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El Superhombre y otras novedades

Chapter 26: ISAAC
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About This Book

A collection of critical essays examining late nineteenth-century literary productions, offering concise portraits of contemporary writers, reviews of books, and reflections on trends such as regionalism, French influence, and the vogue for the superman. The author balances praise and reservation, contrasting national literary merits, parsing stylistic affinities, and critiquing hyperbolic admiration and blind imitation. Essays mix close readings, comparative observations, and cultural commentary to assess aesthetic claims, biographical sketches, and the reception of foreign ideas, aiming to guide readers through evolving tastes and debates in letters.

MARIQUITA LEÓN

NOVELA ORIGINAL DE JOSÉ NOGALES Y NOGALES


El Sr. Nogales, conocido ya del gran público por el cuento premiado en el certamen abierto por El Liberal, ha querido confirmar y ha confirmado, en mi sentir, la justicia con que obtuvo aquel triunfo, escribiendo no ya cuentos, sino extensas novelas.

La que lleva por título el que nos sirve de epígrafe entiendo yo que ha ido más allá todavía: Mariquita León da más, para mi gusto, que lo que Las tres cosas del tío Juan nos habían prometido.

La vida en una pequeña población rural andaluza está muy bien observada y hábilmente pintada. No peca el autor de prolijo ni sigue la moda de ciertas novelas francesas, donde no hay objeto, por ruin e insignificante que sea, que no se pese, se mida y se describa minuciosamente como en el más que escrupuloso inventario redactado por peritos. El Sr. Nogales no es así, por dicha. Pinta a grandes rasgos, y se lo agradecemos. Las descripciones de su novela distan muchísimo de cansar, y son, sin embargo, tan vivas, y nos parecen tan exactas y tan fieles, que vemos a Venusta, que así se llama la villa teatro de su novela, recorremos con el autor las calles del lugar y los campos que le circundan, y penetramos en las viviendas, corrales y bodegas de las casas de labranza de los hacendados más ricos. La novela tiene traza de idilio; pero no ideal y fantástico, sino tomado con perspicaz observación de la realidad misma y reproducido con arte atinado y sobrio.

Los caracteres son verdad y tienen consistencia, de suerte que los principales personajes se diría que viven, y sus actos y pasiones interesan y conmueven.

La mayoría de estos personajes, el cacique Brevas, su hijo, Berrinches, y el alcalde Larán-larán es moralmente fea y ruin; pero la afición pesimista prevalece hoy en las obras de ingenio, y no nos atrevemos a censurar lo negro del cuadro, aunque le hubiéramos preferido menos negro. Todas sus figuras, sin embargo, no están tiznadas por los vicios y pecados. Algunas son simpáticas y moralmente bellas. Así el médico D. Jacinto; el virtuoso, enérgico y sencillo Padre Baquero, rústico jayán injerto en santo y venerable siervo de Dios, rico en evangélicas virtudes, y la linda Merceditas, que si bien se ve en segundo término y muy esfumada, es una excelente joven.

De la protagonista es poco cuanto se diga, para alabarla. Mariquita León quiere ser, y casi lo consigue, el prototipo de la rica hembra de nuestros tiempos, no hidalga de alto linaje ni señora de siervos del terruño y de fortalezas y castillos, sino democrática labradora, que ella misma ordeña sus vacas, hace los quesos y se emplea en otras domésticas faenas y rústicos menesteres. Mariquita León es laboriosa, activa, despejada, y posee los bríos y la entereza convenientes para gobernar bien su casa y su hacienda y para hacerse respetar y temer de sus enemigos. Y no por eso tiene Mariquita nada de sargentón, de marimacho o de monja alférez. Mariquita es gallarda y hermosa, aseada y pulcra, caritativa con los pobres, llana y afable en su trato, generosa con la gente menuda, y para con los amigos, leal, cariñosa y suave. Todos los ya citados personajes y no pocos otros de segundo y tercer orden hablan en la novela muy naturalmente y como deben hablar, esto es, sin que el Sr. Nogales les haga decir la infinidad de cosas que en la vida real hubieron de decir sin duda, pero que nada importan al propósito de la historia, por lo cual el autor debe prescindir de ellas como si nunca se hubieran dicho. La primera regla del arte, la más importante quizás, la más difícil de observar y la que rara vez observamos, consiste en desechar lo impertinente, y yo creo que el Sr. Nogales acierta en Mariquita León a observar esta regla.

Otra regla hay que, en mi opinión, debiera siempre seguirse, por más que Zola, en los libros didácticos que ha escrito sobre el arte de componer novelas, la deroga por inútil; pero como Zola la sigue a menudo aunque la dé por derogada, a cualquiera se le figura que es burla y malicia suya la derogación de la tal regla. Una novela no es una serie de casos vividos, observados y experimentados por quien los reproduce luego sin unidad de acción, sino que debe tener el conveniente enlace que haga que todos estos casos, accidentes o episodios, concurran al mismo fin y contribuyan a poner debido término a la historia.

Contra esta regla, que a mi ver no debiera derogarse, peca el autor de Mariquita León. Su novela sin duda interesa y deleita, aunque falte a la regla mencionada; pero interesaría y deleitaría más si no faltase. Y no es la falta, sino que es sobra. En Mariquita León puede afirmarse que hay cuatro acciones en vez de una: la enemistad entre el alcalde y Berrinches, el cual se revuelve como acosada fiera, y acaba por asesinar a quien le persigue; la avaricia de Brevas, que excita a Juanito sin sal a hurtarle el trigo, y la repugnante y espantosa lucha entre padre e hijo que el hurto descubierto ocasiona y que da por resultado la muerte del padre; los poéticos y apenas iniciados amores entre Mercedes y el médico, que terminan melancólicamente en una separación algo, a mi ver, obscura y sutilmente motivada; y por último, la penosa enfermedad del niño enclenque, hijo muy amado de Mariquita León, con cuya muerte acaba la novela. Las mencionadas cuatro acciones, no veo yo que influyan unas en otras. Todas caminan simultáneamente y sólo coinciden en un punto: en contribuir al desengaño del médico D. Jacinto que, desencantado de la vida de aldea se va de Venusta para vivir de nuevo en las grandes ciudades, donde tal vez le aguardan no menores desengaños. La rudeza campesina no ha dado por fruto en Venusta una inocencia candorosa, sino la corrupción más grosera. Ganas nos dan de seguir al médico D. Jacinto, rogando al Sr. Nogales que nos acompañe y nos sirva de guía, para ver si lejos de Venusta y en población más grande y civilizada, van las cosas un poco mejor y no hay que avergonzarse de tanto pecado ni que lamentar tanta miseria.


AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES

DE SILVESTRE PARADOX

Nadie más acérrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero, ¿cómo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es evidentísimo, no obstante, que el poco numeroso público español que lee está cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeñoso. La afición a la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez más, prestando incentivo a multitud de autores para que cultiven el género.

Poco fecunda fue España en novelistas durante todo el siglo xviii y los dos primeros tercios del xix. Las novelas inglesas y francesas traducidas al castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas en los folletines de los periódicos diarios, ya propinadas en tomos. Se diría que en el país donde se había escrito el Amadís, La Celestina y el Quijote, se había perdido la aptitud para escribir novelas. Hoy, por dicha, me lisonjeo yo y me complazco creyendo que la aptitud renace, y esperando que ha de dar frutos no menos sazonados y sabrosos que los que vienen de Francia, de Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y Polonia, que gustan y saborean con tanto deleite las personas cultas y que nuestros críticos suelen poner tan por las nubes.

Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la producción extranjera e importada, ni que elogiemos en demasía lo que por acá se produzca. Sólo pido un poquito menos de admiración y de pasmo hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que en España se escribe y se publica. Conviene, además fijar en ello la atención del público y despertar por ello la curiosidad y el interés, la mitad siquiera que inspira el teatro, y la décima parte siquiera que inspiran las corridas de toros. Lo que es yo me propongo contribuir a este fin hasta donde alcancen mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.

Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las letras en España. A pesar del abatimiento en que hemos caído, y a pesar de la admiración y de la semi-adoración que unida al propio menosprecio quieren algunos hacernos sentir, no ya sólo por las novelas inglesas y francesas, sino también por las suecas y las rusas, el prurito de imitarlas, o bien no se da, o si se da produce el no esperado efecto de que imitemos, tal vez sin pretenderlo y hasta sin sospecharlo, impulsados por invencible atavismo, la antigua novela española. Claro ejemplo de esto nos presta la indicada por su título al frente de este articulito. Don Pío Baroja, sin querer acaso, pensando en muchos libros extranjeros que sin duda ha leído, se ha puesto a escribir y ha escrito las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede ser renovada en nuestros días, con diversos trajes, usos, costumbres y aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, Marcos de Obregón, Estebanillo González, el buscón D. Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de haber encontrado en el reino de la fantasía y reconocido como muy cercano pariente al héroe desastrado de la novela de D. Pío Baroja. La semejanza de este héroe con los mencionados antes, resalta a cada paso, mientras que las diferencias proceden del diferente modo de vivir que hay ahora. Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y América, ni queda cautivo en Argel, ni acaba como penitente ermitaño en un yermo; pero lucha por la vida como se estila ahora, y acomete atrevidas empresas y busca aventuras, y nos presenta desde su nueva atalaya de la vida humana larga serie de cuadros en los cuales no deja de haber realidad y verdad, aunque ennegrecidos a veces por la sátira y grotescamente exagerados por la caricatura.

No es Silvestre Paradox un pícaro al modo de los antiguos, sino un semi-sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no pocos artificios científicos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr. Baroja en nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde hace tiempo, pero donde no faltan propósitos y conatos de inventar máquinas que vuelen con dirección, barcos submarinos, proyectiles apestosos que basten a ahogar ejércitos enteros con sus mefíticos miasmas, y cuadratura del círculo, y movimiento continuo, y otra infinidad de primores.

No sé yo, ni me lanzaré a escudriñar y a investigar si el Sr. Baroja ha intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna lección moral, social o política. Pero haya o no en su novela lección o tesis, yo me limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que me ha entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y recomiende la lectura de su libro, el cual está bien escrito, con sencillez y gracia, y sin hacerse pesado con filosofías y otras disertaciones inoportunas. Muy de agradecer es esto último en el día de hoy, cuando en la novela se pretende enseñar todo lo que hay que saber, incurriendo los novelistas en pesadez inaguantable. Porque, según me decía anteayer cierto amigo mío, no pocas novelas docentes de ahora son para él como el ajedrez: para juego, sobrado científico, y para ciencia, sobrado juego.

Por algo entra la ciencia en la novela de don Pío Baroja; pero entra como elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala comparación, es como el aliño o la sal y pimienta del guiso.

Alguien censura de desordenada o de casi sin pies ni cabeza la novela de que estamos tratando. Yo considero severísima y punto menos que infundada la tal censura. La acción, como en casi todas las novelas de su clase, es la vida entera del protagonista, o por lo menos una parte de esta vida hasta que se cansa de escribir quien la escribe, quedando siempre campo abierto y tela cortada para componer una segunda parte; pues si bien aseguró Cervantes que las segundas partes nunca fueron buenas, gloriosamente lo contradijo en su Ingenioso Hidalgo, acompañándole en la contradicción Luna con su nuevo Lazarillo, Mateo Alemán y otros.

Perseguido por sus acreedores, lleno de desengaños y abrumado por la miseria, Silvestre Paradox se escapa de Madrid y se va a Valencia. ¡Quién sabe cuántas cosas interesantes o divertidas pueden ocurrirle después! Bástenos por lo pronto que nos diviertan las que ya el Sr. Baroja nos ha contado. Y esperemos, por último, que, ya sea escribiendo segunda parte de Silvestre Paradox, ya sacando a relucir a otros héroes y tomando nuevos caminos y asuntos, el Sr. Baroja siga escribiendo novelas, ya que tiene aptitud para ello, y procure, sin dejar de ser realista, iluminar, hermosear y alegrar el mundo que describa con resplandores ideales. De todos modos, su Silvestre Paradox, aunque tan hundido en el charco impuro de la realidad y casi ahogándose en él, nos es muy simpático por su risueño estoicismo, por su desenfado y por el buen humor que nunca le abandona en medio de su inopia incorregible, cuitas y apuros.


EL ÚLTIMO PATRIOTA

NOVELA POR JOSÉ NOGALES Y NOGALES


Sin duda que todo lo que ocurre de bueno y de malo es porque Dios quiere; pero los designios del Altísimo son inescrutables y nos exponemos a errar y hasta blasfemar si nos empeñamos en declararlos. Infiero yo de aquí, que es por demás aventurado el atribuir a castigo del cielo las desventuras que puedan caer sobre una colectividad o sobre un individuo. Los cuentecillos chuscos suelen tener una moraleja llena de buen sentido. Jugó un hombre en Viernes Santo y perdió su caudal; pero no le perdió por haber jugado en Viernes Santo, ya que el ganancioso jugó también en el mismo día y no en Sábado de Gloria.

Muchas veces he oído decir a sujetos graves, y he leído en periódicos y en libros, que en la última guerra entre Francia y Prusia perdieron los franceses porque andaban entonces muy corrompidos y bailaban demasiado cancan; pero ¿eran acaso los prusianos algunos padres del yermo, y no gastaban del mismo baile o de otros no menos descompuestos y lascivos? Su triunfo tuvo, pues, otras causas, y no la mayor severidad y pureza de costumbres.

Todavía hay otra moralidad más rígida de la que suele valerse la gente para explicar los grandes sucesos, poniéndola como una de las bases de la filosofía de la historia. Sale un pueblo vencedor, y otro pueblo queda vencido en una guerra. ¿Hemos de afirmar por eso la evidente degeneración del vencido? ¿Pudo exigirse como un deber, pudo considerarse como ineludible condición para no pasar por degenerados, el tener antes del vencimiento héroes y mártires en abundancia? Yo entiendo que no. Yo entiendo que el heroísmo y el martirio son altamente laudables por lo mismo que son raros. El héroe y el mártir alcanzan fama inmortal; pero es cuando la doctrina, la creencia, el pueblo o la sociedad por quien se sacrifican viene a triunfar al cabo. Los trescientos de las Termópilas estarían olvidados o pasarían por locos de atar, si después de su sacrificio no hubieran brotado los inmarcesibles laureles de Maratón, Platea y Salamina.

Cierto es también que los actos heroicos valen siempre mucho, aunque sólo sea para limpiar la derrota de toda vergonzosa mancha. Muriendo D. Rodrigo a orillas del Guadalete y en Hasting Haroldo, encubrieron con su sangre el oprobio de la rápida conquista de España y de Inglaterra por moros y normandos. Y el último de los Paleólogos, combatiendo y muriendo gloriosamente en defensa de Constantinopla, fue digno de la majestad cesárea; puso término glorioso al secular poder de griegos y de romanos, y merece no menor aplauso que Leónidas y más piadosa simpatía.

No quiero yo dilucidar aquí, porque los sucesos son harto recientes, si las circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si debió haber al acabar lastimosamente el Imperio colonial de España que había durado cuatrocientos años, algo de hermoso y digno de una gran tragedia: personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y Paleólogos que hemos citado. Lo que sí me parece que puede asegurarse es que mayor sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre hubiera tenido idéntico resultado o más desastroso, porque, sobre la pérdida de nuestras colonias, los yankees hubieran podido arruinar algunas de nuestras ciudades de la costa, y causar perjuicios gravísimos a nuestra industria y comercio renacientes, sin que toda la antigua valentía española, renacida y hasta aumentada, nos hubiese servido de mucho contra enormes barcos acorazados, contra diestros marinos y contra la certera puntería de colosales cañones.

Abandonados de toda Europa con la estéril e inútil conmiseración de algunas Potencias y con el soberbio desdén y secular aborrecimiento de otras, siempre hubiéramos sucumbido en la lucha, y mientras más la lucha hubiera durado, más honda y más cruel hubiera sido nuestra caída. Menester es resignarse: no hay otro remedio. ¿Qué ventaja pueden traernos ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo castigo ha sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son tantos, que lo más prudente no es la absolución, sino la amnistía; olvidar lo que ya pasó, como se olvida el más horrible sueño, y hacer vida nueva. Exponer aquí como debe ser esta vida es empeño superior a mis facultades mentales, y creo que también a las de no pocos que han tomado el oficio de regeneradores y que recitan discursos o escriben libros terapéuticos. Lo único que puede afirmarse, sin que presuma el que lo afirme de estar dotado de la facultad de regenerar o de curar, es que en el día más que en otras edades, conviene ser rico para ser fuerte, y conviene además ganar aliados y amigos, y no estar solos en el mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe fiarse en milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae, y hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de defensa y de ofensa que son ahora más complicados y costosos que nunca y que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien empleados.

Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una novela o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título es El último patriota. Constituye la acción o el argumento de la mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada Oblita y situada en territorio español, durante la muy deplorable y harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de América nos vimos obligados a sostener. Y digo que nos vimos obligados, porque hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar con la menor probabilidad de triunfo y sólo para salvar su decoro y probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra, aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas de plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un elefante a cinco metros de distancia.

Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales de la propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que importa más que nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinión de sí propio.

Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que fustiga el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones, sacándola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar duramente a la misma nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te quiere te hará llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia, para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzándola y maltratándola de palabra, ora en prosa, ora en verso.

¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no atino con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla. Paréceme, no obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias que deben movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y alentar en vez de censurar.

Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento en que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los mismos españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos arrastra a la desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos, sin duda, se figuraban más civilizados, más listos, más productores de bienestar y de riqueza, y harto más capaces de progreso que los habitantes de esta Península. De aquí el que creyesen que era impedimento o rémora para que subiesen ellos a más altas esferas, el seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual región de esta Península de la misma manera que pensaban los cubanos. Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompañado, para no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdén y el odio hacia ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.

No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que deban mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará una masa neutra que tratará de convertirse en política de repente; si los librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos, asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por contraposición, los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos entenderemos, y cuando más que nunca conviene la concordia y la paz, acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desórdenes. Casi todo el siglo xix se nos ha pasado en revoluciones estériles, en largas guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer y destejer constituciones y leyes orgánicas, en reformarlo todo, y en reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la mísera situación en que hemos caído. No es, pues, modo de remediarla el volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros la malaventura y a reñir contra los propios porque no fuimos hábiles para reñir contra los extraños.

La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La novela El último patriota es alegórica o simbólica, y bien puedo yo interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella se deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir en este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos olvidarla, haciendo antes el firme propósito de la enmienda.

Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la consternación; los medios ridículos que inventan y a que acuden para combatir a los enemigos, como por ejemplo el fulminario, con el cual suponen que echarán a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginación han traído de América hasta las playas que están cerca de su ciudad; el belicoso ardor del padre cura y los arrestos magnánimos del linajudo hidalgo D. César Paniagua, todo tiene chiste y todo hace reír, pero con lo que vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y duele. Hasta la determinación final del cura y de D. César de levantar para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa lección que el Sr. Nogales quiere darnos.

Considerado, por último, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su mal humor y de su duelo patriótico, no cabe duda que tiene mérito y prueba agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizás demasiado optimista y muy indulgente y benigno, halle poco simpático el libro del Sr. Nogales y sea para juzgarle el menos a propósito de todos los críticos. A salvo queda, no obstante, la noble y generosa intención del Sr. Nogales. No tiene toda su satírica más feroz amargura para España, que para Italia los siguientes versos de Leopardi, que bien pudieran servir de epígrafe a El último patriota:

Volgiti indietro e guarda o patria mia,
Quella schiera infinita d'immortali,

E piangi e di te stessa ti disdegna;
Chè senza sdegno omai la doglia è stolta:
Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti,
E ti punga una volta
Pensier degli avi nostri e de' nepoti.


ISAAC

POR JAVIER LASSO DE LA VEGA


La centralización administrativa no ha traído proporcionalmente, tanto como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artístico, a la capital en España. Brillantes centros, focos de nuestra cultura, siguen siendo algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y Sevilla. Y como conviene a mi ver, que esta vida del espíritu siga difundida, y no venga a recogerse y a acumularse en Madrid, buscando fama y provecho, creo que también conviene llamar la atención, más aún que sobre los libros que se publican en esta villa y corte, sobre los que en provincias se escriben y se publican.

El autor del libro cuyo título nos sirve de epígrafe, es, a lo que parece conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como docto médico y como autor de varias obras científicas, entre las que se cuentan: Concepto de la fisiología general, El genio y la inspiración, La ciencia y el Arte, La Atrepsia, Origen y fin del planeta Tierra, y Biografía y estudio crítico de las obras de Nicolás Monardes.

Durante los dos primeros tercios del siglo xix apenas hubo, en nuestro país, político, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones, que no empezase por componer versos y que a menudo no siguiese componiéndolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la afición a los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio, desde veinte o treinta años hace, ha cundido la afición a escribir novelas.

Este género de literatura, que floreció tan gloriosamente en España, se descuidó por el teatro, desde mediados del siglo xvii, y sólo ha renacido recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas e inglesas, que son en el día las más celebradas, y con las novelas rusas y de otros pueblos del Norte, que van poniéndose muy de moda.

El médico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de la corriente, ha querido también ser novelista, y ha mostrado que posee las prendas y demás condiciones que para serlo se requieren.

Su novela Isaac es, con todo, para mi gusto, más sátira que novela: pertenece a un género que no me agrada, aunque en él puede más fácilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen éxito de librería. Sacar a la vergüenza a personajes conocidos, vivos y reales, y revelar al público todos sus vicios y pecados, es uno de los medios más a propósito de que puede valerse un escritor para proporcionarse lectores. Yo tengo por cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester de este medio, y por lo mismo me pesa de que le haya empleado.

Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le empleó; que bajo los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni debe descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.

Si es Isaac novela de clave, no quiero yo valerme de la clave para descifrar la novela. Baste a mi propósito estimar como pura ficción cuanto en ella se cuenta, y entender que su sátira va contra el vicio y no designa ni fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se encomiende a la ley, a los tribunales y a la pública reprobación, sin que autor ninguno, en una obra de arte y de puro entretenimiento, en lo que puede y debe calificarse de poesía, aunque esté en prosa, se rebaje y se humille hasta ejecutar la ruda sentencia.

Aun así, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de la novela muy satírica. Y esto por varias razones. Indicaré aquí algunas.

El principal objeto de la novela, como el de toda poesía, debe ser deleitar y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a mí, acaso porque soy optimista, indulgente y benigno, más bien que deleitarme y más bien que conmoverme estéticamente, me aflige y me repugna la viva y exacta representación de la fealdad moral, cuando traspasa los límites de lo ridículo y llega a lo criminal y a lo odioso. Es cierto que en la novela del Sr. Lasso hay algunos personajes excelentes. Por tales deben ser tenidos D. Alejandro Calderón, el P. Aguilar y el profesor Madueño; pero esto no basta para iluminar con puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para contraponer a la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevación y belleza que basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que Isaac, el protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de calma y de paciencia, y en la destrucción de sus obras de arte y en el suicidio con que termina, hay tal frenesí de vanidad lastimada que, si bien no nos quita la conmiseración por el héroe, rebaja mucho el aprecio y la simpatía que al principio logró inspirarnos.

La sátira ingerida o combinada con la novela tiene además una grave contra. La acción marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de estorbos que en su camino se amontonan.

Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a darse muerte después, que el lector no acierta a determinar cuál de ellas ha sido la más importante: si el poco éxito que en el Ayuntamiento ha tenido su perorata; si la censura, aunque severa, no del todo infundada, de algunos de sus trabajos artísticos; si la separación de Filipinas, que hace casi imposible que le paguen el monumento a Legazpi; si sus grandes apuros pecuniarios; y, por último, si el desamor y el insolente desdén de su mujer, pintada en la novela de mano maestra.

Las escenas íntimas de tan desastrados amores conyugales, aquélla en que Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en el jardín por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y más claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observación y el raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.

La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada descripción del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la niña, y la famosa sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así como no pocos otros episodios, están bien observados y descritos; pero complican la acción dándole diversos motivos, cada uno de los cuales quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta: ¿se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi, o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? ¿Si triunfa en el Ayuntamiento y después en las elecciones de diputados, no se hubiera resignado a vivir? ¿Si los críticos hubieran sido justos o muy benévolos y no hubieran señalado defecto alguno en sus obras, ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolación y sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentísimo propósito de destruir lo que había hecho y de matarse en seguida?

En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca, y cuando el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí lo ve y lo escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades menoscaban el efecto de la composición en vez de aumentarle.

En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que contenga una acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar a una defensa.

EL siglo xix pasó ya, y nos hallamos en el xx, de lo que debemos alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin de siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de nuestros materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de siglo, ni en época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a tunantería, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer desde los tiempos primitivos.

No es en Gandulia ni a fines del siglo xix donde solamente los concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es Popayán, y cuándo no es Pascua.

Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que he leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque Raniero.

El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250 de la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas del Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.

Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban Dioscórides y Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas, irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres. Sarapammon y Dioscórides, valiéndose de las llaves del granero público, vendieron casi toda la cebada y el trigo que en él había, y una enorme provisión de lentejas, y cien artabas de arrak, bebida de arroz fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.

Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado concejal, héroe de la novela del Sr. Lasso.


DISCURSO

PRONUNCIADO POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN
en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7
de Junio de 1901.


La afición a los juegos florales cunde y se extiende por toda España. La manía de reírse de todo cunde también, y así no han de extrañarse los chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han dado a la estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la broma y tentado de la risa como el que más pueda serlo; pero me jacto de tener una buena condición, que me alegraría yo de que la tuvieran todos. La risa no debe matar ni perjudicar a aquello de que se ríe. Al contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y hay con frecuencia algo de ridículo; de suerte que, si lo ridículo se extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda limpio de toda mácula. La parodia, pues, no implica el descrédito de lo parodiado, antes bien es lícito afirmar que sólo de lo bueno y de lo hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas.

Dicho lo que antecede, olvidémonos de los chistes y de los epigramas que se han lanzado contra los juegos florales, y tomémoslos por el lado serio.

Nadie negará, en primer lugar, que son una diversión inocente y barata, y no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.

Es además diversión muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan el entendimiento y el ingenio de muchas personas, así en componer discursos y poesías, como en oírlos y tratar de entenderlos, apreciarlos y juzgarlos.

Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco útil, y que mejor sería emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en asuntos más prácticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas letras, lejos de estar reñido con el bienestar material y con la fuerza que se aplica para lograrle, bien podemos afirmar que están en perfecto acuerdo y que siempre lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo anuncia, que lo prepara o que de ello procede. Acaso no hay nación en toda Europa más positivista, más próspera, más industrial y mercantil, más rica y más aficionada a la riqueza que la Gran Bretaña, y tampoco hay nación en Europa que guste tanto de versos, que posea tan gran número de buenos poetas y donde más discursos se pronuncien.

Sigamos, pues, componiéndolos y pronunciándolos por acá sin recelo de que se consuman nuestros bríos y calor natural en esta tarea de lujo y no de provecho. Pero ¿por qué tal tarea no ha de ser provechosa, considerada al menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales se agucen, se afilen y se habiliten?

La poesía, además, estaba, desde hace algunos años, harto desdeñada y poco cultivada en nuestro país. Y como conviene que no se desdeñe y que se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para lograrlo, bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se diría que han reaparecido entre nosotros las musas visitando y favoreciendo a varios poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en tales certámenes han conquistado dichos poetas, aunque gente descontentadiza y satírica niegue que sea prueba de alta inspiración, prueba es y será siempre de habilidad artística, de esmerado buen gusto y de no vulgar cultura, lo cual ya no es poco. Y debe tenerse en cuenta que, así como nosotros no nos atrevemos a dar a nadie diploma de inmortalidad y de genio, tampoco debe atreverse cualquiera a empuñar la férula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos en los juegos florales han obtenido premio, expulsándolos con crueldad de la república de las letras.

Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitón; pero yo entiendo que no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los Sres. D. Miguel Gutiérrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Díaz de Escobar, D. Juan F. Muñoz y Pabón y D. Pedro Riaño.

Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez severo acaso podría decir que los discursos mencionados están casi todos como en una esfera muy excéntrica de la esfera poética o literaria de los juegos, tocándose sólo y compenetrándose una esfera y otra en muy pequeña parte o casquete, y formando así, como en el famoso y ya casi olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales se han celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almería, en Cádiz, en Calatayud, en Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cuál más, cuál menos, se han ido por los cerros de Úbeda. No condeno yo semejante aberración. Me limito a declarar que existe. Discúlpanla, ya que no la justifiquen del todo, la condición etérea y volátil del pensamiento y cierta preocupación amarga o picante que a todos nos estimula en el día. De ella puede afirmarse lo que afirmaba Lope, no del estro o tábano, sino de otra más ruin y aborrecible bestezuela:

Como los celos eres,
Que picas y te vas por donde quieres.

Claro está que aludo al resquemor o a la acedía que los recientes infortunios de la patria engendran en nuestros espíritus, los agitan, los atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aquí que se piense poco en la poesía, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se vuele para trasportarse de lo meramente literario a lo político y social. De suerte que cuantos pronuncian discursos en juegos florales suelen pronto perder de vista la corte de amor, el Gay saber y toda cuestión de gentileza, ternura y rendimiento a las damas, convirtiéndose en sociólogos, arbitristas y legisladores. Sus discursos apenas son literarios: más bien pueden y deben calificarse de terapéuticos. España está decadente y enferma, y es menester curarla y regenerarla. Para tan buen fin cada orador propone y ofrece medicamentos que juzga infalibles: la patriótica panacea que a fuerza de cavilar ha descubierto.

El discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos florales de Orense, tiene este carácter medicinal y regenerador. Y como son tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los consejos que insinúa, y como todo ello está redactado con fácil y natural, al par que elegante estilo, y adornado con las galas y los colores de una muy brillante fantasía, bien merece que nos detengamos a examinarlo, aunque los juegos florales y los versos que en los juegos se premian queden, así en Orense como en otros varios puntos, completamente eclipsados por la prosa; aunque los juegos florales se conviertan en meeting político, y aunque se trueque en club el salón en que se celebran.

Si en alguien está plenamente justificado el producir este cambio en el propósito de los juegos, es sin duda en doña Emilia Pardo Bazán, la cual no puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el Congreso y exponer allí las reformas que anhela introducir en el gobierno del Estado para regeneración de la patria.

Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el discurso de doña Emilia, que nos complacemos en notarlas aquí, lisonjeados y engreídos de coincidir en todo con ellas.

Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnistía que doña Emilia concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa, quiénes han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son culpados todos, o sólo está la culpa en circunstancias independientes de la voluntad y del entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos perdido los espléndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo, porque teníamos que perderlos; porque así estaba prescrito. Ni se infiere de pérdida tan lastimosa que seamos una raza inferior o un pueblo degenerado, como ha supuesto recientemente un famoso hombre de Estado de la Gran Bretaña. Doña Emilia protesta enojada contra afirmación tan injuriosa, dejándose arrebatar por su patriotismo y por el espíritu de contradicción hasta el extremo contrario, hasta creer que somos «tan capaces y aptos, y quizás por naturaleza, más inclinados al bien, más exentos de vicios groseros, menos alcohólicos y brutales que ningún pueblo de Europa.»

Nuestra decadencia o postración ha de ser, por consiguiente, accidental y no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester que sanemos. Para conseguirlo, propone doña Emilia, algunos remedios que a mí me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que sepa aplicarlos con energía y perseverancia.

Deja entrever doña Emilia que quizás convendría un dictador para alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aquí; pero no estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio sobradamente heroico, y que además sería en el día de hoy inoportuno y tardío. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para salvar a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a Pirro y a Aníbal; pero no se les ocurrió a los romanos darse por vencidos, sentar paces, ceder al galo, al epirota y al cartaginés mucha parte del territorio de la República, y crear luego un dictador para que en la paz y en vencimiento los regenerase, o más bien los castigase. A la calamidad de quedar vencidos no quisieron los quirites añadir la calamidad de ser despóticamente gobernados.

Dice doña Emilia, y tiene razón hasta cierto punto, que la libertad no es un fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino en absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad es un medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el orden y sin ofender a Dios ni al prójimo, es medio tan excelente que vale para todos los fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es un fin, ya que sin libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues, la dictadura. Para sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como nos hemos aguantado, todo dictador está de sobra. Cavour y Bismarck, dado que fuesen dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de Italia y el otro el Imperio germánico. ¿Qué iba a hacer ahora nuestro dictador, si Dios, o más bien el diablo, le suscitase? Como no fuese humillarnos y ponernos en ridículo, no sé yo lo que haría. El dictador, además, si ha de valer para fundar algo, ha de ser el instrumento, el apoderado de una gran parte de la nación, cuyos mandatos ha de cumplir con la fuerza que la misma nación pone en sus manos para que los cumpla. Sin duda que el dictador es entonces potestad que de Dios procede; pero no inmediatamente, sino por medio de la República, como dice Domingo de Soto, divinitus erudita. ¿Nos hallamos nosotros en tal caso, nos inspira Dios la elección de un dictador, y para qué y quién ha de serlo? Desengáñese doña Emilia y persuádase que lo menos malo es que las cosas sigan como están, sin alteraciones ni mudanzas. Alterándolo y mudándolo todo, con varios a modo de dictadores, cambiando a cada momento constituciones y leyes orgánicas, soltando reformas administrativas, cuya recopilación requiere enorme multitud de volúmenes, y haciendo revoluciones y pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo el siglo xix, y harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos lucidos que hemos llegado al xx. ¿Para qué, pues, nueva revolución, aunque el Sr. Maura, citado por doña Emilia, sostenga que la revolución se impone, y que a no hacerla desde arriba, desde abajo habrá que hacerla? ¿No sería mejor que nos quedásemos quietos, procurando, no con dictadores, ni con revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino trabajando mucho y bien en las artes y oficios útiles, aumentar la riqueza de la nación, restaurando así sus bríos antiguos y la enérgica confianza en sus altos destinos?

El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implícita y simbólicamente varios consejos muy sanos que debiéramos seguir. Vencido D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni revolucionario, sino que proyectó dedicarse al pastoreo y a la vida pacífica e industriosa. En punto a revoluciones, debiéramos también imitar al hidalgo manchego, que se contentó con romper una sola vez la celada, ufanándose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de su brazo; pero, ya la celada recompuesta, se guardó muy bien de acuchillarla de nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo fuese. Así nosotros, que hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo nuestras instituciones, debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba de nuevo, considerarlas firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.

Nuestra manía de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes por efímeras y caducas, e induciéndonos a no cumplirlas. Si han de ser pronto derogadas, ¿para qué su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la carta que escribió a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que bien pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del día: «No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan.»

Con mucho juicio toca y dilucida doña Emilia en su elegante discurso otras importantísimas cuestiones. Es la primera la cuestión religiosa, a mi ver algo anacrónica y exótica: anacrónica, porque parece más propia de las edades pasadas que de la edad presente, y exótica, en mi opinión, porque yo me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda perseguir hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre nosotros el afán de remedar a Francia en dicha persecución librepensadora, y tan contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a un librepensador, francés también, y contrario a tales persecuciones. Beranger dice:

A son gré que chacun professe
Le culte de sa déité;
Qu'on puisse aller même à la messe;
Ainsi le veut la liberté.

A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.

Acerca del regionalismo separatista, me parece que doña Emilia se expresa con discreción y tino. Recordando una sentencia de Cánovas y haciéndola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espíritu nacional, el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se convencen de que son mal administrados. Nadie, según doña Emilia, sería separatista o catalanista, sino fervoroso español, si pudiésemos contestar a sus quejas y a sus gritos «con las letras, con el arte, con la instrucción, con el progreso, con la rehabilitación de España; con una patria tan bella, tan digna de ser amada, tan majestuosa y noble, que nadie que no esté demente pueda desearle sino larga vida.» Precisa condición para lograr todo esto es que la patria esté bien administrada; y volvemos a la sentencia de Cánovas. Pero la buena administración, si bien puede considerarse como causa, puede y debe también ser considerada como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde no es nunca el capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino la opinión pública, que se impone por los medios legales de la prensa, de la tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacíficas. Penoso es tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo está mal administrado, es porque no hay en todo él quien lo administre mejor, o porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que de cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demagógicas, echándolo a rodar todo, para que después del trastorno y la barahúnda tengamos que decir como durante todo el siglo xix tantas veces hemos dicho: peor está que estaba.

En suma: el discurso de doña Emilia Pardo Bazán, que nos da ocasión para exponer lo que hemos expuesto, no sólo es bien pensado y elegante sino consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre dama, es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la patria, la restauración de sus energías y el fundado renacimiento de sus altas esperanzas desde luego, y para después de su antiguo poderío, crédito y gloria.


NOVELAS RECIENTES


I

Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.

No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele acudir propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y fervientes súplicas la llama. Sólo así se explica que en el país y entre la gente donde se escribió el Quijote se hayan escrito tan pocas novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de algunos años a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países donde florece género tan popular de literatura.

De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco, traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la traducción. Tal vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo dilucidar aquí si nuestro público, y sobre todo el más selecto por su elevada posición social, tiene razón o no la tiene en tan marcada preferencia. Sólo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje de ser, ya esmerándose todo autor de novelas en que sean buenas las que dé a la estampa, ya trabajando el crítico para que reconozca y confiese dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir únicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extrañas y casi incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en realidad lo merecen, ya nos agradan más que las nuestras, por lo exótico y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: más sabios o más inspirados.

Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo que se produce en otros países más prósperos y más adelantados. No pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es también que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiración ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.

De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a las que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación sobre un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos, ciudades y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la acción, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no de los libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de nuestra admiración y entusiasmo.

Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.

En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el reposo y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a producir muy serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la actividad intelectual se muestre fecunda en España y no reconcentrada en Madrid, sino difundida por toda la Península.

Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes. Con tal de conservar el carácter nacional y no renegar de él, la aparición de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde quiera da razón de sí, mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad del conjunto.

En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifestó en la elocuencia parlamentaria, de que se abusó no poco, y en el teatro y en la poesía lírica, satírica y narrativa.

En el día de hoy me parece que estamos algo cansados y desengañados de la oratoria, y me parece también que, si versos han de escribirse siempre, la abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene fatigados, cuando no hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que en muchos lugares se celebran a menudo, valgan para renovar la afición a la poesía, tan vehemente, por ejemplo, en la época del romanticismo, ni valgan tampoco para despertar en las almas una nueva inspiración poética, poderosa y brillante.

La propensión de los que escriben en el día es hacia la novela. Y lejos de ser estéril esta propensión, a cada momento produce obras estimables, dejando esperar otras para lo futuro más sazonadas y menos imperfectas.

Quisiera yo dar aquí noticia de no pocas novelas que recientemente he recibido y leído; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede ser falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos una, y esto me arredra y casi no consiente que trate yo aquí de las últimas novelas, y que las juzgue y las compare. Básteme afirmar que no pocas se leen con agrado, que están sencilla y elegantemente escritas, y que tal vez son más morales y más amenas aquellas cuyos autores, o no han leído muchas novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas cuando componen las suyas.

De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos, digámoslo así, no he de decir aquí palabra. Ni Pérez Galdós, ni Pereda, ni Picón, ni el mismo P. Coloma, que publicó hace poco un nuevo e interesante libro, ni menos aún la Sra. D.ª Emilia Pardo Bazán, necesitan que nadie llame la atención del público sobre sus escritos. Tal vez convendría una crítica imparcial sobre ellos aprobando las bellezas que contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra humana han de tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y no incurran en ellas. Pero tan ardua tarea no es para mí. En el día más que nunca me siento yo sin fuerzas para tanto, y reconozco, además, que carezco de autoridad suficiente. O por abatimiento de ánimo, muy natural en la vejez, o por desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes la gran mayoría de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo, pues, al revés del vate de Mantua: paulo minora canamus. Y entiéndase que, al decirlo, no quiero decir que sean menores los objetos de que voy a tratar. Quiero decir sólo que son nuevos, que su mérito aún no está estimado y tasado por el público, y que yo, aunque sólo sea como parte mínima del público, puedo, sin soberbia vanidosa, concurrir al examen y contar con mi voz y mi voto en la estimación y en la tasa.

Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artículo de otros autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de muy extensa fama. No trataré, pues, de las Leyendas de amor, de D. Pompeyo Gener, ni de la Sonata de otoño, del Sr. Valle Inclán, ni de Sónnica la cortesana, del Sr. Blasco Ibáñez, ni de Camino de perfección, del Sr. D. Pío Baroja. Hoy trataré sólo de novelas escritas por autores que, como novelistas, se estrenan; de autores que agradecerán lo que yo diga, por malo y desautorizado que sea, considerándolo siquiera como anuncio. Si mi juicio, que será favorable, viniese, como espero, a coincidir con el del público, mis palabras llegarán a ser celebradas por verídico vaticinio. Y si el público no llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras serán olvidadas, o bien me disculpará quien las recuerde, calificándome de indulgente y bondadoso aunque falso profeta.

II

El primer libro sobre el que me decido a hablar, después de tan largo y quizás fatigoso preámbulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio López Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos títulos son: Las de García Triz, La cantora y La familia de Hita.

Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe y en que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante moralidad no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la narración fingida, nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el premio, y a no ser viciosos para no incurrir en la pena, la virtud tomará trazas de timidez y podrá tomarlas el vicio de valentía. De todos modos, resultará que el interés nos mueve y no el amor desinteresado y noble.

Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador por medio de fábulas y de apólogos quede desmentido a cada momento por los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni siquiera frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los viciosos. Lo que importa, pues, para que la lectura de una narración fingida sea ejemplar y moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de deprimir y amargar el ánimo, es que el premio que alcance la virtud en toda persona, en cuyas obras resplandece, nada tenga de exterior y de material, sino que sea íntimo, independiente de casos y de circunstancias, y concedido por alto y soberano decreto de la conciencia incorruptible y pura.

En las novelitas del Sr. López Roberts ocurre lo que acabamos de exponer. No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen sentido de la frase. Quiero decir con esto que, por no proponerse el autor defender esta o aquella opinión, se coloca por cima de lo opinable, se deja guiar por su recto sentido, y sin sermones o discursos logra que resulten de la condición y carácter de los personajes y de la acción en que intervienen una muy alta moralidad y cierto consolador optimismo, aun en medio o después de las mayores tragedias.

En la narración donde esto se ve más claro es en la titulada La familia de Hita. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni más reales, ni más vividos, ni más ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un soñador, holgazán, declamador de café e inventor de planes absurdos para ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, más ignorante y no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se burla sin asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que el padre y el hijo se insultan y riñen. Leandra, la hija, está soñando siempre con libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al trabajo y con hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes civiles y religiosas. Sólo es impecable y moralmente bella, en el seno de tan abominable familia, la madre, Felícitas, llena de resignación y mansedumbre, desvelándose y trabajando para que los otros vivan y para que vivan sin deshonra ni vergüenza. Felícitas tiene cortos alcances intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre de jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez más en nuestro concepto, según va progresando la narración. Alejandro abandona la casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de denuestos. Leandra se enreda en vulgarísimos amores con un seductor no menos vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la mantiene. Y, por último, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y beneplácito en la nada decente unión de Leandra y Juanito, acepta gustoso y lleno de gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes que posee Juanito en un lugar lejano. Desesperada Felícitas al ver tan asquerosos horrores, y al oír la cínica apología con que su marido trata de justificar y hasta de glorificar su conducta, acaba por perder la razón, y en un arrebato, inconsciente sin duda, se arroja por un balcón de su casa y muere.

Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felícitas no se suicidase, que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena. Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que está motivado por la locura: por un frenético e irresistible arrebato que exime de toda responsabilidad a Felícitas.

Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la narración de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o provocador a la blasfemia. En el ánimo del lector la culpa de todo hubiera aparecido ya en la sociedad mal organizada, ya en un fatal determinismo de nuestra humana naturaleza, el cual determinismo condenaría a la Providencia o la negaría. En la narración, por el contrario, del Sr. López Roberts se advierten el libre albedrío y la consiguiente responsabilidad de los personajes del espantoso drama, por cima de cuya catástrofe brillan la reconciliación suprema y el orden, la esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de las cosas. Por lo demás, harto se reconoce que el señor López Roberts, venciendo su repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y que sabe tocar todos los registros, ha compuesto al gusto del día la mencionada historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que calzan el coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los sainetes de D. Ramón de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.

En las otras novelas del Sr. López Roberts, éste se deja llevar de su propia inclinación, y desechando el intento de mostrarse apto para todos los géneros, pone a un lado lo horrible, y se complace en describir lo limpia y delicadamente patético. Así en Las de García Triz, y más aún acaso en otra novelita, titulada Un alma pura, que La Lectura inserta y que aún no ha aparecido aparte en un volumen. La Cantora, por último, es igualmente una novela donde hay vehementes pasiones y valerosos combates contra ellas de la voluntad virtuosa, sin que falte el interés a pesar de lo sencillo del argumento y de la bondadosa suavidad de los caracteres.

Evidente prueba de la naturalidad, gracia y primor del estilo dan el interés y el deleite con que se lee la historia de Las de García Triz. Son dos hermanas solteronas, que en su mocedad fueron ricas y que han venido a menos. Sus caracteres, la humilde y obscura manera de su vivir, la casa en que habitan y las vecinas y amigas que tienen en la misma casa, todo está pintado de mano maestra, todo es real y viviente, y todo demuestra que hasta cuanto es en apariencia insignificante y rastrero, sobre todo en los seres humanos, basta a interesar y a conmover siempre que se profundiza, se llega al fondo de las almas y se acierta a ver y a descubrir los tesoros recónditos y los misterios que en ellas hay.

La acción de Las de García Triz puede en lo esencial contarse en cuatro palabras. La mayor, Clara, tuvo en su mocedad un novio militar, con quien por razones económicas no pudo casarse. Al cabo de muchos años, el novio vuelve de América, ya de coronel, con algunos medios de fortuna y con gana de contraer matrimonio. Vuelve a ver a Clara y tiene un desengaño tremendo. Clara está vieja y bastante fea. Su mismo pudor, el recelo de que sospeche su antiguo novio que pretende ella hacer que reverdezca el antiguo amor ya marchito, la hace aparecer más insignificante y más fría. Ingeniosa y hábilmente tratado está el modo natural, sin malicia, casi inconsciente, con que la hermana menor, Narcisa, que está mucho menos averiada que Clara, enamora al coronel y logra al fin que sea su marido. El amor de Clara apenas renacido y ahogado ya por el desengaño, la tristeza que siente al verse desdeñada, el abandono en que su hermana y el coronel la dejan para retirarse a un lugar donde ella no quiere seguirlos, todo presta al cuadro, y a Clara, principal figura del cuadro, un suave tinte de melancolía, iluminado por los celestiales resplandores de la resignación cristiana. La hermosura moral de Clara nos la hace simpática e interesante; nos la convierte, de la más humilde solterona, pobre, desvalida y vieja, en persona interesante, digna de la poesía y de las que honran y glorifican la condición humana.

Más poética aún, y de más sencillo argumento, es la novelita Un alma pura, de que ya hemos hablado. La viejecita que vive entregada a la devoción, que asiste y reza con frecuencia en la catedral de una capital de provincia, está muy diestramente retratada. El autor logra casi desde luego, con buen tino y exquisito arte, hacer que nos interesemos por Prisca, que así se llama la viejecita. También ella tuvo en su remota mocedad tiernos y delicados amores.

El objeto de ellos la dejó abandonada para ir a buscar fortuna en tierras lejanas. Todos los fervientes y cariñosos afectos del alma de Prisca se refugiaron y reconcentraron entonces en la religión, buscando y hallando en ella solaz y consuelo. Un solo motivo de tristeza nublaba ya la luz de sus pensamientos serenos. Una mano impía y sacrílega había robado de la catedral una pequeña, artística y primorosa, custodia. ¡Cuán grande no sería el regocijo de Prisca cuando supo por el canónigo, su confesor, que un hombre piadoso y muy rico había enviado dinero suficiente para que otra custodia, semejante a la robada y no menos bella, se hiciese a costa suya y fuera el ornato y la gloria de aquella iglesia! Cierto artífice de notable mérito, obscuro Arfe o Cellini, olvidadoen el centro de aquella ciudad de provincia, hace la custodia nueva, reproduciendo con inspiración pasmosa cuantos primores en la antigua se parecían. Prisca, amiga del anciano artífice, acude de diario a ver y a celebrar los progresos en la fabricación de nueva custodia. ¡Extraña, complicada y vehemente combinación de emociones agita el corazón y la mente de Prisca cuando llega a saber que la persona que ha hecho el generoso donativo es el novio que la había abandonado, el cual vive rico y dichoso en muy distantes regiones! No pudiendo resistir su debilitado organismo a la violencia de los afectos que conmueven su espíritu, Prisca cae enferma de enfermedad mortal, y exhala el último suspiro cuando, terminada ya la custodia nueva, pasa en solemne y triunfante procesión por la puerta de su casa. El recuerdo de los amores juveniles y el ulterior misticismo de toda la vida de Prisca se amalgaman y gentilmente se funden en su alma en aquellos últimos momentos, purificando y ensalzando de tal suerte el pasado amor terrenal, que no profana el amor del cielo ni pone la más leve mácula en su limpieza.

Sin afectación de arcaísmo y de purismo, sino del modo más natural y espontáneo, el lenguaje del Sr. López Roberts es castizo y propio en todas sus narraciones, y las escenas que describe parecen copiadas del natural, con exactitud en los pormenores, y sin que el autor peque de enojoso por prolijo, defecto en que suelen caer en el día no pocos novelistas. Muy fundadas esperanzas de que el Sr. López Roberts será uno de los mejores de que podrá jactarse España en el siglo presente, nos dan las breves narraciones ya escritas y publicadas por él cuando es muy joven todavía.

III

Otro notable ingenio, como autor de libros al menos para mí desconocido hasta ahora, es D. Adelardo Ortiz de Pinedo. La obra suya que acaba de publicarse y que he leído con sumo interés, tiene por título La sima. Si las prendas de un novelista son el agudo y perspicaz talento de observación, la firme destreza de estilo para trazar y pintar caracteres, y el arte de combinar sucesos y circunstancias para desenvolver una acción, hacer que progrese con rapidez creciente y lograr que llegue al término y desenlace que el autor le fija, bien podemos asegurar que el Sr. Ortiz de Pinedo posee dichas prendas y que está llamado a ser o es ya un novelista de no corto mérito. Dotado además de un juicio recto y severo, vale para dar excelentes lecciones morales, sin emplear en ello impertinentes discursos, sino consiguiendo que nazcan o se deriven de los mismos sucesos que cuenta. Para llegar a este fin tiene, por último, sobre la clara visión del mundo real y de la sociedad en que vive, la poderosa imaginación y el arte conveniente con que inventa los hechos, lances y conflictos, y los agrupa y ordena moviéndolos a un propósito determinado.