La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones de Marenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, que tanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á los tardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabras pronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobre mujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad.
—¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, que agradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosa actitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras. Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.
—¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedes capaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que…
Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de expansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio de la entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había visto todo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado había tal desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en armonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado en tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido de cuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentido penetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. La señorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación:
—Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano y ahora, por una razón que no conozco, cree en ella.
Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con una expresión que les arrancó las lágrimas:
—¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo; hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestros esfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes en intentarla?
La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación.
—¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo es sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad. Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y me atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de la inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones dirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal manera graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y eso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en una especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, toda claridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo en el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podido cometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondido siempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente! Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia, ¿qué hacer? ¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las pruebas acumuladas? ¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado de Jacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tan apasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuando le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.
—¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él eran decisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que estamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo que el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero, pudo, en un momento de irresponsabilidad… Sí, he admitido que pudo ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba dispuesto á creer en su culpa.
—¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esa modificación de su espíritu? ¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido usted algún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos ha declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos, sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano, yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado y busco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted, pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle.
Marenval miró á la joven con enternecimiento.
—Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de su corazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellas terribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á usted tiernamente y al que usted alejó sin piedad…
La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven se irguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso desdén.
—Se trata de Cristián Tragomer… Añadió Marenval.
Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto tan inesperado.
—Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijo fríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme, no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro recuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamos necesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, y su abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristes momentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco.
—Tragomer ama á usted todavía.
—Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir…
Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchaba en silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella:
—Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyo fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No volverá á suceder.
—Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernos con frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga. No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lo relativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y se expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable de Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en su servicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber que él es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada en beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese diablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas, que no he podido permanecer indiferente…
—Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora de Freneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó para calmarla.
Marenval movió la cabeza con aire de importancia.
—Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar. El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo. Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á emprender.
—¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito sea usted por el bien que me hace!
—Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima, hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.
—Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no recuerde podrá precisarlo mi hija.
—Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.
La señora de Freneuse respondió vivamente:
—Sí, Juan de Sorege… Era un excelente muchacho, de muy buena familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven… Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su juventud… Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos…
—¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?
—Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo, con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle favorable.
—De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo…
—Como el mejor que pudiera tener.
—¿Era rico ese joven?
—No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer deudas para asociarse á sus gastos… ¡Ese fué el principio del desastre!
—Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura… á esa Lea Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?
—Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio de sorprenderla.
—¿Y esa carta existe?
—La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró nuestro criado en el cuarto de Jacobo… Á consecuencia de esto, se produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo… Estuvieron á punto de batirse… Pero amigos comunes arreglaron el asunto.
—¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?
—No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo pensaba como yo en mi casa.
—¿Quién le era desfavorable?
—Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y después nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.
—¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano?
—No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replicó vivamente la señorita de Freneuse. De ningún modo querría dañar en vuestro concepto al conde de Sorege. Tiene un carácter que no me agrada; no hay más.
—¿Y qué carácter es el que usted le atribuye?
—Se mostraba altanero y burlón, y á mí me cuesta trabajo soportar ese modo de ser. Calculaba fríamente y no obraba jamás á la ligera. Era un hombre práctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que no reflexionaba jamás y se metía en las dificultades sin saber cómo saldría de ellas. Yo reprendía el aturdimiento del uno, pero lamentaba la previsión del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano me parecía loco, Sorege me resultaba demasiado hábil.
—¿Hábil hasta la astucia?
—No lo sé, querido primo; lo que he dicho no es más que una impresión. Nunca he sabido cómo se conducía el señor de Sorege en la vida sino por lo que contaba mi hermano, y éste no podía hablar con libertad delante de mí. Mi impresión, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero se ha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella.
Marenval miró á la señora de Freneuse y dijo:
—Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos que corren. Un individuo demasiado hábil tiene condiciones excepcionales, hoy en día, para lograrlo todo. Pero María juzga al señor de Sorege desde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombre de negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible. En resumen, para la señora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado al que ha sentido ver alejarse de su hijo; para María, Sorege es un mozo frío y calculador, decidido á hacerse sacar las castañas del fuego y qué no vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio.
—¿Pero por qué esas preguntas? dijo la señora de Freneuse.
—Se nos ha dicho que seríamos interrogadas, mamá, dijo la joven sonriendo, pero no que se nos explicaría nada. Tengamos paciencia.
La anciana hizo un gesto de resignación.
—Ya estamos acostumbradas…
Marenval se levantó
—Querida prima, dijo en el tono más afectuoso; dejo á usted, pero volveré á verla muy pronto. Nuestras conferencias serán frecuentes, lo que espero que no les será desagradable. Estoy impaciente por aclarar á ustedes la situación, pero antes es preciso que me la aclare á mi mismo. Al bajar, si ustedes lo permiten, voy á hablar con el buen Giraud.
Marenval estrechó la mano de la anciana y María acompañó á su aliado por varias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestíbulo. Una vez allí, dijo á Marenval dirigiéndole una límpida mirada:
—Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha traído usted. No olvidaré nunca que ha sido usted el primero que ha participado de nuestra convicción en cuanto á la inocencia de mi pobre hermano.
Marenval movió la cabeza.
—No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que ha participado de esa convicción no se llama Marenval, sino Tragomer.
María frunció las cejas, hizo un nuevo ademán afectuoso y, sin añadir ni una palabra, volvió á entrar en las habitaciones.
Giraud presentó á Marenval su gabán de pieles.
—Un instante, amigo mío, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengo que decir á usted dos palabras antes de marcharme. ¿Dónde hablaremos sin que se nos moleste?
—Si el señor quiere entrar en el recibimiento, no habrá riesgo de que nadie entre… ¡No! Jamás viene nadie… Marieta está en la cocina y la doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy á las órdenes del señor… ¡Ah! aquí el servicio de la puerta es una ganga… ¡Esto es una tumba! ¡Una verdadera tumba!
Marenval se apoyó en la chimenea para no sentarse dejando en pie al viejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tenía esos rasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes.
—Giraud, dijo; tengo que hablar á usted de su señorito y de los amigos de éste… Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempre conocidas de los servidores… He preguntado á las señoras y quiero ahora interrogar á usted. Respóndame, pues, con toda franqueza y sin omitir nada.
—El señor puede estar tranquilo; contaré cuanto sepa. No tengo nada que temer ni que perder. Cualquier daño que pudiera hacérseme no sería mayor que el que sufrí el día en que prendieron á mi pobre señorito. Un muchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeño y al que iba á buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando. ¡Ah! señor, cuántas infamias hay en el mundo… No son las personas honradas las mejor tratadas.
—¡Entonces, está usted también convencido de la inocencia de Jacobo?
—¿Convencido, señor? Eso es poco. Pondría mi cabeza en un tajo á que no tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No había más que verle en el primer momento cuando vino á buscarle aquel salvaje de comisario, para saber que no había hecho nada y que no sabía siquiera de qué se trataba. Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, el cochero, y yo, hubiéramos metido en la cueva, como un paquete, al tal comisario y le hubiéramos guardado allí hasta que el señorito se hubiera puesto en salvo. Una vez libre, él hubiera sabido demostrar que no había matado á aquella mujer… ¡Él, señor, él, matar una mujer! ¡Un joven que se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! ¡Hase visto estupidez semejante! Matar á aquella mujer… ¿Para qué, si la amaba? ¿Para robarla? ¡Buena idea! El pobre muchacho le había dado cuanto tenía. ¡Oh! Ella estaba muy celosa de él. Una tarde, en que vino á hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestíbulo, sentada al lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreció todo lo que yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para que la dejase subir al cuarto del señorito Jacobo. Por más que le decía: "Pero, señora, si el señorito no está en casa… ¿Qué adelantará usted con ver su cuarto? Podría usted encontrar á su madre ó á su hermana y, ya ve usted, ¡qué escándalo! ¡No piense usted en tal cosa!", ella me respondía sollozando? "¡Oh! ¡Preferiría matarme!" Yo estoy convencido de que se suicidó… Cuando se lo conté al juez de instrucción, éste se encogió de hombros. Esos señores de la justicia no son muy amables. Parece que su idea era otra, pues cuando yo volvía á la carga y quería explicar las razones en que me fundaba, me interrumpió secamente indicándome que, según él, estaba divagando. Yo no divagaba, sin embargo, señor, y así como llevo de vida sesenta y cinco años sin haber hecho mal á nadie, el señorito Jacobo no ha matado á esa mujer. ¡No! No la ha matado.
Marenval escuchó atentamente al criado. Había conservado la paciencia necesaria en su antigua profesión para no violentar al cliente. Sabía muy bien que después dé los intentos y de las vacilaciones, los negocios se deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva en el relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir tenía novedad y se decidió á abordar el asunto que más le interesaba dilucidar.
—¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de
Jacobo los amigos que le rodeaban?
—¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba en condiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía en casa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gente y, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos á sus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en las carreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, que todo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se trataba de reír y de divertirse. Era muy vehemente, ¡Oh! Demasiado… y toda esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difunto señor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimos años. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenido grandes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa, no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señora hubiera sido una verdadera mártir.
Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba.
—No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tiene nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.
Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y cumplió su palabra:
—Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.
—¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval, algo extrañado por aquella vehemencia.
—En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.
—Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que, según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?
—Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado un estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprar mi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquel estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía. Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el barrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han descubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que un hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor me creerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege me sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien educado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que me repelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se verá el día menos pensado.
—¿Venía aquí á menudo?
—Sí, señor, venía mucho al principio; y hasta llegué yo á sospechar que pensaba en casarse con la señorita María. Pero su asiduidad no tardó en cambiar de forma y cesó ante el señor de Tragomer. La verdad es que el tal Sorege veía desaparecer rápidamente la fortuna de la casa, pues estaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso las fomentaba lo suficiente para saber á qué atenerse respecto al dote de la señorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejaría en la calle á su familia. Creo en la inocencia del señorito Jacobo, pero no estoy ciego y sé todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones, todos esos extravíos le han sido bien echados en cara el día de la desgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre él cuando ha tenido que justificarse. El tal Sorege sabía bien que las señoras darían hasta el último céntimo por no comprometer su nombre en asuntos sospechosos, y como el señorito Jacobo era presa de una banda de granujas, su suerte era fácil de adivinar. ¡Ay! señor, el pobre no tuvo tiempo de arruinar á la familia; el destino se encargó de poner coto á su conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las señoras preferirían estar reducidas á pedir limosna á ver al señorito donde está.
—Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo á Sorege, ¿sus relaciones con Jacobo eran menos asiduas en los últimos tiempos?
—En casa, sí, pero fuera, ¿quién lo sabe? Para mí, señor, el conde de Sorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo del señorito. Él le ha creado las dificultades y los apuros; él le ha dado los peores consejos; gozaba viéndole hundirse. ¿Por qué? No lo sé; pero tenía una razón para desear la pérdida y la ruina de su amigo. Una tarde, cuando los negocios del señorito Jacobo iban peor, el señor de Sorege estaba con él en su cuarto y yo bajé para prepararles el té. Cuando volví á entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en mí, y además el señorito no ocultaba nunca lo que hacía, pues no era un solapado como el otro. Entonces oí á mi señor que decía con animación: "Sí, esta existencia es ya imposible… Me iré ó me saltaré la tapa de los sesos…" ¡Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Sus labios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de júbilo. ¡Y su amigo le decía que estaba en el último extremo! ¡Oh! Ese día ví el odio que se albergaba en aquel corazón. ¿Por qué odiaba á mi señorito? ¿Qué le había hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tan loco, que podía muy bien ofender á un amigo sin querer y sin saberlo. Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversación pero esperaron que me marchara para seguir hablando. El señorito Jacobo se paseaba agitado como un tigre mientras yo colocaba el té sobre la mesa; estaba pálido y con los puños crispados. Algo muy serio debía sucederle aquel día, porque el señorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas á juego y era preciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta, el señor Sorege reanudó la conversación y dijo: "Estas loco, pobre muchacho. ¡Tienes ya á Lea y te vas á meter…" Tuve que cerrar y renunciar á oir el resto. Aquella vez, señor, la única en mi vida, tuve deseo de escuchar á la puerta, aunque no sea este un procedimiento conveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres de discreción pudieron más y me fuí sin saber lo que acaso hubiera sido tan interesante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido al señorito Jacobo, que estaba loca por él. Si no entendí mal, en aquel momento lo que el señor Sorege quería decir era que su amigo se había metido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, ¡Dios mío! ¿No tenía bastante con la italiana, esa perdida, que derretía el dinero como manteca y había convertido al señorito Jacobo en jugador para aprovecharse de las ganancias y dejarle á él los apuros de las pérdidas? ¡Ah! señor, ¡qué mala mujer! ¡Si se supiera lo que una mujer así puede dañar á un pobre muchacho débil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, por nuestra desgracia…
—¿Cuál fué la actitud del señor de Sorege en el momento de la catástrofe?
—Muy buena, señor, muy buena.
—¿Cómo así?
—Ese señor, que no parecía muy alterado, vino en el primer momento á ponerse á las órdenes de la señora. Estaba tranquilo y frío y su actitud indicaba la preparación. Nada era en él natural; parecía un actor… No sé si me hago comprender bien…
—Perfectamente.
—El señor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba á pronunciar palabra. El Señor Maugirón lloraba á lágrima viva. Todos habían perdido la cabeza menos el señor de Sorege que conservaba toda la suya. Me pidió las llaves y estuvo largo rato registrando los cajones del señorito. Pero el comisario de policía había registrado ya y no había nada que encontrar. Todo su empeño era hallar una fotografía. Me pidió noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajón de los cigarros y que yo había debido ver. Le dije que sabía dónde estaba; el señorito la había puesto el día anterior en su saco de viaje. No bien lo hubo oído, se arrojó sobre ella, así, literalmente, y ris… ras… la hizo veinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo… Tampoco pensé en ello… ¡Una fotografía de mujer! La cosa no era extraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catástrofe. Después he pensado en aquella prisa del señor de Sorege para destruir el retrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qué motivo tuvo para obrar así. Después de todo, acaso lo hiciese en interés del señorito Jacobo; acaso también fuese en su propio interés. Después de las pruebas de simpatía que Sorege dió en el primer momento á la señora, se fué separando poco á poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecho lo que los demás. En la causa, declaró con mucho calor en favor del señorito Jacobo y según he sabido, pues no siempre pude estar presente, trató de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin, todo el mundo aprobó su conducta y la señora le dió las gracias. ¡Buen provecho le haga! Desde entonces no le he vuelto á ver. Mi pobre cabeza se ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que, seguramente, me habrá hecho olvidar muchos detalles. Pero lo absolutamente cierto es que el señor de Sorege no era un amigo sincero del señorito Jacobo, al que envidiaba y que el día en que le vió perdido aparentó querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo.
El viejo se calló. Sus manos temblaban de emoción y sus mejillas estaban surcadas por gruesas lágrimas. Marenval, en tanto, reflexionaba profundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le hacía más preguntas, se atrevió á formular una á su vez.
—Si el señor me permitiera preguntarle por qué razón vuelve sobre ese triste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer de remover esos malos recuerdos. ¿Acaso espera el señor un cambio en la situación?
Marenval salió de su meditación, miró al criado con un interés que nunca le había manifestado y dijo, poniéndole una mano en el hombro:
—No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no hay nada definitivo más que la muerte, y Jacobo está vivo y aun creo que en buena salud.
—¡Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena… el arrepentimiento…
¡Eso destruye! Además, el clima…
—No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto á los informes que he venido á tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio del señor de Sorege.
—¡Casarse! Oiga usted, señor; no soy más que un pobre hombre y el señor de Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yo tuviera una hija, preferiría que se quedase para vestir imágenes á casarla con él.
Marenval se echó á reír.
—Tranquilícese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por sus confidencias, Giraud; creo que me serán útiles.
Se puso el gabán de pieles, hizo un signo amistoso al criado y acompañado por él salió al patio, se dirigió á su coche y dió orden de conducirle á casa del señor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodaba al trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincón, reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acerca del personaje que le interesaba.
Por una parte la señora de Freneuse tenía á Sorege por un perfecto caballero que había ejercido saludable influencia sobre su hijo. Por otra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradado siempre y que le creía más hábil que leal. En fin, lo que era más grave y verdaderamente interesante, la opinión del criado de confianza. Éste había estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no hay grande hombre para su ayuda de cámara, con más razón no hay fingimiento posible para el criado que todo lo ve y lo oye.
Forzosamente Giraud había observado á su señor y á los amigos de su señor. Todos habían pasado por el tamiz de sus observaciones diarias y su convicción era por fuerza la más justificada. Por otra parte, en lo que contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo había muchos detalles verosímiles. ¡Qué rayos de luz esclarecían la conducta de aquel hombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender aún, pero las grandes líneas del asunto empezaban ya á dibujarse.
Á no dudar, Sorege había intervenido en el negocio. ¿Cómo? ¿Á qué título? Este era el punto oscuro ó, mejor dicho, este era el asunto mismo. En lo ocurrido dos años antes había habido circunstancias difíciles de explicar, aun cuando nadie ponía en duda la personalidad de Lea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestas de Jacobo, que nadie había tenido en cuenta.
Cuando Jacobo fué preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicar claramente qué había ido á hacer allí. Nadie había comprendido tampoco por qué se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salir para América. ¿Qué esperaba? La acusación decía: un cómplice. Pero ¿cuál? Había sido imposible encontrar ninguno. ¿Sería Sorege? Marenval se lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Sorege había sido cómplice ¿quién era la mujer muerta en la calle de Marbeuf? Porque no había que perder de vista que, en realidad, se había cometido un crimen y que si Lea Peralli vivía, otra había sido asesinada en su lugar.
Entonces, ¿quién era esa otra y quién el matador? Aquí el problema se presentaba sin solución. Si, en rigor, se veía el interés que Jacobo pudo tener en matar á Lea, no era posible comprender por qué había asesinado á otra mujer. El buen Cipriano no había nunca brillado por su inventiva y por muy lealmente que se rompía la cabeza buscando la clave del enigma, no podía encontrarla. Adivinaba que había un misterio en todo esto, pero no se sentía con fuerzas para descubrirle.
En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver las dificultades con que iba á tropezar voluntariamente y las molestias que le iban á resultar. ¡Qué! Á su edad, cuando tenía todo lo necesario para ser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable, amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse en el laberinto de una rehabilitación muy problemática, porque un audaz le había hecho ver que podría representar en este asunto un buen papel… ¿No era el mejor de todos vivir lo más agradablemente posible, apartando de sí toda complicación? Su existencia era dichosa, ¿convenía hacerla insoportable por continuas alarmas y sacudidas? ¿No era mejor dejarse llevar blandamente por la corriente del río, en vez de remar con furia para abordar á orillas sembradas de peligros?
¡Ah! Durante aquellos momentos en que dejó hablar á su razón de hombre de mundo, Marenval se vió muy perplejo y pudo echar sobre su destino de perfecta claridad. Vió todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, se decidió por el peligro, cuando no tenía más que pronunciar una palabra para asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su ánimo pudo más que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablemente desoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo á miles de leguas un ultraje y una vergüenza inmerecidos, se evocaron en su ánimo con fuerza irresistible.
Después de todo y pensándolo bien, sus amigos del círculo, sus camaradas de la vida de fiesta, las bellas jóvenes de la aristocracia, que no tenían para él sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteaban y le trataban como á un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, le interesaban muy poco. Todos los que componían su público, por cuya admiración trabajaba con tanto ardor desde que se retiró de los negocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareció que todos aquellos árbitros del éxito y del renombre dirigían hacia él sus miradas como para preguntar:
"¿Á que se decidirá? ¿Adoptará la causa de los oprimidos ó sacrificará la inocencia á su ociosidad? ¿Podremos incluírle entre las personalidades que llaman la atención en cuanto se presentan en cualquier parte, ó seguiremos mirándole por encima del hombro, como á un advenedizo? ¿Será, en fin, un héroe ó un hombre vulgar?"
Á esta conclusión, Marenval dió un salto en los almohadones do su berlina. Su cara se puso roja, apretó los puños y dijo en voz alta, como respondiendo á todos aquellos personajes que, burlones ó benévolos, le acechaban para juzgarle en última instancia:
"¡Se han burlado de mí, me han desdeñado; pues bien, ya verán de lo que es capaz Marenval! ¡Aunque supiera que en el fondo de este asunto estaba el mismo diablo, iré á ese fondo y le pondré en claro, como si fuera una cuenta de mercancías."
El coche se detuvo en este momento y Marenval pensó: "Ya no es tiempo de retroceder; me he empeñado á mí mismo mi palabra. Vamos á ver qué piensa Tragomer de las noticias que le traigo." Descendió de la berlina y entró en la casa.
III
El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. En cuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidados de su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de los principales círculos, no puede instalarse como un extranjero que viene á pasar seis meses en París. Tuvo, pues, que buscar una casa, disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña, ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sólo á sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que había encontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Le había llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias que iba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno.
Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en que cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento: conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso en campaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues su intimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo desaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, en apariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorar las locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle con generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo después emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege.
Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba por su lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vivido juntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía que hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el tiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza franca y viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculador del otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éste se lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía:
"Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un diplomático; jamás dice lo que piensa."
Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza era lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia á Freneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento:
—¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.
Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.
—Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicaba alegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo de estudiar á sus compañeros de locuras.
Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomer no podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente educado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, según había probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le consultaba un asunto difícil. Frisaba en los treinta años, era de estatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara, bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á su fisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada velada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, era imposible adivinar lo que pensaba.
Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto frío y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató de buscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la curiosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que el indicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se meten en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.
Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para qué gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se puso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle de Rembrandt, bajó á pie hasta el boulevard Malesherbes, donde, casi esquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividor tenía como principio invariable el almorzar siempre en casa.
"Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los más continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas: almorzaréis medianamente, pero eso os salvará."
Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba su cordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos sus amigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vez callaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó de mujer decía alegremente:
"Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo."
Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinos y, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platos que ofrecer á su convidado ó convidada. Esto era lo que él llamaba conservarse el estómago.
Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando al entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando un cigarrillo en el cuarto de Maugirón.
—¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente el sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer.
—Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada?
Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva…
—Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:
—¡Qué hambre da esta carne de hombre!
—Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.
Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal, hermosa porcelana y rica argentería.
—Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito, después de comer!
—¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba un poco… tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!
—Si, hablemos de lo que nos contó… Hizo sus confidencias á Marenval.
Á nosotros nos puso en la puerta.
—Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la Olimpia. Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!…
—Me gustó más la Loïe Fuller.
—¡Oh! no; hace daño á la vista.
Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un château Iquem que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que agua, dijo al dueño de la casa:
—En efecto, tu vinillo es bastante bueno… Oye, ayer encontré á
Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?
—La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.
—¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio… Maugirón, tu degeneras.
—El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían aquí un importante mercado…
—¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la Vida
Parisiense?
—Por no oscurecer á los redactores.
—¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se extraviase la conversación.
—Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.
—¿Y con quién?
—Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Con miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.
—Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermoso hotel en la avenida del Bosque de Boloña.
—Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de su fortuna como de una de las más importantes del país.
—¿Qué tal es la muchacha?
—Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su madre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener con ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una excéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege.
—¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio?
—¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han sido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esa morenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje á América para poner las cosas en su punto.
—¿Qué viaje á América?
—Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo:
Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha.
—¡El viaje á Citerea, vamos!
Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo más importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyó reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San Francisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil su presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que de ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que se fundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no había coartada posible. No importaba que América fuese muy grande; para Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que su presencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés que hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.
Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubiera pasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera en el cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo, si Jenny Hawkins era Lea Peralli… Al llegar á este punto, Tragomer se encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podía romper las tinieblas de que estaba llena.
Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedo pretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y sabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si es cómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es que tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de si mismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las precauciones para ponerse á salvo de una sorpresa. Pero él ha estado en América, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á no ser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de Jenny Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los convidados interrumpieron estas meditaciones.
—¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía… Estás hecho un simple.
—Querido Cristián, no hemos querido causarte pena.
—¿Tanto quieres á Sorege?
—Pues no es un muchacho muy simpático.
—¡Es guapo!
—Pero tan frío…
Tragomer preguntó:
—¿Le habéis conocido queridas?
—¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido buscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efecto de un zorro consumado.
—¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como nosotras! exclamó Marieta. Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casa de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la hermosa señora de…
—¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón.
—¡Bah! como si no lo supiera todo París… Por mucho que te ocultabas, mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me has confesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que te habías arreglado conmigo para hacer economías.
—¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete…
—¡Oye, grosero!
—Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al corazón…
Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo que eran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa á esperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después de sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse para ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de la señora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial tenía un aire grave y casi solemne.
—Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueado desde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante?
—¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse no es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo mío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les ha causado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmente abandonadas por todo el mundo…
Tragomer hizo un ademán de protesta.
—¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval, sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita de Freneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bien lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de su comercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi conducta y quiero repararla… ¡Por vida de!… y lo lograré, gracias al concurso de usted. Después veremos si alguien se atreve á vituperarme.
Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerle una pregunta.
—¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse?
—Sí.
—¿En qué términos?
—Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos, ¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que ha respondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión de usted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mi recuerdo como él nos borró de su corazón."
Cristián bajó la cabeza con tristeza.
Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta indulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los que querían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado no hubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna me hubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.
—Su madre defiende á usted y lo disculpa… ¡Es horroroso! Esa pobre mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, no perdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando se ofrecen á reparar su falta?
Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación.
—¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción?
—Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de nuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello. Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo de vacío.
Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia
Harvey y que ha estado en América.
—He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado! ¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se deja ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sin embargo, es un buen capital. Pero ¿cómo concilia usted los proyectos matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?
—No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar á Sorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería un medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege tiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, para defenderse contra toda investigación, esa boda se explicará perfectamente.
—Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saber exactamente quién es esa Jenny Hawkins.
—Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Á no ser que…
—¿Y bien?…
—Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.
Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente para expresar sus dudas.
—Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!
—¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande regularmente.
Marenval hizo un movimiento de asombro.
—¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?
El bretón miró tranquilamente á Cipriano.
—¿Por qué no, si fuera preciso?
El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad increíble… Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar de la vida? ¿Estoy loco?"
Cristián no le dejó tiempo de concluir.
—Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero sportman, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer las graves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo los Vanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo Goron Bennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No le aconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo como ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, con aire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición á Alaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos se apoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho días por lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estado mayor de los sportmen para quienes no existe la distancia, que mandan en el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época de la clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendría usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida semejante?
Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictorios durante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y la agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecía pensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuya pared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómo dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea de entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todas las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo ¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería el imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que en otro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso, pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran partidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres por su lujo y su confort. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en sus frecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero en procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo, estaba en todas las bocas y el sport mas costoso, el más raro y el más brillante era el yachting. ¿Por qué no había él de figurar entre los diez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios? Nadie sabía lo rico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndole alternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas.
El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegado más que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun en estas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo. Sin embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias. Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de la tripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él! Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizar y sintió un alivio delicioso. Entonces miró á Tragomer tratando de reír.
—Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hace falta un barco, y éste no se construye tan de prisa…
—¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que se quiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos que están á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted es firme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con una tripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Se alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde elegir.
—¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es?
—Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites. Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias que no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafían toda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás, golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Pero no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavía mucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemos emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él.
—¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías?
—Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la ventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia, esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.
—¿Y yo, qué debo hacer?
—Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene, qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial. ¿Conoce usted al fiscal del Supremo?
—No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal. Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.
—Es lo mejor.
Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:
—¿Está usted satisfecho de mí?
—Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo. Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted es extraordinario.
Marenval bajó la cabeza.
—No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo, no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.
Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le juzgaba digno de estima.
—Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan para mañana.
—Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que le lleve á alguna parte?
—Bueno; á la Magdalena.
Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse ante la señorita de Freneuse.
Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo; cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un movimiento para ir hacia su antiguo amigo.
Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.
—¿Vas á comer?
—Sí, contigo, si quieres.
—Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.
—Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.
Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de Yvette Guilbert en el Diván Japonés. Su eclecticismo era absoluto y hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay, evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es notable en grado igual."
Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la Ópera, con la que tenía dos hijos.
El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta y todos se dirigieron á la mesa.
Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados, solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.
—Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo menos de tu sempiterna música.
Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.
—Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina, de estrategia, de pintura, de política?
—No hables, lo prefiero.
—Aunque rabies, espera un poco… Canción de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena…, dijo Frecourt riendo.
—¡Vaya! Ya se desató.
—Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas, los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.
—¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.
—¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio obligado de los festines.
—¿Á que vas á pedir tziganes?
—Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los tziganes de ese tiempo.
—¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?
—Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina y no era más que poeta…
—¡Digo! Si hubiera sido músico…
—Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.
—Estaban borrachas… Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso tocar lo que ellas le pedían.
Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.
—¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que canta. Una multa; que traigan champagne…
—¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido limonada. Vais á probar un Château Lafite como no se bebe en ninguna parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.
La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer, que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono indiferente:
—Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny
Hawkins?
—¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?
Pues es, sencillamente, Juana Baud.
Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.
—¡Juana Baud! Es un nombre francés.
—Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en Périchole. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.