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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 334: XXV.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»Mas mi padre con plácida alegría
El rostro augusto eleva; ambas las manos
Tiende, y al cielo esta plegaria envía:
«¡Omnipotente Júpiter, si humanos
»Ruegos te mueven á clemencia pia,
»Una mirada compasiva dános!
»Si merecemos proteccion, propicio
»Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.

»Á estas voces en súbita estampida
Tronó á la izquierda; y por el vago cielo
Rápida estrella de esplendor vestida
Hendió á la noche el nebuloso velo:
Llegaba hácia nosotros, cuando al Ida,
Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;
Su luengo sulco blanda luz señala,
Y humo sulfúreo al esconderse exhala.

CXXXV.

»Convéncese mi padre, se levanta,
Da gracias á los Númenes, y adora
La luz divina. «Gobernad mi planta,»
Dice: «no más suscitaré demora.—
»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa
»Reconozco que á Troya cubre ahora:
»¡Mi familia guardad, guardad mi nieto!
»Partamos, hijo; la Deidad respeto.»

CXXXVI.

»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha
Más y más cerca el fuego turbulento
Que con los muros y edificios lucha
Su furor avivando y movimiento.
«Sube en mis hombros, padre: á fe que mucha
»No ha de serles la carga: en todo evento,
»Uno sea el peligro á entrambos; una,
»O piadosa ó adversa, la fortuna.

CXXXVII.

»Ascanio venga de su padre al lado;
»Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida;
»Y todos en los ánimos grabado
»Tened lo que os encargo en esta huida:
»Bien sabeis, servidores, de un collado
»Que está de la ciudad á la salida,
»Do de Céres ruinoso un templo antiguo
»A un vetusto cipres yace contiguo:

CXXXVIII.

»Cipres que nuestros padres reverentes
»Honraron siempre en sus felices dias;—
»Allí nos juntaremos, diligentes
»Sendereando por diversas vias.—
»Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes
»Refriegas salgo; si las manos mias
»Pusiese en ellos, en corriente clara
»No lustradas aún, los profanara.»

CXXXIX.

»Callo; y encima del comun vestido,
Con una piel bermeja leonina
Los anchos hombros encubrirme cuido,
Y al grato peso mi cerviz se inclina.
El tierno Ascanio, de mi mano asido,
Conmigo á paso desigual camina:
Quedóse atras mi esposa: opaca niebla
En torno nuestro los espacios puebla.

CXL.

»Mas yo que en la ciudad momentos ántes
No temí de la lid el alto estruendo,
No las armas, no griegos batallantes
Remolinados en tropel horrendo,
Ahora al sonar las auras oscilantes,
Al más leve rüido me suspendo,
No temeroso por la vida mia,
Sí por mi dulce carga y compañía.

CXLI.

»Parecíame ya llegar seguro
Al deseado fin, cuando repente
Cual de veloces piés que el suelo duro
Batiesen, sordo estrépito se siente;
Y mi padre mirando de lo oscuro,
«Hijo,» dice, «huye, hijo; asoma gente:
Desvía; el temeroso centelleo
De las rodelas y corazas veo.»

CXLII.

»¡Ah! en tanto que mi pié medroso excusa
Por ignoradas vueltas el camino,
No sé qué ínvido Dios mi ya confusa
Razon de lleno á desquiciarme vino:
No supe más qué fué de mi Creusa;
Si la detuvo mi cruel destino,
Si erró la via, ó se sentó cansada;—
De entónces más, á mi clamor negada.

CXLIII.

»Ni la eché ménos hasta haber llegado
Todos los mios, con turbada huella,
Al templo antiguo y salvador collado:
Reunímonos; ¡faltaba sola ella!
Faltaba á su hijo, en lágrimas bañado;
Faltaba á mí, que en áspera querella,
¡Oh entre males tamaños mal supremo!
De hombres y Dioses con furor blasfemo.

CXLIV.

»Hijo, y padre, y penates encomiendo,
Puestos y ocultos en profundo valle,
A mis amigos: despechado emprendo
La ciudad recorrer hasta que halle
La infelice consorte; y no temiendo
Volver á abrirme entre enemigos calle,
Me ciño de la fúlgida armadura,
Y entrégome al dolor y á la ventura.

CXLV.

»Llego primero al murallon oscuro,
Puerta y umbral por do pasado habia;
Esfuérzome á mirar, y mal seguro
Sigo por rastros una y otra via.
Horror, silencio en el desierto muro
Sólo hallar pude. Á la morada mia
Acudo, por si allá mi compañera
Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLVI.

»Mas de los enemigos mi morada
Presa era ya: la llama devorante
Por el Ábrego rápido aventada,
Crece, sube, revuélvese ondeante.
Enderezo al alcázar, y en la entrada
Del sagrario de Juno (en lo restante
Abandonada ya la ciudadela),
Hacen Fénix y Ulíses centinela:

CXLVII.

»De los templos tornados en pavesas
Custodian el espléndido tesoro,
Vestes sacerdotales, sacras mesas,
Macizos vasos de luciente oro.
Víanse en torno de las ricas presas
Niños sumidos en confuso lloro,
Mustias las madres que el dolor embarga,
Cautiva muchedumbre en rueda larga.

CXLVIII.

»Allí sin fruto y por doquier demando
El bien perdido: una vez y otra al viento
Su nombre doy, los ámbitos llenando
Con la cascada voz de mi lamento.
Así por las sombrías calles ando
En su busca con ciego desatiento,
Cuando al paso atraviésase y me nombra,
Pálido, alto fantasma;—era su sombra.

CXLIX.

»Tiémblame el corazon, se me eneriza
El cabello, la sangre se me hiela:
Mas ella hablando así me tranquiliza
Y futuros destinos me revela:
«¿Por qué tu corazon se martiriza,
»Ó á dó tu loca fantasía vuela?
»Templa el furor: no temerario oses
»Al imperio oponerte de los Dioses.

CL.

»Vencer no pienses mi eternal reposo,
»No contigo llevarme á otra ribera:
»Védalo aquél que todopoderoso
»En las sedes olímpicas impera.
»Vasto mar que surcar, amado esposo,
»Largo destierro que cumplir te espera;
»Mucho errarás; empero, finalmente,
»Llegarás á las playas de Occidente:

CLI.

»A Hesperia, patria de ínclitos varones,
»A donde ameno y dilatado ondea
»El lidio Tibre, que en besar los dones
»De sus fértiles ribas se recrea.
»Ancho imperio, magníficos blasones,
»Régia consorte encontrarás; ni sea
»Mi memoria á tu pecho dolorosa:
»Harto has llorado á tu apartada esposa.

CLII.

»Que no á la nuera de la cipria Diva,
»La hija del frigio Rey, reduce el hado
»A sierva humilde de matrona aquiva:
»¡No irá á ver, no, del vencedor airado
»Soberbios techos mísera cautiva!
»La madre de los Dioses á su lado
»Me acoge. ¡Adios! por nuestro Ascanio vela;
»¡Amale siempre, y tu dolor consuela!»

CLIII.

»Yo que la oia en lágrimas deshecho,
Mil cosas fuí á decir, cuando en sombríos
Celajes se encubrió. Tres veces le echo
Al cuello los amantes brazos mios,
Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho
Contra el burlado corazon vacíos,
Desvanecida á mi anheloso empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía,
Y torné. Con portátiles haberes
Notable multitud llegado habia,
Ausente yo, cabe el altar de Céres.
Apellídanme todos jefe y guia:
«Contigo,» dicen, «á doquier esperes
»¡Ay! alejarnos del confin troyano,
»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos,
Y larga y miserable muchedumbre.
Y ya anunciaban pálidos reflejos
Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.
Ocupadas las puertas á lo léjos,
Huye de auxilio la postrer vislumbre:
Cedo á la suerte: á recibir me inclino
Mi padre, y á los montes me encamino.

LIBRO TERCERO.

I.

«Despues que el Cielo la inculpada gente
De Príamo y troyana monarquía
Derribó en tierra, y la ciudad potente
En círculos de humo perecia;
Tambien por alta inspiracion presente,
Mas sin saber por dónde el hado guia
O dó hemos de parar, labramos pinos
Que á otras playas nos lleven peregrinos.

II.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara
Y el austero Licurgo rigió un dia;
Extensas tierras son que el Trace ara,
A quien ley de hospedaje nos unia;
Y viéronse sus Dioses en un ara
Con los Dioses de Troya en compañía
Cuando imperio feliz fuimos: ahora
Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera
Ciudad, y á sus colonos apellido,
En mi memoria, Enéadas; mas era
Infausto el punto. Mal correspondido,
A mi madre la Diosa de Citera,
Y á los electos Númenes convido;
Y en balde un toro albo, como á solo
Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima habia
De puntas erizado un mirto: atento
La ara á vestir de verde lozanía,
Acudo, y ramas arrancar intento.
Miéntras raíces desvolver porfía
Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!)
Brotar contemplo de las ramas rotas
Sangre que el suelo empapa en negras gotas.

VI.

»De espanto helado el corazon flaquea;
Mas recobrado tiro de otra rama
Por descubrir lo que el prodigio sea,
Y otra vez sangre el vástago derrama.
Confuso, dando de una en otra idea,
Ya á Marte invoco que á los Getas ama,
Ya á las huéspedas Ninfas de la selva
Porque el signo de horror fausto se vuelva.

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo
Tercera rama desraigar decido;
Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo
Su rigor á vencer, siento un sonido
(No sé si ose decir, ó callar debo):
Una voz funeral hiere mi oido:
«¡Ay! ¿por qué, Enéas, las entrañas mias
»Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

VIII.

»Hijo yo fuí de la nacion troya,
»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?
»¡Esa sangre no es de árboles do mana!
»¡Ah! ¡que de esta region huyas te advierto,
»Aurívora region, playa inhumana!
»Yo Polidoro soy: yace cubierto
»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,
»Ahora en ásperas ramas convertidas.»

IX.

»Adolorido, absorto me suspendo,
Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!
El mismo ¡ay! á quien Príamo, sintiendo
Vacilar en su mano el cetro de oro
Al amago de ejército tremendo,
Fió en secreto espléndido tesoro,
Y á que ajeno creciese á la desgracia,
A cargo le envió del Rey de Tracia.

X.

»Mas el perverso príncipe, copiando
En su porte mudanzas de la suerte,
Triunfante al ver de Agamemnon el bando
En contra del caido se convierte;
Y todo fuero con furor nefando
Atropella, y al mísero da muerte,
Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,
Sacrílega sed de oro, no persuades?

XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela
Hablo á mi padre, y á los jefes junto,
Lo que voz misteriosa me revela
Narro, y el parecer comun pregunto.
Todos proponen darnos á la vela
Y aquel sitio de horror dejar al punto;
No sin que al desdichado compatricio
Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena,
Y á los manes dos aras que guarnecen
Cipres y tristes fajas; la melena
Sueltan matronas que en redor parecen.
Altos vasos que ó leche tibia llena,
Ó sangre consagrada, allí se ofrecen:
La tumba al alma errante da acogida,
Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves
Cumplido habiendo, á la señal primera
Que el Austro da con hálitos suaves
De que onda masa nuestra flota espera,
Corremos á la mar: sacan las naves
Mis compañeros, cubren la ribera;
Cruzamos ya los líquidos desiertos,
Y atras irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares
Hay una isla entre todas la más grata,
Que, Númenes por siempre tutelares,
A Dóris bella y á Neptuno acata:
Ella un tiempo rondaba los lugares
Convecinos; ya errante el mar no trata:
Apolo entre las Cíclades fijóla,
Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo
Gozamos con que el puerto nos convida;
Miéntras de Apolo la ciudad bendigo,
A darnos sale el Rey franca acogida.
Anio en mi padre abraza á un viejo amigo;
Anio, á quien, porque al par que le apellida
Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,
Con la ínfula el laurel la sien le asombra.

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego:
«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro
»Dá á nuestro error, á nuestro afan sosiego,
»Dá fundar feliz prole y propio muro!
»Nueva Troya lo llames, ó del fuego
»Hurtados restos y de Aquíles duro,
»Salva el tesoro, tú, que va conmigo;
»Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

XVII.

»Señal dá, en fin, y á nuestra mente envía
»Tu inspiracion.» Callé, y en tal momento
Ya el pórtico, ya el lauro se movia,
Y el monte en torno retembló en su asiento.
El velo que la trípo de cubria
Gimió, abrióse el sagrario: al pavimento
Inclinamos las frentes confundidos,
Y sacra voz hirió nuestros oidos:

XVIII.

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna
»Hinchado el seno de la patria os muestra
»Que á vuestra raza fomentó en la cuna;
»¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!
»Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,
»Cimentará su casa, y de su diestra
»El cetro heredarán sobre las gentes
»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

XIX.

»Habló Apolo; y llenó los corazones,
Amargada por dudas, la alegría,
Pues «¿Dó aquellas están patrias regiones?»
Preguntábamos todos á porfía.
Mi padre ya de viejas tradiciones
Recuerdos en su mente revolvia:
«¡Oid, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,
»Á vuestras esperanzas interpreto.

XX.

»Hay una isla en el mar, Creta nombrada,
»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,
»Cuna tambien de Júpiter sagrada,
»De cien ricas ciudades guarnecida.
»Trocó el gran Teucro esa feliz morada
»Con la retea costa: á su venida
»Ni allí á Pérgamo halló, ni halló poblados,
»Sino hombres por los valles derramados.

XXI.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles
»Memorias, los cimientos socïales
»De Troya echó, y el culto de Cibéles
»Trajo, con sus misterios y atabales,
»Los carros con leones por corceles,
»Los bosques sacros, y áun en nombre iguales.
»¡Partamos! el oráculo dichoso
»Allá nos llama, á la region de Gnoso.

XXII.

»Ni estamos léjos de su orilla grata;
»Tres luces gastaremos. Falta sólo
»Que aplaquen dones al que el mar maltrata,
»Que amparo preste el que serena el polo.»
Dice, y en la ara sendos toros mata
A Neptuno y á tí, divino Apolo;
Sendas ovejas al Invierno negra,
Blanca á Favonio que la mar alegra.

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo
Proscrito Idomeneo huido habia,
Que á huéspedes librando de recelo,
Creta sus puertas solitaria abria.
Y así á Ortigia dejando, hendiendo á vuelo
El mar, á Náxos báquica y sombría
Costeando vencemos, á Oleáros,
Verde Donisa y albicante Páros.

XXIV.

»Entrambos por las Cíclades ligeros
Y el mar corremos de islas esparcido,
Y emúlanse, al pasar, mis compañeros
Con clamores y náutico ruido;
«¡A Creta! á Creta!» gritan vocingleros;
«¡A nuestra patria, á nuestro antiguo nido!»
E hiriéndonos en popa aura serena,
Al fin tocamos la anhelada arena.

XXV.

»Fundé una villa, mi dorado sueño,
Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos
A los colonos miro, y los empeño
A alzar el muro y á arraigarse hermanos.
Yace en la enjuta orilla el hueco leño:
Yo dicto comun ley, reparto llanos;
Y á cultivar se entregan los mancebos
Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXVI.

»Hé aquí, el aire infestando de repente,
El contagio cruel sacude el ala;
Infausto nuncio de estacion doliente,
Los arboredos y sembrados tala:
La vida va arrastrando falleciente
Quien ya el aliento último no exhala:
El Can ardiente estrago sordo hace;
Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo,
Mi padre del oráculo divino
Manda que vamos á implorar consuelo
Tornando á abrirnos por el mar camino:
Que cuál término, diga, al mustio duelo
De este pueblo reserva peregrino;
A quién habemos de acudir; á dónde
Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro
Yacia yo, la mente aletargada,
Cuando delante á los Penates miro
Que hurté al incendio en la fatal jornada.
Por mis ventanas, en su errante giro
Lograba á la sazon la luna entrada,
Y del brillo bañados macilento
Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decian; «pues de parte
»De Apolo, que oficioso nos envía,
»Los destinos venimos á anunciarte
»Que él, volviendo tú allá, te anunciaria.
»Tu brazo nos salvó de adverso Marte,
»Librónos tu piedad de llama impía;
»Hemos seguido tu fortuna, y fieles
»Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio á tu favor, mañana
»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;
»Mas hoy, á esa ciudad que soberana
»Herencia haremos de invencibles gentes
»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana:
»Lo harás, si en largo viaje no consientes
»Reposo: asiento muda: el Dios profeta
»No te brindó con descansar en Creta.

XXXI.

»Hay de antiguo un país, con apellido
»De Hesperia por los Griegos señalado,
»Pueblo en trances de guerra asaz temido,
»Tierra asaz grata á la labor de arado.
»Fué primero de Enotrios poseido,
»Y hoy Italia se nombra, por dictado
»De famoso caudillo procedente,
»Si ya constante tradicion no miente.

XXXII.

»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera!
»Que allí Dárdano y Yasio nacimiento
»Tuvieron; aquel Dárdano, primera
»Cepa de nuestra raza. Tú contento
»Vé, y de ello al viejo genitor entera
»Por cierto. Y de Corito en seguimiento
»A los ausonios términos navega.
»Mansion en Dicte Júpiter te niega.»

XXXIII.

»Como esto ví y oí (no en sueños vanos
Eran; que bien las sienes discernia
Veladas, y los rostros soberanos,
Y áun bañaba en sudor mi frente fria),
Salto del lecho atónito: las manos
Extiendo suplicante; ofrezco pia
Libacion en mi hogar: de ahí contento
Corro á mi padre, y la vision le cuento.

XXXIV.

»Del doble orígen la falacia siente
Él, y confiesa que sufrido habia
Con la antigua señal error reciente:
«¡Hijo,» así hablaba, «á quien la suerte impía
»Burla cruel! Casandra solamente
»Hizo de estos sucesos profecía;
»Y á menudo se oyó, recuerdo ahora,
»¡Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.

XXXV.

»¿Mas quién iba á pensar que á Hesperia iria
»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera
»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guia
»Voz infalible que partir impera!»
Tal dijo, y aplaudimos á porfía.
Quedan algunos en la infiel ribera;
Y el áncora levando y la esperanza
El hueco leño al piélago se lanza.

XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado,
Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa
Sino el cielo y el agua, azul nublado
Sobre mi nave sólido se posa
De lobreguez y tempestad cargado.
Con tristes amenazas espantosa
La ecuórea inmensidad se entenebrece,
Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento
en la vasta extension, á golpe duro,
Relámpagos cruzando el firmamento,
Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.
Todo es horror el húmedo elemento:
¿Es dia? ¿es noche? el mismo Palinuro
Nada distingue; en negro torbellino
Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres dias llevábamos enteros
Y tres noches á oscuras, desmandados,
Cuando léjos notamos placenteros
Visos de tierra, y asomar collados,
Y humo al cielo subir. Los marineros
Las antenas calando arrebatados,
Asen del remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX.

»Al suyo las Estrófades, del seno
Librados de las ondas, nos invitan:
Ínsulas son que con renombre heleno
En el vasto mar Jonio se acreditan.
Allí, allí la terrífica Celeno
Y las arpías de su casta habitan,
Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas
Las alejó el temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales!
Generacion igual jamás vió el mundo,
Ni peste más cruel á los mortales
Envió el cielo ni abortó el profundo:
Alado el cuerpo, rostros virginales;
Arroja el seno vil vestigio inmundo;
Corvas manos y piés, garfios rapantes;
Pálidos siempre de hambre los semblantes.

XLI.

«Áun no bien nuestra flota anclado habia,
Cuando notamos por allí ganados
Vacunos y lanares ir sin guia
Ledos paciendo en abundosos prados.
Hicimos en la grey carnicería;
Brindamos con los fáciles bocados
A los Dioses, á Júpiter; y á priesa
Aderezamos la campestre mesa.

XLII.

»Ya el manjar suculento en sillas blandas
De céspedes gustábamos. En ésto
Dejan sus montes las aéreas bandas
Con ala resonante y salto presto;
Nos rapan de revuelo las viandas;
Todo lo manchan con su aliento infesto;
Y fuera de ofender vista y olfato,
El viento hieren con aullido ingrato.

XLIII.

»De ahí en el hueco de un peñon antigo
Otra vez el banquete cauto extiendo,
De corvas selvas al repuesto abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo.
Ya ponia en el ara el fuego amigo,
Y otra vez de cien partes con estruendo
Baja improviso el escuadron nefando,
Y royendo revuela y escarbando.

XLIV.

»Al arma llamo; en la soez canalla
Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:
Y ocultamos á intento de batalla
Entre las hojas y el verdor ameno
Cuchillas y broqueles. Todo calla ...
Mas ya que por la orilla vió Miseno
Que acuden en tropel, de una alta roca
Do atalayaba, su bocina toca.

XLV.

»Corremos á la seña, en lid no usada
La impía raza á extirpar del mar salida;
Mas ¡vano esfuerzo! que lesion la espada
No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.
Infectan cuanto muerden de pasada,
Y hedor esparcen en su impune huida;
Y una de ellas, Celeno, en yerta altura
Infausta así con voz siniestra augura:

XLVI.