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Electra

Chapter 18: ESCENA XII
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About This Book

Set in contemporary Madrid and arranged in five acts, the drama follows a young woman brought from abroad to live with relatives who fear she may inherit her mother's disreputable legacy. Domestic intrigue and family confrontations unfold alongside debates about honor, hypocrisy, and the need for social and political reform. Scientific, religious, and civic perspectives collide as personal relationships are tested and private grievances become public arguments. The play moves from intimate salon scenes to broader appeals for change, culminating in an explicit summons to moral and social resurrection.

ESCENA X

Electra, El Marqués.

Electra(meditabunda). Dios mío, ¿qué debo pensar? Sus medias palabras dicen más que si fuesen enteras. ¡Madre del alma! (El Marqués, que entra por el jardín, avanza despacio.) ¡Ah!... Señor Marqués.

Marqués. ¿Se asusta usted?

Electra. Nada de eso: me sorprendo no más. Si viene usted a oírme tocar, ha perdido el viaje. Hoy no estudio.

Marqués. Me alegro. Así podremos hablar... Apenas presentado a usted, entro de lleno en la admiración de sus gracias, y conocida una parte de su carácter, deseo conocer algo más... Usted extrañará quizás esta curiosidad mía y la creerá impertinente.

Electra. ¡Oh! No, señor. También yo soy curiosilla, señor Marqués, y me permito preguntarle: ¿es usted amigo de Máximo?

Marqués. Le quiero y admiro grandemente... Cosa rara, ¿verdad?

Electra. A mí me parece muy natural.

Marqués. Es usted muy niña, y quizás no pueda hacerse cargo de las causas de mi amistad con el Mágico prodigioso...[31] A ver si me entiende.

Electra. Explíquemelo bien.

Marqués. La sociedad que frecuento, el círculo de mi propia familia y los hábitos de mi casa, producen en mí un efecto asfixiante. Casi sin darme cuenta de ello, por puro instinto de conservación me lanzo a veces en busca del aire respirable. Mis ojos se van tras de la ciencia, tras de la Naturaleza... y Máximo es eso.

Electra. El aire respirable, la vida, la... ¿Pues sabe usted, Marqués, que me parece que lo voy entendiendo?

Marqués. No es tonta la niña, no. También ha de saber usted que siento por ese hombre un interés inmenso.

Electra. Le quiere usted, le admira por sus grandes cualidades...

Marqués. Y le compadezco por su desgracia.

Electra (sorprendida). ¿Desgraciado Máximo?

Marqués. ¿Qué mayor desgracia que la soledad en que vive? Su viudez prematura le ha sumergido en los estudios más hondos, y temo por su salud.

Electra. Sus hijos le consuelan, le acompañan. Hoy les ha visto usted. ¡Qué lindas criaturas! El mayor, que ahora cumple cinco años, es un prodigio de inteligencia. En el pequeñito, de dos años, veo yo toda la gracia del mundo. Yo les adoro; sueño con ellos, y me gustaría mucho ser su niñera.

Marqués. El pobre Máximo, aferrado a sus estudios, no puede atenderlos como debiera.

Electra. Claro: eso digo yo.

Marqués. Es de toda evidencia: Máximo necesita una mujer. Pero... aquí entran mis dificultades y mis dudas. Por más que miro y busco, no encuentro, no encuentro la mujer digna de compartir su vida con la del grande hombre.

Electra. No la encuentra usted. Es que no la hay, no la hay. Como que para Máximo debe buscarse una mujer de mucho juicio.

Marqués. Eso es: de mucho juicio.

Electra. Todo lo contrario de mí, que no tengo ninguno, ninguno, ninguno.

Marqués. No diría yo tanto.

Electra. Otra cosa: cuando usted me oye decirle tonterías y llamarle bruto, viejo, sabio tonto, no vaya a creer que lo digo en serio. Todo eso es broma, señor Marqués.

Marqués. Sí, sí: ya lo he comprendido.

Electra. Bromas impertinentes quizás, porque Máximo es muy serio... ¿Cree usted, señor mío, que debo yo volverme muy grave?

Marqués. ¡Oh! no. Cada criatura es como Dios ha querido formarla. No hay que violentarse, señorita. No necesitamos ser graves para ser buenos.

Electra. Pues mire usted, Marqués, yo que no sé nada, había pensado eso mismo. (Aparece Pantoja por el foro.)

Pantoja (aparte en la puerta). Este libertino incorregible... este veterano del vicio se atreve a poner su mirada venenosa en esta flor. (Avanza lentamente.)

Marqués (aparte). ¡Vaya! Se nos ha interpuesto la pantalla obscura, y ya no podemos seguir hablando.

Electra. El señor Marqués ha venido a oírme tocar; pero estoy muy torpe. Lo dejamos para otro día.

Marqués. Ya sabe usted que el gran Beethoven[32] es mi pasión. Me habían dicho que Electra le interpreta bien, y esperaba oírle la Sonata Patética,[33] la Clair de Lune...[34] pero nos hemos entretenido charlando, y pues ya no es ocasión...

Pantoja (con desabrimiento). Sí: ha pasado la hora de estudio.

Marqués (recobrando su papel social). Otro día será. Amigo mío, Virginia y yo tendremos mucho gusto en que usted nos honre con sus consejos para cuanto se refiere al Beaterio de Las Esclavas.[35]

Pantoja. Sí, sí: esta tarde iré a ver a Virginia y hablaremos.

Marqués. En el Beaterio la tiene usted toda la tarde. Y pues estoy de más aquí... (En ademán de retirarse.)

Electra. No. Usted no estorba, señor Marqués.

Marqués. Me voy con la música... al taller de Máximo.

Pantoja. Sí, sí: allí se distraerá usted mucho.

Marqués. Hasta luego, mi reverendo amigo.

Pantoja. Dios le guarde. (Vase el Marqués hacia el jardín.)

ESCENA XI

Electra, Pantoja.

Pantoja (vivamente). ¿Qué decía? ¿Qué contaba ese corruptor de la inocencia?

Electra. Nada: historias, anécdotas para reír...

Pantoja. ¡Ay, historias! Desconfíe usted de las anécdotas jocosas y de los narradores amenos, que esconden entre jazmines el aguijón ponzoñoso... La noto a usted suspensa, turbada, como cuando se ha sentido el roce de un reptil entre los arbustos.

Electra. ¡Oh, no!

Pantoja. La inquietud que producen las conversaciones inconvenientes, se calmará con los conceptos míos bienhechores, saludables.

Electra. Es usted poeta, señor de Pantoja, y me gusta oírle.

Pantoja (le señala una silla: se sientan los dos). Hija mía, voy a dar a usted la explicación del cariño intenso que habrá notado en mi. ¿Lo ha notado?

Electra. Sí, señor.

Pantoja. Explicación que equivale a revelar un secreto.

Electra (muy asustada). ¡Ay, Dios mío, ya estoy temblando!...

Pantoja. Calma, hija mía. Oiga usted primero lo que es para mí más dolorosa. Electra, yo he sido muy malo.

Electra. Pero si tiene usted opinión de santo!

Pantoja. Fui malo, digo, en una ocasión de mi vida. (Suspirando fuerte.) Han pasado algunos años.

Electra (vivamente). ¿Cuántos? ¿Puedo yo acordarme de cuando usted fue malo, Don Salvador?

Pantoja. No. Cuando yo me envilecí, cuando me encenagué en el pecado, no había usted nacido.

Electra. Pero nací...

Pantoja (después de una pausa). Cierto...

Electra. Nací... Por Dios, señor de Pantoja, acabe usted pronto...

Pantoja. Su turbación me indica que debemos apartar los ojos de lo pasado. El presente es para usted muy satisfactorio.

Electra. ¿Por qué?

Pantoja. Porque en mí tendrá usted un amparo, un sostén para toda la vida. Inefable dicha es para mí cuidar de un ser tan noble y hermoso, defender a usted de todo daño, guardarla, custodiarla, dirigirla, para que se conserve siempre incólume y pura; para que jamás la toque ni la sombra ni el aliento del mal. Es usted una niña que parece un ángel. No me conformo con que usted lo parezca: quiero que lo sea.

Electra (fríamente). Un ángel que pertenece a usted... ¿Y en esto debo ver un acto de caridad extraordinaria, sublime?

Pantoja. No es caridad: es obligación. A mi deber de ampararte, corresponde en ti el derecho a ser amparada.

Electra. Esa confianza, esa autoridad...

Pantoja. Nace de mi cariño intensísimo, como la fuerza nace del calor. Y mi protección, obra es de mi conciencia.

Electra (se levanta con grande agitación. Alejándose de Pantoja, exclama aparte): ¡Dos, Señor, dos protecciones! Y ésta quiere oprimirme. ¡Horrible confusión! (Alto.) Señor de Pantoja, yo le respeto a usted, admiro sus virtudes. Pero su autoridad sobre mí no la veo clara, y perdone mi atrevimiento. Obediencia, sumisión, no debo más que a mi tía.

Pantoja. Es lo mismo. Evarista me hace el honor de consultarme todos sus asuntos. Obedeciéndola, me obedeces a mí.

Electra. ¿Y mi tía quiere también que yo sea ángel de ella, de usted...?

Pantoja. Ángel de todos, de Dios principalmente. Convéncete de que has caído en buenas manos, y déjate, hija de mi alma, déjate criar en la virtud, en la pureza.

Electra (con displicencia). Bueno, señor: purifíquenme. ¿Pero soy yo mala?

Pantoja. Podrías llegar a serlo. Prevenirse contra la enfermedad es más cuerdo y más fácil que curarla después que invade el organismo.

Electra. ¡Ay de mí! (Elevando los ojos y quedando como en éxtasis, da un gran suspiro. Pausa.)

Pantoja. ¿Por qué suspiras así?

Electra. Deje usted que aligere mi corazón. Pesan horriblemente sobre él las conciencias ajenas.

ESCENA XII

Electra, Pantoja; Evarista por el foro.

Evarista. Amigo Pantoja, la Madre Bárbara de la Cruz espera a usted para despedirse y recibir las últimas órdenes.

Pantoja. ¡Ah! no me acordaba... Voy al momento. (Aparte a Evarista.) Hemos hablado. Vigile usted. Temamos las malas influencias.

(Antes de salir Pantoja por el foro, entran el Marqués y Máximo por la derecha.)

ESCENA XIII

Electra, Evarista, El Marqués, Máximo.

Marqués. He tardado un poquitín.

Evarista. No por cierto. ¿Estuvo usted en el estudio de Máximo? (Se forman dos grupos: Electra y Máximo a la izquierda; Evarista y el Marqués a la derecha.)

Marqués. Sí, señora. Es un prodigio este hombre. (Sigue ponderando lo que ha visto en el laboratorio.)

Electra (suspirando). Sí, Máximo: tengo que consultar contigo un caso grave.

Máximo (con vivo interés). Dímelo pronto.

Electra (recelosa mirando al otro grupo). Ahora no puede ser.

Máximo. ¿Cuándo?

Electra. No sé... no sé cuándo podré decírtelo... No es cosa que se dice en dos palabras.

Máximo. ¡Ah, pobre chiquilla! Lo que te anuncié... ¿Apuntan ya las seriedades de la vida, las amarguras, los deberes?

Electra. Quizás.

Máximo (mirándola fijamente, con vivo interés). Noto en tu rostro una nube de tristeza, de miedo... gran novedad en ti.

Electra. Quieren anularme, esclavizarme, reducirme a una cosa... angelical... No lo entiendo.

Máximo (con mucha viveza). No consientas eso, por Dios... Electra, defiéndete.

Electra. ¿Qué me recomiendas para evitarlo?

Máximo (sin vacilar). La independencia.

Electra. ¡La independencia!

Máximo. La emancipación... más claro, la insubordinación.

Electra. Quieres decir que podré hacer cuanto me dé la gana, jugar todo lo que se me antoje, entrar en tu casa como en país conquistado, enredar con tus hijos, y llevármelos al jardín o a donde quiera.

Máximo. Todo eso, y más.

Electra. ¡Mira lo que dices...!

Máximo. Sé lo que digo.

Electra. ¡Pero si me has recomendado todo lo contrario!

Máximo (mirándola fijamente). En tu rostro, en tus ojos, veo cambiadas radicalmente las condiciones de tu vida. Tú temes, Electra.

Electra. Sí. (Medrosa.)

Máximo. Tú... (Dudando qué verbo emplear. Va a decir amar y no se atreve) deseas algo con vehemencia.

Electra (con efusión). Sí. (Pausa.) Y tú me dices que contra temores y anhelos... insubordinación.

Máximo. Sí: corran libres tus impulsos, para que cuanto hay en ti se manifieste, y sepamos lo que eres.

Electra. ¡Lo que soy! ¿Quieres conocer...?

Máximo. Tu alma...

Electra. Mis secretos...

Máximo. Tu alma... En ella está todo.

Electra (advirtiendo que Evarista la vigila). Chitón. Nos miran.

ESCENA XIV

Los mismos; Don Urbano, Pantoja por el fondo.

Don Urbano. ¿Almorzamos?

Pantoja (a Evarista, sofocado, viendo a Electra con Máximo). ¿Pero, hija, la deja usted sola con Mefistófeles?

Evarista. No hay motivo para alarmarse, amigo Pantoja.

Marqués (riendo). ¡Claro: si este Mefistófeles es un santo! (Da el brazo a Evarista.)

Pantoja (imperiosamente, cogiendo de la mano a Electra para llevársela). ¡Conmigo! (Electra, andando con Pantoja, vuelve la cabeza para mirar a Máximo.)

Máximo (mirando a Electra y a Pantoja). ¿Contigo...? Ya se verá con quién. (Máximo y Don Urbano salen los últimos.)

ACTO SEGUNDO

La misma decoración.

————

ESCENA PRIMERA

Evarista, Don Urbano, sentados junto a la mesa despachando asuntos; Balbina, que sirve a la señora una taza de caldo.

Don Urbano (preparándose a escribir). ¿Qué se le dice al señor Rector del Patrocinio?[36]

Evarista (con la taza en la mano). Ya lo sabes. Que nos parece bien el plano y presupuesto, y que ya nos entenderemos con el contratista.

Don Urbano. No olvides que la proposición de éste asciende a... (leyendo un papel) trescientas veintidós mil pesetas...

Evarista. No importa. Aún nos sobra dinero para la continuación del Socorro.[37] (A Balbina que recoge la taza.) No olvides lo que te encargué.

Balbina. Ya vigilo, señora. Este juego de la señorita Electra creo yo que no trae malicia. Si recibe cartas y billetes de tanto pretendiente, es por pasar el rato y tener un motivo más de risa y fiesta.

Evarista. ¿Pero cómo llegan a casa...?

Balbina. ¿Las cartas de esos barbilindos? Aún no lo sé. Pero yo vigilo a Patros, que me parece...

Evarista. Mucho cuidado y entérame de lo que descubras...

Balbina. Descuide la señora. (Vase Balbina.)

ESCENA II

Los mismos; Máximo por el foro, presuroso, con planos y papeles.

Máximo. ¿Estorbo?

Evarista. No, hijo. Pasa.

Máximo. Dos minutos, tía.

Don Urbano. ¿Vienes de Fomento?[38]

Máximo. Vengo de conferenciar con los bilbaínos. Hoy es para mí un día de prueba. Trabajo excesivo, diligencias mil, y por añadidura la casa revuelta.

Evarista. ¿Pero qué te pasa? Me ha dicho Balbina que ayer despediste a tus criadas.

Máximo. Me servían detestablemente, me robaban... Estoy solo con el ordenanza y la niñera.

Evarista. Vente a comer aquí.

Máximo. ¿Y dejo a los chicos allá? Si les traigo, molestan a usted y le trastornan toda la casa.

Evarista. No me los traigas, no. Adoro a las criaturas; pero a mi lado no las quiero. Todo me lo revuelven, todo me lo ensucian. El alboroto de sus pataditas, de sus risotadas, de sus berrinches, me enloquece. Luego, el temor de que se caigan, de que les arañen los gatos, de que se mojen, de que se descalabren.

Máximo. Yo prefiero que me mande usted una cocinera...

Evarista. Irá la Enriquetilla. Encárgate, Urbano; no se nos olvide.

Máximo. Bueno. (Disponiéndose a partir.)

Evarista. Aguarda. Según parece, tus asuntos marchan. Ya sabes lo que te he dicho: si el Mágico prodigioso[39] necesita más capital para la implantación de sus inventos, no tiene más que decírnoslo...

Máximo. Gracias, tía. Tengo a mi disposición cuanto dinero pueda necesitar...

Don Urbano. Dentro de pocos años el Mágico será más rico que nosotros.

Máximo. Bien podría suceder.

Don Urbano. Fruto de su inteligencia privilegiada...

Máximo (con modestia). No: de la perseverancia, de la paciencia laboriosa...

Evarista. ¡Ay, no me digas! Trabajas brutalmente.

Máximo. Lo necesario, tía, por obligación, y un poco más por goce, por recreo, por entusiasmo científico.

Don Urbano. Es ya una monomanía, una borrachera.

Evarista (con tonillo sermonario). ¡Ah! No: es la ambición, la maldita ambición, que a tantos trastorna y acaba por perderlos.

Máximo. Ambición muy legítima, tía. Fíjese usted en que...

Evarista (quitándole la palabra de la boca). El afán, la sed de riquezas para saciar con ellas el apetito de goces. Gozar, gozar, gozar: esto queréis y por esto vivís en continuo ajetreo, comprometiendo en la lucha vuestra naturaleza: estómago, cerebro, corazón. No pensáis en la brevedad de la vida, ni en la vanidad de los afanes por cosa temporal; no acabáis de convenceros de que todo se queda aquí.

Máximo (con gracia, impaciente por retirarse). Todo se queda aquí, menos yo, que me voy ahora mismo.

José (anunciando). El señor Marqués de Ronda.

Máximo (deteniéndose). ¡Ah! Pues no me voy sin saludarle.

Evarista (recogiendo papeles). No quiere Dios que trabajemos hoy.

Don Urbano. Me figuro a qué viene.

Evarista. Que pase, José, que pase. (Vase José.)

Máximo. Viene a invitar a ustedes para la inauguración del nuevo Beaterio de La Esclavitud,[40] fundado por Virginia. Anoche me lo dijo.

Evarista. ¡Ah! sí... ¿Pero es hoy?...

ESCENA III

Evarista, Don Urbano, Máximo, El Marqués.

Marqués (saludando con rendimiento). Ilustre amiga... Urbano. (A Máximo.) ¿Qué tal? No creía yo encontrar aquí al mágico...

Máximo. El mágico saluda a usted y desaparece.

Marqués. Un momento, amigo. (Reteniéndole.)

Evarista. Pues sí, Marqués: iremos.

Marqués. ¿Ya sabía usted...?

Don Urbano. ¿A qué hora?

Marqués. A las cinco en punto. (A Máximo.) A usted no le invito: ya sé que no le sobra tiempo para la vida social.

Máximo. Así es, por desgracia. Hoy no le espero a usted.

Marqués. ¿Cómo, si estamos de fiesta religiosa y mundana? Pero esta noche no se libra usted de mí.

Evarista (ligeramente burlona). Ya hemos notado... celebrándolo, qué duda tiene... la frecuencia de las visitas del señor Marqués a los talleres del gran nigromántico.

Máximo. El Marqués me honra con su amistad y con el interés que pone en mis estudios.

Marqués. Me ha entrado súbitamente el delirio por la maquinaria y por los fenómenos eléctricos... Chifladuras de la ancianidad.

Don Urbano (a Máximo). Vaya, que sacarás un buen discípulo.

Evarista. Sabe Dios... (maliciosa) sabe Dios quién será el maestro y quién el alumno.

Marqués. A propósito del maestro: siento que por estar presente, me vea yo privado de decir de él todas las perrerías que se me ocurren.

Evarista. Vete, Máximo; vete para que podamos hablar mal de ti.

Máximo. Me voy. Despáchense a su gusto las malas lenguas. (Al Marqués.) Abur, siempre suyo. (A Evarista.) Adiós, tía.

Evarista. Anda con Dios, hijo.

Marqués (a Máximo, que sale). Hasta la noche... si me dejan. (A Evarista.) ¡Hombre extraordinario! De fama le admiré; tratándole ahora y apreciando por mí mismo sus altas prendas, sostengo que no ha nacido quien pueda igualársele.

Evarista. En el terreno científico.

Marqués. Y en todos los terrenos, señora. ¿Pues qué...?

Evarista. Cierto que como inteligencia...

Marqués (con entusiasmo). Y como corazón. ¿Pues quién hay más noble, más sincero...?

Evarista (no queriendo empeñarse en una discusión delicada). Bueno, Marqués, bueno... (Variando de conversación.) ¿Con que... decía usted... que hemos de estar allí a las cinco?

Marqués. En punto. Cuento con ustedes y con Electra.

Evarista. No sé si debemos llevarla...

Marqués. ¡Oh! Traigo el encargo especialísimo de gestionar la presencia de la niña en esta solemnidad. Y ya me di tono de buen diplomático asegurando que lo conseguiría. Virginia desea conocerla.

Don Urbano. En ese caso...

Marqués. ¿Me prometen ustedes no dejarme mal?

Evarista. ¡Oh! Cuente usted con Electra.

Marqués. Tendremos mucha y buena gente. (Se levanta para retirarse.)

Don Urbano. El acto resultará brillantísimo.

Marqués. Hasta luego, pues. Yo tengo que venir a casa de Otumba. Pasaré por aquí. (Óyese la voz de Electra por la izquierda con alegre charla y risa. Detiénese el Marqués al oírla.)

ESCENA IV

Los mismos; Electra.

Electra (dentro). Ja, ja... Rica, otro beso... Tonta tú, tonta yo; pero ya nos entendemos. (Aparece por la izquierda con una preciosa muñeca grande, a la que besa y zarandea. Detiénese como avergonzada.)

Evarista. Niña, ¿qué haces?

Marqués. No la riña usted.

Electra. Mademoiselle Lulú y yo pasamos el rato contándonos cositas.

Don Urbano (al Marqués). Hoy está desatinada.

Electra (alejándose, habla con la muñeca sigilosamente. Los demás la observan). Lulú, ¡qué linda eres!

Pero él es más bonito. ¡Qué feliz será mi amor contigo, y yo con los dos!

Marqués. ¿Sigue tan juguetona, tan...?

Evarista. Desde ayer notamos en ella una tristeza que nos pone en cuidado.

Marqués. Tristeza, idealidad...

Evarista. Y ahora, ya ve usted...

Marqués (cariñoso, acudiendo a ella). Electra, niña preciosa...

Electra (aproximando la cara de la muñeca a la del Marqués). Vaya, Mademoiselle, no seas huraña: da un besito a este caballero. (Antes que el Marqués bese a la muñeca, Electra le da un ligero coscorrón con la cabeza de la misma.)

Marqués. ¡Ah, pícara! Me pega. (Acariciando la barbilla de Electra.) Lulú no se enfadará si digo que su amiguita me gusta más.

Evarista. Una y otra tienen el mismo seso.

Don Urbano. ¿Y qué hablas con tu muñeca?

Electra. A ratos le cuento mis penas.

Evarista. ¡Penas tú!

Electra. Sí, penas yo. Y cuando nos ve usted tan calladitas, es que pensamos en cosas pasadas...

Marqués. Le interesa lo pasado. Señal de reflexión.

Evarista. ¿Pero qué dices? ¿Cosas pasadas?

Electra. Del tiempo en que nací. (Con gravedad.) El día en que yo vine al mundo fue un día muy triste, ¿verdad? ¿Alguno de ustedes se acuerda?

Evarista. ¡Pero cuánto disparatas, hija! ¿No te avergüenzas de que el señor Marqués te vea tan destornillada...?

Electra. Crea usted que los tontos más tontos, y los niños más niños, no hacen sus simplezas sin alguna razón.

Marqués. Muy bien.

Evarista. ¿Y qué razón hay de este juego impropio de tu edad?

Electra (mirando al Marqués que sonríe a su lado). Ahora no puedo decirlo.

Marqués. Eso es decir que me vaya.

Evarista. ¡Niña!

Marqués. Si ya me iba. Siento que mis ocupaciones no me dejen tiempo para recrearme en los donaires de esta criatura. Adiós, Electra; vuelvo a las cinco para llevármela a usted.

Electra. ¡A mí!

Don Urbano. Sí, hija: vamos a la inauguración de Las Esclavas.[41]

Electra. ¿Yo también?

Evarista. Ya puedes irte arreglando.

Electra (asustada). Habrá mucha gente. ¡Ay! la gente me causa miedo. Me gusta la soledad.

Marqués. ¡Si estaremos como en familia...! Vaya, no me detengo más.

Evarista. Hasta luego, Marqués.

Marqués (a Electra). A las cinco, niña; y que aprendamos la puntualidad. (Se va por el fondo con Don Urbano.)

ESCENA V

Evarista, Electra.

Evarista. Explícame ahora por qué estás tan juguetona y tan dislocada.

Electra. Verá usted, tía: yo tengo una duda, ¿cómo diré? un problema...

Evarista. ¡Problemas tú!

Electra. Eso; en plural: problemas... porque no es uno solo.

Evarista. ¡Anda con Dios!

Electra. Y trato de que me los resuelva, con una o con pocas palabras...

Evarista. ¿Quién?

Electra (suspirando). Una persona que no está en este mundo.

Evarista. ¡Niña!

Electra. Mi madre... No se asombre usted... Mi madre puede decirme... y luego aconsejarme... ¿No cree usted que las personas que están en el otro mundo pueden venir al nuestro? (Gesto de incredulidad de Evarista.) ¿Usted no lo cree? Yo sí. Lo creo porque lo he visto. Yo he visto a mi madre.

Evarista. ¡Virgen del Carmen,[42] cómo está esa pobre cabeza!

Electra. Cuando yo era una chiquilla de este tamaño...

Evarista. ¿En las Ursulinas de Bayona?[43]

Electra. Sí... mi madre se me aparecía.

Evarista. En sueños, naturalmente.

Electra. No, no: estando yo tan despierta como estoy ahora. (Deja la muñeca sobre una silla.)

Evarista. Electra, mira lo que dices...

Electra. Cuando estaba yo muy triste, muy solita o enferma; cuando alguien me lastimaba dándome a entender mi desairada situación en el mundo, venía mi madre a consolarme. Primero la veía borrosa, desvanecida, confundiéndose con los objetos lejanos, con los próximos. Avanzaba como una claridad... temblando... así... Luego no temblaba, tía... era una forma quieta, quieta, una imagen triste; era mi madre: no podía yo dudarlo. Al principio la veía vestida de gran señora, elegantísima. Llegó un día en que la vi con el traje monjil. Su rostro entre las tocas blancas; su cuerpo, cubierto de las estameñas obscuras, tenían una majestad, una belleza que no puede imaginar quien no la vio...

Evarista. ¡Pobre niña, no delires!...

Electra. Al llegar cerca de mí, alargaba sus brazos como si quisiera cogerme. Me hablaba con una voz muy dulce, lejana, escondida... no sé como explicarlo. Yo le preguntaba cosas, y ella me respondía... (Mayor incredulidad de Evarista.) ¿Pero usted no lo cree?

Evarista. Sigue, hija, sigue.

Electra. En las Ursulinas[44] tenía yo una muñeca preciosa a quien llamaba también Lulú; y mire usted que misterio, tía: siempre que andaba yo por la huerta, al caer la tarde, solita, con mi muñeca en brazos, tan melancólica yo como ella, mirando mucho al cielo, era segura, infalible, la visión de mi madre... primero entre los árboles, como figura que formaban los grupitos de hojas; después... dibujándose con claridad y avanzando hacia mí por entre los troncos obscuros...

Evarista. ¿Y ya mayorcita, cuando vivías en Hendaya...[45] también...?

Electra. Los primeros años nada más. Jugaba yo entonces con muñecas vivas: los pequeñuelos de mi prima Rosaura, niño y niña, que no se separaban de mí: me adoraban, y yo a ellos. De noche, en la soledad de mi alcoba, los niños dormiditos, aquí ellos... yo aquí.

(Señala el sitio de las dos camas.) Por entre las dos camas pasaba mi madre, y llegándose a mí...

Evarista. ¡Oh! no sigas, por Dios. Me da miedo... Pero esas visiones, hija, se concluyeron cuando fuiste entrando[46] en edad...

Electra. Cuando dejé de tener a mi lado muñecas y niños. Por eso quiero yo volverme ahora chiquilla, y me empeño en retroceder a la edad de la inocencia, con la esperanza de que siendo lo que entonces era, vuelva mi madre a mí, y hablemos, y me responda a lo que deseo preguntarle... y me dé consejo...

Evarista. ¿Y qué dudas tienes tú para...

Electra (mirando al suelo). Dudas... cosas que una no sabe y quiere saber...

Evarista. ¡Qué tontería! ¿Y qué asunto tan grave es ese sobre el cual necesitas consulta, consejo...?

Electra. ¡Ah! una cosa... (Vacila: casi está a punto de decirlo.)

Evarista. ¿Qué? dímelo.

Electra. Una cosa... (Con timidez infantil, manoseando la muñeca y sin atreverse a declarar su secreto.) Una cosa...

Evarista (severa y afectuosa). Ea, ya es intolerable tanta puerilidad. (Le quita la muñeca.) ¡Ay! Electra, niña boba y discreta, eres un prodigio de inteligencia y gracia, cuando no el modelo de la necedad; tu alma se la disputan ángeles y demonios. Hay que intervenir, hija; hay que mediar en esa lucha, dando muchos palos a los demonios, sin reparar en que puedan caer sobre ti y causarte algún dolor... (La besa.) Vaya, formalidad. Necesitas ocuparte en algo, distraer tu imaginación... No olvides que a las cinco... Vete arreglando ya...

Electra. Sí, tía.

Evarista. Tiempo de sobra tienes: tres cuartos de hora.

Electra. No faltaré.

Evarista. Y pocas bromas, Electra... ¡Cuidado!... (Vase por el foro; lleva la muñeca cogida de un brazo, colgando.)

ESCENA VI

Electra, Patros.

Electra (mirando a la muñeca). ¡Pobre Lulú, cómo cuelga! (Imitando la postura de la muñeca, y tentándose el hombro dolorido.) ¡Y cómo duele, ay! (Siéntase meditabunda.) ¡Y aquél esperándome...! ¡Qué triste fue la separación! Lloraba echándome los brazos... yo le prometí volver.

Patros (asomándose cautelosa por la izquierda). Señorita, señorita...

Electra. Entra.

Patros (avanzando con precaución). ¿Hay alguien?

Electra. Estamos solas.

Patros. No hay ocasión como ésta, señorita. Ahora o nunca.

Electra. ¿Vienes de allá?

Patros. De allá vengo... Muchos señores que dicen números... millones y cuatrollones...[47] Adentro, nadie.

Electra (vacilando). ¿Nos atrevemos?

Patros. Fuera miedo.

Electra. ¡Virgen del Carmen,[48] protégeme! (Dirigiéndose a la salida que da al jardín. Detiénese Electra asustada.) Espera. ¿No será mejor que salgamos por el otro lado? ¿Estará mi tía asomada a la ventana del comedor?

Patros. Podría ser. Demos la vuelta por aquí. (Por la izquierda.)

Electra. Por aquí. ¡Animo, valor y miedo! (Salen corriendo por la izquierda.)

ESCENA VII

Don Urbano, José, que entran por el foro a punto que salen las muchachas.

Don Urbano. ¿Quién sale por ahí?

José. Es Patros, señor.

Don Urbano. Con que... Cuéntame.

José. Ya son cinco los que hacen el oso[49] a la señorita: cinco, vistos por mí. ¡Sabe Dios los que habrá por bajo cuerda!

Don Urbano. ¿Y qué hacen? ¿Rondan la casa?

José. Dos por la mañana, dos por la tarde, y el más chiquitín de sol a sol.

Don Urbano. ¿Has observado si hay comunicación entre la ventana del cuarto de Electra y la calle, por medio de cestilla o cuerda telefónica?

José. No he visto nada de eso. Pero yo, que los señores, pondría a la señorita en las habitaciones de allá. (Por la izquierda.)

Don Urbano. ¿Y alguno de esos mequetrefes suele colarse al jardín?

José. ¡No le daría mal estacazo!

Don Urbano. Bien: continúa vigilando. (Entra Cuesta por el foro.)

ESCENA VIII

Don Urbano; Cuesta con papeles y cartas.

Don Urbano. Leonardo, gracias a Dios.

Cuesta. Ya te dije que no vendría por la mañana. (A José dándole una carta.) Que certifiquen esto... Pronto. Luego llevaréis más cartas. (Vase José.)

Don Urbano (tomando un papel que le da Cuesta). ¿Qué es esto?

Cuesta. El resguardo de las cien mil y pico... Fírmame ahora un talón de sesenta y siete mil...

Don Urbano. Ya: para el envío a Roma.

Cuesta. ¿Y Evarista?

Don Urbano. Vistiéndose.

Cuesta. Ya sé que vais a la inauguración de La Esclavitud,[50] y que lleváis a Electra.

Don Urbano. Por cierto que de esta niña no debemos esperar nada bueno. Cada día nos va manifestando nuevas extravagancias, nuevas ligerezas...

Cuesta (con viveza). Que no significan maldad.

Don Urbano. Lo son como síntoma, fíjate, como síntoma. Por esto Evarista, que es la misma previsión, ha pensado en someterla a un régimen sanitario en San José[51] de la Penitencia.

Cuesta. Permíteme, querido Urbano, que disienta de vuestras opiniones. Dirás tú que quien me mete a mí...

Don Urbano. Al contrario... Como buen amigo de la casa, puedes darnos tu parecer, aconsejarnos...

Cuesta. Eso de arrastrar a la vida claustral a las jovencitas que no han demostrado una vocación decidida, es muy grave... Y no debéis extrañar que alguien se oponga...

Don Urbano. ¿Quién?

Cuesta. ¡Qué sé yo! Alguien. Hay en la vida de esa joven un factor desconocido... El mejor día... podrá suceder... no aseguro yo que suceda... el mejor día, cuando vosotros tiréis de la cuerda para encerrar a la niña contra su voluntad, saldrá una voz diciendo: «Alto, señores de Yuste, alto...»

Don Urbano. Y nosotros responderemos: «Bueno, señor incógnito factor... Ahí la tiene usted. Nos libra de una tutela enojosa, molestísima.»

Cuesta (sintiendo gran fatiga, se sienta). Esto es un decir, Urbano, un suponer...

Don Urbano. ¿Te sientes mal? ¿Necesitas algo?

Cuesta. No... Este maldito corazón no se lleva bien con la voluntad.

Don Urbano. Descansa, hombre. Por qué no te echas un rato?...

Cuesta. ¿Pero tú sabes lo que tengo que hacer? (Sacando papeles.) Por de pronto, dos cartas urgentísimas, que han de salir hoy.

Don Urbano. Escríbelas aquí. (Escogiendo un sitio en la mesa, y retirando libros y papeles.)

Cuesta. Sí... Aquí me instalo.

Don Urbano. Yo también estoy atareadísimo. Tengo mil menudencias...

Cuesta. No te ocupes de mí. (Escribiendo.)

Don Urbano. Perdona, Leonardo. Evarista no tardará en salir.

Cuesta (sin mirarle). Hasta luego... (Vase Don Urbano por el foro.)

ESCENA IX

Cuesta; Electra, Patros, que asoman por la puerta de la izquierda, como reconociendo el terreno.

Electra. Cuidado, Patros... Por aquí es difícil que podamos pasarlo.

Patros (reconociendo a Cuesta, a quien ven de espalda escribiendo). ¡Don Leonardo!

Electra. Chist... Lo más seguro es dejarle en tu cuarto hasta la noche. ¡Vaya, que tener yo que ir a esa maldita inauguración!

Cuesta (sintiendo las voces, se vuelve). ¡Ah! Electra...

Electra. ¿Estorbamos, Don Leonardo?...

Cuesta. No, hija mía. Me hará usted el favor de esperar un poquito... hasta que yo termine esta carta. Tengo que hablar con usted...

Electra. Aquí estaré, señor. (Aparte a Patros.) ¡Qué fastidio! (Alto.) No veníamos más que a buscar un papel y un lápiz para que Patros apuntara... (Coge de la mesa lápiz y papel. Aparte a Patros.) ¡Cuídamele bien, por Dios! ¡Ay, qué monísimo está durmiendo! ¡El hociquito, y aquellas manos sucias, y aquellas uñitas tan negras, de andar escarbando la tierra...! ¡Ay, me lo comería!

Patros. ¡Y el pelito rizado, y las patitas...!

Electra (con efusión de cariño). Me vuelvo loca. Que le cuides, Patros; mira que...

Patros. Ahora le llevaré dos bollitos.

Electra. No, no: que eso ensucia el estómago... Le llevarás una sopita...

Patros. ¿Y cómo llevo eso?

Electra. Es verdad. ¡Ah! Pides para mí una taza de leche.

Patros. Eso. Y se la doy en cuanto despierte.

Electra. Aquí tienes el papel y el lápiz para que haga sus garabatitos... Es lo que más le entretiene... Luego, esta noche, aprovechando una ocasión, le traeremos a mi cuarto y dormirá conmigo.

Cuesta (cerrando la carta). Ya he concluido.

Electra. Perdone un momento, Don Leonardo. (Aparte a Patros.) No te separes de él... Mucho cuidado. Si Don Leonardo no me entretiene mucho, antes de vestirme iré a darle un besito.

Cuesta. Patros...

Patros. Señor...

Cuesta. Que lleven esta carta al correo.

Patros. Ahora mismo. (Vase.)

ESCENA X

Cuesta, Electra.

Cuesta (cogiéndole las manos). Mujercita juguetona, ven aquí. ¡Qué dicha tan grande verte!

Electra. ¿Me quiere usted mucho, Don Leonardo? ¡Si viera usted cuánto me gusta que me quieran!

Cuesta. Lo que más importa, hija mía, es que tengamos formalidad... que las personas timoratas no hallen nada que censurar... Me han dicho... creo yo que habrá exageración... me han dicho que hormiguean los novios...

Electra. ¡Ay, sí! ya casi no acierto a contarlos. Pero yo no quiero más que a uno.

Cuesta. ¡A uno! ¿Y es...?

Electra. ¡Oh! Mucho quiere usted saber.

Cuesta. ¿Le conozco yo?

Electra. ¡Ya lo creo!

Cuesta. ¿Ha hecho su declaración de una manera decorosa?

Electra. ¡Si no ha hecho declaración!... No me ha dicho nada... todavía.

Cuesta. Tímido es el mocito. ¿Y a eso llama usted novio?

Electra. No debo darle tal nombre.

Cuesta. ¿Y usted le ama, y sabe o sospecha que es correspondida?

Electra. Eso... lo sospecho... No puedo asegurarlo.

Cuesta. ¿Y no podrá decirme... a mí, que...?

Electra. ¡Ay, no!

Cuesta. Por Dios, tenga usted confianza conmigo.

Electra. Ahora no puedo. Tengo que vestirme.

Cuesta. Bueno: ya hablaremos.

Electra (medrosa, mirando al foro). ¿Vendrá mi tía?

Cuesta. Vístase usted... y mañana...

Electra. Sí, mañana. Adiós. (Corre hacia la derecha. Movida de una repentina idea, da media vuelta.) Antes tengo que... (Aparte.) No puedo vencer la tentación. Quiero darle otro besito. (Vase corriendo por la izquierda. Cuesta la sigue con la vista. Suspira.)

ESCENA XI

Cuesta, Don Urbano, Evarista; después Electra.

Cuesta (recogiendo sus papeles). ¡Qué felicidad la mía si pudiese quererla públicamente!

Evarista (vestida para salir). Perdone usted el plantón, Leonardo. Ya me ha dicho éste que preparamos una operación extensa.

Don Urbano (dando a Cuesta un talón). Toma.

Evarista. No me asombraré de verle a usted entrar con otra carga de dinero... Dios lo manda. Dios lo recibe... (Asoma Electra por la puerta de la izquierda. Al ver a su tía, vacila, no se atreve a pasar. Arráncase al fin, tratando de escabullirse. Evarista la ve y la detiene.) ¡Ah, pícara! ¿Pero no te has vestido? ¿Dónde estabas?

Electra. En el cuarto de la plancha. Fui a que Patros me planchara un peto...

Evarista. ¡Y te estás con esa calma! (Observando que en uno de los bolsillos del delantal de Electra asoma una carta.) ¿Qué tienes aquí? (La coge.)

Electra. Una carta.

Cuesta. ¡Cosas de chicos!

Evarista. No puede usted figurarse, amigo Cuesta, lo incomodada que me tiene esta niña con sus chiquilladas, que no son tan inocentes, no. (Da la carta a su marido.) Lee tú.

Cuesta. Veamos.

Don Urbano (lee). «Señorita: Tengo para mí que en su rostro hechicero...»

Evarista (burlándose). ¡Qué bonito! (Electra contiene difícilmente la risa.)

Don Urbano. «Que en su rostro hechicero ha escrito el Supremo Artífice el problema del... del...» (Sin entender la palabra siguiente.)

Electra (apuntando). «Del cosmos.»

Don Urbano. Eso es: «del cosmos, simbolizando en su luminosa mirada, en su boca divina, el poderoso agente físico que...»

Evarista (arrebatando la carta). ¡Qué indecorosas necedades!

Don Urbano (descubriendo otra carta en el otro bolsillo). Pues aquí hay otra. (La coge.)

Cuesta. ¿A ver, a ver esa?

Evarista. Hija, tu cuerpo es un buzón.

Cuesta (leyendo). «Despiadada Electra, ¿con qué palabras expresaré mi desesperación, mi locura, mi frenesí...?»

Evarista. Basta... Eso ya no es inocente. (Incomodada, registrándole los bolsillos.) Apostaría que hay más.

Cuesta. Evarista, indulgencia.

Electra. Tía, no se enfade usted...

Evarista. ¡Que no me enfade! Ya te arreglaré, ya. Corre a vestirte.

Don Urbano (mirando su reloj). Casi es la hora.

Electra. En un instante estoy...

Evarista. Anda, anda. (Gozosa de verse libre, corre Electra a su habitación.)

ESCENA XII

Cuesta, Don Urbano, Evarista, Pantoja.

Evarista (con tristeza y desaliento). Ya ve usted, Leonardo...

Cuesta. La tranquilidad con que se ha dejado sorprender sus secretos revela que hay en todo ello poca o ninguna malicia.

Evarista. ¡Ay! no opino lo mismo, no, no...

Pantoja (por el foro algo sofocado). Aquí están... y también Cuesta, para que no pueda uno hablar con libertad...

Evarista (gozosa de verle). Al fin parece usted... (Se forman dos grupos: a la izquierda, Cuesta sentado, Don Urbano en pie; a la derecha, Pantoja y Evarista sentados.)

Pantoja. Vengo a contar a usted cosas de la mayor gravedad.

Evarista (asustada). ¡Ay de mí! Sea lo que Dios quiera.

Pantoja (repitiendo la frase con reservas). Sea lo que Dios quiera... sí... Pero queramos lo que quiere Dios, y apliquemos nuestra voluntad a producir el bien, cueste lo que cueste.

Evarista. La energía de usted fortifica mi ánimo... Bueno...¿y qué...?

Pantoja. Hoy en casa de Requesens, han hablado de la chiquilla en los términos más desvergonzados. Contaban que acosada indecorosamente del enjambre de novios, se deleita recibiendo y mandando cartitas a todas horas del día.

Evarista. Desgraciadamente, Salvador, las frivolidades de la niña son tales, que aun queriéndola tanto, no puedo salir a su defensa.

Pantoja (angustiado). Pues oiga usted más, y entérese de que la malicia humana no tiene límites. Anoche el Marqués de Ronda, en la tertulia de su casa, delante de Virginia, su santa esposa, y de otras personas de grandísimo respeto, no cesaba de encomiar las gracias de Electra en términos harto mundanos, repugnantes.

Evarista. Tengamos paciencia, amigo mío...

Pantoja. Paciencia... sí, paciencia; virtud que vale muy poco si no se avalora con la resolución. Determinémonos, amiga del alma, a poner a Electra donde no vea ejemplos de liviandad, ni oiga ninguna palabra con dejos maliciosos...

Evarista. Donde respire el ambiente de la virtud austera...

Pantoja. Donde no la trastorne el zumbido de los venenosos pretendientes sin pudor... En la crítica edad de la formación del carácter, debemos preservarla del mayor peligro, señora, del inmenso peligro...

Evarista. ¿Cuál es?

Pantoja. El hombre. No hay nada más malo que el hombre, el hombre... cuando no es bueno. Lo sé por mí mismo: he sido mi propio maestro. Mi desvarío, de que curé con la gracia de Dios, y después mi triste convalecencia, me enseñaron la medicina de las almas... Déjeme, déjeme usted... Yo salvaré a la niña... (Le interrumpe Don Urbano, que pasa al grupo de la derecha.)

Don Urbano (dando interés a sus palabras). ¿Saben lo que me dice Cuesta? Pues que entre la cáfila de novios hay un preferido. Electra misma se lo ha confesado.

Evarista. ¿Y quién es? (Pasa de la derecha a la izquierda, quedando a la derecha Pantoja y Urbano.)

Don Urbano (a Pantoja). Esto podría cambiar los términos del problema.

Pantoja (malhumorado). ¿Pero esa preferencia qué significa? ¿Es un afecto puro, o una pasioncilla inmoderada, febril, de éstas que son el síntoma más grave de la locura del siglo? (Muy excitado, alzando el tono.) Porque hay que saberlo, Urbano, hay que saberlo.

Don Urbano. Lo sabremos...

Pantoja (pasando junto a Cuesta). Y usted, amigo Cuesta, ¿no la interrogó?...

Evarista (en el centro a Don Urbano). Tú procura enterarte...

Cuesta (algo molesto ya, contestando a Pantoja). Paréceme que despliegan ustedes un celo extremado y contraproducente.

Pantoja (con suavidad que no oculta su altanería). El celo mío, queridísimo Leonardo, es lo que debe ser.

Cuesta (un poco herido). Yo, como amigo de la familia, creí...

Pantoja (llevándose a Don Urbano hacia la derecha). Cuesta se mete demasiado en lo que no le importa.

Cuesta (a Evarista, sin cuidarse de que le oiga Pantoja.) Nuestro buen Pantoja se introduce con demasiada libertad en el cercado ajeno.

Evarista (sin saber qué explicación darle). Es que... como amigo nuestro muy antiguo y leal...