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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 253: C.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»Por las ya francas puertas á oleadas
»Cuantos vinieron de la gran Micénas
»Tantos que entran parece: están tomadas
»Las avenidas: de reposo ajenas
»Amenazan fulgentes sus espadas:
»La primer guarnicion ensaya apénas
»Al tropel oponerse que la embiste,
»Y en ciega riña desigual resiste.»

LXVI.

»Ardo á su voz: el corazon me inflama
No sé cuál Dios ó aliento sobrehumano:
Do la ira impele, do el rumor me llama
Corro el hierro á arrostrar y el fuego insano.
Á la luz vaporosa que derrama
La blanca luna, de Ífito el anciano,
De Hípanis, de Dímas y Rifeo,
Que se me allegan, los semblantes veo.

LXVII.

»Corebo, el hijo de Migdon, partido
Tomó tambien, y se nos puso al lado:
Estaba en Ilïon recien venido,
Con pasion de Casandra enamorado;
Y de Príamo yerno prometido,
Su espada nos brindó como alïado.
¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera
Si á la inspirada profetisa oyera!

LXVIII.

»Yo así á todos les dije en el momento
Que en órden los vi puestos de pelea:
«¡Mancebos de alma grande, que de aliento
»Heroico, pero estéril, se rodea!
»Si seguir pretendeis mi osado intento,
»Igualad el peligro con la idea:
»Los Dioses que este reino custodiaran
»Hoy altares y templos desamparan.

LXIX.

»Á una ciudad, oh pechos denodados,
»Acorreis que en pavesas se convierte:
»La muerte, pues, busquemos, y arrojados
»Entre enemigos, generosa muerte;
»¡Quien con el cielo lucha y con los hados
»Sólo desnudo de esperanza es fuerte!»
Así exaltado les hablé, y mi acento
Su denuedo redobla y su ardimiento.

LXX.

»Cual del hambre al furor lobos rapaces,
Miéntras que los cachorros por su vuelta
Anhelan, seca la garganta, audaces
Corren en sombras la campaña envuelta;
Por medio de los hierros y las haces
Enemigas así la planta suelta,
De la muerte lanzados al encuentro
Tocamos ya de la ciudad al centro.

LXXI.

»La noche miéntras con su negro manto
Nos cobijaba. ¡Oh noche de tormentos!
¿Quién podrá darte el merecido llanto
Ó el número decir de tus lamentos?
¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto
Coronada, flaquea en sus cimientos!
Por calles, plazas, templos invadidos,
Cadáveres se ven yacer tendidos.

LXXII.

»Mas no toda la sangre que se vierte
Sangre es troyana. Amenazante aviva
Tal vez el ántes abatido; inerte
El vencedor en tanto se derriba.
Igual á entrambas partes la ímpia suerte
Terror, desolacion sembrando iba
Por acá y por allá: la muerte toma
Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXXIII.

»Al paso Andrógeo nos salió el primero
Con gente mucha entre la sombra espesa,
Y creyéndonos suyos, delantero,
«Amigos,» dice, «¿qué indolencia es ésa?
»¡Apresurad! Cuando Ilïon entero
»Es ya ceniza y dividida presa
»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,
»¿Vos apénas dejais las altas popas?»

LXXIV.

»Haber caido entre enemiga gente
Nuestra respuesta adviértele indecisa,
Y cortando el discurso de repente,
Arredra el pié con azorada prisa;
Bien cual trémulo salta el que serpiente
Inesperada entre malezas pisa,
Que se le vuelve enfurecida de ello
Y enhiesta ensancha el azulino cuello.

LXXV.

»Andrógeo así despavorido huia;
Y á su tropa nosotros con denuedo
Cargámos, que el lugar desconocia,
Y á más temblaba en vergonzoso miedo:
Cargámosla, y en ellos á porfía
Matar pudimos. Animoso y ledo
Al aura de fortuna lisonjera,
Corebo razonó de esta manera:

LXXVI.

«Bien la fortuna apunta, amigos; ¡ea!
»El camino sigamos que señala:
»Con los Griegos cambiemos de librea;
»En mal del enemigo, ¿quién no iguala
»Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea!»
Dice, y ciñe el estoque argivo, y cala
El almete de Andrógeo penachudo,
Y ornado de blason prende el escudo.

LXXVII.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan
Dímas al punto y los demas presentes:
Todos en armaduras propias mudan
Los trofeos magníficos recientes.
Así ajenos auspicios nos escudan
Y oscuro el aire: á su favor frecuentes
Choques de paso aventurando á tiento,
Despeñámos al Orco almas sin cuento.

LXXVIII.

»Cuáles en tanto, de peligro ajenos,
Merced de presta fuga, en la ribera
Se acogen á las naves: cuáles llenos
De vil temor, del monstruo de madera
En los profundos conocidos senos
Trepan á guarecerse. Mas ¿qué espera
El mortal infeliz, ó en qué confía,
Si al brazo de los Dioses desafía?

LXXIX.

»Hé aquí entre ásperas puntas, falleciente,
Casandra, hija de Príamo, iba envuelta:
Del sagrario de Pálas por furente
Ciego invasor arrebatada: suelta
La cabellera; al cielo vanamente
Con vivísimo ardor los ojos vuelta ...
¡Los ojos, ay, que las hermosas manos
Con cadena oprimieron los villanos!

LXXX.

»No tal sufrió Corebo arrebatado,
Y entre el tumulto, de morir sediento,
Precipitóse: en escuadron cerrado
Seguimos los demas su movimiento.
Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado
Del templo, observan en fatal momento
Nuestro arreo y crestones, y en su engaño
Presto nos hacen lastimoso daño.

LXXXI.

»Como vientos alígeros que en roto
Torbellino se encuentran frente á frente,
Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto,
—Euro, que en sus bridones del Oriente
Va ufano;—y gime estremecido el soto,
Y, de espumas cubierto el gran tridente,
Nereo en su furor no da reposo,
Y mueve desde el fondo el mar undoso:

LXXXII.

»Así brama, con fiera arremetida
Correspondiendo á nuestro audaz embate
Caterva que á vengar salta ofendida
De la doncella el súbito rescate:
Ayax violento, y uno y otro Atrida,
Y los Dólopes todos. En combate
Entran tambien los que esparcido habia
Por la oscura ciudad nuestra artería.

LXXXIII.

»Tornan éstos á hallarnos cara á cara,
Y el habla que nos oyen diferente
El disfraz de las armas les declara.
Al número sucumbe, en fin, mi gente.
Peneleo á Corebo al pié del ara
Inmoló de la Diosa armipotente;
¡Ay! de los suyos recibiendo heridas
Rinden Dímas é Hípanis las vidas.

LXXXIV.

»Ni tu piedad ni el apolíneo velo
Te hurtaron, Panto, á la enemiga hueste;
Y el justo, el santo del troyano suelo,
Rifeo, cae, sin que amparo preste
A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.
Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste
Mal herido de Ulíses, tardo el paso;
Esotro por la edad de fuerza escaso.

LXXXV.

»Con ellos en forzosa retirada
Abandoné la desigual porfía.
¡Oh pira extrema de mi Patria amada,
Sacras cenizas de la gente mia!
Testigos sed que en la infeliz jornada
Tanto arrostré cuanto arrostrar debia,
Y, á consentirlo el fallo de la suerte,
Ganara por mi mano honrosa muerte.

LXXXVI.

»Torcemos al estruendo sin tardanza
Al palacio del Rey, do tan horrenda
Refriega hallamos, cual si aquella estanza
Fuese el único campo á la contienda;
¡Tal era el brío y la marcial pujanza!
¡Así en masa á los Griegos estupenda
Precipitarse vemos, y la entrada
Asediar bajo densa empavesada!

LXXXVII.

»De un lado y otro el edificio ascienden.
Por pilares y escalas; con los brazos,
El escudo al izquierdo, se defienden
De pedradas sin cuento y saetazos;
Suelto el derecho, en el remate prenden
Del edificio altísimo. En pedazos
En tanto los troyanos campeones
Las techumbres derruecan y bastiones.

LXXXVIII.

»De tales armas su defensa fian,
Áureas trabes lanzando en su despecho
Que de antiguos monarcas dado habian
Noble decoro al admirado techo.
Otros abajo á resguardar se alían
Las puertas, y tras ellas en estrecho
Grupo, puñal en mano, se aglomeran,
Y apercibidos la avenida esperan.

LXXXIX.

»Al palacio escalado se convierte
Mi atencion toda: diligente acudo
A esforzar á quienquier se desconcierte
Y alientos dar contra el asalto crudo.
Un portillo hubo atras, que á buena suerte
Al ciego sitiador hurtarse pudo;
Tras él los tramos del palacio unia
Tránsito oscuro, oculta galería.

XC.

»Por allí sola Andrómaca en su duelo,
Cuando áun cetro empuñaba el Rey anciano,
Ir solia á sus suegros, y al abuelo
Llevaba el hijo tierno de la mano.
A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;
Calo el postigo, y la eminencia gano,
Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan
Cuanto á la mano ven, cuanto destechan.

XCI.

»Á plomo allí con la pared se erguia
Excelsa torre en la region del viento,
Que toda la ciudad mandaba un dia
Y la enemiga armada y campamento.
Por do fácil de herir aparecia
Batímosla en redor: del alto asiento
Al combinado impulso desprendida,
Cede, y precipitamos su caida.

XCII.

»Ella rodando con fragoso estruendo
En fragmentos veloz se despedaza,
Y abajo ámplio escuadron tapa cayendo,
Que otro, cual ola súbita, reemplaza.
Sigue sin tregua el combatir tremendo:
Ya ante el mismo vestíbulo amenaza
Pirro animoso, en el umbral primero,
Con metálica luz radiante y fiero;

XCIII.

»Cual dragon que aterido, soterrado,
De venenosas hierbas se sustenta,
Mas de nuevo arreándose, en el prado
Sale á campar cuando el calor le alienta:
Voluble el lomo en roscas arrollado
Miles colores con la luz ostenta;
Al sol mirando, el cuello al aire libra,
Y la trisulca lengua hórrido vibra.

XCIV.

»Automedonte, que de Aquíles fuera
Auriga, ora escudero, y Perifante
Corpulento acomete, y la guerrera
Esciria juventud, y á un mismo instante
Llama arrojan que al aire va ligera:
Pirro, hacha en mano, abócase adelante,
Quiciales estremece, vigas raja,
Y las ferradas puertas desencaja.

XCV.

»Las trabes á su empuje crujen, ruedan;
Enorme boqueron dan los tablones,
Ni cosa abrigan que ocultarle puedan
Dentro los vastos atrios y salones:
De los antiguos soberanos quedan
Francas y descubiertas las mansiones,
Y afuera comparecen los soldados
Que las puertas guardaban atropados.

XCVI.

»¡Oh cuánta turbacion adentro! ¡oh cuánto
Terror! Los huecos artesones llena
Femenil alarido, ronco planto,
Grita confusa y vária al cielo suena.
Cruzan matronas con afan y espanto
Las anchas salas que el rumor atruena,
Y las colunas á abrazar se arrojan,
Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCVII.

»Mas Pirro igual al padre se adelanta.
¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante
Hierro esgrimido con braveza tanta?
Postes ni cerraduras son bastante;
Ferrada maza á golpes los quebranta.
Plaza abre á fuerza: á quien le va delante
Atierra, y su cohorte furibunda
A la redonda el edificio inunda.

XCVIII.

»Así de altiva cumbre se desata
De pronto hinchado un espumoso rio,
Y oleadas horrísonas dilata
Hundiendo el malecon, creciendo en brío;
Y establos y ganados arrebata
Impetüoso. Yo, yo vi al impío
Cebarse airado en el estrago horrendo;
Vi á los Atridas el umbral cubriendo.

XCIX.

»Vi á Hécuba y sus hijas, sus amores
Vi á Príamo, del ara en el sagrado,
El fuego que adoraron sus mayores
Matar en sangre suya mal su grado;
Vi los cincuenta lechos, que de flores
Habia la esperanza engalanado
En pro del trono, y las soberbias puertas
De oro y rico botin rodar cubiertas.

C.

»Griegos el campo ocupan que áun da el fuego.
—Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,
De Príamo saber. Príamo, luégo
Que de las puertas oye el estallido,
Y encima siente al desbordado Griego,
Ciñe al endeble cuerpo envejecido
Inútil hierro y olvidada malla,
Y aguija á perecer en la batalla.

CI.

»Al raso en medio del palacio habia
Ancho altar, y por cima un lauro anciano
Asombrando á los Lares, descogia
Denso follaje de verdor lozano.
Hécuba en la marmórea gradería
Con sus hijas los Dioses ciñe en vano,
Bien cual palomas que en bandada avienta
El repentino són de la tormenta.

CII.

»Como á recursos el Monarca apele
Ya ajenos á su edad, «¿Qué desvarío,»
Hécuba clama, «á perdicion te impele?
»Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío
»Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele
»Hará en el caso extremo? Esposo mio,
»Vén: este altar refugio á todos sea,
»O á todos juntos sucumbir nos vea.»

CIII.

»Dice; á su lado le reduce, y puesto
Sobre las losas á ocupar le obliga.
Desacordado y jadeante, en ésto,
Polítes, de ellos hijo, á quien hostiga
Pirro desaforado, el pié, tan presto
Como lo sufre su mortal fatiga,
Por los vacíos atrios acelera,
Y señala con sangre su carrera.

CIV.

»Ya con la pica por detras le toca,
Ya entre las manos el cruel le mira,
Cuando en faz de sus padres desemboca,
Y dando en tierra ensangrentado espira.
El venerable viejo, á quien provoca
El duro lance á generosa ira,
No en lo sumo del riesgo el labio sella,
Mas respetos y amagos atropella:

CV.

«Si justo el cielo de los hombres cura
»Darános,» dice, «por tamaña ofensa,
»A mí venganza á colmo; larga y dura
»A tí la merecida recompensa!
»Poner te place al padre en angostura
»De ver caido al hijo sin defensa,
»Y no acatando encanecidas sienes
»A darle en rostro con su sangre vienes.

CVI.

»Calla de hijo de Aquíles el dictado,
»Que le desmiente tu cobarde encono:
ȃl supo dar la mano al que postrado
»Miró á sus piés en mísero abandono;
»Tornóme el hijo muerto, que enterrado
»Fuese en fúnebre pompa, y á mi trono
»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo
»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo

CVII.

»Que rebotado al punto con sonido
Ronco, al tocar el defendido acero,
Quedó en el centro del broquel prendido.
Pirro repuso con sarcasmo fiero:
«¡Sí, vé á mi padre, y que su ejemplo olvide
»Díle; que de su sangre degenero;
»Que oprobio eterno de mi porte espere;
»Eso y más dile; y por ahora muere!»

CVIII.

»Y diciendo y haciendo, el inhumano
Al mismo altar impávido arrastraba
Al noble Rey, que, trémulo de anciano,
En la sangre del hijo resbalaba:
Le ase del pelo con la izquierda mano,
Y con la diestra á su placer le clava
Hasta el pomo la daga en el costado,
Fúlgida en alto habiéndola vibrado.

CIX.

»Tal rodó su corona refulgente;
Tal vino á ver su antigua fortaleza
Humo y polvo tornarse de repente,
Aquél que al esplendor de su grandeza
Miró á cien pueblos inclinar la frente!
Su cuerpo, tronco informe, la cabeza
Cercenada por bárbara cuchilla,
Yace sin nombre en solitaria orilla.

CX.

»Horror profundo allí por vez primera
Sobrecogióme, viendo la agonía
Penosa de mi Rey, y la manera
Como el postrero anhélito rendia.
Mi padre, que cuanto él anciano era,
Delante me fingió la fantasía:
La dulce esposa, el hijo tierno, á rudo
Ultraje abandonados sin escudo.

CXI.

»Por ver con quiénes cuento, en torno paso
Las miradas; á nadie ya diviso:
Dieron unos al fuego el cuerpo laso,
Arrojáronse otros de alto piso.
Así todo oteándolo de paso,
Al claror de las llamas, de improviso
Observo un bulto en el umbral de Vesta;—
Erase Elena en lo escondido puesta.

CXII.

»Esa ahora á las aras acogida,
Furia que al mundo le nació ominosa,
De Troyanos y Griegos maldecida,
De Griegos y Troyanos temerosa,
Salvar tentaba la infelice vida
Huéspeda ingrata, amancillada esposa;
Matar pensé la infame advenediza
Por vengar de la Patria la ceniza:

CXIII.

»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada
»Rastrándose en oscuros escondrijos?
»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada
»Reina ella entre marciales regocijos,
»De troyanos esclavos acatada
»Tornando á ver esposo, padres, hijos?
»¿Y Troya en bravas llamas consumida?
»¿Y triunfante el acero regicida?

CXIV.

»¿Y para esto tornada ardiente lago
»Tantas veces la playa en sangre nuestra?
»¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago
»De varonil valor gloriosa muestra,
»Dar á tal monstruo el merecido pago
»Hazaña es justa y digna de mi diestra:
»No ya sedienta al envainar mi espada,
»Más de una sombra dejaré vengada!»

CXV.

»Rugia yo con voz tempestüosa
Cuando espléndida toda de hermosura,
Me apareció mi madre bondadosa
Radiante entre la sombra de luz pura,
Con el encanto y majestad de Diosa
Con que se muestra en la celeste altura;
Súbito el vengador brazo me toca,
Y abre entre aromas la purpúrea boca:

CXVI.

«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide:
»Tu pecho hirviente su ímpetu reporte!
»Dí, ¿será justo que el rencor te olvide
»De la familia nuestra, y no te importe
»Saber si el genitor, á quien impide
»Vejez cansada, el hijo, la consorte
»Vivos están? ¿No ves que los circunda
»La multitud que la ciudad inunda?

CXVII.

»Por mí, el hierro su sangre no devora;
»Por mí, el fuego sus huesos no calcina.
»¿Y á qué la faz baldonas seductora
»De esa Lacedemonia que abomina
»Tu corazon? Y á Páris á deshora
»¿Por qué oprobias? No tiene la rüina
»De Troya la opulenta humano orígen:
»Airados Dioses son quienes la afligen.

CXVIII.

»Es fuerza superior la que derriba
»Sus altos techos. Si cejar te duele,
»Yo esa que lenta en derredor te priva
»De luz, haré que de tus ojos vuele,
»Húmida, opaca niebla, y la cautiva
»Vista dilates. Quién, verás, demuele
»Aquestos muros, y al materno aviso
»La frente inclinarás grato y sumiso.

CXIX.

»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea,
»Y en pié no hay mole ya ni canto alguno,
»La ciudad en su asiento bambalea
»A golpes del tridente que Neptuno
»Sacude. Acá sobre la puerta Escea
»Ante todos sañuda avanza Juno,
»Y audaz, cubierta de acerada escama,
»La amiga tropa de las naves llama.

CXX.

»Torna, torna á mirar: Pálas cruenta
»Ya los altos alcázares domina.
»Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta
»La terrible cabeza serpentina.
»A los Dánaos el Padre mismo alienta,
»El Padre universal, y en la divina
»Legion contra tu Patria iras enciende.
»Tu el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

CXXI.

»Nada temas: tu planta irá segura
»De la paterna casa á los umbrales;
»¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura
Encubrióse, al decir palabras tales.
Entónces la terrífica figura
Vi de adversas deidades colosales;
La hoguera vi donde Ilïon se abrasa;
Y Troya conmovida por su basa,

CXXII.

»Cual viejo fresno que la ufana frente
Señorease sobre el monte enántes,
Y hora en redor la campesina gente
Le diese al tronco hachazos incesantes;
Que la alta copa temerosamente
Estremece á los golpes resonantes,
Y amenaza, y restalla, y de la cumbre
Desploma con fragor su pesadumbre.

CXXIII.

»Desciendo, en fin; mis piés mi madre guia;
Campo las armas dan, receja el fuego.
Mas no bien de la antigua casa mia
Á los umbrales anhelante llego,
Mi padre, ¡ay! el primero á quien queria
Fuera llevarme, niégase á mi ruego
Pues sobre tantas ruinas apellida
Vil el destierro y mísera la vida:

CXXIV.

«¡Huid los que en lozana primavera
»Corazon abrigais esperanzado:
»No así el Cielo mi nido destruyera
»Si fuese mi existencia de su agrado!
»¿Qué aguarda el que la Patria ya á extranjera
»Cadena vió doblarse? demasiado
«Sobrevivo al estrago de los mios;
»¡Oh! ¡dadme el adios último, y partíos!

CXXV.

»Avara del botin, condolecida
»De mi miseria, el fin dará que aguardo
»Alguna mano á mi cansada vida;
»Ni por falta de tumba me acobardo.
»A mi inútil vejez, aborrecida
»De los Dioses, el término retardo
»Desde que plugo al brazo omnipotente
»Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»

CXXVI.

»Mi padre así tendido en tierra dijo;
Y vanamente en lágrimas bañados
Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,
Todos le suplicamos apiñados
No así mal tanto consumase, fijo
En afrontar los inminentes hados;
Mas él, sordo al solícito lamento,
Mantiénese en su puesto y firme intento.

CXXVII.

»Torno á las armas, y el arnes requiero,
Y á morir batallando me preparo;
Ni más alivio á mi dolor espero,
Ni otra salida, ni mejor reparo.
«¡Oh padre mio!» en mi dolor profiero;
«¿Y pudiste idear que en desamparo
»Te abandonase por salvarme? ¿Agravios
»Vierten cual éste paternales labios?

CXXVIII.

»Si es que completa asolacion previene
»A Troya el Cielo en su insaciable enojo,
»Si la medida quieres que se llene
»Con nuestros restos, cumplirás tu antojo
»Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene:
«Pirro con sangre del Monarca rojo,
»De cuyo brazo matador no ampara
»Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.

CXXIX.

»¿Y á ésto sólo me sacas, alma Dea,
»Salvo por medio del adverso bando?
»¿A que testigo en mis hogares sea,
»No ya en la lid, de su rencor infando?
»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea
»Hijo, padre y esposa agonizando?
»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora
»Llama al vencido, amigos, vengadora!

CXXX.

»¡Tornar dejadme á la ardua lid! Mi diestra
»Renovará el conflicto: al fin, vengada
»Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.»
Dije, á la cinta acomodé la espada,
Y el escudo embrazando á la siniestra,
Ya iba á salir, cuando mi esposa amada
Se echa á mis piés en el umbral de hinojos,
Y nuestro dulce hijo alza á mis ojos.

CXXXI.

«Si es morir lo que atentas,» me decia,
«Todos iremos á morir contigo;
»Mas si áun tu brazo de las armas fia,
»Primero es que defiendas este abrigo.
»¡Cómo! tu hijo, tu padre, la que un dia
»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo
»Así vas á entregar?» Tal su desgracia
Gime; el eco en los ámbitos se espacia.

CXXXII.

»Súbita maravilla sorprendente
De todos luégo las miradas llama:
En medio del abrazo y el doliente
Coloquio paternal, brota una llama
De Ascanio en la corona, y por su frente
E ilesos rizos mansa se derrama:
Quién, al verle, el cabello le sacude;
Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.