WeRead Powered by ReaderPub
Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 310: CXL.
Open in WeRead

About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

CXX.

El sitio al Dios de campos y ganados
Le dedicaron, y un solemne dia.
No léjos de estas selvas sus soldados
Tarcon apercibidos guarecia;
Y podíase ya de los collados
Altivos, contemplar en lejanía
La legion que en los llanos acampaba,
Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.

CXXI.

Al bosque ameno acuden, que recrea
La fatiga á caballo y caballero.
Vénus que á la sazon, radiante Dea,
En voladora nube el dón guerrero
Traia al paladin, no bien le otea
Cabe el frio raudal, solo y señero
En un repuesto valle, ante él parece,
Y la hadada armadura así le ofrece:

CXXII.

«Cata, hijo, aquí las armas inmortales
Que sola de mi esposo el arte traza:
Las prometidas armas con las cuales
Arrostrarás de Turno la amenaza
Y el soberbio furor de sus parciales!»
Dice, y al hijo Citerea abraza,
Y de una encina al pié, que estaba enfrente,
Deposita el arnes resplandeciente.

CXXIII.

Reconocido el adalid y ufano
Por la honra excelsa y recibida gracia,
El tesoro contempla soberano
Y la vista sobre él gozosa espacia:
Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano,
Revuelve, y de mirarlas no se sacia:
La espada incontrastable, la garzota,
El yelmo aterrador que incendios brota.

CXXIV.

Ya en la enorme loriga brilladora,
Recia en el bronce, en el matiz sangrienta
Como nube cerúlea á quien colora
Fogoso el sol, los ojos apacienta;
Ya de las pulcras grevas se enamora,
De electro y oro que al más fino afrenta;
La lanza admira, y el labrado escudo,
Que humano idioma describir no pudo.

CXXV.

Los ítalos orígenes, las glorias
En él grabó de la romana gente,
No desconocedor de las historias
Venideras, el Dios ignipotente:
De Ascanio y su linaje las victorias
Dispuso de uno en otro descendiente,
Y tanta famosísima batalla,
Quien contempla el escudo, en órden halla.

CXXVI.

Allí el antro de Marte se descubre,
De una parida fiera verde alcoba:
Dos risueños rapaces, que el salubre
Sustento solicitan de la loba,
Cuélganse en torno á la materna ubre;
Y ella con mansa lengua los adoba,
Ya á éste volviendo en su comun cariño
La robusta cerviz, ya al otro niño.

CXXVII.

Viene tras esto la naciente Roma;
Y las sabinas asaltadas, tales
Aparecen allí como las toma
La ocasion de los juegos Consuales;
Y nueva guerra y súbita, que asoma
De Rómulo á la vez á los parciales,
Y á los Curites y al anciano Tacio,
Pueblo viril de corazon rehacio.

CXXVIII.

Con sus armas, y en pié, y allí cercanos,
Depuestas ya las mutuas amenazas,
Ambos reyes ostentan en las manos
De Jove ante el altar sagradas tazas;
Una cerda que inmolan cual hermanos
Acredita la union de entrambas razas;
Y de Rómulo brilla recien hecho
Tosco palacio de pajizo techo.

CXXIX.

Luégo en diversas direcciones Mecio
De rápida cuadriga por el llano
Arrebatar se mira;—así en desprecio
No tuvieses tu fe, mísero Albano!—
Arrastrar al follon (¡castigo recio!)
Manda implacable el vencedor romano;
Y entre zarzas pasando y entre abrojos
Rastro dejan de sangre los despojos.

CXXX.

Tú, Pórsena, á tu vez, por el proscrito
Tarquino instando, la ciudad bloqueas;
Y ya de libertad corren al grito
Espadas á blandir nietos de Enéas:
En el ceño el furor llevas escrito,
Y que amagas advierto, como veas
Que osó el puente hundir Cócles, y que libre
Clelia ya de prision, trasnada el Tibre.

CXXXI.

En lo alto del escudo está presente
Manlio, guardian de la Tarpeya roca,
Que en defensa del templo, el eminente
Capitolio ocupando, se coloca;
Y vese allí que de la Gala gente
Que á los umbrales en silencio toca,
Volando avisa con clamor sonoro
Argénteo ganso en pórticos de oro.

CXXXII.

Entre matas la hueste avanza artera,
Y ya de aquella deseada altura,
Ya casi entre las sombras se apodera,
Dádiva todo de la noche oscura:
Les luce de oro á par la cabellera,
De oro abunda la gaya vestidura.
Y el blanco cuello, que á la leche iguala,
Ciñe, de oro tambien, maciza gala;

CXXXIII.

Y llevando ante sí largos escudos,
Blande cada uno doble dardo alpino.
El de Salios danzantes, y desnudos
Lupercos, á este grupo está vecino:
Señálanse los ápices lanudos
Y el ancil sacro que del cielo vino;
Y matronas, que insignias venerandas
Honestas llevan en carrozas blandas.

CXXXIV.

El mundo de las penas, la alta boca
Del Tártaro tambien la arte divina
Grabó léjos de allí. Tú de una roca
Que amenazando está siempre rüina,
Apareces pendiente, y la ira loca
Temblando de las Furias, Catilina.
Más allá de los justos las mansiones,
A quien dicta Caton sábias lecciones.

CXXXV.

En medio á estas escenas, mar hinchado,
Un piélago de oro se dilata,
Que en vivo movimiento simulado
Copos de espuma albísimos desata:
En círculo nadando dilatado
Tersos delfines de luciente plata
Girando van, y con alzadas colas
Barrer parecen las hirvientes olas.

CXXXVI.

Cautiva en medio al ponto las miradas
De Accio el conflicto, el próximo remate
Incierto aún: en órden las armadas
Con férreas proas van; hierve Leucate:
Sus ítalas legiones arriscadas
Conduce Augusto César al combate;
Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado
Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.

CXXXVII.

Yérguese en la alta popa: fuego alienta
Radiante cada sien; su coronilla
La estrella Julia fúlgida sustenta.
Agripa, que sus tropas acaudilla,
Enhiesto en otra parte se presenta:
Dioses y vientos le cortejan: brilla
Sobre su frente la rostral corona
Que navales hazañas galardona.

CXXXVIII.

Allí Antonio á su vez bárbara hueste
Manda, con vario militar arreo:
Triunfante la region que la celeste
Aurora ilustra y piélago Eritreo
Ha dejado, y ejércitos del Este
Trae: al Egipcio acompañarle veo,
Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!)
Tambien le sigue forastera esposa.

CXXXIX.

Precipítanse á un tiempo las galeras
Hácia alta mar; y cúbrenla de espuma
Revolviéndola toda, las guerreras
Proras y remos con violencia suma.
Ver bogando las Cícladas creyeras
O montes que, éste á aquél, cayendo, abruma;
¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta
Un torreado buque á otro quebranta!

CXL.

Volante hierro y encendida estopa
Caen doquier: la atroz carnicería
En sangre el campo de Neptuno arropa.
Con el egipcio sistro desafía
Cleopatra; y, armados en su popa,
A Anúbis labrador, y á cuantas cria
Feas deidades su país, reserva
Contra Neptuno y Vénus y Minerva.

CXLI.

Ella mirar no ha osado todavía
Los dos zagueros áspides. En tanto
Arde Mavorte en medio á la porfía,
Tallado en hierro; y esparciendo espanto
Bajan tras él por la region vacía
Las Furias: corre con rasgado manto
Riendo la Discordia; y hiere al viento
Belona en pos con látigo sangriento.

CXLII.

Apolo Accio, que dudoso mira
El trance, desde lo alto el arco tiende;
A Indo y á Egipcio horror mortal inspira:
El Árabe, el Sabeo fuga emprende;
Todos vuelven espaldas á su ira.
Ni á más la Reina espavorida atiende:
Ya, ya jarcias afloja, da la vela,
Vientos convida, por el golfo vuela.

CXLIII.

Grabó á la triste el Dios ignipotente
Con el Yápiga huyendo, á quien invoca
Entre el estrago, pálida la frente
Al soplo de la muerte que la toca;
Y puso al caudaloso Nilo enfrente,
Que abriendo en su dolor séptupla boca,
A su seno cerúleo y honda cama
Con suelta ropa á los vencidos llama.

CXLIV.

Y luégo en triple triunfo á los romanos
Muros César avánzase opulento:
Máximos á los Dioses italianos
Santuarios fundar tres veces ciento
En Roma, ofrece, y sus alzadas manos
Expresan el eterno juramento.
Y plazas vense y calles en festivas
Danzas bullir y en jubilosos vivas.

CXLV.

Tiene aras cada templo, y centenares
Reune de matronas: sacrifica
Reses el sacerdote en los altares.
César, de Febo en la albicante y rica
Entrada, las ofrendas populares
Reconoce, á las puertas las aplica;
Y ante él desfilan las vencidas gentes
En veste, armas y lengua diferentes.

CXLVI.

Allí el Nómade, el Áfrico, á ligeros
Trajes usado; y Lélegas en fila
Vense, y Carios allí; diestros arqueros
Los Gelones; Eufrátes, más tranquila
Su corriente arrastrando; y los postreros
Morinos; y el que doble cuerno estila,
Reno undoso; y los Dahas renuentes,
Y Aráxes, no enseñado á sufrir puentes.

CXLVII.

Tales asuntos el sin par Vulcano
En el escudo figurado habia.
De su madre el obsequio soberano
Contempla el paladin, y se extasía
En sus primores; con anhelo vano
Enigma tanto descifrar porfía,
Y de futuros nietos y de Roma
Gloria y poder sobre sus hombros toma.