LIBRO UNDÉCIMO.
I.
En este medio alzándose la Aurora
Del Oceano las regiones deja.
Enéas, aunque el ánsia le devora,
Con que á dar sepultura se apareja
A sus aliados, y consigo llora,
Y el dolor de las pérdidas le aqueja;
Sus votos, vencedor, cumple primero,
Con el albor del matinal lucero.
II.
Cúmplelos; y en la cima de un collado
Hace hincar luégo una robusta encina,
Habiéndola de ramas desnudado;
En ella la armadura diamantina
De Mezencio pondrá: trofeo alzado
Al Dios que en guerras triunfador domina.
Ya le acomoda el yelmo, ya la cota,
Por doce partes perforada y rota.
III.
Truncos vuelve sus dardos al guerrero
En efigie, y su cresta ensangrentada,
Préndele á izquierda el gran broquel de acero,
A su hombro cuelga de marfil la espada.
Y él, entre los aliados el primero,
A hablarles se alza luégo: en apiñada
Y silenciosa turba su persona
Los jefes cercan ya; y así razona:
IV.
«Ya lo difícil acabasteis: llano,
Soldados, lo que falta os adivino.
Ved los despojos del cruel tirano;
Ricas primicias son: ¡en esto vino
Mezencio á dar por obra de mi mano!
Sabed que á la ciudad del rey Latino
Marchar nos cumple. En el marcial intento
Ocupad desde ahora el pensamiento.
V.
»Prevenidos estad, porque llegada
La hora que darán á mi ventura
Los Dioses, de mover el campo, nada
Los ánimos sorprenda, ni á pavura
Ó á dañosa demora los persuada.
A los muertos en tanto sepultura
Demos: único honor que á ellos alcanza
Del Aqueronte en la profunda estanza.
VI.
»Sí, á egregias almas que este patrio nido
Con su sangre nos dan generadora,
Que últimas honras tributeis os pido.
Palante al patrio pueblo que le llora
Sea en fúnebre pompa conducido:
Virtud no le faltó: funesta un hora
Robóle á nuestro amor, robóle al suelo,
¡Ay! para hundirle en sempiterno duelo!»
VII.
Y llora, y al umbral los pasos guia
Donde Acétes, anciano y fiel guerrero,
De Palante infeliz custodia hacía
Al tendido cadáver. Escudero
El del parrasio Evandro fuera un dia,
Y vino en esta vez por compañero
De aquel amado alumno, con auspicios,
Cual ántes no lo fueron, impropicios.
VIII.
En torno ostentan en comun su duelo
Turba troyana y mustia servidumbre,
Y damas, suelto al aire el rico pelo
En señal de dolor, cual fué costumbre.
Entró Enéas al pórtico, y al cielo
Alza inmenso clamor la muchedumbre,
En gran lamentacion hiérense el pecho,
Y suena con el llanto el regio techo.
IX.
Él, viendo de Palante sostenida
La frente, y blanco el rostro á par de muerte
Y en aquel pecho hermoso la ancha herida
Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte
El llanto á contener, «¿Tú aquí sin vida,»
Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerte
Más propicia á mis armas sonreia,
¡Ay! de mi lado te arrebata impía!
X.
»No quiso la cruel que el triunfo mio
Vieses, y vencedor entre marciales
Pompas volvieses al solar natío!
No hice á tu padre, no, promesas tales
Cuando, enviándome á excelso poderío.
Al darme en tierno abrazo tristes vales
Me advirtió receloso que lo habria
Con gentes bravas en tenaz porfía.
XI.
»¡Y él hora por ventura se complace
En trocar á esperanzas sus temores,
Y ofrendas en el ara y votos hace,
Miéntras damos estériles honores
Al jóven que, pues ya sin vida yace,
Nada debe á los Dioses superiores!
¡Por tí, padre infeliz, cuánto me aflijo!
¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!
XII.
»¿Y éste es el triunfo ansiado? ¿éste el festivo
Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida?
Mas no le viste, Evandro, fugitivo
Ni echado de la lid con torpe herida;
Ni por qué preferir tendrás, él vivo,
Acerbo trance, ¡oh padre! á infame vida.
¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto
Tú, hijo mio!» Así habló vertiendo llanto.
XIII.
Que el mísero cadáver se levante
Ordena; y eligiendo mil guerreros
Entre toda la hueste, de Palante
La fúnebre custodia y postrimeros
Honores les encarga: que delante
Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros,
Consuelo den, pequeño á duelo tanto,
Mas á un padre debido en tal quebranto.
XIV.
Otros, en este medio, con presteza
De encina y de madroño acopian rama
Con que féretro blando se adereza
Hecho de zarzos en flexible trama:
Verde toldo de rústica maleza
Forman despues á la funérea cama,
Y los miembros del jóven delicado
Tienden en fin sobre el hojoso estrado,
XV.
Cual flor, por dedo virginal cogida,
De muelle viola ó de jacinto tierno,
Que áun formas guarda y esplendor de vida
Falta de jugo y del favor materno.
Dos túnicas Enéas en seguida
Saca, que en leda ostentacion de interno
Afecto dió, labradas de su mano,
La excelsa Dido al capitan troyano.
XVI.
Triste él con una y otra (de ambas era
Grana el fondo, que fino oro recama)
Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera
Veló, que pronto abrasará la llama.
Cautivas armaduras aglomera
Que de Palante son conquista y fama,
Y en larga serie desfilar ordena
Cuantos ganó despojos en la arena.
XVII.
Allí arneses, caballos. Sordo al ruego
Ya las manos atras ligado habia
A los mancebos cuya sangre al fuego
Dará, en obsequio que al finado envía.
Manda á los mismos capitanes luégo
Arboles lleven que á la luz del dia
El nombre ostente del que fué vencido
Por trofeo, y sus armas por vestido.
XVIII.
Bajo la carga de la edad maltrecho
Acétes miserable en pos se lleva,
Y ora á golpes ofende el flaco pecho,
Ora uñas fieras en su rostro ceba,
Ó de la tierra sobre el duro lecho
Largo se extiende, y su dolor renueva.
El carro de Palante ya aparece
Que con rútula sangre se enrojece.
XIX.
Y Eton, su buen corcel, á su mesnada
Se avanza, del marcial jaez desnudo,
La faz en gruesas lágrimas bañada,
¡Que tanto en él el sentimiento pudo!
Otros su asta y morrion (cinto y espada
Turno se reservó) llevan, y mudo
El ejército á pié la marcha cierra,
El cuento de las lanzas vuelto á tierra.
XX.
Paróse Enéas, cuando en larga hilera
La pompa funeral pasó adelante,
Y dió en alto gemido su postrera
Despedida al cadáver ya distante:
«La misma de la guerra ley severa
A otros llantos, ¡oh máximo Palante!
Y á nuevo afan nos llama. ¡Salve, amigo,
Por siempre, y para siempre adios te digo!»
XXI.
Calló, y á sus reales se encamina
Tendiendo al alto muro. Allí, entretanto,
Llegados son de la ciudad latina
Embajadores, que de olivo santo
Con la rama adornados peregrina
Piden tregua, en la cual los que sin llanto
Honroso á fil de espada yacen muertos,
Sean de tierra por piedad cubiertos.
XXII.
Tregua piden y paz con los finados,
Y que armisticio Enéas á varones
Conceda, á quienes diera ya dictados
De huéspedes y suegros. Las razones
El Troyano aprobó de los legados,
Y añade, al otorgar tan justos dones:
«¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra
En estos lazos de forzada guerra?
XXIII.
»¿Por qué á nuestra amistad fuisteis esquivos?
Paz para aquellos me pedis que muertos
Han sido en el combate;—¡áun á los vivos
Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos
No vine con intentos ofensivos,
Mas sumiso al mandato de hados ciertos
Mansion perpétua á establecer. Tampoco
A guerra yo vuestra nacion provoco.
XXIV.
»De la hospitalidad faltando al fuero
El rey Latino en Turno armado fia.
Que Turno á estrago tal, solo y señero
Se expusiese, ¿más justo no sería?
Pues quiere echarnos, y á poder de acero
La guerra terminar, aquí debia
Reñir conmigo; de los dos viviera
A quien Dios ó su brazo se la diera!
XXV.
»Hora los compañeros malhadados
Id á imponer en la funérea pira.»
Dijo. Atónitos callan los legados;
Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira.
Dránces, que lustros ya cuenta avanzados,
Que contra el jóven Turno odios respira
Y en daño suyo acusaciones vierte,
Responde, al fin, por todos de esta suerte:
XXVI.
«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones!
¿Cómo sabré á los cielos ensalzarte?
¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones,
O lo sufrido en el rigor de Marte?
Gratos, príncipe, á tí, de tus razones
A la patria ciudad daremos parte;
Y si á ello la Fortuna abre camino,
Te enlazaremos con el rey Latino.
XXVII.
»Turno otro auxilio busque entónces: juro
Que á cuestas hemos de llevar de grado
Para cimiento del troyano muro
Piedras que cumplan lo que manda el Hado!»
A estas palabras con murmullo oscuro
Asienten los demas. Quedó pactado
Que dure, de los muertos en servicio,
Seis dias y otros seis el armisticio.
XXVIII.
Viéronse en él mezclarse los soldados;
Y vagando á la par teucro y latino,
Con hachas abatir por los collados
Fresno que herido cruje ó yerto pino,
Y los cedros rajar de olor cargados,
Con cuñas, y los robles, de contino,
Y quejigos de agreste cabellera
En plaustros gemebundos sacar fuera.
XXIX.
Entretanto la Fama voladora,
Que ya á Palante vencedor mentia,
De lúgubres alarmas nuncia ahora
En torno á Evandro va, llenando impía
Muros y techos donde Evandro mora.
Los Arcades acorren á porfía
Hácia las puertas, y segun costumbre
Antorchas asen de funérea lumbre.
XXX.
Brilla de luces prolongada hilera
Despartiendo los campos que ilumina.
La frigia turba, en tanto, plañidera
A los muros sus pasos encamina.
Reúnense ambos pueblos; ya la entera
Procesion á los techos se avecina:
Las matronas la ven, y altos lamentos
Por la triste ciudad dan á los vientos
XXXI.
A moderar á Evandro no es bastante
Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja,
Y deteniendo el féretro, á Palante
Postrado abraza, en lágrimas le moja,
Contra el seno le estrecha sollozante.
Cuando hubo apénas la mortal congoja
Dado paso á la voz, gimiendo dice:
«¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!
XXXII.
»En vano me ofreciste cautelarte
Del peligro fatal. Yo bien sabía
Cuánto en la guerra á seducir es parte
De la gloria el sabor; con qué energía
En el primer conflicto arrastra Marte
La juvenil ardiente fantasía!
¡Tristes primicias de tu edad lozana!
¡Dura preparacion de lid cercana!
XXXIII.
»¡Ay! que mis votos y mis preces nada
Me valieron. Y tú, bendita esposa,
No á tan fieros dolores reservada,
¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa!
Por modo opuesto, yo de mi jornada
He vencido la senda trabajosa,
De las pruebas triunfé del hado esquivo,
Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.
XXXIV.
»¡Hubiera yo seguido los reales
Troyanos, y los Rútulos me hubiesen
A dardos abrumado, y pompas tales
A mí, no á mi Palante, aquí trajesen!
Mas aquellos banquetes fraternales,
¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen,
En que la diestra os di como alïado;—
¡Golpe era aquéste á mi vejez guardado!
XXXV.
»Que si fué tu destino en tan tempranos
Años caer, cayeras á los ménos
—Muertos ántes mil Volscos á tus manos—
Guiando al Lacio el paso de tan buenos
Compañeros! Piadoso el Rey troyano,
Nobles Frigios y en masa los Tirrenos
Te han hecho, sí, muníficos honores;
Yo mismo no te hiciera otros mayores.
XXXVI.
»Traer les miro en árboles triunfales
Armados cuerpos que humilló tu acero.
Las fuerzas de la edad fuesen iguales,
Y gran tronco llegaras tú el primero,
Turno! —Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males
Llorando, os privo del laurel guerrero?
Id ya, y á vuestro Rey en nombre mio
Llevad estas palabras que le envío:
XXXVII.
»Causa eres tú que yo viviendo siga,
Muerto Palante, en este odioso suelo;
Pues nos debes de Turno la enemiga
Cabeza á mí y á él. De tí en mi duelo
Y de Fortuna esta esperanza abriga
Mi pecho. Para mí ya no hay consuelo
Humano; mas á un hijo en su honda estanza
Nuevas quiero llevar de su venganza!»
XXXVIII.
Despierta con sus rayos celestiales
El nuevo dia, que en oriente raya,
Al usado ejercicio á los mortales.
Ya el padre Enéas, ya en la corva playa
Tarcon ha alzado piras, en las cuales
Vaya el Troyano y el Tirreno vaya
A colocar los muertos de su bando,
Los patrios ritos cada cual guardando.
XXXIX.
Arde la lumbre lúgubre, y oscura
Nube envuelve del cielo las regiones.
Revestidos de espléndida armadura
Tres veces han marchado los peones
En derredor del fuego que fulgura;
Y tres los de á caballo en sus bridones
Lustran la triste funeral hoguera,
Y lanzan de dolor voz lastimera.
XL.
Plañendo de consuno, el largo lloro
Riega el suelo y al par las armas riega:
De las trompetas el clangor sonoro
Y el clamor de la gente al cielo llega.
Quién á las llamas el marcial tesoro
A los Latinos arrancado, entrega:
Finos yelmos, magníficas espadas;
Frenos y ruedas, á encenderse usadas.
XLI.
Otro tal vez á la funérea pira,
Prendas notorias de los que ella abrasa,
Los escudos y aquellas armas tira
Que ántes ciñeron con fortuna escasa.
Mucho novillo en cerco arder se mira,
Híspidos cerdos, víctimas sin tasa
Traidas de los campos: hierro fuerte
Las rinde al fuego y las consagra á Muerte.
XLII.
Caros cuerpos por toda la ribera
Vense humear; y nadie se retira
De la que guarda medio extinta hoguera,
En tanto que en silencio húmeda gira
Tachonada de luces la alta esfera.
Y allá tambien innumerable pira
(Que allá gimen tambien tristes destinos)
Han alzado en su campo los Latinos.
XLIII.
Y á sus muertos, en parte, acogimiento
Bajo la tierra con piadosas manos
Mullen; otros envían á Laurento,
Llevan otros á predios comarcanos;
Y los demas sin distincion ni cuento
Hacinados consumen. Ya los llanos
En su vasta extension lucen doquiera
Con el émulo ardor de tanta hoguera.
XLIV.
Así como ahuyentó con luz serena
Gélidas sombras el tercero dia,
Ruedan la alta ceniza, y tibia arena
A los revueltos huesos que envolvia
Encima acopian... Mas oid cuál suena,
En esta de dolor larga porfía,
La ciudad y su alcázar opulento
Con mayor alarido y movimiento.
XLV.
Madres allí, ternísimas hermanas,
Y huérfanos y viudas la homicida
Guerra maldicen en querellas vanas,
Y la boda de Turno prometida:
Que las armas él solo empuñe insanas,
Que él solo, exclaman, con las armas pida
El imperio de Italia y la corona,
Y los sumos honores que ambiciona!
XLVI.
De las hembras dolientes el dictámen
Fiero apoyando Dránces, acredita
Que á Turno emplaza á singular certámen
El Troyano, y á solo Turno cita.
Parciales hay tambien que á Turno aclaman,
Ya abogando por él, ya en ronca grita:
Con cien trofeos triunfador le nombra
Voz popular; le da la Reina sombra.
XLVII.
En medio á tan ardientes altercados,
De vuelta de Argiripa floreciente
Veis aquí se presentan los legados
Que allá marcharon; y, con triste frente,
Que tan grandes trabajos empleados
Empeño fueron, dicen, impotente:
Nada han valido con el jefe griego
Dádivas, oro, ni apremiante ruego.
XLVIII.
Ó á otra alianza, pues, tentar camino
Ó proponer las paces al Troyano
Será forzoso. El mismo rey Latino
En profunda afliccion cayó. No en vano
Las claras muestras del furor divino,
Y los alzados túmulos del llano
Que recientes se ofrecen á la vista,
Incontrastable anuncian la conquista.
XLIX.
Y así el Rey de su corte á los primeros
Varones, en sus altos penetrales
Cita á solemne junta. Ellos ligeros
Van, llenando avenidas y portales.
Venerable entre tantos consejeros
Por sus canas é insignias imperiales,
Grave en medio de todos él se asienta;
Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.
L.
Y luégo á los legados que, cumplido
El cargo, han vuelto del etolio estado,
Manda que de tan grave cometido
Cuenten punto por punto el resultado.
Cesa ya de las lenguas el rüido,
Y obediente del príncipe al mandado,
«Vimos, conciudadanos, á Diomédes,»
Vénulo dice, «y sus argivas sedes.
LI.
»Asperezas vencimos del camino,
Y á término llegando, aquella mano
Tan temida tocámos por quien vino
A tierra un dia el gran poder troyano.
Triunfante el Rey, con próspero destino,
En los campos del yápigo Gargano
Echaba de Argiripa el fundamento,
Ciudad que así nombró del patrio asiento.
LII.
»Así que entrado hubimos, y licencia
Se otorgó á las palabras, nuestros dones
Ofrecimos, y nombre y procedencia
Declarámos al Griego: las razones
Expusimos despues, que á su presencia
Nos llevaron; la guerra que varones
Extranjeros nos mueven. Manso oyónos,
Y habló á su turno en apacibles tonos:
LIII.
«Antigua raza, Ausonios fortunados,
»Que en paz gozais de la saturnia tierra,
»¿Qué os instiga, viviendo sosegados,
»A provocar desconocida guerra
»Y en demanda á correr de nuevos hados?
»¡Oh! quien eso pretende, ¡cuánto yerra!
»Nosotros profanámos con el hierro
»A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!
LIV.
»No en las pérdidas sólo que nos cuesta
»El largo sitio, mi escarmiento fundo;
»Ni sólo el frigio Símois me amonesta
»De cadáveres lleno. Andando el mundo
»¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta?
»Doliera al mismo Príamo. Iracundo
»El astro de Minerva, y Cafereo
»Cruel lo sabe, y el peñon Eubeo.
LV.
»A otra zona lanzados, Troya hundida,
»Llegó hasta las Columnas de Proteo
»Peregrinando Menelao Atrida;
»Llegó Ulíses al antro Ciclopeo.
»¿Recordaré de Pirro la caida,
»Derribado el altar de Idomeneo,
»Y la locrina juventud, ahora
»De las líbicas costas pobladora?
LVI.
»El mismo miceneo Rey, que un dia
»De los grandes Aquivos tuvo el mando,
»Fué, entre su mismo penetral, de impía
»Consorte muerto bajo el brazo infando;
»Venció así á quien vencido á Troya habia,
»Villano burlador. Y yo, tornando
»Al patrio hogar, la deseada esposa
»No hube de ver ni á Calidonia hermosa.
LVII.
»¡Iras del cielo! Y áun aquí sombríos
»Me siguen y fatídicos portentos:
»Mudados ya los compañeros mios
»En aves, cruzan los delgados vientos,
»Siguen el curso á los desiertos rios
»(¡Inaudita expiacion! ¡fieros tormentos!)
»Y con fúnebres ecos de gemidos
»Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.
LVIII.
»Temer debí tan espantosos males
»Desde que en liza desigual, insano
»Pude atentar á cuerpos celestiales,
»Y á Vénus ofendí la diestra mano
»Con sacrílega herida. Horrores tales
»Finaron ya: con el poder troyano
»Guerra no tengo; ni mi antigua gloria
»Renuevo con placer en la memoria.
LIX.
»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro:
»Antes bien, que volvais á Enéas cabe
»Esos presentes que traer os miro
»De la patria. Ya golpe á golpe, en grave
»Conflicto ya, de léjos, tiro á tiro,
»Probé yo mismo el arte con que sabe
»Empinar el broquel; la gran pujanza
»Con que él menea la fulmínea lanza.