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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 548: CIV.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa
Me le ofreció; ni para fin tan triste,
Cuando la muerte entre la lid le acosa,
Una vez y otra á remediarle asiste;
Mas para que su raza glorïosa
Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste
Henchida de poder, hirviente en guerra,
Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria
De sus altos destinos, ni se afana
Por ceñirse el laurel de la victoria,
Débele á Ascanio la ciudad romana.
¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria?
¿Ó qué entre gente á su mision profana
Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?
¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento:
Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!»
Dijo; á su voz el mensajero atento,
Cumplir el cargo presuroso anhela;
Y la sandalia calza en el momento,
La áurea sandalia con que alado vuela
Cual soplo de los céfiros, lo mismo
Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra en seguida el Dios su caduceo:
Con él las sombras pálidas evoca
Que yacen en el Orco, y al Leteo
Lleva tambien las ánimas: provoca
Y disipa los sueños á deseo;
Los mustios ojos abre si los toca:
Con él nublados trata, auras domina;
Y ya volando á Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta,
Y de hoscas nubes guarnecida ostenta
Su anciana frente, estriba en firme planta,
Y el alto cielo sobre sí sustenta:
Nieve arropa sus hombros; se quebranta
En sus flancos rugiendo la tormenta,
Y á trechos en arroyos se desliza
El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma;
Paz da á las alas que al igual batia,
Y luego al mar con fuerza se desploma;
Y cual ave que al pez la gruta espía
Y en las playas, rasando el alga, asoma,
Tal á las costas líbicas venía,
Distante en breve del materno abuelo,
Entre agua y tierra el Dios á salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada
Muros trazando y casas al caudillo
Troyano ve, cuya ceñida espada
Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,
Y á quien clámide en púrpura bañada
Los hombros cubre con ardiente brillo:
Obsequios de la rica soberana
Que con oro sutil bordó la grana.

LIV.

Fué uno verle y ponérsele delante:
«¿Tú á echar las bases de Cartago atento?
¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?
¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:
Pues díme—que de Olimpo radiante
Me envía á ti por sobre el raudo viento
El que el mundo gobierna y las esferas—
¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria
De tus altos destinos, ni te afanas
Por ceñirte el laurel de la victoria,
Mira á Ascanio crecer: las italianas
Comarcas son su herencia; allí su gloria
¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...
Calló, y la vista deslumbrada deja,
Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,
Hecha un nudo la voz en la garganta.
Ya en dejar piensa aquel amado suelo,
Que la divina inspiracion le espanta.
Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!
¡Ir á anunciar que el áncora levanta
A aquella que por él de amor fallece!...
Cómo, no sabe, ni por dónde empiece.

LVII.

Propónese mil cosas, y cuan presto
Se fija en una, á esotra vuelve en tanto;
Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto
Y á Mnesteo convoca, y á Cloanto:
Que hagan, les manda, sin rumor apresto
De embarcaciones; que su gente á canto
Reunan de zarpar; armas prevengan,
Y sus intentos bajo sello tengan.

LVIII.

Que él entre tanto con mesura y tiento—
Pues la espléndida Dido nada sabe,
Ni espera que en eterno alejamiento
Aquel tan grande amor tan presto acabe—
Para hablarle, buscando irá momento
El más propicio, y modo el más süave:
Esta es su voluntad. Todos aprueban,
Y alegres el mandato á cabo llevan.

LIX.

¿Cómo engañar á un corazon que ama?
Ella todo lo sabe, lo adivina;
Fué quien primero descubrió la trama,
Y, áun en horas serenas, de rüina
Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama
Sus ocultos recelos amotina,
Maligna susurrando que aparejan
Naves los Teucros; que á Cartago dejan.

LX.

Fuera de tino la soberbia amante
Corre por la ciudad, como se agita
En las órgias solemnes la bacante
Cuando oye en torno la vinosa grita.
Y los tirsos descubre, y resonante
A sus misterios Citeron la invita:
Tal va la Reina, y tal sin más recato
Vuela á afrentar al amador ingrato.

LXI.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste
Tu malvada intencion, tu felonía?
¿Y tu nave en mi puerto imaginaste
Que en silencio las velas soltaria?
¿Cosa no habrá que á disuadirte baste?
¿Ni mi amor, ni la fe jurada un dia?
¿Ni reparar en Dido sin ventura,
Que por ti morirá de muerte dura?

LXII.

»¡Y que en lo crudo de hibernales meses
Quieras de presto aderezar tu flota!
¡Que tanto en levar ferro te intereses
Cuando más Aquilon la espuma azota!
Díme, cruel, si en lejanía vieses
No extraños campos, no ciudad ignota,
Mas renaciente á Troya, ¿á tus hogares
Cruzando irias procelosos mares?

LXIII.

»¡Huyes de mí! Mas nuestra union te pido
Que recuerdes; y este único tesoro
Que reservé, mi corazon herido,
Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!
Si algo te merecí, si hallaste en Dido
Algo de amable, tu clemencia imploro!
¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?
¡Ah! ¡si áun vale rogar, muda de intento!

LXIV.

»Nómades reyes, gentes confinantes
Me odian por ti; mi pueblo me desama;
Por ti inmolé el pudor, y la que ántes
Me alzaba á las estrellas, limpia fama.
¡Oh huésped! en mis últimos instantes
Me abandonas; y ¿á quién? Mi voz te llama
Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?
¿Al extranjero ó al hermano aguardo?

LXV.

»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?
¿Pigmalïon, que mi nacion arrase?
¡Oh! ¡si ántes de esa fuga al ménos de ese
Amor alguna prenda me quedase:
Un tierno Enéas que en mi hogar corriese
Que en su rostro infantil tu faz copiase!
No tan desamparada me veria;
No fuera tan cruel tu accion impía!»

LXVI.

Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,
Guarda en su mente el mandamiento impreso,
Fijos los ojos en el suelo clava,
Mudo resiste del dolor al peso.
«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»
Esto al fin dijo apénas; «y confieso
Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,
Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones
La imágen tuya dulcemente unida,
Miéntras guarde mis propias tradiciones,
Miéntras mi pecho aliente aura de vida.
Mas oye, en la cuestion, breves razones:
No pensaba ocultarte mi partida,
Ni de union conyugal te hice promesa;
No así te engañes: mi mision no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara
Guiar las cosas, reparando males,
Ya hubiera visto por mi patria cara?
¡Podria de sus héroes los mortales
Restos honrar; al golpe de mi vara
Se alzaran sus alcázares reales,
Y poderosa, como en ántes era,
Troya de sus cenizas renaciera!

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino
Fuerza mi voluntad, Febo me guia;
Navegar para Italia es mi destino,
Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia!
Cual hoy Troyano á Ausonia me encamino,
Tiria á Cartago tú viniste un dia;
Ya en paz la riges: en igual manera
Buscarlos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo
La noche entolda el orbe de la tierra
Y brillan las estrellas por el cielo,
En sueños me habla, y su actitud me aterra:
Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,
Y en él mirando, el corazon se cierra;
Que aquí, distante del confin hesperio,
Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.

»No há mucho el nuncio de los Dioses vino;
Por vida de ambos que le vi te juro,
Enviado por Júpiter, camino
Por los aires abrir, y entrar el muro:
Estoy mirando su esplendor divino;
Oyendo estoy su mandamiento duro!
No me des más, no más te des tormento;
Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Miéntras hablaba, fiera y desdeñosa
Con ardiente inquietud ella le mira;
Mirándole en silencio, ira rebosa,
Y luégo á voces se desata en ira:
«No fué tu madre, ¡pérfido! una Diosa,
Que desciendes de Dárdano es mentira;
Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,
Hircana tigre te crió á sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?
Ve llorando á su amante, ¿y se contrista?
¿Le merecí una lágrima, un ligero
Signo de compasión? ¿volvió la vista?
¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?
¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista?
Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!
Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad! ¡nombres vacíos!
¡Yo náufrago, desnudo, falleciente
Le recogí, le abrí los reinos mios,
El imperio con él partí demente!
Yo los restos salvé de sus navíos,
Yo libré de morir su triste gente!...
¿A dónde me despeña el pensamiento?
¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

»¡Y ahora la voz de oráculo divino
Fuerza su voluntad! ¡Febo le guia!
Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino,
¡Y es heraldo que Júpiter le envía!
¡Y en los aires abriéndose camino
Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaria
Que hubiesen de alterar cuidados tales
La alta paz de los Dioses inmortales!

LXXVI.

»Nada te objeto, ni partir te impido:
Vé, y por medio del mar, en seguimiento
Camina de ese imperio prometido;
¡Busca esa Italia con favor del viento!
Mas si justas deidades, fementido,
Algo pueden, te juro que el tormento
Hallarás, entre escollos, que mereces,
Y á Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada,
Con tea humosa aterrará tu mente;
Y cuando á manos de la muerte helada
Salga del cuerpo esta ánima doliente,
Yo, vengadora sombra, á tu mirada
En todas partes estaré presente!
Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:
¡Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene,
Y huye la luz odiosa con gemido;
El, que á oponer razones se previene,
Queda atónito, absorto, atontecido.
Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene
En brazos; y la llevan sin sentido
Al tálamo, de mármoles labrado,
Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura
El religioso príncipe quisiera
Mitigar de la triste la amargura
Y el dolor suavizar que la exaspera.
Gime él de corazon su desventura,
Que amor le oprime con angustia fiera;
Todo, empero, lo vence, y determina
Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya á revistar su armada acude al puerto,
Y ya las altas popas de la orilla
Los Troyanos alanzan de concierto;
Flota liviana la embreada quilla.
Remos y tablas da, de hoja cubierto,
Tronco informe, áun no bien la hacha le humilla;
Y en este afan por coronar la empresa,
Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.

Tal las hormigas próvidas saquean
Riquezas que en sus antros acumulan;
Y, en la hierba cruzándose, negrean,
Y en senda angosta, por do van, pululan:
Unas á empuje granos acarrean,
Otras, á la que tarda ora estimulan,
Corrigen ora á la que pierde el tino;
Con tanta agitacion hierve el camino.

LXXXII.

¡Tu pobre corazon qué sentiria!
¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,
Cuando hirviente la playa en lejanía
Atalayabas desde la alta almena!
¡Qué, al sentir la confusa vocería
Con que al mar asordaba la faena!...
Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego?
Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

LXXXIII.

Con interpuestas súplicas ensaya
Ir á amansar rebeldes sentimientos;
Que morir no es prudente sin que haya
Esforzado los últimos intentos:
«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?
Míralos: corren, vuelan; ya contentos
Las popas adornaron de coronas;
Ya convidan al céfiro sus lonas.

LXXXIV.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero
Lo sabré soportar, hermana mia.
Este único favor te pido, empero:
Pues te preciaba en tanto, y ser solia
El pérfido contigo verdadero,
Y tú hallabas sazon de entrarle y via,
Anda, y doblar con súplicas procura
Esa cerviz cual de enemigo dura.

LXXXV.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra
Juré en Áulide, naves á hacer riza
No envié á Troya, no moví la tierra
Que cubre de su padre la ceniza.
¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra?
¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?
Buen viento espere y que la mar se ablande:
Es gracia, y la postrera que demande.

LXXXVI.

»No ya que vuelva por la fe de esposo
Ni á ese Lacio renuncie tan querido,
Que le costara asaz, pedirle oso,
Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!
¡Tregua al dolor, momentos de reposo
Dé, en que el pecho á sufrir se avece herido!
Esto ruego; sé, hermana, compasiva;
Haz esto, y soy tu esclava miéntras viva.»

LXXXVII.

Tal la triste con lágrimas decia;
Tal á Enéas con lágrimas la hermana
Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía
(No hay con él argüir) fatiga es vana;
Que ni por llantos su intencion varía,
Ni á ruegos ya su voluntad se allana;
Rigor del hado: al penetrar su oido
Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXVIII.

Cual recio, antiguo roble á quien trabada
Legion de vientos en el Alpe embiste;
Braman; cruje la rama atormentada
Y de hoja el suelo en derredor se viste;
Mas él, asido de peñascos, nada
Teme, y á opuestos ímpetus resiste,
Y el cielo con su copa hiriendo altiva,
Con raíz honda en el Averno estriba;

LXXXIX.

Él así de querellas golpeado,
Cuando su angustia divertir no pueda
Tenaz resiste de constancia armado;
Inútil llanto de los ojos rueda.
Mas Dido, á quien temblar hace su hado,
Morir quiere que el cielo la conceda;
Ni la bóveda espléndida celeste
Torna á mirar sin que pesar le cueste.

XC.

Fortuna, que en su daño se encruelece,
Porque su infausto fin seguro sea
Hace que á tiempo que devota ofrece
Dones en la ara do el incienso humea,
Note el agua lustral que se ennegrece
Y en sangre el vino corromperse vea.
¡Oh vista horrible! Atónita, confusa,
Áun á su hermana declararlo excusa.

XCI.

Dedicado á Siqueo un templo habia,
Todo de mármol, al palacio adjunto:
Ella le ama, ella le honra, y le atavía
Con velos blancos como nieve, junto
Con tiernas ramas. En la noche umbría
Parecióle que el cónyuge difunto
La llama, del oscuro monumento
Con misteriosa voz, con hondo acento.

XCII.

Oyó á un buho tambien que se lamenta
Solitario en los altos torreones
Con lloroso clamor; su duelo aumenta
El recuerdo de aciagas predicciones.
Enéas mismo en sueños la atormenta;
Y por largo camino, por regiones
Aridas, siempre sola, peregrina,
Ir buscando á los suyos se imagina.

XCIII.

Tal las huestes de Euménides Penteo
Y dos soles, dos Tébas mira insano;
Tal Oréstes con ciego devaneo
Comparece en la escena huyendo en vano:
Con fuego y sierpes tras el hijo reo
Arma una sombra la terrible mano,
Y vengadoras Furias las entradas
Sitian del templo, en el umbral sentadas.

XCIV.

El dolor la ha vencido; la despeña
El furor: el partido extremo abraza;
Y en su mente los trámites diseña,
Acuerda el modo, y el momento aplaza.
Su intento oculta, y con la faz risueña
Dice á la triste hermana: «Hallé la traza
Como al ingrato á reducir acierte,
Ó de él mi atado corazon liberte.

XCV.

»Me des la enhorabuena, hermana, espero;
Mas oye el caso. En el país lejano
Que ve del sol el resplandor postrero
Y el límite final del Oceano,
Allí demora el último lindero
Que posee atezado el Africano;
Allí el cielo con fuego rutilante
Rueda en los hombros del eterno Atlante.

XCVI.

»Hija de esos incógnitos confines,
Con fuerte encanto vindicarme fia
Negra maga que el templo y los jardines
Guardó de las Hespérides un dia:
Ella daba sustento á los mastines,
Y el árbol milagroso defendia,
Y de amapola soporosa, y blanda
Miel, esparcia la eficaz vïanda.

XCVII.

»Que ardores hiela con sus cantos jura,
Y da al helado fuego en que se queme;
Ataja los torrentes, y en la altura
Suspenso el astro sus hechizos teme;
Sombras evoca entre la noche oscura,
Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme
La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,
Que al conjuro, del monte se descuajan.

XCVIII.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,
Alza al raso una hoguera sin testigo
(Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,
Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo).
La espada que dejó pendiente Enéas,
El lecho que en mi mal nos fuera amigo,
Ponlo allá todo; la adivina aguarda
Que no quede reliquia sin que arda.»

XCIX.

En sus labios aquí se heló la risa,
Y ocupa el rostro palidez funesta;
Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa
Que un nuevo estilo funerario apresta;
Ana ciega áun no en Dido aquel divisa
Mental furor; ni la imagina expuesta
Á golpe más cruel, dolor más crudo
Que en muerte del marido estarlo pudo.

C.

Y así ignorante la infeliz jornada
Va á preparar. La Reina, en cuanto mira
Al cielo descubierto levantada
En el patio interior la triste pira,
Con leños resinosos solidada
Y con rajas de roble, en torno gira
Tendiendo hojosa amenidad, y al muro
Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

CI.

Y sobre el lecho, con fingido intento
La efigie y armas del traidor coloca:
En torno hay aras: con horrible acento
La hechicera, en cabello, al Cielo toca;
Y deidades allí tres veces ciento,
Y al negro Caos y al Erebo invoca,
Y, vírgen en tres fases conocida,
En tres formas á Hécate apellida.

CII.

Con aguas ya que del Averno el cieno
Mustias figuran, libacion se hizo;
Y alléganse, cargados de veneno,
La hierba pubescente, el tallo rizo
Que de la luna al esplendor sereno
Cortó segur de cobre; y el hechizo
Que, hurtado á la cerviz de potro tierno,
Falto dejóle del amor materno.

CIII.

Dido misma la sal ofrenda y trigo,
Un pié descalzo, desceñido el manto,
É invoca á las estrellas, por testigo
Tomando de su fin al Cielo santo:
Ellas su historia saben, y si amigo
Hubo algun Dios á quien moviese el llanto
De amantes mal pagados, ése pide
Vea en su causa y de vengarla cuide.

CIV.

Era la noche: al medio del camino
Iban los astros por el alto Cielo;
Calla el bosque y el piélago marino;
Yacen los brutos que sustenta el suelo:
Ni en breñas ni por lago cristalino
Se ve de ave esmaltada salto ó vuelo:
Todo está en calma, y todo mal se olvida;
Naturaleza yace adormecida.

CV.

Sólo Dido sus penas no adormece;
No se hizo el sueño para angustia tanta
Ni sus ojos ni su alma favorece
Muda la noche con su sombra santa:
Amor entre su pecho se embravece
Y nuevas olas sin cesar levanta;
Y de ellas combatida, de esta suerte
Torna consigo á disputar su muerte:

CVI.

«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!
¿Buscaré mis antiguos amadores?
¿Iré humilde á los reyes comarcanos?
¡Yo pisé su esperanza y sus amores!
¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos?
¡Harto gratos han sido á mis favores!
¿Ni á bordo su altivez me sufriria?
Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza?
¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios
Volaré armada en pos á darles caza?
Mas si á éstos de sus términos natío.
Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traza
Los moveré á tornar á los navíos?
No, no; mi salvacion la muerte sea;
¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente,
Márgen diste á tan grande pesadumbre,
Tú doblaste al amor mi dócil frente!...
¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre
De la bestia del campo independiente,
Libre vagar de acerba servidumbre!...
Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...»
Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto,
Ajeno él mismo de temor, dormido
Quedóse en la alta popa: al Dios en esto
Torna á mirar, que en las murallas vido:
Con la propia actitud, la voz, el gesto
Viene, en todo á Mercurio parecido;
Aureo cabello y juvenil belleza
Ornan sus blandas formas, y así empieza:

CX.

«En mal punto en sus brazos te entretiene
El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira,
Torna el daño á mirar que sobreviene,
Y oye á Favonio que oportuno espira!
¿Los lazos sabes tú que ella previene?
Fragua es su pecho de furente ira;
Y ya, de perecer determinada,
Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.

»¿Y no será que por el ponto vueles
Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas
Á la luz de la aurora! ¡Hachas crueles
Arder verás, y levantarse hogueras,
Y en la mar encontrarse los bajeles,
Y ocupar el incendio las riberas!
¡Acude, iza la vela, corta el cable!
Sér vario es la mujer siempre y mudable.»

CXII.

Dijo; y si ántes radioso, se incorpora
En las lóbregas sombras. El durmiente
Con la total oscuridad se azora,
Abre los ojos y álzase impaciente.
«¡Sús,» clama, «compañeros! ¡Á la hora
Acorred á los bancos! ¡No consiente
Tardanzas la ocasion: las velas pronto
Dad á los vientos, y la flota al ponto!

CXIII.

»¡Otra vez de los reinos celestiales
Esto nos manda santo mensajero:
Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales
Aplausos otra vez el fausto agüero
Seguimos de tu voz. ¡Así señales
El deseado rumbo al marinero!
¡Así hagas por el Cielo que nos rian
Las lumbres bellas que al errante guian!»

CXIV.

Dice; y vuela, y la amarra del navío
Corta de un tajo de fulmínea espada;
A su ejemplo, á su impulso, el mismo brío
A los pechos de todos se traslada.
Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío
Quedó el playon: debajo de la armada
La mar se oculta, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.

CXV.