WeRead Powered by ReaderPub
Eneida; v.1 de 2 cover

Eneida; v.1 de 2

Chapter 837: XC.
Open in WeRead

About This Book

An epic poem follows a Trojan hero driven by duty and destiny from the fall of his city through a sea voyage and trials in foreign lands, including a tragic love affair with a queen and a harrowing descent to the underworld; gods shape events while human loyalties and rivalries produce warfare upon arrival in a new land. Themes of piety, fate, exile, and the costs of founding a political order recur, and the narrative balances dramatic episodes, speeches, omens, and moral reflection as it traces a mixture of personal sorrow and public mission.

El cual tragó la torta engañadora
Con triple boca y con voraz garganta,
Y, largo cuanto el antro donde mora,
Le abate el sueño. Con ligera planta,
Aprovechando la oportuna hora,
A las puertas Enéas se adelanta,
Y traspone volando la ribera
Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el comun vagido
De almas de niños á sentir; las cuales,
Léjos, muy léjos del süave nido,
Sollozan de ese mundo en los umbrales:
De tierna infancia en el verdor florido
Negra un hora á los brazos maternales
Arrebatólos, y á la luz del Cielo,
¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están despues los que, torciendo el fuero,
Testimonio falaz llevó á la muerte;
Mas no á sus puestos van sin que primero
Tornen sentencia á dar Justicia y Suerte:
Mínos preside el tribunal severo;
La urna aleatoria agita; indaga, advierte,
Convoca al vulgo que delante calla;
Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.

Arrepentidos yacen, en seguida,
Los que movidos de tedioso enfado
Quitarse osaron sin razon la vida.
Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado
Trabajos y pobreza aborrecida
Subieran á sufrir! Lo veda el hado;
Cierra el Estigio el paso á sus suspiros
Con nueve vallas en oblicuos giros.

XC.

Tendidos campos se abren luégo, aquellos
Que la fama llorosos apellida:
Los que doblaron al amor los cuellos,
Los que murieron de amorosa herida
Vienen allí; y entre sus mirtos bellos
El bosque cruzan que les da guarida,
Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren
Penas de amor que ni en la muerte mueren.

XCI.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría
Fedra, Prócris; Erífile doliente,
Cuyo seno áun la llaga descubria
Que el hijo vengador abrió inclemente;
Evadne, Pasifae, Laodamía;
Cénis, mancebo un tiempo floreciente,
Y ahora, por decreto del destino,
Vuelto al sexo primero femenino.

XCII.

En medio de ellas la fenicia Dido,
Su herida áun fresca, andaba en la espesura.
Cuando la hubo al pasar reconocido
Mal cierto Enéas en la sombra oscura,
Como el que alzarse entre nublados vido
La luna nueva, ó verlo se figura,
Así á hablarle empezó con tierno acento
Y lágrimas que brota el sentimiento:

XCIII.

«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentia
En nuevas que me trajo funerales
La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?
¿Yo causa hube de ser de tantos males?
Mas por todos los astros, Reina mia,
Te juro, y por los Dioses celestiales,
Y por estas mansiones justicieras,
Que partí á mi pesar de tus riberas.

XCIV.

»La férrea voluntad del Cielo santo
Que á esta abismosa eternidad me envía,
Lo mismo allá, con invencible encanto
Me arrancó de tu lado y compañía.
Ni pensé nunca que á delirio tanto
Te pudiese arrastrar la ausencia mia.
¡Mas ten! ¡vuelve! ¿á quién huyes? ¡Ley severa
Permite vernos por la vez postrera!»

XCV.

Tal dice el héroe á la infelice amante,
Por si en su ánimo airado tierno cava
Ó amansa su mirada centellante;
Las razones el llanto entrecortaba.
Mas ella, vuelto el tétrico semblante,
Torvos los ojos en el suelo clava,
Y tanto muestra que la voz la toca
Cual si ya mármol fuese ó firme roca.

XCVI.

Y de pronto indignada huye y se esconde
En la parte del bosque más espesa,
Entre acopados árboles, en donde
Al renovado amor que le profesa,
Siqueo como de ántes corresponde.
Enéas, de piedad el alma opresa,
A la sombra siguió por trecho largo
Llorando para sí su lloro amargo.

XCVII.

Mas andando el camino, á los postreros
Campos llegaban cuya igual alfombra
Van á solas hollando los guerreros
A quien la fama por sus hechos nombra.
Entre los capitanes que primeros
Al paso Enéas encontró, la sombra
Vió del pálido Adrastro, vió á Tideo,
Vió al ínclito en la lid Partenopeo.

XCVIII.

Vió tambien los Troyanos que segados
En duras lizas los soberbios cuellos,
Fueron con llanto de la patria honrados:
Glauco, Medon, Tersíloco; y con ellos
Los tres hijos de Anténor afamados;
Y Polifétes, que tus dones bellos
Honró, Céres; é Ideo, que áun regía
El carro y armas que rigiera un dia.

XCIX.

Tantas sombras al ver en larga hilera
Enéas, conociéndolas, suspira;
Mas á izquierda y derecha se aglomera
La multitud, que con pasion le mira;
Ni á su curiosidad satisficiera
Mirarle sólo, á detenerle aspira,
Y mil ánimas llegan voladoras
Con sus preguntas á tejer demoras.

C.

Entanto viendo al héroe, y la armadura
Del héroe, que cruzando centellea
El vacuo espacio de su estancia oscura,
Tiemblan los cabos de la gente aquea:
Tratan unos de huir, cual con pavura
Ya al mar lo hicieron en campal pelea;
Gritan otros, y á médias sólo acierta
Clamor tenue á exhalar la boca abierta.

CI.

Sigue; y hé aquí, las manos mutiladas,
Llagado el cuerpo y con la faz hendida,
Ambas sienes de orejas despojadas,
Y rota la nariz con torpe herida,
Deífobo se ofrece á sus miradas;
Y al ver que triste, avergonzado cuida
De ocultar de su afrenta las señales,
Hablóle en tono amigo y voces tales:

CII.

«¡Valeroso Deífobo, esperanza
De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fué osado
En tí á ejercer insólita venganza?
¿Quién consumó tan bárbaro atentado?
Oí que de combate y de matanza
Aquella horrenda noche tú cansado,
Sobre enemigos que humilló tu acero
Caido habias á morir postrero.

CIII.

»¡Mísero amigo! yo en la playa nuestra
Te alcé entónces funéreo monumento
Que áun hoy tus armas y tu nombre muestra
Tres veces te llamé con alto acento.
Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra
En suelo de la patria acogimiento
Mullir á tu ceniza.» Enéas dijo;
Y de Príamo así respondió el hijo:

CIV.

«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado
Y agradecido estoy. Suerte inhumana
Es la que me hunde en tan horrible estado
Y el crímen de la pérfida Espartana:
¡Éste, éste es de la pérfida el legado!
Recordarás en la alegría insana
Que pasámos la noche postrimera;
¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera

CV.

»Entónces, cuando el monstruo de madera
De armas grave los muros dividia,
Hembras ella ordenaba la primera
En libre danza y bulliciosa orgía;
Y una antorcha blandiendo traicionera
Con que iba en torno al coro, falsa guia,
De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos!
Señas hacía á los atentos Griegos.

CVI.

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado
Ya al cansancio buscando dulce olvido,
Caí en brazos de un sueño regalado
A una plácida muerte parecido.
Mi noble esposa al punto de mi lado
Las armas de mi estancia sin rüido
Aleja: de mi lecho á la testera
Ella mi espada hurtó, fiel compañera;

CVII.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama
Á Menelao, por si de mal la eximen
Crímenes nuevos, y la negra fama
A absolver bastan del antiguo crímen:
El Eólida á par, que ardides trama,
Acude: salvan de mi alcoba el límen ...
¡Dioses, si justas súplicas os mueven,
Lo que entónces probé los Griegos prueben!

CVIII.

»Mas ¿á qué me detengo en mis pesares?
Tú aquí, es posible? y con vital aliento?
¿Juguete de los vientos de los mares
Vienes, ó por divino mandamiento?
¿Qué toques de fortuna singulares
Te traen, el profundo apartamiento
A visitar de la region sombría
Que nunca vió la claridad del dia?»

CIX.

En medio de estas pláticas, ligera
En su rósea cuadriga y gentil vuelo
La Aurora la mitad de su carrera
Traspuesto habia por el alto cielo;
Y acaso el héroe consumido hubiera
En estéril hablar y acerbo duelo
El plazo volador, si no le echara
La vírgen con afan su olvido en cara:

CX.

«Nosotros ¡ay! miéntras la noche avanza,
Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!
La senda aquí se parte, y en balanza
Está la suerte; de Pluton tirano
Lleva la diestra á la valiente estanza,
Y al encantado Elíseo: á izquierda mano
Caen los muros do la gente impía
En eterno sus crímenes expía.»

CXI.

«Perdon,» dice Deífobo, «si muevo
Tu enojo, profetisa soberana!
El número fatal que llenar debo
Torno á llenar doliente sombra y vana.
Tú vé en paz, gloriosísimo renuevo,
¡Oh luz, oh prez de la nacion troyana!
Goza suerte mejor que fué la mia.»
Y así diciendo á su ángulo volvia.

CXII.

Tornó Enéas á ver, y á izquierda mira
Cerrada una ciudad de triple muro
Al pié de una alta roca: en torno gira
Con lenguas Flegeton de fuego puro,
Y revuelca peñascos en su ira:
Frente, gran puerta, de diamante duro
Las jambas, cual ni de hombres quebrantada
Ni áun de Dioses lo fuera por la espada.

CXIII.

Férrea una torre despreciando el viento
Avánzase orgullosa: allí sentada,
Ceñida un manto de color sangriento
Guarda insomne Tisífone la entrada.
Ruido de barras, en aquel momento,
Y música de azotes despiadada
A oirse empieza, y voces de horror llenas,
Y el pesado arrastrar de las cadenas.

CXIV.

«¿Qué gritos de dolor hieren mi oido?»
Dice Enéas parándose asombrado:
«¿Quiénes llevan allí su merecido?
»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»
Y la Sibila respondió: «No ha sido
Nunca á justos varones otorgado,
Magnánimo caudillo, entrar las puertas
Sólo al delito por la pena abiertas.

CXV.

»Mas yo, cuando los bosques infernales
Por Hécate guardaba, del espanto
Vi el reino y sus tormentos eternales:
Tiene el cetro el cretense Radamanto,
Que interroga á las almas criminales,
Castiga sus delitos, y de cuanto
Ocultó hasta la muerte astucia fria,
A hacer les fuerza confesion tardía.

CXVI.

»Y, nunca de venganzas satisfecha,
Con la izquierda azuzando sus serpientes
Y del látigo armada la derecha,
Corre los sentenciados delincuentes
Tisífone á azotar, y los estrecha,
Llamando sus hermanas inclementes;
Y ábrense á devorarlos, y crujiendo
Giran las sacras puertas con estruendo.

CXVII.

»Contempla á la cruel, que allí se asienta
Y el vestíbulo guarda de ese mundo:
¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta
Negras fauces, el monstruo sin segundo,
La Hidra feroz que adentro guarda atenta?
Luégo el Tártaro se abre, tan profundo
Al medio de su abismo, cuanto dista
El alto Olimpo de la humana vista.

CXVIII.

»Allí, humilladas las soberbias vidas,
Los antiguos engendros de la Tierra
Revuélvense en recónditas guaridas
A donde el rayo su ambicion encierra:
Vi á par los dos enormes Alöidas
Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!
Descargar intentaron, y en su encono
A Jove mismo derrocar del trono.

CXIX.

»Vi allí tambien yacer, de angustias lleno,
Á Salmoneo, por su error insano,
Que de Jove el relámpago, y el trueno
Quiso imitar de Olimpo soberano:
De cuatro brutos gobernando el freno
Y antorchas sacudiendo con su mano,
A Elis cruzó, y en su triunfal camino
Culto pedia como á sér divino.

CXX.

»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)
Al sentar de sus potros con rüido
Los cascos, con el bronce golpeado,
Inimitable luz, sacro estampido:
Envuelto Jove en lóbrego nublado
Venablo duro le lanzó ofendido,
No humosa tea ni exhalada llama,
Y á la sima arrojóle donde brama.

CXXI.

»Yugadas nueve allí cubriendo yace,
Alumno de la Tierra creadora,
Ticio: el hígado eterno le renace,
Pasto al buitre cruel que le devora,
No le consume, y sus entrañas pace
Y fiero en lo hondo de su pecho mora:
Ni el corvo pico en el roer se amansa,
Ni de brotar la víscera se cansa.

CXXII.

»¿Qué, si á Ixïon y Piritoo á cuento
Trajese? ¿ó los que roca ven colgante
Pronta siempre á caer? Áureo aposento,
Regalado festin miran delante;
Mas la Furia mayor vela de asiento
Al lado, y como alguno se levante
Las mesas á tocar, corre, y vocea,
Y airada amaga con su horrible tea.

CXXIII.

»Allí gimiendo están los que al hermano
Profesaron, en vida, odio demente;
Los que hicieron ultraje al padre anciano,
Los que en fraude envolvieron al clïente;
Allí los solitarios que, la mano
Cerrada siempre al mísero pariente,
Sobre el oro enterrado hicieron nido:
Infame grey en número crecido.

CXXIV.

»Y allí aguardan castigo los que amores
Adúlteros pagaron con la vida;
Los que hicieron traicion á sus señores;
Los que en guerra se alzaron fratricida:
No cures de su pena los horrores
Ni las causas saber de su caida.
Quién vuelca enorme risco; atado esotro
Gira en rueda veloz, su eterno potro.

CXXV.

»Está sentado y en perpétuo duelo
Teseo lo estará.—¡Mirad si presta
La justicia ultrajar, reir del Cielo!
Flégias clamando á todos amonesta
Entre las sombras. El nativo suelo
Este por oro enajenó, funesta
Tiranía elevando: esotro puso
A precio de la ley uso y desuso.

CXXVI.

»Y áun hubo ya con ciego desatiento
Quien de su hija el tálamo invadiera.
Todos formaron criminal intento
Y corona ciñeron en su esfera.
No si cien bocas yo, si lenguas ciento
Tuviese y férrea voz, contar pudiera
Las especies sin fin de los delitos,
Los nombres de las penas infinitos.»

CXXVII.

Así la anciana profetisa habia
Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es preciso
Que el paso abrevies, y por esta via
Á cumplir tu deber vayas sumiso:
Los muros que los Cíclopes un dia
Sacaron de su fragua, allá diviso;
Ya, bajo el arco que se eleva enfrente,
Las puertas veo de Pluton potente.

CXXVIII.

»Vé; obsequios debes al dintel frontero.»
Tal dijo, y con el héroe se adelanta,
Y el intermedio espacio, y el sendero
Sin luz, dejan atras con ágil planta.
Acércanse á las puertas: él primero
Entra el zaguan; con gotas de agua santa
Casto los miembros á rociar atiende,
Y el áurea rama en el portal suspende.

CXXIX.

Puesto el dón á la Diosa, y alongados
Del sitio, ya pisaban los amenos
Jardines y los bosques fortunados
Donde con grande paz moran los buenos:
Abrense allí sobre inocentes prados
Tintos en rósea luz cielos serenos;
Regiones siempre iguales, siempre bellas,
Tienen su sol y tienen sus estrellas.

CXXX.

Aquéllos juegan en verjel florido;
Éstos combaten en la roja arena;
Otros saltan en coros, y el sonido
De sus cantos el ánimo enajena:
El tracio vate, con talar vestido,
Los siete tonos de su lira suena,
Moviendo acordes con su voz canora
Ya el plectro de marfil, los dedos ora.

CXXXI.

Brilla de Teucro allí la estirpe clara
Robustez ostentando y lozanía:
Egregios héroes á quien ver tocara
En siglo más feliz la luz del dia.
A Ilo, á Asáraco, á Dárdano repara
Autor de la troyana monarquía,
Enéas, y armas léjos ve, y baldíos
Carros que honraron ya marciales bríos.

CXXXII.

Hincados por el campo ve lanzones,
Y que arrogantes la verdura pacen
Por acá y por allá sueltos bridones.
¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen
No renuncian sus viejas aficiones:
Armas y carros sus delicias hacen
Si armas, carros amaron: cuidan fieles,
Si los criaron ya, régios corceles.

CXXXIII.

Luégo, á izquierda y derecha, ve adelante
Los que á dulces festines se abandonan
Tendidos en la hierba verdeante;
Los que en honor de Apolo himnos entonan
Intrincando los pasos en fragante
Bosque, á quien cimas de laurel coronan,
Donde brota y por selva ámplia y risueña
Erídano soberbio se despeña.

CXXXIV.

Están allí los que á la patria amaron,
Y heridas por la patria recibieron;
Allí los sacerdotes que guardaron
Austera castidad miéntras vivieron;
Vates dignos que á Febo interpretaron;
Maestros que el vivir embellecieron
Con artes nuevas; los que haciendo bienes
Vencieron del olvido los desdenes.

CXXXV.

Todos éstos con ínfulas nevadas
Ceñidos van las sienes y cabellos.
Con los cuales confunde sus pisadas
La profetisa por sus campos bellos;
Y volviendo la voz y las miradas
A Museo ante todos, que alza entre ellos
Con majestad serena la cabeza
De muchos rodeado, á hablar empieza:

CXXXVI.

«Oid, almas felices, ruegos píos;
Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde
Anquíses, por quien ya los grandes rios
Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?
¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos
Nos le ocultan?» Museo la responde:
«Aquí moramos bajo hojosos techos,
Y son márgenes blandas nuestros lechos;

CXXXVII.

»Frescos prados tratamos por recreo,
Y á nadie se fijó mansion segura;
Mas pues tanto interes traer os veo,
Venid conmigo á la vecina altura
Y camino hallará vuestro deseo.»
Dice; ante ellos los pasos apresura,
Y horizontes de luz les manifiesta:
De ahí, descienden de la erguida cresta.

CXXXVIII.

En un valle cubierto de verdura,
Anquíses, en el fondo, atento via
Guardadas almas que del aura pura
Subirán á gozar llegado el dia;
Allí en sombra numera su futura
Cara prole, y mirando se extasía
La fortuna y valor hereditarios,
Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.

CXXXIX.

Y viendo que hácia allá se dirigia
Hollando Enéas el gramoso prado,
Abre Anquíses los brazos, de alegría
Lágrimas vierte y clama enajenado:
«¿Conque venciste intransitable via,
Hijo, á fuerza de amor? ¿Conque á mi lado
Hoy tornas? ¿Es posible que consigo
Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?

CXL.

»Yo, tiempos computando, aqueste día
Fausto acercarse vi: cumplióse el voto.
¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía
Habrás medido, y cuánto mar ignoto,
Y qué de riesgos arrostrado, en via
De confin tan profundo y tan remoto!
De los líbicos pueblos, hijo amado,
¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»

CXLI.

Enéas contestóle en tal manera:
«Tu imágen veneranda, padre mio,
Siguiéndome doliente por doquiera,
Forzóme á visitar el reino umbrío.
Ocupan mis bajeles la ribera
Tirrena. Mas tú ahora, con desvío
No á mi mano, señor, robes la tuya;
No á mi abrazo filial tu cuello huya.»

CXLII.

Dice, y llorando, con amante empeño
Tres veces va á abrazar al padre anciano;
Cual humo huye la sombra ó como sueño
Y él tres veces aprieta el aire vano.
Tornó á mirar, y un bosque vió risueño
En un valle repuesto comarcano:
Gárrulo bosque, plácido retiro
Que manso baña el Lete en blanco giro.

CXLIII.

En torno vagan del durmiente rio
Gentes, pueblos, enjambres voladores,
Y cual abejas que en sereno estío
Rondan fugaces peregrinas flores,
Y á los lirios de cándido atavío
Asedian, confundiendo sus rumores,
Tal llenando de estruendo la campiña
La aérea multitud vuela y se apiña.

CXLIV.

Maravillado de la extraña escena,
Medroso Enéas á entender aspira
Qué es aquella corriente tan serena;
Quién la infinita multitud que gira
Á par del rio y sus florestas llena.
El padre Anquíses respondióle: «Mira:
Antiguas almas á quien guarda el hado
Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,

CXLV.

»Esas son las que afluyen al Leteo
Y en raudal bienhechor beben olvido.
Tiempos hace, hijo amado, que deseo
Mostrarte mi linaje esclarecido
En estas sombras que delante veo,
Porque, absorto en destino tan subido,
De haber llegado á la que áun mal conoces
Itálica region, conmigo goces.»

CXLVI.

«Mas ¿es creible que al sabido cielo,»
Enéas contristado así murmura,
«Alguna alma de aquí remonte el vuelo
Y á informar torne la materia oscura?
¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo
De vida y goces! ¡qué cruel locura!»
Anquíses acudiendo á su sorpresa,
Ordenadas razones así expresa:

CLXVII.

«Porque en luz de verdad tu mente aclares,
Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra,
Y en las líquidas capas de los mares,
En la alba luna que inconstante yerra
Y en el sol y en los grandes luminares,
Espíritu eternal dentro se encierra:
Todo hínchelo él, vago y profundo;
Alma y centro comun, él mueve el mundo.

CXLVIII.

»Y en él tiene su orígen el humano,
Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria
En sus senos marmóreos Oceano.
Centella celestial, ígnea energía
Vida á esos séres da, gérmen temprano,
En cuanto no los rinden á porfía,
El fardo de la carne, los mortales
Órganos y ataduras mundanales.

CLXIX.

»De ahí es que ansian y temen, y ó padecen
Ó envueltos gozan en su cárcel dura:
No ven la luz; ni quedan, si fallecen,
Limpios del todo de la mancha impura
De las miserias que al mortal empecen.
¡Pobres almas! la sombra en ellas dura
De usos viles en años adquiridos
En su lucha y su union con los sentidos.

CL.

»Por eso corren del dolor los grados,
Y vicios propios cada cual expía:
Hay unas que, purgando sus pecados,
Expuestas penden en region vacía;
Otras al fuego ó en profundos vados
Residuos sueltan que la culpa cria:
Y así los Manes, por diversos modos,
Merecida pasion sufrimos todos.

CLI.

»Al Elíseo de ahí se nos envía,
Y pocos alcanzamos los amenos
Campos de llena paz y alma alegría;
Que no se ganan por ventura, á ménos
Que (cediendo á la edad, llegado el dia,
El postrer resto de hábitos terrenos)
El alma, redimida á la materia,
Torne á ser mente pura y lumbre aeria.

CLII.

»Consumados mil años, al Leteo
Almas acuden en tropel nutrido:
Arrástralas un Dios, porque el deseo
Nazca en ellas, envuelto en alto olvido,
De volver á vestir corpóreo arreo,
De subir á habitar terreno nido.»
Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila
Entre el ruidoso pueblo que desfila.

CLIII.

Y porque logre, al avanzar la hilera,
Ver de frente lo digno de memoria,
Le conduce á un collado, y, «Considera,
Hijo,» le dice, «la sublime gloria
Que á la raza de Dárdano le espera;
Oye los claros nombres que en la historia
Nos guarda Italia; entre futuras gentes
Mira pasar tus dignos descendientes.

CLIV.