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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 275: CV.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LX.

Cantaba el coro así: la áspera roca
De Caco, en fin, su lóbrega guarida
Conmemora, y al monstruo, por la boca
Fuego arrojando, aliento de su vida.
Mueve el canto á la selva, y lo revoca
El eco por los montes. En seguida
Las sacras ceremonias ya acabadas,
A la ciudad dirigen las pisadas.

LXI.

A un lado el hijo, el huésped á otro lado,
Caduco en ambos sostenido iba
El buen Rey, y el camino el varïado
Hablar recrea. La mirada viva
Pasa de cosa en cosa, embelesado
Enéas con la amena perspectiva,
Y pide, á cada antiguo monumento,
Para ojos y oidos alimento.

LXII.

Y Evandro, rey que á alcázares romanos
Echó la basa, de este modo empieza:
«Oye: indígenas Ninfas y Silvanos
Poblaban de estos bosques la aspereza,
Y unos hijos de robles, medio humanos,
Ni á poseer hacienda, ni riqueza
Allegar avezados, ni á uncir bueyes:
Gentes duras, sin hábitos ni leyes.

LXIII.

»Cruda caza y el árbol más vecino
Nutríanlos. Saturno fué el primero
Que á esta region desde el Olimpo vino
De Jove huyendo el vengativo acero:
Destronado en el cielo, peregrino
En la tierra, el linaje aquél grosero,
Disperso en la selvática fragura,
Trajo á obediencia y á civil cultura.

LXIV.

»Lacio quiso llamar al suelo hesperio
Que dió refugio á su deidad latente;
Y vió bajo su sacro magisterio
Lucir de oro la edad la humana gente:
En paz ejerció el Dios su blando imperio,
Hasta que en cambio vino lentamente
Siglo ménos hermoso, germinando
Amor de lucro y ambicion de mando.

LXV.

»Al Lacio entónces las Ausonias gentes
Vinieron, y vinieron los Sicanos;
Y de nombre mudó veces frecuentes
La tierra de Saturno; y de tiranos
Fué regida: uno de ellos, el de ingentes
Miembros, Tíbris feroz; los Italianos
Trasladámos al Tibre su apellido,
Que antaño Albula fué: nombre perdido.

LXVI.

»Yo del país que vió rodar mi cuna
Fugitivo, á marítimos azares
Lancéme: omnipotente la fortuna
Y el hado incontrastable aquí mis lares
Plantaron de raíz. Con oportuna
Inspiracion Apolo en altos mares,
Y mi madre Carmenta con tremenda
Profética leccion, me abrieron senda.»

LXVII.

Dice; y andando, al rey de los Troyanos
Señala el ara y puerta que, en memoria
De aquella Ninfa que explicando arcanos
El arte ejercitó divinatoria,
Carmental apellidan los Romanos:
Ella de los Enéadas la gloria
Profetizó sobre el país latino,
Y el futuro esplendor del Palatino.

LXVIII.

Y el bosque ingente enséñale que un dia
Tornó en asilo Rómulo guerrero;
Y el Lupercal bajo la roca fria,
Así nombrado como Pan lobero
Por costumbre que entre Árcades regía;
De Argos, su huésped, cuenta el caso fiero,
Y de Argileto el sacro umbroso abrigo
Muestra, y toma el paraje por testigo,

LXIX.

Y la roca Tarpeya, en el camino,
De ahí, y el Capitolio Evandro enseña,
Hoy mole rica y oro peregrino,
Mustio collado ayer y áspera breña:
Aun entónces el vulgo campesino
Reverenciaba el bosque y tosca peña,
Tocado ya del religioso miedo
Que reina del sagrado sitio en ruedo.

LXX.

«¿Ese collado ves, que señorea
Frondosa cima?» dice Evandro; «mora
En ese bosque una deidad; cuál sea
El misterioso Dios sólo se ignora:
Al mismo Jove ya, cuando menea
La negra egida en diestra vengadora
Y á tempestad el cielo todo mueve,
Jura haber visto no una vez la plebe.

LXXI.

»Repara luégo este y aquel anciano
Monumento; esparcidos los pedrones
Contempla: ves reliquias de lejano
Imperio y de antiquísimos varones.
Una fundó Saturno y otra Jano
De esas dos arruinadas poblaciones;
Janículo por ello ésta se nombra,
Y Saturnio apellido á aquélla asombra.»

LXXII.

Hablan; y ajena al esplendor del oro
Tienen delante la rëal morada;
Y donde asombran hoy Romano Foro
Y espléndidas Carenas, ven manada
Tranquila vagueando, y manso toro
Oyen mugir. Evandro, ya á la entrada,
«Pasando estos umbrales,» dijo, «Alcídes
Bajó la frente victoriosa en lides.

LXXIII.

ȃl tuvo por palacio el hogar mio:
Anímate, y tú mismo á un Dios te iguala;
Tesoros menosprecia, y sin desvío
Vén, huésped bueno, á una mansion sin gala.»
Dice; y entrando, con afecto pio
Da á Enéas corpulento estrecha sala,
Y en un lecho de hojas le reposa
Con piel cubierto de africana osa.

LXXIV.

Rueda entretanto, y con su sombra parda
La noche abraza al mundo. Y Vénus bella,
Que á punto mira de que en guerras arda
Laurento, el azorado afan que en ella
Trabaja, ya no enfrena, y más no tarda,
Y en el lecho de oro donde sella
Vulcano su aficion, frases enhila
En que miel de divino amor destila:

LXXV.

«Cuando Ilïon sin esperanza alguna
Dilataba tan sólo su caida,
Y más que de altos reyes, de Fortuna
Iba á ser Troya en llamas destruida,
No á tí para los tristes, importuna
Pedí entónces, esposo de mi vida,
Armas; en ejercicio de tu arte
No quise inútilmente fatigarte.

LXXVI.

»Callé prudente, aunque debia tanto
De Príamo á los hijos, y á menudo
De Enéas los esfuerzos, no sin llanto,
Vi frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo
Con el favor de Jove, ¡oh númen santo!
Al país de los Rútulos, yo acudo
Á tí, yo á tí mis súplicas dirijo;
Y madre, armas te pido para un hijo.

LXXVII.

»Vencerte supo la hija de Nereo
Y con su llanto la Titonia esposa;
¡Y yo...! ¿Esas gentes que en marcial arreo
Hierros forjan, en liga poderosa
Ves? ¡En muros cerrados yo las veo
Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa,
Y con sus brazos de aparente nieve
Blanda al lento marido ciñe y mueve.

LXXVIII.

En medio del letargo, de repente
Recibe el Dios la conocida llama,
Y el calor que le llaga dulcemente
Rápido por sus huesos se derrama:
Así cuando en relámpago fulgente
La ennegrecida atmósfera se inflama,
Con lumbre devorante cruza inquieta
El seno de las nubes ígnea grieta.

LXXIX.

Cuánto el poder de su hermosura obliga
Conoció Vénus en el buen suceso
De la añagaza. Respondióle, en liga
De inacabable amor Vulcano preso:
«De argüir con recuerdos, la fatiga
Excusa; ¿en mí no fias? Si ántes eso
Que hoy piensas, me dijeses, los Troyanos
Armas, Diosa, llevaran de mis manos.

LXXX.

»Ni Jove omnipotente ni el Destino
Á Troya ni á su Rey negado habria
Vivir diez años más. Y pues te vino
En gustos hoy guerrear, y hay tal porfía,
Cuanto con hierro ó con electro fino
Labrar es dado, cuanto el arte mia
Consigue laboriosa, cuanto puedo.
En suma, concederte, lo concedo.

LXXXI.

»El aire y fuego me obedece: en duda
No pongas la eficacia de tu ruego;
Todo lo alcanza, y mi poder te ayuda.»
Así razona cortésmente, y luégo
Rendido á la beldad Vulcano anuda
Los vínculos de amor, de amores ciego,
Y dichoso en los brazos de su dueño
Se deja poseer de un manso sueño.

LXXXII.

Cual matrona obligada que granjea
Con la rueca y labores delicadas
El sustento á la vida, la tarea
Al desvelo añadiendo, aletargadas
Cenizas se alza á reanimar, y emplea
En la obra á la lumbre sus criadas,
Y así el lecho que el cónyuge le fia
Guarda sin mancha, y los hijuelos cria;

LXXXIII.

No ménos listo y á la misma hora
(Cuando va en la mitad de su carrera
La Noche, y al alado Sueño azora,
Gustada apénas la quietud primera),
Del estrado en que Vénus le enamora
Alzase el Dios que sobre el fuego impera,
Y del cielo á la tierra en que trabaja,
Vulcania en nombre y obediencia, baja.

LXXXIV.

Esta á la eolia Lípara se arrima
Y á la sícula costa, isla ardua: humea
De riscos erizada: en honda sima
Truena la ancha caverna ciclopea,
Etna nuevo que el negro oficio lima:
Golpe duro los yunques martillea;
El candente metal no da sosiego,
Zumba el aire, en la fragua aceza el fuego.

LXXXV.

Bronte, Esteropo y Piracmon desnudo,
Ciclopes esforzados, á porfía
En la vasta oficina un rayo agudo,
De aquellos que en ardiente lluvia envía
Jove del alto Olimpo al orbe mudo,
Fabricaban. El rayo aparecia,
Al arribo del Padre ignipotente,
Pulido en parte, en parte deficiente.

LXXXVI.

Tres dardos de granizo en la obra bella,
Tres de agua etérea, tres de alado viento,
Tres de fuego que fúlgido destella,
Mezclado habian; y en aquel momento
Tonante voz, terrífica centella
Añadian, y sordo aturdimiento
E incendio vengador. En otra parte
Ruedas labran prestísimas á Marte:

LXXXVII.

Ruedas labran al carro en que alborota
Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas;
Y á Pálas más allá, broquel y cota
En que esplenden auríferas escamas,
Tersan tambien, donde el que mira nota
De hidras feroces peregrinas tramas
Y, apto á que el pecho á la deidad defienda,
Segado vulto de mirada horrenda.

LXXXVIII.

«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero,
«Cuanto empezado habeis, Ciclopes mios;
Alzad; y atentos escuchadme: quiero
Armas para un varon de grandes bríos.
Manos pujantes y exquisito esmero
Aquí todos poned, y aquí lucíos
De magistral destreza haciendo alarde:
Sús! la obra empiece, y en salir no tarde!»

LXXXIX.

Dice; y al punto la labor partida,
A ella corren con ímpetu ligero:
Bullen torrentes de oro; se liquida
En la ancha fragua el llagador acero:
Y escudo ingente, impenetrable egida
Que contraste al latino campo entero,
Al paladino los Ciclopes trazan
Con siete discos que entre sí se abrazan.

XC.

Cuáles, en medio á la comun fagina,
Suenan los sopladores fuelles; cuáles
Zabullen en el agua allí vecina
Con estridor fogoso los metales:
Gime de heridos yunques la oficina:
Alzando con gran fuerza el brazo, iguales
Alternos golpes dan; tenaza emplean
Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.

XCI.

En tanto que así brega el buen Vulcano
En su antro humoso, en su tranquilo lecho
La luz bendita y gorjear temprano
De las aves que triscan en el techo
A Evandro despertaban. El anciano,
La túnica vistiendo al fuerte pecho,
El nuevo dia á saludar se alza;
Las sandalias tirrenas ciñe y calza;

XCII.

Del hombro abajo acomodar no olvida
Al cinto puesta la tegea espada,
Y del izquierdo lado desprendida
Tercia una de leopardo piel manchada;
Y ya dos canes que en su guarda cuida
Y parejos anuncian su llegada,
No bien de su alto nido los umbrales
Ha traspuesto, con él saltan leales.

XCIII.

De las habidas pláticas, no en vano
Recuerda el prometido contingente
El Rey, y con su huésped mano á mano
Anhela de partir secretamente.
Pues no ménos que el Arcade, el Troyano
Madrugador anduvo y diligente:
Hace á Enéas Acátes compañía;
Evandro con Palante el paso guía.

XCIV.

Ya las diestras se estrechan; ya convida
El uno al otro á la interior morada;
Siéntanse en soledad apetecida,
Y así el Rey empezó con voz pausada:
«¡Oh ilustre capitan, que á nueva vida
Alzas contigo tu nacion postrada!
No por mi fama y por las glorias tuyas
Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.

XCV.

»Flaco es nuestro poder; que de una parte
Jurisdiccion nos quita el tusco rio;
De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte
Brama en torno á los muros. Mas yo fio
Con un pueblo magnánimo asociarte,
Fuerte en recursos y apazguado mio:
Propicia la ocasion te anuncia bienes;
Al llamamiento de los hados vienes.

XCVI.

»De aquí trecho no grande Agila dista,
Ciudad fundada en secular cimiento,
Que de la Lidia gente fué conquista
Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento,
De armas que suele el triunfo honrar, provista.
Años muchos de paz tuvo y contento,
Hasta que al rey Mezencio dar le plugo
Muestras de amo cruel y atroz verdugo.

XCVII.

»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto
Describa? ¡Mal contadas al tirano
Le sean, y á sus hijos! Á un difunto
Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano,
Diestra con diestra, el rostro al rostro junto,
(¡Oh de martirizar modo inhumano!)
Y en duro abrazo y entre inmunda baba
Así á un mezquino muerte lenta daba.

XCVIII.

»Alzóse un dia armado el pueblo: afronta,
Cansado de sufrir, al Rey: su casa
Sitia, hervidero de maldades: pronta
Muerte á los suyos da: ya el techo abrasa
El fuego, que enojado se remonta.
En medio del estrago huye él, y pasa
Al campo de los Rútulos: le asila
Turno, y el hierro en su defensa afila.

XCIX.

»En justa indignacion toda se enciende
Etruria, y de rebato á la cuchilla
El cuello criminal traer pretende.
Tú á esos miles de bravos acaudilla,
¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende:
Empavesada hervia ya en la orilla
La densa escuadra, cuando oyó de un viejo
Arúspice el fatídico consejo:

C.

«¡Meonia juventud, flor y corona
»De antigua raza! Apruebo que á Mezencio
»Siga el justo furor que le destrona,»
Dice, «mas en Italia no hay, sentencio,
»Tan gran pueblo á vencer, capaz persona;
»Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio
Al divino pronóstico sucede,
Y aterrado el Etrusco retrocede.

CI.

»Hoy la acampada hueste á mí se fia:
Cetro, diadema, insignias imperiales
Con legados aquí Tarcon me envía,
Y que vaya me pide á sus rëales
Y ejército gobierne y monarquía.
Flojas mis fuerzas son á empresas tales,
Flacos mis hombros á tan grave carga,
Fria é inerte senectud me embarga.

CII.

»Y no á Palante en mi lugar envío;
Que en lo extranjero no es cabal; sabina
Madre altera su orígen. Esto, y brío
Juvenil, tienes tú, y una divina
Voz te llama. No tardes, huésped mio;
¡A su gloria dos pueblos encamina!
Yo este buen hijo, de mi edad caduca
Gloria y solaz, te allego; tú le educa.

CIII.

»Edúcale en las armas: tú dechado,
Tú en armas le serás ejemplo y guia:
Aprenda desde mozo á ir á tu lado,
Paciencia ejercitando y valentía.
Jinetes además, lo más granado,
Te doy doscientos de la gente mia;
Y otros doscientos de ánimo arrogante
En nombre suyo aportará Palante.»

CIV.

Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento,
Y Acátes, duda amarga, triste idea
Revuelven en el alma. En tal momento
Dales á cielo abierto Citerea
Clarísima señal. El firmamento
Con subitáneo estruendo centellea,
Y que cruje parece y se derrumba,
Y de tirrena trompa el eco zumba.

CV.

Alzan los ojos: se oye el estallido
Otra vez y otra, y por region serena
Ven en convoy de nubes conducido
Un haz de armas lumbrosas, y que suena
Sienten de léjos el metal herido.
Pásmanse todos. Mas la voz que truena
Conoce Enéas, y que cumple, entiende,
Vénus su alta promesa y le defiende.

CVI.

«No escrutes, noble valedor,» exclama,
«El prodigioso agüero; en mí confía:
Esa voz del Olimpo á mí me llama;
Es fausto anuncio que mi madre envía,
Mi madre, alta deidad. Cuando la llama
Marcial prendiese, me ofreció daria
Esa señal: su protectora mano
Armas me trae que forjó Vulcano.

CVII.

»¡Y oh qué gran mortandad miro presente
Al malhadado campo Laurentino!
Al polvo, Turno, inclinarás la frente;
¡Y tú cuánto broquel, Tibre divino,
Cuánto yelmo darás en tu corriente,
Y derribado cuerpo al mar vecino!
¡Vengan ahora á desplegar sus haces;
Vengan, y rompan las juradas paces!»

CVIII.

Dice; y del alto solio se levanta:
El muerto fuego á Alcídes consagrado
Devoto anima sobre el ara santa;
Al Lar despues, la víspera obsequiado
Y á los Penates húmiles la planta
Mueve: Evandro y los Teucros, lado á lado,
Por fuero y religion inmemoriales
inmolan escogidos recentales.

CIX.

Encamínase luégo hácia las naves
El dux troyano á revistar su gente:
Para la dura guerra y trances graves
Lo más lucido elige y más valiente:
En blando flote y vueltas van süaves
Los otros, á merced de la corriente;
Con éstos enviar al hijo quiso
De sí mismo y su empresa fausto aviso.

CX.

La marcha, al par, terrestre se acelera:
Caballos danse al héroe y su mesnada;
La alfana que á él le traen cubre entera
Piel de leon roja de uñas de oro armada.
Ya la exigua ciudad sabe y pondera
Que al Rey tirreno vuela una brigada:
Doblan votos las madres: creces toma
Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.

CXI.

Al hijo estrecha el Rey, su mano asida,
Y «¡Oh! hiciérame volver favor celeste
A los pasados años de mi vida,
Cuando eché á tierra la primera hueste»—
Dice en larga llorosa despedida—
«Aquí mismo, en el valle de Preneste,
Y los escudos de las rotas filas
Quemé triunfante en levantadas pilas!

CXII.

»Á Herilo allí, descomunal guerrero,
Tumbó esta diestra al Tártaro profundo:
De su madre Feronia (¡caso fiero!)
Tres formas recibió viniendo al mundo:
Rey de alma triple y desdoblado acero,
Muerto un tronco, quedábale el segundo
Y otro despues. Mas á los golpes mios
Rindió sus armas y agotó sus bríos.

CXIII.

»Fuese así, no á mis brazos te arrancaras,
Buen hijo; ni insultando la frontera
Con mengua mia, tantas vidas caras
Mezencio criminal segado hubiera;—
¡Desolada ciudad, no así lloraras!...
Vosotros, ¡oh! de superior esfera
¡Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo!
A vuestro númen recurrir no temo.

CXIV.

»¡Oh! ¡del árcade Rey el desconsuelo
Os mueva á compasion, y de un anciano
Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo
Ha de volverme mi Palante sano;
Si él algun dia alegrará mi duelo;
Si firme unirle á mí no espero en vano,
El término alargad de mi partida:
Trabajos sufriré; quiero la vida!

CXV.

»Mas si un hado cruel fúnebres lazos
Á mi esperanza tiende y mi deseo,
Lícito sea fenecer los plazos
De esta mísera vida, hora que áun veo
Incierto lo futuro, y que en mis brazos
Te tengo, hijo, y en verte me recreo,
¡Tú, tan tarde gozado y tan querido!
Nunca nueva fatal hiera mi oido!»

CXVI.

Tal sus adioses últimos plañia
El Rey; y enajenado de sentido,
En brazos sus criados á porfía
Le restituyen al desierto nido.
Y sale la veloz caballería
Por las abiertas puertas con rüido:
En primer línea Enéas va y Acátes;
Otros siguen en pos teucros magnates.

CXVII.

Con rica sobreveste gallardea
Ostentando en sus armas sus blasones
Entre todos Palante: así campea
El lucero que en líquidas regiones
Se baña, cuyo fuego Citerea
Ama sobre el de cien constelaciones,
Cuando su faz divina alza en el cielo
Y rasga de la triste noche el velo.

CXVIII.

Desde el muro las madres aterradas
Ven las nubes de polvo cuál se extienden,
Y siguen con atónitas miradas
Las bandas que con tanto acero esplenden.
Por desechas de zarzas erizadas,
Abreviando camino, armados hienden,
Y en escuadron que clamoroso cierra
Galopando á compas baten la tierra.

CXIX.

Cabe el helado Ceretano rio
Hay un gran bosque; y mucho negro abeto
Que alturas forma en torno, hácele umbrío;
Le consagró tradicional respeto.
Es fama que á Silvano, númen pio,
Apropiaron aquel lugar secreto
Los antiguos Pelasgos, los primeros
Que ocuparon del Lacio los linderos: