Que á la luz va por suerte el más cercano,
Será el primero que á la vida aporte,
Con sangre mixta y con renombre albano:
Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte
A luz darále, de tu amor, ya anciano,
Póstumo dón: le criará su madre
Rey en las selvas, y de reyes padre.
CLV.
CLVI.
Asombra en derredor cívica encina:
Cuáles de ellos á Gabia y á Fidena
Te alzarán, y la villa Nomentina;
Y de ellos cuáles una y otra almena
Fundarán sobre montes Colatina,
Y á Pomecio y á Inuo, á Bole y Cora;
Nombre á campos darán sin nombre ahora.
CLVII.
De Troya, hijo de Marte, que al abuelo
Sigue; y mira ondear sobre su frente
Crestones dobles con gallardo vuelo:
Marca el padre en su noble continente
Su propia, alta mision. Por él al cielo
Levantará la frente pensadora
Roma, del orbe militar señora.
CLVIII.
CLIX.
Contempla en Roma; á César mira; advierte
Los racimos de Yulo tu sarmiento,
Que á luz cabal predestinó la suerte.
Éste es, éste es el que una vez y ciento
Oiste á altos anuncios prometerte,
César Augusto, hijo de un Dios, que al mundo
El áureo siglo volverá fecundo.
CLX.
Cual ya Saturno; y llevará su imperio
Del Indo y Garamanta á las naciones,
Su valor fatigando al hemisferio;
Y abriránse á su paso las regiones
Que allende el Sol se embozan en misterio,
Á do el cielo con astros rutilante
Rueda en los hombros del eterno Atlante.
CLXI.
CLXII.
Aunque prendió con rápida saeta
La cierva piés-de-bronce, y de Erimanto
Impuso paces en la selva inquieta,
Y el lerneo confin cubrió de espanto.
¿Y dudamos vencer adversa meta
Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores
Que no hollemos la Ausonia triunfadores?
CLXIII.
De insigne oliva, y que con propia mano
Ya sobre sí sacras ofrendas toma?
Su barba anuncia y su cabello cano
Al primer rey-legislador de Roma,
Que de su humilde Cúres, aldeano,
Y de su hogar, desnudo, imperio grande
Saldrá á regir cuando el deber lo mande.
CLXIV.
CLXV.
Cobrará, y el honor del consulado;
Y al ver que nuevo plan traman guerrero,
El, de la bella libertad prendado,
Muerte á sus hijos mandará severo.
En él vencieron (¡padre infortunado!),
Cualquier fallo que espere á su memoria,
Amor de patria y ambicion de gloria.
CLXVI.
Torcuato, que levanta el hacha impía;
Camilo, que del triunfo, con romanos
Rescatados pendones, se gloría.
Esas dos almas que cual dos hermanos
En sombra armadas ves, rayando el dia
¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos!
¡Qué grandes huestes y sangrientos lagos!
CLXVII.
CLXVIII.
Haya tratado y al orgullo aquivo,
Al Capitolio correrá triunfante;
Éste, el país de Agamemnon nativo
Subyugará, y en Pérses arrogante
Verá á un nieto de Aquíles fugitivo:
Tales desquites á Ilïon reserva
Y al profanado templo de Minerva.
CLXIX.
Ni ya á los Gracos, ni á los dos Scipiones,
Relámpagos de guerra, pavoroso
Apellido á las líbicas regiones.
Fabricio, en tu pobreza poderoso,
¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones
Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!
No, aunque cansado, os callarán mis labios.
CLXX.
CLXXI.
Esto, y paces dictar, te asigna el hado,
Humillando al soberbio, al iracundo,
Levantando al rendido, al desgraciado.»
Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo
Silencio. «Ved,» añade, «señalado
Con opimos despojos á Marcelo,
Que alza entre todos vencedor su vuelo.
CLXXII.
Librará al pueblo de infeliz destino,
Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero
Será que ofrenda igual cuelgue á Quirino.»
Viendo Enéas que aquél por compañero
Trae á un jóven de aspecto peregrino
Y brillante armadura, mas la frente
Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;
CLXXIII.
«Que le sigue en amiga competencia?
¿Hijo suyo será, ó acaso rama
Remota de su ilustre descendencia?
¿Qué són de córte en torno se derrama?
¡Cuán parecido en la marcial presencia!
¡Mas ay! que en torno de su frente vaga
Odiosa noche con su sombra aciaga!»
CLXXIV.
«¿Quieres anticipar de los Romanos
El eterno dolor? Fortuna un dia
Ese jóven mostrando á los humanos
Tornarále á ocultar en sombra impía.
Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,
Si este dón inmortal nos franqueara,
El trance vuestra diestra recelara!
CLXXV.
¡Cuántos gemidos herirán los cielos!
Y si ya tu onda su sepulcro abraza,
¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?
Ningun mancebo de troyana raza
Tanto alzará, como él, de los abuelos
Latinos la esperanza; hijo más bueno
Nunca otro criarás, Roma, á tu seno.
CLXXVI.
CLXXVII.
Que, á ilustre nieto fáciles honores,
Cortos alivios de esparanza amarga,
Quiero esparcir sobre su frente flores.»
Dice, y la voz en lágrimas se embarga.
Tal los campos hollando encantadores
En que benigna luz mágica oscila,
Míranlo todo el héroe y la Sibila.
CLXXVIII.
Aventuras y sitios explicado,
Avivando en su pecho el patrio aliento
Y ambicion santa de futuro estado,
Nuevas guerras le anuncia, de Laurento
Pueblos y muros do le cita el hado:
Y maneras le enseña como eluda
Ya caso extraño, ya fatiga ruda.
CLXXIX.
CLXXX.
Anquíses á los dos por el abierto
Pórtico de marfil. Enéas mide
Arrancando de allí, camino cierto
Hácia amigos y naves, y decide
Ir tierra á tierra de Cayeta al puerto.
Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;
Las popas en la costa alzar se miran.
FIN DEL TOMO PRIMERO.
[A] Aquí transcribe el crítico, de la traducción de la Eneida por el Sr. Caro, cinco actavas (LXXII á LXXVII), que el lector puede ver en este tomo á la pág. 172.
[B] Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, por Rufino José Cuervo. Bogotá, 1867-1872. Un v. in 8.º, de 527 páginas.—(De esta obra ha salido á luz en este año en Bogotá, una 3.ª edición, considerablemente aumentada.)—El Editor.
[C] Aquí sigue discurriendo el crítico sobre las transformaciones que en su concepto debe experimentar el castellano en América. Suprimimos esta parte como no pertinente al asunto. El Editor.