LX.
»¡Á bien que de venganzas satisfecha
Yo, ó cansada de odiar, desistiria!
Luégo que el hado de Ilïon los echa,
Prófugos restos, á la mar bravía,
Mi cólera en las olas los estrecha,
Les cierro á toda empresa toda via,
Y armada, último golpe, les afronto
Con las iras del cielo y las del ponto!
LXI.
»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila,
Ni qué las Sirtes? La nacion troyana
Libre del mar, respecto á mí tranquila,
Ya el Tibre deseado ocupa ufana.
¡Y á los Lápitas fieros aniquila
Marte! ¡y en manos pone de Dïana
Jove á los Calidonios por perdellos!
¿Cuál el gran crímen fué de éstos ó aquéllos?;
LXII.
»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo
Cuanto recurso da el furor; que ensayo
Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?
¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!
Ajena mano, si en la lid flaqueo,
Irá á encender de mi venganza el rayo;
Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza,
Empeñaré al Averno en mi venganza!
LXIII.
»No ya el imperio del país latino,
Ni de Lavinia la ofrecida mano
(Si así inflexible lo ordenó el destino),
Quitar pretendo al príncipe troyano.
Mas yo estorbos sin cuento en su camino,
Yo pondré entre ambas razas odio insano;
A ambos reyes tan caro así les cueste
Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!
LXIV.
»La sangre de dos pueblos es tu dote,
Y madrina á tu union Belona asiste,
Vírgen!... Hacha nupcial que incendios brote,
Hécuba, no tú sola concebiste;
Que tambien de dos pueblos para azote,
De Páris ominoso copia triste,
Nació el hijo de Vénus. Boda nueva
Ya á Troya renaciente estragos lleva.»
LXV.
Dijo, y el carro la soberbia Diosa
Con rápido descenso inclina á tierra;
Y de aquella region que tenebrosa
Las hermanas frenéticas encierra,
Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa
En fraudes, iras y rencor de guerra;
Que todo crímen é intencion dañada
Tiene en ella su nido y su morada.
LXVI.
Horrible es entre monstruos infernales;
Pluton mismo su padre, y las hermanas
Tartáreas la detestan; ¡visos tales
Y tantas apariencias inhumanas
Toma y muda, afligiendo á los mortales!
¡En serpientes tan ásperas é insanas
El crin le abunda que su cuello eriza!
Juno á hablarle empezó, y así la atiza:
LXVII.
«Tú sola, hija de la Noche, puedes
Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio
Que en tan estrecha coyuntura, vedes
Que sucumba mi honor y el poder mio:
No dejes tú que, entre nupciales redes
de Latino envolviendo el albedrío,
A mansalva el troyano aventurero
Los ítalos confines tome artero.
LXVIII.
»Tu ardiente azote altera y tu veneno
Públicos y domésticos enlaces;
Por tí hermanos unánimes, terreno
Sangriento van á disputar: falaces
Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno
Astuto anima, pues: juradas paces
Rompe; discordias siembra: audaz asome
La juventud; pida armas, armas tome!»
LXIX.
Al punto, el corazon y las miradas
Infectas de ponzoña medusina,
Del Rey á detenerse en las moradas,
Alecto vuela á la region latina:
Mueve en silencio á Amata sus pisadas:
Amata á la llegada repentina
De los Troyanos, y á la ansiada boda
De Turno, su atencion dedica toda.
LXX.
En congojas y lloros femeniles
Se abrasaba la Reina, cuando vino
La Furia á su mansion con pasos viles:
Tírale del cabello serpentino
Uno de sus cerúlëos reptiles,
Y se lo hunde en el seno, porque el tino
Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita
Todo el furor del monstruo que la agita.
LXXI.
Y ya el áspid sutil por entre el bello
Seno y las ropas de la Reina gira;
Ya, sin que la infeliz se cure de ello,
Víbora, alma de víbora le inspira:
Crece, y dorada alhaja orna su cuello;
Crece, y cinta elegante atar se mira
Sus cabellos y sienes; crece, y blanda
Hincha sus venas, por sus miembros anda.
LXXII.
Miéntra el vírus primero que destila
De la ponzoña húmida, resbala
Por los sentidos tímido, y vacila
El fuego oculto que los huesos cala;
Miéntras no oprime al ánima intranquila
Toda la fuerza del incendio, exhala
La dolorida Reina quejas tales
A estilo y en acentos maternales:
LXXIII.
«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro
Por la hija y frigias bodas derramaba,
Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro
Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba
En su suerte, en mi amor, en tu decoro?
Haya viento propicio, ¡y por esclava
Llevarásela á bordo, y dejaráme
En duelo eterno el robador infame!
LXXIV.
»Ejemplo toma del pastor troyano
Que de Esparta á Ilïon llevóse á Elena.
¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano,
Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena
Esa que veces mil paterna mano
Tendiste á Turno ya de afecto llena?
Oigo me arguyes que forzoso agüero
Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.
LXXV.
»Si Fauno así sobre tu mente impera,
No se rinde por eso mi deseo;
Region independiente es forastera,
Que á esto los Dioses aludieron creo:
El orígen de Turno considera:
Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo
Que, honrando patria extraña, honran su gente;
Y la clara Micénas fué su oriente.»
LXXVI.
En balde hablaba así la Reina: mira
Que en Latino sus voces no hacen mella;
Y ya, quemando sus entrañas, gira
El veneno furial por toda ella:
Movida, en fin, de ponzoñosa ira,
Fantasmas ve, respetos atropella,
Y por la ancha ciudad el paso ciego
Abrevia con febril desasosiego.
LXXVII.
Cual peonza que en plaza despejada
De juguetones mozos circuida,
Va, del torcido látigo azotada,
Que hace que, vueltas dando, espacios mida;
A ver el boj tornátil de pasada
Necia, curiosa ociosidad convida
Absorta turba; y ni el herir se aplaca,
Ni él ménos bríos de los golpes saca:
LXXVIII.
Por medio á la ciudad, y entre sus gentes
Indómitas, el paso precipita
La Reina así con ímpetus ardientes.
Nuevas furias concibe ya, medita
Escándalo mayor: en accidentes
Convulsivos, semeja que la agita
Interno Baco: á selva hojosa, inculta,
Lleva á la hija consigo; allí la oculta.
LXXIX.
Tál eludir ó deshacer aquella
Boda intenta que teme y que desama:
Y gritando ¡Evohé! de la doncella
Unico digno á tí, Baco, proclama;
Que por tí, dice, en tiernas hojas ella
Viene á vestir tu predilecta rama;
Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro,
Suelta de sus cabellos el tesoro.
LXXX.
Corre la nueva; y del furor tocadas
Ya todas las matronas, desparcidas
Las melenas al viento, sus moradas
Dejan, buscando insólitas guaridas:
Astas vibran de pámpanos ornadas,
Y de rústicas pieles van vestidas;
Otras dan voces de dolor. Blandea
Amata en medio improvisada tea.
LXXXI.
Y anuncia á voces, con mirar de llama,
De Lavinia y de Turno el himeneo;
Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama,
«Oh matronas del Lacio, mi deseo:
Si áun á la triste Reina amais que os ama,
Si honrais fueros maternos, el arreo
De las sienes al punto desatando
Que órgias conmigo celebreis os mando.»
LXXII.
Así en los bosques, en feral desierto,
Con estímulos báquicos incita
Alecto á Amata; y como mira cierto
Prender la llama que atizó maldita,
Y en conflicto por ende y desconcierto
Ve la real casa, y lo que el Rey medita,
Hácia el rútulo audaz la Diosa triste
Va en negras alas que su cuerpo viste.
LXXXIII.
Tiende ella el vuelo á la ciudad que él ama,—
La cual Dánae, traida á la ribera
Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,
Con acrisios colonos. Ardea era
Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama:
Cambió la suerte, el nombre persevera.
Allí, mediada ya la noche umbría,
En su excelsa mansion Turno dormia.
LXXXIV.
Deja Alecto su cuerpo horrible, deja
Su apariencia furial; la toma humana;
Ara con rugas mustia faz de vieja;
Con venda ciñe la melena cana
Y con rama de oliva; y ya semeja
A Cálibe, al andar, ministra anciana
De Juno y de su templo. De esta suerte
Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:
LXXXV.
«¡Turno! ¿y así permitirás que nada
Te sirvan tantos méritos, y lleve
Huésped dardanio en mengua de tu espada
El cetro que en justicia se te debe?
Aquel enlace y dote conquistada
Por tí con sangre, el Rey te niega aleve:
Y á un extranjero en tu lugar convida.
¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!
LXXXVI.
»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte,
La paz á los Latinos asegura!
Estos avisos mándame traerte
Entre el descanso de la noche oscura,
Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte
Tu ardor la juventud, y la conjura
Los muros á dejar, de armas provista,
Y haz que á los Frigios animosa embista!
LXXXVII.
»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio,
Y á sus pintadas naves fiero hostiga
Con rayo abrasador. El labio mio
Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga.
Latino propio si en infiel desvío
Niega el pactado enlace, como amiga
Probó tu mano ya, pruébela ahora
Justiciera tambien y vengadora!»
LXXXVIII.
Burlándose el doncel de la adivina,
«No ha faltado,» contesta, «cual supones,
Nuncio que á la ribera tiberina
Me avise que llegaron galeones.
¿Mas tú á notificarme de rüina
A qué vienes con lúgubres ficciones?
No ha puesto la alta Juno todavía
En olvido mortal la causa mia.
LXXXIX.
»Ya: decrépita edad, y asombradiza
De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena
Mujer! con temorcillos martiriza,
Y de especies fatídicas te llena
Viendo entre reyes la empeñada liza.
Cuidar las aras tu deber te ordena;
Hazlo, y deja del reino á los magnates
Acordar treguas ó librar combates.»
XC.
En cólera creciente se inflamaba
Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta
Paró la vista, áun bien de hablar no acaba:
Espantosa vision le desconcierta,
Convulsivo terror sus miembros traba.
¡Así disforme á demostrarse acierta
La Furia, al propio sér vuelta de lleno!
¡Tanto silban las hidras de su seno!
XCI.
Y ya con vista que abrasando mata,
Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha,
En balde de añadir medroso trata,
Sus ojos tuerce y la intencion desecha;
Y dos gemelos áspides desata
De la crin ruda de serpientes hecha,
Chasquéalos su mano, ira rebosa,
Y esto agrega con boca ponzoñosa:
XCII.
«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza,
Á quien el peso de los años, buena
Mujer, con temorcillos martiriza!
¡La que de especies vanas anda llena
Viendo entre reyes empeñada liza!
Torna, torna á mirar, si no te apena:
Furia soy de los reinos infernales;
Guerras llevo en la mano y fieros males!»
XCIII.
Así diciendo, vengativa tea
Al jóven lanza, en cuyo triste pecho
Ya con negro fulgor hundida humea.
En sudor copiosísimo deshecho,
Que brota y cala, pavorosa idea
Su letargo interrumpe; y ya en el lecho,
Ya fuera, con voz ronca y mano brusca,
Armas pide frenético, armas busca.
XCIV.
Y en sed de sangre criminal, en fiera
Rabia arde loco. Así en sonante llama
Los costados de férvida caldera
Cerca y envuelve allegadiza rama:
Siente el agua el ardor, bulle ligera,
Y enciéndese, y borbota, y se derrama
La desbordada espuma, y vuelto nube
El cálido vapor al aire sube.
XCV.
Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino,
Rompida entre ambos pueblos la alïanza,
Turno señala militar camino,
Y armados los convoca á la venganza:
A Italia defender es su destino,
Y rechazar al invasor; que alcanza
Por sí sola, dice él, la fuerza suya,
A que el Latino ceje, el Teucro huya.
XCVI.
Hecho á los suyos Turno estas razones,
Y á los Dioses pedido fuerza y guía,
Entre sí los rutulios corazones
A la lid se estimulan á porfía:
Corren unos á armarse campeones
Ricos de juventud y lozanía;
Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes
Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.
XCVII.
Turno inflama á los Rútulos; y vuela
A los Teucros en tanto Alecto impía:
Con nueva traza, al márgen va do anhela
Tras las fieras Ascanio ó las espía;
Y con violento ardor hace que huela
Rastros de ciervo la sagaz jauría
Que Ascanio lleva. Rústicos furores
Aquí nacieron; y despues, horrores.
XCVIII.
Con altos cuernos y gentil figura,
Temprano hurtado al maternal sustento,
Hubo un ciervo á quien daban con ternura
De Tirreo los hijos alimento—
Tirreo, aquel que en campos de verdura
Custodiaba del Rey greyes sin cuento;—
Mas si querido á los mancebos era,
Silvia ante todos en su amor se esmera.
XCIX.
Ama él su servidumbre, ella le adora:
Plácida jóven, la enastada frente
Con süaves guirnaldas le decora,
Peina á su ciervo y lávale en la fuente:
Manso á la mesa va de su señora,
Ledo caricias de su mano siente;
Ociosas horas en la selva pasa,
Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa
C.
De la querencia, á la sazon, distante,
Ansioso el ciervo de apacible frio,
Sesteaba en la playa verdeante,
Nadando á tiempos á merced del rio.
Los podencos de Ascanio, allí cazante,
Fieros le avientan con ardiente brio;
Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta,
Lanza del combo arco una saeta.
CI.
Y dió acierto fortuna á su descuido;
Que á herirle los ijares, por el viento
Volando al ciervo fué con gran rüido
La flecha aguda. El triste huye sangriento
A la usada mansion, y con gemido
Como quien llora y llama en su lamento,
Entra en su establo, y los contornos llena
Con los ecos dolientes de su pena.
CII.
Con las palmas los brazos se golpea,
Y alza Silvia tristísimos clamores;
Fué el primer llamamiento que á pelea
Convocó los fornidos labradores.
Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea
Sembrara en la ágria selva sus ardores)
Al punto comparecen: éste saca
Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.
CIII.
Cuanto ha tomado, en armas lo convierte
La rabia, y toma cuanto á mano mira.
Con recias cuñas, con empuje fuerte,
Tirreo á la sazon á hender aspira
Un roble colosal. Y como advierte
Amenazas venir, fuego respira
Del hacha asiendo arrebatado, y llama
Los suyos á su lado y los inflama.
CIV.
Volando en esto la terrible Diosa,
Que alta el momento de dañar espía,
Precipítase audaz, y el ala posa
En la cumbre mayor de la alquería;
Y desde allí la seña sonorosa
Que á pastores reune, al aire fia,
Y por el campo, con el corvo cuerno,
Hace sonar los ecos del Averno.
CV.
Y el campo se estremece y la arboleda,
Y atónita retumba selva anciana
En són profundo; y aunque léjos queda,
Oye el clamor el lago de Dïana,
Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda
Pues de vertientes sulfurosas mana;
Trémulas madres, al rumor del trueno,
Apretaron los hijos contra el seno.
CVI.
Corren al són de la bocina insana
Los rústicos, tomando armas á tiento;
Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana
Juventud en abierto campamento.
Ordénanse las haces: no es villana
Riña ya, ni se ostenta el ardimiento
Con macizas estacas ó tizones;
No; que blanden el hierro, y son legiones.
CVII.
Oscura miés de puntas encontradas
El campo cubre, y en dudosa liza
Reflejan en las nubes las espadas
Del sol los rayos. Tal primero eriza
El piélago sus ondas, y encrespadas,
Más y más cada vez se encoleriza,
Y encumbrándose, en fin, desde su asiento,
Esforzado amenaza al firmamento.
CVIII.
Hé aquí, lidiando en avanzada hilera,
Crujiente flecha á su garganta asida
Almon cayó, que entre los hijos era
De Tirreo, el mayor. La cruda herida
Con la ferviente sangre que aglomera,
La húmida voz y la delgada vida
Extinguió del mancebo, á cuyos lados
Muchos otros sucumben derribados.
CIX.
Allí murió Galeso, que intervino
Medianero de paz, ¡infortunado!
Rico en tierras cual no otro convecino,
Él, viejo ilustre, y de virtud dechado:
Contaba en sus dehesas de contino
Rebaños cinco de mayor ganado
Y cinco greyes de lanosa cria;
Y el campo con cien yuntas revolvia.
CX.
Miéntras pugnaban con incierto marte,
Firme en cumplir lo que á su fe se fia
Habiendo Alecto por su fuerza y arte
Comprometido en bélica porfía
Y funeral destrozo á cada parte,
Arrebola con sangre su alegría,
Deja á Italia, veloz cruza la esfera,
Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:
CXI.
«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos,
Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes,
¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos!
Más allá iré, si gracia me concedes:
Azuzaré los pueblos comarcanos,
Y atraeré sus auxilios con mis redes
Al incendiado campo de la guerra:
De armas, si faltan, sembraré la tierra!»
CXII.
«Basta de ardides y traspasos; tente!»
Juno así respondió: «robusta nace
Esta guerra por sí: sangre reciente
Tiñe las armas que el furor les hace,
Y trábalos él mismo en lid patente.
Que á tan ardiente union y estrecho enlace
Venga de Vénus la famosa casta
Y el rey Latino mismo, ésto me basta.
CXIII.
»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera
No ya en paz que siguieses llevaria
Vagante Furia en superior esfera:
Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.»
Miéntras hablaba así Juno altanera,
Con áspides Alecto descogia
Las bramadoras alas, deja el cielo,
Y al Cocito veloz despeña el vuelo.
CXIV.
Hay en mitad de Italia, sojuzgado
De montes, noble sitio, por la fama
En apartadas tierras celebrado,
A quien valle Omnisanto el vulgo llama:
Selva le ciñe de uno y otro lado
Con medrosa negrura y densa rama;
Y entre rocas, en óndico tumulto,
Por el bosque un torrente suena oculto.
CXV.
Horrenda cueva allí la vista espanta,
Á Pluton y sus reinos abertura:
Roto Aqueronte, férvida garganta
Gran vorágine abre, y nube oscura
De vapores pestíferos levanta;—
Allí el odioso Númen su figura
Escondió derribándose al profundo,
Y su serenidad devuelve al mundo.
CXVI.
Entretanto á los bélicos furores
Juno cuida poner última mano.
A la ciudad los míseros pastores
Acorren, y sin vida á Almon lozano
Exponen; y esforzando los clamores,
Hendido el rostro de Galeso anciano
Enseñan; y cobrando la esperanza
A los Dioses y al Rey piden venganza.
CXVII.
En medio al alegato se presenta
Turno feroz, el cual de sangre y llama
El terror con sus voces acrecienta:
Que á reinar á los Teucros se les llama,
Que frigia raza en su lugar se asienta,
Y á él se pone á las puertas, dice, y brama;
Y hacen parte con él hijos de aquellas
Que de Amata en furor siguen las huellas.
CXVIII.
Miéntras las madres en vinosa danza
Atropellan florestas y collados,
(¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!)
Ellos de un númen infernal tocados,
Convocan en tropel á la matanza,
Contra el querer del Cielo y de los hados,
Contra el temor de oráculos y agüeros;
Y las puertas del Rey asedian fieros.
CXIX.
Cual peñon en los mares, él resiste;
Como el peñon á quien con golpe rudo
En fragor recio el oleaje embiste,
Y él las ondas ladrantes oye mudo,
Y escollos, rocas que la espuma viste
Hirviente en derredor, los ve desnudo,
Y firme mira, en sus costados rota,
Ir y venir el alga que le azota.