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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 54: L.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»Ella misma del cerco nebuloso
Vibró de Jove la veloz centella,
Y alteró de los mares el reposo
Y dispersó los navegantes; ella
En torbellino súbito, furioso,
Arrebatando al infeliz, lo estrella,
Cuando áun abierto el pecho llameaba,
Contra un agrio peñon, y allí le clava.

X.

»Y yo, que entre los Númenes campeo
De los Númenes todos soberana;
Yo, que los altos títulos poseo
De consorte de Júpiter y hermana,
Ya tantos años há que en lid me empleo
Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!
¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno
Que humilde ofrende en el altar de Juno?»

XI.

Tal medita la Diosa, y sus sollozos
Ahogando en su furor, á Eolia vuela,
Region nublada en lóbregos embozos,
Region que aborta la hórrida procela:
Eolo allí en inmensos calabozos
Las roncas tempestades encarcela
Y los batalladores aquilones,
Y hace pesar su imperio en sus prisiones.

XII.

Ellos dentro la hueca pesadumbre
Ruedan bramando, amenazando estrago;
Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,
Resuelve en aire el comprimido amago,
Que si aquella legion de servidumbre
Salir lograse, por el éter vago
La tierra, el mar, el ámbito profundo
Rauda barriera aniquilando el mundo.

XIII.

El alto Jove recelando eso,
Al ejército aéreo abrió esta sima,
Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso
De altísimos collados le echó encima;
Y un rey impuso al elemento opreso
Que con tacto severo, ya reprima,
Ya dé medida libertad. Ahora
Juno ante él llega, y su favor implora:

XIV.

«Éolo, á quien el Rey de cielo y tierra
Calmar concede y sublevar los mares,
Oye: aquel pueblo á quien juré la guerra,
Surca el Tirreno, y sus vencidos lares
Lleva, y su imperio, á Italia. Desencierra,
Éolo, tus alados auxiliares,
Y envíalos con ímpetus violentos
A romper naves y á esparcir fragmentos.

XV.

»Catorce Ninfas sírvenme doncellas,
De hermosura dotadas milagrosa;
La que en encantos sobresale entre ellas,
Deyopeya gentil, será tu esposa:
Eternas gozarás sus gracias bellas;
Yo te la doy, porque de prole hermosa
Afortunado fundador te haga;
Y así el favor mi gratitud te paga.»

XVI.

Éolo reverente la responde:
«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres,
Dí cuanto oculta voluntad esconde,
Pues son tus voluntades mis deberes.
De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde
Mi cetro, mi privanza, mis poderes?
Tú en las mesas olímpicas me sientas;
Rey por ti soy de rayos y tormentas!»

XVII.

Dice; y la hueca mole con el cuento
Hiere del cetro, y la voltea á un lado;
Y al ver el ancha puerta, cada viento
Quiere salir primero alborotado;
Y Noto á un tiempo, y Euro, y turbulento
Abrego con borrascas, monte y prado
Corren, barren el suelo, al mar se entregan,
Y ondas abultan que la playa anegan.

XVIII.

Y remueven el ponto, el ponto gime;
Y silban cuerdas y la gente clama;
Roba las formas y la luz suprime
La oscuridad que en torno se derrama;
Noche tremenda el horizonte oprime;
El éter cruza intermitente llama;
Truena el polo, y suspenso el navegante
La pompa del terror tiene delante.

XIX.

En este instante de la muerte el hielo
Siente Enéas que embarga sus sentidos,
Y entrambas manos extendiendo al cielo,
Clama con voz ahogada entre gemidos:
«¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,
Al pié del alto muro, en liza heridos,
A vista de sus padres espiraron,
Y allí cual buenos su mision finaron!

XX.

»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,
Diomédes esforzado! ¿qué impía suerte
Me negó bajo el filo de tu acero
En los campos de Troya hallar la muerte?
Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero
Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte
Tanto noble adalid, rota armadura,
El Simois vuelca en su corriente oscura!»

XXI.

Cállale aquí borrasca bramadora
Que hosca en las velas da, la onda agiganta;
Quiébranse remos, tuércese la prora,
La onda el costado del bajel quebranta:
Álzase el agua en cimas, y á deshora
Rómpese: quién en vago se levanta;
Quién la ola henderse ve que lo encadena,
Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.

XXII.

Noto tres buques á su cargo toma
Y en adustos escollos los estrella
(Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma,
Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).
Sobre otros tres rugiente se desploma
Euro (¡escena de horror!), los atropella,
Y dales, entre puntas destrozados,
Tumba de arena en los hirvientes vados.

XXIII.

Al bajel que á los Licios aportaba,
El mismo en que el leal Oróntes iba,
Súbito hiere en popa una ola brava
Descargada con ímpetu de arriba.
Enéas el embate viendo estaba
Que de un vuelco el piloto al mar derriba,
Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,
Y el vórtice lo traga, y desaparece.

XXIV.

Vense dispersos que en lo inmenso nadan;
Maderos y reliquias de combates,
Y troyanas riquezas sobrenadan.
De Ilioneo, aunque fuerte, á los embates
La nave ya, y las de Abas se anonadan,
Del viejo Alétes y el valiente Acátes;
Que, hondas las grietas, desligado el brío,
Abren su seno al elemento impío.

XXV.

En tanto los rumores, los bramidos,
La inmensa agitacion Neptuno siente;
Siente los hondos sótanos movidos,
Y alza alarmado la serena frente
Por cima de las ondas. Esparcidos
Los buques ve de la troyana gente,
Por todas partes maltratada y rota,
Que el cielo la acribilla, el mar la azota.

XXVI.

Ni ya de Juno se ocultó al hermano,
Industrioso el rencor que horrores trama;
Y al punto con acento soberano
Al Céfiro y al Euro á cuentas llama;
«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?
Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama
El agua en cerros que encrespais gigantes;
¡Guay!... Mas el mar apacigüemos ántes.

XXVII.

»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;
Ni espereis de piedad segunda muestra;
Y á vuestro Rey decidle que los hados
No el tridente pusieron en su diestra:
Los reinos de la mar son mis estados!
Riscos él tiene allá, guarida vuestra;
Que respetoso á ajenos elementos,
Reine guardian de encadenados vientos!»

XXVIII.

Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,
Y pone en paz las olas que batallan:
Cimotoe y Triton de roca aguda
Los míseros navíos desencallan;
Con su tridente él mismo les ayuda,
Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;
Y por cima del mar, que apénas riza,
En levísimo carro se desliza.

XXIX.

¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira
Que la plebe en motin ruge y revienta?
Teas, guijarros por el aire tira;
La fuerza del enojo armas inventa:
Mas si á un prócer piadoso alzarse mira,
Se contiene, se acalla, escucha atenta;
Sola esa voz los ánimos ablanda,
Lleva la paz, y la obediencia manda.

XXX.

Neptuno así de una mirada enfrena
Del piélago insolente los furores,
Y gira por la atmósfera serena
Dóciles sus caballos voladores.
Entre tanto, de la áspera faena
Cansados los troyanos viadores,
A las vecinas, líbicas orillas
Vuelven prudentes las cascadas quillas.

XXXI.

Vese allí en una cómoda ensenada
Formando puerto, una isla: á sus costados
Del piélago se rompe la oleada.
Y rota, entra á morir por ambos lados.
Guardando opuestos émulos la entrada,
Dos peñones, remate de collados,
Torvos se empinan: plácidas, á solas,
Tiéndense al pié las sombreadas olas.

XXXII.

Luégo, al entrar, divísase eminente,
Del sol quebrando el trémulo destello,
Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente
Cóncava peña cierra un antro bello.
Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente
De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
No aquí el cansado esquife ata la amarra;
No del áncora el garfio el fondo agarra.

XXXIII.

Saca Enéas, en suma, á salvamento
Siete naves. La gente, que desea
De la tierra el materno acogimiento,
Salta al césped que el céfiro recrea,
Y allí á los miembros húmidos da asiento.
Acátes hiere el pedernal; chispea;
Hoja menuda allega, adusta rama,
Y, el fómes atizando, arde la llama.

XXXIV.

Mojados sacan las cansadas manos
El dón de Céres y su tren; y aprestan
Piedras allí para moler los granos
Que en seco extienden y que al fuego tuestan.
Sube Enéas á un pico, y los lejanos
Horizontes registra, por si enhiestan
Las popas de Caïco allá su arreo,
Ó bien sus velas el bajel de Anteo;

XXXV.

Ó ya á remo avanzando los navíos
Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada
Por los ecuóreos límites vacíos
Descubre á su esperanza su mirada.
Mas tres ciervos divisa que baldíos
Recorren la ribera: la manada,
Al sabroso pacer vagando atenta,
Por acá y por allá los sigue lenta.

XXXVI.

El arco y leves flechas, al instante,
Armas del fiel Acátes, arrebata
Enéas; y á los tres que van delante
Con orgullosa cornamenta, mata;
A tiros luégo el escuadron restante
Entre el frondoso bosque desbarata;
Ni desiste hasta ver de los venados
Siete grandes por tierra derribados.

XXXVII.

Así el número iguala al de bajeles;
Al puerto vuelve, do el botín divida
Entre sus tristes compañeros fieles;
Y con vino, de aquél que á su partida
De las riberas sículas, toneles
Bondoso Acéstes les hinchió, convida;
Y cura consolar los corazones
El obsequio apoyando con razones:

XXXVIII.

«¡Antiguos compañeros! sabedores
Ántes de ahora de aventuras tales:
Ya visteis acabar otros mayo es,
Dios dará fin á los presentes males.
De Scila atroz escollos ladradores:
De impios Ciclopes playas funerales:
¿Qué no habeis arrastrado? Alzad la frente,
Y ahogue su pena el corazon valiente!

XXXIX.

»Desgracias de hoy, mañana son memorias
Que despiertan secretas simpatías:
Senda de rudas pruebas transitorias
Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:
Renacerán nuestras antiguas glorias;
Sufrid, guardáos para mejores dias!»
Dice; rie esperanzas, y hondamente
Sella el fiero dolor que el alma siente.

XL.

Presta la gente á aderezar la caza
Pieles arranca, entrañas desaloja;
Quién la carne, que á miembros apedaza,
Fija en el asador, tremente y roja;
Quién da en la orilla á las calderas plaza,
Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja
Cobran tendidos el vigor postrado
Con vino añejo y nutridor bocado.

XLI.

Calla el hambre; y locuaz la fantasía
Recuerda á los ausentes: teme; alienta;
Y ya salvos, ya en la última agonía,
Ya sordos al clamor los representa.
Consigo Enéas, de la suerte impía
Del animoso Oróntes se lamenta,
Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto;
Del grande Gias y del gran Cloanto.

XLII.

Tarde era ya, cuando del alto cielo
Oteando el olímpico monarca,
Tierras y costas, el tendido suelo,
Y el mar de velas erizado, abarca
De una mirada, que con vivo anhelo
Fijó, en fin, en la líbica comarca;
Y, los ojos brillando humedecidos,
Vénus así le hablaba con gemidos:

XLIII.

«Padre y señor de dioses y mortales;
Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!
¡Oh! mira al hado, tras acerbos males,
Cuál á mi Enéas y á los Teucros cierra,
No del país que guarda, los umbrales,
Mas los ángulos todos de la tierra!
Para sufrir contrariedad tan fuerte,
¿Con qué crímen pudieron ofenderte?

XLIV.

»Tú prometiste que de aquí, algun dia—
¿Lo recuerdas?—de aquí, de la troyana
Estirpe restaurada, se alzaria
Reina del mundo la nacion romana.
¿Qué nuevo plan la ejecucion desvía?
Yo usaba con las dichas del mañana,
Del ayer y sus ruinas consolarme;
Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?

XLV.

»No; que se ensaña cada vez más crudo!
¿Término á tanto mal darás al cabo,
Grande y buen rey? Con invisible escudo,
Del Adria entrando por el golfo bravo,
Al riñon mismo de Liburnia pudo
Anténor penetrar, y del Timavo
Las cabezas venció; de argiva hueste
Salvado en ántes por favor celeste.

XLVI.

»Y en aquella region donde desata,
Los cerros atronando, mar rugiente
Por siete bocas su raudal de plata,
Y los campos inunda en su corriente,
Allí á Padua fundó: morada grata
En ella, y patrio nombre dió á su gente,
Y de Troya las armas; y tranquilo
Bajó á dormir en sepulcral asilo.

XLVII.

»¿Y á nosotros, tus hijos, á quien silla
Previenes celestial, se nos traiciona?
¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla!
Porque de álguien el odio lo ambiciona,
Tocar nos vedas la latina orilla?
¿Así nos vuelves la imperial corona?
¿O premio es éste de virtudes digno?»
Oyóla el Padre, y sonrió benigno;

XLVIII.

Y con la faz la besa con que el cielo
Serenar suele en tempestad oscura;
Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;
De los tuyos el hado eterno dura.
Verás alzarse á coronar tu anhelo
La ciudad de Lavinio: á etérea altura
Tu heroico Enéas subirás un dia;—
Ni nuevo plan la ejecucion desvía.

XLIX.

»Él (pues voy á tu pecho, áun mal seguro,
A revelar recónditos arcanos)
Él hará guerra larga; el cuello duro
Domará de los pueblos italianos;
Dará á los suyos circundante muro,
Y fundará costumbres. Tres veranos
Contará de los Rútulos triunfante;
Y tres inviernos le verán reinante.

L.

»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno
Con renombre de Yulo se engalana,
(Ilo nombróse en el solar paterno
Cuando alzaba Ilïon la frente ufana),
Treinta años llenará con su gobierno
Mes á mes; y la sede soberana
Mudando de Lavinio, hará á Alba Longa
Robusta en fuerzas que al asalto oponga.

LI.

»De manos de la hectórea dinastía
No habrá en tres siglos quien el cetro aparte:
Ilia, real sacerdotisa, un dia
Hijos gemelos parirá de Marte:
Con la piel de la loba que los cria
Ya al mayor miro ufano; baluarte
Alzará eterno, y porque al mundo asombre,
Rómulo á su nacion dará su nombre.

LII.

»Y término, ni linde, ni parada
Fijo al poder de Roma: eterno sea!
Juno misma, que alarma exasperada
Cuanto baña la mar y el sol rodea;
Con nuevo acuerdo, á la nacion togada
Que al mundo, acerca el hado, señorea,
Vendrá por fin en proteger conmigo;
Y así se cumplirá cual yo lo digo.

LIII.

»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas
Dé la casa de Asáraco á la argiva;
A Ptia vencerá; verá á Micénas,
Si ántes gloriosa, ya á sus piés cautiva.
Tan noble sangre llevará en las venas
Julio—por nombre que de atras deriva;
César—con gloria que hasta el cielo alcanza
Él, cuyo imperio sobre el mar se avanza.

LIV.

»Y tú, segura de contrario insulto,
Cargado con despojos de Orïente
Le cogerás en el Olimpo; y culto
Le dará el hombre en votos afluente.
Y, sosegado el militar tumulto,
La férrea edad se tornará clemente:
Fe anciana reinará y amor divino,
Y en union fraternal Remo y Quirino.

LV.

»Y por fin con estrechas cerraduras
Y de hierro cargadas, de la Guerra
Cegadas quedarán las puertas duras:
El malvado Furor, que allí se encierra,
Sentado sobre rotas armaduras,
Con las manos atras, que el bronce aferra
De cien cadenas, lanzará bramidos,
Los dientes rechinando enrojecidos.»

LVI.

Dice, y al punto del Olimpo envía
Al alígero dios hijo de Maya,
Que á allanar á los náufragos la via
Y el muro de Cartago á abrirles vaya;
Pues de Dido recela, que podria
Alejarlos tal vez de aquella playa
Si los altos designios ignorase.
Oyele el nuncio, y por el éter vase.

LVII.

Y la pluma batiendo fugitiva
En la region inmensa, por do hiende,
Presto á las costas líbicas arriba,
Y á cumplir el mandato sólo atiende:
Y ya los Penos su rudez nativa,
Por él, remiten; y ante todo enciende
En Dido un vago y tierno sentimiento,
Prenda de hospitalario acogimiento.

LVIII.

Enéas, que la noche pasó entera
Cavilando, áun no bien la luz celeste
Mira nacer al mundo placentera,
Ya ansioso sale á ver qué clima es éste
Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera
Habita en él, segun le ve de agreste:
Todo saberlo, averiguarlo intenta,
Y á los suyos tornar á darles cuenta.

LIX.

La flota deja so el peñon antiguo
Que las aguas socavan sin estruendo,
Y de las corvas selvas al abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo:
Sólo á Acátes llevándose consigo,
Cada cual ancha pica entra blandiendo:
Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa
Vestida de espartana se atraviesa.

LX.

Por su aire y armas lo parece; ó nueva
Harpálice gentil, que de vencida
A sus caballos en su esfuerzo lleva
Y al Euro alado en su veloz corrida:
Cual puesto al hombro á cazadores prueba,
Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
Y deja la rodilla ver desnuda
Do undosos pliegues lazo breve anuda.

LXI.

«¡Hola! mancebos,» díceles la Diosa:
«¿A una de mis hermanas por ventura
Visto habeis por ahí, que vagarosa
Lleva aljaba, y pintada vestidura
De piel de lince? ó que tal vez acosa
A un jabalí soberbio en la espesura
Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo;
Y de Vénus así respondió el hijo:

LXII.

«En verdad no hemos visto aquella hermana
Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella.
Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana
Lo que suena tu voz, tu faz destella.
¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Dïana?
Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
Quienquier fueres, mi labio te saluda:
¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!

LXIII.

»Y por piedad, qué clima es éste, dínos,
Ó qué zona del mundo, qué campaña;
Que sin saber ni gentes ni caminos,
Vamos perdidos en region extraña
A donde, infortunados peregrinos,
De olas y vientos nos lanzó la saña;
Y, grata á recibidos beneficios,
Mi mano hará en tus aras sacrificios.»

LXIV.

«No merezco ese honor,» Vénus contesta:
«Siempre de Tirias fué, si os maravilla,
De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,
Con borceguí purpúreo á la rodilla.
Púnico imperio aquí se os manifiesta,
Pueblos fenicios, de Agenor la villa;
Empero, esta region parte fronteras
Con las tribus del Africa altaneras.

LXV.

»De Tiro vino huyendo del hermano,
La que reina hoy aquí, por nombre Dido.—
El largo drama á desflorar me allano:—
Esta tuvo á Siqueo por marido,
Rico en tierras cual no otro comarcano;
Con vivo amor de la infeliz querido;
A quien, bella con gracias virginales,
La unió el padre en primeros esponsales.

LXVI.

»Su hermano en Tiro entónces dominaba,
Pigmalïon, el más feroz malvado:
Enemistad entre los dos se traba,
Y él á Siqueo, ante el altar sagrado,
Sacrílego y traidor á hierro acaba,
Y tambien de codicia estimulado;
Y á la sencilla enamorada hermana
Oculta el crímen de su diestra insana.

LXVII.

»Y con ficciones la entretiene en duda,
Y su amor de esperanzas alimenta;
Cuando en sueños por fin á la vïuda
De Siqueo insepulto se presenta
La sombra misma, alzando la faz muda
Con tétrico misterio macilenta;
Y el ara le señala enrojecida,
El pecho abierto y la profunda herida.

LXVIII.

»Y el arcano espantoso que contrista
Y un rincon recataba, muestra entero;
Y la excita á buscar con planta lista
Más humano país, clima extranjero:
Para ayuda de viaje, abre á su vista
En sótano ignorado, de dinero
Antiguo y vasto acopio. Conmovida
Dido despierta á apercibir la huida.

LXIX.

»Busca auxiliares; llegan á porfía
Quiénes que temen del cruel tirano,
Quiénes que odian la infame tiranía;
Apañan, cargan de oro las que á mano
Naves dispuestas por ventura habia;
Y ya cruza los campos de Oceano
De Pigmalion avaro la riqueza;
Y una débil mujer va á la cabeza.

LXX.

»Y aquí al sitio pararon do ahora vese
Muralla colosal; do se levanta
La fortaleza de Cartago: en ese
Sitio compraron tanta tierra cuanta
La piel de un buey en derredor cogiese;—
De Brisa el nombre la aventura canta.—
Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,
Ó á dónde encaminaba la derrota?»

LXXI.

Enéas respondiéndola, doliente
La voz arranca, y con suspiro dice:
«¡Diosa! si de su orígen al presente
La serie de mis lances infelice
Narro á tu corazon condescendiente,
Primero que mi labio finalice,
Su luz robando al mundo y su alegría
Habrá su giro completado el dia.

LXXII.

»De Troya procedentes (si ya sabes
Lo que fué un tiempo la ciudad que digo),
Tras largas vueltas y fatigas graves
Golpe de airados vientos enemigo
Lanzó sobre estas costas nuestras naves.
Yo soy el pio Enéas, que conmigo
Voy llevando doquier, del mar por medio,
Dioses salvados de voraz asedio.

LXXIII.

»Enéas, en las célicas esferas
Famoso ya; que por el mundo ando
De la Italia por patria, las riberas,
Y el linaje de Júpiter buscando:
Confié al frigio mar veinte galeras,
El camino mi madre señalando,
Yo su enseñanza celestial siguiendo;
¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.

LXXIV.

»Y hé aquí con siete buques mal librados,
Llego al cabo, ignorado, desvalido,
Del África á correr los despoblados,
Ya del Asia y Europa repelido!» ...
Mas aquí, con afectos reavivados,
Vénus interrumpióle en su gemido:
«Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes,
Las simpatías de los Dioses tienes.

LXXV.

»Ellos dan que los hálitos vitales
Respires para bien: feliz sendero
De la reina te lleva á los umbrales:
Vendrán á puerto nave y marinero,
Vueltos en su favor los vendavales;
Y si no falta el arte del agüero
En que hubieron mis padres de instruirme,
No dudes tú lo que mi labio afirme.

LXXVI.

»Vé esos cisnes, en número de doce,
Del éter, donde Júpiter la asila,
A darles caza el águila veloce
Se lanzó por la atmósfera tranquila:
De alegre libertad vueltos al goce,
Míralos descender en larga fila;
Ya del campo se adueñan los primeros,
Ya á flor de tierra asoman los postreros.

LXXVII.