El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable de su interlocutor.
—¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan los favores de que me hablaba usted hace poco?
—¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el secretario, mirando con curiosidad á Cristián.
—Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el Century-Magasine… y deseo reunir datos.
El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:
—Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por haber arruinado un pueblo entero de provincia… Nos presta muy buenos servicios… Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á perpetuidad por haber envenenado á su querida… Estuvo admirable, hace poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé cómo hubiéramos salido del paso… Yo no quiero que me cuide otro médico cuando esté malo… Y la familia del gobernador forma parte de su clientela…
—¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!
—Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse tratado por un santo.
—Yes. ¿Y hay otros?
—Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo permitieran, se haría cura… Nos hemos visto obligados á separarle de los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á denunciarles.
—¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?
—Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.
Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:
—¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?
—Sí, si así lo desea usted.
—Creo que me será útil.
—Pues voy á dar á usted un permiso.
—Será usted muy amable.
El funcionario escribió unas líneas y dijo:
—Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón acompañará á usted.
—¡All right!
—Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?
—No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad… tan francesa.
—Realmente, soy yo quien debe hacer los honores…
—Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.
—Pues acepto.
Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió precediendo á Tragomer.
El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios, atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco, se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se leía, en letras negras y rojas, estas palabras: Pretorio disciplinario. Era el tribunal ante el que comparecían los indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de cal.
—Siéntese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy á buscar al 2317 y se lo traeré… Puede usted fumar si gusta…, no huele á rosas aquí.
Tragomer inclinó la cabeza sin responder, y se apoyó en el estrado desde el cual se distribuían castigos á aquellos desgraciados que parecen, sin embargo, haber llegado al máximum del sufrimiento. Una indecible angustia le oprimía el corazón. Había llegado al fin de su empresa; el presidio le había abierto sus puertas y dentro de un instante iba á encontrarse en presencia del que venía á buscar desde tan lejos.
Conocía ya su estado moral, pues el secretario se lo había descrito claramente; pero ¿cuál sería su estado físico? ¿Cómo habría soportado la terrible prueba de la vida común con tantos bandidos? ¿Qué habría sido, después de dos años, del hermoso Freneuse? ¿Habría persistido el vigor en aquel cuerpo sometido á repugnantes trabajos, á privaciones de alimento y á un clima mortífero? ¿No le habría minado y destruído la pena? ¿Llegaría á tiempo la salvación? Se oyeron pasos, la puerta se abrió y el vigilante dijo.
—Entre usted. Aquí está el extranjero que tiene autorización para verle.
Tragomer se volvió. Quería que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar. No sabía si el vigilante les dejaría solos y temía que un grito, un ademán, una palabra, redujesen á la nada toda su combinación. El vigilante se acercó á él:
—Milord, aquí está el personaje. Está un poco chillado, ¿sabe usted? Escuche sus tonterías el tiempo que guste y cuando se canse no tiene más que llamarme. Yo me quedo á la puerta.
Tragomer experimentó una tranquilidad deliciosa. Iba á poder hablar libremente á su amigo. Ahora ardía en deseos de volverse y de verle. Le sentía allí, á tres pasos, humilde y obediente, esperando sus órdenes. Veía de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio. Una sombra interceptó la claridad de la puerta; era el vigilante que salía. Cristián, entonces, se volvió y poniéndose un dedo en los labios como para recomendar la prudencia á su amigo, avanzó hacia él sonriendo.
Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunció una palabra. Un tinte lívido invadió su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron asustados como á la vista de un espectro, tembló con todos sus miembros y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visión:
—¡Cristián! ¡Cristián! ¿Es posible? ¡Cristián!
Las lágrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por sus demacradas mejillas. Y se quedó allí inmóvil, el pecho anheloso y medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibió á su amigo que venía hacia él, sintió que dos manos afectuosas estrechaban las suyas y oyó una voz que decía:
—¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería… ¡Jacobo! ¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame… que yo vea tus ojos… ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este abatimiento!…
Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como avergonzado.
—¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número, que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer! ¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!
—¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.
—¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa de muchas penas… ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me escuches… ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!…
—Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.
—¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?
—De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su deseo de reparar su falta.
—Pero ¿qué intentáis?
—Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era un hecho cierto, evidente, indiscutible.
—Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo, yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo, en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado, he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para merecer su misericordia por mi resignación.
—¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?
—¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y la estoy pagando.
—¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas circunstancias misteriosas?
—¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?
—Lo sé.
—¿Cómo lo has descubierto?
—Por casualidad.
—¿Conoces al culpable?
—Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.
—¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?
—No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está viva.
Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:
—La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!
—Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!
Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con terror:
—¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir de los que se hubieran prestado á ella?
Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.
—Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?
—¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara ensangrentada é informe…
—¡Informe!
—¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?
—Eso es lo que vengo á preguntarte.
El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él creía mortal.
—¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás atormentando… Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento… ¿Á qué querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el reposo y el olvido de la muerte.
—¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los culpables?
—Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me es indiferente ya!
—¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?
—¡Oh! no… Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.
Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva, dijo:
—¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho, aunque haya dado un mal golpe… Si todos aquí fueran como él, nuestro oficio no sería duro… Se podría tener humanidad… Pero la mayor parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el revólver en la cintura… ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le llevaré…
—Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero conocer el fin de su aventura…
—Como usted guste.
Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para esperar al visitante.
—Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella atrevidamente.
—¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.
—Que te escapes.
—¡Yo!…
—Si… No debe ser difícil… Tú gozas, según me han dicho, de una libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las oficinas… ¿Á qué hora de la noche te encierran?
—No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en vano… No quiero escaparme.
—¿Rehusas la libertad?
—No quiero tomármela.
—¿Crees que te la darán?
—Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del proceso…
—¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos que no eres culpable, te empeño mi palabra…
Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos! Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia envilecida.
—¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían interés en hacerme daño?
—No me cabe duda.
—¿Las conoces?
—Sospecho que sí.
—Dime sus nombres.
Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él.
Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.
—Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu corazón, encontrarás al hombre que buscas.
La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este nombre:
—¡Sorege!
Tragomer sonrió con amargura.
—¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso
Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo…
—Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado; ¿por qué?
—Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta. He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la libertad y la rehabilitación.
—¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas de cordura y de resignación que he logrado dar?… ¿Exponerme, si me cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!… Abandóname á mi destino…
—Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que te devolvería á su cariño… ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien amo y que no será mía si no te salvo… No se trata solamente de ti, sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo que haga falta y no vacilarán… ¡Decide!
—Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro… ¡Pero, qué riesgos! Salir de aquí no es nada… Un traje para que no sea reconocido fuera del campo…
—Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros marineros.
—Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á buscarme la embarcación.
—Estaré contigo… Yo no te dejo.
—Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á buscarla á nado… ¿Tendré yo la fuerza suficiente?
—Yo te sostendré… y te llevaré si es preciso.
—¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien… Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.
—Nos aprovecharemos de esa confianza… y en cuanto á los tiburones, los desafiaremos… Quinientos metros, ó menos, á nado… Además, iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro socorro.
—Pues bien, sea lo que Dios quiera… Hasta mañana, pues… Vete, no despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada… Separémonos.
Se dieron un apretón de manos y Tragomer sintió en el vigor de la mano de Jacobo que éste no faltaría á su palabra.
—Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse á su pensionista…
Al llegar á la puerta, el vigilante preguntó á Cristián:
—¿Le ha interesado á usted, milord? Es un pobre diablo completamente inofensivo… Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que quiera escaparse… Aunque le dejaran la puerta abierta no se iría… Ande usted, 2317, váyase solo á su departamento; yo voy á acompañar á milord…
Jacobo inclinó la cabeza para ocultar la animación de su fisonomía, y saludando á Cristián balbuceó:
—Hasta la vista, señor; no olvide usted que me ha prometido libros.
—Convenido. Hasta mañana.
El penado se alejó y Cristián lo siguió impasible con los ojos.
—Está algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es inofensivo…
—Un niño, milord.
—¿Dónde habita?
—Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un pabellón que sirve de depósito de cordelería… El olor del cáñamo es sano y está bien allí… Y, después, puede hablar con el capellán… ¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas… Un poco chiflado, como usted dice… Ahí tiene usted su chirívitil…
Tragomer se detuvo.
—Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y al notario…
—¡Ah! ¿Los Monthyons? dijo riendo el vigilante.
Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:
—Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se diera aquí como en París… ¡Una broma, milord! Sí, son las personas honradas del presidio…
—Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora…
¿Habrá que pedir nuevo permiso?
—Es indispensable, aunque ya es usted conocido
—¿Y usted me acompañará?
—Seguramente.
Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera. El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y las caras lívidas.
—Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!
La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento acompasado de los remos al hundirse en el mar.
Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y saltaba al puente por la cortadura… Marenval, imposible de reconocer con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente de los rayos del sol;
—¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?
—Acabo de dejarle.
—¿Todo está arreglado?
—¡No sin trabajo!
—¿Que me cuenta usted?
—La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á escapar.
Marenval hizo un gesto de asombro.
—¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía necesarias para evadirse?
—Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.
—¿Prefería quedarse?
—Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba. Hubo un momento en que creí que su razón había volado… Esa espantosa existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros; cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída por semejantes pruebas… He tenido que revelarle la traición de Sorege para hacerle entrar en posesión de sí mismo… ¡Oh! Entonces sí saltó de furor y gritó de desesperación… De este modo me apoderé de él.
—¿Qué han resuelto ustedes?
—El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa, un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos… Nosotros nos echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito, forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro. En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.
—¿Y el navío?
—El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de velocidad. Podríamos ser perseguidos… Hay un vapor en la rada y si da la alarma, se nos dará caza en un instante.
—No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.
—Y si nos cañonean…
Marenval se calló y su mirada se dirigió hacia los cuatro cañones cuyas bocas de cobre asomaban por la borda.
—Tenemos con qué defendernos ¿verdad? ¿Es eso lo que usted pensaba? preguntó Tragomer.
—Sí, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar de que no haya conflicto…
—¿Y si, á pesar de todo, es inevitable?
—¿El capitán y la tripulación obedecerán?
—El capitán es inglés y no se dejará coger. Su gente es disciplinada y le obedecerá.
Marenval dió un suspiro. Había previsto las dificultades y el peligro que se presentaban. Pero tomó valientemente su partido.
—Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos tenido un tiempo magnífico; la travesía ha sido feliz; nuestro yate es capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir avería. El resultado dependerá de la actividad con que os ayudemos mañana por la noche. Puede usted contar con que todo se hará según su deseo. Yo no dejaré el puente y ¡qué diablo! si hay que jugar el todo por el todo pura socorreros, se jugará…
Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes, contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas, aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos, una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin esperanza.
VII
El vigilante enseñó á Tragomer la cordelería y le dijo:
—Ahí tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy á llamar á nuestro párroco…
Cristián se volvió hacia un marinero que le seguía y le dijo en inglés:
—Entre usted conmigo, Dougall.
El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, tocó la boina con la mano y se disponía á entrar, cuando el centinela le detuvo diciendo:
—Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los edificios, sin autorización.
—La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.
El marinero entró detrás de Tragomer en la barraca, donde sentados en el suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se detuvieron. Aquel rebaño humano dejó oir un gruñido, pero á la vista del vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los tres hombres atravesaron un patinillo contiguo á las células de castigo y vieron á través de la reja un espectáculo conmovedor. Un desgraciado con la cabeza cubierta con un capuchón por cuyos agujeros lucían sus ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz. Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preducía un chirrido lúgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba espanto.
—¿Qué hace ahí ese hombre? preguntó Tragomer al vigilante.
—Se pasea durante media hora. Después volverá á entrar en su calabozo.
Es un escapado que fué cogido y le han condenado á dos años de célula.
No ve ni habla á nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno
de ancho.
—¡Un in pace! murmuró con horror Tragomer. Esta es la suerte que aguarda á los desgraciados que traten de escaparse…
—¡Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habría medio de entenderse…
—Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.
—Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos blandos con los que tratan de abandonarnos.
El solitario, metido en su capuchón, daba vueltas y vueltas. Cristián se estremeció pensando que si Jacobo volvía á caer en manos de sus guardianes le estaba reservada igual suerte, é instintivamente palpó en su bolsillo el revólver que había puesto en él antes de salir. La muerte era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no salía de su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.
Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en el yunque las esposas y las cadenas que iban á servir para sujetar á sus compañeros de miseria. Después llegaron á una puerta sobre la que se leía: Oficina auxiliar de las subsistencias.
—Aquí es, dijo el vigilante.
En una pequeña pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante de él. Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.
—Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí… Aquí tiene usted los libros que está autorizado para traerle…
El marinero abrió la caja y sacó una biblia, un libro de viajes y unos paquetes de tabaco.
—Creo que querrá usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al vigilante; no los hay así en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego á usted que se lo deje á este pobre muchaobo.
—Dé usted las gracias, 2317. Ahí tiene usted para varios meses, si no se lo deja robar por los camaradas… ¡Vamos! Tiene usted suerte; todos los visitantes no son tan generosos…
—Señor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.
—Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha… Usted no se perderá ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al comandante, que vive al otro lado del presidio… Tardaré una hora.
—Tómese usted el tiempo necesario… Yo no saldré hasta la hora reglamentaria…
—Á las seis… Ya estará oscuro.
—Que se vaya con usted el marinero. Váyase, Dougall, y que no se cambien en nada mis disposiciones.
El marinero saludó y siguió de cerca al vigilante. Tragomer los siguió con la vista desde la puerta y observó que no tomaban el camino por el que habían entrado, por lo cual no debían pasar, al salir, por delante del centinela. La suerte se decidía en favor de Jacobo. Una vez cerrada la puerta, Cristián se precipitó sobre su amigo y dijo, mirándolo hasta el fondo del alma:
—¿Estás resuelto?
—Estoy resignado á seguirte, porque así lo quieres; decidido á sufrir puesto que es preciso.
—Está bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota que ha sido notario y de un mentecato que ha sido médico. ¡Pobre amigo! Eso es lo que hubieran hecho de ti diez años de esta infernal existencia. Más vale morir al tratar de ser libre.
Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana blanca, traía una blusa de lana azul igual á la de Dougall y debajo del pantalón, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sacó del bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.
—¡Vamos! vivo… ¡Desnúdate! ¿No podrán sorprendernos?
—No, no vendrá nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. ¿Pero cómo me quito la cadena?
—¡Espera!
Tragomer sacó un martillo y una pequeña lima de acero montada sobre una ballesta. Cristián no pudo menos de sonreir.
—¡Herramienta de ladrón!
Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caía en polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces, un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operación fué más fácil y más pronta para anilla de la pierna. La cadena cayó al suelo y Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo. Tragomer cogió la cadena y se disponía á ocultarla, pero Jacobo dijo:
—Arranca esas dos anillas; quiero llevármelas.
Libre de golpear en la cadena sin hacer daño al preso, Tragomer rompió las dos anillas y se las metió en el bolsillo, mientras Jacobo, echando fuera, el inmundo sayal de tela de sacos, se ponía el traje de marinero. Una vez que lo tuvo puesto y que estuvo calzado con sus zapatos, Jacobo apareció diferente de como estaba con la librea de presidiario; su estatura resultó más alta y sus hombros más anchos. Ya no parecía encorvado bajo el peso de su infamia, pero el semblante cetrino del penado podía aún denunciarle. Tragomer, entonces, sacó un estuche de pinturas y postizos, hizo sentar á Jacobo y como si le estuviese pintando para un baile, le extendió en la cara un tinte de color de ladrillo. Después le pegó cuidadosamente algunos pelos rojos en la barbilla, y satisfecho de su obra, entregó á su amigo un espejito redondo, diciéndole:
—Toma. ¿Te reconoces?
En vez de la cara de miseria y de desesperación del pobre 2317, Jacobo vió en el espejo un vigoroso marinero quemado por el sol de los trópicos. Tragomer le entregó un revólver y le dijo con terrible resolución:
—Ahora, toma este arma, ¿Está convenido que no te cogerán vivo? Yo te defenderé, si es preciso, hasta el último aliento.
—Puedes estar tranquilo, dijo Jacobo sonriendo, ¡La última bala será para mí!
—Pues bien, ponte esa caja al hombro como la traía Dougall y vámonos.
Jacobo se volvió entonces hacia Tragomer y antes de pasar la puerta de aquella miserable prisión donde tanto había sufrido, se arrojó en los brazos de su amigo y dijo:
—Suceda lo que quiera, gracias, Cristián.
—Está bien, respondió Tragomer. Ahora, aseguremos las fisonomías y adelante.
Salieron, atravesaron el patio en que estaba la fragua, entraron en la cordelería donde los penados seguían desgarrándose los dedos contra las duras maromas embreadas, y llegaron á la entrada del edificio, donde se encontraba el centinela en su garita, apoyado en el fusil, y al abrigo de los rayos del sol, ya oblicuos á aquella hora. Echó una ojeada á los dos hombres, reconoció al visitante extranjero y al marinero que llevaba la caja y no se movió. Tragomer, lívido de emoción y con el corazón agitado, se llevó la mano al casco de corcho y dijo al pasar:
—Buenas tardes.
—Buenas, respondió el centinela.
Jacobo estaba en la calle mas no, todavía, fuera del presidio. Había que pasar las fortificaciones. Pero Cristián no tenía miedo; apretaba en su bolsillo el pase á su nombre y al de Dougall. Alentado por el primer éxito, estaba dispuesto á hacer frente al vigilante y á forzar el paso si era preciso. Las emociones pasadas producían en su cerebro una excitación extraordinaria. En este momento estaba seguro de salirse con su empeño. Llegaron á la verja y tuvieron la suerte de encontrarse con una cuadrilla de penados que volvían del trabajo. El vigilante, muy ocupado en contar sus hombres, juraba como un carretero porque dos penados acababan de verter delante de la puerta un tonel de brea líquida que apestaba la atmósfera.
—¡Ah! Los muy marranos… ¡Lo han hecho á propósito! aullaba el vigilante. Ocho días de célula y pan seco… ¿Y ahora quién va á limpiar esta porquería? No seré yo, por cierto. Sargento, detenga usted ahí á estos animales hasta que todo esté limpio. Si no pueden quitarlo con las manos que lo arranquen con la lengua…
En este momento vió á Tragomer y á su marinero que iban á salir.
—Ahora los ingleses, gruñó; bueno, pasen ustedes, no tenemos tiempo para hablar…
Y se arrojó sobre los penados, sobre el sargento y sobro la brea,
Tragomer y Jacobo estaban fuera.
—¡Apuntémonos dos bazas! dijo Cristián en un acceso de alegría. Ahora no tenemos tantas probabilidades en contra nuestra. Es preciso llegar á la playa para escondernos y esperar la chalupa para llegar á bordo.
Volvieron la espalda al muelle y á la población y se dirigieron hacia el mar. Los canacos, los libertos y los soldados que pasaban los miraban con curiosidad. Al volver una cabaña, Jacobo tiró la caja y ya con sus movimientos libres se puso al lado de Cristián. Atravesaron un bosquecillo de tamarindos que interrumpía la duna y se encontraron solos. Á lo lejos se veía la maleza que llegaba hasta cien metros de las rompientes y unos bancos de coral cubiertos por espesa vegetación de algas daban al agua un tinte de esmeralda.
—¡Mira! dijo Tragomer enseñando á Jacobo la extensión del mar… ¡El yate!
El humo negro de las chimeneas culebreaba en el cielo al cruzar el navío á un kilómetro de la costa, como estaba convenido. Á los rayos del sol poniente, se recortaba con precisión el casco blanco del yate, muy poco elevado sobre el agua. Se distinguían los menores detalles y hasta pareció á Cristián que veía dos hombres en el puente. Uno de ellos debía ser Marenval.
—Apresurémonos, dijo Tragomer. Dentro de una hora caerá el día repentinamente y es preciso que nos escondamos. El vigilante me esperará en vano en la lancha de administración, me buscará y tu fuga será descubierta. Entonces empezará el peligro.
Estaban solos en la duna, rodeados de lentiscos y de altas hierbas amarillas. Detrás de ellos, en lontananza, el presidio dibujaba sus masas sombrías. Y en el mar, sosegado y tranquilo, el yate se deslizaba suavemente. De pronto una nubecilla blanca apareció en una de las bordas del navío y un instante después llegó á oídos de los fugitivos una pequeña detonación.
—Nos han visto, dijo Tragomer. Es un tiro de fusil para llamarnos la atención. Nos observan, sin duda, con un anteojo, pero no están seguros de que seamos nosotros. ¡Respondámosles!
Sacó del bolsillo un largo trapo blanco, le ató al extremo de una rama y le agitó tres veces en el aire á modo de bandera. Una nueva nubecilla de humo y otra detonación indicaron á los dos amigos que su señal había sido comprendida. Tranquilizados por la seguridad de que estaban en comunicación con el yate, avanzaron á lo largo de los arrecifes para alejarse de la zona peligrosa y poner el mayor espacio posible entre ellos y sus perseguidores probables.
Se encontraban entonces en las rocas. Una especie de promontorio avanzaba en el agua, formando una lengua de coral golpeada por todas partes por las olas. Este cabo salía más de un kilómetro extendiéndose sobre el mar como una serpiente dormida. Los dos amigos se metieron por aquel camino que no tenía más de doscientos metros de ancho y que estaba cubierto á uno y otro lado por las dunas. Cristián y Jacobo se dirigían á la punta del cabo, que formaba un pequeño promontorio. De repente se estremecieron. Acababa de sonar un cañonazo, luego otro y luego un tercero á intervalos iguales. Al mismo tiempo el viento de tierra les trajo un redoble de tambores que tocaban generala y un rumor confuso de voces. Ambos se miraron palideciendo.
—¡Todo está descubierto! dijo Jacobo.
—¡Nos persiguen! añadió Tragomer.
Cristián lanzó una mirada en derredor. El sol, como un globo de fuego, incendiaba las olas en que iba á sumergirse. Una hora más, y la noche vendría á proteger la fuga con sus sombras benéficas. Pero había que aguardar una hora y ya las cuadrillas de guardianes canacos, lanzadas sobre la pista del fugitivo, debían estar registrando las dunas. Se había visto pasar á Tragomer y en este momento se daban indicios ciertos sobre la dirección que había tomado á aquellos ojeadores de caza humana.
—Ganemos la punta del promontorio y ocultémonos en las rocas, dijo
Cristián.
Avanzaron rápidamente y se metieron en una pequeña gruta, donde pudieran respirar, ver y escuchar por unos instantes.
—Mira, dijo Tragomer, el yate vira de bordo y echa al agua la lancha de vapor… Han comprendido el peligro y vienen á nosotros.
La lancha embarcó sus hombres y se deslizó rápida sobre las ondas. La distancia que la separaba de tierra disminuía visiblemente. Ya la vista experimentada de Tragomer distinguía á Marenval sentado en la proa. Pero aquella tentativa atrevida atrajo hacia ellos un peligro mortal. Una cuadrilla que registraba la maleza acababa de ver la lancha, y suponiendo que su marcha hacia la costa estaba relacionada con la fuga del penado, los canacos empezaron á dar gritos para reunirse y se dirigieron en amenazador semicírculo hacia el promontorio en que estaban refugiados los fugitivos.
Tragomer echó en torno una rápida ojeada y vió en el mar la lancha que traía á Jacobo la salvación y detrás, en las rocas, la fuerza armada pronta á todas las violencias para recobrar al preso. La barca estaba separada de la punta de coral por unos mil doscientos metros. La elección no era dudosa. Se quitó la americana y la camisa, se descalzó y no conservó más que el pantalón, en cuya cintura puso un sólido cuchillo. Después, dijo volviéndose hacia Jacobo, que lo había imitado:
—Si nos quedamos, arriesgamos el ser cogidos; si huimos podemos ser muertos. No hay que vacilar. Además estaba convenido. ¡Al mar y sea lo que Dios quiera!
Se abrazaron por última vez y se dejaron deslizar silenciosamente al agua. Nadaron doscientos metros protegidos por la masa de las rocas, pero pronto un gran griterío les advirtió que estaban descubiertos y una lluvia de balas que silbaron por todas partes les probó que sus perseguidores estaban decididos á impedir que se escapasen.
—¡Sumerjámonos! dijo Tragomer. Van á tirar otra vez.
Pero la descarga que esperaban no se produjo. Una barca mandada por un vigilante y tripulada por doce remeros se destacaba de la costa é iba á colocarse entre los fugitivos y los tiradores canacos. Al mismo tiempo la lancha de vapor del yate forzó su máquina en dirección de los nadadores. Durante unos minutos hubo una lucha silenciosa y conmovedora entre los dos hombres que defendían su libertad y su vida y los que trataban de quitárselas.
—¡Alto, la lancha, en nombre de la ley! ¡Alto! dijo la voz ronca y furiosa del vigilante.
—¡Adelante! respondió con firmeza la voz de Marenval.
Los dos barcos estaban á cincuenta metros el uno del otro y entre ellos los nadadores, tan próximos á ser presos por sus verdugos como recogidos por sus salvadores.
—¡Alto! rugió de nuevo el vigilante, ú os echo á pique.
—¡Pasad por encima! exclamó Marenval, que se inclinó en la proa, como para dar más autoridad á su orden.
—¡Gahead! gritó el timonel.
El vigilante disparó el revólver contra la lancha y la gorra blanca de Marenval voló al mar atravesada por un balazo. En el mismo instante resonó un crujido formidable. La lancha, lanzada á todo vapor contra la chalupa, la había abierto por enmedio de las bordas. Se oyó un grito y todo se hundió. Sobre las olas se veía solamente la lancha del yate.
—¡Á nosotros! gritó Tragomer levantándose sobre el agua.
En torno de los nadadores aparecían de nuevo luchando con las olas el vigilante y los remeros. En este momento unos brazos vigorosos se tendieron hacia los fugitivos y anhelantes, sofocados, casi sin vida, Cristián y Jacobo fueron izados á la lancha salvadora.
—¡Te kere! dijo el timonel.
Los marineros se echaron al fondo de la lancha. Una lluvia de balas de los canacos de la orilla pasó silbando por el aire. Al mismo tiempo apareció otra chalupa haciendo fuerza de remos hacia el lugar de la lucha.
—¡Al yate! gritó Marenval. Ya nos abrazaremos después.
La lancha viró y se dirigió hendiendo las olas hacia el navío. El sol cayó en este momento como una bola de fuego en las olas y se hundió en ellas. El crepúsculo se apoderó del mar y solamente se oyeron, á lo lejos, allá, en la playa, los gritos de los canacos. Un marinero entregó á Jacobo y á Cristián vestidos secos, y temblando aún, tanto por los esfuerzos realizados como por el frío del agua, arrojaron sus pantalones empapados y se vistieron. Hasta que estuvieron á bordo del yate no se cambió ni una palabra.
—¿Y bien? preguntó el capitán inclinado sobre la borda.
—¡Está hecho! contestó Tragomer.
Por la escala de cuerda que pendía del flanco del navío subieron sobre cubierta, la embarcación fué suspendida, y el yate volvió á tomar la velocidad un punto interrumpida, con la proa hacia alta mar.
—¡Libre! mi pobre Jacobo, dijo entonces Marenval echando los brazos al cuello del joven y mirándole con ternura. ¡Ya era tiempo de que llegásemos! ¡Cómo ha cambiado usted!
Lavada por el agua del mar, sin pintura y sin postizos, la cara enflaquecida de Freneuse aparecía macilenta y melancólica.
—Gracias, amigos míos, gracias por vuestra heroica abnegación. Quisiera deciros toda la gratitud que hay en mi corazón, pero me faltan las palabras. Perdonadme…
Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Jacobo las enjugó con la mano, ahogó un sollozo y haciendo un gesto de enfado se dirigió hacia la popa del navío. Allí se sentó en un rollo de cuerdas y dejando caer la cabeza entre las manos tomó una actitud de profunda meditación.
—Conviene dejarle solo, dijo Tragomer. Tiene necesidad de entrar en posesión de sí mismo. La transición entre su aniquilamiento desesperado y la vuelta á la vida ha sido muy brusca. Mañana estará más tranquilo, sus ideas habrán entrado en orden y podremos interrogarle con fruto. Y ahora, Marenval, reciba usted mis felicitaciones. Ha resistido usted á las autoridades de su país con un aplomo admirable. ¡Está usted fuera de la ley, amigo!
—¡Pardiez! Bien ha visto usted que aquel diantre de sargento quiso matarme. Una de sus balas se llevó mi gorra y si da dos milímetros más abajo se lleva la cabeza.
—¡Pero usted no le ha errado ni ha tardado en echarle al agua!
—Amigo mío, dijo gravemente Marenval, en aquel instante no había que andar con paños calientes. Vi que todo se iba á perder si no echaba á pique la tal embarcación y ¡qué diablo! no dudé.
—Hizo usted perfectamente, Marenval. Sin usted todo estaba perdido.
—Lo sé, y no estoy descontento de mi manera de obrar. Pero sepa usted que no era de los carceleros de lo que yo tenía más miedo por todos. Desde que nos separamos del yate, venía siguiéndonos un enorme tiburón que parecía acechar el momento en que alguien cayese al agua. Es un milagro que no haya intervenido en la pelea…
El movimiento de los barcos, los gritos de los canacos y la rapidez de la acción le habrán espantado. Yo también temía la presencia de algún escualo y me había provisto de un cuchillo para no dejarme devorar sin defensa.
—Supongo, dijo fríamente Marenval, que se habrá dado un banquete con el grueso sargento que tanto empeño tenía en fusilarme…
—¡Se va usted haciendo feroz, amigo mío!
—Yo soy así cuando se me saca de mis costumbres… Y á propósito ¿y el buen Dougall?
—Conforme estaba convenido Dougall ha debido ir á la lancha de la administración como si nada supiera. Seguramente ha sido detenido por el vigilante que me acompañaba.
—¿Era el sargento grueso?
—¡No! Aquel no venía á perseguirnos, y me alegro. Era un buen hombre y no hubiera querido hacerle mal. Tenía una manera tan cómica de llamarme: "Milord"… Porque sepa usted, Marenval, que nadie quitará de la cabeza á las autoridades coloniales que han sido los ingleses los que han dado el golpe.
—Ha tomado usted todas las precauciones para que sea así. ¿Pero qué le sucederá á nuestro marinero?
—Dougall es un muchacho muy inteligente. No sabe ni una palabra de francés y á todas las preguntas que le hagan responderá: "No comprendo; llevadme ante el cónsul de Inglaterra". Una vez ante el cónsul, está salvado. No ha tomado parte en nada y se ha separado de mí en el momento comprometido. El haberle abandonado prueba que no estaba enterado de nuestros proyectos. Para las autoridades de Numea, que tienen nuestros papeles, ese hombre pertenece á la tripulación del Albert-Édouard, del puerto de Southampton. Llegado á alta mar el Albert-Édouard se convierte en el Magic, y que busquen. Durante este tiempo Dougall, con las cien libras que le he dado, tomará el vapor para Sydney y, créame usted, llegará á Inglaterra antes que nosotros, porque no tendrá que atravesar ese endiablado canal de Torres, sembrado de escollos peligrosos.
Marenval hizo un signo de asentimiento. Luego preguntó:
—¿Cree usted que nos perseguirán?
—Dentro de una hora lo sabremos. Pero eso no me inquieta. Corremos como el viento y no será un aviso del Estado el que pueda darnos caza. Esos ingleses saben hacer barcos, no hay que negarlo. Aquí tiene usted un navío de recreo que corre como un torpedero.
—¿Mantendremos mucho tiempo esta velocidad?
—Hasta que salgamos de las aguas francesas. Una vez en las aguas neutras tomaremos nuestra marcha de paseo.
—¿Y cuándo estaremos fuera do todo peligro?
—Hacia las doce de la noche.
—En ese caso, ¿le parece á usted que comamos?
—Á fe mía que me vendrá muy bien. Este baño me ha abierto un apetito feroz.
—¿Llamamos á Jacobo?
—No; dejémosle tranquilo. Un camarero le traerá un plato con fiambres y él comerá si tiene hambre. La soledad es buena para ese espíritu alterado.
Los dos amigos bajaron al comedor. Jacobo, solo en la popa bajo la vela hinchada por el viento, apoyado en la borda y aniquilado de cansancio por los esfuerzos impuestos á su cuerpo debilitado, dejó su débil cabeza balancearse á merced del vaivén del barco, y en la dulce y tibia noche experimentó por primera vez después de mucho tiempo una sensación deliciosa de paz y de tranquilidad. Sentía bullir bajo sus pies la poderosa máquina y pensaba que cada vuelta de aquel rápido motor le alejaba de la cautividad y lo acercaba á los que le amaban y no habían cesado de llorarle.
Sus miembros estaban como entumidos, pero su pensamiento se destacaba poco á poco como de una bruma y aparecía luminoso y activo. Su vista recorrió la extensión del mar y allá, á lo lejos, en el límite del horizonte, vió la luz del faro como un punto luminoso apenas perceptible y que disminuía hasta borrarse, como un signo de la desgracia. Estaba libre y rodeado de amigos é iba á ver á las personas que amaba. Pero al mismo tiempo se encaminaba á la lucha.
Una arruga apareció en su frente. La libertad le imponía terribles deberes; tenía que justificarla descubriendo el verdadero culpable. Su evasión no podía tener excusa si no enviaba al criminal, hasta entonces impune, á ocupar su puesto en la cordelería, al lado de la fragua en que los penados forjaban sus propias cadenas. Instintivamente extendió el brazo y con alegría se sintió libre de la dura anilla. En su puño se veía, y se vería por largo tiempo, la señal causada por el brazalete de vergüenza.
Todos los horrores de su infamante vida se presentaron á su imaginación y acudió á su memoria la imagen del capellán que le exhortaba á la resignación en memoria de los sufrimientos divinos. Entonces no esperaba que cambiase su destino. Lo veía encerrado para siempre en aquel recinto de dolor y de miseria y aceptaba su espantoso porvenir con ánimo sumiso. Un impulso de agradecimiento se apoderó de su pensamiento; levantó los ojos al cielo, y en aquel imponente silencio de la mar desierta, bajo el firmamento bordado de estrellas, rezó en acción de gracias á la divinidad que le había salvado.
El camarero se acercó á Jacobo y puso á su alcance las provisiones que sus amigos le enviaban, sin que él lo echase de ver, sumido en su meditación. El yate había apagado sus fuegos para escapar más fácilmente á una posible persecución y en el mar sin límites, el espíritu de Jacobo, sereno y fortificado, reposaba ya en una tranquilidad absoluta. En aquel momento no dudó que haría brillar su inocencia con pruebas irrefutables.
Una firme convicción reemplazó á la duda que le había torturado tanto tiempo hasta hacerle sospechar si en un momento de embriaguez que no recordaba habría, en efecto, cometido el crimen. Ahora se sentía en posesión de otra conciencia y se convertía en otro hombre libre corporalmente y dueño de su pensamiento.
Permaneció toda la noche meditando en el mismo sitio, sin que los pasos del hombre de cuarto que recorría acompasadamente el puente le arrancasen á sus reflexiones. No vió al capitán que de pie en su sitio de honor velaba doblemente aquella noche. Se encontraba en una especie de exaltación que abolía para él todas las percepciones exteriores, para no dejarle sino las sensaciones íntimas, que eran deliciosas, porque encontraba en ellas todo el tesoro de su delicadeza, de su fe, de su honor, que le había sido arrebatado brutalmente durante aquellos dos años nefastos.
El alba blanqueaba haciendo palidecer á las estrellas. El viento refrescaba y la primera cuadrilla de marineros de servicio apareció en el puente. Jacobo suspiró, comprendiendo que tenía que salir de las esferas inmateriales en que su espíritu se había reconfortado durante aquella velada y entrar en la vida corriente y positiva. Y cuando el día sucedía repentinamente á la noche, Jacobo se levantó y miró en derredor suyo. Por todas partes el mar estaba libre. Dos leguas á la derecha un gran vapor avanzaba pesadamente hacia las islas Loyalty. Por detrás ni un punto sospechoso. Por delante la extensión ilimitada, sin una embarcación, sin una vela.
—Querido Jacobo, dijo la voz de Tragomer; estamos salvados. Ahora podemos respirar.
Freneuse se volvió. Su amigo salía de la cámara y venía hacia él. Jacobo le tendió la mano sonriendo.
—Perdóname, dijo, que te dejara ayer tarde.
Estaba como una fiera escapada de su jaula y á quien asusta el aire libre y el ancho horizonte. Tenía necesidad de esconderme, de buscar un rincón sombrío, falto ya de la costumbre de vivir libre… La servidumbre es una arruga que no se hace desaparecer fácilmente. Ahora ya estoy repuesto.
Tragomer apoyó la mano en el hombro de su amigo.
—Tienes dos meses delante de ti para entrar de nuevo en posesión de ti mismo. Nuestro viaje va á ser por eso convenientísimo. Poco á poco volverás á tus costumbres de dignidad y cuando llegues á Europa serás el Jacobo de otro tiempo.
Por la frente de Freneuse pasó una sombra.
—¡Jamás!, dijo. El Jacobo de otro tiempo ha muerto. Se ha quedado en el presidio con la cadena del penado. El Jacobo que te llevas no tendrá más que una preocupación en la vida, la de hacer olvidar á los que le aman las penas que les ha causado.
—Lo apruebo, dijo Cristián, porque es justo. Pero ven conmigo á tu camarote… Te vestirás mientras Marenval se levanta; él no es tan madrugador como yo y además las fatigas y las emociones de esta terrible jornada le habrán rendido… Pero está contento y orgulloso. No daría su expedición por el doble de lo que le ha costado… Lo único que siente es no llevarse la gorra atravesada por la bala del vigilante. ¡Qué trofeo para un hombre pacífico!… Pero aquí tenemos á nuestro capitán…
Un joven rubio, de cara sonrosada, se adelantó hacia ellos.
Tragomer dijo:
—M. Edwards, presento á usted á mi amigo el conde de Freneuse. En este momento no está del todo presentable, pero usted le verá dentro de un momento más correcto.
—Celebro, caballero, dijo el marino con un acento inglés muy pronunciado, haber contribuído á sacarle de penas… Lo que mis patrones me habían contado me ha hecho fácil y agradable el servicio que les he prestado… Hemos arriesgado algunas cosillas, añadió el inglés sonriendo; pero en este momento estamos bajo la protección de esa bandera…
Y el capitán señaló orgullosamente al pabellón británico que flotaba en el palo de popa.
—¿De modo que está usted enteramente tranquilo? preguntó Tragomer.
—Estoy en el mar qué pertenece á todo el mundo; soy dueño de mi barco; y si alguien quisiera hablarme, le respondería con esto.
Dió un golpe amistoso en una de las largas piezas de cobre que iban perezosamente echadas en el puente, y añadió con una hermosa confianza nacional:
—Y toda Inglaterra estaría detrás de mí.
—¿Dónde estamos en este momento y á dónde nos dirigimos? preguntó
Tragomer.
—Estamos atravesando Bowen, en Australia, y tenemos la proa hacia Nueva Guinea. Voy á acortar la marcha, para no agotar inútilmente nuestras carboneras, pues no podremos llenarlas hasta Batavia. Vamos á navegar á la vela.
—Haga usted lo que crea conveniente, capitán. Nuestro interés es dejarnos llevar.
Bajaron al salón y se dirigieron á los camarotes. Por primera vez desde hacía mucho tiempo Jacobo encontraba el lujo y la comodidad á que estaba acostumbrado desde la niñez. Le habían preparado un ancho camarote amueblado con una cama, un armario de espejo y un lavabo. En todos los detalles brillaba la limpieza inglesa y Jacobo encontró con alegría infantil los cepillos, los frascos y los utensilios de tocador que constituyen los cuidados y la elegancia de la vida.
Se dejó caer en una butaca mirando al rededor, como si no se cansara de contemplar lo que veía; pero de repente palideció. En la cabecera de la cama y en marcos de oro acababa de ver los retratos de su madre y de su hermana. Vestidas de negro, tristes y desmejoradas, parecían llorar al ausente. El día antes de salir de Southampton, Marenval había recibido aquellas fotografías destinadas á Jacobo y que representaban una promesa de perdón.
—¡Qué cambiadas están! dijo Jacobo después de un largo silencio.
—Y sin embargo, en ese momento empezaban á esperar…
—¿Cómo hacerlas olvidar lo que han sufrido por mí?
—¡Oh! Muy fácilmente. En las madres y en las hermanas hay tesoros de indulgencia. Les bastará volverte á ver. Lo que más daño les ha hecho no es creerte culpable, sino saber que eras desgraciado.
—Dime cuál ha sido su existencia desde hace dos años.
—La de dos reclusas voluntarias. Han huído del mundo á quien acusaban de tu pérdida, y se han confinado en su casa para llorar á sus anchas. Todo lo que no fueses tú era extraño para ellas. Todo lo que no participaba de su fe en tu inocencia y de su desolación por tu martirio, fué separado sistemáticamente. Yo mismo…
—¿Tú, Cristián? exclamó Jacobo con sorpresa.
—Sí, yo; porque en el primer momento de estupor incliné la cabeza ante la sentencia que te condenaba; porque no reaccioné bastante pronto contra la infamia que te era impuesta, fuí rechazado por tu madre y por tu hermana…, ¡por tu hermana, á quien amo, por María, que estuvo aún más dura que su madre! Su puerta se me cerró, como si yo fuera un importuno ó un enemigo… Y á pesar de mis esfuerzos nada pude conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habías sido víctima. Sólo entonces la señora de Freneuse consintió en verme y no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana… Hasta el último minuto no se presentó delante de mi y si me estrechó la mano fué porque afirmé que iba á arriesgar mi vida por salvarte.
—¡Querida María! Y tú, pobre Cristián, también has sido desgraciado por mi causa…