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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 469: CLI.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

CXX.

A Priverno quitó Capis la vida.
Habíale primero rasguñado
Temílas con su lanza. Él, que á la herida
Fué la mano á llevar, desacordado
Tira el escudo. En alas conducida
Vino una flecha, y al izquierdo lado
Clava su mano, entra, la entraña hiere
Que aire recibe y da, y el triste muere.

CXXI.

Arcencio, el de figura señalada,
Allí, de ibera púrpura luciente,
Su rico arnes y clámide bordada
Mostraba. (Le envió su padre Arcente
De la selva á la madre consagrada,
Do le criara, á par de la corriente
Del Simeto, que ve en ofrendas rico
El altar propiciable de Palico.)

CXXII.

Así como tan bellas galas mira,
Dardos suelta Mezencio, honda estridente
Toma, y tres veces la sacude y gira
En torno á su cabeza, y al de Arcente
Encaminando la amenaza, tira
Eala, forjada ya de plomo ardiente,
Y ambas sienes le pasa, y de la almena
Le hace caer á la tendida arena.

CXXIII.

Entónces dicen que por vez primera
Arco y flechas el príncipe troyano,
Temidas ya de fugitiva fiera,
Usó en guerra homicida; y por su mano
Mató á un fuerte guerrero, de quien era
Rémulo sobrenombre al de Numano,
Y por mujer, de Turno, poco hacía,
A la hermana menor tomado habia.

CXXIV.

El cual amenazando horrenda tala
Va delantero, y del reciente enlace
Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala;
Y clama audaz cuanto decir le place:
«¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala!
¿Tercer asedio enrojecer no os hace?
¿Y pensais que os serán reparo fuerte
Frágiles tablas contra instante muerte?

CXXV.

»¡Y tal linaje en actitud guerrera
Nuestras esposas pide, ó nuestras vidas!
¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera
Demencia á Italia? Aquí no hallais Atridas
Ni enlabiador Ulíses os espera;
Antes lo habreis con gentes aguerridas
Que su prole, al nacer, al rio llevan,
Y de agua y hielo en el rigor la prueban.

CXXVI.

»Juventud es la nuestra que se emplea,
Fatigando los montes, en la caza;
Que en manejar el arco se recrea,
Que en domeñar caballos se solaza.
No hay duro empeño á que inferior se vea:
Sobria, sufrida, inquebrantable raza,
Ó con rastro tenaz doma la tierra
Ó bate muros en abierta guerra.

CXXVII.

»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza:
Si movemos la tierra, al buey tardío
Con el cuento aguijamos de la lanza:
Ni gustos muda ni el nativo brío
Edad provecta á quebrantar alcanza;
Yelmos dan á las canas atavío:
Mozo y viejo á la par conquistas hacen,
Y en vivir de despojos se complacen.

CXXVIII.

»Vosotros, los de ropas en que arde
Con el zafran el múrice de Oriente,
Teneis por dentro un corazon cobarde:
Es vuestra ocupacion ocio indolente,
Voluptuosa danza es vuestro alarde:
Con el frigio tocado ornais la frente,
De cintas rodeándola y de lazos,
Y en blandos pliegues enredais los brazos.

CXXIX.

»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida
Alta el Díndimo os abre: á sus parciales
La flauta berecintia allá convida
Con la usual melodía; ¿y los timbales
No ois de la Deidad que reina en Ida?
Id al báquico estruendo, y las marciales
Luchas dejad á varoniles pechos;
A llevar armas no alegueis derechos!»

CXXX.

Á vueltas de sus fieros y blasones
No en calma Ascanio á tolerar se avino
Del jayan los dicterios y baldones:
Tiende el arco y atrae el nervio equino,
Los brazos en contrarias direcciones
Esforzando; mas, ántes que camino
Dé su mano á la flecha voladora,
Los ojos alza y reverente ora.

CXXXI.

«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares
Y premies con el éxito que imploro
Mi empeño audaz; y ofrezco á tus altares
En sacrificio un jóven y albo toro
Que ya á las astas de su madre, pares
Yerga las suyas, retocadas de oro,
Que muestre corneando su ardimiento
Y polvo con los piés esparza al viento!»

CXXXII.

Oyóle el Padre complacido, y truena
Á izquierda mano, despejado el cielo.
Descargándose al punto el arco suena,
Y disparado el homicida telo
De la cuerda tirante se enajena,
El aire rasga en estridente vuelo,
Llega, y traspasa con el hierro insano
Las sienes cavernosas á Numano.

CXXXIII.

«¡Anda, soberbio, y al valor regala
Con burlas que el castigo desafían!
Los pobres Frigios, los de suerte mala,
Esta respuesta á tu arrogancia envían.»
Conciso Ascanio así su furia exhala.
Los Teucros, que admirados le veían,
En aplauso triunfal su nombre elevan
Y al cielo la esperanza en alas llevan.

CXXXIV.

Desde un punto sereno de la esfera
En una nube, sobre el aura pura,
Apolo, el de la hermosa cabellera,
Miraba en ese instante por ventura
El fiero asalto y la defensa fiera,
Y á Yulo vencedor así conjura:
«¡Bien hayas, jóven de inmortal destino!,
¡Sigue! ¡ése es de los astros el camino!

CXXXV.

»¡Bien hayas, nieto ya, y futuro abuelo
De Dioses! Cuanta guerra el hombre enciende,
Trocarse en paz verá dichoso el suelo
Reinando tu familia. A tí no extiende
Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo,
Rasgando el aire vibrador, desciende
A Ascanio, y de sus formas se desnuda,
Y el rostro en el del viejo Bútes muda.

CXXXVI.

El cual del noble Anquíses escudero
Y su fiel guardapuertas fuera un dia;
Tiempos despues lo dió por compañero
A Ascanio Enéas, y por útil guia.
En la blanca cabeza y ceño austero
Apolo, andando, á Bútes contrahacia,
Y en la voz y el color y la apostura,
Y en el bronco sonar de la armadura.

CXXXVII.

Y á Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas!
¡Basta!» dícele el Dios, «basta á tu gloria
Que así á Numano castigado veas
Bajo tu brazo. Esta primer victoria
Apolo te concede, y, que le seas
Émulo ya en el arma venatoria,
No mira, no, con voluntad aviesa.
Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa.»

CXXXVIII.

Trunco el discurso, y la mortal figura
Deponiendo, á los ojos se evapora
El Dios, raudo cruzando el aura pura.
Descubrióse en la fuga voladora:
Leve han visto los jefes su armadura,
Y áun su aljaba alejarse oyen sonora;—
Y obedécenle ya: de la pelea
Apartan al garzon, que la desea;

CXXXIX.

Y al peligro otra vez sus corazones
Presentan. Por los muros va en aumento
El bélico clamor. Fuertes varones
Tienden el arco, ó del revuelto amiento
Tiran sus jabalinas y lanzones.
Todo de armas se cubre el campamento.
Huecos yelmos doquier suenan y escudo:
Con choques leves y con golpes rudos.

CXL.

Arrecia por momentos la batalla.
Naciendo las Cabrillas, de Occidente
Así tambien azotadora estalla
La lluvia; con granizo así estridente
Fiero turbion el piélago avasalla
Cuando el Eter, con austros inminente,
Empuja acuosa tempestad, y el trueno
A las cóncavas nubes rompe el seno.

CXLI.

Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida
Hijos, criados por la agreste Hiera
En la selva de Jove (en tal guarida
Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera
Que á aquellos mozos superior se mida),
La puerta que á guardar el Rey les diera
Abren; y en su gran fuerza ambos seguros,
Retan al enemigo á entrar los muros.

CXLII.

Á un lado y á otro armados aparecen
Adentro, á fuer de torres, con cimera
En que altivos plumajes resplandecen.
Tal orillas del Po, ó á la ribera
Del Atesis ameno, iguales crecen
Dos encinas de intonsa cabellera,
Y, el pié afirmando en el bañado suelo,
Mueven la vana cresta allá en el cielo.

CXLIII.

Los Rútulos, la entrada al ver patente,
Se lanzan. Cada cual con su cohorte,
Sin más tardar avanzan ya: Quercente,
Y Aquícolo, en las armas y en el porte
Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente,
Y Hemon, alumno del feroz Mavorte:
Estréllanse en su arrojo, y los primeros
Dejan en el umbral vidas y aceros.

CXLIV.

Y, siguiendo á sus jefes los soldados,
Ya espaldas vuelven los que atras venían;
Mas cobra la ira hostil mayores grados,
Y otra vez atacar tal vez porfían.
Por su parte los Teucros, agolpados
Hácia aquel punto, más y más confían;
Y salen, y alejados de la puerta,
Persiguen al contrario en liza abierta.

CXLV.

El rey Turno que, en otra parte, insano
El espanto y la muerte á muchos lleva,
Oye que encarnizándose el Troyano
A abrir sus puertas orgulloso prueba;
Del asalto emprendido alzando mano,
Con ira que sus ímpetus renueva
Acude, acorre á la patente entrada
Por gemelos gigantes custodiada.

CXLVI.

Y á Antífate ante todos, que gallardo
Ante todos tambien la planta mueve
(Del alto Sarpedon hijo bastardo
Que le nació de una mujer de Tebe),
De itálico cerezo arroja un dardo
Que en su garganta, hendiendo el aura leve,
Va á hundirse: ancha la herida brota un rio,
Y arde, hincado al pulmon, el hierro impío.

CXLVII.

A Afidno luégo, á Mérope, á Erimante
Rinde, y á Bícias, que amenazas pára
Rugiente, con mirada centellante;
Contra venablos el arnes le ampara.
Ni azagaya lanzó Turno al gigante;
Con zumbadoras cuerdas le dispara
Falárica mortal cual rayo fiero:
A su empuje el taurino doble cuero,

CXLVIII.

Y áun con dobles escamas de oro fino
La fiel loriga resistir no pudo:
Desmayado el gran cuerpo al suelo vino,
Tembló la tierra y retumbó el escudo.
Con golpe así y estruendo repentino
Yerto pilar que giganteo y mudo
En ántes dominara el mar de Bayas,
Cae tal vez en las soberbias playas,

CXLIX.

Y rueda así con ímpetu y rüina
Y en el fondo del piélago se ensena:
Toda se turba la extension marina
Al impulso, y resurte negra arena;
Y estremécese Prócida vecina
Desde su asiento, y con espanto truena;
Truena el áspero lecho de Inarime,
Donde á Tifeo Júpiter oprime.

CL.

Entónces Marte armipotente asiste
Y enérgicos estímulos añade
A los Latinos, y de ardor los viste
(A los Troyanos á la vez invade
Con Pavor tenebroso y Fuga triste);
Y ya, porque en sus almas se persuade
El Dios guerrero y á la lid los guia,
Invasores acuden á porfía.

CLI.

Como, postrado el cuerpo y la faz muerta,
Al hermano infeliz Pándaro mira
Y el mal suceso ve, cierra la puerta;
Ella al empuje vigoroso gira:
Con sus hombros anchísimos cubierta
Él la tiene por dentro, y en su ira
A muchos de su gente allende el muro
Mezclados deja en el combate duro.

CLII.

Á otros, empero, de tropel, consigo
Adentro recibió. ¡Ciego y demente!
Que no ha echado de ver cómo al abrigo
De aquella confusion, entre la gente
El jefe del ejército enemigo
Siguiendo impetüoso la corriente
Penetra, como tigre despiadado
En medio de pacífico ganado.

CLIII.

Entran, pues. Mas de súbito á sus ojos
Brilla extraña vision: altos se mecen
Sobre yelmo gentil crestones rojos;
Crujen hórridas armas que estremecen,
Y luz fiero broquel vibra á manojos...
Al punto aquel semblante que aborrecen,
Y aquel brazo feroz que temen tanto,
Los Teucros reconocen con espanto.

CLIV.

Pándaro, en el furor á que la muerte
De su mísero hermano le arrebata,
Alzase entónces corpulento y fuerte,
Y «El palacio dotal no ves de Amata,»
Exclama, «ni Árdea es ésta que á tenerte
Abre el recinto de sus muros, grata
A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado
En campo hostil, y ya salir no es dado!»

CLV.

Y Turno, con sonrisa de bonanza:
«Mide, pues, esa diestra con la mia,
Y á Príamo dirás que en mi pujanza
Otro Aquíles topó tu cortesía!»
Con nudos y corteza áspera lanza
Pándaro desembraza; la desvía
Juno en su vuelo: á herir el hierro acierta
Los aires sólo, y se clavó en la puerta.

CLVI.

«No será cual la tuya inobediente
Arma de esta mi diestra manejada,
Ni ella sus golpes eludir consiente,»
Dice Turno; y se empina, alta la espada.
Y en la mitad descarga de la frente
A Pándaro tan recia cuchillada,
Que no paró sin que con ancha herida
Las impubes quijadas le divida.

CLVII.

Cae el jayan; y el suelo en són profundo
Treme, no acostumbrado á golpes tales.
Con sangre y sesos el arnes inmundo
Tiende en tierra, y á par descomunales
Sus miembros, el coloso moribundo;
A hierro en partes dividida iguales
Cuélgale la cabeza á entrambos lados;
Y cuantos miran esto huyen turbados.

CLVIII.

Si al vencedor al punto se ocurriera
A sus parciales franquear la entrada
Rompiendo con su mano la barrera.
Fuera aquella ocasion postrer jornada
A la emprendida lid, y luz postrera
A la raza de Príamo cuitada;—
Mas de sangre la sed, que sangre huele,
De los que huyen en pos loco le impele.

CLIX.

Y á Fáleris, y á Gíges, un jarrete
Habiéndole en la fuga herido, alcanza:
Con picas de éstos á otros acomete;
Juno el fuego le da de su venganza.
Clavó á Fégeo en su escudo, y arremete
Tras de Hális, y hácia aquellos ya se lanza
Que están desde los muros braveando:
Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...

CLX.

¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca
Linceo, empero, entre ellos avisado,
Y contra él, aunque tarde, los convoca:
Turno se le adelanta, en un vallado
Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca
De un tajo, con el yelmo destroncado
La segada cabeza. Y luégo á Amico
Postra, en despojos de la selva rico,

CLXI.

Cazador que cual nadie el arte y dolo
De enherbolar saetas conocia.
Mató despues á Clicio, hijo de Eolo;
Y á Creteo, á quien fué la compañía
Fiel de las Musas su deleite solo,
Su ejercicio el laud, la poesía
Su amor. Carros marciales, lides bravas
Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.

CLXII.

Oyen los jefes que el peligro llama:
Mnesteo y el intrépido Seresto
Allá acuden, y al ver que se derrama
Medrosa turba ante invasor enhiesto
Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama:
«¿A dó huis, insensatos? Más repuesto
¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro?
¿Ó qué muro buscais allende el muro?

CLXIII.

»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos
Áun en medio de vallas y de aceros?
¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos,
Correrá haciendo impune estragos fieros?
¿Y para el Orco segarán sus manos
La flor de nuestros jóvenes guerreros?
¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen,
Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»

CLXIV.

Encorajados con palabras tales
Rehácense, y en densa infantería
Avanzan ya. Con armas desiguales
Pausadamente del combate cia
Turno, y hácia la parte en que fluviales
Ondas besan el muro, se desvía,
Miéntras con nuevo ardor y altos clamores
Auméntanse sobre él los ofensores.

CLXV.

Cual leon de monteros acosado,
Que los venablos contrapuestos mira
Receloso, y á paso retrogrado
Con miradas sañudas se retira:
El valor en su raza vinculado
Huir no le permite, ni la ira;
Mas por medio de la áspera barrera
Romper no puede, aunque romper quisiera;

CLXVI.

Así Turno tambien dudoso y lento
Retrocediendo va; mas no desmaya,
Y arde en vivo furor su pensamiento.
Embestir una vez y áun otra ensaya,
Y una vez y otra su ímpetu violento
Pone á muchos en fuga, á otros á raya;
Pero al fin en su daño se congregan
Cuantos hay en el campo y juntos llegan.

CLXVII.

Ni ya la hija de Saturno osa
Confortar al ahijado en su porfía
Con nuevo aliento; que á Íris vaporosa
Júpiter mismo desde el cielo envía,
Y, encaminados á su régia esposa,
Mensajes no süaves le confía,
Que abandonar á Turno ordenan, caso
Que de los muros él no arredre el paso.

CLXVIII.

Nada el mancebo, pues, con el escudo,
Nada ya con la armada diestra puede;
¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo!
Hace que en torno de sus sienes ruede
Ruido asordante, el incesante, agudo
Repiquete del yelmo: ábrese, y cede
La armadura de bronce á las pedradas;
Las rojas plumas vuelan arrancadas.

CLXIX.

Contra nube de dardos enemiga
¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda
A Turno ya la multitud; le hostiga
Mnesteo con su lanza furibunda:
Mana el sudor copioso en su fatiga;
Raudal como de pez su cuerpo inunda:
Fáltale aire vital; convulso aliento
Al moribundo pecho da tormento.

CLXX.

¡Ved! con todas sus armas de repente,
Como último arranque de su brío,
Arrójase á las aguas. Blandamente
En su rojo regazo el sacro rio
Recíbele, y sumido en su corriente,
Sangre, polvo y sudor le lava pio,
Y devuélvele en ondas sosegadas
Hermoso de su gente á las miradas.