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Entre naranjos

Chapter 8: VI
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About This Book

Un joven diputado regresa a su ciudad natal entre huertos de naranjos, y la narración sigue sus paseos, recuerdos y encuentros que revelan la vida provincial: las rivalidades sociales, la devoción popular, los cacicazgos locales y las tensiones entre tradición y ambición. A través de descripciones del paisaje, las calles antiguas, las fiestas y las pequeñas intrigas familiares y políticas, la obra examina la nostalgia, el peso del pasado y las maneras en que el poder, la religión y la economía agraria modelan las relaciones humanas en un mundo rural en transformación.

Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña, que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente sencilla.

Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de adolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchacho el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel Cupido era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener cosas y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenes admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.

Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barbero como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el continuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le tuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.

—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que malicia.

No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y ridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en su barbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a leer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían al barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid leían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía», se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande, esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles y perversas insolencias.

No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algún huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo ocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos les servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor, según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos de Cupido».

Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el gobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San Bernardo iría a parar al mar.

Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estaba próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por sus impiedades.

Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habían dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en un huerto. No sería esta la única desgracia. Caballos y cerdos habían pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.

EL barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no se atrevía a indicar. Por fin se decidió:

—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunas veces, ¿no ocurrirá algo?

—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primera inundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será un lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto... ¡Mira que venir de tan lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...

Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele la proposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.

—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?

—¡Ir allá!... ¿Y cómo?

Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese graciosísima.

—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la célebre diva nos vea llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.

—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera una desgracia!...

El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.

—Tú te interesas también por la ilustre artista... ¡Ah pillo! También te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lo dijo ella.

—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?

—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una tarde.

Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había añadido que le parecía «un muchacho tonto».

Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí, inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la presencia de un hombre?

—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó a Valencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; más segura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he visto remar; yo no soy manco... ¿Vamos?

—Andando—dijo el barbero con resolución.

Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.

El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda, manteniéndolo junto a la orilla.

Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de la expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael y allá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Qué hombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablaba contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael, encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridad partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles entusiastas que querían acompañar al quefe; ahogarse con él si era preciso.

Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la barca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafael para el timón.

—¡Solteu! ¡solteu!—ordenó el hijo de doña Bernarda.

Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.

Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos sumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y a la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíanse pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar en ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su audacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que parecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la ciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca: ¡Viva don Rafael! ¡viva Brull!

Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.

De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a la realidad.

—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las aguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.

Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos con los sumergidos obstáculos.

Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el río libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.

Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad, más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua, una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento, arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.

El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, no mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonados en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un tren a gran velocidad.

—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos en el río. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.

El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.

La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas crujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañas que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero la corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.

La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá, gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en los huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez en cuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote, como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando otro paso.

Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro, evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a qué lado estaba el río. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin dirección.

Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se agarraban a la quilla.

—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿No ves ninguna luz?

—Nada.

El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que asomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por las húmedas y pesadas tinieblas.

Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de fatiga.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? y embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación, creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían eternamente sus cadáveres.

Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La dejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tan penosamente buscada.

—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla y vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo importante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en la obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, al menos sabremos dónde estamos.

Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco a poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercas tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba agrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.

La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de una casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de embarcaderos en aquel lago inmenso.

—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.

Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa dulzura, rasgó el silencio.

—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!

Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.

—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos. ¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!

Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica obscuridad.

—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; no llores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en una barquilla de nácar a prestarnos auxilio.

Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona que parecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.

Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y alborozadas por el inesperado arribo.

Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte para amarrar la barca.

Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que permanecía sentado y encogido junto al timón.

—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con usted?...

El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta pregunta.

—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya, y él es quien me metió en la aventura.

—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.

Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza, agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.

Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de frente, dominado por una invencible timidez.

—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía! Pero pase usted.

Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena de orgullo.

Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones de muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a las paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos, subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba en su modesta casa.

Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja, apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla haciendo chistes sobre la inundación.

—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Ha venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?

La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin pareció enterarse de lo que le decían.

—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con este tiempo? ¿Y si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!

Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían a Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar la vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámpara de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho que había conocido en el paseo a la ermita.

La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad, se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.

—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contarán mañana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos pecados.

Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores no podían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados y desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos, bastaba verles! Y colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.

—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Que coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?

Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto despótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de llaves y ruidoso abrir de cofres.

Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron, mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y con la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.

Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un lío de ropas.

—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la guerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.

Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas mejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche de rosa.

—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.

Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes cascadas de encajes en el pecho y las mangas.

Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso era aquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?... ¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por la extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata habitación para ponerse la bata.

—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo he encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta que está chorreando.

El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba bien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.

Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en la casa que ella no admitía réplicas.

—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.

Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó a tirarle de la chaqueta.

El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajado en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora, le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella? Estaba en un mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa sábana de agua.

—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.

Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles, le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y el chaleco.

Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven comprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles de francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso de pisarlo.

Leonora reía de su timidez.

—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena. Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San Petersburgo.

Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en él, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.

Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envuelto en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual una tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanos reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abría desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que según ella, era el más gracioso de todos los demonios.

Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la obscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcado interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.

La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de una epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él, aumentaba esta ilusión.

Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.

—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es un arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en su barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que el barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no creía que aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.

—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar su aventura.

—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me hacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de la última postura como los romanos y temía perecer aquí como una rata sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo que he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay más molestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muy hermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en un lago. ¿Verdad, Rafael?

—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.

—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensación del momento.

Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba la ligera alusión al pasado.

Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la conversación.

—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas conoce?

Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días, pero se contuvo y se asió a un pretexto.

—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el talento de usted.

Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.

—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de aquí.

Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.

—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes, apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor mío.

El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies. Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de Leonora.

—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómica indignación.—¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita, su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡qué monstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!

Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando con una carcajada su delito.

—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonora aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono fraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me mostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo las cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted que se la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menos cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.

Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle el alma.

—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Es verdad o no lo que digo?

—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto bruscamente.

—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para que usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamos amigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento. Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivas situaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le consideraré como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre el tormento de mi vida.

—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.

—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y la expresión del joven.—¿Y si no puedo? ¿Por qué no ha de poder usted? ¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído cantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que los muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta será su casa.

Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:

—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero a pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí. No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad... ¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...

Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.

Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a Leonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar, transparentando una claridad lívida.

Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:

—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en niñerías y ser un camarada formal?

Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus dedos como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.

—¡Amigo!... me resignaré ya que no hay otro remedio.

—Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un sacrificio; usted no me conoce, pero créame a mí que me conozco bien. Aunque llegase a amarle (y esto no será nunca), saldría usted perdiendo. Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y de dos que lo saben bien.

—Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche. También espero yo que usted llegará a conocerme.

—Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga... ¿Quiere usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontré allá en la ermita, me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres encuentran. Después, al verle rondando esta casa, se aumentó mi desprecio y mi rabia. «¿Pero ese señoritín qué se habrá figurado?» ¡Lo que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado en su cara y su figura: no me había dado cuenta de que es usted guapo...

Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.

—Pero después de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted, capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga. Después, el día que menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y ¡a mover las alas! Le escribiré; le enviaré periódicos que hablen de mí y usted verá como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin tropezar con el fastidio.

—¡Que tarde ese momento!—dijo Rafael.—¡Que no llegue nunca!

—¡Loco!—exclamó Leonora.—Usted no sabe cómo soy. Si estuviera aquí mucho tiempo, acabaríamos por reñir y pegarnos. En el fondo odio a los hombres; he sido siempre su más terrible enemiga.

Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con grotescos contoneos: se aproximaba al balcón con doña Pepita para contemplar el amanecer.

Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso celaje: la inmensa sábana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo. Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la inundación; árboles arrancados de cuajo, haces de cañas, techumbres de paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadías del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que, poco a poco iban engrosándose con nuevos despojos de la corriente.

Allá lejos, en el límite de la laguna, movíanse con regularidad algunos puntos negros, agitando sus patas como moscas acuáticas, en torno de las casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lámina de agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la Armada, traídos en ferrocarril hasta el límite de la inundación.

Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba salir al encuentro de aquellas barcas.

Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despojó con gran disgusto de su capa de pieles.

Le parecía que abandonándola, iba a perder el calor de aquella noche de dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que había estado horas enteras apoyado en él.

Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora le miraba fijamente.

—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por el balcón como esta noche.

—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza que pareció conmover a Leonora.

Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.

—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como en la escena. Bese usted.

Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su mano.

—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós! ¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.

—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero sosteniendo la barca.

—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la barca está muy baja.

Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.

—¡Adiós! ¡adiós! ¡muchas gracias!—gritaban desde el balcón la tía, la doncella y toda la familia del hortelano.

Rafael, abandonando el timón, con el rostro vuelto a la casa, sólo veía aquella arrogante figura, que agitaba un pañuelo saludándoles. La vio mucho tiempo, y cuando las copas de los árboles sumergidos le ocultaron el balcón, inclinó la cabeza, entregándose al silencioso placer de saborear la dulzura que aún sentía en sus labios.

VI

Las elecciones pusieron en movimiento a todo el distrito. Había llegado el momento solemne para la casa de Brull y todos sus fieles, no seguros aún de la omnipotencia del partido, como si temieran a ocultos enemigos que podían presentarse inesperadamente, se agitaban en la ciudad y los pueblos lanzando cual grito de victoria el nombre de Rafael.

Pocos se acordaban de la inundación. El sol bienhechor había secado los campos; los huertos se mostraban más hermosos que nunca, como si el río, al invadirlos, les hubiese fecundado con nueva vida; se anunciaba una cosecha magnífica, y sólo como recuerdo de la catástrofe quedaba algún seto aplastado, alguna cerca desmoronada, algún camino hondo con los ribazos destruidos.

Todo se reparaba con relativa rapidez y la gente mostrábase contenta hablando del pasado peligro con desprecio. ¡Hasta la otra!

Además, se había repartido mucho dinero. Llegaron socorros de la capital de la provincia, de Madrid, de toda España, gracias al trompeteo lastimoso de la prensa, y los hortelanos, con la credulidad del devoto que atribuye todos sus bienes a la protección del santo patrono, agradecían la limosna a Rafael y su madre, proponiéndose ser cada vez más fieles a la poderosa familia. ¡Viva el padre de los pobres!

Doña Bernarda, viendo próximos a realizarse sus ensueños de ambición, no se daba un momento de reposo. Indignábase ante la indiferencia y frialdad de su hijo. El distrito era suyo, pero no había que dormirse. ¿Quién sabe lo que a última hora podían hacer los enemigos del orden, que eran bastantes en la ciudad? Había que ir a tal pueblo para decir cuatro palabras a los electores ricos; visitar al alcalde del otro para que viera que se le hacía caso; moverse mucho, que toda la gente se preocupara de su persona.

Y Rafael obedecía, pero evitando que le acompañase don Andrés, pues a la ida o a la vuelta pasaba unas cuantas horas en la casa azul o suprimía por completo el viaje para quedarse allí temblando al volver a casa por si su madre se enteraba de tales distracciones.

Doña Bernarda conocía aquella nueva amistad. Sin otra preocupación que la salud y los actos de Rafael, y ayudada por el chismorreo de una ciudad curiosa, nada hacía su hijo que no lo supiera a las pocas horas. Hasta tenía noticias, por una indiscreción de Cupido, de aquel arriesgado viaje de noche y a través de los peligros de la inundación, para ir a presentarse a la cómica, como ella decía con rabioso acento de desprecio.

Entonces ocurrieron las tormentosas escenas que habían de dejar en Rafael una profunda impresión de amargura y miedo.

La dureza del carácter de doña Bernarda quebrantó al joven, haciéndole comprender con cuánta razón había temido siempre a su madre. La áspera devota, con su coraza de virtud y sanos principios, le aplastó desde las primeras palabras. ¿Se había propuesto deshonrar la casa? Ahora que tras muchos años de trabajos iba a alcanzar el fruto de tantos sacrificios ¿quería, por su afición a una cómica, ponerse en ridículo dando motivos de burla a los enemigos? E indignada, no vaciló en rasgar brutalmente el velo de prudencia tras el cual se habían desarrollado misteriosamente sus desventuras y sus rabias conyugales; no dudó en volcar sobre la cabeza del hijo todas las miserias ocultas de su matrimonio.

—Lo mismo que tu padre—exclamó iracunda doña Bernarda.—No puedes negar su sangre: mujeriego, amigo de las perdidas, capaz por una cualquiera de comprometer la suerte de la casa... ¡Y yo, grandísima tonta, trabajando por ellos! ¡olvidando la salvación de mi alma, para lograr que llegues donde no llegó tu padre!... ¡Y cómo me lo agradeces!... ¡Lo mismo que aquél! con un disgusto a cada momento.

Humanizándose después, sintiendo la necesidad de comunicar sus proyectos para lo porvenir, pasó de la ira a la amistosa confidencia, y comenzó a revelar a Rafael el estado de la casa. Ocupado él en hojear librotes y en las cosas del partido, no sabía cómo marchaban los asuntos. Ni necesitaba saberlo: para eso estaba ella. Pero quería que conociera las brechas que en su fortuna habían abierto a última hora las locuras de su padre.

Ella hacía milagros de economía. Muchas deudas estaban pagadas ya; llevaba levantadas algunas hipotecas; gracias a su buena administración, ayudada por el fiel don Andrés; pero la carga era grande y en muchos años no conseguiría librarse de ella.

Además (y al llegar aquí doña Bernarda se mostraba más tierna y con voz insinuante), ya que era el primer hombre del distrito, debía ser el más acaudalado; lograrlo no resultaba difícil. Todo consistía en ser buen hijo, en dejarse guiar por ella, la que mejor le quería en el mundo... Ahora diputado y después, cuando volviera de Madrid, a casarse. No faltarían buenas muchachas, educadas con el temor de Dios, y además millonarias que se darían por contentas siendo su mujer.

Rafael la atajó con una débil sonrisa. Ya sabía de quién hablaba su madre; de Remedios, la hija del más rico de la ciudad, un rústico de suerte loca que inundaba de naranja los mercados de Inglaterra, ganando por instinto, a despecho de todas las combinaciones comerciales.

Por esto le recomendaba su madre con tanto interés que visitase aquella casa, enviándole a ella con cualquier pretexto. Además, doña Bernarda llevaba a Remedios a la suya con frecuencia, y rara era la tarde que al entrar en su casa Rafael no encontraba a aquella muchacha tímida, torpe y de una belleza insignificante, vestida con trajes que aprisionaban cruelmente su soltura de chicuela criada en los huertos, transformada rápidamente en señorita por la buena suerte del padre.

—Pero mamá—dijo Rafael sonriendo—¡Si yo no pienso casarme!... ¡Si eso, cuando llegue, ha de ser a gusto mío!

La madre y el hijo quedaron moralmente separados después de la borrascosa entrevista. Era una situación que recordaba a Rafael su infancia, cuando después de una travesura encontraba la miraba fiera y el rostro ceñudo de su madre. Pero ahora, esta seriedad agresiva se prolongaba días y días.

Al entrar en casa por las noches se veía interrogado durante la cena en presencia de don Andrés, que no osaba levantar la cabeza ante la poderosa señora. ¿Dónde había estado? ¿A quién había visto?... Rafael sentía el espionaje, siguiéndole en sus paseos por la ciudad y el campo.

—Hoy has estado en casa de la cómica... ¡Cuidado, Rafael! ¡me vas a matar!

Y Rafael, para ir a casa de la cómica, se ocultaba como en su época de niño, cuando robaba fruta en los huertos; marchaba por sendas y ribazos al abrigo de los setos, y la vista de una hortelana o de un muchacho le obligaba a pesados rodeos. Y el hombre que hacía esto era el mismo que en aquel instante llenaba con su nombre todo el distrito; aquel de quien los alcaldes y prohombres decían con plena convicción.—«Aquí no hay más diputado que don Rafael. Ese procurará por nosotros».

Don Andrés se esforzaba por consolar a su ama. Todo aquello era un capricho de muchacho. Había que dejarle que se divirtiera. Al fin era un joven guapo y de buena casa. En su cinismo de viejo acostumbrado a las fáciles conquistas del arrabal, guiñaba sus ojos maliciosamente, creyendo que Rafael había conseguido un triunfo completo en la casa azul. Sólo así podía explicarse su asiduidad en las visitas, la mansa rebeldía a la autoridad maternal.

—Esas cosas, por dulces que sean, acaban por cansar, doña Bernarda—decía el viejo sentenciosamente.—La cómica levantará el vuelo cualquier día; además, deje usted que Rafael vaya como diputado a Madrid y vea aquel mundo; a la vuelta no se acordará de esa mujer.

El fiel lugarteniente de los Brull se hubiera asombrado al ver lo poco que conseguía Rafael.

Leonora no era la misma de la noche de la inundación. Pasado el encanto del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los muchos que en la vida habían girado en torno de ella. Le miraba como un mueble más de su casa que todas las tardes venía a colocarse ante su paso; un autómata que se presentaba para pasar horas y horas contemplándola, pálido y emocionado, con el encogimiento de la inferioridad, contestando sus palabras muchas veces con simplezas que la hacían reír. Su ironía y aquella franqueza de que hacía gala, le herían cruelmente.

—Hola, Rafaelillo—le decía muchas tardes al verle llegar.—¿Pero por qué viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. ¿Qué dirá su mamá?

Y Rafael sufría cruelmente; se avergonzaba de sí mismo, pensando en lo que ocurría en su casa; en las iras que arrastraba para llegar allí. Pero le era imposible librarse de la atracción que sobre él ejercía Leonora.

Además, ¡qué tardes aquellas en que quería ser buena; cuando cansada de pasear por el huerto, fastidiada en su carácter ligero y voluble por la monotonía de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el salón poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el recogimiento de un devoto, se sentaba en un rincón, y contemplando los soberbios hombros sobre los cuales ondeaban como plumas de oro los rizados bucles de la nuca, oía aquella voz hermosa que sonaba dulce y velada, mezclándose a los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas entraba la respiración del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoño, el perfume sazonado de las naranjas maduras que asomaban sus caras de fuego entre los festones de hojas.

Era Schubert, con sus melancólicas romanzas, el músico preferido; la dominaba en aquella soledad el encanto de la música triste. Su alma pasional y tumultuosa parecía desmayarse, enervada por el perfume de los naranjos. Algunas veces, de repente, venía a morderle el recuerdo de sus triunfos escénicos, la gloria artística conquistada sobre las tablas, y golpeando el piano con la sublime furia de la cabalgada de las walkirias, lanzaba el ¡hojotoho! de Brunilda, el grito de guerra impetuoso y salvaje de la hija de Wotan; relincho armónico con el cual había puesto en pie a muchos públicos y que en aquella soledad estremecía a Rafael, haciéndole admirar a su amiga como una divinidad extraña; cual una diosa rubia de ojos verdes, acostumbrada a cabalgar sobre los hielos, entre los torbellinos del huracán, y que en el país del sol se resignaba a ser mujer.

Otras veces, echando atrás su hermoso busto, como si contemplara con la imaginación salones festoneados de rosas, en los que danzasen huecas faldas, pelucas empolvadas y tacones rojos, rozaba las teclas, haciendo sonar un minuetto de Mozart, vagoroso como un perfume elegante, cual la sonrisa de una boca de princesa, pintada y con lunares postizos.

Rafael no olvidaba la noche de amistad; la mano entregada a sus labios en aquel mismo salón. Una vez intentó repetir la escena, e inclinándose sobre las teclas, quiso besar la diestra de Leonora.

La artista se estremeció, como si despertase. Relampaguearon sus ojos con ira, y sin dejar por esto de sonreír, levantó amenazante la mano, con todo su fantástico brillo de pedrería, como si fuese a abofetearle:

—Cuidado, Rafael: es usted un chiquillo y le trataré como a tal. Ya sabe que no gusto de que me molesten. No le despediré; pero si sigue así ¡va usted a llevarse cada bofetada!... ¡Qué pegajoso! Eso sólo se permite una vez, y no olvide usted que cuando yo quiero que me besen la mano, comienzo por darla voluntariamente... Ya no hay más música; se acabó. Vamos a entretener al niño para que esté quietecito.

Y comenzó una de aquellas revistas de equipaje que entusiasmaba a Rafael; una exhibición de recuerdos de su vida artística que al joven le parecían nuevos avances en su intimidad con Leonora.

Contemplaba sus retratos en las diversas óperas por ella cantadas; una numerosa colección de hermosas fotografías, llevando al pie el nombre del gabinete en casi todos los idiomas de Europa; en alfabetos raros que hacían parpadear a Rafael. La Elisabeta, pálida y mística, del Tanhäuser, había sido retratada en Milán; la Elsa, ideal y romántica de Lohengrín, era de Munich; había una Eva, cándida y burguesa de Los maestros cantores, fotografiada en Viena, y una Brunilda soberbia, arrogante, de mirada hostil y centelleadora, que llevaba al pie el sello de San Petersburgo. Esto sin contar un sinnúmero de otras fotografías, recuerdo de temporadas en el Convent-Garden de Londres, el San Carlos de Lisboa, los grandes coliseos de toda Italia, y los teatros de América, desde el de Nueva York al de Río Janiero.

Rafael, manejando aquellas cartulinas enormes sentía la impresión del que pasea por un puerto y percibe el perfume de países lejanos y misteriosos, contemplando los barcos que llegan. Cada retrato parecía envolverle en el ambiente de su país, y desde el tranquilo salón, impregnado de la respiración del silencioso huerto, creía pasear por toda la tierra.

Las fotografías representaban siempre los mismos personajes: las heroínas de Wagner. Leonora, adoradora rabiosa del genio alemán, hablando de él con intima confianza, como si le hubiera conocido, no quería cantar otras óperas que las suyas, y con el afán de abarcar la obra del maestro, no vacilaba en comprometer su prestigio de artista fuerte y vigorosa, interpretando los personajes delicados.

Rafael se fijaba en los retratos uno por uno: aquí parecía más esbelta y triste, como si acabara de salir de una enfermedad; allí fuerte y arrogante, como si desafiara la vida con su hermosura.

—¡Ay, Rafael!—murmuraba ella pensativa.—No todo son alegrías. Yo he pasado mis tempestades como todos. He vivido mucho, y estos pedazos de cartón son capítulos de mí existencia.

Y mientras ella soñaba saboreando el pasado, entusiasmábase Rafael contemplando el retrato de Brunilda, una hermosa fotografía en cuyo robo había pensado más de una vez.

Aquella era Leonora; la walkiria arrogante, la hembra fuerte y valerosa, capaz de darle de bofetadas al más leve atrevimiento y de manejarle como un niño. Bajo el casco de acero brillante como un espejo, con sus dos alas de blancas plumas, caían los rubios bucles, brillaban con salvaje furor los ojos verdes y parecían palpitar las aletas de la nariz con indomable fiereza. El manto colgaba del cuello, redondo, carnoso y fuerte; la coraza de escamas de acero hinchábase con la presión del pecho mórbido de arrogante dureza, y los brazos desnudos, revelando el vigor del músculo bajo la suave curva de la grasa femenil, se apoyaban, uno en la lanza y otro en el escudo brillante y luminoso, como una lámina de cristal. Estaba allí con la majestad de la diosa; era una Palas de la mitología septentrional, hermosa como el heroísmo, terrible como la guerra. Rafael comprendía el enardecimiento loco, la conmoción eléctrica de los públicos al verla aparecer entre las rocas de lienzo pintado, haciendo temblar las tablas con su paso vigoroso, elevando con rudeza sobre las blancas alas del casco la lanza y el escudo y lanzando el grito de la walkiria, el ¡hojotoho! que, repetido en el tranquilo huerto, parecía estremecer las calles de follaje con una corriente de entusiasmo.

Aquella mujer caprichosa, aventurera y alocada, de cuya vida de artista tantas cosas se contaban, había paseado por el mundo la arrogancia de la virgen guerrera soñada por Wagner consiguiendo inmensos triunfos. En un libro abultado, de desiguales hojas, donde guardaba con minuciosa puerilidad de cantante todo lo que habían dicho de ella los periódicos del mundo, encontraba Rafael un eco de las estruendosas ovaciones. Miraba los recortes de papel impreso, muchos de ellos amarillos ya por el tiempo, y pasaba ante sus ojos la visión de teatros llenos de elegantes descotes y pecheras rígidas y brillantes como corazas; ambientes caldeados por la luz y el entusiasmo, donde centelleaban ojos y joyas, y en el fondo, con su casco y su lanza, ella, la walkiria dominadora, saludada con aplausos y gritos de admiración.

En aquellas hojas encontraba grabados de ilustraciones reproduciendo los retratos de la artista, biografías y artículos de crítica relatando los triunfos de la célebre diva Leonora Brunna—que éste era el nombre de guerra de la hija del doctor Moreno,—retazos y más retazos de papel impreso en castellano puro y americanizado; columnas de letra apretada y clara de los periódicos ingleses, párrafos sobre el papel basto y sutil de la prensa francesa e italiana; compactas masas de caracteres góticos que turbaban los ojos de Rafael, e ininteligibles garabatos rusos que parecían caprichos de una mano infantil. Y todos alabando a Leonora, rindiendo un tributo universal al talento de aquella mujer, mirada con desprecio por los burgueses de Alcira. Rafael admiraba a su amiga con la misma emoción que si se hallase en presencia de una divinidad y sentía odio y desprecio ante la grosera y áspera virtud de los que hacían el vacío en torno de ella. ¿Por qué había venido allí? ¿qué motivo la había impulsado a abandonar un mundo de triunfos donde todos la admiraban, para meterse en una vida estrecha para un corral?

Después venía la exhibición de recuerdos más íntimos; joyas hermosísimas, costosos juguetes, relatos de las seratas d’onore presentados en el camerino, mientras el público aplaudía delirante, y ella, bajando su lanza, saludaba en las candilejas, bajo una lluvia de talco y flores, rodeada de lacayos que sostenían grandes ramos. Rafael contemplaba un medallón con el retrato venerable de don Pedro del Brasil; el emperador artista que saludaba a la cantante en una dedicatoria trazada con brillantes; planchas de oro y pedrería, recuerdo de entusiastas que tal vez comenzaron por desear la mujer y se resignaron admirando la artista; pintarrajeados diplomas de sociedades dándola las gracias por su concurso de funciones benéficas; un abanico de la reina Victoria con la fecha de un concierto en el palacio Windsor; una pulsera regia de Isabel II, como recuerdo de varias veladas en París en el palacio Castilla, y un sinnúmero de costosas chucherías, de caprichos riquísimos, presentes de príncipes, grandes duques y presidentes de repúblicas americanas. Hasta había carteras con áureas dedicatorias, y la piel gastada por el roce y el tiempo, conteniendo enormes papelotes, acciones de ferrocarriles a través de países salvajes, títulos de propiedad de territorios sobre los cuales habían de levantarse ciudades; valores de empresas locas que se desarrollaban en las praderas yankees o las pampas argentinas regalados en noche de beneficio, como testimonio del afecto práctico de los americanos que al entusiasmo unen siempre la utilidad.

La arrogante walkiria, al pasear por el mundo su guerrero manto, había barrido entre aplausos y vítores aquellos ricos testimonios de adoración. Rafael sentía orgullo por ser su amigo; y al mismo tiempo reconocía su pequeñez; se asustaba de su atrevimiento amoroso, exagerando en su imaginación la diferencia que les separaba.

Al final de estas deliciosas rebuscas en el pasado, venía lo más interesante, lo más íntimo, el álbum de ella sólo le permitía hojear de prisa, obligándole a no mirar ciertas páginas. Era un volumen modestamente encuadernado en cuero negro con broches de plata, pero Rafael lo contemplaba como un prodigioso fetiche, con la adoración que inspiran los grandes hombres.

Veía el mundo entero inclinándose ante aquella diosa. No sólo la saludaban los potentados; los poderosos del arte estaban allí, pasaban de hoja en hoja, dedicando una palabra de afecto, un verso, una frase musical a la hermosa cantante. Rafael contemplaba como un bobo la firma del viejo Verdi y la de Boito; venían después los jóvenes maestros de la nueva escuela italiana, ruidosa y triunfante, con el estrépito de la belleza puesta al alcance del vulgo; los franceses Massenet y Saint Saëns saludaban a la feliz intérprete del primero de los músicos; los grandes libretistas italianos dedicaban a la artista versos que deletreaba Rafael, percibiendo su suave perfume, a pesar de que apenas conocía el idioma; había un soneto de Illica que le hacía llorar; y luego venían los ininteligibles para él, unos cuantos renglones de Hans Keller, el gran director de orquesta, el discípulo y confidente de Wagner, su testamentario artístico, encargado de velar por la gloria del maestro, aquel Hans Keller de que hablaba Leonora a cada instante, con cariño de mujer y admiración de artista, sin perjuicio de añadir a continuación que era un bárbaro. Estrofas en alemán, en ruso y en inglés, que al ser releídas por la cantante la hacían sonreír satisfecha, como si aspirase un perfume favorito, con gran desesperación de Rafael, que no podía conseguir que las tradujese.

—Son cosas que no entiende usted. Adelante, adelante. No quiero que se ruborice.

Y tratándole como a un niño, le hacía volver las hojas sin dar explicación.

Unos versos italianos, escritos con mano trémula y en torcidas líneas, llamaban la atención de Rafael. Los entendía a medias, pero Leonora nunca le permitía acabar la lectura. Era un lamento amoroso, desesperado; un grito de pasión rabiosa, condenada a la soledad, revolviéndose en el aislamiento como una fiera en su jaula. Luigi Maquia.

—¿Pero éste quién es?—preguntaba Rafael.—¿Por qué estaba tan desesperado?

—Un muchacho de Nápoles—contestó por fin una tarde Leonora con voz triste, parpadeando, como si quisiera ocultar sus pupilas, en las que asomaban lágrimas.—Un día le encontraron bajo los pinos de Posilippo con la cabeza atravesada de un balazo. Quería morir y se mató... Pero recoja usted todo eso y bajemos al jardín. Necesito aire.

Pasearon por la avenida orlada de rosales y transcurrieron algunos minutos, sin que se cruzara entre los dos una palabra. Leonora se mostraba pensativa, con las cejas contraídas y los labios apretados, como si sufriera la mordedura de penosos recuerdos.

—¡Matarse!—dijo por fin.—¿No le parece, Rafael, que es una tontería? ¡Y matarse por una mujer! ¡Como si las mujeres tuvieran la obligación de amar a todos los que creen amarlas!... ¡Qué imbécil es el hombre! Hemos de ser sus siervas; hemos de quererle forzosamente, y si no, se mata por fatuidad.

Calló unos instantes.

—¡Pobre Maquia! Era un muchacho bueno, digno de ser feliz, ¡pero si fuera una a creer en todos los juramentos de desesperado!... Ese lo hizo tal como lo decía... ¡Qué loco! Y lo peor es que como él he encontrado otros en el mundo.

Ya no dijo más. Rafael respetó su silencio. La miraba, queriendo adivinar en vano los pensamientos que se revolvían tras sus ojos verdes y dorados como el mar bajo el sol de mediodía. ¡Qué aventuras debían ocultarse en el pasado de aquella mujer! ¡Qué novelas dormirían ocultas en el tejido de su vida!...

Así transcurrieron los días, hasta el momento de la elección de Rafael. Olvidado éste de sus trabajos políticos y en pasiva rebeldía contra su madre, que apenas si le hablaba, llegó el domingo de su elección. Triunfo completo. Ya era diputado. Pasó la noche estrechando manos, recibiendo plácemes, aguantando serenatas, y a la mañana siguiente corrió a la casa azul par recibir la irónica enhorabuena de Leonora.

—Lo celebro mucho—dijo la artista.—Así saldrá usted pronto de aquí; le perderé de vista, que bien lo necesito; porque usted, apreciable niño, ya iba resaltándome pesado con sus asiduidades de adorador y su muda admiración de pegajoso. Allá en Madrid se curará de tales tonterías... No me diga usted que no; no haga juramentos. ¡Si sabré lo que son los jóvenes! Usted es igual que todos. Cuando volvamos a vernos llevará usted en el pensamiento otras imágenes. Yo seré su amiga nada más; es lo que deseo.

—¿Pero la encontraré aquí cuando vuelva?—preguntó Rafael con ansiedad.

—Quiere usted saber más que todos los que me han conocido. ¿Qué sé yo si estaré aquí? Nadie en el mundo ha estado seguro de tenerme. Ni yo misma sé dónde estaré mañana... Pero no—continuó con gravedad;—si viene usted en primavera aquí me encontrará. Pienso permanecer hasta entonces. Quiero ver cómo florece el naranjo; volver a mis recuerdos de niña, la única memoria de mi pasado que me ha seguido a todas partes. Muchas veces he ido a Niza, gastando un dineral para ver florecer cuatro naranjos de mala muerte; ahora quiero embriagarme en la inundación de azahar de estos campos. Es el único deseo que me sostiene aquí... Estoy segura. Si vuelve usted para entonces, me encontrará y nos veremos por última vez, porque después irremisiblemente levanto el vuelo, aunque llore y rabie la pobre tía... Por ahora estoy bien aquí. ¡Qué cansada me encuentro! Esto es una cama después de un largo viaje. Sólo un gran suceso me obligaría a saltar.

Se vieron aún muchas tardes en el jardín, saturado de olor de las naranjas maduras. El inmenso valle azuleaba bajo el sol de invierno; las naranjas, asomaban sus caras de fuego entre las hojas, como ofreciendo a las manos laboriosas que las arrancaban de las ramas. En los caminos chirriaban los ejes de los carros balanceando sobre los baches sus montones de dorados frutos; sonaban en los grandes almacenes los cánticos de las muchachas encargadas de escoger y empapelar las naranjas; retumbaban los martillos sobre los cajones de madera, y en oleadas de tráfico salían hacia Francia e Inglaterra las hijas del Mediodía, aquellas cápsulas de piel de oro, repletas de dulce jugo que parecía miel del sol.

Leonora, de pie junto a un viejo naranjo, volviendo la espalda a Rafael, buscaba entre las apretadas ramas, empinándose sobre las puntas de los pies, balanceando las arrogantes y graciosas curvas de su robustez esbelta.

—Mañana me voy—dijo el joven con desaliento.

Leonora se volvió. Había cogido una naranja y abría su piel con las sonrosadas y largas uñas.

—¿Mañana?—dijo sonriente.—Todo llega por fin... Que tenga usted grandes éxitos, señor diputado.

Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne sus dientes blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, como embriagada por la tibia dulzura del jugo. Crujían los gajos entre sus dientes, y el líquido de color de ámbar rezumaba, cayendo a gotas por la comisura de los labios carnosos y rojos.

Rafael estaba pálido y tembloroso como si le agitase un propósito criminal.

—¡Leonora! ¡Leonora!... ¿Y he de marcharme así?

Le enloquecía aquella boca impregnada de miel, y de repente, disparándose en él la pasión contenida y sujeta por el miedo, se abalanzó sobre la artista, la agarró las manos y buscó ávido sus labios, como si pretendiera beber el zumo que se deslizaba hasta la redonda barbilla.

—¡Eh! ¿Qué es esto, Rafael?... ¿Qué atrevimientos se permite usted?

Y con sólo un impulso de sus soberbios brazos envió al tembloroso joven contra el naranjo, haciéndole vacilar sobre sus pies. Quedó el joven cabizbajo y como avergonzado.

—Ya ve usted que soy fuerte—dijo Leonora con voz algo temblona por la ira.—Nada de juegos o saldrá usted perdiendo.

Después de una larga pausa, Leonora pareció reponerse de aquella impresión y acabó riendo ante el aspecto avergonzado del joven.

—¡Pero qué niño este!... ¿Es manera de despedirse de los amigos la que usted usa?... Tonto, fatuo; ¡cuán poco me conoce usted! Querer tomarme a mí por la fuerza, ¡a mí! la mujer inexpugnable cuando no quiero, por quien se han muerto los hombres, sin poder conseguir ni un beso en la mano. Márchese usted mañana, Rafael. Seremos amigos... Pero por si hemos de volver a vernos no olvide usted lo que le digo. Acabemos de una vez con todas estas tonterías. No se fatigue; yo no puedo ser suya. Estoy cansada de los hombres; tal vez los odio. Yo he conocido a los más hermosos, a los más elegantes, a los más ilustres. He sido hasta reina; reina de la mano izquierda, como dicen los franceses, pero tan dueña de la situación, que a haber querido meterme en tales vulgaridades, hubiese cambiado ministerios y trastornado países. Hombres famosos en Europa por su elegancia y sus locuras, han caído a mis pies y los he tratado como chiquillos. Me han envidiado y odiado las damas más célebres, copiando mis trajes y mis gestos. Y cuando cansada de este Carnaval brillante le he dicho ¡adiós! para venir a esta soledad como a un convento, ¡había de entregarme a un señorito de pueblo, capaz únicamente de entusiasmar a las lugareñas!... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!...

Y reía con una risa cruel, con carcajadas incisivas y sardónicas que parecían penetrar en las carnes de Rafael, estremeciéndole con su frialdad. El joven bajaba la cabeza; agitábase su pecho con un penoso estertor, como si le ahogase el llanto al no encontrar salida en aquel cuerpo varonil. La emoción de Rafael, abrumado por aquella crueldad, enterneció a Leonora, haciéndola cambiar de tono.

Se aproximó al joven, casi se pegó a él, y agarrándole la barba con sus finas manos, le obligo a levantar la cabeza.

—¡Ay! ¡Cuán mala soy! ¡Qué cosas le he dicho a este pobre niño! A ver, levante usted la cabeza; míreme de frente; diga que me perdona... ¡Esta maldita manía de no callarme nada! Le he ofendido... no diga usted que no le he ofendido; pero no haga usted caso; lo que he dicho sólo son tonterías. ¡Qué modo de agradecer lo que usted hizo por mí aquella noche!... No: ¡pero si usted es muy guapo... y muy distinguido... y hará usted una gran carrera política!... Será usted un personaje y se casará en Madrid con una muchacha elegantísima. Se lo aseguro... Pero hijo; en mí no piense usted; seremos amigos, nada más que amigos... ¿Pero llora usted? Vamos... béseme la mano, se lo permito... como en aquella noche: así. Yo sólo podría ser de usted por el amor, pero ¡ay! nunca llegaré a enamorarme del atrevido Rafaelito. Soy vieja ya: en fuerza de gastar el corazón, creo que no le tengo... ¡Ay, pobrecito bebé mío! Lo siento mucho... pero ha llegado usted tarde.