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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 174: IV.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LIBRO OCTAVO.

I.

Así que de la guerra el estandarte
Turno en su alcázar tremoló en Laurento,
Y con ronca trompeta á toda parte
El alarma llevó, y en movimiento
Sus potros puso y el tropel de Marte,
Los ánimos se turban al momento,
Todo el Lacio á su voz tiembla y le imita,
Toda la juventud arde y se agita.

II.

Por sumos jefes van Mesapo, Ufente,
Y aquel que de los Dioses se reia
Mezencio audaz: de agricultora gente
La campaña doquier dejan vacía,
Recursos rebatando. Incontinente
A Vénulo sagaz allá se envía
Do el gran Diomédes asentó su corte,
Que anuncios lleve y de él favor reporte.

III.

Cómo con frigias naves ha llegado
Al Lacio; cómo ocupa la ribera
Con sus vencidos Dioses, y del hado
Corona y triunfos en el Lacio espera
El troyano adalid; cómo á su lado
Muchos corren, y, nuncio á su bandera,
Toma el dardanio nombre alas de fuego:
Esto el embajador dirále al Griego.

IV.

Más que el rey Turno y más que el rey Latino,
Dirále, en fin, mirar él mismo debe
A donde á ese invasor, si con destino
Propicio entrare, fácil es le lleve
De ambiciosas conquistas el camino.
Sabe en tanto que el Lacio se conmueve,
Y fluctúa en revuelto mar de ideas
Con zozobrante afan mísero Eneas.

V.

Va, y viene, y torna el ánimo agitado,
Tienta todo y no pára en una cosa:
Así un rayo de luz del sol dorado
O la alba luna, vibra y no reposa
Sobre jarron de bronce reflejado,
En que diáfano líquido rebosa;
Trémulo, acá se anima y allá muere,
Sube, y los altos artesones hiere.

VI.

Es de noche: en los árboles y en tierra
Mudas yacen las aves y ganados;
Letárgico placer sus ojos cierra.
En tanto Enéas, presa de cuidados,
Lleno del pensamiento de la guerra,
Rindió á tardío sueño los cansados
Miembros, del cielo bajo el dombo frio,
En las amenas márgenes del rio.

VII.

Y hé aquí de entre la plácida corriente
Y pompa de los álamos umbría
Al Dios que guarda el Tibre, el Rey durmiente
Vió alzarse venerable, y que vestia
Cendal verdoso, y en su anciana frente
A las húmedas crines retejia
Oscuras juncias. Habla, y de esta suerte
Consuelo el Númen y esperanzas vierte:

VIII.

«¡Hijo de diva estirpe soberana,
Salve! tú, que arrancada al enemigo
Nos restituyes la ciudad troyana,
Y á Pérgamo inmortal llevas contigo!
Ya sus muros á tí Laurento allana,
Y á tí sus campos abre el Lacio amigo.
Nada temas de próximos combates;
Que patria al fin tendreis tú y tus Penates.

IX.

»Calmóse de los cielos la tormenta,
Y hechos abonan la palabra mia;
Que aquí una hembra de cerdo corpulenta
Pronto verás entre robleda umbría,
Con treinta lechoncillos que alimenta,
Alba, en torno á sus ubres la alba cria;
Y aquí podrás, alzando al patrio muro,
De afanes tantos descansar seguro.

X.

»Treinta años pasarán, y Ascanio ufano
Fundará, coronando tu destino,
La ilustre basa del poder albano.
Apacibles verdades adivino;
Ilusiones no son de sueño vano.
Mas cómo por ahora abrir camino
Te cabe de tu triunfo al cumplimiento,
Diré en breves razones; oye atento:

XI.

»Los Árcades habitan este suelo,
Que nietos de Palante, acompañaron
Aquí á Evandro, su rey, con fiel anhelo
Siguiendo su pendon: sitio adoptaron,
Y con nombre sacado del abuelo
La ciudad Palantina edificaron
Sobre los montes. Ellos de contino
En guerra están con el poder latino.

XII.

»Tu campo hermana con el suyo, y liga
Trata con ellos de amistad sincera.
Fácil á par de mi ribera amiga
Yo he de llevarte en direccion certera,
Tál que venzan subiendo sin fatiga
Tus remos mi raudal. Tú á la primera
Luz del dia, con votos y con preces
Vé de Juno á amansar las altiveces.

XIII.

»Cuando conquistes del valor la rama
Gracias tributarás al poder mio.
Yo soy aquel que hoy miras cuál derrama
Su caudal sobre fértil señorío;
Soy el cerúleo Tibre, ilustre en fama
Y de los Dioses predilecto rio:
Aquí en grandioso alcázar me solazo;
Nobles ciudades en mi cuna abrazo.»

XIV.

Dijo el rio, y se hundió cual si buscara
El hondo lecho. Á un tiempo se retira
La noche en ese instante, y desampara
El sueño á Enéas. Yérguese él, y mira
Ya en oriente del sol la lumbre clara;
Y agua cogiendo (Religion le inspira)
Alzala de las palmas en el hueco,
Y así con llena voz anima el eco:

XV.

«¡Vos, Ninfas de Laurento (en quien los rios
Hallan, raza gentil, su ilustre oriente),
Y oh padre Tibre de raudales pios!
A Enéas acoged, y de su frente
Clementes apartad golpes impíos!
Doquier escondas tu sagrada fuente,
Doquiera, ¡oh bello Dios! secreto mores,
Tú apiadado calmaste mis dolores.

XVI.

»De mí por siempre en himnos bendecido
Serás, y honrado con perpetuos dones,
¡Tú, de cuernos undívagos ceñido,
Rey de rios de Italia en las regiones!
Sólo espero me asistas, sólo pido
Que ratifiques ya tus predicciones.»
Dijo; y dos barcos de su flota alista,
Y gente hecha á bogar, de armas provista.

XVII.

En este punto; (¡oh místicas señales!)
Cándida hembra de cerdo con sus crias
Enéas ve, que, en la color iguales,
Se han tendido en las márgenes umbrías
Sobre la verde hierba. Ofrendas tales
El troyano adalid con manos pias
Te hará, ¡máxima Juno! Ya ante el ara
Dones presenta, y con la grey se pára.

XVIII.

Y el Tibre, que bajó la noche entera
Hinchado, su corriente á la mañana
Con reflujo suavísimo modera
Y como estanque plácido la allana,
Y abre á las quillas próspera carrera.
Con gozoso rumor la caravana
Ya remos bate, y sobre el fondo quieto
Fugaz resbala el embreado abeto.

XIX.

Los árboles se asombran de la orilla
Viendo venir por el cristal sereno
La pintoresca copia, y cómo brilla
Distante con las armas de su seno.
Dia y noche bogando la escuadrilla
El rio sube de recodos lleno;
En selvas laberínticas se pierde,
Y cruza en ledo giro el bosque verde.

XX.

En medio ya de su radiante vuelo
Ardia el sol, cuando avistó el Troyano
Muros y alcázar, blanco á su desvelo,
Y casas esparcidas, que el romano
Poder más tarde levantó hasta el cielo;
Que era Evandro modesto soberano,
Y modesta su corte. Apriesa inclinan
Las proras ya, y á la ciudad caminan.

XXI.

Solemnes por ventura en aquel dia
El Rey árcade honores tributaba,
Antes de la ciudad, en selva umbría,
Al semidios de la invencible clava.
Allí Palante, hijo del Rey, se via,
Rudo senado y juventud no esclava,
Incesando á los Númenes. Gotea
Caliente sangre y ante el ara humea.

XXII.

Ellos, viendo que fáciles ascienden
Por entre el bosque opaco altos navíos,
Y hombres que, al parecer, los brazos tienden
Sobre los remos con callados bríos,
La ceremonia con temor suspenden;
Levántanse. Culpables descarríos
Palante audaz reprime, y el acero
Empuña, y al peligro va ligero.

XXIII.

Ya de un alto estas voces firme envía:
«¿Quiénes, mancebos, sois? ¿Cuál clima esconde
Vuestra cuna y orígen? ¿Quién por via
Tan desusada os impelió, y á dónde?
¿Paz, ó guerra traeis? ¿Qué intento os guia?»
En pié sobre la popa así responde
Enéas á Palante, y en la diestra
Rama de oliva, alegre anuncio, muestra:

XXIV.

«Hijos somos de Troya peregrinos,
Y aquestas armas que confuso admiras,
Armas contrarias son á los Latinos,
Que nos rechazan con rebeldes iras.
Ver ansiamos á Evandro: á sus destinos
Unir los nuestros, con leales miras
Proponemos Dardanios principales.
Tal pedimos; tú lleva anuncios tales.»

XXV.

Pásmale el nombre que oye, y,«¡Vén conmigo!»
Palante dice, «vén, quienquier tú seas,
Donde hables á mi padre, y al abrigo
De mis Penates hospedado seas.»
Tómale de la mano, y como amigo
En las suyas retiene la de Enéas;
Y enselvándose juntos se desvían
Del Tibre, y hácia el Rey los pasos guian.

XXVI.

Manso á Evandro habló Enéas: «Ofrecerte
La verde rama de ínfulas vestida,
¡Oh el mejor de los Griegos! hoy la suerte
Me depara feliz. Ni me intimida
Arcade y jefe á tí de Dánaos verte
Y consanguíneo de uno y otro Atrida.
Hanme traido oráculos sagrados,
Y mi propio querer y el de los hados;

XXVII.

»Y tu fama tambien, que espacio luengo
Discurre por el mundo; y la lejana
Comun raíz que con tu raza tengo:
Padre y autor de la ciudad troyana,
Hijo Dárdano fué, nuestro abolengo,
De Electra (en Grecia tradicion anciana
Lo acredita); hija Electra fué de Atlante,
Que á cuestas lleva el fuego rutilante.

XXVIII.

»Mercurio, de otro lado, es vuestro abuelo,
Que de Maya gentil nacido un dia,
Por vez primera de la luz del cielo
Gozó en la cumbre de Cilene fria;
Y, si ya sin incrédulo recelo
En arraigada tradicion se fia,
Hija Maya es de Atlante, el mismo Atlante
Que á cuestas lleva el cielo rutilante.

XXIX.

»Así un tronco en dos vástagos se parte,
Y una sangre tenemos. Con legados
No me anuncié, por eso, ni con arte
Pretendí tu amistad tentando vados;
Mas yo mismo en persona, aquí á obligarte
Ocurro al corazon de tus Estados.
Y es comun nuestro honor: la Daunia gente
Tú y yo tenemos enemiga enfrente.

XXX.

»¿Y quién no ve que si ella nos extraña,
El territorio entero á la coyunda
Humillará de su arrogante saña,
Y el mar que á Hesperia superior inunda
Suyo será, y el que inferior la baña?
Mutua fe dos ejércitos confunda:
Por mí, aporto á la union de ambos pendones,
Sufridos y valientes corazones.»

XXXI.

Habló Enéas: Evandro larga pieza,
Miéntras hablaba, con afan prolijo
Mírale de los piés á la cabeza,
Y «¡Oh el más valiente de los Teucros!» dijo:
«¡Con qué placer (pues con cabal certeza
Quién eres contemplándote colijo)
Te doy mis brazos! En tu faz, tu acento
Miro á tu ilustre padre, á Anquíses siento.

XXXII.

»Yo recuerdo que á Hesíone su hermana
Visitando, y su corte, en Salamina,
Por la Arcadia pasar, de nieves cana,
Príamo quiso. Con su flor divina
Me arrebolaba juventud temprana.
¡Cuánto á la comitiva peregrina
Admiré entónces! Mas Anquíses era
Entre nobles figuras la primera.

XXXIII.

»Yo hablarle y estrechar su mano ansiaba,
Jóven el alma y de entusiasmo henchida;
Llegué, y al muro que el Feneo lava,
Oficioso llevéle. A su partida
Licias saetas y una insigne aljaba
Y una clámide de oro entretejida,
Y dos frenos me dió, tambien de oro,
Que hoy de Palante son gala y tesoro.

XXXIV.

»En fin, cual lo pedís, la mano mia
Os doy en prenda de amistad sincera.
Y á fe que al primo albor del nuevo dia
Ireis con los auxilios que mi esfera
Consiente. Con partícipe alegría
(Pues dilatarlo más delito fuera)
A celebrar en tanto yo os convido
Este anual sacrificio interrumpido.

XXXV.

»Y desde hora á un festin y á unos altares
Mostraos á concurrir á nuestro lado.»
Dijo; alejados vasos y manjares
Pide; céspedes da de herboso estrado
Por sillas á los nuevos auxiliares;
Y á Enéas en lugar privilegiado
Rústico solio de arce y piel lanuda
De soberbio leon, brindar no duda.

XXXVI.

Y jóvenes selectos, y del ara
Canos ministros, traen en seguida
Entrañas que el divino fuego asara,
Cestas do con su dón Céres convida,
Tazas do su caudal Baco depara.
Enéas y su guardia, allí tendida,
Lomos de un buey entero, trozos hacen,
Y consagrados intestinos pacen.

XXXVII.

Calmada el hambre, que ávida devora,
Evandro dijo así: «No rito vano,
No vil supersticion, despreciadora
De antiguos dioses, fué, huésped troyano,
Quien el solemne altar que ves ahora
Y estas mesas alzó por nuestra mano;
Fué justa gratitud: piadoso culto
Rendimos, salvos ya de fiero insulto.

XXXVIII.

»¿Ves esa roca en peñas sustentada
Y tanta piedra en torno desparcida,
Y desierta del monte la morada?
¿El estrago no ves que en su avenida
Hicieron recias moles? Tu mirada
Contempla la recóndita guarida,
El antro hondo de quien huésped era
Caco, mitad humano, mitad fiera.

XXXIX.

»No visitó su lóbrego recinto
El sol: siempre de víctimas recientes
Estaba el suelo con la sangre tinto;
Y en las puertas terríficas pendientes
Gustaba ver su criminal instinto
Torvas cabezas. De su boca ardientes
Humos lanzaba, de Vulcano prole
El monstruo, al menear su inmensa mole.

XL.

»Trayéndonos, al fin, un sér divino,
El tiempo coronó nuestro deseo:
Máximo vengador, despues que al trino
Gerïon humilló, con el trofeo
Riquísimo ufanado, Alcídes vino
Rigiendo en victorioso pastoreo
Ganado hermoso, y vímosle guialle
A par de este almo rio, en este valle.

XLI.

»Cuatro toros proceros, porque nada
Sin ensayar dejase en fraude ó crímen,
Y cuatro vacas hurta á la majada
Caco sagaz, y de su cueva al límen
Tíralos por la cola: revesada
La senda, huellas sin concierto imprimen;
Así, quienquiera que á buscarlos pruebe,
Rastro no habrá que á término le lleve.

XLII.

»Entre tanto á partir apercibido,
Amenazaba Alcídes su ganado
Repleto asaz, que con mayor bramido
Ya aqueste deja atras, ya aquel collado:
Estremece los bosques el gemido
Por quejumbrosos ecos dilatado,
Y una novilla en la caverna honda
Da un gran mugido que á la grey responda.

XLIII.

»Así un lamento de la res esclava
La esperanza burló, turbó el sosiego
Del tirano raptor. En furia brava
Hércules todo enardecióse, y ciego
Arrebatando la nudosa clava,
A la cumbre del monte corre luégo;
Y por primera vez Caco en los ojos
Mostró terrores en lugar de enojos.

XLIV.

»Y huye, vuela al sagrado de su gruta
Más que el Euro veloz; de alas le dota
Los piés el miedo que la faz le inmuta:
Huye, y se esconde, la cadena rota
Que á la entrada suspende piedra bruta:
(Merced del padre, que en edad remota
Forjó los eslabones); y la puerta
El soltado peñon deja cubierta.

XLV.

»Murado el monstruo, el héroe que el camino
Le seguia, llegó de rabia insano;
Mira acá, torna allá, perdido el tino,
Los dientes cruje, y su furor es vano.
Él tres veces da vuelta al Aventino,
Tres veces él con vengadora mano
Entrada busca sin que modo halle,
Y tres rendido se sentó en el valle.

XLVI.

»El dorso coronando de la cueva
Hubo á dicha una roca agreste, aguda,
Que á los ojos altísima se eleva
De contornos simétricos desnuda:
Infausto alado ejército la aprueba
Porque á hacer nidos en su cumbre acuda;
Y ella propia hácia la onda tiberina,
Que á izquierda huyendo va, mira y se inclina.

XLVII.

»Fuerte y mañoso, por el diestro lado
Opuesto Alcídes al peñon, ensaya
Moverlo, y de raíz desencajado,
Ya sin que estorbos á sus fuerzas haya,
Empújalo: con eco prolongado
El aire en torno retumbó; la playa
Tiembla oprimida por la enorme piedra
Y medroso el raudal salta y se arredra.

XLVIII.

»En su palacio y lóbrega caverna
Caco al punto aparece á descubierto,
Cual si en su fondo la region inferna
Mostrase el suelo de repente abierto,
Y las sombras de aquella Noche eterna
Que aborrecen los Númenes, incierto
De luz un rayo penetrara, y ése
A los Manes de asombro estremeciese.

XLIX.

»Sorprendido en su cóncavo agujero,
Viendo la claridad que se derrama
Intempestiva á denunciarle, fiero
En modo inusitado Caco brama:
Tírale dardos Hércules ligero
Del borde, y armas en su auxilio llama
De toda especie, porque al monstruo oprima:
Ramos, disformes piedras le echa encima.

L.

»Ya perdida de fuga la esperanza,
Caco (¡nuevo prodigio!) en su defensa
Columnas de humo de las fauces lanza,
Y el ámbito entoldando en nube inmensa.
Roba á los ojos cuanto á ver se alcanza,
Y une fuego siniestro y sombra densa
En caótico horror. Mas sus ardides
No acobardaron el valor de Alcídes.

LI.

»Ántes él donde ve que más agita
Ondas el humo, y más su hervor enciende
El negro abismo, allí se precipita
Con salto audaz: entre sus brazos prende
Al que incendios inútiles vomita,
Y vigoroso le comprime, y hiende
Seca de sangre la feroz garganta
Y los hórridos ojos le quebranta.

LII.

»Y volcada la puerta, al claro dia
Las reses y rapiñas que el perjuro
Guardaba y pertinaz negado habia,
Salen: crece el concurso: al aire puro
Arrastran por los piés la mole fria;
Ni se hartan de mirar el rostro, el duro
Gesto, y pecho cerdoso cual de fiera,
Y extinta la garganta que fué hoguera.

LIII.

»Desde entónces, cual ves, el beneficio
Grata celebra en cada aniversario
Cada generacion. Autor Poticio
Fué del culto de Alcídes, y el Penario
Linaje guarda el religioso oficio.
Él puso en este hojoso santüario
Esa ara, que por máxima tenemos
Siempre, y siempre por máxima tendremos.

LIV.

»¡Ea! de hojas ceñida la cabeza,
Alzad los vasos y verted del vino,
Honrando, amigos, la feliz proeza,
É invocad todos á Hércules divino
Que á todos cubre con igual largueza.»
Dijo el Rey; y entre verde y blanquecino,
Caro, el álamo, al Dios, vistió las frentes
Con sombra circular y hojas pendientes.

LV.

Y llenando la diestra el cáliz santo,
Liban todos con rostro placentero,
Y á los Dioses invocan. Entre tanto
El Héspero, rodando el hemisfero,
Enciende su fanal. Y ya con manto
De piel, los sacerdotes (el primero
Poticio) marchan, por ritual costumbre
Llevando en hachas la sagrada lumbre.

LVI.

Renuévase el banquete: los presentes
De gratísimos dones y manjares
Segundas mesas cubren, y con fuentes
Rebosantes coronan los altares;
Y cercando las aras relucientes,
A entonar ya sus plácidos cantares
Los Salios van, á quien con sacro adorno
El álamo la sien guarnece en torno.

LVII.

De mancebos un coro, otro de ancianos,
De Hércules cantan los gloriosos hechos:
Cómo dejó con infantiles manos
Los dos gemelos áspides deshechos
Que envió su madrina; los troyanos
Cómo hundió luégo y los ecalios techos,
Y pruebas mil un dia y otro dia
Venció bajo agrio Rey y Diosa impía:

LVIII.

«Trajiste, invicto, al hierro de la muerte
Nubígenas biformes, Folo, Hileo:
Monstruos en Creta domeñaste fuerte,
Y entre sus rocas al leon Nemeo:
Tiemblan las aguas del Estigio al verte;
Y del Orco el guardian inmundo y feo
Tembló en su hórrido antro, donde allega
Huesos roidos que con sangre riega.

LIX.

»No se halló sombra que cejar te hiciera,
Ni áun Tifeo, y armado y corpulento,
Ni vió turbarse tu razon, la fiera
Hidra, al sitiarte con cabezas ciento.
¡Salve, prole de Jove verdadera!
¡Al coro divinal nuevo ornamento!
A los tuyos, aquí, y al sacrificio
Vén con fáciles pasos, vén propicio.»