WeRead Powered by ReaderPub
Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 877: IX.
Open in WeRead

About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

LIBRO DUODÉCIMO.

I.

Turno, como á las haces de Laurento
Bajo impropicio Marte debeladas
Perder contemple el primitivo aliento,
Y que en torno solícitas miradas
De su palabra audaz al cumplimiento
Le empeñan, mudamente en él clavadas.
Implacable de suyo se enardece
Y con sus iras su arrogancia crece.

II.

Como leon que en la africana arena,
Si le han herido cazadores, arde
En rabia, que su roto pecho llena
Por grados; y ya, en fin, con fiero alarde
Armas mueve; sacude la melena
Sobre el fornido cuello, y el cobarde
Dardo rompiendo que llevó prendido,
Da con labio sangriento un gran rugido:

III.

No de otra suerte el fuego de venganza
En el alma de Turno se acrecienta.
Va luégo á hablar al Rey, sin que templanza
Sufra en el tono su pasion violenta:
«¡Señor!» dícele, «en Turno no hay tardanza,
Ni hay por qué de lo dicho se arrepienta
El vil Dardanio ó lo pactado altere;
Soy con él en batalla, si esto quiere.

IV.

»Tú en la forma ritual el desafío
Propon con esta ley, augusto anciano:
O ha de lanzar al Tártaro sombrío
A ese prófugo de Asia aquesta mano,
Y sentado contemple el campo mio
Que por la honra comun mi ardor no es vano;
Ó él á todos en mí vencidos vea,
Suya Lavinia con el triunfo sea.»

V.

Latino respondió palabras tales
Con grave y reposado continente:
«Lo mismo que entre todos sobresales,
Mancebo audaz de corazon valiente,
Por tus feroces ímpetus marciales,
Más que todos me cumple ser prudente,
Y es bien que todo yo lo pese y mida,
Consejos oiga y en sazon decida.

VI.

»Villas ganadas por tu esfuerzo tienes,
Y tienes de tu padre el real palacio;
Latino, como Dauno, abunda en bienes
Y en liberal afecto. Hay en el Lacio
Otras beldades de virgíneas sienes,
Nobles tambien. Perdona si me espacio
En ideas amargas: lo que siento
Te diré sin disfraz; estáme atento:

VII.

»A antiguos pretendientes la hija mia
No he debido otorgar; á tal partido
Hombres y Dioses oponerse vía.
Vencido de mi amor á tí, vencido
Fuí del deudo, y del llanto y frenesía
De la régia consorte: al recibido
Yerno quito su bien, todos los lazos
Rompo, y de impía guerra échome en brazos!

VIII.

»De entónces cuántas bélicas faenas
Me envuelven, sabes, Turno; ¿y qué no hallas,
Tú mismo, tú el que más, de ímprobas penas?
Perdimos en el campo dos batallas;
Las esperanzas de la Patria apénas
Guarecemos ahora entre murallas:
Aun cálido con sangre el Tibre ondea,
Aun de osamentas la llanura albea.

IX.

»¡Ay! ¿á qué instable acuerdos tomo y mudo?
¿Qué demencia me impele y me desvía?
¿Por qué la guerra á suspender no acudo
De una vez, vivo tú, si, muerto, habria
De atar con ellos amistoso nudo?
¡Ser no puede mi suerte tan impía
Que, porque mi hija y sociedad me pides,
A exponerte me fuerce á horrendas lides!

X.

»Los consanguíneos Rútulos ¿qué hubieran
De decir? ¿qué la Italia toda?... ¡Mira
Los altibajos que al que lidia esperan!...
¿Piedad tu viejo padre no te inspira
Si pesares su término aceleran?
¡En Ardea, ausente tú, por ti suspira!»
Habló. Turno á razones no se inclina;
Es estímulo al mal la medicina.

XI.

Insiste en sus propósitos; y luégo
Que pudo desatar la voz, turbado
De aquel furor inexorable y ciego,
«¡Monarca venerable! ese cuidado
Que tomas,» dice, «por mi bien, te ruego
Te dignes por mi bien echarle á un lado;
¡Permite que áun á costa de mi vida
Conquiste yo la gloria apetecida!

XII.

»Sí, que no es tan inválido mi acero,
Ni golpes da mi diestra tan en vago:
¡Tambien hienden mis armas cuando hiero,
Y allí brota la sangre donde llago!
No acudirá esta vez tan de ligero
Diva madre á librarle del amago;
Seránle contra mí defensa flaca
Femíneos velos entre nube opaca!»

XIII.

La Reina, en tanto, á quien temblar hacía
Aquel nuevo combate, á Turno ardiente,
Su electo yerno, detener porfía;
Y ya entre sí mortal despecho siente:
«¡Óyeme!» dice, «¡tú, esperanza mia,
Consuelo solo á mi vejez doliente!
Columna del Estado glorïosa;
Mi casa entera en tu favor reposa.

XIV.

»¡Oh Turno! por mi bien y mi decoro,
Si algun respeto y atencion me debes,
Te ruego, y por las lágrimas que lloro,
Que con los Teucros tu valor no pruebes;
¡Es la única merced de tí que imploro!
Mio será cualquiera fin que lleves;
Pues yerno á Enéas no veré cautiva:
¡No pienses ¡ah! que yo te sobreviva!»

XV.

Oye á su madre, y lágrimas derrama
Lavinia, y harto dice su mejilla;
Vivo rubor la baña de la llama
Que en los huesos empieza á consumilla:
Marfil semeja el rostro de la dama
Que en múrice sangriento tinto brilla,
Ó albo lirio á quien da profusa rosa,
Con él mezclada, su color fogosa.

XVI.

Turbado, en la beldad que le enamora
Ha fijado los ojos el guerrero,
Y arde más por lidiar. «¿Y á qué, señora,»
Conciso dice á Amata, «el triste agüero
Me ofreces de tus lágrimas, ahora
Que de Marte me arrojo al lance fiero?
¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pia,
Parar no es dado de su muerte el dia.

XVII.

»Y tú al frigio tirano, Idmon, vé y lleva,
Mal que le suene, este mensaje: «Luégo
Que haya asomado al mundo Aurora nueva
Sobre sus ruedas de matiz de fuego,
Contra el mio su ejército él no mueva,
Guarden Teucros y Rútulos sosiego:
Sea con nuestra sangre disputada
Lavinia, en ese campo, espada á espada!»

XVIII.

Dice, y va á su mansion. ¡Con qué alegría,
Pidiendo sus caballos, ve que atentos
Bufan ante él con noble bizarría!
Blancos cual nieve, rápidos cual vientos
A Pilumno ofrendólos Oritía.
Aurigas les cortejan: los contentos
Pechos la palma en hueco són golpea,
Y el crin les peina que revuelto ondea.

XIX.

Ensáyase á los hombros la coraza,
Toda de oro erizada y de blanquizo
Oricalco; el escudo fino embraza;
Prende la espada y el creston rojizo:
Espada aquella de divina traza
Que el Dios del fuego por sus manos hizo,
Candente la templó en la estigia ola,
Y al padre Dauno él mismo reservóla.

XX.

En medio al edificio puesto habia
La recta lanza contra gran coluna:
Arrebátala airado—arma que un dia
Ganó al aurunco Actor su alta fortuna—
Y en furibunda voz: «¡Vén, lanza mia,
Nunca sorda á mis votos! Oportuna
Ocasion es llegada: Actor el grande
Ya te supo blandir; Turno hoy te blande!

XXI.

»¡Ven! (dice, y fulminante la menea)
«¡Oh! dáme que á ese Frigio afeminado
Bajo tus botes confundido vea;
Que la tersa loriga, mal su grado,
Rota, arrancada, destrozada sea,
Y el cabello gentil todo empolvado
Que unge, en mirra y con hierro ardiente riza!»
Turno así delirando se encarniza.

XXII.

Y ya al rostro el incendio que le agita
Brota, y siniestro en su mirar chispea.
Así tambien sus armas ejercita
El toro que se ensaya á la pelea;
Terríficos mugidos da, se irrita
Contra el tronco de un árbol, y en idea,
Hiriendo al aire, á su contrario llama,
Y el escarbado polvo desparrama.

XXIII.

No ménos fiero Enéas por su lado
Anímase á la lid, la lid anhela,
De las maternas armas rodeado.
Admite el reto, apláudele. Revela
A sus amigos el querer del hado,
Y al afligido Ascanio así consuela.
Nobles envía que á Latino lleven
Leal respuesta y el concierto aprueben.

XXIV.

Apénas con el rayo rubicundo
Las crestas de los montes se teñian
(A la hora en que, del piélago profundo
Los caballos del Sol saliendo, envían
Por las altas narices luz al mundo),
Y Rútulos y Teucros ya acudian
Campo á medir, ante la gran muralla,
Donde se dé la singular batalla.

XXV.

Unos, de grama, en medio del arena,
A los Dioses comunes ponen aras;
Otro, el limo vestido, y de verbena
Orlado, fuego trae y linfas claras.
El ejército ausonio á puerta plena
Sale, con picas uniforme; y raras
Y varias armas á su vez mostrando,
Viene el troyano y el tirreno bando.

XXVI.

¿Quién lid recia y de muertos altas pilas
No augurara de aquel marcial arreo?
Pasar volando en medio de las filas
A los insignes capitanes veo
Radiantes de oro y grana: el fuerte Asílas,
Nieto ilustre de Asáraco Mnesteo,
Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,
Domador de caballos cual ninguno.

XXVII.

Cada cual á su sitio vuelve, y mudos,
A una seña obedientes, en el suelo
Hincan lanzas y arriman los escudos.
Las madres ya, con zozobrante anhelo,
Y los ancianos, de vigor desnudos,
Y plebe inerme, á presenciar el duelo
Agólpanse á los techos y á las yertas
Torres, ú ocupan las altivas puertas.

XXVIII.

Juno en tanto, de vivo afan llevada,
Se ha posado en la cima del Albano—
Monte sin nombre á la sazon, pues nada
Al sitio daba gloria;—y sobre el llano
Solícita dirige la mirada,
Registra el horizonte, y el troyano
Ejército á la vez y el laurentino
Contempla, y la ciudad del rey Latino.

XXIX.

Tornóse á hablar la Diosa de repente
A la hermana de Turno: semidea
Que, puesta de aguas dulces á la frente
Tal vez en limpio estanque se recrea,
Tal en sonora despeñada fuente:
El alto Rey que el éter señorea
Su virginal honor robado habia,
Y premióla con esta primacía.

XXX.

«¡Ninfa, honor de las ondas cristalinas,
Carísima ante todas á mi pecho!»
(Juno la dice) «á tí entre las Latinas
Que Júpiter infiel subió á mi lecho
Sola amé y elegí, y en las divinas
Mansiones á ocupar te dí derecho
Glorioso asiento. Oye tu mal ahora,
Yuturna, en el afan que me devora.

XXXI.

»¡Oh! ¡no me inculpes! Por do ví camino
De la Suerte y las Parcas mal cerrado
A la esperanza del poder latino,
Por allí á Turno y tu ciudad de grado
Siempre auxilié. Con inferior destino
Hoy al caro adalid miro abocado
A horrendo lance, y acercarse siento
¡Ay! de las Parcas el fatal momento!

XXXII.

»No sufren, no, mis ojos esa lucha
Ni esa paz. Tú el favor que darse pueda
(Caso es urgente, y pide audacia mucha)
Corre á dársele á Turno: acaso ceda
La adversa suerte.» Atónita la escucha
Yuturna, y llanto por su rostro rueda;
Tres, cuatro veces en herir se agrada
El seno hermoso con la diestra airada.

XXXIII.

«No es tiempo» (insiste la saturnia Diosa)
«De llorar. A tu hermano vé y liberta,
Si hay medio, de la muerte que le acosa;—
Ó provoca un conflicto, y desconcierta
El pacto celebrado: ¡elige y osa!
Te doy mi autoridad.» Fuése, é incierta
Ha dejado á la Ninfa y confundida,
Con aquella en el alma triste herida.

XXXIV.

Salen los Reyes ya. Con mole ingente
Viene Latino de su campo; tiran
Cuatro brutos su carro, y de su frente
Doce áureos rayos en redor se miran,
Del Sol su abuelo emblema refulgente.
Turno va en ruedas que arrastradas giran
De dos caballos blancos, y su diestra
Dos dardos de ancha hoja en alto muestra.

XXXV.

De acá, orígen de Roma, el Rey troyano
Marcha, y con armas célicas fulgura
Y con sidéreo escudo. Al par galano
Avanza Ascanio, en quien feliz se augura
Otra esperanza del poder romano.
El sacerdote en alba vestidura
Un lechon y una intonsa corderilla
Conduce al ara donde el fuego brilla.

XXXVI.

Vuelven los ojos hácia el sol naciente:
La mola esparcen, con el hierro siegan
En la testa á la víctima presente
Breves mechones que á la llama entregan,
Y las tazas alzando juntamente
Con el sacro licor las aras riegan.
Empuña Enéas el desnudo acero,
Y así sus preces pronunció el primero:

XXXVII.

«¡Sol! ¡de mi juramento sé testigo!
¡Y tú, á do el hado al fin me da que aporte
Despues de afanes tantos, suelo amigo!
¡Y oh Rey omnipotente y real consorte,
Alma hija de Saturno, ya conmigo
Ménos severa, oidme! ¡Y tú, Mavorte,
Que sobre el haz de la anchurosa tierra
Haces rodar el carro de la guerra!

XXXVIII.

»¡Tambien las sacras fuentes y los rios,
Y cuanto númen sobre el aire impere
Y en la cerúlea mar, me escuchen pios!
Marcharán, si de Turno el triunfo fuere,
De Evandro á la ciudad Yulo y los mios;
El vencedor del campo se apodere,
Ni tema que á este reino los Troyanos
Vuelvan infieles con armadas manos.

XXXIX.

»Mas si á mí el triunfo Marte da—lo espero,
Y ¡oh! confirmen los Dioses mi esperanza!—
No haré que humille, mísero pechero,
El ítalo al Troyano su pujanza,
Ni optaré el cetro soberano. Quiero
Que, invictos ambos pueblos, de alïanza
Nudos estrechen que perpetuos duren,
E iguales leyes como hermanos juren.

XL.

»Yo los ritos daré, daré el divino
Culto; su alto poder conserve entero
Y el derecho de guerra el rey Latino;
Muro á mí los Troyanos duradero,
Que por Lavinia se dirá Lavino,
Alzarán.» Así Enéas el primero
Habló; luégo Latino, la mirada
Vuelta al cielo, y la diestra levantada:

XLI.

«Tambien, ¡oh Enéas! por el Éter puro,
Y por la Tierra y líquido Oceano,
Y por los hijos de Latona juro;
A ambos invoco, y al bifronte Jano:
Por las Deidades del Averno oscuro
Y el santuario de Pluton tirano;
Y oiga mi voz el Padre omnipotente
Que pactos sella con su rayo ardiente!

XLII.

»Toco el ara, y el almo fuego alzado
En medio de los dos, testigo sea:
¡Oh! cualquiera que fuere nuestro estado,
No llegue dia en que romper se vea
Esta paz en Italia, este tratado!
Que anegue el orbe fuerza gigantea
Y al Tártaro derribe el firmamento;—
¡No hará volver atras mi juramento!

XLIII.

»Como este cetro la palabra mia:
Falto del jugo vegetal materno,
Segado en brazos y melena umbría,
Ya verdor no dará frondoso y tierno:
Hierro al bosque arrancóle, árbol un dia;
El arte en bronce le embutió, y eterno
Emblema de los reyes de mi casa,
De mano en mano incorruptible pasa.»

XLIV.

Tal dice, y muestra al par en las reales
Manos el cetro venerado. Sellan
Ambos sus votos con razones tales
En medio de los próceres. Degüellan
Ante el fuego despues los animales
Sagrados, palpitantes los desuellan,
Y encima de las aras las calientes
Entrañas ponen en colmadas fuentes.

XLV.

Tiempo há ya que las rútulas legiones
Del iniciado pacto auguran males;
Un secreto pavor sus corazones
Ocupa, y más cuando á los dos rivales
Próximos ven, y de ambos campeones
Consideran las fuerzas desiguales.
El modo infausto como Turno avanza
Crece la popular desconfianza.

XLVI.

Mudo y á lento paso comparece
A doblar ante el ara la rodilla;
Su juvenil figura palidece,
Baja la vista, mustia la mejilla.
Ve la Ninfa al hermano, y ve cuál crece
En sordas voces la naciente hablilla,
Turbados pechos vacilar advierte;
Y entre ellos, disfrazada de Camerte—

XLVII.

Era éste un lidiador que gala hacía
De su antigua nobleza, y cuya espada
De su padre á la clara nombradía
En el ardor de bélica jornada
Correspondió con noble bizarría—
Entre ellos, de Camerte disfrazada,
Yuturna, pues, astuta el pié desliza,
Y rumores sembrando el fuego atiza:

XLVIII.

«¿Que al invasor se oponga, no es vergüenza,
Rútulos, sola un alma? ¿Ó de él, insanos,
Temblais que en fuerza ó multitud nos venza?
Ved: Arcades, y Teucros y Toscanos,
Hueste á Turno fatal: allí comienza,
Y allí acaba; están todos: si á las manos
Con dos nuestros solo uno de ellos viene,
No temo que su número se llene.

XLIX.

»Subirá de los Númenes al lado
Él, que ahora á sus aras reverente
Se ofrenda; en alas de la fama alzado
Cobrará vida en boca de la gente;
Miéntras nosotros, pueblo vil, sentado
A mirarle con ojo indiferente,
Quedaremos sin patria: el tiempo acerba
Y justa servidumbre nos reserva!»

L.

Así exalta las almas. Por instantes
Se agrandan, vueltas dando, los rumores.
No son los Laurentinos cual en ántes;
Aun los mismos Latinos, que de horrores
El término esperaban anhelantes,
Abren súbito el pecho á los furores,
De Turno el caso indigno les conduele,
Y arden ya porque el pacto se cancele.

LI.

Atenta á la ocasion que la convida,
Yuturna entónces da en el alto cielo
Gran señal que los ánimos decida
Y engañe de los Ítalos el celo.
Esforzaba en la atmósfera encendida
Tras ribereños pájaros el vuelo
La roja ave de Júpiter, y puso
En triste fuga al escuadron confuso.

LII.

A las olas de súbito se cala,
De un cisne hermoso aferra, y por el viento
Con ímpetu feroz remonta el ala.
Los Ítalos la observan; y ¡oh portento!
Clamor acorde el bando aéreo exhala,
Y en densa nube é inverso movimiento
Persigue á la cruel de quien huia;
Bajo sus plumas se oscurece el dia.

LIII.

Tanto la han acosado, y tal le pesa
Su nueva mole al águila, que al rio
Floja la garra al fin suelta la presa,
Y piérdese en el ámbito vacío.
En júbilo trocando la sorpresa
Los Ítalos, y en alto vocerío
Rompiendo, la simbólica apariencia
Saludan, y á las manos dan licencia.

LIV.

Tolumnio el adivino habló el primero:
«¡Oh! lo que tanto ansié cúmplese ahora:
Me dan los Dioses favorable agüero.
A mi ejemplo, á mi voz, sin más demora
Requerid, desgraciados, el acero
Contra ese advenedizo que os azora,
Que con tímidas aves os iguala
Y vuestras costas ominoso tala!

LV.

»A salvar nuestro Rey de uñas feroces
Venid, las filas estrechad: yo os fio
Que fugitivo el robador, veloces
Las alas soltará de su navío
A perderse en los mares.» Tales voces
Lanza el augur, y con resuelto brío
Corre adelante, y una lanza tira
A los contrarios que á su alcance mira.

LVI.

Inevitable el asta huye y rechina;
Suena inmenso clamor; tumultuosa
Agitacion los órdenes domina
De bancos, y en los ánimos rebosa.
Nueve hijos, de belleza peregrina,
Que al árcade Gilipo etrusca esposa
Dió, fiel cuanto fecunda, hizo el Destino
Que estuviesen enfrente al adivino.

LVII.

A uno de ellos, gallardo á maravilla,
Y vestido de fúlgida armadura,
Por medio al vientre, donde usado brilla
Tahalí cuyos cabos asegura
En la parte central dentada hebilla,
Por allí á traspasarle se apresura
El crudo hierro, y sus costillas hienden,
Y en el rojo arenal yerto le tiende.

LVIII.

Enciéndese mortal resentimiento
En los hermanos: arma arrojadiza
Uno toma, otro espada empuña; á tiento
La animosa legion corre á la liza.
Vuela en contra la hueste de Laurento;
Va en pro, con armas que el blason matiza,
El Arcade, y con él, ardiendo en saña,
Teucro y Etrusco inundan la campaña.

LIX.

Así á todos aguija un mismo anhelo,
El de reñir: á despojar se atreven
Las aras: se oscurece todo el cielo
Con los dardos innúmeros que llueven.
En tanto los ministros, en su duelo,
Vasos, sacros hogares léjos mueven;
Huye, en viendo deshechos los tratados,
Latino con sus Dioses ultrajados.