WeRead Powered by ReaderPub
En las orillas del Sar cover

En las orillas del Sar

Chapter 59: V
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

A compact poetic collection of intimate, elegiac lyrics that blend personal sorrow, maternal tenderness, and longing for homeland. The poems juxtapose pastoral and riverine imagery with urban melancholy, giving voice to social hardships, memory, and spiritual resignation. Language relies on folk cadences and musical rhythms while experimenting with concise, fervent stanzaic forms, producing a tone both plaintive and dignified. Occasional prefatory material frames the poet’s life and reception, but the core remains concentrated on mortality, solitude, cultural belonging, and the expressive duties of poetry.

* * *

I

Quisiera, hermosa mía,

Á quien aún más que á Dios amo y venero,

Ciego creer que este tu amor primero,

Ser por mi dicha el último podría.

Mas...

—¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía!

—¡Oh!, virgen candorosa,

¿Por qué no he de dudarlo al ver que muero

Si aun viviendo también lo dudaría?

—Tu sospecha me ofende,

Y tanto me lastima y me sorprende

Oirla de tu labio,

Que pienso llegaría

Á matarme lo injusto del agravio.

—¡Á matarla! ¡La hermosa criatura

Que apenas cuenta quince primaveras!...

¡Nunca!... ¡Vive, mi santa, y no te mueras!

—Mi corazón, de asombro y dolor llenas.

—¡Ah!, siento más tus penas que mis penas.

—¿Por qué, pues, me hablas de morir?

—¡Dios mío!

¿Por qué ya del sepulcro el viento frío

Lleva mi nave al ignorado puerto?

—¡No puede ser!... Mas oye: ¡vivo ó muerto,

Tú solo, y para siempre!... Te lo juro.

—No hay por qué jurar; mas si tan bello

Sueño al fin se cumpliera, sin enojos

Cerrando en paz los fatigados ojos,

Fuera á esperarte á mi sepulcro obscuro.

Pero... es tan inconstante y tan liviano

El flaco y débil corazón humano,

Que lo pienso, alma mía, y te lo digo,

Serás feliz más tarde ó más temprano.—

Y en tanto ella llorando protestaba,

Y él sonriendo, irónico y sombrío,

En sus amantes brazos la estrechaba.

Cantaba un grillo en el vecino muro,

Y cual mudo testigo

La luna, que en el cielo se elevaba,

Sobre ambos reflejaba

Su fulgor siempre casto y siempre amigo.

II

De polvo y fango nacidos,

Fango y polvo nos tornamos;

¿Por qué, pues, tanto luchamos

Si hemos de caer vencidos?

Cuando esto piensa humilde y temerosa,

Como tiembla la rosa

Del viento al soplo airado,

Tiembla y busca el rincón más ignorado

Para morir en paz si no dichosa.

III

Los astros son innúmeros, al cielo

No se le encuentra fin,

Y este pequeño mundo que habitamos,

Y que parece un punto en el espacio,

Inmenso es para mí.

Después... tantos y tantos,

Cual las arenas del profundo mar,

Seres que nacen á la vida, y seres

Que sin parar su rápida carrera,

Incierta siempre, vienen ó se van.

Que se van ó se mueren, esta duda

Es en verdad cruel;

Pero ello es que nos vamos ó nos dejan

Sin saber si después de separarnos

Volveremos á hallarnos otra vez.

IV

Y como todo al cabo

Tarde ó temprano en este mundo pasa,

Lo que al principio eterno parecía,

Dio término á la larga.

¿Le mataron acaso, ó es que se ha muerto

De suyo aquello que quedara aún vivo?

Imposible es saberlo, como nadie

Sabe al quedar dormido

En qué momento ha aprisionado el sueño

Sus despiertos sentidos.

V

¡Que cuándo le ha olvidado!

¿Quién lo recuerda en la mudable vida,

Ni puede asegurar si es que la herida

Del viejo amor con otro se ha curado?

¡Transcurrió el tiempo!—inevitable era

Que transcurriese—y otro amante vino

Á hacerse cauteloso su camino

Por donde el muerto amante ya lo hiciera.

VI

De pronto el corazón con ansia extrema,

Mezclada á un tiempo de placer y espanto,

Latió, mientras su labio murmuraba:

—¡No, los muertos no vuelven de sus antros!...—

Él era y no era él, mas su recuerdo,

Dormido en lo profundo

Del alma, despertóse con violencia

Rencoroso y adusto.

—No soy yo, ¡pero soy!—murmuró el viento—,

Y vuelvo, amada mía,

Desde la eternidad para dejarte

Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo,

Cuando me hallaba al borde de la tumba—.

Aun has de amar—; y tú, con fiero enojo,

Me respondiste:—¡Nunca!

—¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto

Los recónditos pliegues?—

Volví á decirte; y tú, llorando á mares,

Repetiste:—Tú solo, y para siempre.—

Después, era una noche como aquéllas,

Y un rayo de la luna, el mismo acaso

Que á ti y á mí nos alumbró importuno,

Os alumbraba á entrambos.

Cantaba un grillo en el vecino muro,

Y todo era silencio en la campiña;

¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,

Sombra, remordimiento ó pesadilla.

Mas tú, engañada recordando al muerto,

Pero también del vivo enamorada,

Te olvidaste del cielo y de la tierra

Y condenaste el alma.

Una vez, una sola,

Aterrada volviste de ti misma,

Como para sentir mejor la muerte

De la sima al caer vuelve la víctima.

Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible

Reflejo del pasado!,

El abrazo convulso de tu amante

Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo

Y me engañé; no puede

Serlo quien lleva la traición por guía,

Y á su sombra mortífera se duerme.

—¡Aun has de amar!—te repetí, y amaste,

Y protector asilo

Diste, desventurada, á una serpiente

En aquel corazón que fuera mío.

Emponzoñada estás; odios y penas

Te acosan y persiguen,

Y yo casi con lástima contemplo

Tu pecado y tu mancha irredimibles.

¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba

Ardientemente, y te amo todavía!

Vuelvo para dejarte

Ver otra vez mi incrédula sonrisa.