WeRead Powered by ReaderPub
El sí de las niñas cover

El sí de las niñas

Chapter 4: ESCENA I.
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Un tutor de edad avanzada decide desposar a su joven pupila, pero ella prefiere a un pretendiente más acorde a su afecto; mediante equívocos, intervenciones de parientes y criados, y escenas satíricas, la obra critica los matrimonios concertados y la hipocresía social. Presenta confrontaciones entre interés económico, vanidad familiar y voluntad personal, defendiendo el valor de la razón, el consentimiento y el cariño en el matrimonio. Compuesta como comedia en tres actos con ritmo ágil y diálogo agudo, combina humor y apelaciones morales para cuestionar costumbres sociales.

ACTO PRIMERO.


ESCENA I.

DON DIEGO, SIMON.

(Sale D. Diego de su cuarto. Simon, que está sentado en una silla, se levanta.)

D. Die.

¿No han venido todavía?

Simon.

No Señor.

D. Die.

Despacio la han tomado por cierto.

Simon.

Como su tia la quiere tanto, segun parece, y no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...

D. Die.

Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluido.

Simon.

Ello tambien ha sido estraña determinacion, la de estarse usted dos dias enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo, cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del Hijo pródigo, el ruido de campanillas y cascabeles, y la conversacion ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante de quietud.

D. Die.

Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos... El Corregidor, el señor Abad, el Visitador, el Rector de Málaga... ¡Qué sé yo! Todos... Y ha sido preciso estarme quieto y no esponerme á que me hallasen por ahí.

Simon.

Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues ¿hay mas en esto, que haber acompañado usted á Doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?

D. Die.

Sí, hombre, algo mas hay de lo que has visto.

Simon.

Adelante.

D. Die.

Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber y no puede tardarse mucho... Mira, Simon, por Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien y me has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á Madrid.

Simon.

Sí, señor.

D. Die.

Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo descubras.

Simon.

Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.

D. Die.

Ya lo sé, por eso quiero fiarme de tí. Yo, la verdad, nunca habia visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella: he leido muchas de las cartas que escribia, he visto algunas de su tia la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos informes pudiera desear, acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he logrado verla; he procurado observarla en estos pocos dias, y á decir verdad, cuantos elogios hicieron de ella me parecen escasos.

Simon.

Sí, por cierto... Es muy linda y...

D. Die.

Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y talento... Sí, señor, mucho talento... Con que, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...

Simon.

No hay que decírmelo.

D. Die.

¿No? ¿Por qué?

Simon.

Porque ya lo adivino. Y me parece escelente idea.

D. Die.

¿Qué dices?

Simon.

Excelente.

D. Die.

¿Con que al instante has conocido?...

Simon.

Pues ¿no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece muy buena boda. Buena, buena.

D. Die.

Sí, señor... Yo lo he mirado bien y lo tengo por cosa muy acertada.

Simon.

Seguro que sí.

D. Die.

Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta que esté hecho.

Simon.

Y en eso hace usted bien.

D. Die.

Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaria quien murmurase y dijese que era una locura, y me...

Simon.

¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?

D. Die.

Pues, ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí. Porque, aquí entre los dos, la buena de Doña Irene se ha dado tal prisa á gastar desde que murió su marido, que si no fuera por esas benditas religiosas y el canónigo de Castrojeriz, que es tambien su cuñado, no tendria para poner un puchero á la lumbre... Y muy vanidosa y muy remilgada, y hablando siempre de su parentela y de sus difuntos, y sacando unos cuentos, allá, que... Pero esto no es del caso... Yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, recogimiento, virtud.

Simon.

Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene ¿para quien ha de ser?

D. Die.

Dices bien... Y ¿sabes tú lo que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor: regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios... No señor, vida nueva. Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren, y...

Simon.

Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?

D. Die.

No, yo ya sé lo que dirán, pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporcion en la edad, que...

Simon.

Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo mas...

D. Die.

¿Qué, hombre? ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses ha.

Simon.

¿Y bien, que?

D. Die.

Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... Con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.

Simon.

Pero si yo no hablo de eso.

D. Die.

Pues ¿de qué hablas?

Simon.

Decia que... Vamos, ó usted no acaba de esplicarse, ó yo lo entiendo al revés... En suma, esta Doña Paquita, ¿con quién se casa?

D. Die.

¿Ahora estamos ahí? Conmigo.

Simon.

¿Con usted?

D. Die.

Conmigo.

Simon.

¡Medrados quedamos!

D. Die.

¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?

Simon.

¡Y pensaba yo haber adivinado!

D. Die.

Pues ¿qué creias? ¿Para quien juzgaste que la destinaba yo?

Simon.

Para D. Cárlos, su sobrino de usted: mozo de talento, instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.

D. Die.

Pues no señor.

Simon.

Pues bien está.

D. Die.

¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la habia de ir á casar!... No señor, que estudie sus matemáticas.

Simon.

Ya las estudia, ó por mejor decir, ya las enseña.

D. Die.

Que se haga hombre de valor y...

Simon.

¡Valor! ¿Todavía pide usted mas valor á un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted mas de cuatro veces llorar de alegría, cuando el Rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.

D. Die.

Sí, señor: todo eso es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy el que me caso.

Simon.

Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su eleccion es libre...

D. Die.

¿Pues no ha de serlo?... Y ¿qué sacarian con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio: esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de escelentes prendas: mira tú si Doña Irene querrá el bien de su hija, pues todas ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada, que la ha servido en Madrid y mas de cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella, y sobre todo, me ha informado de que jamás observó en esta criatura la mas remota inclinacion á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oir misa y correr por la huerta detrás de las mariposas, y hechar agua en los agujeros de las hormigas, estas han sido su ocupacion y sus diversiones... ¿Qué dices?

Simon.

Yo nada, señor.

D. Die.

Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se esplique conmigo en absoluta libertad... Bien que aun hay tiempo... Solo que aquella Doña Irene siempre la interrumpe: todo se lo habla... Y es muy buena muger, buena...

Simon.

En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.

D. Die.

Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?

Simon.

Pues ¿qué ha hecho?

D. Die.

Una de las suyas... Y hasta pocos dias há no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y me costó buen dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos dias de haber salido de Madrid, recibí la noticia de su llegada.

Simon.

Sí, señor.

D. Die.

Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre con la data de Zaragoza.

Simon.

Así es la verdad.

D. Die.

Pues el picaron no estaba allí cuando me escribia las tales cartas.

Simon.

¿Qué dice usted?

D. Die.

Sí, señor. El dia tres de julio salió de mi casa, y á fines de setiembre aun no habia llegado á sus pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?

Simon.

Tal vez se pondria malo en el camino, y por no darle á usted pesadumbre...

D. Die.

Nada de eso. Amores del señor oficial y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿quien sabe?... Si encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor por el matrimonio!

Simon.

¡Oh! No hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.

D. Die.

Me parece que están ahí... Sí. Gracias á Dios. Busca al mayoral y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que deberemos salir mañana.

Simon.

Bien está.

D. Die.

Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni... ¿Estamos?

Simon.

No haya miedo que á nadie lo cuente.

(Simon se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres mugeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre la mesa y recoge las mantillas y las dobla.)

ESCENA II.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, D. DIEGO.

D.ª Fca.

Ya estamos acá.

D.ª Ire.

¡Ay! ¡qué escalera!

D. Die.

Muy bien venidas, señoras.

D.ª Ire.

¿Con que usted, á lo que parece, no ha salido?

(Se sientan Doña Irene y D. Diego.)

D. Die.

No, señora. Luego, mas tarde, daré una vueltecilla por ahí... He leido un rato. Traté de dormir; pero en esta posada no se duerme.

D.ª Fca.

Es verdad que no... ¡Y que mosquitos! mala peste en ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero, mire usted. Mire usted (Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el diálogo.) cuántas cosillas traigo. Rosarios de nacar, cruces de ciprés, la regla de S. Benito, una pililla de cristal.... Mire usted que bonita. Y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuanto viene aquí!... ¡Ay! y una campanilla de barro bendito para los truenos... ¡Tantas cosas!

D.ª Ire.

Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con ella.

D.ª Fca.

¡Cómo me quieren todas! Y mi tia, mi pobre tia, ¡lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.

D.ª Ire.

Ha sentido mucho no conocer á usted.

D.ª Fca.

Sí, es verdad, Decia: ¿por qué no ha venido aquel señor?

D.ª Ire.

El pobre capellan y el rector de los Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.

D.ª Fca.

Toma, (Vuelve á atar el pañuelo y se le dá á Rita, la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de Doña Irene.) guárdamelo todo allí, en la escusabaraja. Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate Dios, eh, ya se ha roto la Santa Gertrudis de alcorza!

Rita.

No importa, yo me la comeré.

ESCENA III.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, D. DIEGO.

D.ª Fca.

¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?

D.ª Ire.

Ahora, niña, que quiero descansar un rato.

D. Die.

Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.

D.ª Ire.

Y ¡qué fresco tienen aquel locutorio! Vaya, está hecho un cielo.

D.ª Fca.

Pues con todo, (Sentándose junto á Doña Irene.) aquella monja tan gorda, que se llama la Madre Angustias, bien sudaba... ¡Ay, como sudaba la pobre mujer!

D.ª Ire.

Mi hermana es la que está bastante delicadita... Ha padecido mucho este invierno... Pero, vaya, no sabia que hacerse con su sobrina la buena señora.... Está muy contenta de nuestra eleccion.

D. Die.

Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas, á quienes debe usted particulares obligaciones.

D.ª Ire.

Sí, Trinidad está muy contenta, y en cuanto á Circuncision, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para su bien estar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo espresiva que estuvo y...

D. Die.

Es verdad. Solo falta que la parte interesada tenga la misma satisfaccion que manifiestan cuantos la quieren bien.

D.ª Ire.

Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que determine su madre.

D. Die.

Todo eso es cierto; pero...

D.ª Ire.

Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.

D. Die.

Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar á su honor ni á su sangre?...

D.ª Fca.

¿Me voy, mamá?

(Se levanta y vuelve á sentarse.)

D.ª Ire.

No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela, que Dios perdone, Doña Gerónima de Peralta... En casa tengo el cuadro, ya le habrá usted visto. Y le hicieron, segun me contaba su merced, para enviársele á su tio carnal el padre fray Serapion de S. Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacan.

D. Die.

Ya.

D.ª Ire.

Y murió en el mar, el buen religioso: que fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su muerte: particularmente mi primo D. Cucufate, regidor perpétuo de Zamora, no puede oir hablar de su Ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.

D.ª Fca.

¡Válgate Dios! que moscas tan...

D.ª Ire.

Pues murió en olor de santidad.

D. Die.

Eso bueno es.

D.ª Ire.

Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos.... ¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que, por lo que puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y quien sabe que el dia de mañana no se imprima, con el favor de Dios.

D. Die.

Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.

D.ª Ire.

Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano político, el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano, y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en fólio, que comprenden los nueve años primeros de la vida del santo obispo.

D. Die.

¿Con que para cada año un tomo?

D.ª Ire.

Sí, señor, ese plan se ha propuesto.

D. Die.

Y ¿de qué edad murió el venerable?

D.ª Ire.

De ochenta y dos años, tres meses y catorce dias.

D.ª Fca.

¿Me voy mamá?

D.ª Ire.

Anda vete. ¡Válgate Dios, que prisa tienes!

D.ª Fca.

¿Quiere usted (Se levanta, y despues de hacer una graciosa cortesía á D. Diego, da un beso á Doña Irene y se va al cuarto de esta.) que le haga una cortesía á la francesa, señor Don Diego?

D. Die.

Sí, hija mia. A ver.

D.ª Fca.

Mire usted, así.

D. Die.

¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.

D.ª Fca.

Para usted una cortesía, y para mi mamá, un beso.

ESCENA IV.

DOÑA IRENE, DON DIEGO.

D.ª Ire.

Es muy gitana y muy mona, mucho.

D. Die.

Tiene un donaire natural que arrebata.

D.ª Ire.

¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho mas de considerar tan inmediata su colocacion; no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en favorecerla.

D. Die.

Quisiera solo que se esplicase libremente acerca de nuestra proyectada union, y...

D.ª Ire.

Oiria usted lo mismo que le he dicho ya.

D. Die.

Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna inclinacion, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que tiene, seria para mí una satisfaccion imponderable.

D.ª Ire.

No tenga usted sobre ese particular la mas leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal pareceria, señor D. Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.

D. Die.

Bien: si fuese un hombre á quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que la doncella haria muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos dias, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos modos de esplicarse...

D.ª Ire.

Conmigo usa de mas franqueza. A cada instante hablamos de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le tiene... ¡Con que juicio hablaba ayer noche, despues que usted se fué á recoger! No sé lo que hubiera dado porque hubiese podido oirla.

D. Die.

¿Y qué? ¿Hablaba de mí?

D.ª Ire.

Y que bien piensa, acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, esperimentado, maduro y de conducta...

D. Die.

¡Calle! ¿Eso decia?

D.ª Ire.

No, esto se lo decia yo, y me escuchaba con una atencion como si fuera una muger de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella que tiene mucha penetracion, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver como se hacen los matrimonios hoy en el dia? Casan á una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de veinte y dos: ella niña, sin juicio ni esperiencia, y él niño tambien, sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues señor, (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar á los criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir á los hijos? Porque sucede tambien, que estos atolondrados de chicos, suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasion.

D. Die.

Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos que carecen del talento, de la esperiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educacion.

D.ª Ire.

Lo que sé decirle á usted es, que aun no habia cumplido los diez y nueve, cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto D. Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de mas respeto, mas caballeroso... Y al mismo tiempo, mas divertido y decidor. Pues, para servir á usted, ya tenia los cincuenta y seis, muy largos de talle cuando se casó conmigo.

D. Die.

Buena edad... No era un niño, pero...

D.ª Ire.

Pues á eso voy... Ni á mí podia convenirme en aquel entónces un boquirrubio, con los cascos á la gineta... No señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud; nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luego que nos casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda, y en cinta de una criatura que nació despues; y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.

D. Die.

¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesion el bueno de D. Epifanio.

D.ª Ire.

Sí, señor, ¿pues por qué no?

D. Die.

Lo digo porque luego saltan con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... Y ¿fué niño ó niña?

D.ª Ire.

Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.

D. Die.

Cierto que es consuelo tener, así, una criatura y...

D.ª Ire.

¡Ay, señor! Dan malos ratos; pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.

D. Die.

Yo lo creo.

D.ª Ire.

Sí, señor.

D. Die.

Ya se ve que será una delicia y....

D.ª Ire.

Pues ¿no ha de ser?

D. Die.

Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y merecer sus fiestecillas inocentes.

D.ª Ire.

¡Hijos de mi vida! Veinte y dos he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales solo esta niña me ha venido á quedar; pero le aseguro á usted que...

ESCENA V.

SIMON, (Sale por la puerta del foro.) DOÑA IRENE, D. DIEGO.

Simon.

Señor, el mayoral está esperando.

D. Die.

Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el baston, que quisiera dar una vuelta por el campo. (Entra Simon al cuarto de D. Diego, saca un sombrero y un baston, se los da á su amo, y al fin de la escena se va con él por la puerta del foro.) ¿Con que, supongo que mañana tempranito saldremos?

D.ª Ire.

No hay dificultad. A la hora que á usted le parezca.

D. Die.

A eso de las seis. ¿Eh?

D.ª Ire.

Muy bien.

D. Die.

El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media hora antes.

D.ª Ire.

Sí, que hay mil chismes que acomodar.

ESCENA VI.

DOÑA IRENE, RITA.

D.ª Ire.

Válgame Dios, ahora que me acuerdo... Rita... Me le habrán dejado morir. Rita.

Rita.

Señora.

(Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo.)

D.ª Ire.

¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?

Rita.

Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la ventana del pasillo.

D.ª Ire.

¿Hiciste las camas?

Rita.

La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca, porque si no, como no hay mas alumbrado que el del candil, y no tiene garabato, me veo perdida.

D.ª Ire.

Y aquella chica ¿qué hace?

Rita.

Está desmenuzando un bizcocho para dar de cenar á Don Periquito.

D.ª Ire.

¡Qué pereza tengo de escribir! (Se levanta y se entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre Circuncision.

Rita.

¡Qué chapucerías! No ha dos horas, como quien dice, que salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me gustan á mí las mugeres gazmoñas y zalameras!

(Éntrase en el cuarto de Doña Francisca.)

ESCENA VII.

CALAMOCHA (Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta.)

Calam.

¿Con que ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya, ya conozco el tal número tres. Coleccion de bichos mas abundante no la tiene el Gabinete de Historia natural.... Miedo me da de entrar... ¡Ay! ¡ay!... Y ¡qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia, pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron no podemos mas, que si no, por esta vez no veia yo el número tres, ni las plagas de Faraon que tiene dentro... En fin, como los animales amanezcan vivos, no será poco.... Rebentados están.... (Canta Rita desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose.) ¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay! que desvencijado estoy.

ESCENA VIII.

RITA, CALAMOCHA.

Rita.

Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa y... (Forcejeando para echar la llave.) Pues cierto que está bien acondicionada la llave.

Calam.

¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?

Rita.

Gracias, mi alma.

Calam.

¡Calle!... Rita.

Rita.

Calamocha.

Calam.

¿Qué hallazgo es este?

Rita.

¿Y tu amo?

Calam.

Los dos acabamos de llegar.

Rita.

¿De veras?

Calam.

No que es chanza. Apenas recibió la carta de Doña Paquita, yo no se adónde fué, ni con quien habló, ni como lo dispuso; solo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas, por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos con que los pájaros volaron ya. A caballo otra vez y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines y nosotros á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que cenar.... Esta es la historia.

Rita.

¿Con que le tenemos aquí?

Calam.

Y enamorado mas que nunca, zeloso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesion de su Currita idolatrada.

Rita.

¿Qué dices?

Calam.

Ni mas ni menos.

Rita.

¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.

Calam.

¿Amor?... ¡Friolera!.... El moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.

Rita.

¡Ay cuando la señorita lo sepa!

Calam.

Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuando llegaste? Que...

Rita.

Yo te lo diré. La madre de Doña Paquita dió en escribir cartas y mas cartas, diciendo que tenia concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, bien quisto, en suma cabal y perfecto, que no habia mas que apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, que afligida estuvo. Ni queria comer, ni podia dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular para que su tia no sospechára la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios, no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos habia ponderado, no consentiria que su pobre Paquita pasára á manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros, estrellados en las tapias del corral. A pocos dias de haberle escrito, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella: recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mugeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detencion ha sido para que la señorita visite á otra tia monja que tiene aquí, tan arrugada y tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Pero esta casualidad nos...

Calam.

Sí. No digas mas... Pero... ¿Con que el novio está en la posada?

Rita.

Ese es su cuarto, (Señalando el cuarto de D. Diego, el de Doña Irene y el de Doña Francisca.) este el de la madre, y aquel el nuestro.

Calam.

¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mio?

Rita.

No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo; porque ayer, metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié, ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.

Calam.

Bien... A Dios. (Recoge los trastos que puso sobre la mesa, en ademan de irse.)

Rita.

¿Y adónde?

Calam.

Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?

Rita.

Un criado viene con él.

Calam.

¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque está de peligro. A Dios.

Rita.

¿Y volverás presto?

Calam.

Se supone. Estas cosas piden diligencia; y aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda, disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Con que ese es nuestro cuarto, eh?

Rita.

Sí. De la señorita y mio.

Calam.

¡Bribona!

Rita.

¡Botarate! A Dios.

Calam.

A Dios, aborrecida. (Éntrase con los trastos al cuarto de D. Cárlos.)

ESCENA IX.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

Rita.

Qué malo es... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Felix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del cuarto de D. Cárlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh! por mas que digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! Pues no seria una lástima que... Ella es. (Sale Doña Francisca.)

D.ª Fca.

¡Ay, Rita!

Rita.

¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

D.ª Fca.

¡Pues no he de llorar! Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaria cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento, ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

Rita.

Señorita, por Dios, no se aflija usted.

D.ª Fca.

Ya, como tú no lo has oido... Y dice que D. Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar de niñerías... Y todo, por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Vírgen que no me sale del corazon.

(Se va obscureciendo lentamente el teatro.)

Rita.

Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel dia de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?

D.ª Fca.

¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... ¿Pero qué me vas á contar?

Rita.

Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galan, tan fino...

D.ª Fca.

¡Qué rodeos!... D. Felix. ¿Y qué?

Rita.

Que nos fué acompañando hasta la ciudad...

D.ª Fca.

Y bien... Y luego volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de tí.

Rita.

¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo, no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leido á hurtadillas en las novelas, no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oian entre once y doce de la noche, de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y espresion?

D.ª Fca.

¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... Y entretenido acaso con nuevos amores.

Rita.

Eso no lo puedo yo creer.

D.ª Fca.

Es hombre al fin, y todos ellos...

Rita.

¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleva chasco en la eleccion, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creible que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversacion á obscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una accion descompuesta, ni oimos de su boca una palabra indecente ni atrevida.

D.ª Fca.

Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (Señalando el pecho.) ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! ¡Es lástima!... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho mas... nada mas.

Rita.

No señora, no ha dicho eso.

D.ª Fca.

¿Qué sabes tú?

Rita.

Bien lo sé. Apenas haya leido la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...

(Acercándose á la puerta del cuarto de D.ª Irene.)

D.ª Fca.

¿Adónde vas?

Rita.

Quiero ver si...

D.ª Fca.

Está escribiendo.

Rita.

Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. D. Felix está ya en Alcalá.

D.ª Fca.

¿Qué dices? no me engañes.

Rita.

Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.

D.ª Fca.

¿De veras?

Rita.

Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...

D.ª Fca.

¿Con que me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... ¿Pero ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?... ¡Correr tantas leguas solo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.

Rita.

Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.

D.ª Fca.

Dices bien... Pero no, él tiene resolucion y talento, y sabrá determinar lo mas conveniente... ¿Y como has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.

Rita.

No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?

D.ª Fca.

Sí, bien.

Rita.

Pues entonces no hay mas que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí D. Diego...

D.ª Fca.

Bien, anda, y así que llegue...

Rita.

Al instante.

D.ª Fca.

Que no se te olvide toser.

Rita.

No haya miedo.

D.ª Fca.

¡Si vieras que consolada estoy!

Rita.

Sin que usted lo jure lo creo.

D.ª Fca.

¿Te acuerdas cuando me decia que era imposible apartarme de su memoria, que no habria peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?

Rita.

Sí, bien me acuerdo.

D.ª Fca.

¡Ah!... Pues mira como me dijo la verdad. (Doña Francisca se va al cuarto de Doña Irene. Rita por la puerta del foro.)