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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 592: X.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

El áureo lecho de Titon la aurora
Tímida deja, entre celajes raya,
Y ya su lumbre, que horizontes dora,
Ve la Reina infeliz de la atalaya;
Ve la armada alejarse voladora
Con las velas parejas; ve la playa
Desamparada, y el desnudo puerto,
Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos:
«¿Y esos advenedizos mi esperanza
Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos?
¿Impune al ponto el pérfido se lanza?
¿No corre en armas mi ciudad á ellos?
¿Naves no parten á tomar venganza?
¡Id, hachas menead, asid los remos!
¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!

CXVII.

»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío
Trastorna mi razon? ¡Dido infelice!
Ya el peso sientes de tu sino impío!
Cuando partija de mi cetro hice,
Convino este furor; ya, ya es tardío!
¡Traidor! ¡Y luégo de él que va se dice
Con los patrios Penates; que de escombros
Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXVIII.

»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento
Pude, y de ellos sembrar la onda bravía!
Matar al hijo, y el manjar sangriento
Pude al padre servir; ¿quién lo impedia?
Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento!
¡Yo á sus tiendas llevara llama impía;
Yo al padre, al hijo, á todos, muerte fiera!
¡Yo los matara allí; luégo, muriera!

CXIX.

»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita,
Tú que todo descubres, nada ignoras!
Juno, que viste mi amorosa cuita
Nacer, y hoy mides mis finales horas!
¡Hécate, á quien en calle tripartita
Claman de noche! ¡Furias vengadoras!
¡Oh Dioses, cuantos veis mi afan postrero!
¡Yo imploro compasion, justicia espero!

CXX.

»Mi ruego oíd: si firme persevera
El hado que á ese infame lleva á puerto;
Si en esto Jove su querer no altera,
Que el fijado confin le aguarde cierto;
Mas tribu audaz contrástele siquiera,
Y en peligro se mire y desconcierto,
Y parta, el corazon vuelto pedazos,
Del dulce nido y los filiales brazos.

CXXI.

»Y vague, auxilios mendigando; y vea
Cómo á los suyos la fortuna humilla;
Ni el reino goce y calma que desea
Paz ajustando, á su valor mancilla.
¡Herido sin sazon de muerte sea!
¡Yazga insepulto en solitaria orilla!
Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello:
Yo mi demanda con mi sangre sello.

CXXII.

»Vosotros, cual leales corazones,
Tirios, haced de vuestros odios prueba
Sobre esa raza en cien generaciones,
Y honra tan grande mi ceniza os deba.
Nunca amistad entre las dos naciones;
No haya quien pactos de concordia mueva;
Mas nacerá sobre mi tumba, fio,
Quien aplaque la sed del furor mio.

CXXIII.

»Álzate, vengador amenazante,
Acelera los tiempos; y ahora, y luégo,
Tu sombra por do vayan los espante;
Arróllalos feroz á sangre y fuego.
Y muro contra muro se levante;
Y un mar contra otro mar se ensañe ciego;
Y pueblo contra pueblo alce la frente;
Y guerra eterna mi rencor sustente!»

CXXIV.

Dice; y buscando al ánima salida,
Á todas partes la atencion convierte;
Y de Siqueo á la nutriz convida
Al misterio, que encubre, de su muerte:
(De Siqueo; la suya, reducida
Yace há tiempo en la patria á polvo inerte)
«Barce, mi fiel nodriza, vuela» exclama:
«Vé, y al sacro festin mi hermana llama.

CXXV.

»Con agua rociándose primero,
Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda
Cual pide la expiacion: así la espero;
Y tú ciñe á la sien piadosa venda.
Ya celebrar la ceremonia quiero
Que á Pluton ofrecí: mi pena horrenda
Hoy debe de acabar; que de ese injusto
Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»

CXXVI.

Dice; y mover esotra el paso intenta
Con senil priesa. Mas la audaz amante,
Terrible con la idea que apacienta,
Temblorosa la faz, la vista errante,
Torva en el ceño, en el mirar sangrienta,
Jaspeado de visos el semblante,
Pálida de la muerte ya cercana
Vuela al recinto funeral insana.

CXXVII.

La alta hoguera con fiero desenfado
Monta; la espada desnudó con ira
(Dón no á tal ministerio destinado);
Mas cuando el lecho y los vestidos mira,
Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado,
Repórtase y con lágrimas suspira;
Y arranca así, postrándose en el lecho,
Los últimos sollozos de su pecho:

CXXVIII.

«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna!
¡Dulces por siempre cuando Dios queria!
Mi espíritu os entrego, y mi importuna
Memoria cese con la vida mia!
La senda anduve que emprendí en la cuna;
Viví las horas que vivir debia:
Hoy, fin logrando á míseros afanes,
Van á otro mundo mis augustos manes.

CXXIX.

»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,
Murallas propias coronó mi mano;
Vengué la sombra del esposo cara;
Yo tomé enmienda del malvado hermano.
¡Feliz, harto feliz si no tocara
Mis costas, nada más, bajel troyano!»
Y aquí, á par que en el lecho el rostro imprime,
«¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.

CXXX.

«¡Así á la eternidad partir me agrada!
El Dárdano este fuego á ver acierte
Volviendo de la mar una mirada,
Y el triste agüero lleve de mi muerte!»
Dijo; y, herida en esto, derribada,
La mano en sangre tinta, el hierro fuerte
Manando sangre las doncellas notan,
Y el palacio á gemidos alborotan.

CXXXI.

Ya la Fama fatídicos rumores
Va furiosa esparciendo en giro vago;
Todo es lamento y llantos y clamores;
Todo es alarma de espantoso estrago.
Parece cual si entrasen vencedores
La antigua Tiro ó la imperial Cartago,
O que incendio voraz llamas crueles
Tendiese por los altos capiteles.

CXXXII.

Oye el caso la hermana, y rostro y pecho
Desesperada hiere en modo rudo;
Al lúgubre lugar vuela derecho,
Y á Dido llama con lamento agudo:
«¡Y esto significaba el ara, el lecho!
¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo
Que te hiciese en la muerte compañía!
¡Tú me engañabas, ah! ¡yo te creia!

CXXXIII.

»¿Por que no me invitaste, á ley de hermanos?
¡Contigo á un tiempo con placer muriera!
No que hora abandonada ... ¡Y por mis manos
Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera!
¡Yo invocaba á los Dioses soberanos
Porque, espirando tú, yo léjos fuera!
¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado,
Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado!

CXXXIV.

»Agua traed y lavaré la herida;
Yo sus heridas lavaré ... ¡Si errante
Vaga en su labio un hálito de vida,
Yo le recoja con mi labio amante!»
Ya en el estrado fúnebre subida
Tal dice, y á la hermana agonizante
Ella al seno fomenta entre gemidos,
Ella aplica á la sangre sus vestidos.

CXXXV.

Los mustios ojos con fatiga vana
Trata de alzar la moribunda Dido:
Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana
Del pecho abierto con cruel sonido.
El codo apoya, y por alzar se afana
Tres veces, y tres veces sin sentido
Cae sobre el lecho. Con errante vista
Busca la luz, y al verla se contrista.

CXXXVI.

La excelsa Juno de mirar se duele
El largo padecer, la ardua agonía,
Y porque á desatar vínculos vuele
Que áun detienen el alma, á Íris envía.
¡Ah! loco amor á perecer te impele,
No el hado; éste, infeliz, no era tu dia!
Proserpina tu rubia cabellera
Aun no ha cortado, ni Pluton te espera.

CXXXVII.

Vuela Íris vaporosa, y en su vuelo
Brillan las plumas con el sol enfrente;
Y posándose encima: «Manda el Cielo
Que esta ofrenda á Pluton quite á tu frente;
¡Alma, sál fuera!» dice; el rizo pelo
Corta aquí con la diestra, y juntamente
El calor cesa que en el seno mora
Y la vida en los aires se evapora.

LIBRO QUINTO.

I.

Ya salvo Enéas con sus naves hiende,
Merced del Aquilon, la mar oscura,
Y tornando á mirar, su vista ofende
La dejada ciudad, que arde y fulgura:
La causa no se ve; mas ¿quién no entiende
Cuánto puede en mujer venganza dura
Y obstinada pasion? Y así el viajero
Terror concibe de funesto agüero.

II.

III.

Y en alta popa el pálido piloto,
«¡Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!
¡Cuánto mal nos previenes no remoto,
Oh gran padre Neptuno!» Y luégo ordena
Los aparejos recoger; al Noto
Torcida vuelve la crujiente antena,
Y haciendo al remador nuevo conjuro,
Prosigue así gimiendo Palinuro:

IV.

«¡Oh magnánimo Enéas! ¡oh rey mio!
No, si me enviase celestial consuelo
El mismo Jove, saludar confío
A Italia nunca con aqueste cielo.
¿No ves cómo del véspero sombrío
Los vientos se alzan, y en contrario vuelo
Vienen furiosos á estrellarse, y cómo
Condensa el aire cerrazon de plomo?

V.

»No es dado resistir ni ir adelante:
Lidiemos no con fuerza, mas con maña,
Cediendo á la Fortuna, que constante
Ruta nos marca á nuestro rumbo extraña:
Erice fraternal no está distante,
Si ya el catado cielo no me engaña;
Y así pronto, al torcer, será que veas
El sículo confin.» Respondió Enéas:

VI.

«Ya he visto al temporal que nos maltrata,
Eso pedir, y resistir tú en vano:
Rodeos tienta, á la Fortuna acata,
Y miremos al término sicano.
¿Y habria tierra para mí más grata
Que la en que reina Acéstes, nuestro hermano,
Y el caro genitor llorando yace?
Allá mi escuadra guarecer me place.»

VII.

Viró el piloto: céfiros que implora
Hinchen los lienzos, y la flota vuela:
Ya rauda hendiendo por el mar la prora
Al puerto arriba por que el nauta anhela.
Y á abordar acertaron á la hora
En que amiga vió Acéstes ser la vela
Que desde alto peñon léjos divisa,
Y al puerto, alborozado, baja aprisa.

VIII.

Á él, á quien Ninfa concibió troyana
Que el dios Crimiso requestó de amores,
Tornar á ver los huéspedes le ufana
Que ama fiel en amor de sus mayores.
Hórrido anda con piel de osa africana,
Pertrechado de dardos voladores;
Y en pompa agreste y rústico atavío
Hospedaje les brinda franco y pio.

IX.

Enéas, convocando el pueblo entero,
En un collado hablóles eminente
Del nuevo dia al esplendor primero:
«¡Oh dardania nacion! ¡oh diva gente!
Desde que al padre á quien deidad venero
Sepultamos aquí, y ara doliente
Pusimos en su honor, si no me engaño
Cabal su curso ha concluido un año.

X.

»Éste es el dia, y éstos los lugares:
Triste, quísolo Dios, y sacro dia
Que yo solemne, levantando altares,
Do quier me hallase, allí celebraria;
Que ó ya me viese en los argivos mares,
Ya en las gétulas sirtes, ya en la impía
Micenas, ó cautivo ó expulsado,
Siempre honraria al genitor llorado.

XI.

»Hénos hoy las cenizas paternales
Á honrar dispuestos en amigo suelo,
Traidos á rendir obsequios tales
No sin visible ordenacion del Cielo.
Honradlas, pues; pedid vientos iguales,
Y que él, fundada la ciudad que anhelo,
En templo que en su honor alzado sea
Votos añales renovar nos vea.

XII.

»Acéstes, que de Teucro se gloría,
Por cada nao dos bueyes os da ahora:
Vengan á este festin en compañía
Nuestros Penates con los que él adora;
Que despues, si con rayos de alegría
Ciñere al orbe la novena aurora,
Por mí á vosotros cual primeras fiestas
Regatas en la mar serán propuestas.

XIII.

»El que en la lucha, en la veloz carrera
Ó al duro cesto á competir se atreve,
El que con mano á disparar certera
El dardo agudo y la saeta leve,
Concurran á la lid que los espera,
Y quien ganare el premio, ése le lleve.
Orad en tanto, compañeros mios,
Y de hoja en derredor la sien cubríos.»

XIV.

Calla; el materno mirto orna su frente:
Lo imita Helimo, y en su edad florida
Ascanio, y en la suya decadente
Acéstes, y otros y otros en seguida.
Va él al sepulcro entre infinita gente,
Y por sacra costumbre establecida,
Sanguínea libacion en taza doble
Ofrece, y fresca leche, y néctar noble.

XV.

Y luégo el ara de purpúreas rosas
Esparce en torno con su propia mano;
Y «¡Salve, oh padre!» clama, «y vos, preciosas
Cenizas á mi amor vueltas en vano!
¡Salve, oh ánima y sombra milagrosas!
¡No te dió, oh padre, el Cielo soberano
Llegar á Italia y cabe el Tibre amigo
La anunciada heredad gozar conmigo!»

XVI.

Tersa, en esta sazon, salir se mira
Del fondo sepulcral sierpe que ondea
Y en siete roscas de alongada espira
Con manso halago el túmulo rodea:
Cerúleas manchas, al compas que gira,
Desvuelve, con que el lomo se hermosea,
Y semejan las puntas de la escama
Aureos destellos y matiz de llama.

XVII.

Tal, mirándola el sol, Íris destella
Y de luz entre nublos se matiza.
Visto el héroe la sierpe, el labio sella
Absorto; mas recelos tranquiliza,
Que inocente entre pulcras tazas ella,
Gustando los manjares, se desliza,
Y en doméstico giro placentero
Torna á ocultarse do salió primero.

XVIII.

Ó genio tutelar de Anquíses fuere
La sierpe, ó númen que el lugar ampara,
Enéas fausto augurio de ello infiere
Y con nuevo fervor dones repara:
Dos ovejas, segun usanza, hiere,
Dos cerdos, dos novillos ante el ara,
Novillos de negral cerviz; al paso
Que néctar liba en espumante vaso.

XIX.

Con esto de las lóbregas regiones
Salvos los manes de su padre evoca;
Y, todos imitando sus acciones,
Hace cada uno lo que hacer le toca:
Quién acude al altar con oblaciones,
Ó en órden á la lumbre ollas coloca;
Quién en la hierba víctimas destriza,
Quién tuesta entrañas ó la llama atiza.

XX.

Ya los caballos de Faeton lozanos
Traen sereno el deseado dia:
Con el nombre de Acéstes, montes, llanos
El anuncio feliz corrido habia;
Y así acuden los pueblos comarcanos
En tropel rebosante de alegría,
Ya á ver los espectáculos propuestos,
Ya el prez tambien á disputar dispuestos.

XXI.

En medio el circo iluminó la aurora
Copia de premios á los ojos grata;
El verde ramo y palma triunfadora,
Preciado honor del que mejor combata:
Y armas, trípodes, vestes que decora
Purpúreo ardor, talentos de oro y plata;
Y de alto sitio súbito la trompa
Manda sonando que la lid se rompa.

XXII.

Y á par la rompen con igual arreo
Cuatro naves selectas en la armada:
Con remeros briosos, por Mnesteo
Va la rápida Priste gobernada
(Mnesteo, á quien despues ítalo veo,
Del cual, ¡oh Memio! descender te agrada):
Guias toma á su cargo la Quimera,
Que ciudad, más que nave, se creyera:

XXIII.

En triple órden de remos á ésta mueve
Con gran vigor la juventud troyana:
Sergesto generoso (á quien le debe
La gente Sergia su renombre ufana)
El gran Centauro á dirigir se atreve:
Cloanto (á quien por tronco la romana
Familia de Cluento reconoce)
La Scila azul turquí monta veloce.

XXIV.

Hay distante en el mar un risco, enfrente
De las riberas que la espuma baña:
Cuando el Cielo se entolda, el mar furente
Concentra allí su bramadora saña:
Mas á erguirse el peñon torna imponente
Cuando duerme la líquida campaña,
Y da en flanco espacioso al ágil mergo
Para enjugarse al sol plácido albergo.

XXV.

Allí una meta de frondosa encina
Enéas pone, á donde el nauta vaya
A doblar la carrera, y si lo atina,
En bajel vencedor torne á la playa.
La suerte á los caudillos determina
Puesto; cada uno en alta popa raya
Por la vestida púrpura y el oro,
Y á lo léjos esplende su tesoro.

XXVI.

Bañados con aceite reluciente
Las desnudas espaldas, y ceñidos
Con ramaje de álamo la frente,
Al banco acuden los demas, fornidos;
Y, la mano en los remos impaciente,
Y atentos al anuncio los oidos,
Codicia de loor, sed de combate
Les hinche el corazon, que duda y late.

XXVII.

El clarin resonó; y en un momento
Todos del puesto arrancan á porfía:
Retiembla el mar, retumba el firmamento
Con el náutico estruendo y gritería:
Abren los brazos al batir violento
Surcos iguales y espumosa via,
Y á un tiempo remos y tridentes proras
Las aguas por doquier rompen sonoras.

XXVIII.

No en el estadio así se precipita
Carro de dos corceles que se arroja
La palma á arrebatar, ni tal se agita
El conductor que la tardanza enoja;
El cual el volador tiro concita
Sacudiendo sobre él la brida floja;
Blande el azote, y á blandirlo atento,
Parece, de encorvado, ir por el viento.

XXIX.

Clamores suenan por el bosque umbrío
De grupos en el triunfo interesados;
Vuelve herida la playa el vocerío,
Y le vuelven en ecos los collados.
Entre gente y rumor Gias con brío
Hendió el primero los salobres vados;
Cloanto á par, mejor en remos, viene,
Bien que el peso la nave le detiene.

XXX.

Priste y Centauro en pos á una se lanzan,
Y cada cual adelantarse espera:
Alternativamente ora se alcanzan
Cuando alguna tomó la delantera;
Ora las proas ateniendo, avanzan
Con larga quilla en rápida carrera;
Ya al escollo llegando iban, en suma,
Resuelto el ponto en albicante espuma.

XXXI.

Hé aquí entre todos victorioso Gias
A su piloto reprendiendo, exclama:
«¿Por qué á derecha desviar porfías?
Torna, Menétes, do el honor nos llama:
Las otras por el mar rueden baldías;
Nuestra nave el peñon deja que lama!»
Tal dice; mas temiendo ímpio bajío
Tuerce hácia el mar Menétes el navío.

XXXII.

Y otra vez Gias con furor le intima:
«Torna, Menétes, á la izquierda!» En esto
Siente á Cloanto que le viene encima
Y á ganarle de mano acude presto:
Ya á las rocas sonantes se aproxima
Entre ellas y él lanzándose interpuesto,
Y á ambos atras dejándolos de pronto,
En bajel triunfador boga en el ponto.

XXXIII.

Al mancebo en la faz saltóle el lloro,
Y hasta los huesos le mordió la ira:
Ni oye la voz del personal decoro
Ni de los suyos la salud ya mira;
Mas de alta popa al piélago sonoro
Brusco á Menétes de cabeza tira;
Y activo en su lugar, exhorta, empeña,
Y, rigiendo el timon, va hácia la peña.

XXXIV.

Menétes, de los años abatido,
Salir apénas del abismo pudo;
Y sacudiendo el húmedo vestido
Trepa á secarse en el peñon desnudo.
Rió la juventud cuando le vido
Hundirse de cabeza al golpe rudo;
Bregar luégo, y despues que brega y nada,
Revesar la onda que tragó salada.

XXXV.

Viendo á Gias, Mnesteo la esperanza
Cobra de rebasarle. Al par rebosa
Sergesto en ella, y, el primero, alanza
Su nave hácia el peñasco presurosa:
Esta, mitad á su rival se avanza,
Mitad la Priste su costado acosa;
Y en fuerza del peligro y del deseo,
Recorriendo el bajel habló Mnesteo:

XXXVI.

«Soldados de Héctor, que la patria mia
Miró á mi lado en la final pelea!
Como en las sirtes gétulas fué un dia,
En este lance vuestro aliento sea;
Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía,
O en las rápidas ondas de Malea.
Ni aspiro á ser primero. ¡Oh, si pudiese ...
No; á quien lo dió Neptuno, el triunfo es de ése!

XXXVII.

»Mas no el pudor postreros ir consiente;
Lo que honor manda, compañeros, pido.»
Calla; saca, á su voz, vigor su gente;
Cruje la popa al golpe repetido;
Huye la mar; anhélito frecuente
Brotan las secas fauces con sonido;
Los cuerpos dobla agitacion extraña,
Y abundante sudor sus miembros baña.

XXXVIII.

Hé aquí vencer les dió súbito caso;
Y fué así que forzando espacio estrecho,
Metió Sergesto el imprudente vaso
Entre las peñas á encallar derecho:
La roca retembló con el fracaso;
Se oyó el remo crujir cuasi deshecho
En puntas de coral, do sin defensa
Entró la proa y se aferró suspensa.

XXXIX.

Los marinos con alto clamoreo
Hacen si al pronto yertos, de ferrados
Chuzos y picas oportuno empleo
Por desclavar los remos quebrantados.
Gozoso en tanto, á buen remar, Mnesteo,
Propicios ya los vientos y los hados,
Tiende el rumbo á do el piélago declina,
Y raudo y libre por el mar camina.

XL.

Cual vuela por el campo, alborotada
Con el pavor de súbito estallido,
La paloma que tiene en la albarrada
Su dulce imperio y su amoroso nido;
Bate sobre su rústica morada
Las plumas, al salir, con recio ruido,
Y despues remontándose en el cielo
Las alas tiende en silencioso vuelo:

XLI.

Así la Priste, que fatiga tanta
Tomaba forcejando la postrera,
Con ímpetu espontáneo se levanta
Y huyendo por las ondas va ligera.
Lo primero, á Sergesto se adelanta
Con su nave entre escollos prisionera,
Y allí haciendo le deja vanos votos
E ideando volar con remos rotos.

XLII.

Tras Gias sigue, y á su nao pujante,
Falta ya de piloto, desafía:
Vence; sólo Cloanto va delante;
Y vuela en pos, creciendo su osadía:
Redóblase la grita estimulante
De los espectadores, que á porfía
Roncos aplauden su feliz carrera,
Y los ecos en torno hinchen la esfera.

XLIII.

Los unos, que triunfantes se creyeran,
Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansían:
Incompleto, la palma no quisieran;
Completo, por la palma moririan:
Los otros eso mismo osan y esperan;
Porque triunfando van, triunfar confían,
Y pudieran juntándose ambas proras
Partir el premio á un tiempo vencedoras.

XLIV.

Mas á orar atinó de esta manera
Cloanto, ambas las manos extendiendo:
«¡Oh Númenes que el piélago venera,
Cuyos dominios con mi nave hiendo!
Si el triunfo me cumplís, en la ribera
Un blanco toro en vuestro honor ofrendo;
Tiraré sus entrañas á estos mares,
Y néctar bañará vuestros altares.»

XLV.

Dijo; y á par oyó de Forco anciano
La vírgen Panopea sus acentos;
Y el coro de Nereidas soberano
Condolióse en sus huecos aposentos:
Movió la nao Portumno con su mano,
Y fugaz como soplo de los vientos,
Y no ménos veloz que alada flecha,
El hondo puerto penetró derecha.

XLVI.