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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 487: XLIII.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»Yo la verdad confesaré de grado:
»Griego hice ya contra Ilïon campaña:
»Si perdon no os merece mi pecado,
»Fin poner presto á adversidad tamaña.
»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado
»Al mar lanzadme á sosegar su saña!
»Pues del hado el rigor quiere que muera,
»A manos de hombres moriré siquiera.»

CXIV.

»Habla, y nuestras rodillas adherido
Abraza, de rodillas derribado:
Movémosle á que diga su apellido,
Su linaje, y mudanzas de su estado.
Calló breves momentos, y dolido
Mi padre Anquíses, con benigno agrado
La diestra ilustre tiende al magro jóven,
Y añade muestras que el temor le roben.

CXV.

«Yo Aqueménides soy,» dijo sincero
El afan serenando que le aterra:
«Fuí del mísero Ulíses compañero,
»A Itaca tuve por nativa tierra.
»Mi padre, escasa el arca de dinero,
»Me aventuró á los lances de la guerra:
»Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado
»Me mantuviese de mi padre al lado!

CXVI.

»Miéntras huir de esta ímpia costa emprende
»Hé aquí mi gente me dejó en olvido,
»En un antro que lóbrego se extiende
»De manjares sangrientos esparcido:
»El antro de un Ciclope. El monstruo hiende
»(Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)
»Las nubes, si la frente alza espantosa;
»Y nadie hablarle ni áun mirarle osa.

CXVII.

»Crudos devora á cuantos tristes caza.
»Tendido en medio al antro donde espía,
»Con la mano feroz con que atenaza
»Asir dos de los nuestros vile un dia:
»A golpe en un peñon los despedaza;
»El umbral de la sangre se mecia;
»Vi humor los miembros destilar, y ardiente
»Tremer la carne al dar diente con diente.

CXVIII.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese
»Trance á su fama desmintió su pecho;
»Mas aguardó á que el monstruo se rindiese
»De manjares y vino satisfecho:
»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése
»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;
»Y su boca brotaba entre rumores,
»Trozos de vianda, y de licor vapores.

CXIX.

»Á los Dioses llamando en nuestra ayuda,
»Sorteado el peligro, á un mismo instante
»Corremos en redor, y una asta aguda
»Clavamos en el ojo del gigante:
»Ojo, al metal que á Argivos combo escuda,
»O al gran disco de Febo semejante;
»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;—
»Y así vengámos su brutal insulto.

CXX.

»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!
»Cortad los cables sin perder momento;
»Pues como ese, que agora por ventura
»Ordeña, consolando su tormento,
»Su grey lanosa en su caverna oscura,
»Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,
»Y en magna procesion la prole infanda
»Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXXI.

»Ya por tercera vez brillar he visto
»Las fases de la luna renovadas,
»Desde que en esta soledad existo
»Y á las fieras disputo sus moradas.
»Cauto los monstruos de una peña avisto,
»Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;
»Y zonzas nutren mi existencia acerba
»Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXXII.

»Vi llegar vuestra flota á esta ribera,
»Miéntras miradas de ansiedad dirijo
»Cuan en léjos logro; y fuese lo que fuera,
«Palpitando volé de regocijo.
»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:
»¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;
Y ya un bulto, áun no bien de hablar acaba,
En los vecinos montes descollaba.

CXXIII.

»Obeso Polifemo se movia
En medio del lanígero ganado,
Y á la usada ribera el paso guia:
¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!
Hácenle sus ovejas compañía,
Consuelo solo de su adverso estado,
Sírvele de baston desnudo un pino,
Y con resuelto pié cata el camino.

CXXIV.

»Llega á la playa de su ruta al cabo;
Y al mar entrando, con sus ondas lava
Del ojo, herido del ardiente clavo,
La sangre que grumosa chorreaba.
Crujir los dientes le hace el dolor bravo
Que el mal renueva y el enojo agrava;
Y más y más se interna en la agua, y ésta
Le moja apénas la cintura enhiesta.

CXXV.

»Temblando, y á par nuestro recibido
El que, eso visto, la verdad decia,
Las amarras soltamos sin rüido,
Y el mar los remos barren á porfía.
Sintió el gigante, y se volvió al sonido;
Mas vió que con el brazo no podia
Tocarnos ya, ni competir tampoco
Con las jónicas ondas, de ira loco.

CXXVI.

»Gimió entónces: el ponto se estremece
Al inmenso clamor, el viento zumba;
Italia toda retemblar parece;
Etna en sus hornos cóncavos retumba.
Y de montes y selvas se aparece,
Al són de alarma, la feroz balumba
De los otros Ciclopes, que se ordenan
En largas filas, y las playas llenan.

CXXVII.

»Yo los vi, yo, los étneos hermanos,
En pié, con sendos ojos imponentes,
¡Junta horrenda! mirándonos insanos,
Al cielo alzadas las soberbias frentes.
Tales inmoble ostentan los ancianos
Cipreses y los robles eminentes
Cima piramidal ó copa vana,
En los bosques de Jove ó de Dïana.

CXXVIII.

»Con el vivo temor que nos aguija,
Al sacudir el cable, al dar la vela,
Torcemos á do el viento nos dirija,
Y á do el viento sopló, la nave vuela.
Mas porque no el azote nos aflija
Entre Scila y Caríbdis, que revela
La voz de Heleno, que á evitarlo exhorta,
Volver y el rumbo enderezar importa.

CXXIX.

»Bóreas en tanto de la estrecha boca
De Peloro enviado, nos ampara.
El Pantágias pasamos, que entre roca
Viva desagua; el seno de Megara,
Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca
En sitios que Aqueménides declara;
Que en rumbo inverso los corrió primero,
Ya del mísero Ulíses compañero.

CXXX.

»Hay en el golfo siciliano, en frente
Del undoso Plemirio, una isla bella,
Y quiso ya la primitiva gente
Con el nombre de Ortigia noble hacella.
Fama es que Alfeo de Élide, latente
Vino y errante bajo el mar á ella;
Y ya unido, Aretusa! á tus raudales
Vuela ufano á los sículos cristales.

CXXXI.

»Habiendo allí los Númenes honrado.
Y el campo atras dejado peregrino
Que el Heloro fecunda remansado,
Los salientes peñascos de Paquino
Raemos. Léjos aparece el vado
Que un Dios vedó moviesen Camarino;
Y el gran pueblo de Gela, y su campaña,
A quien dió nombre el rio que lo baña.

CXXXII.

»Tierra de nobles potros afamada,
Acragas en seguida se presenta,
Y de léjos fijó nuestra mirada
El ancho muro de que está opulenta.
Selínos, la de palmas coronada,
Ya atras te quedas: la onda fraudulenta
Del rocalloso Lilibeo corto,
Y á Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.

CXXXIII.

»Tras tanto afan, en extranjero suelo,
El hado á Anquíses me robó tirano;
Era en mis penas mi único consuelo,
Él daba aliento á mi cansada mano.
¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo!
¡De cuántos riesgos escapaste en vano!
No me anunció, entre tanto mal, Heleno
Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXIV.

»Meta de viajes, causa de gemidos
En Drépano encontré. De ahí del viento
Vinimos por el piélago impelidos,
Merced de un Dios, á vuestro ilustre asiento.»—
Tal sucesos del Cielo dirigidos
Narraba el héroe al auditorio atento,
Contratiempos, errores y peleas:
Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.

LIBRO CUARTO

I.

Herida en breve de dolencia aciaga,
Pábulo da la Reina en cada hora
Al placer mismo de enconar la llaga,
Y de fuego secreto se devora:
Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga
El pensamiento, y de su voz sonora
El eco, y de su faz guarda el trasunto;
Y tregua el vivo afan no sufre un punto.

II.

III.

»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña?
¡Cuál se pinta en su frente su destino!
Yo, si mis ojos la ilusion no engaña,
Que desciende de Dioses adivino;
Pues torpe miedo que el semblante empaña,
Siempre delata al corazon mezquino;
Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,
¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío
De un nuevo enlace al criminal deseo;
Que mi esperanza en flor y el amor mio
Yacen con las cenizas de Siqueo.
Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío
Pudiese arder la antorcha de Himeneo,
Sólo de este héroe la gentil presencia
Capaz fuera á vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el dia
Que el doméstico altar fué enrojecido
Por la venganza del hermano impía
Con la inocente sangre del marido,
Sólo aqueste extranjero á simpatía
Ha logrado moverme, y su latido
Volver al corazon, que ya se inflama;
El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno
La tierra; el padre del Olimpo santo
Me precipite al retumbar del trueno
En la mansion de noche eterna y llanto,
Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno,
Si tu sagrado código quebranto.
Pues de todo mi amor hice á él promesa,
Amar debo su sombra, honrar su huesa!»

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida,
El seno amigo. Respondióle Ana:
«Tú, á quien más amo que mi propia vida,
Qué, ¿pasarás la juventud lozana
Sin coger flores con que amor convida,
Sin lograr frutos de que amor se ufana?
¿Piensas que de los vivos los cuidados
Van el sueño á inquietar de los finados?

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante,
Ni hoy en esta nacion, ni ántes en Tiro,
Que tu pecho ablandase de diamante:
Á Yárbas desdeñaste, y el suspiro
De tantos de que al África arrogante,
Claros guerreros, alabarse miro.
¿Mas á tu amor y utilidad te opones?
Oye á ese amor y mira á estas regiones.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas
De una parte amenazan al Estado;
Ves allá los indómitos Numidas,
La Sirte inhospital: por otro lado
Los Barceos errantes y homicidas,
El árido desierto y abrasado;
¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes?
¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fué de los Dioses voluntad, no dudo,
Favor de Juno, que en tu bien se esmera,
Que frigios buques tras embate rudo
Saludasen al fin nuestra ribera.
¿Qué no promete tan dichoso nudo?
Con la troyana juventud guerrera
¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!
¡Qué gran nacion la que verás mañana!

XI.

»En tanto á la Deidad en los altares
Inclina en tu favor con sacrificios,
Miéntras al extranjero en tus hogares
Obligas con benévolos oficios.
Causas proponle de aguardar: los mares
Agitados de vientos impropicios,
La flota inhábil para alzar el vuelo,
El pluvioso Orïon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego
Torna de Dido en llamas encendidas,
Y en esperanzas del amor más ciego
Las timideces de pudor nacidas.
Juntas, altares visitando, el ruego
Cantan de paz, y ovejas escogidas
Ofrecen, segun rito, á Febo, á Céres
Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que á todos á Juno, la que enlaza
Cuellos de amantes con feliz cadena,
La Reina acude, y si ofrecerle traza
Blanca novilla, que inmolar ordena,
Entre uno y otro cuerno ella la taza
De sagrado licor derrama llena;
Y si, ornado el altar, favores pide,
La sacra ceremonia ella preside.

XIV.

Torna á iniciar con cada nueva aurora
Nueva fiesta. Con labios anhelantes
Su destino en las víctimas explora
Consultando las fibras palpitantes.
La ciencia del augur ¡oh cuánto ignora!
Ni ¿cuál rito sanó pechos amantes?
Consume fuego halagador la vida,
Fresca recata el corazon su herida.

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira:
Así tambien en la selvosa Creta
Algun vago pastor de léjos tira
A cierva incauta rápida saeta;
El, que clavó el arpon tal vez no mira;
Ella en bosques y valles huye inquieta,
Y en vano huyendo de librarse trata,
Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya á Enéas á ver los muros guia
Y primores le enseña por do viene;
Empezados proyectos le confía,
Va á hablar tal vez, y al pronto se detiene;
O ya en festines, en cayendo el dia,
Con preguntas, cual ántes, le entretiene;
Que lances torne á referir le agrada,
Y torna á oirle, de su voz colgada.

XVII.

Tambien á veces la infeliz, hallando
El semblante del héroe en su semblante,
Estrecha á Ascanio contra el seno blando,
Por si engañado Amor duerme un instante.
Y cuando todos se retiran, cuando
Su móvil faz, á trechos radïante,
Con velo funeral cubre la luna
Y se hunden las estrellas una á una;

XVIII.

Cuando todo á los vivos aconseja
Tomar descanso, en la desierta sala
Pasea sus congojas, y honda queja,
Consigo á solas, de su pecho exhala;
Ó en el lecho tal vez caer se deja
Que ocupó en el festin, y se regala
Con el amado, que al amado ausente
Presente le ve allí; le oye, le siente.

XIX.

Suspensa en tanto la comun tarea,
Ni en ejercicios de armas se solaza
La juventud, ni en concluir se emplea
Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:
No se alza más la torre gigantea;
Inconcluso, rüinas amenaza
Todo el muro, y la máquina que osa
Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa.

XX.

La hija de Saturno, la que al lado
Reina de Jove, ha visto á la infelice;
Ve que al amor inmola ya el cuidado
De su fama, y á Vénus llega, y dice:
«Rica presa hijo y madre habeis logrado
Que una mujer la planta en red deslice
Que dos Dioses le armaron de concierto,
¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas
Tú de Cartago las mansiones hallas;
Yo sé que en tus recelos no reposas
Cuando ves de Cartago las murallas.
Mas ¿no habrá fin á tan acerbas cosas?
¿Siempre hemos de reñir duras batallas?
Justo es ya que finquemos, si te place,
Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía,
Todo lo tienes á sabor cumplido:
Dido muere de amor: la llama impía
Cala y consume el corazon de Dido.
Que esta nacion rijamos tuya y mia
Con igual potestad, es lo que pido:
Dido al Troyano obedecer se vea;
Dote fiada á ti Cartago sea.»

XXIII.

Vénus, cual si no hubiese en sus razones
La mira penetrado traicionera
De llevar á las líbicas regiones
El reinado feliz que á Italia espera,
«Acojo,» respondió «lo que propones;
Que en vez de ello altercar, demencia fuera:
Falta sólo que el vínculo que dices
Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos;
Ni decir sé si Júpiter se paga
De que, uniéndose Tirios y Troyanos,
Solo un pueblo la union de entrambos haga.
Mas tú los pensamientos soberanos
Del mismo Jove suplicante indaga;
Que es derecho de esposa; y de consuno
Obraremos despues.» Respondió Juno:

XXV.

«Fíalo á mi prudencia, que lo aplaza
Para su tiempo. A lo que está primero
Por el pronto atendamos: con qué traza
Lograremos el fin, decirte quiero.
Salir han concertado al monte á caza
Dido y Enéas: que saldrán espero
Cuando el sol tienda desde la alta cumbre
Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores
Agitarse, y que empiezan la espesura
Con cuerdas á ceñir los cazadores,
Recia borrasca moveré en la altura,
El cielo en torno asordaré á rumores,
Granizo lanzaré de nube oscura;
Dispersos correrán, y á todos lados
Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente
En una gruta entónces á deseo
Reparo buscarán: seré presente,
Y haré, si tu favor cordial poseo,
Que á consorcio se obliguen permanente,
Y el juramento sellará Himeneo.»
Tal su ardid Juno expone á Vénus; y ésta
Sonrisa de adhesion dió por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salia
Hermosa: y redes ya de claros hilos
La alegre multitud trae á porfía,
Y lonas, y venablos de anchos filos:
A la vez llegan con sagaz jauría
A caballo los ágiles Masilos;
Y á Dido, que en la régia alcoba áun tarda,
Region florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella,
Y espumoso un bridon tasca el bocado:
Ya ella sale á montarle, y va con ella
El juvenil cortejo alborozado.
Su clámide purpúrea franja bella
Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;
La veste ciñe en áureo broche; en oro
Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana;
Gozoso llega Ascanio, Enéas llega
Radiante de hermosura soberana,
Y las bandas, cual príncipe, congrega.
No en gentileza ó majestad le gana
Apolo, cuando hurtándose á la vega
Del Janto, ó á la Licia envuelta en hielos,
Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo,
Y Cretenses y Dríopes en coro,
Y abigarrados Agatirsos, canto
Mezclando y danzas en tropel sonoro;
El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;
Orna el suelto cabello, á par del oro,
Con tiernas hojas de gentil guirnalda,
Y los dardos retiemblan á la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado
De hojosos laberintos, á deshora
Del risco descolgándose empinado
Ven la silvestre cabra trepadora.
Mueve á los ciervos súbito cuidado,
Y la manada al campo voladora
Cruza; nube de polvo en torno crece,
Y los montes dejando, desparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va á doquiera
Su brioso caballo por el llano,
Y ya á los unos en veloz carrera,
Ora á los otros se adelanta ufano.
Entre inermes rebaños, aplaudiera
Un jabalí espumoso haber á mano,
Y ruega que del áspero boscaje
Algun rojo leon al campo baje.

XXXIV.

Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos,
Sigue granizo y tempestad oscura;
Y, Tirios y Troyanos de afan llenos,
Cada cual por su lado huir procura:
Ni de Vénus al nieto acosa ménos
El cielo: albergues van por la llanura
Buscando: de las sierras eminentes
Se despeñan las aguas á torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitan con Dido,
Y á una gruta se acogen á deseo:
Presagia la alma Tierra con rüido,
Y Juno, al rito atenta, el himeneo:
El cielo en los misterios instruido,
Alumbró con siniestro centelleo;
Las Ninfas á que el monte da moradas,
Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!
No alimenta en su amor furtiva llama
La Reina ya, ni miramiento presta
A lo que honor ó la opinion reclama:
Por velo da á su culpa manifiesta
Nombre de matrimonio. Y ya la Fama
Por cuantas villas Africa numera
Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Fama aquella malvada se apellida
Que es veloz como igual no ha visto el cielo,
En su movilidad está su vida,
Y le crecen las fuerzas con el vuelo:
En los primeros pasos va encogida;
Luégo se alza ambiciosa: por el suelo
Humildemente rateando empieza;
Luégo esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo,
La Tierra hubo á la Fama hija postrera,
Póstuma hermana á Encélado y á Ceo,
Agil de miembros y de piés ligera.
Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,
Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera?
Tantos debajo oculta ojos despiertos,
Tantas bocas y oidos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala
De noche, y entre tierra y cielo vuela;
Nunca el sueño sus párpados regala!
De dia, misterioso centinela,
En techo ó torre altísima se instala,
Y asombro dando á las ciudades, vela,
Y con ardor igual, doquier que gira,
Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente.
Mezcla verdades y ficciones vanas,
Y esparciéndolas vuela entre la gente
Corriendo las provincias comarcanas:
Que ha arribado, de Troya procedente,
Enéas á las playas africanas;
Que le acoge, y consiente en ser su esposa,
La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados.
En la red del placer entretenidos,
Gozan los dias del invierno helados,
Por amor, lo que duren, encendidos:
La ímpia Diosa por campos y poblados
Va esto poniendo en bocas y en oidos,
Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,
Le inflama el alma, y á furor le mueve.

XLII.

Robó á la ninfa Garamanta un dia
Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era;
El cual cien templos dedicado habia,
En los vastos dominios en que impera,
A su padre, y cien aras, donde ardia
Velador fuego que morir no espera:
El suelo en sangre víctimas coloran;
Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja
Yárbas allí, entre estatuas tutelares,
Gime alzando las palmas; ni se aleja
Sin fatigar con ruegos los altares:
«¡Oh Jove omnipotente, á quien festeja
Con obsequios del Dios de los lagares
La gente maura en recamados lechos!
¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

»¿Ves? ¿Ó cuando á las nubes rompe el seno
El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?
¿No es voz de tu furor el ronco trueno?
¿Ciegos salen los rayos de tu mano?
Vino aquí errante una mujer: terreno
Compró para ciudad pequeña: un llano
La dí que cultivado la abastase;
A su dominacion yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido;
¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta á su lado!
Y éste que unge el cabello y va servido
De eunucos, nuevo Páris, y el tocado
Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,
Gozando libre está de un bien robado;
¡Y yo, que en darte culto no reposo,
Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemia;
Y oyendo el Padre su clamor prolijo
Vió la copia de amantes que yacia
En torpes lazos, y á Mercurio dijo:
«Óyeme, y cruza la region vacía;
Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;
Vé al Rey troyano que en Cartago olvida
Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.