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Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 802: LV.
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About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Vendrá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.

XIX.

»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño
Campaña cual la griega rigurosa
Verás, que el Lacio cria ya en tu daño
Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Ni faltará á tu gente en suelo extraño
De Juno el odio que jamas reposa;
Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?

XX.

»Y otra vez bodas en foráneo suelo
Llorarán los Troyanos; y esa esposa
¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo!
¡A ti y á tus vasallos cuán costosa!
Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
Y lograrás, mudanza milagrosa,
Que ántes que no otra, á próspero destino
Una griega ciudad te abra camino.»

XXI.

Tal desde su antro la Sibila fiera,
Con voz que infunde admiracion y espanto,
Hechos desvuelve, edades acelera,
Y en sombras la verdad brilla en su canto;
Tal de su labio el ímpetu modera
El Dios que el corazon le aguija en tanto;
Mas serenada al fin su ira espumante,
A hablarle torna el héroe suplicante:

XXII.

«Áun no me has anunciado ¡oh vírgen! nada
Ó nuevo ó imprevisto de mi vida.
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,
Si aquí está la laguna tan temida,
Con sobras de Aqueronte sustentada,
Concede que un favor solo te pida:
Mi padre anhelo ver; guia mi planta,
Y dígnate de abrir la puerta santa.

XXIII.

»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo
Entre llamas y dardos libertélo;
Yo le puse en mis hombros, y él conmigo
Fué dándome doquier fuerza y consuelo:
El fué en mis viajes mi mejor amigo;
El los rigores de la mar y el cielo
Con generosas muestras de osadía,
Milagrosa en su edad, llevar solia.

XXIV.

»Y él, él me persuadió que reverente
Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, vírgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.

XXV.

»La prenda de su amor el tracio Orfeo,
Luégo que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano á quien adora,
Y partiendo con él su sér divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.

XXVI.

»Callaré de Teseo; del tremendo
Alcídes callo y su potente maza:
¡Yo, yo tambien de Júpiter desciendo!»
Pronuncia el héroe, y al altar se abraza.
Otra vez la adivina respondiendo,
«Troyano hijo de Anquíses, de la raza
De los supernos Dioses procedente,
Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente:

XXVII.

»Fácil es del Averno la bajada;
De dia y noche á la region oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos á quien Jove con ternura
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.

XXVIII.

»Cubren selvas espesas y sombrías
El centro del Averno; á la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vias
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar el Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que á otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.

XXIX.

»En medio de estas selvas donde moro
Oculto un ramo está que el tallo tierno
Tiene, y las hojas trémulas, de oro,
Consagrado á la Juno del Infierno:
Cierra en su seno el fúlgido tesoro
Hojoso un árbol entre el bosque eterno,
Y de valles en torno guarnecido,
La amiga lobreguez le hurta al sentido.

XXX.

»Y nadie ya la subterránea ruta
Pudo emprender á do el amor te llama,
Si ántes no desgajó la rica fruta:
La hermosa Proserpina esa áurea rama
Apropiada á su gloria la reputa,
Y es el obsequio que entre todos ama:
Segado el tallo, el gérmen no perece;
Retoña, y la áurea yema amarillece.

XXXI.

»Vé, y de alto en torno el árbol investiga
Con atenta mirada, y avistado,
Allá tiende la mano; que si amiga
La suerte rie, con sensible agrado
Al punto hará que el vástago te siga;
Pero si adusto te rechaza el hado,
No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Que el ramo aparte del materno leño.

XXXII.

»Mas ¡ah! miéntras al sacro umbral se inclina
Tu oido, atento al deseado indulto,
Un cadáver tus tropas contamina;
Fué tu amigo y le ignoras insepulto:
A honrarle ovejas negras vé y destina;
Su cuerpo vé á librar de odioso insulto;
Y así, en fin, á estas lóbregas moradas
Bajarás, no á vivientes franqueadas.»

XXXIII.

Cesó, y quedóse la adivina muda.
La medrosa caverna el héroe deja;
Mirando al suelo va, y acerba duda
Le roe el corazon. Con él se aleja
Acátes, fiel amigo: igual la aguda
Pena que á Enéas, al andar le aqueja:
¿Quién será, cada cual finge y cavila,
El que muerto nos canta la Sibila?

XXXIV.

Hablando, pues, del mal que les espera,
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven á Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.

XXXV.

Él, cuando Troya, acompañado habia
Á Héctor: los campos él, de Héctor al lado,
Con su trompa y su lanza recorria
En la lanza y la trompa ejercitado;
Despues, cuando de la alma luz del dia
Héctor fué por Aquíles despojado,
De Enéas al mandar el fiel guerrero
(Partido no inferior) puso su acero.

XXXVI.

Mas ahora que insensato en la ribera
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen que á emularle se atreviera,
Envidiando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
Enéas sobre todo, amargo llanto.

XXXVII.

Y llorando, el sagrado mandamiento
A cumplir van, y fúnebres altares
Con árboles á alzar al firmamento:
Van á una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.

XXXVIII.

A los suyos el héroe, apercibido
De iguales armas, guia en la faena
Con la voz y el ejemplo, y con gemido
Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:
«Ya el presagio cruel está cumplido
En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!
¡Así á mis ojos se mostrase ahora
El árbol que áureos frutos atesora!»

XXXIX.

Así exhala plegarias y querellas,
Cuando á su vista, sobre el manso viento,
Llegan iguales dos palomas bellas
Abatiendo el süave movimiento
A posarse en el césped verde. En ellas
Mira Enéas atónito y atento
Las mensajeras de su madre, y clama
Con el acento del que espera y ama:

XL.

«¡Oh aves misteriosas! si camino
Abre el hado, marcadle con el vuelo;
Id al ramo que en torno peregrino
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
Y tú en esta sazon, felice tino
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
O á dó tiendan las aves, fijo observa.

XLI.

Hasta do el ojo va, la copia alada
Sigue el volar, sigue el volar rastrero;
Mas asomando á la hedïonda entrada
De Averno, se alza en ímpetu ligero:
Buscan las dos la copa deseada,
Y á un tiempo ocupan el feliz madero,
Do entre pardos verdores amarillo
El ramo desigual muestra su brillo.

XLII.

Como en bosques que invierno heló, enverdece
El visco, y con la prole de que abunda,
No hija del árbol á que asido crece,
El tronco protector blondo circunda;
Tal la ráfaga de oro resplandece;
Tal, herida del aura vagabunda,
Treme y cruje la lámina divina
En medio allá de la copuda encina.

XLIII.

Del ramo inerte el Rey ase impaciente
Y vuela á la mansion de la adivina.
Sigue entretanto la llorosa gente
Tristes honras haciendo en la marina
A la insensible víctima presente:
De maderas copiosas en resina,
Y duros troncos de que rajas llevan,
Ingente pira desde luégo elevan.

XLIV.

Y de mustias guirnaldas guarnecida
Y de rectos cipreses custodiada,
De adorno sobrepónenle en seguida
El limpio arnes y la desnuda espada.
En calderas de bronce recogida
Llegan agua á la lumbre aderezada,
Y ántes de que las llamas lo consuman,
El cuerpo helado lavan y perfuman.

XLV.

Unos, en medio del comun gemido,
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) á un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante.

XLVI.

Cuando en pavesas descansó la llama,
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y á una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, á los demas rocía
Con lustral aspersion que hace tres veces;
Llora, y pronuncia las finales preces.

XLVII.

El Rey, de gratitud y piedad lleno,
Manda erigir soberbia sepultura;
Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno
Su clarin y su remo y su armadura.»
Se hizo al pié de un peñon, que de Miseno
Recibió el nombre que inmortal le dura.
Enéas á cumplir vuela, tras eso,
El sagrado mandato en su alma impreso.

XLVIII.

Hay en aquel confin una honda sima,
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale á infestar los cercos superiores.

XLIX.

Trajo allí el Rey de la troyana gente
Cuatro negros novillos, á quien riega
Con vino la Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que á la llama ardiente,
Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.

L.

Quién apresta al degüello la cuchilla;
Quién vasos llena en sangre que chorrea:
Enéas mismo con su espada humilla
Lúcia cordera cuya piel negrea,
Porque la Noche, de furial cuadrilla
Madre, y su hermana al par, fácil le sea;
Inmolando despues estéril vaca,
Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.

LI.

Nocturnas aras en seguida eleva
Al Rey estigio: enteras á la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva,
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros.

LII.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora
Grita la profetisa: «¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos!
¡Vén, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: á su furente guia
Enéas con pié intrépido seguia.

LIII.

¡Oh los que de las almas inmortales
Teneis, Dioses, el cetro y monarquía!
¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!
¡Lugares de silencio y noche umbría!
¡Concededme salvar vuestros umbrales,
Y que al orbe revele la voz mia
Lo que vi, lo que oí, cuanto misterio
Guarda vuestro hondo, funeral imperio!

LIV.

Opacos bajo noche alta y desierta,
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos frios,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta á las cosas.

LV.

Ante el mismo vestíbulo, manida
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raida,
Hambre, que induce á criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.

LVI.

Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.

LVII.

Lleno de años, con sombras halagüeño
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de cada rama;
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.

LVIII.

Centauros hay allí; silbante y fiera
Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
Con sus iguales pestilente Arpía,
Con tres cabezas Gerïon gigante:
¿Quién habrá que los mire y no se aspante?

LIX.

Sintió Enéas pavor: el fuerte acero
Esgrime osado, y con su punta amaga
Al escuadron de monstruos, que severo
Llega delante ó revolando vaga:
Que sombras son sin cuerpo verdadero
Prudente á tiempo le advirtió la maga;
Él, á no detener la voz su brío
Hiriera ciego el ámbito vacío.

LX.

Parte de allí para Aqueron camino:
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardian del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.

LXI.

El cual sucia caer al pecho deja
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.

LXII.

Allí, nube de imágenes ligera,
Cuantos dejan del suelo las mansiones
Vuelan sobre la fúnebre ribera:
Austeras madres; nobles campeones;
Vírgenes que en su dulce primavera
Segadas fueron; cándidos garzones
A quienes ya cabe la alzada pira
Lloró el padre infeliz que arder les mira.

LXIII.

Tantos van los espíritus y tales
Como las hojas que en la selva, al hielo
De los últimos dias otoñales
Ruedan precipitadas por el suelo;
O cual, climas buscando más geniales,
A traves de la mar en largo vuelo,
Del tiránico invierno desterradas,
Huir vemos las aves en bandadas.

LXIV.

Y hé aquí la turba que llegó primera
Pasar quiere, ántes que otros, lago allende;
Con vivo amor de la ulterior ribera
Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
Caron, de tanta multitud que espera,
Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende;
Mas á muchos tambien, ¡desventurados!
Léjos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh vírgen veneranda!»
Dice asombrado Enéas; «¿á qué llegan
A este rio las almas? ¿Qué demanda
Esa gran multitud? ¿Por qué navegan
Ledos los unos hácia la otra banda,
Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?
¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa
Respondió la senil sacerdotisa:

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano!
El lago Estigio y lóbrego Cocito
Mirando estás, por quien jurar en vano
Temen los Dioses como gran delito.
A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
Turba doliente en número infinito:
Ese es Caron; trasporta á opuestos lados
Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes
Logran salvar las ánimas que vagan
Desprovistas de honores, sin que ántes
Enterrados en paz sus huesos yagan;
O cien años arreo andando errantes
Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

LXVIII.

Paróse con doliente fantasia
Enéas, y en la gente desechada
Ve á Leucáspis, ve á Oronte, antiguo guia
Del bajel licio en la troyana armada:
Con él salieron de Ilïon un dia,
Y bogando á par de él, á su mirada
Los hundió en crespas ondas Austro impío
Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.

Hé aquí de entre éstos viene Palinuro,
Aquel que en la reciente travesía
Por el líbico golfo, al mar oscuro
Cayó, cuando en mirar se embebecia
Los altos astros de temor seguro.
Así que Enéas en la niebla umbría
Reconoció al llorado compañero,
Tornóse á condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,
Ahogándote con mano traicionera
Te vino á arrebatar de nuestro lado?
Faltóme en cuanto á ti, por vez primera,
Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado,
Prometiendo que salvo á la ribera
Deseada de Italia tocarias:
Mal coronó las esperanzas mias!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento
Fué contigo el oráculo divino,
¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sediento
Númen odioso á sepultarme vino.
Yendo yo, en vela, á mi deber atento,
Casual golpe en la popa sobrevino,
Y en medio de las ondas, sin soltalle,
Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mio,
Que, perdido el asiento, el timon roto,
Más que por mí cuidé que tu navio,
Privado de defensa y de piloto,
Mal pudiese del piélago bravío
Los golpes contrastar. Violento Noto
Tres noches borrascosas de ardua brega
Me arrastró léjos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto dia,
Encumbrado por hórrida oleada:
Poco á poco nadaba, y salvo habria
Hollado, en fin, la playa deseada;
Mas, ¡triste! como á presa de valía
Me embiste horda feroz blandiendo espada
No bien de húmedas ropas agobiado
Trepaba, uñas hincando, agrio collado.

LXXIV.

»Hoy, desecho del mar, en sus riberas
Vientos me azotan. Por la luz del cielo
Y las auras que áun gozas placenteras,
Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Si á éste das honras que de aquél esperas,
Tu invicta mano de tan grande duelo
En el puerto de Velia me redima
Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo
Por favor especial, bajado hayas
A visitar los reinos del espanto
Y de tu madre encaminado vayas,
La diestra alarga, si merezco tanto,
Y arrástrame contigo á opuestas playas,
Porque al cabo, rendido de fatiga,
En muerte al ménos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente,
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura
Querrás el lago Estigio, la corriente
Pasar de las Euménides oscura,
Tú que no ostentas divinal presente
Ni gozas en la tierra sepultura?
¡Triste! no esperes á poder de ruegos
Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores
Consuela recordando anuncios tales:
Habrá de ancha region habitadores
Que, en fuerza de prodigios celestiales,
Tu sombra aplacarán, daránte honores,
Te alzarán monumentos sepulcrales;
Y el sitio, Palinuro, que te guarde
Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al són de estas palabras, un momento
Mitigó Palinuro su agonía,
Y fuése, revolviendo el pensamiento
Que un país de su nombre se gloría.
Ellos siguen en tanto á paso lento.
Caron su barca á la sazon movia,
Y de en medio del lago divisólos
La muda selva atravesando solos.

LXXIX.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera
Que armado invades mis dominios, tente,
Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera.
Aquí en horror profundo eternamente
Moran los Sueños y la Noche impera:
No admite el bote estigio alma viviente;
Ni de atinado, si exenté, me loo,
Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su orígen sobrehumano
Mostraban, cierto, y generoso brío:
¡Ah, y aquél ante el trono del tirano
Fué el guarda á encadenar del reino umbrío,
Y temblando arrastróle con su mano;
Y estotros en furioso desvarío
Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?
El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente
La inspirada de Anfriso: «Insidias viles
No temas, no, que anide nuestra mente,
Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:
El encovado can salvo amedrente
Con eternos baladros sombras miles:
Hécate, sin temor de agravio impío,
Casta guarde el umbral del regio tio.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama
En piedad, en valor, no dió segundo,
Tan sólo el padre á ver que tanto ama
Viene al riñon del Érebo profundo:
Si eres sordo á tan bello amor, la rama
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla
El dón que misterioso el labio nombra,
Manso el barquero su altivez humilla,
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla
Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
Las tenues almas arrojando fuera
Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.

Recibe, en fin, la cavidad vacía
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
Ya anchas grietas al agua negra abria
Flaco el esquife para humano peso.
Mas el barquero con tenaz porfía
A par que á la Sibila, al héroe ileso
Trasporta, y abordando, le enajena
Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

Enfrente á do saltaron, guarecido
En la ancha gruta en que á placer se extiende,
El can trifauce con feroz ladrido
Los ámbitos atruena que defiende:
Viéndole que de víboras ceñido
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Narcótico manjar con miel dorado
Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.