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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 738: CLVI.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

Veste aérea y gentil fisonomía
Poniendo la Deidad, la frente anciana
De Beroe usurpó, que, esposa un dia
Del ismario Doriclo, andaba ufana
Con su nombre, su prole y su hidalguía;
Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,
«¿Qué aguardamos, ah míseras!» les dice:
«¡Pobre generacion! ¡suerte infelice!

CXV.

»Fortuna impía del acero griego
Nos reservó para mayores males:
Cumplidos van, desde que á Troya el fuego
Devoró, siete círculos añales:
La tierra hemos corrido, el ponto ciego,
Y medido los cercos siderales;
Y áun vamos por el mar, nao combatida,
A Italia que burlando nos convida.

CXVI.

»Érice fraternal está presente;
Aquí Acéstes bondoso nos ampara;
Y podemos en base permanente
La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!
¡Oh Dioses rescatados vanamente!
¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara
Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?
¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!

CXVII.

»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia
La sombra ilustre de Casandra fiera,
Y, «A Troya aquí reedificad!» decia:
«Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»
No consiente demoras, á fe mia,
Tan gran vision, ni la ocasion da espera.
Hé aquí ofrezco á Neptuno cuatro altares:
¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»

CXVIII.

Dice, y de fuego resplandece armada;
Alza la mano, y de piedad desnudo
Flamígero tizon lanza á la armada;
Pásmanse todas con asombro mudo.
Pirgo, entre ellas en años avanzada,
Que á la prole de Príamo fué escudo,
Nodriza á tantos hijos oficiosa,
«No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;

CXIX.

»Ni es sér mortal, matronas, lo que veo:
Notad de insigne majestad señales,
El porte, de la vista el centelleo,
Voz divina y fragancias celestiales.
La retea Beroe su deseo
De hacer á Anquíses honras funerales
Con nosotras aquí, distante ahora
(Yo enferma la dejé) frustrado llora,»

CXX.

Ellas perplejas á la flota en tanto
Revuelven maliciosas las miradas:
El interpuesto mar les causa espanto,
Mas las llaman regiones anunciadas.
Oscilan entre amor y deber santo,
Cuando Íris de repente á sus miradas
Toma vuelo, y una ala y otra ala,
Trazando un arco inmenso, abre é iguala.

CXXI.

En frenesí convierten sus arrojos
Con la vision espléndida las damas:
Teas clamando lanzan, y, despojos
Del consagrado altar, hojas y ramas:
Van ministros de estrago los manojos;
Y dando rienda á las voraces llamas
Remos trepa y escálamos Vulcano,
Cruje y las gayas popas lame ufano.

CXXII.

Llevó al anfiteatro y sepultura
Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;
Vuelven luégo á mirar, y en nube oscura
Ven trémulas pavesas ir al Cielo.
Tuerce al campo de horror y desventura
De su alegre carrera Ascanio el vuelo;
Con vano afan por detenerle, al paso
Salen sus ayos con aliento escaso.

CXXIII.

Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,
Qué error,» les dice, «os precipita ciego?
¿Pensais que á argivos campos haceis daño?
¡Oh, á vuestras esperanzas pegais fuego!
Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»
Dice, y el morrïon, disfraz del juego,
Deposita á sus plantas, y les muestra
La faz amiga y la inocente diestra.

CXXIV.

En pos de Ascanio presurosos tiran
Su padre mismo y los demas Troyanos.
Mas ya las tristes en lo que hacen miran,
Y á ocultar su vergüenza, por los llanos
Que extiende la ribera, mustias giran
Huecas peñas buscando: á sus hermanos,
Vueltas en sí conocen, y les pesa,
Libres de Juno, de la aleve empresa.

CXXV.

Pero el voraz incendio, áun no contento,
Sus indómitos ímpetus no afloja:
De las húmedas tablas el asiento
Arde estoposo, y grueso humo arroja:
Consume las carenas fuego lento:
Vana es la onda esparcida que las moja,
Ni hay ya luchar con la arraigada llama,
Cuando hé aquí suplicante el Rey exclama:

CXXVI.

«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos
Males, cual usas, áun piedad hoy tienes;
Si no en uno maldices los Troyanos,
Esta última porcion de nuestros bienes
Salva de azar cruel, fuegos insanos:
Mas si á muerte merezco me condenes,
Destruye de una vez nuestra esperanza,
Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»

CXXVII.

Rasgado de sus hombros el vestido
Y ambas las manos extendiendo al Cielo,
Así Enéas con férvido alarido,
O muerte ó salvacion pide en su duelo;
Y áun bien no hablara, cuando nublos vido
Con que el aire oprimir amaga al suelo;
La esfera en un momento se ennegrece,
Ronco trueno las cumbres estremece.

CXXVIII.

Y ya sin más tardar, de los collados,
Acompañados del fragor del viento
Rios descienden á inundar los prados
Furiosos con hinchado movimiento:
Ciego á los buques va medio abrasados,
Las popas cubre el rápido elemento,
Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,
Libra las naves de la peste aciaga.

CXXIX.

Cuatro habia el incendio devorado;
Con cuyo acerbo caso que intimida,
Enéas vacilante, acobardado,
No sabe por cuál rumbo se decida:
Si en Sicilia su nido asiente, al hado
Mal sumiso, que léjos le convida,
O si á Italia persiga, al hado atento;
Y la duda tenaz le da tormento.

CXXX.

Náutes entónces, venerable anciano
Por la tritonia Pálas adivino,
A quien ella dotó con larga mano
De ingenio insigne y de infalible tino,
Interrogado respondió, no en vano,
Ya sobre muestras del furor divino,
Ya lo que el hado inevitable ordena,
Y al héroe hablando, su inquietud serena:

CXXXI.

«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía
Que una vez y otra vez marcó tu síno:
Tenaz luchando un dia y otro dia,
Vencerás los rigores del destino.
Ahí Acéstes está que se gloría
De su orígen superno: en tu camino
Te dé su luz, y á su favor sincero
Los restos fia del estrago fiero.

CXXXII.

»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,
Las matronas, cansadas de los mares,
Los ancianos; en fin, cuanto á tu lado
Mezquino, flojo, inválido notares,
Quede todo de Acéstes al cuidado:
Funden ellos aquí muros y altares,
Y de Acéstes merced, de Acesta el nombre
Al nido que afiancen, grato asombre.»

CXXXIII.

Alentó el sabio al Rey; mas le destroza
Con nuevas dudas que á su mente inspira.
Y ya la húmida Noche en su carroza
Que negra copia de caballos tira,
Ocupa el firmamento. En esto goza
Ensueño seductor el héroe, y mira
La apariencia bajar del padre amado
Que á hablarle empieza con benigno agrado:

CXXXIV.

«Hijo, más caro que mi propia vida
Miéntras las auras respiré vitales;
Tú, á quien prueba Fortuna encrudecida,
A partir de Ilïon, con tantos males!
Jove en tu auxilio de enviarme cuida;
Jove, que de las sedes celestiales
Del afan se conduele que te aqueja,
Y el voraz fuego de la flota aleja.

CXXXV.

»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones
Que anciano consultor te hace sinceras:
Flor de mancebos, recios corazones
Llevar debes de Italia á las riberas:
Allí con tus valientes campeones
Gentes has de postrar duras, guerreras.
Mas ántes avendrá que te regales
Bajando á las moradas infernales.

CXXXVI.

»Harás, en pos de mí yendo, hijo mio,
Cruzando el hondo Averno, oficio grato
Que yo no habito el Tártaro sombrío,
Mas los campos Elíseos moro y trato,
Deliciosa comarca, gremio pio:
Una maga de púdico recato,
Si hartas víctimas negras inmolares,
Te llevará á los místicos lugares.

CXXXVII.

»Y la prole y ciudad que te destina
Fortuna, entónces mirarás presente.
Mas ahora, adios: la Noche ya declina
Y con soplos me acosa el Orïente
De sus potros fogosos, que avecina.»
Así hablaba la sombra, y de repente
Húrtase al hijo y á su amante empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CXXXVIII.

Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza
Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?
¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza
Resucitando incontinente, el fuego
Que aletargado dormitaba, atiza:
Sacra masa y colmado incienso luégo
Al Dios ofrece que á su pueblo ampara,
Y humilde á la alma Vesta honra en el ara.

CXXXIX.

Consumó el sacrificio, y convocados
Sus amigos, Acéstes el primero,
Repite los oráculos sagrados
De su padre, de Jove mensajero;
La voluntad pronuncia de los hados
Y su propia intencion franco y sincero:
No hay á sus planes quien demoras teja;
Acéstes coronarlos aconseja.

CXL.

Madres se alistan que en los nuevos techos
Fundar asientos de familias deban:
Quédanse á par cuantos vulgares pechos
De grandes cosas ambicion no llevan.
Tostados bancos, mástiles deshechos,
Vuelan los otros á mudar; renuevan
Remos, jarcias, con mano diligente;
Número escaso, mas resuelta gente.

CXLI.

Marca el troyano Rey con el arado
De la ciudad el ámbito; sortea
Los solares del campo rodeado
Para edificios, y esto manda sea
Troya, y eso Ilïon. Alborozado,
Cordial troyano, Acéstes, á la idea
Del nuevo reino, tribunal y plaza
Designa, y al Senado fueros traza.

CXLII.

Luégo á Vénus Idalia, venerada
De su pueblo, en el vértice Ericino
Dedica, por pacífica morada,
Un templo de los astros convecino:
De Anquíses al sepulcro hace se añada
Culto, y ministro, y bosque peregrino;
Y banquetes ordena, y alegrías,
Y piadosos oficios nueve dias.

CXLIII.

Ya llegaba el momento: el Austro insiste
Convidando á la mar blanda y serena:
Alzase lloro femenil, y triste
La corva playa con lamentos suena:
En el abrazo último resiste
Amor á desatar dulce cadena:
Las madres mismas que la mar temian,
Ni áun la osaban nombrar, partir querrian.

CXLIV.

Cuantos han de quedarse, en sus fatigas
Parte al troyano Rey piden ahora:
El con palabras los consuela amigas,
Hijos á Acéstes los entrega, y llora.
Manda á las Tempestades enemigas
Matar una cordera; á Érice adora;
Tres becerros tambien manda le maten,
Y que en órden los cables se desaten.

CXLV.

Yérguese él en la prora, coronado
De hojas menudas de sagrada oliva:
Un vaso empuña, al piélago salado
Intestinos arroja, y néctar liba.
En popa aura terral hiere de grado
Alejando las naves de la riba;
Bogan el remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.

CXLVI.

No halla en tanto á su afan Vénus sosiego;
Vuela á Neptuno, y «El que Juno abriga
Odio irreconciliable,» gime, «al ruego,
Neptuno ilustre, á descender me obliga;
Que no su ira cruel, su rencor ciego
Amansan años ni piedad mitiga,
Ni lo que ordena el hado ó Jove manda
Su indómita ambicion quiebra ni ablanda.

CXLVII.

»Eterno es el furor que su alma siente;
Que no bastó á su cólera sombría
Haber talado la ciudad potente
Que en la ancha Frigia dominaba un dia,
Ni arrastrar las reliquias de su gente
Por senda de martirio. Todavía
Al pueblo hundido en perseguir no cesa
En sus huesos nadantes y pavesa!

CXLVIII.

»La causa ella sabrá de tanta saña:
Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo
Viste cómo á manera de montaña
Encrespó amenazando cataclismo;
De Eolo en el favor fió; se engaña;
Mas era su intencion cielo y abismo
En uno confundir; y así la impía
Insolente tus reinos invadia.

CXLIX.

«Hoy, ¡qué horror! á las hembras roba el tino,
Y las naves ardiendo á los Troyanos,
Fuerza á Enéas, cerrándole el camino,
A dejar en destierro á sus hermanos.
Haz siquiera que al Tibre laurentino
Estos últimos restos lleguen sanos,
Si ya al muro las Parcas prometido
No han de negarles; si lo justo pido.»

CL.

Respondió el Dios que el ponto señorea:
«Pon confianza en el imperio mio,
Que en mis reinos naciste, Citerea,
Y ya á Enéas mostré mi afecto pio:
Yo mil veces, por él, si el mar ondea
Las nubes conjurando á estrago impío,
Serené la amenaza; y no hice ménos
En tierra que del piélago en los senos.

CLI.

»Janto y Símois me saquen verdadero:
Cuando Aquíles con furia impetüosa
Por la espada inmoló tanto guerrero
Que contra el muro de Ilïon acosa;
Cuando, enfrenando su ímpetu ligero
El álveo, que en cadáveres rebosa,
El Janto por las márgenes gemia
Ni hallar lograba hácia mis reinos via.

CLII.

»Yo á tu hijo entónces arranqué á la muerte
En nube con que entorno le rodeo,
Viéndole ménos bienhadado y fuerte
Combatir con el hijo de Peleo;
Ni vacilé en librarle de esa suerte
A pesar del furor de mi deseo,
Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,
Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.

CLIII.

»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?
Yo lo mismo que entónces, ahora siento:
El al puerto de Averno que deseas
Llegará con su gente á salvamento:
Habrá sólo uno que anegarse veas,
Escogido holocausto.» Así el aliento
Neptuno á Vénus vuelve; y ya bizarro
Con arreos de oro orna su carro.

CLIV.

Pone á los brutos el bañado freno,
Dales con fácil mano suelta brida,
Y por el mar, magnífico y sereno,
En su carroza va de azul teñida:
Tiéndese igual sobre el materno seno
Bajo el eje tonante la onda erguida,
Y cuanto nublo encapotó la esfera
Su fuga por los aires acelera.

CLV.

Acompañan en torno al Dios marino
Grandes cetos y rápidos tritones;
Glauco y su coro, y Palemon de Ino,
Y Forco y sus revueltos escuadrones:
Hienden á izquierda el reino cristalino
Las hijas de sus húmidas mansiones:
Talía allí, Cimódoce campea,
Tétis, Melite, y blanda Panopea.

CLVI.

En la mente de Enéas indecisa
Bullen en tanto imágenes amenas:
Manda arbolar los mástiles aprisa
Y las velas tender por la entenas:
No hay, lonas al izar, mano remisa;
Ya á este lado, ya á aquél las sueltan llenas;
Tuercen cabos, retuércenlos á una;
Mueve miéntras la escuadra aura oportuna.

CLVII.

Palinuro adelante firme guia
La flota, que á su espalda se aglomera:
Marchan, y á la órden obediente, fia
Cada nave en la nave delantera.
Casi la vaporosa Noche habia
Tocado á la mitad de su carrera;
Y al pié del remo, de temor seguros,
Duermen los nautas en los bancos duros.

CLVIII.

Dejó en esto las célicas regiones
Ligero un Sueño que las sombras hiende;
Mudo vuela, y fatídicas visiones
Trayendo, ¡oh Palinuro! á tí desciende:
Sentado en la alta popa, las facciones
De Fórbas toma, y seducirte emprende:
¡Mísero! que con voces de dulzura
Ya el falso diosecillo te conjura:

CLIX.

«¡Hijo de Yasio, Palinuro mio!
Mira cómo resbala blandamente
Llevado de las ondas el navío;
¡Qué propicio que espira el manso ambiente!
Un rato al soporífero rocío
Inclina ya la fatigada frente;
Hora es de descansar: duerme sin miedo,
Que yo en tanto por tí velando quedo.»

CLX.

Alzó el otro los párpados apénas
Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,
Quieres que olvide yo, de olas serenas?
¿Que ponga en monstruo aleve confianza
Pretendes por ventura? ¿Me encadenas
Porque entregue mi Rey á la mudanza
De mar y viento, de quien tantas veces
Probé las veleidades y dobleces?»

CLXI.

Dice, é inmóvil se afianza, y traba
Del gobernalle con ahincado empeño;
Mira á los astros, y en los astros clava
Los mustios ojos resistiendo al sueño.
Mas ya una y otra sien le golpeaba
El Dios con su balsámico beleño
En las aguas del Lete humedecido,
Y los ojos le anega en alto olvido.

CLXII.

No bien los miembros el sopor le afloja
Cuando el sueño sobre él se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posicion le quita,
Antes al mar con el timon le arroja
Y áun parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.

CLXIII.

Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida.
Mas hé aquí ya se acerca en su derrota
A la roca, otro tiempo tan temida,
De las Sirenas, que la mar azota,
De albos huesos de náufragos guarida;
Y léjos con monótonos bramidos
Resuenan los escollos combatidos.

CLXIV.

Notó Enéas entónces que á la armada
Falta el piloto y perecer podria;
Y con mano acudiendo acelerada
La noche toda él mismo el timon guía;
Y entónces exclamó con voz ahogada:
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía
De cielo bonancible y mar serena;
Yacerás insepulto en triste arena!»

LIBRO SEXTO.

I.

Así hablaba y lloraba juntamente.
Ya, riendas dando, por el mar navegan,
Y á las costas de Cúmas (cuya gente
De Eubea vino) sin tardanza llegan.
Tornan proas al mar: con tenaz diente
La ancla fija el bajel, y á tierra apegan
Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores varïadas.

II.

III.

Mas Enéas piadoso á las alturas
En que Apolo descuella, se encamina,
Y las cuevas recónditas, oscuras,
Busca de la terrífica adivina
Que, inflamada del Dios, cosas futuras
En estro rebosando vaticina:
¿Veisle? entrando con otros va derecho
Ora el bosque avernal, ya el áureo techo.

IV.

Dédalo de comarcas sanguinosas
Huyendo, es fama, y del furor de Mínos,
Fiarse osó con alas vagarosas
A los reinos del aura cristalinos:
A la region helada de las Osas
Su vuelo por insólitos caminos
Tendió, y moviendo las nadantes plumas,
Fué en el alcázar á parar de Cúmas.

V.

Por vez primera allí devuelto al suelo,
Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte
Sanas las alas que bogó en su vuelo
Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.
En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo
Grabó de los Cecrópidas, que á muerte
Siete hijos tributaban cada un año;
La urna ciega allí está do sale el daño.

VI.

En frente, en medio al mar, se representa
Creta: allí lo cruel de sus amores,
Del toro esclava, Pasifae ostenta;
Monumento de estúpidos furores
Allí el biforme Minotauro asienta
La planta; con sus vueltas, sus errores,
Incierto entorno el laberinto gira,
Y á la amante princesa horror inspira.

VII.

Cediendo de la triste á la porfía,
Allí Dédalo mismo de Teseo
El paso indocto con el hilo guia:
Ícaro, y tú tambien lograras, creo,
Insigne asiento en la áurea galería;
Mas de padre el dolor ganó al deseo
Del artífice audaz, que, el brazo alzando,
Caer dos veces le dejó, llorando.

VIII.

Enéas con su gente asaz tuviera
En cada cuadro la mirada fija,
Si, enviado adelante, no volviera
Turbando Acátes su atencion prolija:
Con Acátes, graciosa compañera,
Deífobe llegó, de Glauco hija,
Intérprete de Apolo y de Dïana;
Que vuelta al Rey de la nacion troyana.

IX.

«No es sazon de admirar primores tales.»
Le dice: «importa que inmolar decidas
De grey vacuna siete recentales
Y á par siete ovejuelas escogidas.»
Esto dijo: Troyanos principales
Van á cumplir las órdenes oidas;
Y mostrándoles sigue ella el camino
Al elevado templo Sibilino.

X.

Hay en la roca eubea un lado hendido,
Antro de cien entradas y cien puertas
Que cien voces arrojan con rüido,
De la oculta Deidad respuestas ciertas.
Cuando llegaban al umbral temido,
«¡Tiempo es que el ruego á consultar conviertas
Tus hados, huésped!» la doncella exclama;
Hé aquí el Dios, hé aquí el Dios! mi mente inflama.»

XI.

Esto la vírgen pronunció en la entrada
De la inmensa caverna: en ese instante
Tartamudea, la color mudada,
Crespo el cabello, atónito el semblante:
Enfurecida, aérea, agigantada,
Hínchale el Dios el seno jadeante,
Y ya llena del númen soberano,
Vibró puro su acento áun más que humano:

XII.

«¡Eneas! ¿no será que al Númen santo
Con tus votos y súplicas regales?
No han de abrirse á tus pasos entretanto
Del pavoroso templo los umbrales.»
Calló: los Teucros con glacial espanto
Oyeron resonar palabras tales,
Y postrándose el Rey, con hondo acento
Oró así en religioso arrobamiento:

XIII.

«Febo, que de infortunios y pesares
De los hijos de Troya te apïadas;
Tú que al cuerpo del de Éaco, de Páris
Las flechas dirigiste enherboladas:
Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares
Que á ceñir van regiones apartadas;
Yo he cruzado las costas africanas;
Yo las hórridas sirtes vi cercanas.

XIV.

»Hoy piso en fin el límite italiano,
Tierra de promision que ántes huia;
¡Así el signo maléfico troyano
Haya hasta aquí llegado en su porfía!
Y ¡oh cuantos con furor visteis insano
Crecer la gloria de mi patria un dia!
¡Dioses todos y diosas! sin enojos
Volved ya en fin á Troya vuestros ojos!

XV.

»Y ¡oh tú que en siglos ves áun no llegados,
Santa sacerdotisa! (yo no pido
Imperio no ofrecido por mis hados)
Da á mis Teucros gozar reposo y nido
Con los Dioses de Troya fatigados;
Y á Hécate y á Apolo, agradecido,
De mármol fundaré templo y altares
Y fiestas en su honor apolinares.

XVI.

»Tú en mi reino tambien ilustre asiento
Tendrás, y tus sagradas predicciones
Guardando con solemne acatamiento,
Tu culto servirán dignos varones.
Mas oye: á la merced irán del viento
Tus palabras si en hojas las dispones;
Canta tú misma lo que cierto veas.»
Aquí dió fin á su oracion Enéas.

XVII.

En tanto la Sibila áun se subleva
Por sacudir el númen que la oprime,
Y feroz se revuelve en la ancha cueva:
Fogoso corazon, labio que gime
El Dios le doma, que sobre ellos lleva
Hasta grabarla, inspiracion sublime;
Y dan su voz en ecos las cien puertas
Todas á un tiempo sin esfuerzo abiertas.

XVIII.