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En las orillas del Sar

Chapter 72: III
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About This Book

A compact poetic collection of intimate, elegiac lyrics that blend personal sorrow, maternal tenderness, and longing for homeland. The poems juxtapose pastoral and riverine imagery with urban melancholy, giving voice to social hardships, memory, and spiritual resignation. Language relies on folk cadences and musical rhythms while experimenting with concise, fervent stanzaic forms, producing a tone both plaintive and dignified. Occasional prefatory material frames the poet’s life and reception, but the core remains concentrated on mortality, solitude, cultural belonging, and the expressive duties of poetry.

SANTA ESCOLÁSTICA

I

Una tarde de abril, en que la tenue

Llovizna triste humedecía en silencio

De las desiertas calles las baldosas,

Mientras en los espacios resonaban

Las campanas con lentas vibraciones,

Dime á marchar, huyendo de mi sombra.

Bochornoso calor que enerva y rinde,

Si se cierne en la altura la tormenta,

Tornara el aire irrespirable y denso.

Y el alma ansiosa y anhelante el pecho

Á impulsos del instinto iban buscando

Puro aliento en la tierra y en el cielo.

Soplo mortal creyérase que había

Dejado el mundo sin piedad desierto,

Convirtiendo en sepulcro á Compostela.

Que en la santa ciudad, grave y vetusta

No hay rumores que turben importunos

La paz ansiada en la apacible siesta.

II

—¡Cementerio de vivos!...—murmuraba

Yo al cruzar por las plazas silenciosas,

Que otros días de gloria nos recuerdan.

¿Es verdad que hubo aquí nombres famosos,

Guerreros indomables, grandes almas?

¿Dónde hoy tu raza varonil alienta?

La airosa puerta de Fonseca, muda,

Me mostró sus estatuas y columnas

Primorosas, encanto del artista,

Y del gran hospital, la incomparable

Obra del genio, ante mis tristes ojos,

En el espacio dibujóse altiva.

Después la catedral..., palacio místico

De atrevidas románicas arcadas,

Y con su Gloria de bellezas llena.

Me pareció al mirarla que quería

Sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,

De sus torres la mole gigantesca.

Volví entonces el rostro, estremecida,

Hacia donde atrevida se destaca

Del Cebedeo la celeste imagen,

Como el alma del mártir, blanca y bella,

Y vencedora en su caballo airoso,

Que galopando en triunfo rasga el aire.

Y bajo el arco obscuro, en donde eterno

Del oculto torrente el rumor suena,

Me deslicé cual corza fugitiva,

Siempre andando al azar, con aquel paso

Errante del que busca en donde pueda

De sí arrojar el peso de la vida.

Atrás quedaba aquella calle adusta,

Camino de los frailes y los muertos,

Siempre vacía y misteriosa siempre,

Con sus manchas de sombra gigantescas

Y sus claros de luz, que hacen más triste

Su soledad, y que los ojos hieren.

Y en tanto... la llovizna, como todo

Lo manso, terca, sin cesar regaba

Campos y plazas, calles y conventos

Que iluminaba el sol con rayo oblicuo

Á través de los húmedos vapores,

Blanquecinos á veces, otras negros.

III

Ciudad extraña, hermosa y fea á un tiempo,

Á un tiempo apetecida y detestada,

Cual ser que nos atrae y nos desdeña,

Algo hay en ti que apaga el entusiasmo,

Y del mundo feliz de los ensueños

Á la aridez de la verdad nos lleva.

¡De la verdad!... ¡Del asesino honrado

Que impasible nos mata y nos entierra!

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

¡Y yo quería morir! La sin entrañas,

Sin conmoverse, me mostrara el negro

Y oculto abismo que á mis pies abrieran.

Y helándome la sangre, fríamente,

De amor y de esperanza me dejara,

Con sólo un golpe, para siempre huérfana.

«¡La gloria es humo! El cielo está tan alto

Y tan bajos nosotros, que la tierra

Que nos ha dado volverá á absorbernos.

Afanarse y luchar, cuando es el hombre

Mortal ingrato y nula la victoria,

¿Por qué, ya que hay Dios, vence el infierno?»

Así del dolor víctima, el espíritu

Se rebelaba contra cielo y tierra...

Mientras mi pie inseguro caminaba;

Cuando de par en par vi abierto el templo,

De fieles despoblado, y donde apenas

Su resplandor las lámparas lanzaban.

IV

Majestad de los templos, mi alma femenina

Te siente, como siente las maternas dulzuras,

Las inquietudes vagas, las ternuras secretas

Y el temor á lo oculto tras la inmensa altura.

¡Oh, majestad sagrada! En nuestra húmeda tierra

Más grande eres y augusta que en donde el sol ardiente

Inquieta con sus rayos vivísimos las sombras

Que al pie de los altares oran, velan ó duermen.

Bajo las anchas bóvedas, mis pasos silenciosos

Resonaron con eco armonioso y pausado,

Cual resuena en la gruta la gota cristalina

Que lenta se desprende sobre el verdoso charco.

Y aún más que los acentos del órgano y la música

Sagrada, conmovióme aquel silencio místico

Que llenaba el espacio de indefinidas notas,

Tan sólo perceptibles al conturbado espíritu.

Del incienso y la cera, el acusado aroma

Que impregnaba la atmósfera que allí se respiraba,

No sé por qué, de pronto, despertó en mis sentidos

De tiempos más dichosos reminiscencias largas.

Y la mirada inquieta, cual buscando refugio

Para el alma, que sola luchaba entre tinieblas,

Recorrió los altares, esperando que acaso

Algún rayo celeste brillase al fin en ella.

Y... ¡no fué vano empeño ni ilusión engañosa!...

Suave, tibia, pálida la luz rasgó la bruma

Y penetró en el templo, cual entra la alegría

De súbito en el pecho que las penas anublan.

¡Ya yo no estaba sola!... En armonioso grupo,

Como visión soñada, se dibujó en el aire

De un ángel y una santa el contorno divino,

Que en un nimbo envolvía vago el sol de la tarde.

Aquel candor, aquellos delicados perfiles

De celestial belleza, y la inmortal sonrisa

Que hace entreabrir los labios del dulce mensajero

Mientras contempla el rostro de la virgen dormida

En el sueño del éxtasis, y en cuya frente casta

Se transparenta el fuego del amor puro y santo,

Más ardiente y más hondo que todos los amores

Que pudo abrigar nunca el corazón humano;

Aquel grupo que deja absorto el pensamiento,

Que impresiona el espíritu y asombra la mirada,

Me hirió calladamente, como hiere los ojos

Cegados por la noche la blanca luz del alba.

Todo cuanto en mí había de pasión y ternura,

De entusiasmo ferviente y gloriosos empeños,

Ante el sueño admirable que realizó el artista,

Volviendo á tomar vida, resucitó en mi pecho.

Sentí otra vez el fuego que ilumina y que crea

Los secretos anhelos, los amores sin nombre,

Que como al arpa eólica el viento, al alma arrancan

Sus notas más vibrantes, sus más dulces canciones.

Y orando y bendiciendo al que es todo hermosura,

Se dobló mi rodilla, mi frente se inclinó

Ante Él, y conturbada, exclamé de repente:

«¡Hay arte! ¡Hay poesía!... Debe haber cielo; ¡hay Dios!»