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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 682: C.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

Los combatientes por sus nombres llama
Enéas, y sus triunfos galardona;
A voz de heraldo resonante aclama
Vencedor á Cloanto, y le corona:
Ciñe, en suma, á su sien la verde rama;
Y á cada nave tres becerros dona,
Y que lleven les da vino abundante,
O una pieza de plata á su talante.

XLVII.

Y á cada jefe añade su presea:
Clámide áurea al principal ofrece,
De púrpura ceñida melibea
Que en doble orla gira y la guarnece:
Retejido en el fondo la hermosea
De Ida el regio garzón, que allí aparece
La espesura cruzando nemorosa,
Y leves ciervos con el dardo acosa.

XLVIII.

Figúrase allí mismo en el momento
En que robado, al parecer, anhela:
La armígera de Jove al firmamento
Le arrebata feroz, y encima vuela:
Muestra uñas corvas la ave por el viento;
Viejos que hacen al niño centinela,
Tienden palmas al aire; el aire mudo
Hieren los canes con furor agudo.

XLIX.

Loriga de oro y triple y fina malla
Relucia en los dones del trofeo:
Usóla ya en los campos de batalla,
Campos que riega el Símois, Demoleo:
Mal consiguen en hombros sustentalla
Dos esclavos, Sagáris y Fegeo;
Y así y todo, el jayan con ella un dia
Fugitivos Troyanos perseguia.

L.

Y en campos la ganó que el Símois riega
Enéas ya, cabe Ilïon divino;
Y ahora la otorga al que segundo llega,
Arma al par y ornamento peregrino.
Dos calderas, despues, de bronce entrega,
Tercer presente á quien tercero vino;
Y dos vasos de argento, muestra rara,
Que el cincel de figuras abultara.

LI.

Ya iban todos premiados, con diadema
De púrpura ceñidos, placenteros;
Cuando Sergesto, que su industria extrema,
Salir logró de los escollos fieros:
Con una banda escueta afana y rema,
Quebrantados costado y marineros;
Y en medio de la befa que le humilla,
Pide el tardo bajel la ingrata orilla.

LII.

Tal sesga sierpe, en el camino hollada
De veloz rueda, ó por viador, que herida
La deja, y medio muerta, de pedrada,
El cuerpo tuerce por lograr salida;
Con lengua ardiente, con feroz mirada
Yérguese, en parte, rebosando vida,
Y, en parte, de dolor se arrastra llena,
Y en sus propios anillos se encadena.

LIII.

Mas la nave que en remos flaqueaba,
Las velas descogiendo á puerto viene.
Enéas de Sergesto el arte alaba
Con que gente y bajel salvar obtiene,
Y le da el galardon: era una esclava
De Creta oriunda, que por nombre tiene
Foloe; en artes de Minerva, diestra;
Al seno puestos dos infantes muestra.

LIV.

Así acabada la naval porfía,
A un sitio ameno de hierbosos prados
Enéas se adelanta: en torno habia
Corvas selvas, umbríferos collados:
Del valle el fondo en círculo se amplía;
Teatro natural forman sus lados;
Y allá la multitud vuela contenta,
Y en medio el Rey con majestad se asienta.

LV.

Y con premios invita lisonjeros
Á competir en rápida corrida:
Teucros, Sicanos, á su voz ligeros
Saltan á par á do el honor convida.
Van Euríalo y Niso los primeros:
Radiante el uno en juventud florida,
Insigne el otro por su casta llama;
Bello Euríalo es; Niso le ama.

LVI.

Vino, sangre de Príamo, Dïores;
Y Patron luégo y Salio juntamente
Aquéste de tegeos genitores,
Esotro de Acarnania procedente.
Compañeros de Acéstes, cazadores,
Mancebos de gallardo continente,
Van Helimo y Panópes en seguida;
Y otros de nombre que la fama olvida.

LVII.

«Al campo, adolescentes, os convido,»
El Rey dijo á la gente congregada;
«Y á promesa gustosa dad oido:
Nadie sin dón saldrá de la estacada.
Hé aquí dos dardos de metal buido,
Cretenses, y de argento nïelada
Una hacha de dos filos: ved en esto
El comun premio á cada cual propuesto.

LVIII.

»Al más aventajado combatiente
Daráse encima, amén de la corona,
Un noble potro con jaez luciente:
Al segundo, una aljaba de amazona,
Provista, y de áureo tahalí pendiente
Que gruesa perla cual boton tachona:
Al tercero, este hermoso yelmo argivo;
Y los tres ceñirán ramas de olivo.»

LIX.

Dijo, y puestos eligen; y al instante
Que señal de partir dió la trompeta,
Cual ráfagas de viento resonante
De la raya mirando huyen la meta.
Niso, fuerte y veloz, sale adelante
Como alado relámpago ó saeta;
Corre Salio despues, distante empero;
Euríalo, lo mismo, va tercero.

LX.

Sigue á Euríalo Helimo en su carrera;
Á Helimo pié con pié sigue Dïores;
Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera
Más campo á sus intrépidos furores,
Del que último volaba el lauro fuera
Ó en balanza quedaran los honores.
Ya el término llegando iban en suma,
Y el esfuerzo los músculos abruma.

LXI.

Hé aquí casi triunfante (¡infausto caso!)
En verde grama que la suerte quiso
Hubiese matizado humor escaso
De inmolados becerros, pisó Niso:
Tratara en vano de afianzar el paso
Titubeante en suelo húmedo y liso;
Llega veloz, veloz resbala, y todo
Tinto en sangre quedó, y envuelto en lodo.

LXII.

No allí Niso olvidó su amistad bella;
Mas álzase en el pérfido terreno;
Salio síguele incauto, se atropella,
Y yéndose de piés rueda en el cieno.
Euríalo veloz como centella
Adelante de todos, de ardor lleno,
Entre aplausos sin número se lanza,
Y, merced de amistad, el lauro alcanza.

LXIII.

Llega Helimo despues, y en fin Dïores.
Salio á engaño se llama, visto aquello;
Pide el prez, y á la flor de espectadores
Con su aplauso da en cara á voz en cuello.
A Euríalo protegen, sin clamores,
Virtud llena de gracia en rostro bello,
Virtud que encanta y pundonor que llora,
Y el sufragio de un pueblo que le adora.

LXIV.

Favorécenle á par altas razones
Que hace Dïores, que su palma espera:
Palma, si Salio de los grandes dones
Ninguno ha de llevar, suya y postrera.
Y dijo Eneas: «No temais, garzones:
El órden de los premios nadie altera;
Ni vuestros fueros mi amistad lesiona
Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.

Y una piel de leon da á Salio, armada
Con áureas garras y hórridas guedejas.
Niso entónces habló con voz turbada:
«Si ese honor á vencidos aparejas
Y tanto un contratiempo te apïada,
Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?
Mio es el triunfo, si la suerte esquiva
Que á Salio hirió despues, no me derriba.»

LXVI.

Habla, y del golpe el afeante signo
Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.
Oyóle el Rey y sonrió benigno,
Y un rico escudo le ordenó llevara:
Fue éste del mozo egregio premio digno:
Lo hizo Didameon con arte rara,
Y al templo de Neptuno do pendia,
Argivo brazo lo arrancara un dia.

LXVII.

Cesó la competencia de esta suerte;
Y Enéas señalando férreo guante:
«Ahora,» dijo, «el que se sienta fuerte,
Ceñido el puño indómito levante.
Lucio novillo al que á vencer acierte,
Con cintas y oro el asta rutilante,
Daré por galardon: gentil celada,
Por consuelo, al vencido, y una espada.»

LXVIII.

Con murmullo del vulgo circunstante,
Lleno Dáres alzóse de ufanía:
Él solo, en Troya, á Páris arrogante
A contrastar lidiando se atrevia;
Y él solo á Bútes, triunfador gigante,
Que, de orígen bebricio, pretendia
Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,
Cabe el túmulo de Héctor echó á tierra.

LXIX.

Tanto como en la fúnebre palestra
Soberbio entónces levantarse pudo
Cuando dejó al jayan sola su diestra
Tendido en la sangrienta arena y mudo.
Soberbio ahora se levanta, y muestra
Los hombros fornidísimos desnudo;
Y un brazo y otro vigoroso extiende,
Y los aires azota por do hiende.

LXX.

En medio del innúmero gentío
Otro igual campeon se busca en vano:
Nadie á aceptar se atreve el desafío,
Nadie del cesto á rodear la mano.
El, sin par, á su juicio, en poderío,
Saluda á Enéas y prosigue ufano
Sin que en mudo homenaje instantes pierda.
De una asta asiendo al toro con la izquierda:

LXXI.

«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?
El dón se me adjudique, pues ninguno
Su fuerza con mis fuerzas medir osa.»
Los Teucros barbotaban de consuno
Apoyando la súplica orgullosa.
Con ruego en tanto Acéstes importuno
Reprende, incita á Entelo, que á su lado
Yace en el verde césped reclinado:

LXXII.

«Tu nombre de valiente entre valientes
¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones
Con tanta calma en paz llevar consientes?
Hoy de Erice divino y sus lecciones
¿No es deber patrio que el honor sustentes?
La fama que asombraba estas regiones
¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho
Los despojos pendientes de tu techo?»

LXXIII.

Entelo respondió: «No son extraños
Valor y amor de gloria al pecho mio;
Mas siento ya de la vejez los daños,
Mis miembros ciñe ya rígido frio.
Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,
Cual le goza ese audaz, ardiente brío,
No el premio disputara, sí la palma;
Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.»

LXXIV.

Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,
Se alza, y dos cestos en el campo lanza
Con que Érice ostentara en golpes fieros
Con los ligados brazos su pujanza.
Ven los siete boyunos recios cueros
Graves de plomo y hierro á hercúlea usanza,
Y todos se imaginan con asombro
Del buey la talla, y del atleta el hombro.

LXXV.

Más que de paso el mismo Dáres cía;
Y mudo con la mano el grande Enéas
El enorme volúmen revolvia
De los gruesos anillos y correas,
Y díjole el anciano: «¿Qué sería
Si de Hércules las armas giganteas
Hubieses visto, y la espantosa hazaña
Que hizo estas playas funeral campaña?

LXXVI.

«Fué hijo Érice, cual tú, de Vénus, y esos
Los correones son que usaba en lides:
¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?
Los mismos son con que paró ante Alcídes;
Y yo tambien con vigorosos huesos
Los blandí contra fuertes adalides
Guando áun léjos la edad miraba ingrata
Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»

LXXVII.

Y á Dáres retorciendo la mirada:
«Mas si rehuyes, campeon troyano,»
Prosigue; «si á tu Rey piadoso agrada,
Y al mio, que combate por mi mano,
Fuerzas equiparar en la estacada,
Gustoso á justos términos me allano:
¡Ea! las armas de Érice te cedo;
Las troyanas depon, y pon el miedo.»

LXXVIII.

Áun bien no lo hubo dicho, se adelanta,
Y del doble ropaje se desnuda,
Y en pecho, brazos, músculos, espanta
Ver su nerviosa robustez membruda:
Ya, en medio el campo, colosal se planta;
Y dando Enéas término á la duda,
Trae de iguales cestos sendos pares,
Y á Entelo de ellos arma y arma á Dáres,

LXXIX.

Y en simultáneo arranque de osadía
Ya éste en puntas de piés y aquél se adreza;
Los brazos uno y otro al aire envía,
Cautelosa hácia atras la alta cabeza:
Trábanse por las manos; á porfía
Crecen amagos, y la lucha empieza
Entre el púgil que mueve ágil la planta
Y el jayan que disforme se levanta.

LXXX.

Va el jóven en su edad esperanzado;
Fia el viejo en su mole, aunque flaquean
Las rodillas y el cuerpo treme helado;
Y ambos con vano afan tiran, golpean:
Hiérense aprisa al cóncavo costado:
Ronco el pecho resuella: menudean
Por orejas y sienes las puñadas:
Las mandíbulas crujen martilladas.

LXXXI.

Firme está Entelo; mas con pronta vista
Ve por do heridas, ladeando, ahorre;
El otro el campo mide, y por do embista
Entradas busca, á embestir acorre:
Tal tropa audaz, de máquinas provista,
Soberbio muro ó enriscada torre
Que medite arruinar, asalta, embiste;
Torna á atacar, y el torreon resiste.

LXXXII.

El brazo Entelo, amenazando estrago,
Alza descomunal; mas ve de arriba
Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,
Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:
Hirió el furioso combatiente en vago,
Y enorme por su peso se derriba,
Cual rueda hueco pino, dando espanto,
En bosques de Ida ó cumbres de Erimanto.

LXXXIII.

Levántanse ambos campos con rüido,
Y un grito al cielo lanzan simultáneo:
Acude Acéstes, viéndole caido,
A ayudar al amigo y coetáneo:
Surge él sin quiebra de ánimo ó sentido;
Antes fuego de cólera espontáneo
Arde en su pecho, el pundonor le pica,
Y el probado valor fuerzas duplica.

LXXXIV.

Y ya en rápida fuga, impetüoso,
Tirando golpes de una y otra mano,
Sin parada, sin vado, sin reposo,
Persigue á Dáres por el ancho llano;
Cual turbion que los techos fragoroso
Azota con granizo, el héroe insano
Hiere á ciegas con furia borrascosa,
Y á Dáres acomete, envuelve, acosa.

LXXXV.

No sufre Enéas que adelante siga
La encarnizada obstinacion de Entelo,
Y del campo, ya muerto de fatiga
Saca á Dáres con voces de consuelo:
«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga
No humana fuerza, pero el mismo Cielo;
Cedes á un Dios; rendirte no te pese.»
Dijo; y manda su voz que la lid cese.

LXXXVI.

En torno del vencido en ese instante
Llega fiel uno y otro camarada,
Y, flacas sus rodillas, vacilante
La cabeza, la boca ensangrentada
Y el ornato dental roto y nadante,
Llévanle al puerto. Morrïon y espada
Reciben advertidos, y se alejan,
Y el toro al vencedor y el lauro dejan.

LXXXVII.

El cual del lauro y con su toro ufano,
«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decia,
«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!
Cuál en mi juventud la fuerza mia
Hubo de ser, y Dáres de mi mano
Cuál muerte, á no salvarle, probaria.»
Dijo, y plantóse del novillo enfrente,
En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXVIII.

Y á plomo entre ambos cuernos, guarnecida
La mano descargó cual duro hierro:
Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,
En tierra con su mole da el becerro.
«¡Salve, Erice inmortal!» clamó en seguida:
«Puestas las armas, con que triunfos cierro,
Más bien que la de Dáres, en memoria,
Yo dó y consagro esta ánima á tu gloria.»

LXXXIX.

Luégo al juego del arco el Rey troyano
Invita, y premios pone. De la nave
Que Seresto gobierna, con su mano
Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;
Y alígera paloma al aire vano
En el tope suspende (atada el ave
A una cuerda, la cuerda al mástil fija)
A donde el tiro el flechador dirija.

XC.

Llegan de ellos; y un casco que reciba
Las suertes, traen en medio. La primera,
La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva
Aclamacion del vulgo, saltó fuera.
Coronado la sien de verde oliva,
Reciente prez de la naval carrera,
Oyó, en segundo término, Mnesteo
Grato sonar su nombre á su deseo.

XCI.

Tocóle á Euritïon salir tercero:
Hermano tuyo, oh Pándaro divino,
(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,
Lanzaste, compelido del destino,
El dardo de discordia mensajero!)
Del fondo del almete al aire vino,
Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano
En lid de mozos á terciar va anciano.

XCII.

Todos con brazo en arco arman pujante,
Y sacan primas flechas del aljaba:
Ante todas, del nervio rechinante
Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:
Hiere el viento, y al mástil que delante
Mira, parte veloz, y en el se clava:
Al golpe tembló el palo; alas agita
Medrosa el ave, y el concurso grita.

XCIII.

Tendió el arco avanzándose forzudo
Mnesteo, vuelto á lo alto ojos y flecha;
Mas no tanto que al ave hiriese, pudo
La férrea punta encaminar derecha:
Rompió empero la cuerda y líneo nudo;
Y libre el pié de la atadura estrecha,
La paloma veloz sacude el vuelo
Entre nubes plomizas por el Cielo.

XCIV.

Euritïon, ya el arco apercibido,
Tiró, invocando á Pándaro en su ayuda,
Al ave que de nublo opaco vido
Salir aleteando, flecha aguda:
Alcanzóla en su vuelo envanecido;
Ella el hincado astil trayendo muda,
Dejando por allá la dulce vida,
Al suelo vino en mísera caída.

XCV.

Solo Acéstes quedaba, ya baldío,
Y la palma perdida y la esperanza;
Mas del brazo ostentando el arte y brío
Y del arco sonante la pujanza,
Vuelta la faz al ámbito vacío,
Apunta en vago, la saeta lanza,
Y ocasiona, no entonces entendido,
Milagro aéreo de infeliz sentido.

XCVI.

Confirmaron despues con voz tardía
Adustos vates el infausto agüero:
Y fué así que inflamado discurria
Entre celajes el volante acero;
Con fuego señaló su etérea via
Y apagóse en los aires; cual lucero
Que vaga desquiciado por la esfera
Arrastrando su ardiente cabellera.

XCVII.

Al Cielo los medrosos corazones
Ambos pueblos levantan juntamente;
Mas no igualó con fúnebres visiones
El gran Enéas la vision presente;
Antes sonrie cumulando dones,
Y á Acéstes abrazando, al par rïente,
Aunque grave el semblante, de alegria,
«Lleva, ilustre monarca,» le decia:

XCVIII.

«Lleva esta copa, de labores rica
(Que del Olimpo el reinador, no en vano
Con esa aparicion me significa
El honor que te debo soberano):
Mi anciano genitor te la dedica;
Recíbela, dón suyo, de mi mano:
A él el tracio Ciseo ántes la diera
Insigne prenda de amistad sincera.»

XCIX.

Dice; y ciñe á su sien envejecida
Verde rama, y triunfante le pregona.
A Euritïon, que disputar no cuida,
Cual pudo, muerta el ave, la corona,
Premió inferior á Acéstes. En seguida
Al que nudos deshizo galardona;
Y á aquel con recompensa honra postrera
Que la flecha en el palo hincó primera.

C.

Enéas, no el cértamen concluido,
Llamado habia al de Epito á su lado,
Tutor del tierno Yulo, y á su oido,
Fiel á secretos, confió un recado:
«Vé, corre; á Ascanio dí que si instruido
Tiene y á la carrera adeliñado
Su escuadron de muchachos, más no tarde,
Y honre al abuelo con vistoso alarde.»

CI.

Él mismo á la esparcida concurrencia
Manda dejar los campos escombrados:
Llegan ya, y con gallarda continencia,
En caballos del freno bien guïados,
Avanzan de sus padres en presencia
Niños de hoja menuda coronados;
Y al verlos desfilar, rumor que halaga
A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.

CII.

Dos de agreste cerezo jabalinas
Con punta herrada llevan todos ellos:
Aljaba al hombro, algunos: de oro finas
Cadenas caen de los ceñidos cuellos.
Despártense en tres bandas peregrinas,
Doce en cada una, los garzones bellos;
Y, en competencia igual de su edad tierna,
Agil cada una un capitan gobierna.

CIII.

¿Veislo? mandando va su compañía,
Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo
Príamo, que del nombre se gloría
(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:
Monta un corcel de los que Tracia cria,
Gallardo, bicolor, que el duro suelo
Con alba mano denodado huella,
Y lleva en la alta frente alba una estrella.

CIV.

Por segundo caudillo Átis figura,
Claro abolengo vuestro, Acios romanos:
Iguales en la edad y la ternura
Andan Atis y Ascanio cual hermanos.
Llega éste al fin, primero en la hermosura,
En un potro de climas africanos:
A él la cándida Dido ántes lo diera
Insigne prenda de aficion sincera.

CV.

Los demas en sicanos pisadores
Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes,
Agólpanse en tropel espectadores
Troyanos, desfilando los infantes;
Y al ver á éstos de antiguos genitores
Los semblantes copiando en sus semblantes
Que la esperanza y el temor demudan,
Con estruendo de aplausos los saludan.

CVI.

Luégo que el circo hubieron recorrido
Tal que viese cada uno al que aguardara,
El de Epito de léjos un silbido
Dió de repente, y sacudió su vara:
A galope lanzándose, al chasquido,
Cada banda, del centro se separa;
Mas, no bien la segunda seña oida,
Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.

CVII.

Y á hacer tornando lo que hicieron ántes
Las cuadrillas se apartan, se avecinan;
Vueltas dan y revueltas elegantes;
Giros, tornos, enredan y combinan:
Y en juegos á combates semejantes,
Ya dan la espalda; ya á volver atinan,
Y amagando, venablos abalanzan;
Ya, hechas las paces, de concierto avanzan.

CVIII.

Como hienden delfines la onda fria;
Nadando, al mar Carpacio, en varios modos;
Cual marañada, inextricable via
En la alta Creta con sus mil recodos
El laberinto pérfido tejía
Porque, en calando, se perdiesen todos;
Así los pequeñuelos se cruzaban
Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.

CIX.

Estas fiestas á imágen de batallas
Fué Ascanio el que en los campos italianos
Primero instituyó, cuando en murallas
Ciñó á Alba Longa y protegió sus llanos:
Enseñados pudieron practicallas
Los Latinos, y luégo los Albanos:
Hoy de Troya apellido el juego toma
Y el escuadron que lo ejercita en Roma.

CX.

Niño entónces Ascanio todavía,
Con esotros mozuelos sus iguales
Al glorïoso abuelo estos hacía
Honores, si festivos, funerales:
Celebraba la alegre compañía
En los sículos campos juegos tales;
Mas trocó la Fortuna en un instante
Con torvo ceño el plácido semblante.

CXI.

Fué así que en ese medio, rencorosa,
Mal sanada la llaga que encubria,
Juno del Cielo á Íris vaporosa
A las naves ilíacas envía:
A la húmida ninfa la gran Diosa
Impetu añade en la region vacía
Y del arco la adorna de colores,
Miéntras vuelve en secreto sus dolores.

CXII.

Ella parte invisible, vuela aprisa,
Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;
Las anchas playas vacilante pisa
Y todo siente estar mudo y desierto:
Al fin las damas de Ilïon divisa
Que en cóncavo remoto, al mar abierto,
Honrando á Anquíses lágrimas le daban,
Y en el lóbrego mar la vista clavan.

CXIII.

Y así, con mustia faz y ojos inmotos,
Con una voz, la que el dolor les presta,
«Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;
¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»
Por lograr firme asiento elevan votos;
Hablar de un más allá, pesar les cuesta;
Y hé aquí, miéntras derraman sus querellas,
Íris astuta se desliza entre ellas.

CXIV.