—Oye lo que sucedió, imprevisto y monstruoso. El día siguiente de aquel en que te di cuanto poseía, recibí la visita de Sorege. Se presentó frío, la cara grave y como impresionado por un suceso de importancia. Se sentó y me miró en silencio con una expresión de piedad que nunca le había visto. Por fin habló y desde las primeras palabras mi furor no reconoció límites. Venía á contarme que eras el amante de Juana y que no teniendo esperanza de reponerte en París, habías resuelto partir con ella á Londres, donde acababa de firmar una contrata sin que yo lo supiera. Aunque acostumbrado á mis accesos de cólera, Sorege pareció alarmado y trató de calmarme con su pérfido aire de bondad.
—Bien había yo previsto que llegaría el momento en que tendría usted que contar con un amigo verdadero. Ya ve usted la inconstancia de su amante y la ingratitud de su amiga. Uno y otra la insultan y la engañan. ¿Vacilará usted en romper la primera con Jacobo y en poner en la puerta á esa insensata á la que ha hecho usted tantos favores?
Yo quise protestar, discutir.
—¿Quién me dice que usted no me engaña? Le creo capaz de todo para conseguir sus fines. ¿Cómo no habría yo sospechado ni visto nada de su intimidad? Tiene usted mucho interés en mentir para que le crea fácilmente.
—No se trata ya de discutir, dijo fríamente. Sepa usted que el mismo Jacobo me ha dado los detalles que acabo de contar. Juana, que habita un departamento amueblado, lo ha despedido la semana pasada. Sus baúles están hechos desde ayer y va á dejarlos en depósito en la estación del Norte. Ella se va á Boulogne y el saldrá por otra línea é ira á reunirse con ella. ¿Es claro todo ésto?
Hablaba con tal calma, que no traté ya de discutir ni dudé más. La verdad me anonadaba y una rabia loca empezaba á hervir en mi corazón. Bramaba de rabia, en aquel saloncito en el que había pasado horas tan dichosas, al verme vendida y abandonada á la vez por mi amiga y por mi amante. Sorege en tanto estaba impasible y sin decirme una palabra de consuelo, como si contase para su triunfo con el exceso de mi mal. Me miraba en silencio y por fin me dijo:
—¿No debe ver á usted Juana antes de partir?
—La esperaba en seguida. Mis criados tienen permiso y yo debía comer con ella… Pero no vendrá; no tendrá esa impudencia.
—¿Quién sabe? dijo Sorege. Es muy grande y muy delicado el placer de asistir á la mistificación que uno mismo ha preparado y gozar de la confianza estúpida de aquel á quien se engaña. No me sorprendería que viniese á dar á usted un beso antes de robarle su amante…
—¡Pobre de ella! exclamé.
—¡Bah! ¿Qué iba usted á hacer? No creo que pensase sacarle los ojos ó abrirle la cabeza. Eso sería muy vulgar.
No respondí. Por mi cabeza enloquecida y en la que las ideas parecían chocar unas con otras con un ruido de olas, pasaron fulgores siniestros. Me sentía arrebatada por un vértigo de muerte. Sorege me dijo:
—Siento mucho haber prevenido á usted, porque me parece dispuesta á hacer tonterías. ¡Vamos! cálmese usted. Después de comer vendré á ver si esta más tranquila y espero encontrarla razonable.
Se marchó y yo me quedé como desvanecida en un sofá, con la cabeza en los cojines, dando vueltas al veneno que había vertido en mi pensamiento aquel monstruo que, según he visto claramente después, lo había combinado todo para impulsarme á un acto de suprema demencia. Un campanillazo me sacó de mi sopor y me hizo poner en pie. Miré el reloj y eran las siete. Abrí y vi á Juana. Entró alegremente, me besó en la oscuridad del vestíbulo y me siguió tarareando hasta el salón donde se quedó admirada viendo á la luz del crepúsculo mi extremada palidez, mi desorden y mi angustia.
—¿Qué tienes? me preguntó inquieta.
La miré y la vi en traje de viaje con sombrero redondo y un saco de cuero. La certidumbre de que Sorege había dicho la verdad se imponía á mí fulminante. Recobré repentinamente mi sangre fría al ver tanta doblez y respondí con calma, casi con languidez.
—Tengo jaqueca; mira, estoy en traje de casa. Si quieres, no saldremos para ir á comer. Tengo aquí con qué improvisar una buena comida; nos quedaremos tranquilamente al lado del fuego y me harás compañía hasta muy tarde.
Ordinariamente Juana acogía esas proposiciones con transportes de alegría; pero entonces la oyó fríamente y una sombra pasó por su mirada.
—Me quedaré á comer, eso si, con mucho gusto, como te había prometido. Pero no podré pasar la velada contigo. Tengo cita para un asunto serio con mi profesor de canto Campistrón. Tendré que dejarte á las nueve.
Su hipocresía me puso fuera de mí.
—¿Estás segura de que es á ver á tu profesor de canto á donde vas?
Mi acento, mi actitud y mi palidez la turbaron repentinamente.
Retrocedió un paso y balbuceó:
—¿Pero qué me preguntas? ¿Por qué había de engañarte?
Fui hacia ella hasta tocarla y cara á cara le dije:
—Porque ya me has engañado y me sigues engañando; porque eres una infame que no contenta con robarme tu ternura, me robas también la de mi amante.
Enrojeció y con los dientes apretados por el temor y por la cólera, respondió:
—¿Quién ha dicho eso?
—Yo lo sé.
—¡Es falso!
—¿Falso? Te vas con él á Inglaterra; me le quitas cuando sabes que no puedo vivir sin él. Tu me asesinas, tu me…
La voz se perdió en mi garganta y, fuera de mí, permanecí delante de ella sin decir palabra y como atontada. Juana me creyó impotente y aniquilada y cobrando ánimos me dijo con risa insultante:
—¡Bah! No le amas tanto puesto que le olvidas muy bien conmigo…
Me insultó echándome en cara lo que constituía mi remordimiento secreto y me hirió en lo más sensible de mi ser. Retrocedí y no encontrando una palabra bastante despreciativa, la golpee en la cara con toda mi fuerza. Lanzó un agudo grito, se puso lívida y con los ojos echando llamas se arrojó á mi rechinando los dientes. Sentí sus dedos rodear mi garganta y perdí la respiración. Entonces me defendí golpeándola el pecho, pegándola con la rodilla en el vientre, tratando de tirarla al suelo. Y así luchamos sordamente, sin un grito, respirando el odio y la muerte. Mis ojos se cegaron por una espesa niebla. La cogí por la garganta y apreté los dedos hasta hundírselos en la carne. De pronto aquella mujer cesó de luchar y cayó en la alfombra. Me arrojé sobre ella como una furia y sin noción de lo que hacía. No había en mí sino el instinto de la bestia que quiere matar para vivir. Al cabo de un instante me cansé; ella ya no hacía resistencia, y con los ojos extraviados me levanté y miré. Estaba tendida, inerte, con la cara tumefacta por los golpes, los ojos en blanco, la boca torcida, horrible y amenazadora todavía. Al entrar en posesión de mis facultades, se apoderó de mi el espanto y me estremecí viendo á aquella desgraciada inmóvil y contraída. La cogí, quise levantarla y su cuerpo me resultó pesado y blando en mis brazos. La llamé y no me respondía. Iba á pedir socorro para tratar de volverla á la vida, pero la prudencia me contuvo. Toqué su corazón, escuché su pecho y retrocedí horrorizada. ¡Estaba muerta! Una inmensa desesperación se apoderó de mí. ¿Era posible que me hubiese convertido en una criminal? Era verdad que me había hecho traición, insultado, agredido… Pero yo la había matado y todas las consecuencias se desarrollaron instantáneamente en mi espíritu. Me vi presa, juzgada, condenada y un terror invencible se apoderó de mí. No tuve ya más que un pensamiento, huir á la suerte que me esperaba, y sin pensar en lo que hacía, sin vestirme, en zapatillas, me lancé á la escalera y eché á correr. Estaba ya en el entresuelo, cuando una mano me detuvo y una voz me dijo bruscamente.
—¿Dónde va usted así, Lea?
Permanecí como atontada y sin responder. Era Sorege que, según su promesa, venía á saber qué había sucedido. Mi turbación y el desorden de mis vestidos le dijeron bastante sin duda, pues me cogió por un brazo y me dijo bajando la voz:
—¿Está usted loca? ¿Qué significa?… Suba usted conmigo.
Me hizo entrar en mi casa, cerró la puerta con cerrojo, entró en el salón el primero, pues yo no quise pasar delante de él, y viendo á Juana Baud tendida en el suelo, lanzó un juramento y dijo volviéndose hacia mí:
—¡He aquí un feo negocio! ¿La ha matado usted? Era una bribona, pero el procedimiento es brutal…
Yo exclamé, impulsada por la necesidad de disculparme:
—¡Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello… ¡Tuve necesidad de defenderme!
Sorege respondió con una flema horrible en semejante situación:
—Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted está perdida.
Yo me arrojé á él:
—¡Oh! No me abandone usted! ¿Qué voy á hacer sin ayuda? ¡Sálveme!
Me eché á llorar mientras él me miraba con tranquilidad.
—¿Yo abandonar á usted? ¿Cómo puede creerlo? Sabía que me necesitaría usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aquí estoy pronto á defenderla.
—¡Dése usted prisa!, exclamé temblando de fiebre.
—Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volverán antes de las doce y no entrarán en esta habitación…
—No.
—El único que puede venir es Jacobo y ese no vendrá seguramente. Somos, pues, dueños de nuestras acciones.
Reflexionó un instante; después miró á la muerta y repitió varias veces:
—Sí; es el único medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que quiera es preciso asegurar la fuga.
Se acercó á mi y me dijo dominándome con toda su resolución firme y lúcida:
—Es imposible sacar este cadáver de aquí. Le encontrarán, pues, fatalmente mañana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrirá su identidad y usted será perseguida y presa. Hay aquí una mujer muerta, ¿por qué ha de ser Juana Baud?
—¿Pues quién ha de ser? pregunté.
—Usted.
—¡Yo! ¿Cómo es posible? Usted pierde el juicio.
Sorege continuó sin responderme:
—Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie la buscará. Es preciso que la mujer muerta aquí sea Lea Peralli. Lea se va á Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar pasaje para América. Mientras, los agentes de policía, los magistrados y toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lío que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma estatura, las mismas carnes y sólo difieron en la cara y en el color del pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve á Lea para teñirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revólver en la cara. Lo mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia más que el género de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es despistar á los listos de la policía. ¿Y cómo no lograrlo? Se encuentra una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; ¿quién va á dudar que es ella y por qué echarse á buscar por otro lado? Lea Peralli se queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aquí resuelto el problema. ¿Quién dice que esto es difícil?
Se puso á reir en silencio viendo mi estupor. Había seguido su razonamiento y comprendía su formidable habilidad. Pero exclamé:
—¿Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quién había cometido el crimen?
—¡Bah! dijo Sorege en tono burlón. Es usted muy curiosa. ¿Quién ha de haber cometido el crimen? La persona á quien aproveche.
Temblé al comprender, pero él no me dejó tiempo de dudar.
—¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién ha hecho á usted traición indignamente? ¿Quién iba á llevarse otra mujer con su dinero de usted en el bolsillo? ¿Quién, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crédito, casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar á su querida?
—¡Jacobo! exclamé llena de horror. ¡Oh! Jacobo… ¡Jamás! ¡Jamás!
¡Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten!
Cometer semejante infamia… ¡No! ¡No!
—Una infamia semejante á la suya… No hará usted más que corresponder, sencillamente… ¡Cuántos escrúpulos, cuando él ha tenido tan pocos! ¡Él había resuelto plantar á usted, sin pensar si moriría de desesperación y de cólera!
—¡No! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Déjeme usted!
Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.
—¡Oh! ¡Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer á usted. Quiero salvarla y se empeña usted en perderse. ¡Allá usted! ¿Qué me importa á mi todo esto? Soy su último amigo, el más seguro, el más adicto, y Dios sabe en qué responsabilidades incurro… ¿Usted me rechaza? ¡Adiós!
Dió un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con aquel cadáver me quitó toda mi energía. Mi suprema honradez, vencida por los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta á ceder.
Ese hombre intentó todo lo que puede corromper un alma que resiste al mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fué pronto completa. ¡Oh! ¡Noche espantosa! fué preciso desnudar á la muerta, ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos, tuvimos que teñir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en rubios en nuestras manos profanadoras. ¡Cuadro de espanto y de horror, aquel agua perfumada corriendo por la pálida frente del cadáver, aquel fúnebre disfraz para el ataúd! ¿Cómo pude soportar esa prueba sin que mi corazón estallase en pedazos? Lo que después pasó se pierde en una especie de densa niebla… Estaba medio muerta cuando Sorege, con un revólver que tú me habías regalado tiró á boca de jarro tres balazos en la cara de la víctima, ya inerte hacía algunas horas. Aquel hombre me vistió con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contenía los papeles de la víctima, me hizo salir de mi casa. No tomó, de todo lo que me pertenecía, más que la papeleta del Monte de Piedad que tú me habías enviado aquella misma mañana. Yo ignoraba entonces el uso que quería hacer de ella. Me llevó á la estación, recogió los baúles de Juana con el talón que encontró en el saco, y tomándome un billete de primera, me puso él mismo en el tren de Boulogne. Viéndome allí en seguridad, me dijo:
—Vaya usted á parar al hotel del Casino y espéreme. Mañana por la noche llegaré para darle noticias.
Partió el tren. Sorege me hizo un último signo de animación y casi desvanecida de fatiga y de angustia, me alejé de París, dejando tras de mí el horror de un doble crimen; el que yo había cometido y el que había dejado cometer.
Jacobo inmóvil, temblando, miraba á Lea con más lástima que cólera. Estaba penetrado del horror de la situación en que aquella desgraciada se había encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto cometido había tenido para él y no pensaba más que en el peligro que había corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:
—Sí, todo estaba audazmente combinado y debía resultar. Mi turbación y la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana debían asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida con su ropa, ¿quién podía ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda. Menos firme que tú, volví los ojos cuando me enseñaron el cadáver en la siniestra losa del depósito. ¡Hay qué tener una disposición especial para examinar de cerca los muertos! No supe más que llorar, cuando hubiera sido preciso discutir y examinar! ¿Y tú, no pensabas todo esto, desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi pérdida?
—Sí, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como había anunciado, y sometida á la dura autoridad de mi cómplice, no podía resistir. Lo intenté, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de desesperación y de remordimientos y le supliqué que buscase un medio de disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se echó á reir y dijo con espantosa ironía:
—¿Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al señor de Freneuse? ¡En seguida! ¿Está usted loca? Él se ha metido en ese atolladero; que salga si puede.
—Pero su madre no ha hecho nada y va á llorar lágrimas del corazón. Su hermana es inocente y vamos á aniquilar su porvenir…
Sorege cambió de expresión y dijo abandonando su calma:
—¡No me hable usted de su hermana! Odio á toda esa gente y á su hermana más que á los demás ¿entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me rechazó… ¡No lo olvidaré!
Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perdí la cabeza.
—¡No quiero permanecer á merced de usted!… ¡Le tengo miedo! Su amistad es tan temible como su odio. Déjeme usted marcharme; será de mi lo que Dios quiera, pero separémonos…
Me cogió un brazo y, perdiendo todo disimulo, dejó de ser el hombre bien educado que yo había conocido y se volvió grosero y brutal.
—Criatura estúpida ¿crees que estoy aquí para obedecer tus caprichos? Soy tu dueño, no lo olvides. ¡Me perteneces! Si te he sacado del mal paso es porque te deseo y nada más. ¿Qué me importaba á mi que te cortasen la cabeza por haber matado á tu compañera en un acceso de celos? ¿tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y quiero poseerte… ¡Y voy á satisfacer ahora mismo mi capricho!
Me cogió y yo traté de resistir, pero estaba aniquilada por las emociones sufridas. Sentí sus labios sobre los míos y exclamé:
—¡Me horroriza usted!
—¡Pues yo te encuentro deliciosa!
—¡Prefiero morir!
—¡Bah! eso se dice, y luego…
—¡Cobarde!
Me dejó libre y me dijo furioso:
—¡Basta de farsas! ó, por mi honor, que llamo y te entrego al comisario de policía…
Lea ocultó la cara entre las manos y con más rubor que el que le había producido el relato del crimen, dijo sordamente:
—Tuve miedo… y cedí. Ante mi conciencia, esto es lo que hice más abominable…
Jacobo y Lea permanecieron en silencio, inmóviles, penetrados de horror. Por fin la desgraciada levantó la frente y en un impulso desesperado se arrojó á los pies del que había perdido:
—¡Oh! Jacobo, perdóname; te lo suplico. ¡He sido infame! Pero bien ves que ha sido él quien lo ha hecho todo. El es cien veces más criminal que yo, aunque no ejecutase la muerte, porque la había preparado y aconsejado casi. ¡Yo, que tanto te amaba, haberte hecho tanto daño! ¡Hubiera debido escribir á los jueces, disculparte, entregarme! ¡No tuve esa virtud! Huí, y durante ese tiempo tú expiabas tu infidelidad por el suplicio más doloroso que puede sufrir un hombre. Jacobo, estoy á tu discreción; haz de mí lo que quieras… ¡Aborrezco á Sorege! Ayer, todavía, me violentó y prefiero morir á ser suya, sobre todo ahora, que te he vuelto á ver, ¡Jacobo! Tú eres el mismo de siempre, generoso y bueno… Tú no me has denunciado, aunque has adivinado mi crimen… ¡Compréndelo bien! Hasta cuando te perseguía con mi odio, te amaba, Jacobo…
Lea, de rodillas se arrastraba á los pies de su antiguo amante, levantaba hacia él su hermosa cara inundada de lágrimas y todo su ser se estremecía. En un movimiento de febril ardor sus labios tocaron los del joven… Pero él la separó dulcemente y la dejó á cierta distancia, aterrada por aquella frialdad que había esperado vencer.
—Es tarde Lea, dijo; la noche avanza y hay que pensar en mañana. Te agradezco tu franqueza y no abusaré de ella para perderte. ¡Yo no soy un Sorege! Pero es preciso que yo me disculpe y para ello necesito la prueba material de mi inocencia. Esa prueba sólo tú puedes proporcionármela.
—¡Te la daré! ¡No vacilo! He sufrido demasiado y no puedo ya vivir así.
¿Quieres que te escriba la confesión que te he hecho? ¡Estoy pronta!
Su cara se oscureció y en su frente apareció una sombra de terror.
—Pero Sorege sabe que lo has descubierto todo. Sabe que estamos encerrados aquí y que voy á hablar… ¡Cuidado, Jacobo!
—No le temo.
—¡Haces mal!
—No puede nada contra mí. No doy un paso en Londres sin ser seguido por la policía francesa, que me vigila y me protege al mismo tiempo. Y él lo sabe.
—Entonces estoy perdida. Para impedirme que le acuse tratará de deshacerse de mí. Para castigarme por haberle abandonado, descargará sobre mí su ira…
—Bastante tiene que hacer con defenderse contra mí; tenemos que arreglar los dos una terrible cuenta. Puedes creerme, pobre mujer; él está más en peligro que tú.
Jacobo se quedó un instante reflexionando.
—Me has ofrecido darme tu confesión por escrito… La acepto. Puedes estar tranquila; no me serviré de ella hasta que estés en seguridad. Permanece encerrada en tu casa. No recibas á nadie y menos á Sorege, y yo me encargo de desembarazarte de él.
-Lea movió la cabeza dolorosamente.
—No le conoces. Me alcanzará á través de las paredes si permanezco aquí, y á través del espacio, si huyo. Es terrible y hiere siempre por donde menos se espera. Toma precauciones, Jacobo. Te odia mortalmente. Suceda de mí lo que quiera, poco importa. Pero tú tienes que tomar un desquite público y brillante. No te comprometas por una imprudencia.
Jacobo respondió gravemente:
—Mi vida ha terminado, Lea, y mi rehabilitación así como el castigo de Sorege, serán los últimos actos de hombre que realizaré. He visto el mundo y le he juzgado. Sus goces son vanos y sus penas verdaderas. Si no tuviera el deber de limpiar mi nombre á causa de mi madre y de mi hermana, no aceptaría nada de ti é iría á llamar á la puerta de un convento, donde acabaría mi vida en la meditación y en el silencio.
—¡Qué, Jacobo! Joven, rico aún, con la esperanza de la dicha, ¿quieres huir del mundo?
—Sí, Lea.
—¡Tan agotada está tu alma! ¿No tienes ya deseos ni sueños?
—Conozco la vida; he agotado sus goces y sus dolores. Es inútil el trabajo que se toman los hombres para matar el fastidio por medio del placer. Apenas se ha comenzado á vivir, llega la vejez y después la muerte. Trataré de expiar el mal que he hecho, dulcificando la suerte de los desgraciados.
—¡No te veré más, Jacobo!
—Sí, una vez, para que me entregues tu confesión y decirnos adiós.
—Esta noche, si vivo todavía, dijo Lea con pálida sonrisa, canto Romeo y Julieta. Será mi último triunfo, asiste á él, Jacobo. Las coronas que me dediquen serán como homenajes fúnebres. Ya no apareceré más en esa hermosa escena en la que ayer todavía olvidaba mi infamia en medio de las aclamaciones y de los elogios. Tengo que abandonar el arte, que me ha dado una personalidad y sostenido en mis más duras pruebas, la embriaguez del éxito, que aliviaba por una hora mis sufrimientos, el entusiasmo del público, que me permitía hacerme ilusiones sobre mi degradación real. ¡Volveré á entrar en la sombra!… ¿Quién sabe si será en la sombra eterna?
Hizo un gesto de altanero desprecio y añadió:
—¡Pero estoy loca! Todo ese falso brillo no vale nada para sentir perderlo.
Mostró á Jacobo la ventana, ya blanqueada por el alba, y con una sonrisa en la que apareció toda su antigua gracia, dijo:
—¡Me perdonarás, Jacobo! ¿Verdad?
Jacobo quiso responder, pero ella le impuso silencio.
—No. No digas nada. Espera á esta noche… ¡Adiós!
Le condujo hasta la puerta y en la oscuridad del vestíbulo Jacobo sintió el brazo de Lea que le rozaba con suavidad como para guiarle; un seno palpitante se apoyó contra su pecho y, sin que él pudiera defenderse, una boca, que mordía dulcemente, se posó en sus labios. El joven se estremeció y rechazó aquel fantasma del amor desaparecido. Oyó un doloroso suspiro; la puerta se abrió y se cerró tras él. Y la escalera le mostró su espacio vacío…
XII
Cuando Sorege volvió á su hotel después de la terrible velada en que Jacobo se apareció para confundirle, se sumió en una profunda meditación. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos é iba siempre derecho á su objeto. Toda la cuestión para él era saber lo que podía temer ó esperar de Lea y hasta qué punto la cantante daría armas á Jacobo contra él.
No podía dudar que Lea le odiaba; se lo había dicho y repetido mil veces y, aun el día antes su furor por tenerle que sufrir se había roto en violencias y en injurias que le hacían aquella mujer más deseable. Era de esos monstruos á quienes gusta oir los gritos de su víctima y que se deleitan viendo lágrimas. El amor en él tenía un fondo de crueldad. Deseaba á Lea, pero la execraba y sujetándola á sus caprichos, se daba el placer de degradarla.
Que aquella mujer, á la que había tratado como una esclava, tomase contra el un desquite terrible, si la ocasión se presentaba, estaba muy en el orden. Él lo hubiera hecho en su lugar y ni le ocurría la idea de que Lea vacilase en hacerlo. En cuanto Jacobo y ella se confíen sus faltas recíprocas, pensaba, su alianza contra mi será un hecho. Pero ¿qué puede hacer Lea? Su esfera de acción está limitada por el miedo de comprometerse. ¡Perderme! Es tentador para ella, pero lo peor es que se pierde al mismo tiempo. ¿Y qué comparación cabe entre el daño que puede causarme y el que puede hacerse á sí misma? Ninguna. Me puede acusar de doblez, de engaño, pero tiene que confesar al mismo tiempo que ha hecho una muerte. Y sí me acusa ¿á quién podrá convencer? No hay testigos y su testimonio es único. Para Jacobo y para su camarilla de amigos ese testimonio tiene algún valor; ante un juez no tendría ninguno. No tengo, pues, gran cosa que temer por ese lado. Pero el perjuicio moral que esa miserable puede hacerme bastaría para vengarla. Me desacreditaría, me comprometería sin remisión y esto os lo que no sufriré por nada del mundo. ¿Cómo evitarlo?
Reflexionó mucho tiempo mientras fumaba un cigarro, y en las espirales de humo azulado que subían hasta el techo veía pasar vagamente las imágenes de Jacobo y de Lea, tan pronto lánguidas y cansadas, como activas y triunfantes, pero siempre juntas, unidas por el mismo deseo y ligadas por el mismo interés. Se levantó de pronto, disipó con un ademán aquella visión, que se desvaneció con el humo, y se puso á pasear por el cuarto, dejando escapar palabras entrecortadas, fugas de su hirviente pensamiento, escapes de vapor do una caldera.
—¿Qué puedo arriesgar? Un duelo con Jacobo ó con Tragomer… No les temo ni al uno ni al otro. ¿Una acusación por falso testimonio ante los tribunales? ¡Tontería! ¿Á qué les conduciría eso? No pueden nada contra mí… Y yo puedo mucho todavía… Es preciso que hable con esa estúpida Lea y que sepa lo que ha confesado á Jacobo… Y sobre todo que la impida escribir nada… En fin, es indispensable que desaparezca… ¡La aterrorizaré, si es preciso! ¡me teme y me obedecerá. Una vez que se haya marchado, representare mi papel valerosamente… No puedo salir del paso sino con audacia… Pero ante todo es preciso cobrar fuerzas. Se acostó y se durmió hasta el día.
Á la misma hora en que Sorege abría los ojos, después de haber dormido como si tuviera la conciencia tranquila, Jacobo estaba en el yate encerrado en la cámara con Marenval y Tragomer. Empezaba á levantarse la claridad gris y brumosa que alumbra las mañanas de la capital inglesa y se iniciaba el movimiento de los obreros en el muelle. Pero la atención de los tres hombres no se dirigía hacia el espectáculo de aquella actividad incesante y metódica que forma el sello del trabajo inglés. No les interesaba nada de lo que pasaba al rededor de ellos, preocupados con el relato que Jacobo les estaba haciendo de su conversación con Lea.
—Todo lo que nos figurábamos resulta exacto, dijo Tragomer, y tendremos la prueba irrecusable.
—Lea debe entregármela esta noche.
Llegamos á nuestro objeto, dijo Marenval con entusiasmo.
—Tenemos al monstruo acorralado, dijo Tragomer, pero estad seguros de que hará una formidable defensa. Por su audacia de anoche, cuando no estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar de él cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda energía, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolverá y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por honradez, prevenir á Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre que piensa admitir en su familia, tendrá derecho para hacernos cargos. Por otra parte, he prometido á su hija decírselo todo.
—Esto va á dar un golpe mortal á las aficiones nobiliarias de las americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirán, no podemos pagarnos maridos de confianza, más nos vale quedarnos solteras.
—Habrá que avisar también á Vesín. Su concurso nos ha sido muy útil y es justo que sea de los primeros en saber el éxito de nuestros esfuerzos.
—Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino, dijo Jacobo.
—Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo
Tragomer.
—Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.
—Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las complicaciones que iba á afrontar… ¡Ah! debo confesarlo; sin el ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después, la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la entrevista con Campistrón… ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre, sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien, después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.
—La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo estará esta noche.
Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.
—Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de la culpable, no estaré tranquilo.
—¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.
—Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!
—¡Por vida de!… Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese malvado. Se burlarían de nosotros.
—No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.
En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler y se dirigió á Tavistock-Street. Nunca el tal hacía las cosas á medias. Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.
Un viejo gentleman, vestido con un pantalón roto, una levita adornada con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado. Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza. El gentleman de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:
—Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su salvación… Los momentos son preciosos… La engañan á usted… Escúcheme…
La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El gentleman de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz ronca:
—¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo el día…
Sorege no se dignó siquiera responder… Miró al hombre de alto á bajo y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á Hyde-Parck. Eran las diez. Bajó en la esquina de Piccadilly y se dirigió al jardín á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso. Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo, podían defenderse; separados, estaban perdidos.
Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera. Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer. Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir! muy bien, pero no sin vengarse.
Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el interior del parque, por el lado de Kensington, donde paseó como unas dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en una fonda de Regent-Street, comió como de costumbre, y dando las dos, llegó al hotel de Grosvenor-Square.
Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio, estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella, dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.
—El sol empieza á nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera inglesa es glacial.
—¿Hace mejor tiempo en América?
—¡Oh! En América todo es mejor. Las estaciones no engañan, ni los hombres.
Sorege levantó la cabeza. La alusión era directa; el ataque comenzaba y había que responder inmediatamente.
—¿Ni las mujeres tampoco, sin duda?
Por los ojos de miss Maud pasó una llama.
—¡Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.
Sorege la miró con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar su pensamiento pero que tan bien seguían el de los demás, y dijo en tono seguro:
—Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. ¿Qué significa la acogida que me hace usted?
La joven se levantó ligeramente de su sillón y replicó:
—Señor conde, se lo diré á usted cuando me haya explicado por qué dejó condenar, sin defenderle, á su amigo Jacobo de Freneuse…
Sorege hizo un gesto desdeñoso.
—¡Ah! ¿Volvemos á eso? Pues pregúnteselo usted á el mismo. Anoche le ha visto usted en su casa bajo el nombre de Herbert Carlton, y es de esperar que sabrá explicar á usted, mejor que lo hizo á los jueces, las circunstancias que le comprometieron. Una condena es siempre una mala nota entre personas honradas… No se condena á la gente con tanta facilidad… Y si América es el país de la sinceridad, Francia es el de la justicia.
—¡Bella frase! ¡Muy hermosa! Pero sé que habla usted con facilidad y no habrá usted de satisfacerme con palabras.
—¿Hemos llegado al caso de tener que disculparme con usted?
—Estamos en el caso preciso de que cada cual sepa á qué atenerse. Hace un momento enumerábamos las cualidades de nuestros países. América posee, entre otras, una que domina en todos sus actos: el sentido práctico. Yo soy enteramente americana en ese concepto y quiero, si me caso con usted, señor de Sorege, no tenerme que arrepentir de llevar su nombre.
—Tiene usted muchísima razón, miss Maud, pues es lo único que aporto al matrimonio, ó poco menos. Pero ¿sospecha usted que mi nombre pueda estar comprometido?
—Señor conde, hay muchas maneras de estarlo. Se puede estar comprometido materialmente por malos negocios que conducen á la quiebra. Esto no tiene importancia para nosotros los americanos. El que cae, puede levantarse. Es el eterno movimiento de báscula del comercio y de la industria; la cuestión está en acabar en lo alto. Pero á lo que atribuímos una transcendencia enorme es á la integridad moral. Para una joven que se respeta, es tan imposible casarse con un hombre que ha cometido una acción deshonrosa, como con un criado negro ó un esclavo chino.
Sorege sonrió. Entreabrió los párpados y dijo con tranquilidad perfecta:
—¿De qué se me acusa? Porque se me acusa de algo, no puedo dudarlo, y para justificarme es preciso que conozca las calumnias que se han inventado contra mí.
—Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzaría de haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le atribuye…
—Pero, ante todo, ¿quiénes son los que declaran contra mí?
El señor de Tragomer, el señor de Marenval y por fin, el mismo señor de
Freneuse…
—¡Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa á alguien… ¡Tragomer y Marenval! También se explica; el uno es amigo y el otro pariente…
—¡Pero usted también era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible su conducta. ¿Por qué no tiene usted para Freneuse la adhesión absoluta de Tragomer? ¿Por qué no tiene usted la ciega confianza de Marenval? ¿Por qué, cuando en otra época hablaba á usted de este asunto, me daba respuestas evasivas y ahora hostiles? ¿Hay un secreto entre los dos? Sea usted franco y diga qué les ha separado y qué les separa todavía.
—Su crimen, dijo Sorege fríamente, y su condena. Es, por cierto, bastante. ¿Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fué arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido con esposas primero á la cárcel y después á presidio? Mi alejamiento, que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un presidiario por compañero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos de ella por una severa condena á un hombre indigno, no es el momento de irle á buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy más que un hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, ¿obraron de otro modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fué un paria para ellos como para todos los que le conocían. El abandono fué completo y la huída general. ¿Á qué vienen hoy á acusarme? Tragomer ha necesitado dos años para cambiar de opinión y eso, ¿sabe usted por qué? Porque ama á la señorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado viajando por el mundo. En cuanto á Marenval, es un snob, á quien se hace ir á donde se quiere sin más que prometerle que hablarán de él los periódicos. Esos señores han tenido el deseo de arrebatar á Freneuse de su prisión y traérsele á Europa y han ejecutado su plan con una suerte rara. Ya está el condenado en libertad. Pero de eso á probar su inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia á Inglaterra. Y no es acusando á diestro y siniestro á todo el mundo como lograrán probar que un juez de instrucción, doce jurados, tres magistrados y la justicia en masa se han engañado groseramente y enviado un inocente á presidio.
—Á no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron arregladas tan hábilmente que fué imposible no creer en la culpa de ese desgraciado.
—¡Oh! eso lo dicen todos los condenados… Es muy fácil… Pero en cuanto á dar una prueba…
—¿Y si esa prueba existiera?
Sorege se puso lívido, sus ojos lanzaron un relámpago y exclamó:
—¿Qué prueba?
—La confesión del crimen por su autor.
—¿Y ese autor, ¿quién es?
—Una mujer. ¿Tendré que decir á usted su nombre? ¿Cuál, en este caso? Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aquí, Jenny Hawkins, la cantante de Covent-Garden; Juana Baud, la fugitiva que usted hizo venir á Inglaterra hace dos años; y Lea Peralli, la miserable con la cual maquinó usted el complot contra Jacobo de Freneuse. Esto es muy claro, señor de Sorege; ahora se trata de responder sin más ambigüedades.
—¿Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?
—Y las renovará por escrito. Se ha comprometido á ello formalmente.
De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo más que ese futuro: las renovará. Luego Jenny no había escrito nada todavía. Entrevió la salvación y tuvo un acceso de hilaridad que sonó de un modo extraño en el silencio del salón.
—¡Ah! ¿Conque escribirá? ¡Y á mi, qué me importa! Por dinero se hará escribir á esa individua todo lo que se quiera. ¿ Qué le cuesta eso? Se marchará con la música á otra parte llevándose el bolsillo bien repleto, y todo se reduce á cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande. Italia y España están á su disposición… Las mujeres de teatro saben disfrazarse y engañan al mundo fácilmente. ¿Qué importa un escrito destinado á satisfacer la envidia ó el rencor de ciertas personas? Esta noche, miss Maud, traeré á usted, si lo desea, un mentís formal de todo lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio reclamaré que se me enseñe el escrito en que me acusa.
—Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Más le vale á usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro… Esa mujer no miente cuando se acusa… Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse mienten…
Sorege se levantó bruscamente y dijo con acento furioso:
—¿Si no son ellos, soy yo?
En este instante se abrió la puerta y apareció Julio Harvey, rojo de indignación.
—¡Pardiez! sí, es usted, puesto que es preciso decírselo. ¿Hase visto obstinación semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada consideración… Yo no hubiera tomado tantas precauciones.
Sorege hizo un gesto terrible.
—¿Cómo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se llama en todos los países del mundo una emboscada. ¡Estaba usted apostado para escuchar y sorprenderme!… ¡Vamos! Llame usted á sus acólitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara á cara.
El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se veía había desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable energía, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se erguía, terrible, pronto á atacar y á defenderse. Detrás de Harvey, habían aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englobó á todos en el mismo insulto:
—¡Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, señores, y veréis más cómodamente. Doy un mentís formal á los que me acusan. No he sabido más de lo que dije anoche al señor de Freneuse, y muy tarde ya para utilizarlo en su favor. En cuanto á su conducta personal con sus antiguos amigos, más vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los servicios que le prestó Lea Peralli, es un ingrato…
Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le puso la mano en el brazo para detenerle.
—Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, serán saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el señor de Sorege son de tal naturaleza, que, por su interés, le invito á no insistir en ellas…
—¿Qué tengo que temer? preguntó audazmente el conde.
—¿Usted? ¡Nada! dijo Jacobo fríamente. Otro hombre temería la deshonra.
—¡Me insulta usted! exclamó Sorege lívido.
—Había dicho á usted que no insistiera, continuó Jacobo con calma. Nada tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Creí á usted más hábil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras decisivas, va á ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le abría con toda su confianza su corazón, como usted se ha portado conmigo, es el último de los miserables, señor de Sorege. He visto en el presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como usted.
—¡Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le lave!
—Se engaña usted. No busco tal duelo. Le juzgo á usted pero no me dignaré castigarlo.
—¿Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burlón Sorege. ¡No le faltaba á usted más que eso!
—Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.
—¡Pues bien, séalo usted por completo!
Dió tres pasos y levantando el brazo, trató de pegar á su antiguo amigo en la cara. En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo articulando un grito de furor:
—¿Tendré que matar á este hombre?
Se calmó instantáneamente, soltó al conde y dijo dirigiéndose á miss
Harvey:
—Perdone usted, señorita. No quería que fuese usted testigo de una escena de violencia, pero me han obligado.
Sorege se volvió hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:
—He prometido á usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se las daré.
Saludó á Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando despreciativamente á Tragomer, á Marenval y á Jacobo, dijo en tono altanero:
—¡Nos veremos, señores!
—No se lo deseo á usted, dijo Marenval con desdén.
Sin responder, Sorege fué hacia la puerta y salió. Cuando hubo desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme peso. Miss Maud se acercó á su padre y le dijo con sonrisa un tanto forzada:
—Perdóneme usted por haber resistido á sus consejos queriendo casarme con ese personaje. No le había á usted engañado su golpe de vista y había juzgado con acierto.
—Querida mía, un hombre que no es aficionado á los caballos, ni á los perros, ni á los barcos, y que no mira jamás de frente, no puede ser honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causarás un gran placer á tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta á ese caballero.
—¡Un snob! murmuró Marenval. ¡Me ha llamado snob!… Por mi vida, que me las ha de pagar.
—¡Silencio! dijo Cristián en voz baja. No es hora de recriminar, sino de tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le hayamos puesto á buen recaudo. Ya habéis visto cómo se ha defendido. Dejemos á Jacobo y vamos á casa de Vesín.
Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los hombros de los visitantes de su padre á fuerza de hercúleos apretones de manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusión para desaparecer. Al pasar oyeron á miss Maud que decía á Jacobo, sentado á su lado:
—Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado definitivo de esta empresa… Quisiera conocerlas. Usted me presentará á ellas, ¿verdad?
Jacobo respondió:
—Sí.
En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:
—¿Sabe usted lo que pienso, Cristián? Que miss Maud está á punto de enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una alemana…
—Y no le disgustaría hacerse francesa.
Sorege salió de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se desahogó jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar á un guardia que hacía tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin objeto ni saber á dónde iba. La sangre le hervía y su cabeza parecía querer estallar. Aquel hombre frío había perdido la calma y se encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia á la vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el hotel Harvey y todos los que en él estaban, la afrenta que acababa de sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles rumiando sus reveses y su cólera. De pronto se detuvo; se encontraba detrás de Withe-Hall y se puso á pasear delante del palacio pensando profundamente.
Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.
Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el Strand y se dirigió hacia Tavistock-Street. Eran las cuatro cuando pasó por Charing-Cross.
Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio, es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.
Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono. Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada, y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:
—Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.
Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:
—Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los otros la engañan y la pierden.
Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente. La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de impaciencia:
—Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se oculta de mí.
Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada:
—Puesto que no puedo escapar á su persecución, entre usted.
Sorege entró sin replicar, dichoso por haberlo logrado á pesar de su resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sentó en el saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneció en pie, con los brazos cruzados y mirándole con aire preocupado.
—¿De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardónico.
¿Qué te han prometido para que te vuelvas contra mí?
Lea no respondió.
—¡Sin duda te han asegurado la impunidad! ¿Pero cómo es eso posible? Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mató, no fué Jacobo de Freneuse. ¿De qué modo, por qué prodigio se establecerá la inocencia del uno y se salvará al mismo tiempo á la otra?
Lea respondió con acento dolorido:
—¿Y quién permite á usted creer que yo quiero salvarme?
—¿Entonces buscas tú misma la expiación?
La cantante irguió su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:
—¿Por qué no?
—¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?
—Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.
—¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida? ¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.
—¡Me canso de ser una mentira viviente!
—¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando, querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso el patíbulo.
—¡Estoy pronta!
—¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la Hebrea! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan. Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos, ¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú? ¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte! Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.
Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición, jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el peluche de la chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege. Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus argumentos.
—El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión. Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle, que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?… ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que te ama todavía?
Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.
—¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!
El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?
Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente. Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:
—Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo de que yo viniese para hacerte volver á la razón.
Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:
—¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.
—¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.
Lea le miró con sublime desprecio.
—Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.
—¿Te vas?
—Me quedo.
—¡Te pierdes!
—Pero salvo á un inocente.
—¡Estás loca!
—Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería completar mi crimen.
Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:
—¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido por ti y me entregas á mis enemigos!
—Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su víctima, siempre sublevada y ahora implacable…
Sorege dijo en tono burlón:
—¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi á ese héroe de tu última novela?
—Mi confesión escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.
Sorege se dirigió hacia ella.
—¿Dónde está ese papel?
—¡Qué le importa á usted!
—Vas á dármelo ahora mismo.
—¡Jamás!
—¡Ah! Estúpida criatura ¡Ten cuidado! Me conoces bastante para saber que no dudaré en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.
—Puede usted buscar. No encontrará nada.
—¿Le has enviado ya?
—Esta mañana.
—¡Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habías vacilado…
Lea hizo un movimiento al verse adivinada é instintivamente volvió los ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arrojó á él de un salto y á pesar de los esfuerzos que ella hacía para impedírselo, conteniéndola con una mano y registrando con la otra, se apoderó de una carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.
Sorege se apartó con aire sombrío, miró á Lea profundamente y dijo:
—¡Aquí está! ¡ No creía que fueses capaz de denunciarme!
—¿De qué le sirve á usted coger ese papel? gritó la cantante encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaración.
—Por eso voy á tomar mis precauciones en consecuencia. Siéntate á esa mesa.
Y mostró á Lea el escritorio del que había cogido el papel. La cantante no contestó, ni se movió siquiera. Sorege se llegó á ella, la cogió bruscamente por un brazo y la empujó hasta la silla colocada delante del escritorio.
—Ahora, escribe.
—¿Qué?
—Sencillamente esto: "La pretendida confesión que posee el señor de Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y dueña de mi misma, me retracto de ella completamente. Jamás he cometido el crimen de que se me obliga á acusarme."
Lea le miró con tranquilidad.
—¿Y después?
—Nada más.
La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y respirando el odio y la violencia.