Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Vendrá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Vendrá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.
XIX.
»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño
Campaña cual la griega rigurosa
Verás, que el Lacio cria ya en tu daño
Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Ni faltará á tu gente en suelo extraño
De Juno el odio que jamas reposa;
Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?
Campaña cual la griega rigurosa
Verás, que el Lacio cria ya en tu daño
Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Ni faltará á tu gente en suelo extraño
De Juno el odio que jamas reposa;
Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?
XX.
»Y otra vez bodas en foráneo suelo
Llorarán los Troyanos; y esa esposa
¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo!
¡A ti y á tus vasallos cuán costosa!
Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
Y lograrás, mudanza milagrosa,
Que ántes que no otra, á próspero destino
Una griega ciudad te abra camino.»
Llorarán los Troyanos; y esa esposa
¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo!
¡A ti y á tus vasallos cuán costosa!
Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
Y lograrás, mudanza milagrosa,
Que ántes que no otra, á próspero destino
Una griega ciudad te abra camino.»
XXI.
Tal desde su antro la Sibila fiera,
Con voz que infunde admiracion y espanto,
Hechos desvuelve, edades acelera,
Y en sombras la verdad brilla en su canto;
Tal de su labio el ímpetu modera
El Dios que el corazon le aguija en tanto;
Mas serenada al fin su ira espumante,
A hablarle torna el héroe suplicante:
Con voz que infunde admiracion y espanto,
Hechos desvuelve, edades acelera,
Y en sombras la verdad brilla en su canto;
Tal de su labio el ímpetu modera
El Dios que el corazon le aguija en tanto;
Mas serenada al fin su ira espumante,
A hablarle torna el héroe suplicante:
XXII.
«Áun no me has anunciado ¡oh vírgen! nada
Ó nuevo ó imprevisto de mi vida.
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,
Si aquí está la laguna tan temida,
Con sobras de Aqueronte sustentada,
Concede que un favor solo te pida:
Mi padre anhelo ver; guia mi planta,
Y dígnate de abrir la puerta santa.
Ó nuevo ó imprevisto de mi vida.
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,
Si aquí está la laguna tan temida,
Con sobras de Aqueronte sustentada,
Concede que un favor solo te pida:
Mi padre anhelo ver; guia mi planta,
Y dígnate de abrir la puerta santa.
XXIII.
XXIV.
»Y él, él me persuadió que reverente
Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, vírgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.
Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, vírgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.
XXV.
»La prenda de su amor el tracio Orfeo,
Luégo que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano á quien adora,
Y partiendo con él su sér divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.
Luégo que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano á quien adora,
Y partiendo con él su sér divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.
XXVI.
XXVII.
»Fácil es del Averno la bajada;
De dia y noche á la region oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos á quien Jove con ternura
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.
De dia y noche á la region oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos á quien Jove con ternura
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.
XXVIII.
»Cubren selvas espesas y sombrías
El centro del Averno; á la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vias
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar el Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que á otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.
El centro del Averno; á la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vias
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar el Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que á otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.
XXIX.
XXX.
»Y nadie ya la subterránea ruta
Pudo emprender á do el amor te llama,
Si ántes no desgajó la rica fruta:
La hermosa Proserpina esa áurea rama
Apropiada á su gloria la reputa,
Y es el obsequio que entre todos ama:
Segado el tallo, el gérmen no perece;
Retoña, y la áurea yema amarillece.
Pudo emprender á do el amor te llama,
Si ántes no desgajó la rica fruta:
La hermosa Proserpina esa áurea rama
Apropiada á su gloria la reputa,
Y es el obsequio que entre todos ama:
Segado el tallo, el gérmen no perece;
Retoña, y la áurea yema amarillece.
XXXI.
»Vé, y de alto en torno el árbol investiga
Con atenta mirada, y avistado,
Allá tiende la mano; que si amiga
La suerte rie, con sensible agrado
Al punto hará que el vástago te siga;
Pero si adusto te rechaza el hado,
No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Que el ramo aparte del materno leño.
Con atenta mirada, y avistado,
Allá tiende la mano; que si amiga
La suerte rie, con sensible agrado
Al punto hará que el vástago te siga;
Pero si adusto te rechaza el hado,
No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Que el ramo aparte del materno leño.
XXXII.
»Mas ¡ah! miéntras al sacro umbral se inclina
Tu oido, atento al deseado indulto,
Un cadáver tus tropas contamina;
Fué tu amigo y le ignoras insepulto:
A honrarle ovejas negras vé y destina;
Su cuerpo vé á librar de odioso insulto;
Y así, en fin, á estas lóbregas moradas
Bajarás, no á vivientes franqueadas.»
Tu oido, atento al deseado indulto,
Un cadáver tus tropas contamina;
Fué tu amigo y le ignoras insepulto:
A honrarle ovejas negras vé y destina;
Su cuerpo vé á librar de odioso insulto;
Y así, en fin, á estas lóbregas moradas
Bajarás, no á vivientes franqueadas.»
XXXIII.
Cesó, y quedóse la adivina muda.
La medrosa caverna el héroe deja;
Mirando al suelo va, y acerba duda
Le roe el corazon. Con él se aleja
Acátes, fiel amigo: igual la aguda
Pena que á Enéas, al andar le aqueja:
¿Quién será, cada cual finge y cavila,
El que muerto nos canta la Sibila?
La medrosa caverna el héroe deja;
Mirando al suelo va, y acerba duda
Le roe el corazon. Con él se aleja
Acátes, fiel amigo: igual la aguda
Pena que á Enéas, al andar le aqueja:
¿Quién será, cada cual finge y cavila,
El que muerto nos canta la Sibila?
XXXIV.
Hablando, pues, del mal que les espera,
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven á Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven á Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.
XXXV.
XXXVI.
Mas ahora que insensato en la ribera
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen que á emularle se atreviera,
Envidiando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
Enéas sobre todo, amargo llanto.
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen que á emularle se atreviera,
Envidiando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
Enéas sobre todo, amargo llanto.
XXXVII.
Y llorando, el sagrado mandamiento
A cumplir van, y fúnebres altares
Con árboles á alzar al firmamento:
Van á una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.
A cumplir van, y fúnebres altares
Con árboles á alzar al firmamento:
Van á una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.
XXXVIII.
XXXIX.
Así exhala plegarias y querellas,
Cuando á su vista, sobre el manso viento,
Llegan iguales dos palomas bellas
Abatiendo el süave movimiento
A posarse en el césped verde. En ellas
Mira Enéas atónito y atento
Las mensajeras de su madre, y clama
Con el acento del que espera y ama:
Cuando á su vista, sobre el manso viento,
Llegan iguales dos palomas bellas
Abatiendo el süave movimiento
A posarse en el césped verde. En ellas
Mira Enéas atónito y atento
Las mensajeras de su madre, y clama
Con el acento del que espera y ama:
XL.
«¡Oh aves misteriosas! si camino
Abre el hado, marcadle con el vuelo;
Id al ramo que en torno peregrino
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
Y tú en esta sazon, felice tino
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
O á dó tiendan las aves, fijo observa.
Abre el hado, marcadle con el vuelo;
Id al ramo que en torno peregrino
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
Y tú en esta sazon, felice tino
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
O á dó tiendan las aves, fijo observa.
XLI.
XLII.
Como en bosques que invierno heló, enverdece
El visco, y con la prole de que abunda,
No hija del árbol á que asido crece,
El tronco protector blondo circunda;
Tal la ráfaga de oro resplandece;
Tal, herida del aura vagabunda,
Treme y cruje la lámina divina
En medio allá de la copuda encina.
El visco, y con la prole de que abunda,
No hija del árbol á que asido crece,
El tronco protector blondo circunda;
Tal la ráfaga de oro resplandece;
Tal, herida del aura vagabunda,
Treme y cruje la lámina divina
En medio allá de la copuda encina.
XLIII.
Del ramo inerte el Rey ase impaciente
Y vuela á la mansion de la adivina.
Sigue entretanto la llorosa gente
Tristes honras haciendo en la marina
A la insensible víctima presente:
De maderas copiosas en resina,
Y duros troncos de que rajas llevan,
Ingente pira desde luégo elevan.
Y vuela á la mansion de la adivina.
Sigue entretanto la llorosa gente
Tristes honras haciendo en la marina
A la insensible víctima presente:
De maderas copiosas en resina,
Y duros troncos de que rajas llevan,
Ingente pira desde luégo elevan.
XLIV.
XLV.
Unos, en medio del comun gemido,
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) á un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante.
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) á un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante.
XLVI.
Cuando en pavesas descansó la llama,
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y á una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, á los demas rocía
Con lustral aspersion que hace tres veces;
Llora, y pronuncia las finales preces.
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y á una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, á los demas rocía
Con lustral aspersion que hace tres veces;
Llora, y pronuncia las finales preces.
XLVII.
XLVIII.
Hay en aquel confin una honda sima,
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale á infestar los cercos superiores.
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale á infestar los cercos superiores.
XLIX.
Trajo allí el Rey de la troyana gente
Cuatro negros novillos, á quien riega
Con vino la Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que á la llama ardiente,
Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.
Cuatro negros novillos, á quien riega
Con vino la Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que á la llama ardiente,
Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.
L.
LI.
Nocturnas aras en seguida eleva
Al Rey estigio: enteras á la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva,
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros.
Al Rey estigio: enteras á la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva,
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros.
LII.
Ya llega la Deidad. Con voz sonora
Grita la profetisa: «¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos!
¡Vén, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: á su furente guia
Enéas con pié intrépido seguia.
Grita la profetisa: «¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos!
¡Vén, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: á su furente guia
Enéas con pié intrépido seguia.
LIII.
LIV.
Opacos bajo noche alta y desierta,
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos frios,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta á las cosas.
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos frios,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta á las cosas.
LV.
Ante el mismo vestíbulo, manida
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raida,
Hambre, que induce á criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raida,
Hambre, que induce á criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.
LVI.
Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.
LVII.
Lleno de años, con sombras halagüeño
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de cada rama;
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de cada rama;
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
LVIII.
Centauros hay allí; silbante y fiera
Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
Con sus iguales pestilente Arpía,
Con tres cabezas Gerïon gigante:
¿Quién habrá que los mire y no se aspante?
Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
Con sus iguales pestilente Arpía,
Con tres cabezas Gerïon gigante:
¿Quién habrá que los mire y no se aspante?
LIX.
LX.
Parte de allí para Aqueron camino:
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardian del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardian del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.
LXI.
El cual sucia caer al pecho deja
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.
LXII.
LXIII.
Tantos van los espíritus y tales
Como las hojas que en la selva, al hielo
De los últimos dias otoñales
Ruedan precipitadas por el suelo;
O cual, climas buscando más geniales,
A traves de la mar en largo vuelo,
Del tiránico invierno desterradas,
Huir vemos las aves en bandadas.
Como las hojas que en la selva, al hielo
De los últimos dias otoñales
Ruedan precipitadas por el suelo;
O cual, climas buscando más geniales,
A traves de la mar en largo vuelo,
Del tiránico invierno desterradas,
Huir vemos las aves en bandadas.
LXIV.
Y hé aquí la turba que llegó primera
Pasar quiere, ántes que otros, lago allende;
Con vivo amor de la ulterior ribera
Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
Caron, de tanta multitud que espera,
Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende;
Mas á muchos tambien, ¡desventurados!
Léjos rechaza de los tristes vados.
Pasar quiere, ántes que otros, lago allende;
Con vivo amor de la ulterior ribera
Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
Caron, de tanta multitud que espera,
Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende;
Mas á muchos tambien, ¡desventurados!
Léjos rechaza de los tristes vados.
LXV.
LXVI.
«Hijo de Anquíses, semidios troyano!
El lago Estigio y lóbrego Cocito
Mirando estás, por quien jurar en vano
Temen los Dioses como gran delito.
A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
Turba doliente en número infinito:
Ese es Caron; trasporta á opuestos lados
Los que fueron en muerte sepultados.
El lago Estigio y lóbrego Cocito
Mirando estás, por quien jurar en vano
Temen los Dioses como gran delito.
A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
Turba doliente en número infinito:
Ese es Caron; trasporta á opuestos lados
Los que fueron en muerte sepultados.
LXVII.
»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes
Logran salvar las ánimas que vagan
Desprovistas de honores, sin que ántes
Enterrados en paz sus huesos yagan;
O cien años arreo andando errantes
Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»
Logran salvar las ánimas que vagan
Desprovistas de honores, sin que ántes
Enterrados en paz sus huesos yagan;
O cien años arreo andando errantes
Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»
LXVIII.
LXIX.
Hé aquí de entre éstos viene Palinuro,
Aquel que en la reciente travesía
Por el líbico golfo, al mar oscuro
Cayó, cuando en mirar se embebecia
Los altos astros de temor seguro.
Así que Enéas en la niebla umbría
Reconoció al llorado compañero,
Tornóse á condoler, y habló él primero.
Aquel que en la reciente travesía
Por el líbico golfo, al mar oscuro
Cayó, cuando en mirar se embebecia
Los altos astros de temor seguro.
Así que Enéas en la niebla umbría
Reconoció al llorado compañero,
Tornóse á condoler, y habló él primero.
LXX.
«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,
Ahogándote con mano traicionera
Te vino á arrebatar de nuestro lado?
Faltóme en cuanto á ti, por vez primera,
Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado,
Prometiendo que salvo á la ribera
Deseada de Italia tocarias:
Mal coronó las esperanzas mias!»
Ahogándote con mano traicionera
Te vino á arrebatar de nuestro lado?
Faltóme en cuanto á ti, por vez primera,
Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado,
Prometiendo que salvo á la ribera
Deseada de Italia tocarias:
Mal coronó las esperanzas mias!»
LXXI.
LXXII.
»Y juro por la negra mar, Rey mio,
Que, perdido el asiento, el timon roto,
Más que por mí cuidé que tu navio,
Privado de defensa y de piloto,
Mal pudiese del piélago bravío
Los golpes contrastar. Violento Noto
Tres noches borrascosas de ardua brega
Me arrastró léjos sobre la onda ciega.
Que, perdido el asiento, el timon roto,
Más que por mí cuidé que tu navio,
Privado de defensa y de piloto,
Mal pudiese del piélago bravío
Los golpes contrastar. Violento Noto
Tres noches borrascosas de ardua brega
Me arrastró léjos sobre la onda ciega.
LXXIII.
»Vi las costas de Italia al cuarto dia,
Encumbrado por hórrida oleada:
Poco á poco nadaba, y salvo habria
Hollado, en fin, la playa deseada;
Mas, ¡triste! como á presa de valía
Me embiste horda feroz blandiendo espada
No bien de húmedas ropas agobiado
Trepaba, uñas hincando, agrio collado.
Encumbrado por hórrida oleada:
Poco á poco nadaba, y salvo habria
Hollado, en fin, la playa deseada;
Mas, ¡triste! como á presa de valía
Me embiste horda feroz blandiendo espada
No bien de húmedas ropas agobiado
Trepaba, uñas hincando, agrio collado.
LXXIV.
»Hoy, desecho del mar, en sus riberas
Vientos me azotan. Por la luz del cielo
Y las auras que áun gozas placenteras,
Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Si á éste das honras que de aquél esperas,
Tu invicta mano de tan grande duelo
En el puerto de Velia me redima
Piadosa arena derramando encima.
Vientos me azotan. Por la luz del cielo
Y las auras que áun gozas placenteras,
Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Si á éste das honras que de aquél esperas,
Tu invicta mano de tan grande duelo
En el puerto de Velia me redima
Piadosa arena derramando encima.
LXXV.
»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo
Por favor especial, bajado hayas
A visitar los reinos del espanto
Y de tu madre encaminado vayas,
La diestra alarga, si merezco tanto,
Y arrástrame contigo á opuestas playas,
Porque al cabo, rendido de fatiga,
En muerte al ménos reposar consiga.»
Por favor especial, bajado hayas
A visitar los reinos del espanto
Y de tu madre encaminado vayas,
La diestra alarga, si merezco tanto,
Y arrástrame contigo á opuestas playas,
Porque al cabo, rendido de fatiga,
En muerte al ménos reposar consiga.»
LXXVI.
Y dijo la adivina: «¿Estás demente,
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura
Querrás el lago Estigio, la corriente
Pasar de las Euménides oscura,
Tú que no ostentas divinal presente
Ni gozas en la tierra sepultura?
¡Triste! no esperes á poder de ruegos
Los hados ablandar sordos y ciegos.
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura
Querrás el lago Estigio, la corriente
Pasar de las Euménides oscura,
Tú que no ostentas divinal presente
Ni gozas en la tierra sepultura?
¡Triste! no esperes á poder de ruegos
Los hados ablandar sordos y ciegos.
LXXVII.
LXXVIII.
Al són de estas palabras, un momento
Mitigó Palinuro su agonía,
Y fuése, revolviendo el pensamiento
Que un país de su nombre se gloría.
Ellos siguen en tanto á paso lento.
Caron su barca á la sazon movia,
Y de en medio del lago divisólos
La muda selva atravesando solos.
Mitigó Palinuro su agonía,
Y fuése, revolviendo el pensamiento
Que un país de su nombre se gloría.
Ellos siguen en tanto á paso lento.
Caron su barca á la sazon movia,
Y de en medio del lago divisólos
La muda selva atravesando solos.
LXXIX.
Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera
Que armado invades mis dominios, tente,
Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera.
Aquí en horror profundo eternamente
Moran los Sueños y la Noche impera:
No admite el bote estigio alma viviente;
Ni de atinado, si exenté, me loo,
Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.
Que armado invades mis dominios, tente,
Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera.
Aquí en horror profundo eternamente
Moran los Sueños y la Noche impera:
No admite el bote estigio alma viviente;
Ni de atinado, si exenté, me loo,
Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.
LXXX.
LXXXI.
En breves frases respondió prudente
La inspirada de Anfriso: «Insidias viles
No temas, no, que anide nuestra mente,
Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:
El encovado can salvo amedrente
Con eternos baladros sombras miles:
Hécate, sin temor de agravio impío,
Casta guarde el umbral del regio tio.
La inspirada de Anfriso: «Insidias viles
No temas, no, que anide nuestra mente,
Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:
El encovado can salvo amedrente
Con eternos baladros sombras miles:
Hécate, sin temor de agravio impío,
Casta guarde el umbral del regio tio.
LXXXII.
»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama
En piedad, en valor, no dió segundo,
Tan sólo el padre á ver que tanto ama
Viene al riñon del Érebo profundo:
Si eres sordo á tan bello amor, la rama
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Sacaba de los pliegues de su manto.
En piedad, en valor, no dió segundo,
Tan sólo el padre á ver que tanto ama
Viene al riñon del Érebo profundo:
Si eres sordo á tan bello amor, la rama
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Sacaba de los pliegues de su manto.
LXXXIII.
Al ver, tras largos años, que áureo brilla
El dón que misterioso el labio nombra,
Manso el barquero su altivez humilla,
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla
Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
Las tenues almas arrojando fuera
Que sentadas bogaban en hilera.
El dón que misterioso el labio nombra,
Manso el barquero su altivez humilla,
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla
Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
Las tenues almas arrojando fuera
Que sentadas bogaban en hilera.
LXXXIV.
Recibe, en fin, la cavidad vacía
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
Ya anchas grietas al agua negra abria
Flaco el esquife para humano peso.
Mas el barquero con tenaz porfía
A par que á la Sibila, al héroe ileso
Trasporta, y abordando, le enajena
Sobre ovas verdes y movible arena.
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
Ya anchas grietas al agua negra abria
Flaco el esquife para humano peso.
Mas el barquero con tenaz porfía
A par que á la Sibila, al héroe ileso
Trasporta, y abordando, le enajena
Sobre ovas verdes y movible arena.
LXXXV.
Enfrente á do saltaron, guarecido
En la ancha gruta en que á placer se extiende,
El can trifauce con feroz ladrido
Los ámbitos atruena que defiende:
Viéndole que de víboras ceñido
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Narcótico manjar con miel dorado
Echa la maga al monstruo espeluznado.
En la ancha gruta en que á placer se extiende,
El can trifauce con feroz ladrido
Los ámbitos atruena que defiende:
Viéndole que de víboras ceñido
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Narcótico manjar con miel dorado
Echa la maga al monstruo espeluznado.