—¿Pero van ustedes á ir á Numea? exclamó Vesín con mal contenido asombro.
—Vamos á ir á Numea, declaró fríamente Marenval.
—Allí, dijo Tragomer, nos pondremos de acuerdo con Freneuse sin que la administración adivine nuestros proyectos. Escribir es peligroso, pues se abren las cartas de los penados y se leen sus respuestas. Estudiaremos, pues, la situación de viva voz y veremos qué debemos hacer.
—Tragomer, usted no lo dice todo, exclamó con emoción el magistrado; á pesar de todo, desconfía de mí… ¿Trata usted de hacer evadirse á Jacobo la Freneuse?
Tragomer sólo respondió con una sonrisa pero Marenval se irguió y dijo con extraordinaria energía:
—Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Cree usted que estando convencidos de que ese muchacho es inocente, le vamos á dejar podrirse en el presidio? ¡Le robaremos, pardiez! Eso será divertido. Ya que hacemos el viaje, nos proporcionaremos esa pequeña distracción.
—Pero hay guardias, una guarnición, un barco vigilante, dijo Vezín. ¡Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les prenden, y para prenderles no se tendrá inconveniente en matarles…
—Eso es cuenta nuestra, respondió Marenval. Puede usted creer, querido, que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su existencia. Por otra parte, estamos decididos á defendernos…
—No me digan ustedes ni una palabra más; les encuentro insensatos. Me están ustedes haciendo un capítulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes cincuenta años, mis buenos amigos. Pero quiero creer que á los primeros pasos se encontrarán con tales dificultades, que no llevarán adelante su empresa. Créanme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estará en la tramitación legal de una instancia. Escriban una memoria, diríjanla al ministro y unas buenas pesquisas de la policía podrían…
—Echarlo todo á perder, interrumpió Tragomer. Sé con quién tengo que habérmelas. Es preciso trabajar en la sombra ó fracasaremos…
—Y queremos lograr nuestro propósito, añadió Marenval.
—¿Cómo van ustedes á ir á la Nueva-Caledonia?
—En un yate que fletaremos. Nos conviene tener á nuestra disposición los medios más perfectos y más rápidos.
—¿Se presentarán ustedes á las autoridades coloniales?
—Sí, como viajeros.
—¡Ah! dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas más extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin de siglo es eminentemente práctico, egoísta y anti-sentimental. He aquí un caso que puede hacer pensar á los filósofos. ¿Qué van á decir los que aseguran que se ha perdido en Francia la energía individual? Nos encontramos en presencia de un caso de exaltación como no se veían sino en las ardientes épocas revolucionarias. Lo que van ustedes á intentar es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente las empresas inverosímiles tienen alguna probabilidad de éxito. Se pone uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe de audacia llevado á cabo por personas frías… ¿por qué no ha de resultar? ¿Cuándo piensan ustedes marcharse?
—Lo más pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y lleguemos á Inglaterra.
—¿Van ustedes á fletar un vapor inglés?
—Sí. No queremos que un armador y una tripulación franceses participen de nuestra responsabilidad.
Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y en la semioscuridad del crepúsculo las caras perdían su aspecto real. Marenval se estremeció creyendo estar rodeado de espectros. Un sentimiento de angustia se apoderó de su corazón y sintió una especie de vértigo al oir decir á Vesín con voz fúnebre:
—En efecto, el caso sería grave. Una causa criminal para los que fueran presos, y si había habido, por desgracia, algún hombre muerto…
—Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbucéo Marenval.
—En todo caso, si no atentan contra la piel de los demás, ustedes exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las represiones son terribles.
—Sabemos á lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos á consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que correr.
—¡Y por nada retrocederemos!
—¡Diantre! dijo Vesín; si no me retuvieran mis funciones, me iría con ustedes nada más que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal expedición resultaría algo fuera del cuadro.
—Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consuélese usted; le traeremos fotografías.
Aquella grave conversación acabó en broma. Vesín volvió el conmutador de la electricidad y una viva luz inundó la pieza, produciendo reflejos brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba repentinamente al brotar la luz, hacía tan completo contraste con los proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer sonreía tranquilo y resuelto y la claridad había devuelto á Marenval todo su valor.
—Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesín, pues no emplearán ustedes más tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles útil en algo, tendré en ello mucho placer!
—Amigo mío, si logramos nuestro propósito, vendremos tan llenos de pruebas que será imposible rehusarnos justicia.
—Amén, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.
Les ofreció la mano y añadió:
—Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van á hacer no es vulgar y les admiro de corazón.
—Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo á la señorita de Freneuse y trabajo por mí mismo al intentar la rehabilitación de su hermano. Mi mérito es, por tanto, muy débil. El verdadero héroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.
Á estas palabras que le tocaban en lo más profundo de su ser, Marenval palideció, las lágrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar, permaneció temblando de emoción ante sus amigos. Por último movió la cabeza, dió un suspiro que pareció un sollozo y contestó, arrojándose en los brazos de su pariente:
—Adiós Vesín. Usted sabe á qué atenerse. Si me atacan y yo no puedo defenderme, sosténgame usted. No permita que digan que soy un viejo imbécil.
Repitió con aire extraviado:
—¡Adiós!
Y cogiendo el brazo de Tragomer, salió como si marchase á la muerte.
V
M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había dicho entonces á su hija:
—Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me resulte enteramente desagradable.
—¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted todo lo necesario para ser dichoso?
—Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.
—Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.
Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:
—Es posible. Yo mismo lo creo.
—Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y para mí.
—¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?
—Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien educado.
—Eres libre.
—Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.
Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía:
—Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán más que gastarla.
Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto en un americano. También decía, hablando de ella.
—Mi hija sabe gastar el dinero.
El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente, pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense. Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.
Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.
En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que sentado en el pescante de su mail, guiando cuatro caballos del Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones, con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que para saludar á los puertos.
La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.
—¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle dado tu palabra?
Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían decidido su elección.
—El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca, informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho. El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado… He aquí por qué me he comprometido con él.
—No mira jamás; parece un buho…
—Pues á mí me mira muy bien.
—¿Sabe, al menos, montar á caballo? Nunca se le ve más que en los salones.
—No es un gaucho, seguramente, pero irá á pasear con nosotros cuando queramos…
—¿Es cazador?
—Todos los franceses lo son.
—¿Sabe tirar un tiro con puntería?
—No supongo que sea un Buffalo-Bill… Pero no creo que pensemos hacerle perseguir bisontes ó cazar osos grises.
—Creo que toda la fuerza de ese hombre está en la cabeza, dijo Harvey con desdén, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.
—Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios corporales, tendrá usted á mis hermanos; para los del espíritu á mi marido.
—En fin, Maud, eres libre.
El yanqui acogió á Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en su carácter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le dió golpes en las rodillas capaces de aplastar un búfalo y observó con placer que el joven no flaqueaba. La prueba de los cocktail fué también favorable á Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco y no se aturden con su propia excitación. Montó en el mail, supo coger las riendas en un momento en que Harvey se fingió cansado, y ejecutó vueltas perfectas á gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo alguno.
En el Havre visitó el yate y mostró tener el aplomo de un marino. Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningún punto y tuvo que reconocer que su futuro yerno era un sportman muy completo. Pero á pesar de todo no se sentía unido á él por una de esas simpatías que le eran tan fáciles y tan necesarias. Entre Sorege y él había siempre un velo, el de los párpados que ocultaban habitualmente la mirada de aquél.
Para probar á su yerno de un modo más completo, pretextó la necesidad de hacerle conocer sus hijos, de enseñarle sus propiedades, de explicarle sus empresas, y le llevó consigo á América. Cuando volvieron, la opinión de Harvey era la misma. Confesaba que no tenía nada de que acusar á Sorege más que de no gustarle. Hablando de él, decía á su amigo y compatriota Weller:
—Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto cometer una incorrección ni decir una inconveniencia. Usted me creerá, si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle blasfemando ó abrazando á una camarera de á bordo. Pero ni lo más mínimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.
Acaso la resistencia opuesta por Harvey á aquel proyecto de enlace excitó á miss Maud á encontrar á Sorege más aceptable. Nunca mostró tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus relaciones con Sorege no habían sido para el mundo más que una coquetería sin importancia, pero al volver á París el conde fué declarado futuro marido. Entonces se difundió la noticia en los círculos parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su modo de conocerse sirvió de texto durante veinticuatro horas á las murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su afición inmoderada á la música. Ambas personas habían sido mutuamente presentadas por la dueña de la casa:
—El señor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.
Sir Harvey ofreció entonces la mano á Marenval, con una franca sonrisa:
—¡Ah! Marenval y compañía, ¿verdad? Conozco á usted muy bien. Hace veinte años que Harvey and Cª provee á Chaminade, de Burdeos, todo el pino para las cajas de embalaje de su casa de usted… ¡Tanto gusto!
La cara que puso Marenval, cuya única ambición consistía en hacer olvidar las pastas y las féculas origen de su fortuna, proporcionó á la concurrencia un precioso rato de diversión. De aquella presentación databa la antipatía manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo, por todos los americanos, á quienes englobaba en el desdén que le inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de él, brusca, decidida y ruidosa, Marenval le dirigía miradas de conmiseración y tenía por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho. Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, bromeó diciendo:
—Son tal para cual… ¡Un hipócrita con una desvergonzada! ¡Qué dichoso cruzamiento!
En los días en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje, fueron invitados á comer en casa de la señora de Weller y se encontraron allí con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufría filosóficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su prometida. Al ver entrar á Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento de cejas acusó solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se borró y escuchó con tranquilidad á su suegro cuando éste le explicó las antiguas relaciones comerciales dé Harvey and Cª y Marenval y compañía.
Pero cuando Tragomer fué presentado á miss Maud por Sam Weller y se habló del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege observó contrariado que el ganadero manifestaba por Cristián una repentina simpatía. Después de la comida, que había sido suntuosa, rápida y acompañada de música, lo que hizo imposible toda conversación y simplificó así las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida á una simple manifestación gastronómica, los invitados se repartieron por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron á fumar en el despacho de Sam.
En aquella habitación están coleccionados los más hermosos cuadros de la escuela de 1830, comprados á peso de oro por el fastuoso americano. El Degüello en una mezquita de Delacroix, fraterniza con el Concierto de los monos, de Decamp, y la Merienda de los segadores, el mejor cuadro de Millet, hace pareja con la Danza de las ninfas , de Corot. La puesta del sol, de Díaz, la Orilla del río, de Dupré, los Grandes bosques agostados de Rousseau, disputan la admiración á las preciosas praderas de Trayon y á los magníficos estudios de Messonnier. En cuanto Harvey encendió un cigarro, se dirigió á Marenval y á Tragomer, que estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo señalando á los cuadros de su amigo:
—Sam Weller tiene una hermosa galería, pero si ustedes vienen á mi casa del Dakotah, verán que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente que yo no tengo más que pintores antiguos… Rembrandt, Rafael, el Ticiano, Velázquez, Hobbema…
Marenval miró á Harvey de reojo é interrumpió:
—Esos son los que se copian más fácilmente.
—Sí, pero los míos son todos originales.
—Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les venden cuadros cuidan de no contradecirles…
—¿Pero Sam Weller no tiene más que cuadros auténticos?
—¡Um!… dijo Marenval con acento de duda.
—Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas que se los vieron pintar.
—¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó
Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?
—Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy conocido.
—El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido más mérito que el nombre del coleccionador.
—Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas, prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por enviárselo todo.
—¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.
—¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.
—¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.
—En América estimamos á los franceses.
—Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.
Harvey sonrió.
—Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados… No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país… Ellos no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo… No digo esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero, usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?
El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus palabras:
—Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje á ultramar con Tragomer…
No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo. El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:
—¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?
Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.
—Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al
Mediterráneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.
—Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se marea usted?
—No he navegado nunca, confesó Cipriano, pero no creo que sea más difícil que cualquiera otra cosa.
—Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensación comparable á la de sentirse dueño de su barco en medio del Océano, entre el cielo y el agua. Allí se está verdaderamente en presencia de Dios… Pero en ese lago interior apenas perderán ustedes de vista las costas… Vénganse ustedes conmigo en mi yate; les llevaré á donde quieran… Hace tiempo que tengo gana de ir á Ceilán; esa será una ocasión.
—Gracias, Harvey, respondió Marenval; para prueba nos basta ese lago interior, como usted llama desdeñosamente al Mediterráneo, que es muy traidor, entre paréntesis…
—¿Y en qué barco irán ustedes?
—Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvió á lord Spydell para ir al Cabo el año último. Es un vaporcito de sesenta metros de largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La tripulación se compone de veintiséis hombres. La arboladura tiene dos palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbón…
—Y hasta hay á bordo cuatro buenos cañones, añadió Marenval, que parecía decidido á hablar siempre que debía callarse.
—¿Y qué piensan ustedes hacer con esa artillería? dijo una voz burlona.
¿Van ustedes á bombardear Malta ó á tomar Trípoli?
Tragomer se volvió y se encontró con Sorege, que sonreía de un modo enigmático.
—Los cañones estaban á bordo y los hemos dejado. ¿Quién sabe? Las costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.
—Marenval, en efecto, sería una buena presa; le exigirían un enorme rescate… Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no pensaba usted en eso hace pocos días, cuando hablamos…
—La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey, la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros algunos amigos… Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros de comer bien; él se ocuparía de eso.
—Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á ustedes?
—Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince días.
Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la cabeza y dijo en tono cordial:
—Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.
—Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss Maud Harvey como ha prometido…
—Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa pequeña ceremonia… Como navegante le debe á usted toda clase de deferencias…
—Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de
Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted…
Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de los espectadores.
—Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti y á Mac-Kinley…
Harvey y Tragomer se aproximaron á miss Maud, y en el momento en que Mac-Kinley empezaba á decir: Fellow citizens of the senate…, el ganadero, señalando á su hija el joven, dijo:
—Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido…
Miss Harvey, mi hija.
La delgada fisonomía de la americana se esclareció con una sonrisa. Señaló á Cristián una silla al lado de su sillón y dijo en tono un poco autoritario:
—Siéntese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho tiempo. Algunos amigos míos me han hablado de usted con frecuencia.
—Su prometido…
—¡No! El señor de Sorege no ha pronunciado jamás su nombre de usted. Y, sin embargo, sé que ha sido su amigo durante muchos años. No debe usted extrañar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que atañe á las personas con quienes entablo relaciones… ¡Y no las hay más importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer á los que han rodeado á mi futuro marido: se juzga muy bien á las personas por las que les acompañan… ¿Por qué Sorege no habla nunca de usted? ¿Están ustedes regañados?
Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclinó un poco la cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar á miss Harvey informes falsos y no quería declarar el enfriamiento de sus relaciones con Sorege. Una palabra dicha por ella á su promedito bastaría para ponerle en guardia.
Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho el honor de presentarme, iba á hacerlo Sorege mismo.
—¡Tanto mejor! Yo quisiera que el señor de Sorege tuviera muchos amigos como usted… Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo… ¿Quién era aquel Freneuse, que tan mal acabó?
Al oir aquella pregunta imprevista, Cristián se puso rojo y miró atentamente á miss Harvey. Desde que tenía que habérselas con Sorege desconfiaba de todo. Sospechó que la americana servía inconscientemente de cómplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba había sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del pensamiento de miss Maud y dijo:
—Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.
—¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas aventuras y del que fué su protagonista?… Nunca he podido sacar de él mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.
—Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?
—¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo lo que se hace sin su intervención… Se ha criticado mucho mi proyecto de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones… De este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo. Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen; pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio. Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.
—Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted, sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted harcerla observar que yo también fui amigo suyo.
—Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone violento cuando se pronuncia su nombre… Tengo la costumbre de pensar muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege. ¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.
Cristián permaneció impasible.
—No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las pruebas.
—¿Y usted es de esos amigos?
—Sí, soy uno de ellos.
—¿Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaña?
—¿Qué he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.
—¿Y si se ha engañado?
—La justicia no se engaña, aunque es algunas veces engañada, que no es lo mismo.
—¿Había, pues, en ese asunto alguien que tuviera interés en engañar á la justicia?
—Acaso.
—¿Le conoce usted?
—No, no le conozco.
En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversación de Tragomer y de su prometida se prolongaba, apareció en la puerta del salón. Miss Harvey le hizo seña con el abanico de que se aproximara y con todo el ímpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:
—Venga usted por acá. Estoy encantada de que mi padre me haya presentado al señor de Tragomer, que me está interesando mucho con el asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar á usted ni una palabra. ¿Por qué no me ha dicho usted que le creía inocente?
—¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.
—Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.
El conde inclinó la cabeza con tristeza.
—Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por eso afirma lo que desea…
—¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel desgraciado como usted, no más.
—¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia
Freneuse?
Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.
—Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso que fué por mi culpa… No tuve constancia ni firmeza para desafiar y despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén… Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.
—Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á usted mucho su franqueza… Comprendo la resolución de la hermana de aquel desgraciado… Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral… Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su madre?
—No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil…
—¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?
—Nunca.
Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:
—La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?
—Siempre.
—¿Y no hacen nada?
—¡Qué quiere usted que hagan?
—¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia. Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con una cuadrilla de filibusteros…
Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.
—Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud… Pero esas cosas no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren las costas.
—¡Parece usted encantado por ello! contestó con vivacidad la joven. La verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted á su antiguo amigo.
—¡Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan torpemente su vida y alterado la de los demás. No tenía más que seguir tranquilamente el camino que se le ofrecía y por su afición á los caminos extraviados se hundió en tal cloaca de vicios que fué imposible impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso solamente, y así pruebo una vez más mi amistad.
—Pero, si está usted aún preocupado por ese muchacho, ¿por qué no participa de la creencia de su amigo? ¿Por qué no trata de discutir la culpa del condenado?
—¡Ah! Eso es imposible. Nos estrellaríamos contra la evidencia, dijo Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo inverosímil, cerrarse á la evidencia, no es empresa para un ser sensato. Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido; pero combatir contra la verdad, ¿para qué?
—Sorege tiene razón, miss Maud, dijo fríamente Tragomer. Lo comprendo tan bien que mis convicciones son enteramente platónicas. Si hubiera algo que hacer, ya lo hubiera intentado, esté usted segura. Precisamente porque todo lo creo inútil he tomado el partido de viajar para distraerme.
—Puesto que viaja usted, ¿por qué no va á ver á ese desgraciado?
Tragomer se estremeció y se preguntó una vez más si la americana estaría de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la pregunta destruía esa suposición. La joven estaba sencillamente influida por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los obstáculos que caracteriza á las grandes fortunas y por la inconsciencia de las leyes que es propia de la mujer.
—¿Ir á Numea? preguntó Sorege con su voz falsa. ¡Triste expedición!
—No tendría valor, dijo Tragomer, para ver en la abyección un hombre á quien he conocido bello y brillante. ¡Cómo estará después de dos años de vida común con aquellos innobles compañeros! El carácter se rebaja pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un ser envilecido y degradado… Prefiero no ver ese espectáculo que me causaría profunda pena…
—Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna á pensar que vive en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted á pasearse por el Mediterráneo de modo de poder desembarcar en Cannes ó en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higiénico. Allí no verá usted espectáculos tristes, si trata de no mirar á los tísicos. Me habían dicho que los franceses eran los últimos enamorados de la Quimera y que no se cometía en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte en ella. Celebro ver que han adquirido sentido práctico y que antes de tomar una resolución consultan sus intereses. Señor de Tragomer, buen viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido á usted. Probablemente, habrá usted vuelto de su expedición en la primavera; si quiere venir con mi padre y conmigo á la isla de Wight, á donde iremos como todos los años, hará un viaje muy de su agrado, pues se divertirá sin emociones ni disgustos.
Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con aire paternal.
—¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que se salven los transeuntes.
Miss Harvey se echó á reir.
—Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.
—¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas cansadas.
La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad acostumbrada:
—Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.
—Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.
Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible fisonomía.
—Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.
Hizo una señal á su padre y se alejó seguida de Sorege. Marenval, que acechaba á su compañero hacía largo rato, se acercó entonces y preguntó, no sin inquietud:
—¿Qué diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincón?
Por los ademanes, me parecía que la conversación era grave.
—Y no se engañaba usted. Á poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma á la Nueva Caledonia…
—¡Usted se chancea!
—No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todavía tiemblo.
—¿Entonces la hija después del padre? ¡Pero esta familia tiene la manía de pasear á la gente por el mar!
—Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio á propósito de Jacobo de Freneuse…
—¡Bah! ¿Para qué?
—Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege había preparado esta encerrona para cogerme… Pero no; estaba tan violento como yo… Todo ha sido casual… En todo caso pienso, en un momento dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecería indiferente á nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de regateárnosla.
—¿Contra su prometido?
—Hasta contra él.
—¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?
—Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la modifique.
—¿Se va usted?
—Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos negocios.
—¿Dónde nos veremos mañana?
—Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y cuento con usted para que me reciba.
—Hasta mañana, pues.
El sombrío hotel de la calle de Petits-Champs pareció despertar de su lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente movido por Tragomer.
Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval le preguntó:
—¿Están visibles las señoras?
—Para el señor, ciertamente, respondió el criado, pero no sé si el señor de Tragomer…
El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresionó profundamente á Tragomer. Desde el primer paso veía exactamente los sentimientos que había para él en aquella casa. ¡Aquel hombre que en la niñez le llevaba á su casa después de jugar con Jacobo, y que le daba paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus señoras querrían recibirle! El hotel de los Freneuse aparecía silencioso y desolado, Jacobo no estaba allí ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso y triste, y él volvía á entrar como un extraño en aquella mansión antes abierta y risueña…
—Haga usted el favor, Giraud, de anunciar á las señoras mi venida; voy á esperar en el saloncillo donde…
Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para él, las lágrimas se agolparon á sus ojos.
—¡Ah! señor Cristián, exclamó el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le hará á usted compañía como en otro tiempo… Pero creo que no le ha olvidado usted y que le quiere todavía… ¡Oh! Bien pensaba yo que era imposible que hubiese abandonado á su amigo como los otros…
—No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendrá usted la prueba. Pero es importante que hable con la señora de Freneuse. El señor Marenval va á pedir que me reciba. Condúzcale usted y yo esperaré que me llamen.
Entró en la pieza donde Marenval había interrogado tan largamente á Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al salón en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza. La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcón. Fuera de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada: estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.
La puerta se abrió y apareció Marenval detrás de Giraud. La señorita de Freneuse dedicó al recién llegado una amable sonrisa, se levantó y ofreciendo la mano á Cipriano le condujo hasta su madre.
—Había prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo comerciante, y aquí estoy para traer á ustedes mejores esperanzas que la última vez.
—¿Ha sabido usted algo favorable á nuestra causa? preguntó turbada la señora de Freneuse.
—Sí, ciertamente, muy favorable… Pero ante todo, no quiero que se me atribuya á mi solo el mérito de lo que se ha logrado. En este asunto he tenido un aliado hábil y perseverante á quien se debe la parte más importante de los resultados obtenidos;… es Tragomer.
La frente de María se oscureció, pero Marenval no se desconcertó por eso.
—Es indispensable que le vean ustedes. Sólo él podrá darles los importantes datos que posee, pues él es quien los ha obtenido á fuerza de perseverancia y de sagacidad.
La señora de Freneuse miró á su hija para ver cómo acogía esta petición.
La joven hizo un movimiento de protesta, palideció y dijo, sin embargo:
—Recíbele, madre mía, si tienes en ello interés. Yo me retiraré.
—¿No puedes mostrarte menos rigurosa?
—Nunca olvidaré lo que ha hecho, bien lo sabes.
—Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la rehabilitación de tu hermano…
—Para convencerme necesito algo más que vanas palabras, dijo la joven con amargura.
Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:
—Haga usted subir al señor de Tragomer.
Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.
—¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil. ¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?
Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta, buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando afectuosamente al joven:
—Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea mejor.
Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:
—He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.
—¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.
—Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de realizar.
—¿Pero cómo?
—Mañana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados á costear por el Mediterráneo á fin de aparecer en Niza, en Nápoles, en Palermo y en Alejandría, engañando así á los que nos observan. Pero repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos lanzaremos á todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo, llegaremos á la Nueva Caledonia. Allí bajaré á tierra, veré á Jacobo y le plantearé las formidables preguntas que deben esclarecer por completo la oscuridad de que tan hábilmente han sido rodeados los pormenores del crimen.
—¿Van ustedes á verle? exclamó la madre juntando las manos con ademán suplicante. ¡Oh! Llévenme con ustedes.
—No podemos. La presencia de usted á bordo sería una confesión de nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa que está en París.
—¡Todo el mundo! ¿Quién tiene interés en vigilarme y en temerles á ustedes?
—El ó los cómplices, ó los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y expía Jacobo… Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo…
—¿Pero yo los conozco? preguntó con angustia la anciana.
—No me pregunte usted, respondió Tragomer; conténtese con la esperanza que le doy. Después de haber vivido durante dos años en el aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver á la esperanza y á la alegría.
—¡La alegría! ¡Ay! Nunca la recobraré, aunque vuelva á ver á mi hijo. Estas pruebas rasgan el corazón por toda la vida. Véame usted; estoy encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta años. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible tortura no sufran todo el castigo que merecen…
—¡Oh! señora, le sufrirán terrible, porque su maquinación tuvo tan buen resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un conjunto de circunstancias increíbles para que yo haya encontrado el primer hecho que me abrió los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que estamos y aún nos queda todo por hacer.
—¿Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeño? dijo la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.
—Mi querida prima, dijo Marenval, míreme usted bien. Yo no me aventuro con frecuencia y, sobre todo, jamás lo hago á la ligera. Para que un hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que esté firmemente seguro del resultado… ¡Sí! Lo lograremos.
La señora de Freneuse miró con extrañeza mezclada de asombro á Cipriano y éste añadió con acento de bondad:
—Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en él.
—Pero ¿cómo sabremos lo que suceda?
—Todo lo he previsto. Mi ayuda de cámara recibirá nuestras cartas y se las traerá á ustedes; así estarán al corriente, sin recibir una correspondencia directa. La indiscreción de un empleado ó la charla de un doméstico podrían descubrirnos y echarlo todo á perder.
—¿Y que haré yo para responder á ustedes?
—Seguirán el mismo camino. Mi ayuda de cámara es un hombre de confianza, como Giraud… Pueden ustedes darle sus cartas y él las dirigirá al capitán de nuestro yate.
—Lo que encargo á ustedes desde ahora, dijo con intensa emoción la anciana, es que abracen á mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren que mi corazón no ha dudado jamás de él y que mi pena no me ha importado pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero está pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece. Díganle ustedes esto que le consolará si ha llorado y antes de prometerle la rehabilitación háganle ver que nada es perdido en este mundo, ni aun el dolor…
—Realizaré sus deseos, señora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted piensa que se puede expiar cualquier error, dígnese ser indulgente con los que yo he cometido. ¿No querrá usted abogar por mi con la señorita de Freneuse? Sería muy dulce para mi decirle adiós antes de marchar. Si sigue inexorable por lo que á ella concierne, acaso quiera animarme por cariño á su hermano. No pido ningún perdón, ninguna esperanza. Un sencillo deseo de buen éxito y si no vuelvo, una oración.
La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:
—Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese deseo. Aquí estoy.
Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado. Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años, adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con dulzura:
—María…
La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de felicidad.
Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con vehemencia apasionada:
—Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado. Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa, pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me perdone.
María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:
—¡Logre usted su empeño!…
Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de Freneuse y dijo:
—¡Vamos, Marenval; ahora partamos.
—¡Partamos! repitió Cipriano con energía.
Y abrazando calurosamente á las dos mujeres, siguió á Tragomer.
SEGUNDA PARTE
VI
La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un sargento de infantería de marina tiró con un gancho de la embarcación para facilitar el desembarque del pasajero. Éste se levantó de la popa, donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en inglés:
—Esperadme aquí hasta que vuelva. Acaso tardaré largo tiempo; que ni un solo hombre baje á tierra.
—Muy bien, master Cristián.
Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco colonial de corcho, saltó con ligereza á las losas mojadas de la escalera y subió al muelle. Una bandada de canacos vestidos de sórdidos oropeles se agolpó delante del viajero. El sargento exclamó rudamente.
—¡Atrás! atajo de brutos…
Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.
—¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?
—Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario…
—Hay que pedir permiso al gobernador.
—¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?
Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en el parapeto de la estacada, le gritó:
—¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero… No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á bordo del aviso de guerra… pero le recibirá á usted su secretario… Si, son las tres y debe estar allí todavía… Si por casualidad se hubiera marchado, lléguese usted al café de la Cousine.
—Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la presentó al jefe del puesto.
—Hágame el favor de aceptar un cigarro.
—¡Con mucho gusto!… ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la
Habana?
Cristián vació la petaca en las manos del soldado y, saludándole, siguió al guía que le esperaba.
—Esta vez, exclamó alegremente el soldado viendo alejarse al viajero, si atrapo el cáncer del fumador, no será con colillas…
Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continuó su interrumpida ronda de vigilancia. Hacía un calor sofocante apenas dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extendía enfrente de la rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La bahía estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero estaba llenando sus calas y repartía en derredor una mancha negra, mientras algunos navíos mercantes, con las velas plegadas en las vergas y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules. Unos cuantos metros más lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulación en el puente indicaba que el navío tenía sus calderas encendidas y estaba pronto á marchar.
Por un paseo de árboles cuya vitalidad no honraba á la administración colonial, Tragomer entró en la población precedido por el guía. Como hacía buen tiempo, una espesa capa de polvo cubría el camino, que en la época de las lluvias debía convertirse en un río de cieno. Á uno y otro lado se veían algunas tiendas poseídas por expenados y que ofrecían á la población objetos de utilidad ó de lujo. Las muchachas canacas, con sus sombreros trenzados y sus vestidos de algodón de colores, pasaban, de vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y respondiendo con sonrisas á las miradas de los soldados de marina. El vigilante acortó el paso y Tragomer vió delante de él una construcción bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.
—¡Palacio!… dijo con énfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva enrojecida por el betel.
—Bien, respondió Tragomer, que divisó al centinela apoyado negligentemente en su fusil á la sombra de la garita.
Cristián dió una moneda al guía y entró en el palacio. Una cuadrilla de penados estaba componiendo el techo de un pabellón y el vigilante, sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer leyó: "Administración penitenciaria—Despacho del Gobernador—Secretaría general;" Entró y un empleado soñoliento levantó la cabeza al oir pasos y dijo con voz agria:
—¿Qué desea usted?
—Hablar con el señor secretario…
—¡Otro inglés! murmuró el empleado; y levantándose perezosamente entró en la habitación contigua.
—Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.
El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó, indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar obligado, dijo:
—¿Á quién tengo el honor de hablar?
—Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del señor Gobernador.
—¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos. Los franceses no vienen jamás… Esos no viajan… ¿Para qué venir, por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto…
Echó una ojeada á la carta y continuó:
—Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las naciones europeas… ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido que se puede sacar de ellos para colonizar… ¡Mal ganado, caballero, mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan para ser enviados á la Nueva Caledonia… Ven la colonia á través de sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto. Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita… ni con mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar, como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en mano… ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les hace casi dichosos… Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos favores?… La mayor parte no tienen más que una idea: robar y escaparse…
El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer le preguntó:
—¿Son frecuentes esas evasiones?
—Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera para que salga bien una tentativa semejante… Generalmente, los que se escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos… Su única probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar á la Australia… Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó de que se los coman los tiburones.
—¿Y dónde se escapan más fácilmente?
—En la isla Nou… El último que nos jugó esa partida consiguió despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón… Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué preso… Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh! un buen punto… Le echaron encima cinco años de célula… Allí puede decir sus rezos á la sombra.