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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 104: C.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»Cual el cielo cubrieron en bandada,
Y baten ora las festivas aves
La ala ruidosa, y cantan su llegada;
Tal la flor de los tuyos, tal tus naves
O entran al puerto, ó llegan ya á la entrada
Con vela abierta y céfiros süaves.
Tú sigue en tanto; y por do aquesta via
Conduciéndote va, los pasos guia.»

LXXVIII.

Tal Vénus dice; y vuélvese, y el cuello
Con el matiz le brilla de la rosa;
Y partiéndose en ondas, el cabello
Mana esencia de cielo deliciosa:
Cae la veste á los piés, sublime sello;
Y, andando, ser mostró de véras diosa.
El héroe, al descubrir su madre en ella,
Clamando sigue la fugace huella:

LXXIX.

«¿Y así burlado una vez más me dejas,
¡Oh madre mia! con falaz semblanza,
Tú tambien, tú cruel? ¿Y así te alejas
Sin que hablemos con dulce confianza
Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas
Al aire da, y á la ciudad se avanza;
Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,
Los ciñe en torno de nubloso manto.

LXXX.

Y así los cubre porque nadie pueda
Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,
Ni curioso se cruce en la vereda
Con sus preguntas á tejer demora;
Y por los aires se remonta, y leda
Vuela al templo de Páfos, donde mora,
Do aras ciento en su honor mezclan olores
De arabio incienso ardiente y tiernas flores.

LXXXI.

Ellos con planta intríncanse ligera
Por do advierte la senda, y la colina
Coronan ya, que á la ciudad frontera,
De lleno allá sus cúpulas domina.
Enéas con asombro considera
La fábrica estupenda y peregrina
Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,
Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.

LXXXII.

No descansan los Tirios: ó se empleen
En alzar el alcázar y dirijan
El giro á la muralla, y acarreen
Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan
Para casa, y con zanja le rodeen:
Sobre traza soberbia sitio fijan
Propio al legislador, al magistrado,
Y al augusto recinto del Senado.

LXXXIII.

Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;
Quiénes, para un teatro, anchos solados
Extienden, y columnas prodigiosas
Cortan, adorno á escénicos tablados.
Tales, en suma, suelen oficiosas
Ir las abejas por floridos prados
Cuando sacan al sol adultas crias
De estacion bella en los primeros dias;

LXXXIV.

Tales la miel fabrican rica; y llena
Las celdillas al cabo el néctar blando;
Y ya salen de paz, la carga ajena
A recibir ufanas; ya cerrando
En trabado escuadron, de la colmena
Los zánganos alejan, torpe bando:
Con afan vario la labor se enciende,
Y á tomillo vivaz la miel trasciende.

LXXXV.

«¡Qué gran dicha á unos hombres se depara
Que alzarse ven el suspirado muro!»
Dice Enéas á tiempo que repara
En las altas techumbres; y seguro,
Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara
Contino en derredor celaje oscuro,
Entra por la ciudad con paso listo;
Anda entre todos, y de nadie es visto.

LXXXVI.

Antiguo bosque de frescor ameno
Habia en medio á la imperial Cartago:
Lanzados ya los Tirios á su seno
De ondas y vientos por furioso amago,
Hallaron en las capas del terreno
De un corcel la cabeza, don presago
Que allí Juno les puso de victoria,
Prenda de salvacion, señal de gloria.

LXXXVII.

Grata la Reina á auxilios singulares,
Alzaba allí á la Diosa un templo extenso,
Que á la vez ilustraba sus altares
Con favor sacro y con devoto incienso:
Escalonado el atrio entre pilares
Y trabes bronceadas, daba ascenso
A la alta puerta de metal bruñido
Que el quicio oprime, y gira con rüido.

LXXXVIII.

En este bosque el héroe al pecho laso
Halló aliento, á sus penas lenitivo,
Y alta leccion de que en adverso caso
Hay siempre de esperanza algun motivo;
Pues, ya en el templo suntuoso, al paso
Que todo lo registra pensativo,
Y aguardando á la Reina, allá en su mente
Mide el poder de la ciudad naciente;

LXXXIX.

Miéntras nota á un plan mismo convertidas
Manos de artistas y el primor del arte,
Por órden halla en cuadros repartidas
Leyendas de Ilïon, lances de Marte,
Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas,
Ve á Príamo, é igual á cada parte
Aquíles en los rayos de su ira;
Párase aquí, y con lágrimas suspira;

XC.

«¡Acátes! ¿qué region, de nuestra fama
No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena?
Mira á Príamo: aquí la gloria llama
Al que allá injusta adversidad condena:
El sentimiento aquí llantos derrama,
Y aquí se siente en la desgracia ajena!
Animo, pues; nuestro renombre claro
Presta esperanzas de feliz reparo.»

XCI.

Dice, y con mil recuerdos embebece
En la inerte pintura los sentidos,
Y mudo llanto el rostro le humedece;
Que en ella, muro afuera, en lid tejidos,
Ya la troyana juventud parece,
Que á los Griegos acosa despavoridos;
Ya á los Frigios, Aquíles, que bizarro
Con plumaje gentil vuela en su carro.

XCII.

Reconoce con lágrimas, tras eso,
Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,
Que Diomédes taló, vendido Reso
Del primer sueño en el regazo aleve:
Allí el cruel en sanguinario exceso
Huelga; y medroso de que alguno pruebe
Pastos de Troya ó en el Janto beba,
Los caballos indómitos se lleva.

XCIII.

Tróilo en pos viene: juvenil locura
Ha hecho que fuerzas inferiores mida
Con Aquíles: perdida la armadura,
Derribado de espaldas, de la brida
Traba, que al vacuo carro le asegura:
Tiran los potros en veloz corrida;
Arrastra el cuello y cabellera suelta,
Y el polvo fácil marca el asta vuelta.

XCIV.

Más allá al templo de Minerva, en tanto,
Teucras matronas á ofrecerle llegan,
Por vencer su rigor, un regio manto:
El tendido cabello al aire entregan;
Hieren el seno en muestra de quebranto
Las palmas; los humildes ojos ruegan:
Sorda la Diosa á la oracion prolija,
Torvas miradas en el suelo fija.

XCV.

Enéas adelante á Aquíles halla
Volviendo, á trueco de oro, el insepulto
Cadáver que en redor de la muralla
Tres veces arrastró con fiero insulto:
Hondo gemido de su pecho estalla
El muerto amigo viendo allí de bulto,
Y el carro vencedor y los despojos,
E inerme suplicando el Rey de hinojos.

XCVI.

Él mismo en noble puesto allá campea
Par del negro Memnon, que con su banda
De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea
Las huestes amazónicas comanda
De corvo escudo: el cíngulo rodea
Aureo so el pecho descubierto; y anda
Furiosa entre los gruesos escuadrones,
Y hembra y todo, armas hace con varones.

XCVII.

Miéntras con viva admiracion encuentra
Tales cuadros el héroe, y cada asunto
Le detiene, y la vista reconcentra
Luégo y la admiracion toda en un punto;
Dido, la hermosa Dido al templo entra,
La cual doquiera penetrando, junto
Con damas de copiosa comitiva,
La labor colosal risueña activa.

XCVIII.

Tal del Eurótas por la vega umbría
Ó ya del Cinto por el halda amena,
Gentil Dïana leves coros guia
Y la aljaba pendiente al hombro suena.
Ninfas en torno agrúpanse á porfía,
Y á todas ella en majestad serena
Se aventaja al andar: delicia vaga
El seno de Latona oculta halaga.

XCIX.

Ya á las puertas la Reina se presenta
De do la Diosa estableció morada,
Y en el trono magnífico se asienta
Que el ámbito promedia de la arcada:
Rodéanla sus guardias: ella, atenta,
En dar la ley y hacer la paz se agrada;
Y ya á cada uno igual la carga mide,
Ya, echando suertes, la labor divide.

C.

Mas entre inmensa multitud, que en esto
Ansiosa al paso acude, al templo santo
Ha columbrado Enéas que Sergesto
Y Anteo viene, con el gran Cloanto,
Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto
Lanzó á playas distintas. Con espanto
Entremezclado de alborozo vivo,
Ven los dos del embozo el fausto arribo.

CI.

Y aunque las manos estrechar anhelan,
Mas lo raro del caso los detiene,
Y en la cóncava nube se cautelan,
Do á los que llegan atender conviene,
Que dó surgieron digan, ó qué apelan,
Pues embajada forman en que viene
De cada nave un noble personaje,
Y audiencia al paso claman y hospedaje.

CII.

Como entraron, y el real asentimiento
Logrado hubieron de que alguno hable,
«¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento
Ilioneo, entre todos venerable:
«Tú, á quien fundar concede ilustre asiento
Jove, y justa regir gente intratable,
Hijos de Troya ves, ya há largos años
Agitados en piélagos extraños.

CIII.

»Hoy de incendio amenaza gente osada
Nuestros bajeles: tu poder lo impida!
De un pueblo religioso te apïada
Que con su historia tu amistad convida!
No á hacer riza venimos por la espada
En comarca á tu imperio sometida,
No á la costa á volver con rica presa;
Ni es de vencidos tan soberbia empresa.

CIV.

»Hay de antiguo un país, con apellido
De Hesperia por los Griegos señalado,
Pueblo en trances de guerra asaz temido,
Tierra asaz grata á la labor de arado:
Fué primero de Enotrios poseido;
Y hora Italia se nombra, por dictado
De famoso caudillo procedente,
Si ya constante tradicion no miente.

CV.

»Bogaban para allá nuestros navíos
Cuando Orïon, que cóleras desata,
Surge infausto del mar, y entre bajíos
Con subitáneo golpe nos maltrata;
Y servido á placar de austros impíos,
Entre espuma y fragor nos arrebata
Por todo el mar. Muy pocos, cuasi á nado
Habemos á tus costas arribado.

CVI.

»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?
¿No rige ley que su barbarie elida?
Que áun no bien nos divisa, á lid dispuesta,
Conjúrase á estorbarnos la acogida
Que á náufrago infeliz la arena presta.
Oh! si á hombre no temeis que cuenta os pida,
Que hay Dioses recordad que nunca mueren,
Y premian la virtud y al crímen hieren!

CVII.

»Rey nuestro fué, de príncipes modelo,
Enéas, que otro igual no vió la tierra,
Quier en la paz por su piadoso celo,
Quier por su brazo poderoso en guerra.
Que si áun aura vital le otorga el Cielo,
Si hado adusto en tinieblas no le encierra,
Acabóse el temor, y á ti en agrado
Vendrá, fio, el favor anticipado.

CVIII.

»Mas oye: en la poblada, en la guerrera
Comarca siciliana poseemos
De Acéstes el favor, que en ella impera.
Y troyana es su sangre. Que arrimemos
Nuestros restos, consiente, á la ribera,
Y en tus bosques cortar tablaje y remos,
Y á Italia iremos, nuestro Rey al frente,
Si salva el hado vuelve nuestra gente.

CIX.

»Mas si ya feneció nuestra ventura;
Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos!
Te dan líbicas olas sepultura,
Ni á Ascanio logran nuestros votos vanos;
Buscaremos siquier mansion segura
Navegando á los términos sicanos,
De do ya nuestra flota el vuelo alzara,
Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»

CX.

Dice, y todos barbotan de consuno
Oscura frase que el asenso explica;
Y con modestia y dignidad en uno
La culta Reina al orador replica:
«¡Troyanos! desterrad el que importuno
Vago recelo el alma os mortifica:
Mis fronteras guardar por fuerza debo;
Dura es mi situacion, y el reino es nuevo.

CXI.

»Mas ¿quién no sabe á Troya y sus varones?
No de tantas virtudes el tesoro,
Los nombres de tan nobles campeones,
Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:
No solemos los Penos corazones
Tan incultos llevar; ni al carro de oro
Sus caballos el Sol tan léjos ata
De una ciudad que vuestra gloria acata.

CXII.

»Quier vuestro anhelo la region prefiera
De Hesperia, y campos que Saturno escuda;
Quier la de Érice os llame lisonjera,
A do el favor de Acéstes os acuda;
Doquiera ir presumais, ireis doquiera
Seguros con mi amparo y con mi ayuda.
¿O hacer mansion conmigo os acomoda?
Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.

CXIII.

»Meted la flota: un mismo tratamiento
Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro.
Y ¡oh si arribase con el propio viento
El héroe que nombró vuestro suspiro!
Pues yo daré á emisarios mandamiento
Que exploren la comarca en largo giro,
Por si, náufrago Enéas, mueve acaso,
Ó en selva ó en poblado, incierto el paso.»

CXIV.

De la arenga tocados, rato habia
Los de la nube ansiaban salir fuera;
Y, á Enéas vuelto, Acátes le decia:
«Falta el que hundirse viste en la onda fiera;
Cúmplese en lo demas la profecía,
Hijo de Vénus, que tu madre hiciera:
¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora
La opaca nube en la aura brilladora.

CXV.

Y el héroe apareció, de luz cercado,
A un Dios en aire y en miembros semejante;
Pues le habia su madre aderezado
La copia de cabellos arrogante;
Bañó sus ojos de inefable agrado,
Y dió luz rósea al juvenil semblante,
Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario
Ó argento engasta en oro el lapidario.

CXVI.

«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»
Dice; y á Dido se convierte luégo:
«Tú, sensible mujer, dichosa seas,
Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego;
Que reino y casa á náufragos franqueas,
De la espada reliquias y del fuego,
Juguetes de la mar, de la fortuna,
Ya sin arrimo ni esperanza alguna!

CXVII.

»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía
Corresponder nosotros mal podremos,
Ni cuantos restos de la patria mia
Errantes van del orbe en los extremos.
Mas si hay Dioses que ven con simpatía
La virtud; si áun justicia conocemos;
Si el tribunal de la conciencia es algo,
El Cielo premiará tu porte hidalgo!

CXVIII.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera
Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!
Miéntras amen del monte la ladera
Las sombras; miéntras corran bramadores
Los rios á la mar; miéntras la esfera
Alimente sus trémulos fulgores,
Durará tu alabanza y tu memoria:
Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»

CXIX.

Dice; y adelantándose del puesto
Las manos da regocijado: en tanto
Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto,
Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto,
Y á todos á la vez. Dido de presto
Enmudeció de admiracion y encanto:
Al presentarse el héroe, con su brillo;
Luégo, al abrir los labios, con oillo.

CXX.

Recobrada, expresó razones tales:
«¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa
Al traves de contrarios temporales?
¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,
Á estas playas te impele inhospitales?
¿No eres tú á quien de Anquíses Cipria hermosa,
Del frigio Símois en el valle ameno,
Concibió grata en su amoroso seno?

CXXI.

»Recuerdo á Teucro, que en Sidon venido,
Trocaba con destierro el patrio clima,
Ya de mi padre Belo protegido,
Que imperaba triunfante en Chipre opima.
Troya y Grecia de entónces en mi oido
Sonaron con tu nombre. En alta estima
El tenía á los tuyos, si contrario,
Y áun de Troya alabóse originario.

CXXII.

»¡Mas venid luégo á mi real morada,
Mancebos! Cual vosotros combatida
De ruda suerte y vária, al fin cansada,
Donde agora os la doy, logré acogida
De mis propias desgracias enseñada
Miro por los que sufren condolida.»
Dice; y honrando á la Piedad divina,
Con el héroe á palacio se encamina.

CXXIII.

Y próvido tendiendo el pensamiento
Á los que quedan en la playa, envía
Veinte toros allá, por bastimento,
Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria,
Y cien ovejas y corderos ciento;
Y el dón de alegre Dios, por granjería;
En tanto que el palacio se adereza
Con vario alarde de imperial riqueza.

CXXIV.

Ya en el seno interior del edificio
Previénese el opíparo convite:
Lucen vestes, do el clásico artificio
Con la soberbia púrpura compite;
Brilla de plata sólido servicio,
Y copas de oro, do el buril repite
Desde era inmemorial las patrias glorias,
Y los Reyes en serie, y sus historias.

CXXV.

En este medio Enéas (no tolera
Amor, pecho de padre sosegado)
A Acátes manda que en veloz carrera
Lleve á Ascanio el obsequio, y á su lado
Venga Ascanio;—que Ascanio cobra entera
La ternura del padre y su cuidado,—
Y traiga cuanta rica prenda y joya
A los escombros se arrancó de Troya.

CXXVI.

Acuérdale la veste de oro llena,
Con sólidas figuras y labores,
Y el rico velo de la argiva Elena
Que de amarillo acanto esmaltan flores;
El mesmo que ella, de rubor ajena,
Volando en pos de ilícitos amores,
Dón de Leda su madre peregrino,
Trujo de Grecia cuando á Troya vino.

CXXVII.

Reliquias con que á par venir dispone
El noble cetro que regir solia,
Hija mayor de Príamo, Ilione,
Y el collar de menuda pedrería,
Y el diadema do el oro se compone
Con finas perlas en igual porfía.
Acátes, que cumplir el cargo anhela,
Camino de las naves corre, vuela.

CXXVIII.

Nuevas trazas en tanto Citerea,
Nueva industria medita: que Cupido
Tome de Ascanio la figura, idea,
Y que, atenta al obsequio, obsequie á Dido;
Con que tocada de un incendio sea
Que el corazon le invada inadvertido;
Ca ese mixto hospedaje bajo un techo
Teme, y dos amistades en un pecho.

CXXIX.

Y, á su idea presente sin desvío
Juno cruel que la robara el sueño,
«Tú á quien debo mi fuerza y señorío,»
Dice, humilde apelando á Amor risueño:
«Tú, el único que ves, dulce hijo mio,
Libre y seguro de mi Padre el ceño
Que de Titanes quebrantó el arrojo!
Merced vengo á pedir, y á tí me acojo.

CXXX.

»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;
Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,
De todo viento en todo mar barrido;
Que áun de él conmigo hermano te doliste:
Huésped agora la sidonia Dido
Con regio halago liberal le asiste;
Mas temo que á inclinarse en contra empiece
Hospedaje que á Juno á par se ofrece.

CXXXI.

»Que no su odiosidad terná arrendada
En tan ardua ocasion. Y así primero
Poner de Dido al corazon celada
Y de mi llama rodealle quiero;
Porque otra inspiracion no la disuada,
Y, con afecto al cabo verdadero
Asida á Enéas, de mi lado quede:
Oye cuál finjo que lograrse puede.

CXXXII.

«El infante real la voz de Enéas
Va á seguir, y de Acátes las pisadas,
A Cartago llevando las preseas
De Troya, al fuego y á la mar ganadas.
Porque él nada presuma, y de él no seas
Turbado de la Reina en las moradas,
A Citera ó á Idalia llevaréle,
Do sacra oscuridad su sueño cele.

CXXXIII.

»Toma esta noche su figura, y lazo,
Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido:
Que ella habrá de acogerte en su regazo
Gozosa entre los bríndis y el rüido;
Y tú á vueltas podrás del blando abrazo,
En la miel de sus ósculos, Cupido,
Depositar la punta que á su seno
Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXIV.

Manso á la tierna madre Amor da oidos,
Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala;
Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos
Con plácido sopor vence y regala;
Y abrigado en su seno, á los erguidos
Idalios bosques llévale, do exhala
Su aroma, y con sus sombras le guarece
El blando almoraduj que allí florece.

CXXXV.

En tanto de Cartago en seguimiento,
Obediente de Vénus al mandado,
Cupido va con dones opulento,
Con el favor de Acátes bien hallado.
Cuando llegado hubieron, fué el momento
En que en el centro de grandioso estrado
Dido en cojines recamados de oro
Se reclinaba con gentil decoro.

CXXXVI.

Enéas, que tras ella se avecina,
Entra, y con él la juventud troyana,
Que en órden se desparte, y se reclina
En muelles lechos de soberbia grana.
Agua da para manos cristalina
La servidumbre, y de suave lana
Toallas brinda, y de la rubia Dea
El dón en canastillos acarrea.

CXXXVII.

Cincuenta esclavas dentro, los manjares,
Puestas en fila, en sazonar se emplean,
Y con incienso en propiciar los Lares;
Copas ministran, viandas acarrean
Otras cien, y en la edad cien mozos pares.
Entran, llamados, Tirios que pasean
Densos en los alegres corredores,
Y los lechos ocupan de colores.

CXXXVIII.

Admiran de los dones la hermosura,
Admiran al garzon, su faz que brilla,
Y de su falsa labia la dulzura;
Ven la áurea veste, el oro que amarilla
La flor de acanto con primor figura:
Mas Dido en especial se maravilla,
Y de gozar no acaba;—ella, ¡ay! no sueña
Que á un abismo, gozando, se despeña!

CXXXIX.

Y en el niño y los dones se recrea,
Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.
¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea
Del héroe, que en su error hijo le llama;
Mas luégo que feliz le lisonjea,
Déjale en paz, y con su activa llama
Va á Dido, que en su error, niño inocente
Jovial le invita con risueña frente.

CXL.

¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda,
¡Y es un gran Dios lo que en su seno anida!
De la Reina en el seno, lo que manda
La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:
De Siqueo la imágen veneranda
Sin sentir borra, y sin sentir convida
Con nuevo halago á nueva lid á un alma
Que retirada há tiempo vive en calma.

CXLI.

Hubo el primer banquete terminado,
Y la mesa se sirve de licores,
Y festejan el vino regalado
Los hondos vasos adornando en flores.
Cien arañas del áureo artesonado
Penden: crecen sonando los clamores;
Y las hachas con luces triunfadoras
Quitan el campo á las nocturnas horas.

CXLII.

En este instante la sidonia Dido
La copa demandó que usar solia
Belo, y que en órden desde allá traido
Cada progenitor usado habia:
Copa del oro sustentada, unido
Con finas piedras en igual porfía;
Y de vino la llena, y al momento
Calla el concurso á su palabra atento:

CXLIII.

«¡Júpiter! si ya diste á los humanos
De la hospitalidad el sacro fuero,
Haz este dia á Tirios y á Troyanos
Grato por siempre y de felice agüero!
Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos:
Benigna Juno y Baco placentero
Lo honren presentes; y en gozoso grito,
Tirios, á saludarlo ahora os invito.»

CXLIV.

Dice; y sobre la mesa el néctar liba
Que generoso desbordaba, y luégo
La taza al labio toca fugitiva:
La alarga á Bícias con señal de ruego;
Toma, empínala él con ánsia viva,
Y el espumoso vino agota ciego:
Alzan todos los próceres sus copas,
Y el canto empieza del crinado Yópas.

CXLV.