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En el fondo del abismo: La justicia infalible

Chapter 8: IV
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About This Book

The narrative centers on a wealthy industrialist and his social circle whose dinners, confidences, and a returned traveler gradually reveal a contested judicial verdict and its human consequences. A man who left France for years returns haunted by a mysterious sorrow and by reflections on judicial error; domestic conflicts, assertions of a prisoner's innocence, and competing loyalties among friends and relatives drive investigations, confrontations, and sacrifices. The work examines the fallibility of legal institutions, the weight of social reputation, and personal responsibility amid secrets and moral dilemmas.

—Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?

—Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha era en aquella época completamente ignorada.

—¿Qué edad puede tener?

—Unos treinta años.

—¿Qué señas tenía?

—Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la creen compatriota y eso les halaga.

—¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

—Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una persona que le enterará exactamente:

—¿Quién?

—El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.

—¿Dónde vive ese agente?

—¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

—¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de gorgoritos?

—Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos querido hacer competencia á los Menus-Plaisirs. El tal Campistrón hace de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas… Es un tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

—¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió furiosamente Maugirón… No sé cómo te sufre Tragomer.

—Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite… ¿De modo, Frecourt,
que usted ha conocido á esa Juana Baud?

—Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard. Tenía una preciosa voz de mezzo-soprano, pero vivía en una continua juerga, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al faubourg Poissonnière en una preciosa berlina tirada por un caballo de ciento cincuenta luises… Y era de ver la cara que ponía Ambrosio Thomas… ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el boulevard á Armando Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los jóvenes más á la moda… Después, un día apareció en Variedades, donde enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

—Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de bastidores?

—Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

—Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo… Apuesto á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

—¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos jóvenes… Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

—¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel tiempo, las sé más asombrosas.

—No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está empezado; acabémosle.

—¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

—No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te daré explicaciones y te quedarás asombrado.

—En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece que es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y prosiguió:

—Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo un hotel en la calle de la Faisanderie y un tren suntuoso. De entonces datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

—¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa clase de mujeres!

—No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión, porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny Hawkins… El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase rencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la comida con una satisfacción completa.

Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en el hombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:

—Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?

Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguida sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga sonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:

—¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesa grande con nosotros?

—Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuó sonriendo.

—¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?

—¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?

—¿Lo es algo en el mundo?

—¿Y es una americana tu elegida?

—Sí, una persona encantadora, miss Harvey… ¿La conoces?

—No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

—Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura y tu aspecto de vigor… Estos primitivos de América tienen un culto por la fuerza…

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca, que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono amenazador:

—Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

—No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba. Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo, mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó francamente á reír.

—¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello…

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege sino que salía al encuentro de las explicaciones.

—¿Me viste, acaso?

—¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.

—¿Por qué?

Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado suyo:

—Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de fortuna…

—¿Jenny Hawkins?

—La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la ocasión, la primavera… Salí de toda aquella cuaresma americana con una buena cena á la europea…

—¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?

—Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un serio contratiempo… Preferí, pues, suprimir el abrazo… ¿Me guardas rencor?

Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato, para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus recursos.

—No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo.
¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?

—¿Por qué?

—En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja:
"¡Cuidado! ¡Tragomer!…"

Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad respondió.

—¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su compañero. "Juraría que es francés" dijo.—Y parisiense, respondí—¿Sabes quién es?—Cáspita, es mi mejor amigo—Tráemele—Tú bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!

Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por esclarecer los hechos en su conjunto.

—Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la representación?

—Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.

—¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?

—¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á Golden House. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana, Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la representación y á marchar á Chicago.

—¿Marchaste con ella?

—Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?

—¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

—La cosa es muy sencilla… Hemos sido rivales durante veinticuatro horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus cow-boys de hijos, te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos, sobre todo de viaje.

Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de nuevo la curiosidad, preguntó:

—¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!

—¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres, en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar que llegaría á ser una estrella.

—¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que tradujo un poco su emoción:

—¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se aprende en veinte lecciones.

—En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.

—Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?

—Para saber si tú lo ignoras.

—Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

—Que no se llama así.

—No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es francesa. ¿Estás contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca, desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio. Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad te vas á estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga. Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar. Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:

—Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala cualidad.

—Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como palominos atontados… Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza sin divertirse en escoger los malos caminos.

—Cuando te cases ¿irás á vivir en América?

—Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible. Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no había más que obligarles á vivir en sus United States. Se morirían de fastidio.

—Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con franceses ó ingleses.

—Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan algunas encantadoras misses, muy rubias, de talle largo y piernas cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay que cruzar las razas, Tragomer.

—Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la buena elección que ha sabido hacer.

—Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.

—Lo que haré será no beber nada.

Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa del baccará.

—¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.

—De vez en cuando, para pasar una hora.

—¿Y ganas?

—Algunas veces.

Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:

—No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.

Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:

—En el juego que él hacía era imposible ganar.

Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:

—Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las cartas…

Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida hacia él, le dijo:

—¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.

Levantó la cabeza orgullosamente, dirigió á Tragomer un ademán de despedida y se alejó.

IV

La agencia dramática Campistrón está establecida en un piso tercero interior de la calle de Lancry, y allí, retirado de la escena después de una carrera llena de incidentes realizada en los teatros de provincia, el antiguo primer tenor se ocupa en proveer á sus ex directores del personal que necesitan para todos los géneros. La señora de Campistrón, más conocida con el nombre de Glorieta, tuvo un momento de reputación como cantante de café concierto. Ahora ayuda á su marido á dar audiciones, á montar espectáculos mixtos, á aconsejar á los aficionados. Porque Campistrón no se limita á colocar en las provincias á las desechadas de los teatros de París, sino que se encarga también de proporcionar á los dueños de casa espectáculos á la medida, comedias, revistas, óperas cómicas y, en general, todo lo que se necesita para montar una reunión en pocas horas.

Sus negocios marchan bien y ha tenido que alquilar otro cuarto del mismo piso para establecer en él un diminuto escenario, donde da las lecciones y hace los ensayos y al que llama pomposamente su conservatorio. Campistrón no es un simple agente dramático; es también un innovador, pues ha inventado un nuevo método de canto: el canto de vientre.

—No se respira con el pecho, declara con su voz del Profeta, un poco enronquecida; se respira con el vientre.

Por su procedimiento ha cambiado ya numerosos barítonos en bajos y no escasos tenores en barítonos, sin contar los que ha dejado afónicos. Pero él continúa imperturbable su degollina vocal. Vive de su agencia, pero la desprecia; en cambio su profesorado no le da más que obligaciones, pero eso le enorgullece. Los ladinos que quieren buenos ajustes conocen bien lo que tienen que hacer; dicen que cantan según el método Campistrón y en seguida son presentados como fenómenos de arte por el vanidoso agente.

Siguiendo las indicaciones de Frecourt, Tragomer y Marenval se bajaron un día, á eso de las cuatro, ante el número 17 de la calle de Lancry. La portera que estaba en su casilla bruñendo un perol, respondió á Marenval en tono malhumorado:

—La escalera de enfrente. Si es para un ajuste, tercero de la izquierda; si es para una lección, de la derecha.

Al ver que los dos hombres parecían vacilar, añadió:

—No es posible engañarse… Cuando oigan ustedes chillar es que han llegado.

Tragomer se echó á reir y dijo:

—Gracias, señora.

—No hay de qué.

La buena mujer continuó frotando su cacharro y Tragomer oyó que gruñía:

—Más comienchos con mucho gabán de pieles y sin un céntimo en el bolsillo.

—Mi querido amigo, dijo Marenval mientras subía la húmeda y mal oliente escalera, esa mujer nos ha tomado por un galán joven y un barba que buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdén con frases poco correctas…

—Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval.
Nos veremos en muchos casos semejantes.

—No me quejo, amigo mío; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me molesta lo más mínimo.

Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos gritos.

—Oigo chillar, como dice la señora del perol; señal de que nos aproximamos.

Subieron otro tramo empinado como una escala.

—¡Uf! exclamó Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Déjeme usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla…

Se detuvieron delante de una puerta en la cual se leían estas inscripciones en letras negras: Campistrón agente dramático. Lecciones de declamación y canto. Nuevo Método; y en un papel pegado con cuatro obleas, esta advertencia manuscrita: ¡Llamad fuerte! La recomendación no era inútil, porque en las profundidades del departamento se estaba desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara una operación quirúrgica muy dolorosa á un paciente bien despierto.

—Vamos á ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar á la de la derecha, la de los ajustes.

En este lado las inscripciones decían: Agencia Campistrón. Contratas.
Informes. Representaciones de todas clases. De 10 á 5. E.L.P.

—E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.

Así lo hicieron y al abrirse la puerta apareció ante su vista una pieza triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una balaustrada de madera. Detrás de la balaustrada estaban escribiendo dos empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitación esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas banquetas. Uno de los empleados levantó la cabeza, dejó la pluma, miro á los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes, se levantó de su asiento y dijo:

—¿Qué desean ustedes, señores?

—Hablar al señor Campistrón, respondió Tragomer.

—Está ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la señora…

Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.

—No hay inconveniente, respondió Marenval.

El empleado abrió una puerta practicada en la balaustrada y salió á la antesala. Llamó á una puerta y entró con aire misterioso. Al cabo de un instante salió y dijo:

—¿Quieren ustedes seguirme?

Las personas que esperaban en las banquetas, hacía mucho tiempo sin duda y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra aquella preferencia otorgada ante su vista.

—¡Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantón hasta que se cierre y nos dirán que volvamos mañana… Campistrón no era tan orgulloso cuando cantaba conmigo la Favorita en Perpiñán…

Marenval y Tragomer no oyeron más; estaban en un gabinete severamente amueblado de reps verde, donde sentada detrás de una mesa de despacho, una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con una guapa muchacha muy pintada y que olía fuertemente á almizcle. La señora de Campistrón dijo á los visitantes indicándoles un sofá:

—Siéntense, señores; soy con ustedes. Después dijo á la joven:

—Aquí tiene usted. Partirá usted mañana y empezará á trabajar la semana que viene. Tendrá usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el segundo…

—Está convenido, mi querida señora de Campistrón… ¿Es Rouen una población de recursos?

—Ciudad de guarnición, hija mía, célebre por su riqueza y su buen gusto artístico… Los hombres son allí un poco zorros, pero serios; se puede contar con ellos… En cuanto al público, es como la sidra del país, tan pronto dulce como agria… Eso depende de los años. ¡Buen viaje, amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.

La muchacha dirigió á Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa á Marenval, y doblando su contrata se la metió en el pecho, no sin enseñar como al descuido la batista de la camisa, y se marchó dejando la atmósfera saturada de perfumes. La señora de Campistrón se sentó al lado de los visitantes.

—¿En qué puedo servir á ustedes, señores? dijo en tono insinuante.

—Dispénsenos usted, señora, contestó Tragomer; el paso que nos atrevemos á dar cerca de usted es bastante delicado. El señor y yo buscamos á una cantante que anda corriendo el mundo en una compañía lírica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al señor Campistrón, que según se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes, á fin de saber dónde puede encontrarse ahora esa compañía.

—No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo, señores, dijo con énfasis la agente consorte, y mucho me sorprendería el no poder informarles exactamente. Tenemos aquí el repertorio y el itinerario de todas las compañías que se forman en París ó en Londres, y las familias de los artistas vienen con frecuencia á preguntarnos á dónde deben dirigirles las cartas. ¿De qué compañía se trata?

—De la de Novelli.

—¡Ah! ¿Novelli? continuó la buena señora con cura desdeñosa. ¡Una vocecilla blanca!… Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de voz… Eso no tiene éxito en Francia. Aquí hace falta timbre… Y el timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz… Si Campistrón estuviese aquí, él les explicaría su método… Para saber dar timbre no hay como Campistrón… Pero ustedes dispensen… ¿Cómo se llama la persona que les interesa?

—Miss Jenny Hawkins.

Al oir este nombre la cara de la señora de Campistrón cambió repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente, sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera fomidable, dió una fuerte palmada y dijo con voz amarga:

—¡Ah! ¡Jenny Hawkins! ¡Hacía mucho tiempo que no oía hablar de tal persona! ¡Jenny Hawkins! Me alegro de que no esté aquí Campistrón, porque hubiera tenido una impresión dolorosa…

—¿Cómo así, señora?

—Campistrón ha tenido grandes disgustos con la artista de que se trata… Pero, dispénsenme ustedes, eso importa poco… Sin duda uno de estos señores se interesa por Jenny…

—No, por cierto, señora, respondió Tragomer, que veía contrariado que aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata, sencillamente, de un asunto de herencia.

—¿Hereda? exclamó la gruesa rubia con acento de indignación. ¿Va á heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte semejante… ¡Oh! Voy á llamar á Campistrón. ¿Permiten ustedes?

Cogió un tubo acústico, sopló fuertemente y dijo en el portavoz:

—Campistrón, ven en seguida. Hay aquí unos señores que te van á contar cosas curiosas…

Aplicó el aparato al oído, escuchó y dijo con vivacidad:

—Deja ese imbécil á tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que haga escalas mientras te espera.

Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oyó una voz sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrón entró con noble ademán, se inclinó sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante que sale á recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si cantara:

—Servidor de ustedes, señores. ¿De qué se trata?

—¡Ah! Prepárate á desmayarte, Campistrón, contestó la gruesa rubia.
Estos señores buscan á Jenny Hawkins para una herencia.

Campistrón adoptó la actitud de Hipócrates rehusando los presentes de Artajerjes. Cerró los ojos, volvió la cabeza y extendió los brazos, como si la herencia fuese para él, y respondió en el registro grave:

—¡Esperaba no oir hablar más de aquella ingrata!

—¿Ven ustedes, señores? ¿Qué es lo que yo les decía? Campistrón, domínate; se trata de responder á estos señores. Quieren saber dónde está la compañía de Novelli.

—¡Novelli! ¡Novelli! dijo desdeñosamente el antiguo tenor. Sí, por cantar con ese polichinela napolitano me dejó Jenny. ¡Una muchacha que yo hubiera colocado en la Ópera si hubiera querido escucharme! Pero no; se empeñó en cantar de pecho… ¡Ella, cantar de pecho! ¡Horror! Pues bien, no, señores, á despecho de todo, mi enseñanza hizo su efecto. Á pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de vientre…

¿Fué con el pecho ó con el vientre con lo que habló Campistrón? Marenval y Tragomer no pudieron saberlo; ello fué que se estremecieron y que los vidrios temblaron al formidable rugido que salió de la boca del tenor. Pero Campistrón se calmó pronto. Sus momentos de cólera eran teatrales y no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pasó la mano por la frente, sonrió y dijo:

—Por lo demás, señores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He conocido mucho á su madre…

La señora de Campistrón se enfadó y repuso con una acritud que impresionó á su altisonante esposo:

—¡Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. ¡Bastantes disgustos he tenido con la tal mujer, que tanto te persiguió! Pues la hija no te miraba con malos ojos… Señores, este hombre ha sido magnífico; lo es todavía. Y todas las mujeres, sí, todas, estaban con él como locas… habla, pues, á estos señores y no cuentes tus historias…

Campistrón abrió un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de la mano:

—He aquí, señores, la marcha de las grandes compañías del universo.
¿Quieren ustedes saber dónde está Lassalle?

Volvió varios folios y dijo:

—El 17 de este mes, en Bucharest… El 21, en Budapesth… El 23, en
Viena, el…

—Pero ¿y Novelli? interrumpió la señora de Campistrón.

—Novelli y su compañía se encuentran en este momento en Veracruz… Desde allí van á Méjico y á Tampico, después pasan á la Guyana… bajan á las Indias Neerlandesas, tocan en Colombo y vuelven á Europa en la primavera para hacer la temporada de Londres…

—¡Ah! dijo Tragomer, ¿Jenny Hawkins irá á Londres?

—En el mes de mayo cantará en Covent-Garden

—Y diga usted, señor Campistrón, ¿en qué época exacta se marchó de
Francia?

—Partió hace dos años con Novelli.

—Dos años… ¿Está usted seguro?

—Segurísimo; en el mes de agosto trabajaba todavía conmigo… Mi señora puede decirlo y nuestro acompañante puede atestiguarlo… Toda la casa lo afirmará… ¿Pero con qué objeto?

—Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene que tengamos certeza sobre ese punto…

—Pues bien, señores, hay más. Ella, que pagaba con mucha exactitud las lecciones, se marchó sin satisfacer las del último mes. No le acuso por ello, dijo Campistrón con nobleza; los artistas no somos mercaderes… Trabajamos de buena gana por la gloria… Hago constar solamente el hecho. He escrito á la interesada para reprocharle el haberse marchado sin advertírmelo, sin decirme adiós… Ni siquiera me ha respondido… Y no era que quisiera tener un autógrafo suyo… Poseo aquí más de veinte cartas.

—¿Podría usted enseñarnos una?

—Declaren ustedes antes, señores, que no quieren abusar de esa carta para hacer daño á una mujer, dijo Campistrón con acento de dignidad, poniéndose una mano sobre el corazón. Juana Baud ha sido muy amada… ¡Era tan hermosa! ¿Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos de por medio?

—Se la doy á usted, dijo Tragomer, por el señor y por mí.

—Entonces, señores, voy á complacerles… Mujer, busca en la taquilla la letra B… Aquí todo es administrativo; de otro modo no nos entenderíamos.

La señora de Campistrón abrió un mueble y se puso á buscar los papeles.
Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continuó:

—Ha dicho usted, señor Campistrón, que Juana Baud era muy hermosa…
¿Tiene usted, por casualidad, algún retrato suyo?

—Su fotografía, con una dedicatoria llena de efusión… Mujer, tráela.

—Aquí está, dijo la señora de Campistrón.

Y entregó á su marido una tarjeta álbum que el cantante contempló con satisfacción y con rabia al mismo tiempo.

—Sí, hela aquí… ¡Es la ingrata! Se puede decir, señores, que el cielo le ha dotado de sus más preciosos dones, la estatura, el andar, la expresión… ¡Oh! la expresión… Pero juzguen ustedes mismos.

Entregó el retrato á Tragomer, que le cogió con verdadera ansiedad. Vaciló antes de mirarle; una ojeada iba á decidirlo todo. Si la fotografía representaba á Jenny Hawkins, tal como la había visto en San Francisco, la partida se perdía y habría que creer en una semejanza sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny… Miró de repente el retrato y lanzó un grito:

—¡No es Jenny Hawkins!

—¡Vamos, caballero, dijo Campistrón con una sonrisa de condescendencia, usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no puede haber error.

Tragomer no respondió, abstraído en mirar el retrato, que representaba una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada, desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresión soñadora. Ni un rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Había pues, á no dudar, error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, existía una sustitución de estado civil y Lea Peralli vivía con un nombre que no era el suyo. Pero, entonces, ¿quién era la muerta?

Aquí Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la reconoció y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad. Á falta de la cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su magnífica cabellera rubia, los vestidos que tenía puestos, las sortijas encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto que ahora Tragomer, después de haber sospechado que vivía, estaba cierto de que llevaba un nombre distinto del suyo.

Miró de nuevo la fotografía. Juana Baud era tan morena como rubia Lea Peralli, pero la estatura era la misma y tenía los mismos dientes deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo único que se podía reconocer en la cara destruída de la muerta era una boca que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud tenía la misma boca que Lea Peralli.

—¿Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografía? Me haría usted un buen servicio. Me comprometo á devolvérsela á usted antes de dos días. Y para que usted sepa con quién está hablando, aquí tiene mi tarjeta…

Campistrón echó una ojeada á la tarjeta que le ofrecía Tragomer y se inclinó con mucha deferencia.

—Estoy á las órdenes del señor vizconde… ¿Será, sin duda, para enseñar el retrato al notario de la testamentaría?

—Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la escritura de Juana.

—Ya comprendo.

—La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?

—¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido; no me hable usted. ¡La violencia misma! ¡Una pólvora! ¡Y qué ligera de manos!

—¡Mujer!… interrumpió el tenor.

—¡Déjame! Todo el mundo la conoce… ¡Pues y el lenguaje! Ni las verduleras del mercado cuando disputan… Es verdad que no ha sido educada por ninguna duquesa. La madre de Juana… Sí, Campistrón, aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y la hija tenía á quien parecerse. Un día dió aquí de bofetadas á Bonnand el tenor, porque no quería apresurar el movimiento en el dúo de Carmen… Ningún hombre ha podido nunca tenerla á su lado, tan mala y tan viciosa era, y… en fin, caballero, á nadie le gusta tener por amiga una individua que persigue á los hombres y á las mujeres á la vez.

—¡Bueno! exclamó Campistrón; ya estás contenta. Ya has vaciado toda tu hiel sobre esa pobre muchacha… Sí, señores, no era precisamente un modelo de virtud, pero tenía una voz soberbia, antes de caer en poder de Novelli…

—Dispense usted, interrumpió Tragomer: ¿la conocía Novelli antes de encontrarla en Inglaterra?

—Nunca la había visto.

—¿Ha cantado en Inglaterra con el nombre de Baud antes de marchar á
América con el de Hawkins?

—Sí, señor. Tuvo una contrata para la Alhambra, donde había hecho ya una temporada. Aquello no era realmente digno de ello… Pero no se presentó á la dirección. Hasta hubo un proceso y Jenny Hawkins fué condenada á pagar.

—¿Jenny Hawkins ha cantado en Inglaterra desde hace dos años?

—No, señor, cantará por primera vez después de ese tiempo en la primavera próxima.

—¿De manera que nadie se acordará de Juana Baud transformada en Jenny
Hawkins?

—Como usted lo dice. ¡Se olvida tan pronto! Y además esa muchacha figuró tan poco antes de dedicarse á la ópera…

—¿Hay artistas que hayan alternado en otro tiempo con Juana Baud, en el Conservatorio, por ejemplo, ó en su casa de usted, que pudieran reconocerla?

—En Francia, en París sobre todo, sí, hay algunos; pero en Londres sería una casualidad.

—Gracias, señor Campistrón, ya sé todo lo que quería saber, dijo
Tragomer. Agradecemos á ustedes su amable acogida.

—Con mucho gusto, señor vizconde, con mucho gusto. Las personas como usted están seguras de ser recibidas aquí con toda deferencia. Si podemos serles útiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello todo nuestro esmero… Espectáculos de salón, revistas, pantomimas, canciones… todo lo que divierte é interesa al espíritu… Pero permítanme que les entregue unos prospectos de la casa…

Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y llevándose la fotografía. Campistrón les acompañó hasta el descansillo de la escalera con mil muestras de obsequiosa política, mientras que el discípulo cuya lección había sido interrumpida por la visita se desgañitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y húmeda escalera y vieron de nuevo á la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que los siguió con una mirada desdeñosa hasta la puerta de la calle.

—¡Y bien! Tragomer, dijo Marenval, ¿quiere usted tener la bondad de explicarme qué significa la conversación que ha tenido usted con esa gorda tan pintada y con su ridículo esposo? Porque, por mi honor, no comprendo ni una palabra.

—Alégrese usted, Marenval, dijo Cristián; nuestra averiguación ha dado un paso inmenso. Á esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado, pues entramos en la fase más complicada del asunto.

—Entonces, ¿qué va á pasar aquí?

—Algo muy interesante, Marenval. Vamos á luchar paso á paso contra el error en beneficio de la verdad… Ayer, estábamos expuestos á rompernos el cráneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la cuestión consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins, y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografía con la firma de la discípula de Campistrón, prueba hasta la evidencia la sustitución de personas. Y ahora será preciso que la Hawkins nos esplique por qué no tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se supone haber sido muerta hace dos años, precisamente en el momento en que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad enteramente nueva. ¿Comprende usted ahora, Marenval?

—Empiezo á comprender. Pero, querido amigo, ¿vamos á echarnos á perseguir á Jenny Hawkins? La empresa podría llevarnos lejos si la moza está recorriendo el mundo.

—Tranquilícese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendrá, acaso, más tarde. Jenny Hawkins tiene que venir á Londres y no puede escapársenos. No se falta á los contratos con un teatro inglés sin pagar una indemnización formidable… Así pues, vendrá, y allí podremos hacer lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustará á usted.

—Al contrario. Si no hay más que pasar el estrecho será para mí un placer.

Llegaron en este momento al boulevard Magenta, donde habían tomado la precaución de dejar el coche, y Tragomer dijo á Marenval:

—Ahora, tenemos que habérnosla con la magistratura. Usted me ha hablado de ver á Pedro Vesín y estoy pronto á dar ese paso… Hace veinte años que le conozco y de levita ó de toga, no me da miedo.

—¿Cuándo quiere usted verle?

—Cuanto antes, mejor.

Marenval miró el reloj.

—Las cinco. Ya no estará en el palacio de Justicia. Vamos á su casa, ¿quiere usted?

—Excelente idea.

—Calle de Matignon, dijo Marenval al cochero.

Cuando Tragomer dijo á su compañero que no temía á Pedro Vesín ni de levita ni de toga, sabía de quién hablaba. El tipo del magistrado moderno estaba bien representado por aquel abogado de cuarenta años, guapo, galante, espiritual, muy elocuente y muy aferrado al código pero que olvidaba completamente sus graves funciones cuando estaba en sociedad y sólo se ocupaba en gozar de la vida entre hombres de talento y mujeres amables. Soltero, rico, apasionado por lo bello, buen poeta á sus horas, unido en amistad con todos los pintores notables y literatos célebres de París, Pedro Vesín había hecho de su casa un brillante centro, en el que se daban cita, los domingos, todos los aficionados de buen gusto y los artistas distinguidos.

Las comidas de la calle de Matignon eran célebres. No concurrían á ellas más que hombres y en vano algunas señoras de la alta sociedad, atraídas por los relatos que oían, quisieron ser invitadas. Se mantuvo la consigna y los secuaces de Epicuro que frecuentaban la casa del magistrado no vieron turbada su tranquilidad por la intervención de las mujeres.

Pedro Vesín que había vuelto del palacio de Justicia hacía una hora, estaba sentado al lado del fuego y leyendo pacíficamente, cuando su criado le anunció la visita de Tragomer y Marenval. El magistrado dejó el libro, pasó al salón y dijo saliendo al encuentro de los visitantes con la mano extendida:

—Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. ¿Qué buen viento les traer?

—Venimos á hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.

—No esperéis, sin embargo, que vaya á ponerme la toga, dijo el juez riendo. Vénganse á mi gabinete y allí estaremos más cómodos.

Les condujo á la pieza de que acababa de salir y les dijo indicándoles dos butacas:

—Siéntense ustedes. Vamos á ver; ¿han cometido ustedes algún crimen?

—¡No! Tranquilice usted su conciencia, contestó Tragomer, no venimos á implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte nos interesamos.

El magistrado se puso serio. Su cara, á la que daban expresión una barba ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tomó un aire de atención.

—Escucho á ustedes, dijo.

—Ante todo, mi querido amigo; ¿se acuerda usted en sus líneas principales, á bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?

—No sólo me acuerdo de las grandes líneas, sino de todos los detalles, dijo Vesín. Verán ustedes por qué. Mi colega Fremart, que estaba de servicio en la Audiencia y debía ocupar el sitio del ministerio público en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encargó de estudiar los negocios de la quincena de modo que pudiera suplir á Fremart si no podía asistir á las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse. La estudié con mucho interés, porque, como todo el mundo, había encontrado á ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas simpatías. No lo conocía con bastante intimidad para recusarme, pero sí para formar un serio empeño en poner en claro aquella conmovedora aventura. No tuve ocasión de tomar la palabra y me alegré, pues hubiera sido penoso para mí acusar á aquel joven y lo hubiera hecho sin indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.

—¡Ah! dijo Tragomer; usted encontró en la causa la prueba de la culpabilidad de Freneuse…

—Terminante, amigo mío; menos la confesión del culpable, no era posible tener pruebas más completas.

—¿Entonces, usted no pone en duda que fué condenado justamente?

—Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendría que estar loco para decir lo contrario. Fremart, con el que hablé del asunto, era de la misma opinión y el Fiscal del supremo también. Solamente por una concesión sentimental del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada, á sus protestas, á sus lágrimas, á la admirable dignidad de la declaración de su madre y á la respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logró salvar la cabeza. Sin eso, se iba á una sentencia de muerte, y el tribunal tenía una convicción tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.

—Pues bien, amigo mío, dijo Tragomer; hoy lo deploraría doblemente, lo que es un argumento muy serio contra la pena de muerte. El tribunal hubiera enviado al cadalso un inocente.

—¡Vamos! ¡Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no hablemos de ligero. Es fácil declarar que un condenado es inocente, pero es menos cómodo probar que no es culpable.

—Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.

Pedro Vesín miró con curiosidad á sus interlocutores, se puso serio y dijo:

—¿Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento y seguramente muy sinceros y extraños á toda intriga. ¿Y por qué tal resolución? ¿En nombre de quién? ¿Con qué interés?

Marenval tomó la palabra y dijo muy sencillamente:

—En nombre de la humanidad y en interés de la justicia.

El magistrado conocía á los hombres y sobre todo á Marenval. Le había tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su comercio, muy vulgar y más preocupado de gozar de su gran fortuna que de procurarse honores. Le había visto alejarse de la familia Freneuse en el momento en que más debía acercarse á ella y esta falta de heroísmo del antiguo fabricante de pastas, no había modificado su opinión sobre la generosidad humana. Así pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente aguzó el oído. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era preciso que su nueva convicción tuviese una base seria.

—¿Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con cuidado á sus amigos.

—Creemos en ese error. La familia no ha cesado jamás de creer en él y el condenado ha protestado siempre su inocencia.

—Siempre ó casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaríamos la vida revisando procesos si hiciéramos caso de las reclamaciones de los parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que confiesan y os vais á asombrar cuando os diga que ha habido procesados que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepción de las que, según la lógica, confirman la regla general.

—Convendrá usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultaría extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer si esta mujer estaba viva.

Esta vez la incredulidad del magistrado se manifestó sin reserva. Hizo un gesto de conmiseración y respondió muy despacio:

—Amigo mío, no caigamos en las complicaciones novelescas. ¿Como quiere usted hacer admitir á un perro viejo de los tribunales, como yo, que un juez de instrucción haya podido enviar á la Audiencia un procesado si no se hubiera cometido un crimen? ¿Olvida usted que he visto la causa, el acta de defunción, la diligencia de confrontación, el interrogatorio del acusado, que no negó estar en presencia del cadáver de su querida, y, en fin, todo, todo… ¡Vamos á ver! No somos niños y no debemos decir chiquilladas…

—Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha condenado á Jacobo la Freneuse por haber matado á Lea Peralli, y Lea Peralli vive.

—¿Usted la ha visto? preguntó el magistrado con acento burlón.

—Y la he hablado.

—¡Oh¡ ¿Cuándo?

—Hace tres meses, próximamente.

—¿Dónde?

—En San Francisco.

—¿Y ella ha declarado ser Lea Peralli?

—No, por cierto. Ha hecho algo más; ha huído para sustraerse á mis investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero se esquivó, lo que es para mí la prueba más concluyente.

—Ha sido usted engañado por un parecido.

—¡No! ¡no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de disfrazar la voz, de no hablar en francés, de volver á dar á su pelo el color natural ó de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que experimentó á mi vista y que la puso en fuga… ¡Era ella!

—¿Y quién diablos era entonces la pobre mujer que se encontró muerta y que está enterrada en su lugar?

—Algún día se lo diré á usted. Ahora no lo sé.

—¡Ah! He aquí el lado flaco, exclamó el magistrado. Así sucede siempre. En todos estos asuntos de reivindicación de inocencia hay siempre un punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la inverosimilitud de la tesis. Véase el asunto Lesurques. ¡Cuántos esfuerzos por obtener su rehabilitación! Todavía hay gentes que creen en la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia ó lo que queda de ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado, se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y entonces ¡pataplún! todo se derrumba. ¡Adiós las pruebas serias! Se cae en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida. Construirán ustedes un edificio que llegará hasta cierta altura, pero una base falsa le hará venirse al suelo.

—¡Es usted terriblemente escéptico, dijo Marenval impresionado.

—Es mi oficio, replicó Vesín. Los hombres de justicia no podemos tragar todo lo que se nos presenta. ¡Buena la haríamos si nos diera por creer ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la humanidad. ¿Creen ustedes que se hace jurar sin objeto á los testigos que dirán la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien que, aun así, no dicen más que lo que quieren ó lo que pueden. Hay que tomar y dejar. Unos son imbéciles, otros mal intencionados. En cuanto á los niños, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo inventivo que les hace contar historias, las más veces falsas. Por eso hay que desconfiar también. Para un magistrado, el escepticismo es el principio de la sabiduría.

—Pero, en fin, ¿admite usted que la justicia pueda engañarse?

—Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesín riéndose; pero en público no lo admitiría de ningún modo. Sé que se representa á la justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que no tiene valor más que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un poder arbitrario, debe ser inmutable é infalible, pues de no ser así no sería posible aceptarlo. Y si el respeto á la justicia no fuese la piedra angular de la sociedad iríamos á parar en la anarquía. Por eso es imposible admitir que la justicia se engañe. El litigante que sucumbe después de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro horas para maldecir á los jueces; después debe someterse. El condenado cuyo recurso de casación ha sido desestimado, no tiene más que inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinión del magistrado, que no puede tener otra. Así se explicarán ustedes las resistencias que la administración opone siempre á toda demanda de revisión en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y minuciosas precauciones. Una demanda de revisión pasa por una red en la que debe necesariamente quedarse enredada si no es sólida como el acero. Y cuando sale, es después de unos plazos y en condiciones tales que equivalen á no conceder nada. Aun la legislación actual es mucho más liberal que la antigua. Antes no había revisión más que en el caso de que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra sentencia; y aun, si se reconocía la inocencia de un condenado, era preciso indultarle. No había otro medio de hacerle salir de presidio.

—¡Pero eso era monstruoso! exclamó Marenval. ¡Cómo! Un desgraciado, perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detención, de la cárcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, ¿no puede ser objeto más que de una medida de clemencia y no de un acto de justicia?

—Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisión. En el asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sería la existencia de Lea Peralli.

—¿No es suficiente?

—Lo sería si estuviera probado. ¿Pero cómo lo probarán ustedes? Su declaración no será apoyada por nada ni tendrá más valor que el de una opinión, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del proceso, será de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinión y se la doy. Es poco halagüeña, pero debo ser sincero.

—Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi convicción es sólida y no cambiará. Marenval y yo podremos modificar nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos hará desistir. ¡No habría ya descanso para nosotros si abandonásemos á ese desgraciado sabiendo que es inocente.

—Veo á ustedes animados de las más nobles intenciones, pero, permítanme que lo diga, las más aventuradas. La convicción de ustedes, basada en la semejanza de una mujer viva con la víctima de Freneuse, es muy frágil, pues no se funda más que en razones de sentimiento; el dolor de la familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando Freneuse fué preso, se preparaba á marcharse al extranjero. Tenía consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y había pagado el día anterior sesenta mil francos á la caja del círculo, del que le iban á expulsar. Y, coincidencia extraña, las alhajas de Lea Peralli, conocidas por su gran valor, habían desaparecido. Se hicieron pesquisas y se adquirió la prueba de que habían sido empeñadas en el Monte de Piedad en cien mil francos. Estuvieron empeñadas dos días y al siguiente fueron rescatadas por una señora que se cubría la cara y, muy probablemente, por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por París. Freneuse reconoció que había empeñado los brillantes entregados voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y pretende haberlas entregado á Lea Peralli con un pagaré de cien mil francos, que según él, hubiera recogido su familia, lo que hacía desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagaré fué presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer endosante, ¿qué se encuentra? Á Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente que recobró el billete después del crimen, y hasta es probable que sólo le cometiera para apoderarse de ese documento. Y él le puso en circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día. ¿Y tratan ustedes de poner en movimiento toda la máquina judicial bajo la fe de un parecido más ó menos cierto? ¡Qué locura! Desde los primeros pasos tropezarán con dificultades morales y con imposibilidades materiales tan serias, que tendrán que detenerse.

—Si quisiera discutir, respondió Tragomer, lo haría acaso con más facilidad de lo que usted cree. Pero ¿para qué? No haríamos más que cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables, usted no los aceptaría. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea Peralli existe. Lo importante es anunciar á Jacobo que la que creía muerta está viva. Porque observe usted que él la cree muerta bajo la fe de vuestras afirmaciones. El procesado no dudó de vuestras pruebas. Le enseñaron una mujer desfigurada que tenía la estatura, el pelo, los vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia, cegado por el dolor, dirigió apenas una mirada de espanto á la víctima extendida en la horrible losa del depósito de cadáveres. Volvió la cabeza y asintió á todo lo que se le afirmaba. ¿Cómo podía negar la evidencia? Lea, asesinada en su casa, ¿podía ser otra que Lea? Él no podía decir más que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de su conciencia; que no era él el asesino. Cogido en las tramas de la instrucción, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba una mano horriblemente hábil, no podía hacer más que protestar. Así lo hizo constantemente y con furor, hasta exasperar á los jurados y á los jueces. Porque el desgraciado parecía cínico y era inocente. Si todos los que tenían que formular una opinión sobre su culpabilidad no hubieran estado imbuídos en el sumario, si hubieran querido reflexionar un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenían una merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos á condenar y condenaron en conciencia. Cuando se les enseñe la mujer viva, tendrán que confesar que se han equivocado. Se averiguará entonces quién era la muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible complot urdido para perder á un inocente.

—Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no realidad. Usted sueña despierto. Eso pasará. Pero permítame usted decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas suficientes de lo que dice, podría jactarse de producir una sensación extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la justicia, darían á este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me contrariaría presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no creo en él y que les he predicho un fracaso seguro.

—Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos, al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. ¿Verdad, Marenval?

—Sí, querido amigo. Lo que acabo de oir á Vesín, me decide por completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun después de las seguridades que usted me había dado. Pero, en verdad, la infalibilidad de la justicia es un dogma tan difícil de admitir como la infalibilidad del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy á dedicar con usted á probarlo. Si hay dificultades materiales las venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento lucharán como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay todavía Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusión los prejuicios, las aberraciones y los errores. ¡Cómo pues! El siglo ha progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensión de apoderarse mañana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquías solamente la justicia ha de ser intangible… ¡No, por cierto! Si la justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. ¡Si no, será arrastrada por el impulso general!

—¡Bravo! Marenval, exclamó Vesín, llega usted á ser elocuente. ¡Adelante, héroes! ¡Combatid! ¡Mis votos os acompañen! Usted está retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendrá. Más vale esto que jugar al poker ó que tallar en el baccará. Si tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo daré como dilettante. No me consolaría nunca si ustedes me tuvieran por un espíritu cerrado á la razón y á la piedad. Pero la lucha que van á emprender, recuerden bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He hablado á ustedes como amigo. Diríjanse á cualquier magistrado y según el humor en que se halle, les dirá con ironía que se metan en la malla dirigiéndose al ministro del ramo, ó les declarará con indignación que van á dirigir un reto á la justicia.

—Dirigimos, en efecto, ese reto, exclamó Marenval.

—Pero no nos dirigiremos á nadie más que á usted, añadió Tragomer. Quería hablar con un hombre competente antes de meterme á fondo en este asunto. Á pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una resistencia profesional y sistemática. La magistratura no abandona su presa. Es un principio para ella y una garantía para la sociedad. Todo acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser culpable. Está bien. Sé lo que quería saber y obraré en consecuencia.

—¿Puedo preguntar á usted dónde piensa ir á parar? preguntó con curiosidad el magistrado.

—Entendámonos, dijo Tragomer. Hasta ahora he hablado al magistrado; voy á hablar al hombre, al amigo. Una indiscreción sobre lo que vamos á intentar Marenval y yo podría tener tales consecuencias, que sería locura exponernos á ella.

Pedro Vesín miró á los dos compañeros con cuidadosa gravedad.

—¿Acaso duda usted de mí? ¿Tendré que rogarle que se calle, después de haber solicitado sus confidencias?

—No, dijo Tragomer, y la prueba es que voy á explicárselo todo.

—Y yo les doy mi palabra de olvidar en seguida lo que haya sabido.

Tragomer y Vesín se estrecharon afectuosamente la mano. El vizconde encendió un cigarrillo y dijo con tanta calma como si se tratase de una expedición de placer:

—Como usted comprenderá, el negocio para nosotros es no asustar á los verdaderos culpables. Si por desgracia se informasen de nuestros proyectos, tomarían sus precauciones y ¡adiós!, écheles usted un galgo… Bastaría que Lea Peralli desapareciese, para que todo viniese por tierra. Y yo supongo que el tunante que ha puesto el lazo en que cayó Jacobo de Freneuse, sería muy capaz de deshacerse de ella si lo creía necesario. Aunque usted me hubiera mostrado la máquina judicial pronta á funcionar para la revisión del proceso, aunque me hubiera usted asegurado la buena voluntad del ministro, hubiera yo renunciado á someter, por ahora, el asunto á la justicia y á presentar los hechos nuevos que harían necesaria la revisión. Al primer ruido, todas las pruebas desaparecerían y nos encontraríamos desarmados. Lo primero es tener en nuestra mano á los culpables y no dejarlos escapar. Entonces avanzaremos. Tenemos, pues, que hacer averiguaciones y ¿quién sabe? acaso tomar resoluciones graves que nos serán impuestas por los acontecimientos. Desde luego debemos ponernos en relación con Jacobo, á fin de que sepa que existe Lea Peralli y para juzgar con él, hablando larga y maduramente, sobre las consecuencias que trae consigo este hecho inesperado.