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En las orillas del Sar

Chapter 30: IV
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About This Book

A compact poetic collection of intimate, elegiac lyrics that blend personal sorrow, maternal tenderness, and longing for homeland. The poems juxtapose pastoral and riverine imagery with urban melancholy, giving voice to social hardships, memory, and spiritual resignation. Language relies on folk cadences and musical rhythms while experimenting with concise, fervent stanzaic forms, producing a tone both plaintive and dignified. Occasional prefatory material frames the poet’s life and reception, but the core remains concentrated on mortality, solitude, cultural belonging, and the expressive duties of poetry.

LOS ROBLES

I

Allá en tiempos que fueron, y el alma

Han llenado de santos recuerdos,

De mi tierra, en los campos hermosos,

La riqueza del pobre era el fuego;

Que al brillar, de la choza en el fondo,

Calentaba los rígidos miembros

Por el frío y el hambre ateridos,

Del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno,

En sus brazos la madre arrullaba

Al infante robusto;

Daba vuelta, afanosa la anciana

En sus dedos nudosos, al huso,

Y al alegre fulgor de la llama,

Ya la joven la harina cernía,

Ó ya desgranaba

Con su mano callosa y pequeña,

Del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose

En invierno, la pobre familia

Campesina, olvidaba la dura

Condición de su suerte enemiga;

Y el anciano y el niño, contentos

En su lecho de paja dormían,

Como duerme el polluelo en su nido

Cuando el ala materna le abriga.

II

Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto

En tierra cayeron

Encinas y robles!

Y á los rayos del alba risueña,

¡Qué calva aparece

La cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas

De agreste espesura,

Donde envueltas en dulce misterio

Al rayar el día

Flotaban las brumas,

Y brotaba la fuente serena

Entre flores y musgos oculta,

Hoy son áridas lomas que ostentan

Deformes y negras

Sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros

Sus canciones de amor, ni se juntan

Cuando mayo alborea en la fronda

Que quedó de sus robles desnuda.

Sólo el viento al pasar trae el eco,

Del cuervo que grazna,

Del lobo que aúlla.

III

Una mancha sombría y extensa

Borda á trechos del monte la falda,

Semejante á legión aguerrida

Que acampase en la abrupta montaña

Lanzando alaridos

De sorda amenaza.

Son pinares que al suelo desnudo

De su antiguo ropaje le prestan

Con el suyo el adorno salvaje

Que resiste del tiempo á la afrenta

Y corona de eterna verdura

Las ásperas breñas.

Árbol duro y altivo, que gustas

De escuchar el rumor del Océano

Y gemir con la brisa marina

De la playa en el blanco desierto,

¡Yo te amo!, y mi vista reposa

Con placer en los tibios reflejos

Que tu copa gallarda iluminan

Cuando audaz se destaca en el cielo,

Despidiendo la luz que agoniza,

Saludando la estrella del véspero.

Pero tú, sacra encina del celta,

Y tú, roble de ramas añosas,

Sois más bellos con vuestro follaje

Que si mayo las cumbres festona

Salpicadas de fresco rocío

Donde quiebra sus rayos la aurora,

Y convierte los sotos profundos

En mansión de gloria.

Más tarde, en otoño,

Cuando caen marchitas tus hojas,

¡Oh roble!, y con ellas

Generoso los musgos alfombras,

¡Qué hermoso está el campo!

La selva, ¡qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores

Que al morir el día

Se levantan del bosque en la hondura

Cuando pasa gimiendo la brisa

Y remueve con húmedo soplo

Tus hojas marchitas,

Mientras corre engrosado el arroyo

En su cauce de frescas orillas,

Estremécese el alma pensando

Dónde duermen las glorias queridas

De este pueblo sufrido, que espera

Silencioso en su lecho de espinas

Que suene su hora

Y llegue aquel día

En que venza con mano segura,

Del mal que le oprime,

La fuerza homicida.

IV

Torna roble, árbol patrio, á dar sombra

Cariñosa á la escueta montaña

Donde un tiempo la gaita guerrera

Alentó de los nuestros las almas;

Y compás hizo al eco monótono

Del canto materno,

Del viento y del agua,

Que en las noches de invierno al infante

En su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces, ¡oh roble!,

De este suelo en las cumbres gallardas

Y en las suaves graciosas pendientes

Donde umbrosas se extienden tus ramas,

Como en rostro de pálida virgen

Cabellera ondulante y dorada,

Que en lluvia de rizos

Acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto á poblar nuestros bosques;

Y que tornen contigo las hadas

Que algún tiempo á tu sombra tejieron,

Del héroe gallego

Las frescas guirnaldas!