CLXXX.
Aquellos mismos que patente entrada
Hallan, yendo adelante, no por eso
Evitan de la turba encarnizada
Que envuelta en el tropel los sigue, el peso.
Tal hubo á quien alcance dió la espada
Ya en el umbral, á do llegaba ileso,
Y en la patria ciudad, recien llagado,
Va á morir de su hogar en el sagrado.
CLXXXI.
Mas de la plaza al ver los guardadores
Que amigos y enemigos junto llegan,
Puertas danse á cerrar, y á los clamores
No osan ceder de los que ansiosos ruegan.
Nacieron del terror ciegos furores:
Estos, armas en mano, el paso niegan;
Con las suyas abrirlo aquéllos quieren,
Y en choque horrendo asaz matan y mueren.
CLXXXII.
Los exclusos, que en vano buscan senda
(Espectáculo fiero á los llorosos
Padres), ó urgidos de presion tremenda
Caen despeñados en los hondos fosos,
O contra la muralla á toda rienda
Arrójanse á estrellarse impetüosos,
Y los ferrados postes acomete
La ciega masa con furor de ariete.
CLXXXIII.
Desde el muro matronas y doncellas
Negras púas y recios leños tiran,
Si aceros faltan, y á seguir las huellas
De la Amazona intrépidas aspiran.
Puro amor de la Patria tanto en ellas
Hace, que sólo á defenderla miran
Tendiendo el cuerpo, y cada cual espera
Morir en el empeño la primera.
CLXXXIV.
En este medio allá en los escondidos
Senos del bosque á Turno desconcierta
Nueva cruel que lleva á sus oidos
Acca en gran turbacion:—Camila, muerta:
Los Volscos, destrozados, destruidos:
Del enemigo la victoria, cierta;
Suyo el abandonado campamento:
El terror á las puertas de Laurento.
CLXXXV.
El mancebo al instante ardiendo en ira
(No sin que á ello en su daño le persuada
La voluntad de Jove) se retira
Del agrio bosque y pérfida celada.
A tiempo que él de nuevo á sus piés mira
Dilatarse los llanos, la evacuada
Montaña Enéas penetró, la altura
Supera, y sale de la selva oscura.
CLXXXVI.
Raudo uno y otro á la ciudad camina;
No muchos pasos entre sí distantes
Y en órden van. La hueste laurentina
Y de polvo los campos humeantes
Delante Enéas ve: que él se avecina
Turno advierte á su vez; de los infantes
Ha sentido el concorde movimiento
Y de los potros el fogoso aliento.
CLXXXVII.
Y al combate principio allí se diera,
Si, á par que el hemisferio desampara,
No ya el rosado Febo en la onda ibera
Sus cansados cabellos recreara.
Abriendo de la noche la carrera
Fallece el dia, y sin su lumbre clara
Deja á entrambos ejércitos, los cuales
Cercando el muro asientan sus rëales.