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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 417: XCIX.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LX.

»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! no sabe
Cuántos riesgos el hijo desafía!
Por la noche y tu diestra, que no cabe
En mí á su llanto resistencia impía;
Venciérame. Consuelo tú süave
Sé, y arrimo, á la pobre madre mia!
Si en tí fincar esta esperanza puedo,
Iré al peligro con mayor denuedo.»

LXI.

Con lágrimas responden de ternura
Los Troyanos presentes. Renovado
El recuerdo del padre, Ascanio apura
Su afecto en él; y el rostro hermoseado
Con llanto, dice: «En esta ardua aventura,
Euríalo, no temas resultado
Que á tan glorioso acometer no cuadre;
Sí, tu madre tambien será mi madre.

LXII.

»Llamárase Creusa, y madre fuera
Mia del todo: en cambio es madre tuya,
No pequeño renombre. Comoquiera
Que esta empresa magnánima concluya.
(Júrolo por mi vida, á la manera
Que ántes mi padre), ó ya te restituya,
Ó no, próspera suerte, honra no escasa
Siempre daré á tu madre y á tu casa.»

LXIII.

Dice Ascanio llorando, y desanuda
Del hombro al punto una dorada espada,
No de su vaina de marfil desnuda,
De Licaon cretense obra extremada:
Una, de leon despojos, piel velluda
Mnesteo á Niso da: con él celada
Permuta Alétes. De metal cubiertos
Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.

LXIV.

Los siguen los caudillos principales
Hasta las puertas, jóvenes y ancianos
Con votos y plegarias. Bríos tales
Ascanio ostenta y pensamientos canos
No ya cual de su edad; y mil filiales
Mensajes encomienda: ¡intentos vanos!
Las fugaces palabras recogían
Vientos que á sordas nubes las confían.

LXV.

Salen, pues, y los fosos ya salvados,
Envueltos en la sombra, la carrera
Encaminan á campos malhadados
En que á muchos la muerte ántes espera:
Ven rendidos á trechos los soldados
Y los carros en alto en la ribera;
Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo
Mudo yace el ejército beodo.

LXVI.

Habló el hijo de Hírtaco primero:
«¡Euríalo! osar mucho importa ahora;
Propicia es la ocasion, y éste el sendero.
Tú, no se alce tal vez mano traidora
A hacernos por la espalda un desafuero,
Ten alerta la vista indagadora;
Que yo dando la tala en torno mio
Por ancha brecha conducirte fio.»

LXVII.

Dice, y hace silencio, y á Ramnete
Que en su alta tienda y cama entapizada
Daba roncos bufidos, arremete
Con brazo firme y con desnuda espada.
Rey á un tiempo y augur, á quien somete
El rey Turno sus dudas, fué; mas nada
Valieron artes al dormido mago
Contra el poder de un invisible amago.

LXVIII.

Á tres pajes que entre armas, mezcla ciega,
Yacen, y al escudero y al auriga
De Remo, al pié de sus caballos, llega
Y las flojas cabezas les desliga
A hierro; al amo, en pos, el cuello siega,
Y el tronco deja que abortando siga
Raudales: de cadáveres sembrada
En cálido cruor la tierra náda.

LXIX.

Y á Lamo oprime, á Lámiro, á Serrano,
Mozo éste de gentil fisonomía
Que hasta tarde despierto estuvo, en vano,
Con el mucho jugar; ya en fin dormia
Puesto en brazos de un sueño asaz temprano,
Con el mucho beber. ¡Feliz si al dia
Aguardase! si, hurtándose al sosiego,
Igualara la noche con el juego!

LXX.

Como leon que, en el furor agudo
De hambre voraz, entre el rebaño vaga
Tierno de carnes y en su espanto mudo,
Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga;
Brama su boca ensangrentada: crudo
Así Niso se ceba: irle á la zaga
Euríalo no quiere, y muertes hace
En la ignorada grey que en torno yace.

LXXI.

Él á Ábaris y á Fado asalto fiero
Y á Herbeso y Reto dió: Reto, que en vela
Todo viéndolo está; medroso empero
Tras una jarra enorme el bulto cela:
En su pecho, al erguirse, entra el acero
Que, sacado, mortal caso revela:
Vierte el triste la vida, y sangre y vino;
Y el nocturno agresor se abre camino.

LXXII.

Ya al cuartel de Mesapo va, do espira
Sin pábulo la lumbre: allí la hierba
Paciendo atados los bridones mira.
Niso en breves palabras (pues observa
Cuán léjos va llevándolos la ira
Que matando se enciende y exacerba)
Dijo: «La odiosa luz próxima advierto:
No más sangre; ancha senda hemos abierto.»

LXXIII.

Mucha arma allí, mucha maciza plata,
Mucho vaso y riquísimo tapete
Abandonan. Euríalo arrebata
Para sí de Mesapo el justo almete,
Que al viento plumas de color desata;
Despues que los galones de Ramnete
Y el cinto, que áureos clavos ornamentan,
Alzó: en vano sus hombros los sustentan!

LXXIV.

(De Cédico opulento éstas un dia
Galas fueron; el cual al tiburtino
Rémulo como prenda las envía
De alma hospitalidad y afecto fino:
En legado, al morir, éste las fia
Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino
A manos de los Rútulos la rica
Herencia, y al más fuerte se adjudica).

LXXV.

Salen ambos del campo, y ya por via
Segura echan á andar. En tal momento
Respuestas para Turno conducia
Parte de una legion: tres veces ciento
Jinetes son;—atras la infantería
A marchar se apercibe:—de Laurento
Salieron adelante, y á su frente
Va, con broquel cual los demas, Volcente.

LXXVI.

Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos
Bultos miran que á izquierda mano tienden.
El yelmo de Mesapo da destellos
Que entre el nocturno clarear ofenden
La vista á quien observe: huyes, mas ellos,
Desmemoriado Euríalo, te venden!
«No equívoca vision mi mente inflama,»
De en medio del tropel Volcente clama.

LXXVII.

Y «¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde
Ó á dónde os dirigís? ¿Á qué bandera
Adscritos militais?» Nadie responde:
Uno y otro á los bosques acelera
El paso, y á la noche, que le esconde,
Fiado huyendo va. Sin más espera
Cierran al bosque entradas y retretes
En alas desplegados los jinetes.

LXXVIII.

Selva de encinas negras y jarales
Tendíase ancha allí, de agrios abrojos
Ceñida, y de espesísimos breñales:
Rara trillada senda ven los ojos
En medio de sus calles naturales.
Euríalo, á quien pesan sus despojos,
Y los ramos asombran del recinto,
Piérdese en el confuso laberinto.

LXXIX.

Niso huye, huye impróvido, y ya fuera
Va del alcance de enemiga mano,
El campo atras dejando en su carrera
Que por Alba despues nombróse Albano:
(Campo del rey Latino entónces era,
Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano,
Cuando hubo de parar, buscó al ausente
Amigo, y dijo al fin con voz doliente:

LXXX.

«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado!
¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora?
¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado
Otra vez de la selva engañadora
Intríncase en el seno enmarañado;
Sus propias huellas afligido explora,
Y entre las matas ásperas camina
En que silencio funeral domina.

LXXXI.

Caballos siente, oye el tropel, escucha
De horda perseguidora el alto aullido;
Ni de tiempo medió distancia mucha
Cuando nuevo clamor hiere su oido,
Y á Euríalo distingue, que relucha
En vano, de contrarios sorprendido:
Turbóle senda ambigua y sombra ingrata;
Y fuerza superior ya le arrebata.

LXXXII.

¿Cómo será que al mísero liberte?
¿Con qué armas defender podrá al amigo?
¿Entre heridas buscando honrosa muerte,
Arrojaráse en medio al enemigo?
¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte,
Y á la Luna tomando por testigo,
Que alto su carro á la sazon regía,
En voz sumisa esta plegaria envía:

LXXXIII.

«¡Honor de los celestes luminares,
Custodia de los bosques, sacra Luna!
Si á Hírtaco, mi padre, en tus altares
Poner viste en mi nombre ofrenda alguna;
Si, cazador en selvas seculares,
Tu gloria acrecenté con mi fortuna
Tus bóvedas colgando de despojos,
Compasiva á mi afan vuelve los ojos!

LXXXIV.

»¡Oh! dame que ese grupo desordene,
Y á este dardo en el aire abre sendero!»
Orando así, con cuantas fuerzas tiene
Arroja el arma. En ímpetu ligero
El asta parte despedida, y viene,
Hendiendo sombras, á Sulmon frontero,
Y rómpese en su espalda, y la madera
Hecha astillas las vísceras lacera.

LXXXV.

Agobiado Sulmon rueda al instante,
Y con hondo estertor, trémulo, frio,
Las entrañas fatiga, agonizante,
Y de encendida sangre vierte un rio.
No hay quien no torne á ver, quien no se espante
Niso, entretanto, renovando el brío,
Puesto el brazo á la altura de la oreja,
A asestar otro tiro se apareja.

LXXXVI.

Temblando están del invisible amago
Todos, cuando otra vez dardo estridente
Llega, que ambas las sienes pasa á Tago
Y en su hendido cerebro híncase ardiente.
El causador no indaga del estrago
Llevado de la cólera Volcente,
Ni en quién le cumpla desfogarse mira;
Ciego salta, y bramando estalla en ira:

LXXXVII.

«Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea;
Y en tí de entrambos tomaré venganza!»
Así diciendo, el hierro ya menea
Desnudo, y sobre Euríalo se lanza.
Lleno, á par, de terror, Niso vocea;
Fuera, tambien, de sí, Niso se avanza:
Más tiempo oculto estar no lo tolera
El duro trance, ni él callar pudiera.

LXXXVIII.

«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice;
«¡Contra mi pecho encaminad la espada!
¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice
Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada.
Todo yo lo tracé, todo lo hice.
Por los astros lo juro y la morada
Celeste. Fué su culpa, demasiado
Á un sin ventura amigo haber amado.»

LXXXIX.

Miéntras en vano así Niso clamaba,
Ya la amenazadora punta llega,
Y al costado de Euríalo se clava
Y el tierno pecho le destroza ciega.
Cae el triste, y la vida se le acaba:
Roja sangre sus blancos miembros riega,
Y, doblándose lánguida, reposa
Sobre los hombros la cerviz hermosa.

XC.

Tál flor purpúrea á quien tronchó el arado
Desfallece á morir; tál la amapola
Sobre su débil vástago doblado
Inclina mustia la gentil corola
Que la lluvia agobió. Desesperado
Niso penetra el escuadron, y á sola
La persona, entre todos, de Volcente
Solicita su cólera impaciente.

XCI.

Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero,
Le resisten y estorban: él no cia,
Antes á todos lados el acero
Fulmíneo revolviendo ábrese via;
Hasta que al fin al Rútulo, que fiero
Gritando á la sazon la boca abria,
Por ella adentro le escondió la lanza:
Próximo así á morir tomó venganza;

XCII.

Y encima se desploma herido, inerme,
Del muerto amigo á quien unió su historia,
Y en paz allí su último sueño duerme.
¡Oh, felices los dos! si alguna gloria
Puedo yo de mis versos prometerme,
Siglos no eclipsarán vuestra memoria
Miéntras sustente inmoble el Capitolio
El prez de Enéas y de Jove el solio!

XCIII.

Vencedores los Rútulos en tanto
Recogido el botin, al campamento
Exánime á Volcente van con llanto
Conduciendo. Menor no es el lamento
Que en los reales cunde, y el espanto,
Cuando á Ramnete ven sin movimiento,
Y tanto noble jefe á quien abruma
Comun calamidad: Serrano, Numa...

XCIV.

Cerca á los que ó difuntos ó mortales
Están, acude multitud ingente:
Ven de espumosa sangre los raudales
Y tibio aún de mortandad reciente
El campo. Reconocen los marciales
Despojos: de Mesapo allí el luciente
Casco; allí el cinto, recobrado á un muerto,
El rico cinto, de sudor cubierto.

XCV.

El áureo lecho de Titon la Aurora
Tímida deja, entre celajes raya,
Y ya su lumbre que horizontes dora
Secretos descubriendo, el sol explaya
Por el mundo. Con voz animadora
Turno, no sin que él mismo armado vaya,
Cual suele, de los piés á la cabeza,
Al arma á todos á llamar empieza.

XCVI.

Á su voz cada jefe sus legiones
Ferradas, en batalla ordena: ceban
La rabia vomitando maldiciones;
¿Qué más? en astas que en el aire elevan,
De los dos degollados campeones
Los rostros clavan, y, á doquier los muevan,
¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo!
Síguelos de la plebe el clamoreo.

XCVII.

De sus muros, en tanto, á la siniestra
Los sufridos Troyanos aparecen;
Protegidos del rio, á mano diestra,
Sus anchas fosas á la par guarnecen.
¡Ah! de sus altas torres pasan muestra
Al campo, ¡y cuán de véras se entristecen
Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos
Horribles con la sangre y blanco á insultos!

XCVIII.

Alada en la ciudad la fama rueda,
Y á la madre de Euríalo al oido
Tristes cosas murmura. Ella se queda
Pálida, sin calor y sin sentido:
Va la aguja á los piés, se desenreda
Cayendo de las manos el tejido.
Mesando luégo la melena blanca
Altos gemidos de su pecho arranca;

XCIX.

Y al muro, á la falange delantera
Frenética ella corre, ella no cuida
Que entre armas y varones acelera
El paso, ni el peligro la intimida;
Y de quejas despues hinche la esfera:
«¡Que así te miro, ay hijo de mi vida!
Tú, arrimo á mi vejez mísera y triste,
¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?

C.

»Pues riesgos ibas á correr tan graves,
¿Cómo no me avisaste la ardua empresa,
Ni oí palabras de tu amor süaves?
¡No que hora en tierra ignota yaces, presa
A los latinos perros y á las aves!
Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa;
Que recoger no pude tus despojos,
Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.

CI.

»Ni la ropa vestirte que de dia
Yo y de noche labraba, mis pesares
Consolando en la edad caduca mia.
¡Ay! ¿á dónde seguirte? ¿en qué lugares
Tu destrozado cuerpo quedaria?
¿Y para esto por tierras y por mares
Anduve acompañándote? ¿y es esta
Vision cruel cuanto de tí me resta?

CII.

»¡Rútulos! si teneis piedad alguna,
Todos aquí asestad; yo la primera
Caiga; ¡matadme!... Ó tú de mi fortuna
Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera,
Hiérame un rayo tuyo: esta importuna
Memoria acabe: el Tártaro me espera;
Precipítame allá, pues de otra suerte
No es dado á esta infeliz que halle la muerte!»

CIII.

Lloran todos con ella; y ya al deseo
De combatir, con el comun quebranto
Las fuerzas van faltando. Actor é Ideo
A la triste, que enciende duelo tanto,
Acuden, por mandato de Ilioneo,
Y de Yulo, que vierte largo llanto;
Sustentándola en brazos se encaminan
A su hogar, y en el lecho la reclinan.

CIV.

Óyese del clarin el són agudo;
El canoro metal de alarma llena
Los campos, y ya el aire, en ántes mudo,
Con los ecos terríficos resuena.
Formada ya la militar testudo
De Volscos el ejército se ordena,
Y á cubrir apercíbese en batalla
El ancho foso y á arrancar la valla.

CV.

Buscan unos entrada, y por escalas
Á trepar se dirigen á la parte
Do las haces parece estar más ralas
Que coronan el muro y baluarte.
Se arman los Teucros á su vez; tan malas
Armas no habrá que no utilice el arte,
En que ya los formó la patria tierra,
De guardar plaza fuerte en larga guerra.

CVI.

Picas vibran, y áun vuelcan ya pedrones
Cuyo peso del Rútulo consiga
Romper los defendidos batallones.
¿Y qué? ¿será que conllevando él siga
Tan rudos golpes sin sufrir lesiones
Bajo la densa concha que lo abriga?
No; ni el número basta. ¿Veis do ileso
Marchando viene el peloton más grueso?

CVII.

Pues ya á esa parte misma risco horrendo
Los Troyanos arriman, ruedan: postra
Anchamente á los Rútulos cayendo
Y desbarata su ferrada costra.
La muchedumbre audaz, retrocediendo,
Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra,
Y á los sitiados á ofender aspira
Sólo con flechas que de léjos tira.

CVIII.

Ostentando á su vez Mezencio insano
Su catadura amenazante y fea,
Viene por otra parte, y en su mano
Etrusco pino tenebroso humea.
Mesapo, prole de Neptuno, ufano
Porque indómitos potros señorea,
El vallado tambien romper decide
Y escalas ya para los muros pide.

CIX.

¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales!
¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra
Estragos ese campo funerales,
Decid; á quiénes Turno echó por tierra,
Y otros á otros tambien, cuáles á cuáles;
Desenrollad el libro de la guerra,
Y mi vista contemple aquellos hombres:
¡Vosotros los sabeis, decid sus nombres!

CX.

Con arduos puentes á asombrosa altura,
En oportuno sitio al aire vano
Erguíase una torre. Se conjura
A embestirla el ejército italiano
Con extremado alarde de bravura.
En agolpados grupos el Troyano
Defiéndela con piedras, y á porfía
Por troneras abajo armas envía:

CXI.

Turno osado, primero en los primeros,
Tira una hacha encendida, que se pega
A un lado de la torre: á los maderos,
Acrecentada por el viento, llega
La llama devorante. Los guerreros
Que adentro ven el gran peligro, en ciega
Confusion á salvar corren la vida,
Buscando en vano y de tropel salida.

CXII.

Y en tanto que se agolpan, en su anhelo,
Á un punto ajeno al fuego, se derrumba
Súbito por su peso el fuerte: el cielo
Con fragoroso estrépito retumba:
Y vienen, medio exánimes, al suelo,
No sin que la alta mole en pos sucumba,
Transfijos por sus armas los soldados
Y de duras astillas lastimados.

CXIII.

Á todos el tremendo golpe acaba,
Salvo á Helénor y á Lico. En años era
Tierno aquél: en secreto, de la esclava
Licimnia al rey Meonio le naciera;
A la guerra de Troya, aunque le estaba
Vedada, ella envióle. De ligera
Armado, iba inglorioso, con desnudo
Acero, y sin divisa el limpio escudo.

CXIV.

El cual mirando acá, y allá, y doquiera,
Mil haces que le estorban la salida,
Determina morir. Como la fiera
Que de perseguidores circuida
En densa red, contra la opuesta hilera
Se embravece en furiosa arremetida,
Y de un salto sin miedo ni esperanza,
Por cima de los dardos se abalanza;

CXV.

Así Helénor se arroja, y donde advierte
Más densa la erizada tropa, fiero
Entrando por allí corre á la muerte.
Lico miéntras, más que él de piés ligero,
A una fuga veloz fia su suerte
Entre tanto enemigo hórrido acero;
Trepa al muro, cubierto de Troyanos,
Y alto asidero busca, amigas manos.

CXVI.

Á la carrera Turno y con la lanza
Habiéndole seguido, ya cercano
Le mira, ya sobre él victoria alcanza.
«¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano
Concebiste, demente, la esperanza?»
Dice, y cogiendo al que trepaba en vano,
No sin parte del muro á que se aferra
A sí le trae y le derriba en tierra.

CXVII.

Con uñas corvas por el vago viento
Á blanco cisne, así, ó á liebrezuela,
La armígera de Jove al firmamento
Arrebata feroz, y encima vuela;
Y al corderillo así, que anduvo á tiento,
Por quien la baladora madre anhela,
Roba el fiero animal que sirve á Marte.
Ya clama el sitiador por toda parte;

CXVIII.

Corre y los fosos terraplena, y pega
Antorchas á los muros, con desprecio
Del peligro de muerte á que se entrega.
A las puertas terrífico Lucecio
Llamas vibrando amenazante llega.
Venir le mira, y un peñasco recio,
Como roca de monte desprendida,
Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.

CXIX.

Ligro en Ematio, Asila en Corineo
(Hábil uno en lanzar venablo fuerte,
Otro, falaz saeta) atroz deseo
Sacian. Ceneo á Ortigio da la muerte;
Turno derriba al vencedor Ceneo,
Y á Itis, á Dioxipo deja inerte,
Y á Prómolo, y á Clonio, y á Sagares,
Y á Ida, que guardaba altos lugares.