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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 784: CIV.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LX.

»Fiad por tanto en la experiencia mia.
»Si el suelo ideo producido hubiera
»Dos héroes más como él, llegado habria
»A inaquios reinos el Dardanio, y viera
»Grecia en duelo trocada su alegría.
»¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera
»Inmensa muchedumbre opuso terco
»Antemural al estrechante cerco?

LXI.

»Ambos hicieron con su fuerte diestra
»Que un año, y otro, y diez, dia tras dia,
»Retrocediese la victoria nuestra:
»Iguales en esfuerzo y bizarría,
ȃste en virtudes superior se muestra.
»¡Oh! paz haced con él, donde ella os ria;
»Y huid toda ocasion que en lid acabe
»Y con sus armas vuestras armas trabe.»

LXII.

»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa
Falla el Griego y responde.» Habló; y creciente
Rumor, pasada la primer sorpresa,
Corre de boca en boca entre la gente,
Como raudal, en natural represa
De rocas detenido, que impaciente
Murmullo forma, y la ribera brama
Con el agua que bulle y se derrama.

LXIII.

Cuando cesó la agitacion primera
El anciano monarca abrió su boca,
Y habló de su alto solio en tal manera,
Despues que á las Deidades pio invoca:
«Quise yo que en sazon se definiera
Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca
Armado el enemigo á nuestras puertas,
Tarde á civil consejo están abiertas.

LXIV.

»En guerra nos hallamos importuna
Con recia, diva gente, que fatiga
No recibió jamás de lucha alguna,
Ni las armas depone, aunque enemiga
Redoble adversos golpes la Fortuna.
Nadie en extraños esperando siga;
Faltónos la alïanza del Etolo:
Cada cual en sí mismo espere sólo.

LXV.

»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea
Esta esperanza individual mezquina;
¿Mas quién hay que no palpe luégo y vea
Que amenazado de fatal rüina
El público edificio tambalea?
A nadie vuestro príncipe acrimina:
Ha hecho el valor cuanto al valor es dado;
Todas sus fuerzas concentró el Estado.

LXVI.

»Qué ocurre ahora á mi indecisa mente
Atended; breve soy; aquesto creo:
Un territorio á par de la corriente
Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo,
Que hasta el confin sicano hácia occidente
Se dilata. A labranza y pastoreo
Dan Rútulos y Auruncos sus collados.
Parte bravíos, parte cultivados.

LXVII.

»Cedamos por la paz á los Troyanos
Esa áspera region, cuan larga yace,
Con los montes piníferos cercanos.
Iguales leyes de concorde enlace
Les daremos, y parte como á hermanos
En el reino. Pues tanto les aplace
Aqueste suelo, de temor seguros
En él se arraiguen y establezcan muros.

LXVIII.

»Mas si han de ir, y el destino lo tolera,
A otras playas, es bien que les labremos
Veinte cascos de itálica madera,
O más que alcancen á ocupar: tenemos
Sobrado material en la ribera.
Brazos daré, espolones, jarcias, remos,
Y de las naves el equipo todo;
Fijen ellos el número y el modo.

LXIX.

»Además, á su campo cien varones
Vayan, eximios en la gente nuestra,
Que les lleven de paz proposiciones
—El sacro olivo en la inocente diestra—
Y por mí sellen pactos. Ricos dones
De oro y marfil conducirán, en muestra
De mi amistad, y silla y trábea, emblema
De esta que ejerzo autoridad suprema.

LXX.

»¡Ea! el remedio decretad que implora
La afligida nacion que en vos espera!»
Dránces entónces se alza, á quien devora
Por la gloria de Turno, torticera
Emulacion y envidia roedora.
Fuerte en recursos y en palabras era,
No en armas: en consejos, de prudente
Fama gozaba, agitador potente:

LXXI.

Bien que de padre incógnito, debia
Nobleza ilustre á la materna rama.
Alzóse entónces, pues, y así á porfía
Cargos amontonando iras inflama:
«¡Benigno Rey! propones, á fe mia,
Cuestion que, á nadie oscura, no reclama
Mi voz. La causa del comun fracaso
Todos la saben; mas la dicen paso.

LXXII.

»¡Dé libertad de hablar, y enfrene el vuelo
A su orgullo, el fatal ductor que hace
Con funestos auspicios—sí, dirélo,
Y siquiera de muerte me amenace!—
Tanto prócer caer, y sume en duelo
A la ciudad, miéntras con pié fugace
Del enemigo campo se desvía
Y al asordado cielo desafía!

LXXIII.

»¡Ojalá que esa espléndida embajada,
¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones
Muchos y grandes que enviar te agrada,
Con uno solo y principal corones!
No del justo dictámen te disuada
Rebelde encono de émulas pasiones:
Da tu hija en digna boda á egregio yerno,
Y afirma así esta paz con lazo eterno!

LXXIV.

»Vamos á él mismo á suplicarle, empero,
Si tanto miedo embarga á los Latinos,
Que ceda, y deje al Príncipe su fuero
Natural ejercer, y los destinos
Contemple con piedad de un pueblo entero.
—Tú, sola causa á nuestros males, dínos,
¿Los tristes ciudadanos de esa suerte
Arrastrarás de nuevo á horrenda muerte?

LXXV.

»La guerra de salud no da esperanza:
Todos pedimos paz, dánosla luégo
Con la prenda inviolable que la afianza!
Soy el primero que á pedirla llego,
Yo, á quien émulo finges; ni hay tardanza
En mí—vesme á tus plantas—para el ruego:
¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira,
Y léjos derrotado, te retira!

LXXVI.

»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago!
¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?...
Mas si es que ejerce irresistible halago
La fama en tí, si escondes en el pecho
Tanto valor, y de tu afan en pago
Esperas como dote regio techo
Que no has de renunciar, entónces, ¡ea!
Afronta á tu enemigo en la pelea.

LXXVII.

»Para que el regio enlace Turno ufano
Goce, ¿sólo á nosotros por ventura,
Sin lágrimas ni honores, en el llano
Nos toca sucumbir, caterva oscura?
Tú tambien, tú tambien, si no es en vano
Fama heredera de marcial bravura,
Sál luégo al campo, y con la frente erguida
Contempla al que á batalla te apellida!»

LXXVIII.

Turno, impaciente ya, lanzó un gemido,
Y voces tales de lo más profundo
Del pecho arranca, en cólera encendido:
«Tú el primero en llegar, tú el más facundo
En los consejos, Dránces, siempre has sido.
Brazos pida la patria, ardor fecundo,—
Jamás el labio vocinglero sellas.
¡Palabras! ¿y á qué el aula henchir con ellas?

LXXIX.

»Pomposas á volar las das seguro
Miéntras sangre los fosos áun no llena
Y áun pára al agresor trabado muro.
Por tanto en tu oracion, cual sueles, truena,
Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro,
Ya que tú de cadáveres la arena
Cubrir supiste, y por tu diestra veo
Alzado acá y allá tanto trofeo!

LXXX.

»Gala hacer de valor te es dado en guerra,
Ni habrás por enemigos de afanarte
Yendo á buscarlos en remota tierra;
Cercándonos están por toda parte.
¡A ellos, pues, á ellos! ¡cierra, cierra!
¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte
Tú jamás de otra suerte los conoces
Que en tu gárrula lengua y piés veloces?

LXXXI.

»¡Yo derrotado! ¿Quién de derrotado
Me acusará, vil monstruo, cuando vea
Que el Tibre por mi diestra acrecentado
Con la troyana sangre rojo ondea;
Que Evandro con su casa y con su estado
Sacudido de asiento bambolea,
Y que en fuga los árcades guerreros
Arrojan en el campo los aceros?

LXXXII.

»No, no tal me probaron en su dia
Pándaro y Bícias, con su gran pujanza,
Y otros mil cuyas almas á porfía
Hundió mi diestra en la tartárea estanza
Cuando ejército hostil me circuia!—
¡La guerra de salud no da esperanza!
Al régulo dardanio, á tus parciales
Vé, agorero, á cantar presagios tales!

LXXXIII.

»¡Alienta en tu alarmante clamoreo
A gente no una vez vencida, y pisa
Las esperanzas de la nuestra!... Veo
Que huyendo ya con azorada prisa
Los Mirmidones van, y el de Tideo
(¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa,
Y vuelve su corriente espavorido
De las ondas adriáticas Anfido!

LXXXIV.

»Luégo, que amenazante le intimido
Simula, y es el miedo de la muerte
De que astuto se ostenta poseido,
Nueva ponzoña que en sus tiros vierte.
Jamás esta mi diestra, fementido,
—Escucha en paz; no has, no, por qué moverte—
Esa alma vil te arrancará del pecho
Donde su nido y su morada ha hecho!

LXXXV.

»A tí y á las consultas que propones,
Ahora, oh Padre, la atencion convierto.
Si nada de tus fieles campeones
Aguardas ya, si la esperanza ha muerto,
Si nunca la Fortuna á dar sus dones
Volvió, cuando en la guerra el desconcierto
Pudo una vez señorear las almas,
Tendamos luégo las inertes palmas,

LXXXVI.

»É imploremos la paz;—aunque ¡ah! si hubiera
Algun resto en nosotros todavía
De la virtud antigua!... ¡yo dijera
Entre todos egregio en bizarría,
Y en la coronacion de su carrera
Feliz, al que dejó la luz del dia
De una vez, por no ver tamaña afrenta,
Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!

LXXXVII.

»Mas si hay recursos, si hay á lid dispuesta
Intacta juventud; si pueblo tanto,
Tanta ciudad itálica nos presta
Oportuno favor; si sangre y llanto
A los Troyanos su victoria cuesta,
Y asolacion igual, igual espanto
Allá domina, ¿ante el umbral primero
Rendiremos cobardes el acero?

LXXXVIII.

»¡Temblar de miembros, cuando áun no ha sonado
La retadora trompa! En su porfía
Vuelve las cosas á mejor estado
El tiempo, huyendo un dia y otro dia.
¿Fortuna qué de veces no ha sentado
En firme basa al que burlara impía?
Ni á extremo caso hemos llegado; sólo
El auxilio nos falta del Etolo:

LXXXIX.

»Nobles jefes diputan los vecinos:
Ved al fausto Tolumnio en los primeros,
Ved á Mesapo. Triunfos no mezquinos
Ganará, sí, la flor de los guerreros
Del Lacio y de los campos laurentinos!
Acaudilla tambien sus caballeros,
Honor, Camila, de la volsca gente,
Acorazados de metal luciente.

XC.

»Mas ya que á lid me citan decisiva
Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido
La pública salud, no así huye esquiva
La victoria de mí, que tal partido
No abrace ante tan grata perspectiva.
Sí; con Enéas sin temor me mido:
Cual otro Aquíles venga si le place,
Y armas como hechas por Vulcano, embrace!

XCI.

»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo
(Que á mis mayores en virtud no cedo)
Á vos y al Rey mi suegro.—¿Á Turno solo
Emplaza Enéas? Pues admito ledo
El singular combate. ¿Permitiólo
El Cielo por castigo? No haya miedo
Que Dránces lo padezca;—¿en nuestra gloria?
Coger no espere el lauro de victoria!»

XCII.

De esta suerte en recíproca porfía
Altercan sobre el arduo tema, cuando
Ved que Enéas su ejército movia.
Corre el palacio, y va terror sembrando
Por la ciudad con alta vocería
Un mensajero: Que el troyano bando
Ha dejado la márgen tiberina;
Que la tirrena hueste al par camina;

XCIII.

Que vienen en concorde movimiento
Cubriendo las campiñas dilatadas.
Los ánimos se turban al momento:
Renuevan, con imperio estimuladas,
Las populares iras su ardimiento;
Frenéticos bramando, á las espadas
Los jóvenes se arrojan; los ancianos
Quejas murmuran entre lloros vanos.

XCIV.

La grita de la gente hiere al cielo
Creciendo acá y allá vária y confusa,
Como en los bosques al posar el vuelo
Clamar el coro de las aves usa
Entre el hojoso y apiñado velo;
O como en el pecífero Padusa
Miles de cisnes que le habitan, suenan
En roncas voces, y el canal atruenan.

XCV.

De la ocasion asiendo que los hados
Le dan, «¡Bien, ciudadanos!» Turno grita:
«Consejo celebrad, y haced sentados
Las alabanzas de la paz bendita,
Miéntras sobre nosotros descuidados
El taimado invasor se precipita!»
Puertas afuera de la régia estanza,
Sin esperar á más, raudo se lanza.

XCVI.

«Ház que el volsco escuadron se ordene ufano
De sus señas en pos, Voluso, y guía
Tú á los Rútulos,» dice;—«y en el llano
Desplegad la veloz caballería,
Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano.
Avenidas y torres á porfía
Defiendan otros; y conmigo ande
Armado el resto á do mi voz lo mande.»

XCVII.

Correr se ve la poblacion entera
A la muralla. Al mismo Rey anciano
Obliga el triste lance á que difiera
Aquel consejo, comenzado en vano,
Y sus grandes debates. Que no hubiera
Llamado en tiempo al adalid troyano
Al reino, acreditándole por yerno,
Mucho se culpa con lenguaje interno.

XCVIII.

Quiénes ante las puertas cavan fosas,
Quiénes mueven estacas, y acarrean
Piedras á empuje. A lides sanguinosas
Instrumentos horrísonos vocean.
Y ya, en vario cordon, madres y esposas,
Y niños de tropel, largo rodean
El muro. A todos en aqueste dia
Llama el último trance y agonía.

XCIX.

Hácia el templo de Pálas, entretanto,
Que entre sacros alcázares descuella,
Se encamina la Reina: haciendo llanto
Numerosas matronas van con ella
Sus dones á ofrecer al Númen santo:
Marcha á su lado la real doncella,
Que inocente causó tantos enojos,
Y no levanta los hermosos ojos.

C.

Inciensan, en subiendo á los umbrales,
El templo, y el dolor que el pecho encierra
Exhalan, de allí mismo en voces tales:
«¡Arbitra omnipotente de la guerra!
¡Mira, oh vírgen Tritonia, á nuestros males!
Al Frigio salteador derriba en tierra,
Quiebra en su mano tú la arma homicida,
Y ante esas puertas él la arena mida!»

CI.

Turno airado á su vez se arma á batalla:
Con escamas de bronce á maravilla
Cubierta, viste la rutulia malla;
De áureas grevas ornó la pantorrilla
(La sien áun no ha cuidado resguardalla);
Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla
Rajando airoso del alcázar alto
A anticiparse al enemigo asalto;

CII.

Cual, rotos los ronzales, sin que nada
Se oponga en campo abierto á su albedrío,
Vuela el corcel al pasto y la yeguada
Huyendo del pesebre; ó hácia el rio
En que los miembros refrescar le agrada,
Erguida la cerviz, con ágil brío,
Bufando va, y en ondas sobre el cuello
Le juega, y por los brazos, el cabello.

CIII.

Acompañada de la volsca gente
Camila al paladino se atraviesa
Al paso, y ya en las puertas, reverente
A tierra salta la gentil princesa:
Dóciles á su ejemplo, incontinente
Se apean los demas con fácil priesa;
Y á hablar ella principia de esta suerte:
«Turno, si un pecho que se siente fuerte,

CIV.

»Si un ánimo resuelto confianza
Poner puede en sus fuerzas, yo de lleno
Contrastar del Troyano la pujanza
Prometo, y sola arrostraré al Tirreno.
Deja que vaya á ejecutar venganza
Mi diestra, y de peligros fausto estreno
Haga esta vez en el combate duro;
Y tú con los de á pié guarnece el muro.»

CV.

«¡Ornamento de Italia! ¡denodada
Vírgen!» Turno á su vez exclama, puesta
En la fiera doncella la mirada:
«¿Qué gracias dignas, qué cortés respuesta
Podré dar, á tu mérito adecuada?
Mas ya que á todo riesgo estás dispuesta,
Obremos de consuno. Enéas—sélo
Por espías, y es voz que toma vuelo—

CVI.

»Ese Enéas malvado, en la llanura
Gente á caballo, armada á la ligera,
Mandó á escaramuzar; mas él la altura
Solitaria del monte en tanto espera
Vencer, y á la ciudad llegar procura.
Yo en los senos del bosque una certera
Emboscada pondréle, con soldados
El sendero asediando á entrambos lados.

CVII.

»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones,
Vé, y el fuerte Mesapo allá te siga,
Te sigan los latinos escuadrones
Y las bandas del Tíbur: la fatiga
Partiremos del mando.» Con razones
Tales como éstas á Mesapo instiga
Tambien, y á sus aliados capitanes;
Y marcha él mismo á coronar sus planes.

CVIII.

Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda
Celada allí, promete buen suceso,
Un valle á quien con sombra apremia horrenda
De un lado y otro matorral espeso:
Conduce al valle una delgada senda,
Angosta boca y peligroso acceso,
Y le domina incógnita y secreta
En la cima del monte una meseta.

CIX.

De alcázar sirve aquésta y de guarida
Para bélico asalto, ó darlo quieras
A derecha y á izquierda una salida
Inopinada haciendo, ó ya prefieras
Rodar guijarros de la cumbre erguida.
Turno á aquellas regiones traicioneras
Por caminos que él sabe, vuela, y presto
Metiéndose en la selva toma puesto.

CX.

En tanto con la faz bañada en lloro,
Allá en la altura la hija de Latona
A Opis veloce, ninfa de su coro,
Interesa en su afan, y así razona:
«¡Doncella! de mis armas el tesoro
Ciñe en vano Camila, y se abandona
A una guerra cruel—Camila, aquella
Que amo ante todas en mi corte bella!

CXI.

»Ni afecto es nuevo el que Dïana abriga
Y así á dulzura singular la mueve.
A su hija tierna de Priverno antiga
Sacó, huyendo el furor de airada plebe,
El tirano Metabo: amor le obliga
A que por medio del tropel la lleve
Consigo; y alterando de Casmila,
Su madre, el nombre, la llamó Camila.

CXII.

»El destronado Rey por compañera
En su destierro la llevó consigo:
Conduciéndola en brazos va doquiera;
Con ella de agrios montes sin abrigo
Las yertas cimas prófugo supera.
Le estrecha en torno armado el enemigo:
Recorriendo los Volscos la campaña
Por víctima le buscan de su saña.

CXIII.

»Hé aquí que en medio de su fuga un dia
A la márgen llegó del Amaseno:
El agua rebosaba; tanta habia
Caido en recia lluvia. El turbio seno
Quiso á nado pasar; mas, ¡ay! temia
Por su carga preciosa: de afan lleno
Todo á un tiempo lo piensa, y de repente
Osado arbitrio avasalló su mente.

CXIV.

»Iba empuñando, á la guerrera usanza,
Con nudos, y de sólida firmeza
Que el humo examinó, disforme lanza:
De silvestre alcornoque en la corteza
Metió á la niña, al medio la afianza
Del asta, y para el vuelo la adereza:
Blande en mano robusta el arma al viento,
Y esta plegaria eleva al firmamento:

CXV.

«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora,
»Alma vírgen Latonia! esta hija mia
»Consagro á tu servicio desde ahora:
»Ella á dudosas auras hoy se fia
»Perseguida y volando huye y te implora:
»Tuya es, lleva tus armas; tú la guía,
»Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza
Doblando el brazo despidió la lanza.

CXVI.

»Suenan las ondas, y la pobre infante
Pasa sobre la rápida corriente
No en vano asida al asta rechinante.
Metabo, que ya encima el tropel siente,
Arrójase á las aguas, y triunfante,
A un césped que vistió grama riente
(¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!)
Arranca el dardo con la intacta cuna.

CXVII.

»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila;
Ni sufriera favor su índole brava:
Al modo rudo que el pastor estila,
Solitario en los montes habitaba;
Y con feral sustento á su Camila
En madrigueras hórridas criaba:
Allí en sus tiernos labios, de bravía
Yegua las ubres exprimir solia.

CXVIII.

»Y áun los pasos primeros no ha ensayado
Con vacilante pié la tierna niña,
Sin que á sus palmas él dardo aguzado
Dé, y al hombro carcaj y arco le ciña;
No, sin que en vez del manto y del tocado
De oro que el lujo cortesano aliña,
Desde la coronilla le suspenda
Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.

CXIX.

»¡Y qué era ver la bella cazadora
Venablos impeler con breve mano,
Ó en torno de las sienes zumbadora
El honda sacudir, y al cisne cano
Ó ya la grulla derribar que mora
Orillas de Estrimon! En vano, en vano
Cien tirrenas matronas para nuera
Quisieron detenerla en su carrera.