus garras; mas la chispa se apagó sin causar estrago. Quedóse otra vez pálido, bajó los ojos y de ellos brotó una lágrima ardiente y silenciosa. Lo único que sus labios trémulos murmuraron fué: «¡Señor!» de un modo casi imperceptible. El conde le arrojó una mirada altiva, volvió la espalda y se fué hacia casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yacía el perro luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levantó la cabeza lentamente, y pareció decirles con una mirada angustiosa: «¿Por qué me habéis matado?» Pedro dijo sordamente:

—Hace falta agua.

La condesa agarró el sombrero del mayordomo y voló á uno de los charcos cercanos. Después, ambos de rodillas, se pusieron á lavar la herida del animal. La bala le había atravesado de parte á parte, entrándole por el vientre cerca de las patas traseras y saliéndole por el pecho. Todos los esfuerzos fueron inútiles. La sangre corría con tal abundancia, á pesar de los pañuelos que le ataron, que en breve se hizo un charco á su alrededor. Los niños, á cierta distancia, contemplaban con ojos de espanto y dolor la muerte de su fiel amigo. La respiración del Canelo era cada vez más fatigosa y anhelante: después se fué poco á poco amortiguando, escuchándose un estertor débil y profundo. Se le vidriaron los ojos. Levantó, por último, con suavidad la cabeza, que la condesa se apresuró á tomar entre sus manos. El moribundo perro alargó un poco el hocico, lamió una de aquellas manos y expiró....

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Acababan de sonar las dos de la noche. El reloj del salón principal, oculto en su caja de madera negra, había vacilado algún tiempo antes de darlas. Las tinieblas envolvían el salón y toda la casa. Reinaba el silencio en todas partes. El latir grave y acompasado del reloj era el único ruido sedicioso que turbaba la majestad de aquel silencio. Se había estremecido dentro de su armadura, como si quisiera despertar de algún sueño triste, y había exhalado un suspiro ronco: después se escucharon en lo interior de su vientre algunos ruidos huecos y mecánicos. Por último, lanzó dos campanadas firmes y solemnes que vibraron largo tiempo por los espacios tenebrosos del palacio. Después todo quedó otra vez en silencio.

Trascurrieron algunos instantes. Una de las puertas del salón, la que daba á las habitaciones de la condesa de Trevia, empezó á abrirse suavemente, y apareció en ella una figura blanca. Cerró tras sí la puerta y avanzó cautelosamente hasta la mitad de la estancia. El reloj no la dijo una palabra: se contentó con mirarla desde su rincón oscuro asomando el rostro por encima de la negra caja de madera. La figura blanca, después de pararse un instante, avanzó de nuevo y salió por otra puerta que daba á un pasillo. Siguió avanzando por él cada vez con más cautela y apoyándose en la pared; subió después una escalera interior y entró en otro pasillo. En la mitad de él tropezó con un mueble, produciendo fuerte ruido. Detúvose, quedando inmóvil como una estatua. Sólo se escuchaba su respiración anhelante y comprimida. Después de un rato siguió marchando, y cruzó todavía otro pasillo más estrecho y más largo. Al final de él se paró ante una puerta y aplicó el oído. Dentro se oía una respiración tranquila y acompasada. Al cabo de buen rato alzó con la mano suavemente el pestillo, empujó la puerta y penetró silenciosamente en la estancia. Con los brazos extendidos hacia adelante, avanzó algunos pasos hasta tropezar con una cama. Quedó inmóvil otra vez, y con voz apagada dijo:

—Pedro... Pedro...

Nadie contestó. Volvió á repetir más fuerte:

—Pedro... Pedro...

Esta vez la voz de Pedro contestó:

—¿Qué es eso?... ¿Quién va?

—Soy yo; no te asustes.

El joven se incorporó violentamente en la cama y exclamó espantado, aunque en voz baja también:

—¡Usted, señorita!... ¿Ocurre algo?... ¿Qué es lo que quiere?...

La figura blanca le echó los brazos al cuello y acercando la boca á su oído le dijo con acento tembloroso, en el cual se percibía al mismo tiempo cierta ferocidad:

—Quiero... ¡quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvió la cabeza hacia la puerta, y sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignación.