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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 409: C.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

«Vinisteis á matar nuestros rebaños,
»¡Hijos de Laomedon! ¡manos impías!
»Y en guerra, de sus patrios aledaños
»Quereis lanzar, sin culpa, á las Arpías!
»¡Pues oid y temblad horribles daños!
»Catad lo que os anuncio en profecías
»La mayor de las Furias: trasmitiólo
»A Febo Jove, y á Celeno Apolo.

XLVII.

»Buscais á Italia con errante quilla,
»Y cierto que con vientos aplacados
»Ireis á Italia, y cobrareis la orilla
»Que os disputan benévolos los hados;
»Mas no podreis la deseada villa
»Ceñir, sin que á expiar desaguisados
»Con fuerza ántes os mueva el hambre aciaga
»Tal, que áun las mesas devorar os haga.»

XLVIII.

»Dijo, y al bosque aleteando vuela.
Á influjo de su voz mis compañeros,
A quien la sangre de terror se hiela,
Con el brío deponen los aceros.
Ya con votos, con súplicas se apela
A pedir paz y á deshacer agüeros,
Ora malvadas y aves ominosas
Sean aquellas, ó terribles Diosas.

XLIX.

»Y vuelto Anquíses hácia el mar, las manos
Extiende, y con solemnes sacrificios
Los Númenes invoca soberanos:
«¡Dioses!» clama, «¡torced tales auspicios!
»¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!
»¡A un pueblo justo defended propicios!»
Dice, y cables soltar en el momento
Manda, y las lonas descoger al viento.

L.

»Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto
Las velas que á sus soplos confiamos;
Merced suya, y en manos del piloto,
Entre espumosas ondas navegamos:
Zacinto se aparece, ameno soto,
En medio de la mar: Duliquio, Sámos;
Ardua y fragosa Néritos se ostenta,
Ítaca con escollos fraudulenta.

LI.

»Huimos de ellos, y del patrio clima
De Ulíses maldecimos. Adelante
Léucates yergue su nublosa cima,
Apolo hace temblar al navegante.
Allá torcemos: fatigada arrima
A la humilde ciudad la flota errante;
Ya á proa el marinero anclas arroja;
Ociosos cascos la ribera aloja.

LII.

»En no soñado asilo aras enciendo
Do mis votos á Júpiter desato;
Y en tierra de Accio, celebrar emprendo
Juegos de Frigia. El patrio pugilato
Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,
Renuevan con ardor. Recuerdo es grato
Haber vencido riesgos y fatigas
Entre tantas ciudades enemigas.

LIII.

»El sol á la sazon su añal carrera
Concluia, y con hálitos glaciales
El cierzo aborregaba la onda fiera.
Fijé á un poste, del templo á los umbrales,
Combo escudo que el grande Abas trajera,
Y del caso en memoria, letras tales:
Monumento ganado á las aqueas
Triunfantes huestes: consagrólo Enéas.

LIV.

»Llamé al remo; y dejamos, con suspiro
Del batido oleaje, las arenas;
Pronto las cumbres de Feacia miro,
Y tórnanse á esconder, vistas apénas.
Llegamos al Caonio puerto, á Epiro
Costeando, y pedimos las almenas
Excelsas de Butroto. Aquí una nueva
Dichosa hallamos que increible eleva.

LV.

»Oigo que en griego territorio impera
Heleno, hijo de Príamo, debido
A ser de la vïuda y heredera
De Pirro, nieto de Éaco, marido;
Que así el antiguo rango recupera
Andrómaca. Turbado, conmovido,
De amor llevado, de ansiedades lleno,
La playa dejo y flota, y voy á Heleno.

LVI.

»Hé aquí con sacros funerales dones,
Ántes de la ciudad, en selva umbría,
Cabe un fingido Símois, libaciones
Al caro polvo Andrómaca ofrecia;
Y los manes con tristes oraciones
A la tumba llamaba, que vacía
De verde césped, á Héctor dedicara,
Y una, motivo al llanto, doble ara.

LVII.

»Tal Andrómaca estaba en el instante
En que, subiendo yo por el camino,
A mí propio y las armas delirante
Vió de Troya; y del caso peregrino
Pasmada al punto queda: vacilante,
Perdió el rostro el color, la planta el tino;
Y solo á obra de tiempo el labio mudo
Articular sueltas palabras pudo:

LVIII.

«¿Que en fin te miro en corporal figura?
»¡Hijo de Vénus! ¿mensajero cierto
»Me apareces? ¿áun gozas la aura pura?...
»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?»
Esto dijo llorando, y la espesura
Llenaba su clamor. Su desconcierto
Febril, dejóme sin respuesta; al cabo
Mal breves frases anheloso trabo:

LIX.

«No dudes; palpas realidades. Vivo,
»Y á cien peligros arrojé mi vida;
»Mas véme: salvo á tu presencia arribo.
» Ah! ¡y de tan gran varon destituida,
»Pobre mujer! ¿te vuelve el hado esquivo
»Algo de tu ventura merecida?
»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,
»¿Yaces aún avasallada esposa?»

LX.

»Ella el rostro inclinando, recobrada,
Con voz sumisa su dolor expresa:
«¡Oh entre todas nosotras fortunada
»Tú, inocente beldad, jóven princesa,
»Que al pié del patrio muro, por la espada
»Fuiste á morir sobre enemiga huesa!
»Que ni suertes sacaste á tu despecho,
»Ni de amo vencedor serviste al lecho!

LXI.

»¡No así la que incendiados sus hogares,
»Sufrió á un duro jayan, de raza altiva
»Sufrió el rigor, y por remotos mares
»Anduvo errante, y concibió cautiva!
»Y despues que probé tantos azares,
»El tirano raptor en llama viva
»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,
»Y á Esparta corre do en su amor se enreda.

LXII.

»Entónces á un esclavo dió su esclava;
»Cedióme á Heleno. Oréstes que veia
»Quitársele su esposa, se abrasaba
»De amor, de ardor furial, de rabia impía;
»Y ante el paterno altar á hierro acaba
»Desprevenido á su rival un dia;
»Con que Heleno, de siervo que ántes era,
»Cobró aquestas regiones en que impera.

LXIII.

»Él de entonces á sus campos y poblados
»Apropió de Caonia el apellido,
»En honor de Caon; y en los collados
»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido
»Y ese nuevo Ilïon. Mas dí, ¿qué hados
»Favorables de guia te han servido?
»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza
»Causa es que acá tu nave el rumbo tuerza?

LXIV.

»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive aún? Y aquella
»Que en la noche fatal ...? ¡Destino impío!
»Pobre niño, ¿recuerdos guarda de ella?
»¿Le anima á la virtud, al patrio brío,
»Ver cuál dejan de sí brillante huella
»Enéas, su buen padre, Héctor su tio?»
Así hablaba llorando, y vanamente
Corria de sus lágrimas la fuente.

LXV.

»Heleno, que hácia allí bajando vino
Con gran cortejo, nos conoce en tanto,
Y á la ciudad nos guia, y de camino
Nos habla con palabras y con llanto.
Yo, andando, reconozco ó adivino
Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto,
Bien que aquél breve y pobre aquéste sea,
Y abrazo en mi ilusion la puerta Escea.

LXVI.

»Cual propia, en la ciudad mis compañeros
Entran: pórticos que amplios los reciban
Les abre Heleno, y de ellos los primeros
En fuentes, tazas de oro, comen, liban;
Llenas copas empinan placenteros,
Y resuena el salon. Así se iban
Corriendo un dia y otro. El soplo austrino
Ya hinchaba, voceando, el vago lino.

LXVII.

»Ántes, empero, de soltar las naves,
Yo á Heleno interpelé con tales voces:
«Tú que de Febo los misterios sabes,
»Y sus lauros y trípodes conoces;
»Tú que entiendes los astros, y las aves
»Con su canto augural y alas veloces;
»Troyano vate, intérprete del Cielo,
»Con alta inspiracion calma mi anhelo!

LXVIII.

»Profecías, oráculos, deidades
»Trázanme rumbo de asechanza ajeno,
»Señalando repuestas heredades,
»Nombrando á Italia. Sola ya Celeno
»Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;
»¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!
»Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,
»Dí, amagos frustro y contratiempos domo?»

LXIX.

»Él toros ántes, como el rito manda,
Inmola; desciñó la venda pia;
El favor de los Númenes demanda,
Y por la mano hácia el altar me guia.
¡Oh Febo! en tu presencia veneranda
Temor yo entónces y temblor sentia,
Cuando comienza, sacerdote sabio,
Heleno á hablar con inspirado labio:

LXX.

«¡Hijo de Vénus! no del prez receles
»Que te anuncian auspicios celestiales:
»Tal es la voluntad de Jove, y fieles
»Tal la necesidad, tus hados tales.
»Empero, porque rueden tus bajeles
»En tu navegacion ahorrando males,
»Y firme gozo al aferrar te quepa,
»Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa.

LXXI.

»Cosas hay que decillas Juno, es cierto,
»O sabellas tal vez las Parcas vedan;
»Mas yo entre mucho lo esencial te advierto
»Y anuncios doy que aprovecharte puedan.
»Ante todo, á esa Italia, vega y puerto
»Que á tu corto entender cercanos quedan,
»Aun de tí la separan, á fe mia,
»Largo espacio interpuesto y larga via.

LXXII.

»Y á fe que el remo blandear se vea
»Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,
»Y la ínsula de Circe, hija de Ea
»Visites, y los lagos infernales,
»Tiempo ántes que de tí fundado sea
»Estable muro. Agora las señales
»Escucha de la tierra prometida,
»Y en la memoria conservarlas cuida.

LXXIII.

»Cuando oculto raudal con planta lenta
»Rondando fueres caviloso un dia,
»Si allí una hembra de cerdo corpulenta
»Al márgen ves entre robleda umbría,
»Con treinta lechoncillos que alimenta,
»Alba, en torno á sus ubres la alba cria,
»Esa es la seña: allí podrás, te auguro,
»De afanes tantos descansar seguro.

LXXIV.

»Ni el pronóstico tiembles de comeros
»Hasta las mesas: os oirá benino
»Apolo, y á cumplirse los agüeros
»Vendrán sin daño por mejor camino.
»Mas de la ítala costa á do con fieros
»Tumbos va á desbravarse el mar vecino,
»Huye, que todas por ahí moradas
»Son, de pérfidos Griegos habitadas.

LXXV.

»Fundada por los Locros aparece
»Naricio allá: con militar arreo
»Los campos Salentinos, que enaltece
»Procedente de Licto Idomeneo:
»Allá humilde Petilia, á quien guarnece
»Filoctétes, caudillo melibeo:
»Huye en suma y traspuestos esos mares,
»Grato, saltando en tierra, eleva altares.

LXXVI.

»El voto entónces cumplirás, la frente
»Cubriendo en torno de purpúreo velo,
»No sea que ante el fuego sacro, ardiente
»En honor de los Númenes del Cielo,
»Hostil presencia, súbito accidente
»Al rito dañe. Con piadoso celo
»Guardad esta costumbre los Troyanos;
»La guarden vuestros nietos más lejanos!

LXXVII.

»Ya que al confin te impela siciliano
»El viento, y de Peloro el paso estrecho
»Más ancho mires cuanto más cercano,
»Entónces rodeando largo trecho
»El rumbo sigue hácia la izquierda mano;
»Trata el siniestro lado, huye el derecho;
»Y vé en ese pasaje tú y pondera
»Cuál la avanzada edad todo lo altera.

LXXVIII.

»Eran en uno entrambos continentes;
»Mas vino el mar con ímpetu y rüina
»Y con sus olas separó rugientes
»De la sícula costa la vecina.
»Opónense de entónces diferentes,
»Y opresa en el canal la onda marina,
»Tal vez muros, tal vez fértil campaña,
»Acá y allá con sus espumas baña.

LXXIX.

»El paso asedian, por el diestro lado
»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:
»Tres veces en su abismo exacerbado
»Las aguas con hervor se sorbe ésta,
»Y escúpelas al Cielo de contado;
»Miéntras de oscura cavidad repuesta
»Saca por tiempos la ancha boca aciaga
»Scila entre escollos y los buques traga.

LXXX.

»Es humano su aspecto, y peregrino
»Le lava un seno de mujer la ola;
»Monstruo en el resto osténtase marino,
»Vientre de lobo y de delfin la cola.
»Doblar prefiere el cabo de Paquino
»En tarda vuelta, á ver una vez sola
»Al encorvado semipez horrendo,
»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.

LXXXI.

»Tú, si fias de Heleno, ¡hijo de Diosa!
»Si de Apolo el oráculo obedeces
»Que Heleno anuncia, áun óyeme: una cosa
»Te intimo y te encarezco una y mil veces:
»Que hábil de Juno triunfes poderosa
»Con votos y con dones y con preces:
»Triunfante has de ir, porque seguro vayas
»Las sículas dejando, á ítalas playas.

LXXXII.

»Verás, llegando á Cúmas, los sagrados
»Lagos, y Averno que entre bosques suena;
»Y cantando una maga ocultos hados
»En hueca roca, de entusiasmo llena:
»Nombres ésta y carácteres grabados
»En hojas tiene; lo que grava ordena;
»Y el antro aquel las misteriosas notas
»Guarda, cada una en su lugar, inmotas.

LXXXIII.

»El órden luce en la mansion tranquila;
»Mas si gira la puerta, y cala el viento
»Y entre las hojas frágiles oscila,
»Que caducas esparce con su aliento,
»Ni sus versos recuerda la Sibila,
»Ni á adornar torna el cóncavo aposento
»Con las reliquias; y si ansioso vino,
»Maldiciente se aleja el peregrino.

LXXXIV.

»Guarte no allí te asuste útil demora:
»Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,
»Aunque el rumbo marcando bullidora
»Haga fuerza á los mástiles la brisa;
»Ten calma, y los oráculos implora,
»Acude á consultar la profetisa,
»Que persuadida de tus ruegos ella
»Cantará los semblantes de tu estrella.

LXXXV.

»Y los pueblos, y gentes venideras
»De Italia te dirá, guerras futuras;
»Y de llevar te enseñará maneras,
»O tal vez de eludir fatigas duras;
»Caminos te abrirá, si la veneras,
»Y prósperas hará tus aventuras ...
»No me es lícito más. Vé ahora, y constante,
»A Troya al Cielo tu virtud levante.»

LXXXVI.

»Tonos usando de amistad süaves,
Así consejos dábame prudentes
El vate; y que llevasen á las naves
Mandó luégo magníficos presentes:
Aureos adornos los hicieran graves
Y de elefante elaborados dientes:
Y de plata riquezas amontona,
Y vasos nos regala de Dodona.

LXXXVII.

»Y de triples metales fabricada
Y de anillos de oro guarnecida,
Una cota me da, y una celada
Con espléndido airon enriquecida,
De Pirro enántes armadura usada:
Ni dones él para mi padre olvida.
De caballos, de guias, de remeros
Nos abastece y suministra aceros.

LXXXVIII.

»Manda mi padre que á zarpar se aliste
La escuadra al espirar del fresco viento;
Cuando el profeta á quien Apolo asiste
Háblale así con obsequioso acento:
«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste
»Del tálamo de Vénus opulento!
»¡Tú, objeto caro á la bondad divina,
»Salvo dos veces de comun rüina!

LXXXIX.

»Hé ahí del mar Italia se levanta!
»¡Vé arrebatarla de tu flota al vuelo!...
»Ten; que allende, al olor de gloria tanta,
»Ha de rondar paciente vuestro anhelo;
»De Ausonia la region que Apolo canta,
»Aun léjos cae. ¡Te defienda el Cielo,
»Padre feliz por la filial ternura!
»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.»

XC.

»Andrómaca á su vez, bañada en lloro,
Una ausencia eternal viendo cercana,
Ropas presenta recamadas de oro
Y una clámide á Ascanio da troyana;
De ornadas telas de sutil tesoro
Empieza á desvolver la pompa ufana,
Y, «Guarda estas labores de mis manos,»
Dice, excusando cumplimientos vanos:

XCI.

»¡Acuérdete la veste que te ciño
»De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!
»¡Postrer dón de los tuyos lleva, oh niño,
»Tú, única imágen de mi prenda hermosa!
»En ti me representa mi cariño
»Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:
»Hoy podria vivir; hoy si viviera,
»A par contigo florecer le viera!»

XCII.

»¡Yo gimiendo les daba adioses tales:
«¡Oh! ¡dichosos quedad, pues la fortuna
»Fijasteis! ¡Arrostramos temporales
»Nosotros: vos no hendeis ola importuna
»Ni á playas vais que os huyan desleales!
»La paz se os concedió. De un Janto y una
»Troya gozais que hicieron vuestras manos:
»¡Así auspicios la quepan más humanos!

XCIII.

»¡Así los Griegos la atalayen ménos!
»Si al Tibre arribo y campos comarcanos
»Que hace del Tibre la corriente amenos,
»Y alzo el muro que espero á mis Troyanos,
»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,
»Sólo una Troya compondrán hermanos:
»Tales el Cielo cumpla nuestros votos;
»Tal gocen nuestros nietos más remotos!»

XCIV.

»De allí hácia los Ceraunios, desde donde
Puede á Italia pasarse sin fatiga,
Navegámos. En tanto, el sol se esconde,
Y la sombra los montes cubre amiga.
Ya en tierra, á qué remeros corresponde
Velar, hacemos que la suerte diga;
Solaz cobramos en orilla grata,
Y manso el sueño nuestros miembros ata.

XCV.

»La noche áun no mediaba su carrera
De las horas llevada, y Palinuro
Ya se alza, y á la brisa más ligera
Oidos tiende entre el silencio oscuro:
De una ojeada al rodear la esfera,
Ve en paz los astros declinar; ve á Arturo,
Y las Híadas tristes y las Osas,
Y áureo con armas Orïon lumbrosas.

XCVI.

»Visto en el cielo plácidas señales,
Nos dió la suya de hácia el mar sonora;
A cuya voz movemos los reales,
Y velas descogemos á la hora.
Hendíamos los líquidos cristales;
Rósea los astros ahuyentó la Aurora,
Y al teñir de su luz los horizontes,
Hé aquí avistamos nebulosos montes.

XCVII.

»Italia léjos honda aparecia;
«¡Italia!» Acátes exclamó el primero,
Y todos repitieron á porfía
El saludo de «¡Italia!» placentero.
Colma Anquíses de vino, en su alegría,
Un alto vaso que adornó primero
De hojas festivas, y en la popa erguido
Con preces tales dominó el rüido:

XCVIII.

«¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!
»¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa
»Avancen nuestras naves en su vuelo;
»¡Merced hacednos de oportuna brisa!»
Y el aura, anticipándose á su anhelo,
Arreciaba amorosa. Se divisa
Cercano arrimo; y de Minerva un templo
En yerta cumbre descollar contemplo.

XCIX.

»El velámen cogiendo incontinente
Damos fondo á las proras. Arqueado
El puerto á impulsos de oriental corriente,
Le oculta y ciñe natural vallado.
Yertos escollos guárdanle de frente
Que azota encanecido el mar salado;
Y como á entrar el leño se aproxima,
Semeja huir la consagrada cima.

C.

»Cuatro potros vi allí, primer agüero,
Níveos rozando la menuda grama;
A cuya vista, «¡Oh suelo forastero!
»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama:
«¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!
»Mas tambien el corcel los juegos ama;
»Tiempo há que, dócil copia, carros tira;
»El presagio, á esta cuenta, paz respira.»

CI.

»Pálas, la diosa de armas resonantes,
Fué, á quien gracias rendimos, la primera
Que allí Troyanos hospedó triunfantes:
Con la púrpura frigia, en su ribera,
Cubrimos ante el ara los semblantes;
Y, lo que Heleno tanto encareciera,
Con pompa ritüal á Juno argiva
Hicimos sacrificio y rogativa.

CII.

»Todo en órden cumplido, el mar convida;
Torcemos la asta á la vestida entena,
Y la costa dejamos, por guarida
De aleves Griegos, de asechanzas llena.
El golfo de Tarento vi en seguida;
Fundo de Hércules ya, si no condena
La verdad á la fama. Preeminente,
Sacra Lacinia se aparece en frente.

CIII.

»Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo
Que náufraga infamó reliquia tanta;
Y ya el sículo Etna léjos veo
Que, al parecer, de la onda se levanta;
Y oigo roto en la playa el clamoreo
Del mar que en peñas su furor quebranta;
Enríscase la espuma, y el arena
Arrebatada en remolino suena.

CIV.

»Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,
»Caríbdis abismosa, y éstos, éstos
»Los arrecifes, ¡amenaza aguda!
»Que Heleno ya nos anunció funestos.
»¡Ea! cada uno con el remo acuda
»Tanto riesgo á evitar!» Acuden prestos;
Palinuro, el primero, á izquierda vira,
Y gimiendo la proa en la onda gira.

CV.

»Y todos, á poder de brazo y viento,
Á izquierda tuercen. Súbita oleada
Acércanos, erguida, al firmamento,
Y luégo á los abismos, aplanada.
Se oye tres veces el hervor violento
De la riscosa cóncava morada,
Y tres veces la espuma se alborota,
Y una pluma del agua el aire azota.

CVI.

»El sol ya declinaba hácia su ocaso,
El aura tenue falleciendo iba,
É incierto el rumbo y el aliento escaso,
Dimos de los Ciclopes en la riba.
Sereno el puerto se dilata, y paso
Niega á asaltos del mar la rada esquiva;
Mas no léjos de allí con torva saña
Etna ruge atronando la campaña.

CVII.

»Ya pez negra y cenizas albicantes
Etna, en turbion de nubes, fuera bota,
Y en globos que carcomen vacilantes
El brillo sideral, incendios brota;
Ya peñascos alanza fulminantes,
Toscos fragmentos de su entraña rota,
Y lava arracimada, á són de trueno,
Y sordo hierve el cavernoso seno.

CVIII.

»Del rayo á médias calcinado, es fama
Que Encélado padece en la honda sima:
Deja á veces por grietas ver la llama
Etna descomunal sentado encima;
Y cuando, preso en la insufrible cama,
A ladearse el réprobo se anima,
Trinacria toda retemblar parece,
Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.

CIX.

»Sobrecogidos de pavor pasámos
La noche bajo amago tan tremendo,
En hueca selva de tejidos ramos,
Ignorantes la causa del estruendo;
Que ni brillar un astro divisamos,
Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,
Mas la noche con sombras importuna
En triste nimbo arrebozó la luna.

CX.

»Ya se alzaba á anunciar un nuevo dia
El matinal lucero en orïente,
Y ahuyentando tras él la niebla fria
Risueña el alba coloró el ambiente;
Cuando un bulto que humano parecia,
Cadavérico aspecto, aire doliente,
Saliendo de los bosques más cercanos,
Tiende á la playa las inermes manos.

CXI.

»Faz de dolor y gesto de gemido,
Ostentaba su rostro extenüado:
Grifos su barba; andrajos su vestido,
Con espinas sujeto de pescado.
Vuelta, el caso cruel mi gente vido,
Y quedó absorta. En lo demas, soldado
Haber sido de aquellos parecia
Que envió Grecia contra Troya un dia.

CXII.

»Él, como arreos columbró troyanos,
Paróse, dando de terror señales;
Vuela luégo á la orilla, y en insanos
Lloros prorumpe y en palabras tales:
«¡Por los Dioses del Cielo soberanos,
»Por esta santa luz y auras vitales,
»Oid, hijos de Troya, mi gemido:
»Arrancadme á esta playa; es cuanto pido!

CXIII.