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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 324: VI.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LIBRO NONO.

I.

Miéntras Fortuna en el etrusco suelo
En tal manera los sucesos guia,
Hácia el osado Turno desde el cielo
Juno, hija de Saturno, á Íris envía.
En el bosque de un valle que el abuelo
Pilumno consagró, Turno yacia,
Y así empiézale á hablar puesta delante,
Con róseos labios la hija de Taumante:

II.

«Lo que deidad ninguna, por corona
A humano ruego, prometer osara,
Por sus pasos el tiempo te ocasiona,
Turno, y ansa de triunfos te depara:
Sus proyectados muros abandona,
Y flota y compañeros desampara
Enéas, y de Evandro palantino
Al poder y amistad tienta camino.

III.

»Y áun más: en las etruscas poblaciones
Penetra, incita la nacion tirrena,
Levas hace de rústicos peones.
Corta demoras tú: sazon es buena
Para armar carros, para uncir trotones;
¡Vé, y su campo turbado desordena!»
Dice, y huyendo con parejas alas,
Entre nubes de su arco abre las galas.

IV.

Conocióla el mancebo, tiende iguales
Las manos á la vírgen, y en su vuelo
Léjos la sigue con palabras tales:
«¡Íris, nuncia gentil, joya del cielo!
¿Quién así de los cercos siderales
Envuelta en nubes te redujo al suelo?
¿Qué imprevista estacion? ¿qué cambio es éste?
Aléjase la bóveda celeste,

V.

»Y en el éter erráticas estrellas
Contemplo. Ya el belísono mandato
Que con agüero de esplendores sellas,
Quienquier tú fueres, obediente acato.»
Dice, á las aguas se encamina, y de ellas
Toma en las palmas, y á los Dioses grato
Sus nombres invocando muchas veces,
Hinche la esfera de devotas preces.

VI.

Ya las armadas tropas á porfía
Marchando en los abiertos campos veo,
Ufanas con veloz caballería
Y ricas de oro y de vistoso arreo:
Mesapo las primeras haces guia;
Las últimas, los hijos de Tirreo:
En medio alto adalid Turno campea,
Y á todos corpulento señorea.

VII.

Así el Gánges en plácida creciente
En siete brazos silencioso fluye;
Y el Nilo, cuando á su álveo la corriente,
Con que inunda los campos, restituye,
Así avanza tambien calmosamente.
Ya la nube de polvo que circuye
Al ejército, han visto los Troyanos
Negra formarse en los tendidos llanos.

VIII.

Y de frontero alcor así el primero
Gritó Caíco: «¿Á quién horror y grima
No pondrá, ciudadanos, ese fiero
Tenebroso turbion que se aproxima?
¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero!
¡Y á los muros trepemos, que está encima
El enemigo!» Y con clamor ingente
Cierra las puertas la troyana gente.

IX.

Que Enéas, sabio capitan, el dia
Que partió, de apariencias lisonjeras
No fiarse jamás mandado habia,
Ni salidas hacer: que las trincheras
Guardasen, dijo, con tenaz porfía.
Sus puestos á ocupar corren ligeras
Las armadas legiones; y es en vano
Que ira en contra y pudor se den la mano;

X.

En vano, que encendida en ellos arda
La muchedumbre por lanzarse: cuida
De obedecer primero, y densa aguarda
Y firme en huecas torres la avenida.
Turno, en tanto, á su hueste en pasos tarda,
Adelántase audaz, suelta la brida,
Con veinte caballeros de alta cuenta,
E improviso ante el muro se presenta.

XI.

Sobre un corcel de Tracia lozanea
Que blancas manchas luce; cresta roja
Sobre el dorado morrïon ondea.
«¿Quién de vosotros, á mi ejemplo, enoja
Con fiero reto á los contrarios? ¡Ea!»
Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja,
Nuncio marcial, y el potro que sofrena
Con garbosa altivez lanza á la arena.

XII.

Síguenle en clamoroso movimiento...
Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira?
El Troyano, en inerte encogimiento,
No igual lid á empeñar armado aspira,
A cobijar su campo sólo atento.
Los muros registrando Turno gira
Furioso en su corcel, y abrir espera,
Por donde entradas no hay, de entrar manera.

XIII.

Cual, llena, asedia un lobo á una majada
En alta noche; y vientos y aguaceros
Arrostra, y por la cerca tienta entrada;
Balan bajo las madres los corderos;
Él ruje, y ya en su presa, áun no tocada,
Ceba sus apetitos carniceros;
Que el hambre acumulada le atormenta
Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:

XIV.

El Rútulo adalid, de igual manera,
Mirando los rëales y los muros
En ímpetu fogoso se exaspera,
Derrítele el dolor los huesos duros:
Penetrara en la plaza si pudiera;
Y piensa cómo á los que ve seguros
Encerrados Troyanos, fuéra llame
Y á igual lid en los campos los derrame.

XV.

Con surtas popas la troyana armada
En la orilla contigua á los reales,
Yacia de trincheras resguardada,
Con foso, en derredor, de aguas fluviales.
Abalánzase Turno á la estacada:
A los suyos, que llegan con triunfales
Aplausos, al incendio alienta, excita;
Él mismo un inflamado pino agita.

XVI.

De Turno en pos la juventud se arroja,
Que del jefe el ejemplo la espolea;
Los hogares intrépida despoja,
Y ármase cada cual de negra tea:
Con densas nubes sobre llama roja
Ya aquel, ya este tizon arde y humea;
Y al cielo remontándose Vulcano
Las pavesas esparce al aire vano.

XVII.

¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota
Apartó, dí, la vencedora llama?
La evidencia del hecho está remota,
Mas tradicion eterna lo proclama.
Cuando leños del Ida á mar ignota
Enéas iba á confiar, es fama
Que al poderoso Júpiter, su hijo,
La alma Diosa Cibéles así dijo:

XVIII.

«Sé propicio á mi ruego y mi querella,
Ya que el cetro me debes con la vida:
Tuve yo una floresta que descuella
Entre pinares, coronando el Ida;
Muchas ofrendas recibí yo en ella,
Largos años por mí favorecida:
Huecos sagrarios, con la sombra oscuros
De pinos resinosos y arces duros.

XIX.

»Yo he cedido estos árboles de grado
Al dardanio mancebo, de bajeles
Menesteroso. Hoy roedor cuidado
Me aflige: tú le ahuyenta; tú á Cibéles—
Filial premio á sus preces reservado—
Da que sus tablas nunca hundan crueles
Viento ni mar, señuelos ni embestidas;
¡Válgales en mis montes ser nacidas!»

XX.

«¿Qué pretendes,» responde, «madre mia?»
El que mueve los cercos siderales:
«¿Á naves, obra de un mortal, cabria
El fuero de las cosas inmortales?
¿Andar seguro por incierta via
El troyano adalid? ¿Caprichos tales
Habian de alterar leyes del Hado?
¿Tal poder á cuál Dios jamás fué dado?

XXI.

»Concedo, empero, por calmar tus penas,
Que al fin—cuando por líquidos caminos
Hayan á las itálicas arenas
Llegado, y en los campos laurentinos
Puesto á su capitan, de mal ajenas—
Su sér mortal las naves de tus pinos
Pierdan, y cada cual se trueque en Dea,
Cual Doto de Nereo ó Galatea,

XXII.

»Y esotras que, del mar húmedas Diosas,
Cortan con pecho de marfil liviano
Del piélago las capas espumosas.»
Por las riberas del Estigio hermano
Con torrentes de pez vortiginosas
Juró lo dicho el Númen soberano;
La frente inclina, y del Olimpo dueño,
El Olimpo estremece con su ceño.

XXIII.

Cumplido el plazo por las Parcas fuera,
Llegaba, en fin, el prometido dia:
De la flota á apartar la llama fiera
Turno á la Diosa en su feroz porfía
Constriñe. En esto iluminó la esfera
Nueva luz; nube inmensa Oriente envía,
Cruzar la ven el ámbito sereno
Y que coros del Ida hinchen su seno.

XXIV.

Y una voz resonó tremenda y clara
Que á Rútulos envuelve y á Troyanos:
«¡Teucros! á defender mi flota cara
Alados no acudais ni armeis las manos;
Cual si los mares á incendiar probara,
Saldrán de Turno los intentos vanos.
¡Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra—
Vuestra madre os lo manda—el ponto corra!»

XXV.

Y suéltase cada una en tal momento
Del cable que la tuvo prisionera;
Y de proa zabullen, y el asiento
Solicitan del piélago, á manera
De nadantes delfines; y ¡oh portento!
¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera
De bronce en su recinto ancladas proras,
Tantas vírgenes surgen bullidoras.

XXVI.

Los Rútulos temblaron: del espanto
Mesapo mismo poseer se deja
Que á sus caballos alborota; en tanto
Que, formando sus ondas ronca queja,
No á impelerlas se anima el Tibre santo,
Medroso, y de la mar la planta aleja.
Mas del audace Turno nada alcanza
A abatir la soberbia confianza.

XXVII.

Ántes enciende, y entusiasmo inspira
Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama,
«A los Troyanos solamente mira
Infausto. Si es que Júpiter los ama,
Hoy su auxilio á las claras les retira;
Ya sobra nuestro acero y nuestra llama,
¿En el mar qué les queda ni en la tierra?
Sendas de salvacion el mar les cierra:

XXVIII.

»Nada esperan allá, y en nuestras manos
Acá la tierra ven; que mil legiones
Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos
Esos presagios son y predicciones.
Que orgullosos ostentan los Troyanos;
¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones
Ya no surgieron? Con lo cual sobrado
A Vénus dióse y á la ley del Hado.

XXIX.

»Yo tambien tengo mi inmutable síno:
A una gente de esposas robadora
Destruir por la espalda es mi destino!
De los Atridas el dolor, yo ahora
Lo pruebo: ni á Micénas sola avino
Ser de justa venganza ejecutora!...
¿Qué capital castigo una vez basta?...
¿Mas si la ruina la maldad no gasta?

XXX.

»Esos golpes mortales de la Suerte
Leccion han sido que enseñar podia
Contra toda mujer odios de muerte!
¡Demente obstinacion! Ved cómo fia
En valla y foso, contra golpe fuerte
Breve retardo, la nacion que un dia,
Aunque obra de Neptuno mal seguros
Vió en llamas perecer sus altos muros!

XXXI.

»¿Quién ahora, elegidos compañeros,
De vosotros, vendrá á meter conmigo
El hacha en esos frágiles maderos?
¿Quién á invadir ese tremente abrigo?
No; ni armas de Vulcano, ni guerreros
Buques mil, contra mísero enemigo
He menester; y porque más se aneguen,
Que todos los Etruscos se les lleguen!

XXXII.

»Ni teman de nosotros, cual del Griego
Que robó el Paladion, cobarde, oscuro,
Cruel asalto, ni que al vientre ciego
De un caballo trepemos; no: les juro
Que en pleno sol y cara á cara, el fuego
En torno llevaremos de su muro;
¡Y así, que con los Dánaos no pelean
Que Héctor diez años entretuvo, vean!

XXXIII.

»Mas la parte mejor pasó del dia;
Y porque bien habeis entrado, el resto
Justo es dar al descanso y la alegría,
Y esperad nueva lid con nuevo arresto.»
Así habló Turno; y á Mesapo fia
El dar, enfrente á las salidas, puesto
A vigilantes tropas delanteras,
Y las murallas rodear de hogueras.

XXXIV.

Toca á catorce jefes escogidos
El cerco de la plaza; cien soldados
Atentos á cada uno dan oidos:
Y ya con roja pluma empenachados
Rondan, en oro espléndido ceñidos:
Remúdanse: en la hierba recostados
Encomiéndanse á Baco, y se solaza
Vaciando cada cual su henchida taza.

XXXV.

Hacen guardia, al fulgor de las hogueras,
Y jugando entretienen el desvelo.
Desde lo alto, á la vez, de sus trincheras
Mirando están el ocupado suelo
Los Troyanos; y puertas y barreras
Requieren, no sin tímido recelo;
Y las torres con puentes relacionan,
Y las ceñidas armas no abandonan.

XXXVI.

Mnesteo y el intrépido Seresto
Dirigen la defensa. Para cuando
Sobreviniese temporal funesto,
Enéas, al partir, á ambos el mando
Encomendó de aquella gente. Puesto
Cada cual, los peligros sorteando,
Con solícito afan á ocupar vuela,
Y hacen todos por turno centinela.

XXXVII.

Niso una puerta á la sazon guardaba,
Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero
Terrible, á quien el Ida, cuna brava,
Selvática mansion, por compañero
A Enéas envió, con llena aljaba
Y firme dardo cazador ligero:
Euríalo con él, gallardo mozo
A quien apénas apuntaba el bozo.

XXXVIII.

Más que Euríalo hermoso, armas troyanas
Mancebo no vistió; verle enamora:
Fueron en paz y en guerra almas hermanas
Los dos; comun deber los junta ahora.
«¡Euríalo! ¿algun Dios á las humanas
Mentes dará este afan que me devora?»
Niso dice: «¿ó su propio terco anhelo
Cada uno juzgará ser voz del Cielo?

XXXIX.

»A la lid, ó á algo grande, arduo, me instiga
Implacable hace rato el pensamiento.
¿Cuál confianza el Rútulo no abriga?
¿Ves? rara luz alumbra el campamento:
Los vence el vino, y ya el sopor los liga;
Ningun rumor se siente ó movimiento
En la vasta extension. Mi interna lucha
Contempla ahora, y lo que pienso escucha:

XL.

»Quieren todos, el Pueblo y el Senado,
Llamar á Enéas, y enviarle quienes
Hagan fiel relacion de nuestro estado.
Si me prometen lo que pida, y vienes
Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado
Si glorioso suceso honra mis sienes),
Iré; que al pié de aquel collado, creo,
Hay senda cierta al monte Palanteo.»

XLI.

Quedó atónito Euríalo con esta
Revelacion; y ya con sed de fama
El ánimo encendido, así contesta
Al noble amigo que en su ardor le inflama:
«Niso, tu ingenio á conquistar se arresta
Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama
No has de llevar? ¿Y yo sin compañía
Tanto riesgo arrostrar te dejaria?

XLII.

»¡No! á más nobles acciones fuí criado
Cuando, naciendo entre el marcial rüido
Y las desgracias de mi Patria, alzado
Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido
Varon, mi padre; y luégo acá, á tu lado,
A más altos objetos he venido,
Miéntras siga por áspero sendero
Al buen Rey mio hasta el confin postrero.

XLIII.

»Hay aquí un alma que la vida en nada
Aprecia ante la gloria. Con mi vida
Yo tu gloria daré por bien comprada.»
Niso á esto replicó: «Jamás temida
Fué por mi en pecho heroico accion menguada;
¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida
Haya de ser de mi intencion testigo,
A los brazos me vuelva del amigo!

XLIV.

»Mas atiende: si ya fortuna loca,
Desdichada ocasion, deidad esquiva
(Que á casos tantos mi ambicion se aboca,
Cual ves), en este lance me derriba;
De ambos, á tí sobrevivir te toca,
Que no á mí, por tus años: sobreviva
Quien mi cuerpo, del campo del combate
Traido, ó recobrado por rescate,

XLV.

»Mande á la tierra;—ú honras, y, vacía,
Me dedique una tumba, si es que fiera
Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería
Quien, causando fracaso igual, hiriera
El tierno pecho de una madre pia
Que, excepcion entre ancianas, va doquiera
Siguiéndote, garzon, en nuestras huestes,
Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»

XLVI.

«Vanas razones en tejer porfías,»
Interrumpe el intrépido mancebo:
«Abreviemos el paso; no en mis dias
Me apartarás de la intencion que llevo.»
Y diciendo, despierta á los vigías,
Que por órden acuden al relevo.
Sigue Euríalo á Niso; á andar empiezan,
Y al príncipe los pasos enderezan.

XLVII.

Por los campos los otros animales
Ya anegaban en sueño sus cuidados
Y la ingrata memoria de sus males.
Trataban á ese tiempo, congregados,
De la ardua situacion los principales
Caudillos y la flor de los soldados:
¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta?
¿Quién hácia Enéas moverá la planta?

XLVIII.

En pié están, en mitad del campamento,
Apoyado cada uno en luenga lanza,
Puesto al brazo el escudo. En tal momento
Llegaron, y agitados de esperanza,
Los dos piden audiencia: un pensamiento
Anuncian, que con creces la tardanza
Resarcirá que causen. Acogida
Les da Ascanio, y á Niso á hablar convida.

XLIX.

El cual les dice: «Sin injusto ceño,
Nobles jefes, oid nuestras razones;
Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño.
Yacen los enemigos escuadrones
Entorpecidos del licor y el sueño:
Campo á nuestras astutas intenciones
Propicio allí se ofrece, do la puerta
Que mira al mar, dos sendas abre incierta.

L.

»Negro vapor al cielo enviando, humea
Á largos trechos moribundo fuego.
Si permitiereis que ensayado sea
Por nuestras manos de fortuna el juego,
Y á la ciudad vayamos Palantea
A buscar nuestro jefe, luégo, luégo
Terrible con la sangre y los despojos
Le gozarán presente vuestros ojos.

LI.

»Y no temais que entre el silencio mudo
Andando de la noche, un extravío
Avenga: en estos sitios á menudo
Hemos cazado, y desde valle umbrío
Descubrir la ciudad la vista pudo,
Y explorado tenemos todo el rio.»
Calló Niso; y Alétes, noble viejo,
Sabio varon de magistral consejo,

LII.

«Númenes, cuyo brazo patrocina
A Troya!» exclama: «á fe que á los Troyanos
No preparais una total rüina
Cuando así en años suscitais tempranos
Ímpetus tales de virtud divina!»
Y á ambos ciñe los hombros, y las manos
Estréchales, y en llanto de alegría
El rostro humedeciendo, proseguia:

LIII.

«Premios á vuestros méritos iguales,
Mancebos, ¿dó hallaré que os galardonen?
Lo primero, los Dioses inmortales
Y las propias conciencias os coronen!
Apreciadores de servicios tales,
Segunda recompensa á fe que os donen,
Enéas hoy, y cuando llegue el dia
Ascanio, que olvidaros mal podria.»

LIV.

«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama;
«Por los Lares de Asáraco, y el fuego
De Vesta inextinguible, y cuantos ama
Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego
Volvais el padre al hijo que lo llama,
Que se cuenta sin él perdido y ciego:
Mis esperanzas y el destino mio
Yo en vuestros pechos sin reserva fio.

LV.

»Venga él, y en gozos trocará lamentos,
Y el hado amansará que nos maltrata.
Dos vasos de abultados ornamentos,
Que él ya ganó en Arisba, obra de plata,
Dos trípodes tambien, y dos talentos
Grandes de oro, os dará mi mano grata;
Ni añadir una antigua taza olvido
Que recibí de la sidonia Dido.

LVI.

»Que si el hado me otorga que conquiste
El itálico suelo, y se sortea
Espléndido botin, óyeme: ¿viste
El caballo en que Turno gallardea
Y las doradas armas que se viste?
Tuyo el caballo con las armas sea,
Exentos, Niso, del comun despojo;
Tuyo el escudo y el penacho rojo.

LVII.

»Que añadirá mi padre á dones tales
Doce hermosas esclavas, adivino;
Luégo, doce cautivos, con marciales
Arreos cada cual; y de Latino,
En fin, los predios rústicos reales.
En cuanto á tí, mancebo peregrino,
A quien mi edad sigue el alcance, lazos
Anudando de amor te doy mis brazos;

LVIII.

»Mi corazon te doy, y te recibo
Desde aquí por perpetuo compañero:
De hoy más, sin tí gozosas no concibo
Glorias, que dividir contigo quiero.
Ya el laurel me corone ó ya el olivo,
En todas ocasiones tú el primero
Amigo, á quien el alma nada esconde,
Mio serás!» Euríalo responde:

LIX.

«Nunca, nunca será que yo desdiga
De este animoso arranque; así la suerte
Amiga se presente... ¡ó enemiga!
Mas que ante todo premio pido, advierte:
Tengo una madre, de la estirpe antiga
De Príamo, á quien no razon tan fuerte,
Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada
Hubo que de seguirme la disuada.