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En las orillas del Sar

Chapter 23: V
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About This Book

A compact poetic collection of intimate, elegiac lyrics that blend personal sorrow, maternal tenderness, and longing for homeland. The poems juxtapose pastoral and riverine imagery with urban melancholy, giving voice to social hardships, memory, and spiritual resignation. Language relies on folk cadences and musical rhythms while experimenting with concise, fervent stanzaic forms, producing a tone both plaintive and dignified. Occasional prefatory material frames the poet’s life and reception, but the core remains concentrated on mortality, solitude, cultural belonging, and the expressive duties of poetry.

LOS TRISTES

I

De la torpe ignorancia que confunde

Lo mezquino y lo inmenso;

De la dura injusticia del más alto,

De la saña mortal de los pequeños,

No es posible que huyáis cuando os conocen

Y os buscan, como busca el zorro hambriento

Á la indefensa tórtola en los campos;

Y al querer esconderos

De sus cobardes iras, ya en el monte,

En la ciudad ó en el retiro estrecho,

¡Ahí va!, exclaman. ¡Ahí va!, y allí os insultan

Y señalan con íntimo contento,

Cual la mano implacable y vengativa

Señala al triste y fugitivo reo.

II

Cayó por fin en la espumosa y turbia

Recia corriente, y descendió al abismo

Para no subir más á la serena

Y tersa superficie. En lo más íntimo

Del noble corazón ya lastimado

Resonó el golpe doloroso y frío

Que ahogando la esperanza

Hace abatir las ánimos altivos;

Y plegando las alas torvo y mudo,

En densa niebla se envolvió su espíritu.

III

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,

¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?

Vosotros, que gozasteis y sufristeis,

¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?

Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos

Son como niebla que disipa el alba,

¡Qué sabéis del que lleva de los suyos

La eterna pesadumbre sobre el alma!

IV

Cuando en la planta con afán cuidada

La fresca yema de un capullo asoma,

Lentamente arrastrándose entre el césped,

Le asalta el caracol y la devora.

Cuando de un alma atea,

En la profunda obscuridad medrosa

Brilla un rayo de fe, viene la duda

Y sobre él tiende su gigante sombra.

V

En cada fresco brote, en cada rosa erguida,

Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;

Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes

Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

Henchido está el ambiente de agradables aromas,

Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;

Mas él siente que rugen con sordo clamoreo

De sofocados gritos y de amenazas mudas.

¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante

Hasta las más recónditas profundidades llega;

Mas sus hermosos rayos

Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?

Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,

Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,

Ó ya del desengaño á la menguada sombra.

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,

Los pájaros, las flores y los frutos que siembra!

Para el desherado, sólo hay bajo los cielos

Esa quietud sombría que infunde la tristeza.

VI

Cada vez huye más de los vivos,

Cada vez habla más con los muertos,

Y es que cuando nos rinde el cansancio,

Propicio á la paz y al sueño,

El cuerpo tiende al reposo,

El alma tiende á lo eterno.

VII

Así como el lobo desciende á poblado,

Si acaso en la sierra se ve perseguido,

Huyendo del hombre que acosa á los tristes,

Buscó entre las fieras el triste un asilo.

El sol calentaba su lóbrega cueva,

Piadosa velaba su sueño la luna,

El árbol salvaje le daba sus frutos,

La fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron,

La luna entre brumas veló su semblante;

Secóse la fuente y el árbol nególe,

Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura

De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;

Y á un río profundo de nombre ignorado,

Pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,

La sed que atormenta y el hambre que mata,

¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,

Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte

Agrandan las sombras que en torno le cercan,

Allá en lontananza la luz de la vida,

Hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales á quien la fortuna

Fué siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!

Si veis tantos seres que corren buscando

Las negras corrientes del hondo Leteo.