WeRead Powered by ReaderPub
Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 508: XIX.
Open in WeRead

About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LIBRO DÉCIMO.

I.

El palacio de Olimpo omnipotente
Se abre entretanto. El Padre de inmortales
Y Rey supremo de la humana gente
A concilio en las salas siderales
Convoca. Él desde allá ve el continente,
Y las huestes del Lacio, y los reales
Troyanos. Altos Númenes asoman,
Y en el ámplio conclave sillas toman.

II.

«¡Celícolas ilustres!» Jove empieza;
«¿Por qué mudais de acuerdo? ¿Por qué insanos
Os dais á pelear con tal crueza?
Yo vedara que Italia á los Troyanos
Resistiese; ¿en qué cóleras tropieza
Mi voluntad? ¿Por qué terrores vanos
Acá el uno, allá el otro á lid se lanza
Y va el hierro á empuñar de la venganza?

III.

»Ya la hora sonará de las batallas
(No el tiempo acelereis), cuando Cartago
Rompa el Alpe, y de Roma á las murallas
Descargue por la brecha horrendo estrago.
Podreis entónces desbordar sin vallas
Hasta rapaces triunfos vuestro amago:
Hora enfrenadle, y con semblante amigo
Benditas paces afianzad conmigo.»

IV.

Conciso Jove habló. Ménos somera
Fué la espléndida Vénus, que en su duelo
Vuelta al Padre razona en tal manera:
«¡Rey y eterno Señor de tierra y cielo,
Divina Majestad! ¿ni en quién pudiera,
Sino en tí, mi dolor hallar consuelo?
Los Rútulos me insultan: ¡mira, mira
Cómo entre ellos soberbio Turno gira!

V.

»Ya con propicio Marte hinchado llega
Al cerco; audaz le invade: mal seguros
Traban los Teucros áspera refriega
Puertas adentro y en sus propios muros;
Su misma sangre ya los fosos ciega.
Enéas, ¡ay! sus míseros apuros
Ausente ignora. ¿Y contra el duro asedio
Nunca tú, nunca ya darás remedio?

VI.

»Renace Troya, mas con ella nace
Otro ejército hostil como el aqueo;
Ni se alza en pié, sin que, saliendo audace
De Arpos etolia, el hijo de Tideo
Otra vez á sus muros amenace.
No han de cerrarse ya mis llagas, creo;
Armas que á esta hija tuya ántes hirieran,
Mortales armas, hoy tambien me esperan!

VII.

»Si á hurto ya de tí, ó á tu despecho,
Fueron á Italia los Troyanos, lleven
La justa pena del culpado fecho;
¡No tus furores, tu justicia prueben!
Mas si camino solamente han hecho
A do Dioses y Manes á ir los mueven
Una vez y otra vez, ¿quién tus mandados
Torcer intenta y reformar los hados?

VIII.

»¿Quién? ¿Ya no has visto en sicilianos mares
Nuestras naves arder?... ¿No desencierra
Éolo sus alados auxiliares?...
¿Íris no baja con mision de guerra?...
Y hoy, porque áun parte tomen los hogares
Independientes de Pluton, á tierra
Sale Alecto, de allá abortada, y cruza
A Italia, y cual bacante iras azuza!...

IX.

»Del prometido imperio nada alego;
¡Pude esperarle en hora más dichosa!...
¡Venza hoy quien quieras! Mas si en su odio ciego
Á mis Teucros negar juró tu esposa
Todo terreno hospicio, esto te ruego
Por Troya hundida y su reliquia humosa.
¡Sálvese Ascanio del feral combate;
Al nieto, ¡oh Padre! tu favor rescate!

X.

»Torne Enéas al mar, y rumbos déle
Voltaria Suerte en ondas ignoradas.
Mas este niño... verle me conduele;
Yo le quiero librar de las espadas:
Yo á Citera ó á Páfos llevaréle,
O á Idalia y sus pacíficas moradas,
Donde robado al militar rüido
Consuma el tiempo en inglorioso olvido.

XI.

»Y reinen, si te place, hijas de Tiro;
Cartago á Ausonia oprima en férreo mando;
Y de este infante y su feliz retiro
Nada teman... ¡Mas oh remate infando!
¿A los Teucros para eso en largo giro,
El hierro y fuego asolador burlando,
Que venciesen dejaste mil azares
Por tantas tierras y por tantos mares?

XII.

»¿Y hoy que á Troya restauren en el Lacio
Consientes, porque caiga en nueva guerra?
¡Valiera más que en el yermado espacio
Que de sus padres la ceniza encierra
A alzar tornasen imperial palacio!
Su Janto y Símois, su nativa tierra
Vuélveles, ¡ay! Si á muerte los destinas,
Perezcan de la patria en las rüinas!»

XIII.

Habló á su vez con ímpetu iracundo
La reina Juno: «La ocasion me obliga
Un silencio á romper largo y profundo,
Y el gran dolor á divulgar que abriga
Secreto el corazon. ¿Quién ya en el mundo,
Dí, mortal ó inmortal, es el que instiga
A Enéas á la ofensa? ¿Quién le mueve
A que al buen rey Latino guerras lleve?

XIV.

»¿Hados á Italia le impelieron? Cierto:
¡Casandra en su furor le abrió la via!
Mas si hoy deja su campo, ¿el desacierto
Que en dejarle comete, es culpa mia?
¿Eslo, si da su vida á un soplo incierto,
Y el mando militar á un niño fia?
¿Que así la fe tirrena solicite,
Y quietos pueblos sedicioso agite?

XV.

»Pues si él de propio acuerdo torpe yerra,
¿Hay decir que á su mal Juno le acosa,
Y que Íris baja con mision de guerra?
¡Oh! ¡en el ítalo pueblo indigna cosa
Es llevar llamas con que á Troya encierra
Naciente; indigna en Turno (á quien la Diosa
Venilia madre fué, Pilumno abuelo)
Que en paz ocupe su nativo suelo!

XVI.

»¡Y cosa no ha de ser indigna y fea
En el Troyano, si una tierra extraña
Invadiendo feroz con negra tea
Tala y subyuga en torno la campaña!
No, si el suegro se apropia que desea
Y ajena esposa en el hogar apaña;
Ni ha de ser vergonzoso en frigias tropas
Mentir sus manos paz y armar sus popas!

XVII.

»Tú sí que á Enéas en peligros graves
Áun de las manos de los Griegos puedes
Redimirle, y al cuerpo echarle sabes
De aire y niebla sutil propicias redes;
Tú en Ninfas de la mar truecas sus naves:
¡Y á fuero haciendo estás tantas mercedes,
Y yo á tuerto he de obrar si en lado opuesto
Un corto auxilio á mis parciales presto!

XVIII.

»Ignore Enéas lo que ausente ignora,
Y tú olvídale en Páfos ó en Citera,
O en tus grutas de Idalia. No que ahora
En daño suyo, á una nacion guerrera
Provocas, y á una raza vencedora!
¿Quién de frigias reliquias acelera
El fin: yo, ó el que á los Griegos dando paso,
Causó de Troya misma el gran fracaso?

XIX.

»¿Rompiendo antigua paz con rapto insano,
Yo á Europa y Asia en militar porfía
Comprometí? ¿Yo al forzador troyano,
Cuando á Esparta asaltó, serví de guia?
¿Armas y amores ministró mi mano
Al grande incendio? ¡Entónces te cumplia
Por los tuyos mirar! ¡Al aire entregas
Injustas quejas hoy, hoy tarde llegas!»

XX.

Tal Juno declamaba. Asentimiento
Mostraban las Deidades sordo y vario
Murmurando entre sí; cual suele el viento,
Cuyos soplos el bosque centenario
Erizan en templado movimiento,
Y rondando el hojoso santüario
Crecen luégo en rumores murmurantes,
Nuncios de tempestad á navegantes.

XXI.

Habló entónces el Padre omnipotente,
El que todo lo rige y lo compasa
Con cetro universal. Profundamente
Enmudece á su voz el alta casa
De los Dioses; el éter eminente
Calla; tiembla la tierra en su ancha basa;
Encogidos los Zéfiros no alientan;
Los mares su encrespada pompa asientan.

XXII.

«Atentos escuchadme, y lo que os diga
Tened presente. Pues traer no es dado
Teucros y Ausonios á amistosa liga,
Ni tregua admite vuestro encono airado;
Ya bogue el uno en esperanza amiga,
Ya fie el otro en su presente estado,
O Rútulo adalid ó Teucro sea,
No ha de ser, no, que yo parcial los vea.

XXIII.

»Ora arribado hubiere á extraño suelo
Por suerte adversa al Ítalo, ó por vano
Error de patria y seductor señuelo,
A resistir embates el Troyano,
Ni á él redimo ni al otro. Ó gloria ó duelo
Lábrele á cada cual su propia mano:
El cetro universal yo á nadie inclino;
Por sí los hados se abrirán camino.»

XXIV.

Por las riberas del Estigio hermano,
Vorágines de negro ardiente lodo,
Juró lo dicho el Númen soberano:
La frente inclina, y al moverla, todo
Tiembla el Olimpo. A aquel debate vano
Término dando en tan solemne modo,
Se alzó del áureo solio: á los umbrales
Condúcenle entre sí los inmortales.

XXV.

El asedio estrechando á la muralla
Instan á la sazon por toda parte
Los Rútulos, cuidosos de tomalla
Con llamas vivas y sangriento Marte.
El troyano gentío entre su valla
Vese acosado, y de salir no hay arte:
¡Ay tristes de sus nobles campeones
Que las torres defienden y bastiones!

XXVI.

En ya ralo cordon cubren guerreros
El muro. Ambos Asáracos en vano
Se ofrecen, peleando en los primeros;
Timete Hicetaonio, Timbre anciano,
Y Asio, y Castor. Les fueron compañeros
De Sarpedon el uno y otro hermano,
Claro á par y Temon, á aquella guerra
Venidos desde Licia, noble tierra.

XXVII.

Veis al lirnesio Acmon, que arrastra inerte
Mole, parte de monte no pequeña,
Y, cual su hermano Menesteo, fuerte,
Y cual Clicio su padre, la despeña,
Todo el cuerpo tendiendo. De esta suerte
El agredido en arrojar se empeña
Ya volador astil, ya piedra grande;
Y hachas el agresor y dardos blande.

XXVIII.

Como perla de fúlgido destello
En rojo oro engarzada, cuyo oficio
Es dar adorno ya á la sien, ya al cuello;
Ó bien como con clásico artificio
Embutido marfil esplende bello
En terso boj ó terebinto oricio,
Tal Ascanio entre todos resplandece;
Tal descubierta la cabeza ofrece

XXIX.

El digno barragan que Vénus ama,
Y hermoso así por su cerviz de nieve
El tendido cabello se derrama,
Que á su frente hilo de oro ciñe leve.
Mnesteo allí tambien (á quien la fama,
Porque á él de Turno la expulsion se debe,
Ha engrandecido) á la defensa asoma,
Y Cápis, de quien Capua nombre toma.

XXX.

Tambien allí lidiando, los arpones
Lanzaste que homicidas enherbolas
A vista de magnánimas legiones,
Tú, que tu nombre, ¡oh Ismaro! arrebolas,
De ilustre orígen lidio con blasones,
Hijo de aquel país donde con olas
Doradas el Pactolo se desliza
Y cultivados campos fertiliza.

XXXI.

Así unos y otros, sin ganar terreno,
Recia lid pelearon todo el dia.
Y en tanto Enéas á la mar el seno,
Bogando en medio de la noche, hendia.
Pues él, dejado á Evandro, y al tirreno
Campamento venido, hablado habia
Al jefe: nombre y patria le revela;
Lo que ofrece le dice, y lo que anhela;

XXXII.

Y los recursos le describe luégo
Que ha asociado Mezencio á su venganza;
Píntale á Turno en sus enojos ciego;
Pondérale cuán poca confianza
Merece humano cálculo; y el ruego
Añade á la razon. A la alïanza
Tarcon se inclina, y, sin que instantes pierda,
Sus fuerzas une y ya la marcha acuerda.

XXXIII.

A un extranjero príncipe obediente,
Librada así del veto de los hados,
Entrégase á la mar la etrusca gente,
En los buques subiendo aderezados.
La real nave de Enéas en la frente
Muestra frigios leones sojuzgados,
En tanto que en su popa se alza el Ida,
Imágen á expatriados tan querida.

XXXIV.

Allí, en la popa, el ánimo constante
Con pensamientos bélicos fatiga
El grande Enéas. Muévele Palante,
A su izquierda sentado, á que le diga
Ya los astros que rumbo al nauta errante
En noche opaca dan con lumbre amiga,
Ya de su propia vida los azares,
Cuantos corrió por tierras y por mares.

XXXV.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona!
¡Inspirad al cantor! Decidme, cuáles
Nobles salieron de la etrusca zona
En auxilio de Enéas; qué navales
Fuerzas ganosas de triunfal corona
Corrieron á los líquidos cristales.
Abrió Másico el rumbo: nao ferrada,
Ante todas su Tigre sobrenada.

XXXVI.

Mil jóvenes reune su bandera
Que de Clusio vinieron y de Cosas,
Y con aljaba al hombro andan ligera,
Con arco audaz y flechas sanguinosas.
Lanza su nave á par de esta primera,
Con lucido escuadron de armas vistosas
Abante adusto, y un Apolo de oro
Presta á su popa tutelar decoro.

XXXVII.

Populonia, su patria, con seiscientos
Mancebos le acudió para la guerra,
No de experiencia militar exentos;
Elba, que hierro inagotable encierra,
Isla famosa, le envió trescientos.
Adivino del cielo y de la tierra
A quien tierra ni cielo nada oculta,
Tercer caudillo, Asila, al mar insulta.

XXXVIII.

Él interpreta lo que parla un ave,
Ve lo que abierta entraña significa,
Y de los astros los secretos sabe,
Y presagos relámpagos explica.
En masa hórrida y densa, tras su nave,
Arrastra mozos mil que calan pica:
Ciudad los reclutó que de Elis viene,
Nueva Pisa, y toscano asiento tiene.

XXXIX.

Sígueles de hermosura y de esplendores
Vestido Astur; Astur, que va fiado
En su potro y sus armas de colores:
Con voluntad unánime, de grado
Le acompañan trescientos guerreadores
Que su nativa Cérete han dejado,
Y á Gravisca insalubre, y la campaña
Que Pirgo ilustra y la que Minio baña.

XL.

Tambien, Cínira, á tí nombrarte cuido,
¡Oh de Ligures capitan valiente!
Ni á tí, Cupavo, dejaré en olvido,
Que llevas por insignia de tu frente
Un plumaje de cisne, envanecido
Penacho tuyo y de tu electa gente:
Amor fué vuestra culpa; vuestra gloria
Eternizar del padre la memoria.

XLI.

Pues Cisne amó á Faeton, le honró con llanto;
Y entre álamos frondosos, en su duelo,
De las hermanas á la sombra, en tanto
Que daba, dicen, al pesar consuelo
Con la música dulce de su canto,
Vistió de ancianidad el cano hielo,
Blandas plumas tomó, y alzóse en ellas,
Tendiendo en su clamor á las estrellas.

XLII.

El hijo á sus paisanos sigue ahora
Con pequeño cortejo: monta el grande
Centauro, y de los remos avigora
El movimiento, porque el monstruo ande:
El cual representado está en la prora;
Un asido peñon la arma es que blande,
Sobre el agua amagando lo suspende,
Y ya con larga quilla el ponto hiende.

XLIII.

Ocno tambien de su natal ribera
Una legion levó para la armada:
Del tusco rio y Manto la agorera
Hijo famoso: aquel que á tu morada
Muros y nombre (el de su madre) diera,
¡Oh ciudad en abuelos bien dotada
Que no de una, de triple estirpe vienes,
Y tribus cuatro en cada raza tienes!

XLIV.

Centro es comun á tan diversas gentes
Mantua; mas de su fuerza y poderío
En la sangre toscana están las fuentes.
Rencores granjeó Mezencio impío
Allí tambien: quinientos combatientes
Mincio conduce en vengador navío
Dende el padre Benaco al mar salado,
De verdes espadañas coronado.

XLV.

Marchando va majestuoso y lento
Auléstes: con cien árboles azota
El mar en levantado movimiento,
Y la masa de mármol hierve rota:
Es su nave un Triton, que corpulento
Con su concha los senos alborota
Del piélago cerúleo, y el semblante
Cerdoso imita de un jayan nadante.

XLVI.

Tiene el monstruo los miembros desiguales,
Busto viril y vientre de ballena;
Y, hendiendo con el pecho los cristales,
Medio hombre, medio pez, la espuma suena.
En treinta buques con caudillos tales
Así, en fin, el ejército se ordena
Que en pro de Troya por los mares vino
Con piés de bronce en líquido camino.

XLVII.

Desamparó los cielos aquel dia;
Ya en alto la alma Febe el hemisferio
En su carro noctívago impelia.
Enéas desvelado, al ministerio
De las velas atiende él mismo, y guia
Firme el timon. En esto, en coro aerio,
Ninfas, que fueron ya sus compañeras,
Mira venir festivas y ligeras.

XLVIII.

Ninfas, de húmidos reinos moradoras
Por superior mandato de Cibéles,
Que de la mar transfiguró en señoras
Tablas que fueron en la mar bajeles.
Juntas bullen, y tantas como proras
Férreas orlaron la ribera: fieles
Reconocen de léjos á su dueño,
Y le cortejan en tropel risueño.

XLIX.

Llegó jovial la que entre todas sabe
Las gracias del decir, Cimodocea;
Con la diestra la popa ase á la nave
Cuyo dorso ella misma señorea,
La izquierda boga en mudo afan süave,
Y nuevas dando á aquel que las desea,
«¿Velas,» le dice, «hijo de Dioses? Vela!
Y sús! con alas desplegadas vuela!

L.

»Troncos fuimos nosotras ya en el Ida,
Naves tuyas despues, del Oceano
Ninfas hoy. Como aleve á nuestra vida
El Rútulo atentó con fuego insano,
Nuestra divina Madre condolida
Mudónos: cables que anudó tu mano,
Mal de grado rompimos; y ella Diosas
Nos hizo de las mares espumosas.

LI.

»De tí, Enéas, venimos en demanda.
Entre muros y fosos, y en aceros
Envuelto Ascanio, arrostra con su banda
Del Latino los ímpetus guerreros.
Ya el sitio ocupan que tu voz les manda
Arcades y toscanos caballeros;
Mas no sin que abocar Turno se apreste
Entre ellos y el real su armada hueste.

LII.

»Animo, pues; y al despuntar temprano
De la próxima luz llama tu gente
Al arma; y el escudo que Vulcano,
Invicto dón de diestra ignipotente,
Te dió, con cercos de oro, embraza ufano.
Si tú confías que mi voz no miente,
De Rútulos atroz carnicería
Verá en pilas alzada el nuevo dia.»

LIII.

Dice; y como quien sabe el modo, y tasa
La fuerza, da á la popa, al irse, un tiento,
Y la despide, como astil que pasa,
Por hábil mano disparado, al viento:
Todas la imitan; la onda apénas rasa
Alígera la flota. El gran portento
Al punto Enéas vió con mente absorta;
Fausto agüero le juzga, y se conhorta.

LIV.

Y á la celeste bóveda serena
Vuelto, «¡Oh del Ida alma Deidad!» exclama;
«Madre que honras el Díndimo, y almena
Triunfal te ciñes, y al leon que brama
Trajiste á la coyunda que le enfrena!
Vén, vén propicia al pueblo que te llama!»
No dijo más. La Noche en tanto huia;
Y ya de lleno resplandece el dia.

LV.

Manda á su gente el adalid que apronte
Los aceros, que á bélicas señales
Preste el sentido, y al peligro afronte
Fuerzas cobrando á la ocasion iguales.
En pié él mismo en la popa, el horizonte
Domina, y á su vista los reales
Troyanos tiene. Con la izquierda luégo
En alto embraza su broquel de fuego.

LVI.

Lo vió el pueblo sitiado, y de los muros
Unánime clamor el aire envía;
Lanzan todas las manos dardos duros,
Creciendo la esperanza en osadía:
Tal grullas de Estrimon nublos oscuros
Cruzan con ruido en la region vacía,
De los Austros huyendo, y libres de ellos
Gritan gozosas con acordes cuellos.

LVII.

Oyó la voz que el entusiasmo exhala
Pasmado el sitiador, que tal no espera;
Hasta que, á ver tornando, mira en ala
Las popas arrimarse á la ribera
Y que en velas envuelto el mar resbala.
Ardele al héroe la gentil cimera,
Ígnea lengua en el aire es su garzota,
Y el escudo de oro incendios brota.

LVIII.

Así tal vez en noche vaga y pura
A los mortales pechos amedrenta
Fúnebre desatando allá en la altura
Cometa asolador su crin sangrienta;
Y así tambien terrífico fulgura
Fogoso Sirio en estacion sedienta,
Y de hambre y peste amenazando al suelo
Con su présaga luz contrista el cielo.

LIX.

Turno audaz áun por eso no desmaya;
A los que llegan repeler emprende
Antecogiendo la interpuesta playa,
Y así en su ardor los ánimos enciende:
«¡Mancebos! de las manos no se os vaya
La ocasion codiciada que os atiende:
En campo abierto, igual á cada parte,
Ya, ya podemos reducir á Marte.