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Escenas Montañesas

Chapter 22: IV
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About This Book

A collection of regional sketches and short narratives portrays rural and small-town life along the northern coast, blending nostalgic observation with wry social commentary. Many pieces unfold through conversations and vignettes that record markets, household scenes, local festivals, and seasonal work, emphasizing generational contrast and the tension between tradition and modern innovations. The author mixes anecdote, descriptive landscape, and reflective digression to render communal character, idiomatic speech, and moral attitudes with affectionate detail and critical distance.

III

Cuando la lancha llegó al costado del vapor, la multitud que se había quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo más que un pequeño bulto negro en la superficie del agua, se fué retirando poco á poco y reduciendo á un solo grupo, formado por las familias de los marineros ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesión hallase cada uno más pequeña su desgracia, comenzó á andar tristemente, consolando los hombres á las mujeres y éstas á los niños.

Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la cabeza de Tremontorio, que, como no tenía familia propia, adoptaba por suyas á todas las demás. Hombre corrido por los mares y desgraciado en levas, pues le habían cogido dos, como dije al principio, era el refugio á que acudían aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que esperaba á los objetos de su cariño.

—Y diga, tío Tremontorio, ¿es verdá que los castigan mucho, que los pegan á bordo?—preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.

—¡Quita d'ay!…; pataratas y na más que pataratas…. ¡Qué los tienen de pegar, tiña? ¡Pus no faltaba más! Eso era en un prencipio…. Yo no acancé ya el chicote; conque feúrate…. Además, el tu marido es hombre que sabe cumplir con su obligación, y lo pasará bien…. Lo que es á bordo, como no salga nostramo[6] con malas entrañas, no hay cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y le toma á uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es mandarle á uno á fregar la perilla del mastelero de mesana, ó á tomar un riso á la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca…. Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto…. Ahora da gusto servir en barco de rey.

—¿Y aónde los echarán ahora?

—Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarán en el departamento unos días; dempués á éste en la freata, al otro en el bergantín, al de más allá en el vapor, me los van embarcando á toos poco á poco. Unos se quedarán en da que guardacostas por los mares de acá, y se refiere tó ello á ná, á barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y á correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas, no hay cuidao por ello. Otros irán á la otra banda, al apostaero. Allí la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen café; pero hay que sudar el quilo á cada paso…. Dispués, hoy que la cólera, mañana que el gómito negro…. ¡Tiña, y qué intención más mala tienen estos incomenientes con el probe marinero!… Al que acanzan con el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si á usté le encajan en Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es más que una remanga en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que hace más agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le conoce la madre que le parió…; ¡tiña, más amarillo y más relambío se pone!… Guerras no hay ahora que le obliguen á uno á soltar un par de andanas á cada instante…; y como nusotros, en la Ferrolana, vimos cuantos mares Dios crió y cuanto mundo se pué ver, ¿á qué ha de ir naide ya por onde nosotros fuimos? ¡Tiña, no lo quiera Dios…; que hoy se asa usté vivo, mañana se aterece de frío, aquí calenturas, más allá sarna…; ¡hombre, qué climen más endino!…; ¡y qué gente, me valga Dios!; más colores tiene que una julia.—Tocante á las campañas de hoy, no hay que tener cuidao…. Conque…, ánimo, ¡tiña!, que de menos nos hizo Dios…. Y aquí estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburón detrás de un bote…. Y no digo más.

El bueno de Tremontorio siguió largo rato consolando, á su manera, á aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez más numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando á su paso, cambió de rumbo al llegar al Consulado, y se internó en la población; y yo, que maquinalmente le había seguido escuchando á Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdíle en él de vista y continué hacia la Ribera, vivamente impresionado con las escenas de que había sido testigo aquella tarde.

Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos del Cid. Pobre pintor de costumbres, aténgome á mi oficio: copiarlas como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.

Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los hombres que pueden, dado que se dignasen echar sobre él una mirada, puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi tierno amigo Bustillo:

«¡Ay, Señor! Pues la ley en su rigor los afectos no concilia, haz que los hombres se hermanen, porque al luchar no profanen el amor de la familia.»

FOOTNOTES:

[Footnote 6: El contramaestre.]

LA PRIMAVERA

Deja, Fabio, esa lira que tanto te recrea, ó aprende lo que ignoras y canta lo que aprendas. Basta de idilios tiernos, basta de dulces églogas; no más pastores, Fabio; Fabio, no más praderas. Yo quise entre los rústicos paisajes de mi tierra buscar de tus cantares la realidad perfecta; y ¡ay, Fabio!, tú no has visto jamás la primavera. Tú no has pisado el «campo de terciopelo y seda»; ni respiraste el «fresco cefirillo que juega de los sombríos bosques con la enrramada espesa»; ni la cascada viste que «rauda se despeña en el profundo abismo desde la altura inmensa»; ni «matizadas flores» cojiste entre la yerba, ni oístes el «murmullo del que manso la riega, arroyo cristalino do beben las Napeas y encuentran las pastoras cristal que les refleja de sus cabellos de oro las ondulantes hebras»; ni el trino has escuchado de «mil y mil parleras, pintadas avecillas, de las de arpada lengua, entre el follaje verde de misteriosa selva»; ni vistes el cabrito «triscar la mata fresca, trepar de roca en roca la tímida gacela, ni sobre el fácil soto rumiar la mansa oveja», ni, en fin, esos primores que describir intentas en las limadas coplas que, tierno, canturreas. Tu campo es un tapete, tus bosques son macetas, tus flores, inodoras, tus cefirillos, hielan; de trapo son tus ninfas, tus pastores, horteras, gorriones tus jilgueros; y tu cascada horrenda, del carcomido techo que á tu numen alberga, por más que la levantes es húmeda gotera.

Desde la ardiente zona do te arrojó la adversa fortuna cuando viste del sol la luz primera, no abarca una mirada, por alta que se meza en el azul espacio tu miserable celda, las primorosas galas que dió Naturaleza á la, por ti, tan célebre hermosa primavera. Aquí, en estos confines de la gloriosa Iberia; desde el límite vasco á la riscosa Liébana; entre el Escudo gélido y la feraz ribera do rompen del salobre cántabro mar, sin tregua, con hórrido bramido las olas turbulentas, está lo que tú, cándido, adivinar sospechas.

Deja, Fabio, la corte fascinadora, déjala, y corre presurosa hasta mi noble tierra; y aquí, entre su follaje, junto á su gala espléndida, desde que abril acaba hasta que octubre empieza, verás … lo que no cabe en pálidas endechas. Mas no de la dulzaina meliflua te proveas, ni de ligeras cintas de coruscante seda, ni de pellico tenue cortado á la francesa, ni de leve sandalia y primorosa media, cual van en tus cantares los hijos de las selvas. Antes, Fabio procúrate zapatos de dos suelas, calzón de paño recio, garrote y podadera; que en el ameno prado que la vista recrea, hay charcos escondidos y espinas … y culebras; y el cristalino arroyo que manso serpentea, es un regato, á veces, que no pueden las piernas saltar, sin el auxilio de la tranca pasiega; y en el frondoso bosque hay zarzas y maleza que el paso te interrumpen, y has de cortar, so pena de que en sus garras dejes calzones y pelleja; y, en fin, que el agua moja hasta en la primavera; y como en mayo llueve, y llueve con frecuencia, si tienes un paraguas te ha de venir de perlas.

Verás entonces prados, y cabañas cubiertas por olmos y laureles y mirto y madreselva; verás espesos montes, caminos y veredas bajo toldos de verde, fragante, inculta yerba; verás montañas, cerros y dilatadas sierras; robustos, viejos troncos y ramas que se quiebran al peso del follaje; mantos de rica hiedra cubriendo de las ruinas la desnudez escueta; hondos, negros abismos do pavoroso suena el murmurante arroyo que fué por la pradera; verás valles risueños y ríos y florestas, y el humo que, tranquilo en espiral se eleva, y cabras y terneros y alondras … y miruellas: respirarás las brisas balsámicas que juegan con las fragantes rosas que esmaltan las praderas; verás los rayos de oro del sol cuando amanezca, y perlas de rocío, y hasta nubes de perlas; verás, en fin, primores; pero de tal grandeza, que no podrás cantarlos, ni los soñó siquiera en sus aspiraciones «la rica, gaya ciencia».

Mas del deliquio dulce en que el cuadro te aduerma, cuida no te despierte con su prosa grosera la humanidad inculta que la campiña puebla. Aquí anda Nemoroso detrás de su carreta, sin rizos, con la barba mal afeitada y recia, con los calzones rotos, luchando con la tierra que, á costa de sudores, al cabo le sustenta. Verás que la zagala gentil que te embelesa, es una mocetona de alborotada greña, de libras y boyonte, de tosca faldamenta, sin cintas ni guirnaldas, con lodo y almadreñas; verás que si, ofuscado, audaz la galantea, no la colora el rostro, como tus trovas cuentan, las tintas sonrosadas de púdica vergüenza; sino que, ardiendo en ira, como fornido atleta, á bofetada limpia te salta un par de muelas.

Así son los modelos (al menos en mi tierra) de las ninfas … y ninfos que vagan por las selvas; así al Autor Supremo le plugo que nacieran, y así serán y han sido…, y no hay que darle vueltas.

¡Qué fuera de nosotros, gran Dios, de otra manera!; ¡si en vez de tales tipos que el alma desalientan, cruzaran por los prados sensibles Doroteas!… Porque no son las rústicas pasiones de la aldea las que la sangre inflaman, holgando en las praderas: el ámbar, el almizcle … y el Tamorlán de Persia con todos sus divanes, sus opios y sus siestas, se agitan en la mente … y no hay que darle vueltas.

No creas, pobre Fabio, que en solitaria selva un Títiro sensible con una Galatea se pasa la mañana tendido á pierna suelta, tocando el caramillo, sin reparar siquiera que tiene la zagala muchísima canela…. Ó Galatea es tonta, ó Títiro es un bestia…, ó son de otra substancia distinta de la nuestra.

Tú, que el hervor aún sientes de la vida en tus venas, si vas por el Retiro y bajo su arboleda hallas una pastora, como la rosas fresca, tejiéndose guirnaldas, en muelle negligencia; si ves su pie pequeño que se adivina apenas en un zapato breve de satinada tela; si por crecer la brisa agítase la seda y los revueltos pliegues … (pero detente, péñola); si sus lánguidos ojos, llenos de amor, te asedian; si su garganta late, si su jubón…, etcétera…, ¿adonde irá á parar, iluso, tu prudencia? Pues bien: si en el Retiro, do, sobre ardiente arena, de mísero ramaje raquíticos se elevan árboles de artificio, sin sombra ni belleza; si entre la prosa, digo, de esa enfermiza selva las gracias de una ninfa trastornan y marean, ¿qué harán entre estos bosques cuando su gala ostenta en voluptuoso alarde la alegre primavera? ¡Oh, pobres trovadores de tirso y pandereta!: del cortesano mundo entre la turba espesa, cantad al sol de agosto que sin piedad os tuesta; llorad, míseros vates, fatídicas cornejas, sobre las tristes sábanas de calcinada arena donde la hispana corte su pedestal asienta; cantad al mar bullente que surcan en calesa, tras chulos argonautas, impúdicas sirenas; cantad al hambre, al frío, al lujo, á la opulencia, al vicio y á la intriga…, al crup y á las viruelas, que, pues vivís entre ello, lo conocéis por fuerza; mas del risueño mayo, con tosca, ruda péñola, no mancilléis los dones que, como gala, ostenta sobre florido trono la dulce primavera.

Tú que la adoras, Fabio, si quieres conocerla deja al punto la corte fascinadora, déjala, y corre presuroso hasta mi noble tierra; y aquí, entre sus montañas y encantadoras selvas, renegarás del torpe numen que, sin conciencia, te hizo mentir soñando mezquinas primaveras; y acaso, convertido, al ver tanta belleza, arranques de tu lira las insonoras cuerdas, juzgando, cual yo juzgo, que si á sentir se llega de tan hermoso cuadro la sencilla grandeza, para cantarla es poco «la rica, gaya ciencia».

SUUM CUIQUE

I

Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, plus minusve, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote cochinero, como dicen por acá, ó al paso de la madre, expresándonos según los cultos castellanos … de Becerril de Campos.

El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con portalada y escudo de una hacienda, cerrada sobre sí, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la cabaña la papera ó el coscojo; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba á subio, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.

Y no se vaya á creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de todo buen montañés, para quien nada supone el bollo cuando se trata del coscorrón; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón á la puerta de la Audiencia, por llegar á tiempo á presenciar la quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este pleito era de abolengo é inherente al patrimonio de los Seturas, quienes le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro como la ley de Dios.

Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada, consintió en que le echasen una rodada por un prado de quince carros, lindante, de Norte á Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras vivió el fundador, no se opuso nunca á que algunos de sus convecinos pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida. Pero murió éste de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el anticipo hecho á su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo, reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada. Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo del dinero; mas que en cuanto á lo de la rodada:

«Visto que en la obligación del primer Seturas no aparecía término alguno para su compromiso;

»Vista la necesidad que tenía la llosa de servirse por aquella cambera; y

»Visto, por último, que ninguno de los vivientes del lugar la había servido por otra parte, y que la costumbre hacía ley; y

»Considerando una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de tener Seturas alguna razón, se emplease ésta en exigir á los hijos el pago de las torpezas de sus padres, tenía á bien desestimar su pretensión, aconsejándole que se conformara con el fallo y no se metiera en más honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de algunas columnarias que había entregado borradas entre las restantes monedas de pago.»

Seturas dijo que nones; pero fué condenado en juicio verbal á dejar la rodada por su linde … y á dar al concejo tres duros claros de á veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se armó la gorda. El mayorazgo protestó contra el acuerdo del concejo, y acudió á un abogado que apoyó sus razones y se comprometió á defenderle en el litigio que se entabló en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa, agregáronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y más fojas, murió este cuarto Seturas, y después el Seturas quinto, y vino el sexto de la familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del proceso, consiguió adelantar la causa más que sus antecesores que no la movieron un punto; y por último, entró en posesión del vínculo nuestro don Silvestre que, por de pronto, fué tan poco feliz como sus abuelos en el asunto de la rodada, y mucho más desgraciado que todos ellos, por ser el que recibió la herencia más mermada con el perpetuo y cada vez más ancho desaguadero de la curia.

Sabida esta última circunstancia económica, y teniendo presente que don Silvestre no carecía completamente de sentido común, no parecerá muy extraño que á la edad en que todos sus progenitores contaban por lo menos un heredero, él permaneciese célibe y con ciertos síntomas de recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendió al punto que su hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de una familia, si no había de descuidar las exigencias de su pleito: para que no se extinguiera en él la raza de los Seturas legítimos, tenía que transigir con el concejo. Don Silvestre no vaciló.—«Piérdase la casta, dijo; pero adelante el pleito.»

Y aquí tiene el elector, dibujada á grandes rasgos, la perspectiva exterior, digámoslo así, de don Silvestre Seturas, pocos años antes de la ocasión en que se le presento.

Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus convecinos, que era el más listo de los Seturas, y otra, de su ama de gobierno, que no era últimamente, en genio y en saber, como ella le había conocido.

El padre de don Silvestre, ya por no tener más que un hijo, ya porque viera en él, aguzándole un poco, un instrumento más para el triunfo de sus hollados derechos, determinó mandar á su retoño á la villa inmediata para que estudiara latín con un dómine de torva catadura y de tantas narices como fama, y no era chato. Allí, á fuerza de linternazos y conjuros, que tanto podían significar sistema en el maestro como torpeza en el discípulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo primero … casi tanto como por lo segundo, llegó el joven Seturas á construir oraciones de activa con de. Siete meses después de haber vuelto por pasiva, una de ellas sin trocar el tiempo del verbo auxiliar, escribió á su padre que antes de un año sabría hacerlas de relativo compuestas, ó que perdería las orejas (cosa nada increíble según el dómine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendió la muerte á la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo. Pudo haberla leído antes de salir de casa, cuando la recibió; pero los minutos que en ello tardara los perdía en la vista; y «todo buen Seturas—como él decía,—antes que á sus hijos, se debe á su pleito».

Este acontecimiento varió la faz de las cosas, y el púbero Silvestre fué llamado á su pueblo para arreglar la testamentaría. Su tutor, y tío á la vez, decidió que no estudiara más, pues, para mayorazgo, bastante sabía; y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos tirones.—Quedóse Silvestre en su lugar.—Aunque en la lengua de Tácito no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que estuvo con el dómine, vencer la repugnancia tradicional de la familia á la lectura de todo documento que fuese extraño al pleito. Esto no lo conoció Silvestre mientras estudiaba; pero sí durante el primer año de su orfandad, bostezando, panza arriba, dondequiera que hallaba un palmo de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al Nebrija como á un camarada antiguo. Repasando declinados y echándose oraciones á sí mismo, tuvo que hojear el Tesauro de Requejo y el Calepino, para traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le divertía gran cosa, aunque le aficionaba más á la lectura, rebuscó la casa y halló el Electo y Desiderio. El estilo de este libro patriarcal le formó cierto gusto para el diálogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los desenlaces sorprendentes, dióse á Bertoldo con todas las potencias de su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de más volúmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y el tutor no quería dar un maravedí para la adquisición de otro libro que el calendario; así es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos años, comenzó á fastidiarse de sus libros, que ya sabía de memoria, no pareció en todo el lugar más que un Fr. Junípero el de la panza gorda, que le sacó, por unos días, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez, y á la cual propendía notoriamente. Y como amaba por sistema los libros, á falta de otro mejor adquirió una baraja. Lo primero que aprendió con ella fué el tute arrastrado, y después el mus. Al principio jugaba de capirotazos y vueltas á riquicho con sus contemporáneos, mientras guardaban el ganado; después jugó los pocos cuartos que tenía, y en cuanto ganó una peseta, se fué un domingo al corro, acusó las cuarenta al cura en una sección de tute, echó en otra de mus un órdago á la mayor al secretario del concejo, y se armó para toda la semana. Desde entonces ya no se aburría. Poco después, debido tanto á su precoz desarrollo como á su categoría de mayorazgo, fué admitido en el corro de bolos, donde no tardó en hacer un emboque cerrado, al pulgar, desde el ultimó pás. Los mejores jugadores declararon que, si bien no las borneaba gran cosa, en cambio tenía mucho brazo, y que prometía. Quedó, por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo antedicho de los naipes, ya tuvo más de lo suficiente para dar expansión á su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su mayorazgo, sin necesidad de diálogos, ni de grecolatinos, ni de tumbarse detrás de cada tapia y bajo cada rama.

Llegó por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumplió los veinticinco y entró en posesión libre de sus bienes…. Por cierto que, al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no sé qué raspaduras hechas en los libros.

II

Dueño de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de libros que tuvo años atrás; pero, sobre habérsele dormido la afición á ellos, le era imposible dedicarse á la lectura. Entre los naipes, los bolos y el pleito que corría ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre en todo el año más que para almorzar la cazuela de leche; tomar las once con medio de blanco; comer despacio el ollón de berzas, patatas y tocino, en compañía de su ama de llaves; echar la siesta, en verano bajo un nogal y en invierno en la pajera; cenar al anochecer otro ollón como el del mediodía; dormir diez horas, y, por último, pasar una escoba ó un puñado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la mañana al pasto, y segar el retoño para el caballo que estaba á su cargo.

Bien debe saber el lector de por acá, que de ninguno de estos pormenores puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se cruza en su vida algún incidente extraordinario, como se cruzó en la de don Silvestre años después de su advenimiento al mayorazgo.

Llevóle el procurador una Gaceta, al cual periódico estaba suscrito en unión de otros compañeros de la curia, aconsejándole que desde aquel día la leyese siempre, cuidando él de proporcionársela, pues le convenía estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno á que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la inteligencia y celo de su abogado, sino porque éste había citado, más de una vez, disposiciones derogadas medio siglo hacía, y pasado en silencio otras más recientes que favorecían la causa del mayorazgo.

Éste se conformó el primer día con leer el título del periódico y el pie de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que tendría todo el papel, y los reales que sumarían, suponiendo que á él le dieran un ochavo por cada línea.

Días después leyó un decreto; otro día leyó tres, y así sucesivamente, hasta que acabó por leerse todo el periódico y por despertar su antigua afición á lo negro, contribuyendo no poco á ello los comentarios políticos que dió en hacerle el cirujano, que recibía otro periódico, sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El romancista, que estimaba á don Silvestre porque sabía latín, le propuso el cambio de sus periódicos, y desde luego fué aceptado.

No tardó en sucederle á Seturas con los artículos de fondo algo parecido á lo que á don Quijote le sucedió con los libros de caballerías: fascináronle sus írases y acabaron por extraviarle el poco criterio que tenía, amarrándole completamente á la opinión del diario. Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos políticos del periódico. Faltábale á su carácter la esencia romancesca que había en el de Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la perseguida patria.

Seturas, á pesar de su afición, que era tal que le obligaba con frecuencia á negarse á hacer la partida á los jugadores de naipes y de bolos, no había formado una opinión política sobre un cuerpo más ó menos sólido de doctrinas: en su afición era ciego y testarudo, y estaba tan encarrilado en la senda del periódico, que hubiera creído insultar la razón dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no veía en el diario de Madrid un papel más ó menos grande, con la impresión de unas letras de plomo colocadas mecánicamente, y detrás de todo ello la pluma y la cabeza de un hombre de talla común y de vulgares ambiciones, que apreciando á su modo la dirección de la cosa pública, prestase vida é interés á aquel objeto; el mayorazgo veía en él una idea fuera de todo contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural, ajena completamente á las escisiones de la vida civil; el periódico del cirujano era para él el catecismo, el Evangelio, un catálogo de verdades inconclusas, indiscutibles. Por eso al hablar de política con sus amigos, resolvía todas las cuestiones citando las palabras del diario, y con el apoyo de éste, reñía con cuantos le contradijesen.

En fin, que se sintió, por primera vez en su vida, hasta con deseos de ver la tierra en donde tanta maravilla se realizaba, y de contemplar de cerca á los seres que las producían. Y no era sólo la política lo que le hizo pensar en la corte. Las animadas descripciones de sus fiestas públicas; la tan cacareada especie de que en Madrid hace cada quisque lo que le acomoda sin que nadie se fije en él, y la plana de anuncios del periódico, según la cual se garantizaba la salud al más enclenque, y se vendían ropa, comestibles y bebidas dando al comprador dinero encima, hiciéronle pensar en la monotonía de las fiestas de su lugar; que en él no se podía tirar un pellizco á una muchacha sin que se contase el lance en todas las cocinas; que el día en que se le antojaba trincarse tres cuartillos, en lugar de la media azumbre que acostumbraba, el tabernero lo charlaba á todo el mundo; que habiendo en una ocasión añadido cuatro dedos de paño á las haldillas de su chaquetón, llevó una silba de todos sus convecinos en el portal de la iglesia, cuando iba á misa, en una palabra, que él, mayorazgo, libre y con salud, ni gastaba levita, ni bebía lo que necesitaba, ni podía echar un requiebro en paz, si no se ponía en guerra con el vecindario. Estas consideraciones, hechas á solas y exageradas por la pasión inoculada por el periódico, le arrancaron una noche estas palabras:—«Venderé una finca, ó la hipotecaré para sacar dinero; pero yo no me he de morir sin saber lo que es aquello.» Aquello era la corte; pero lo otro, de que se olvidó un momento, se le opuso en seguida á su proyecto. Y lo otro era … el pleito. Los Seturas no se pertenecían á sí mismos. Siete generaciones de ellos habían vegetado en un solo punto, fijos, inmóviles como locas, pendientes siempre de sus entrevistas con los procuradores. Todos los días, por espacio de siete generaciones, un individuo de otras tantas de procurador, llegó á la casa solariega, y nunca se puso el sol quedando aplazada una conferencia por haber dormido fuera del hogar un Seturas; ninguno de ellos se hubiera atrevido á hacerlo sin presagiarse una sentencia fatal. Don Silvestre, al fin, era Seturas, y no quería desmentir su apellido.

Por eso, al dicho de sus convecinos de que era el más listo de la familia, debemos añadir que fué el más desgraciado. Sus antecesores estaban, como él, atados al pleito; pero con fe, con gusto, sin el menor deseo de ver el mundo. Él, por el contrario, tras de haber recibido la herencia muy cercenada, adquirió la necesidad de irse á gastar gran parte de ella fuera de su pueblo; necesidad que tomó en él un imperio terrible después de un suceso que vamos á conocer, aunque diga el lector que divago mucho.

Leyó un día en la Gaceta, y al pie de un documento de alta procedencia, un nombre que le sonó á muy conocido. Paróse un poco á reflexionar, y dándose un puñetazo en la frente, exclamó para sí:—«Así se llamaba uno que estudió conmigo latín; aquel madrileñito que estaba de temporada en la villa, adonde había ido su padre á tomar aires…. Pero no es posible…. Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me sacaba los significados, no puede haber subido tan alto…. No, señor…. Y ahora que me acuerdo, no me envió los tirantes de goma que me ofreció para cuando llegara á Madrid, por haber cargado yo con la culpa de esconder las disciplinas del dómine, ni me pagó nunca dos reales y medio que le presté…. ¡Si fuera él!…»

Y empezando por dudarlo mucho, acabó por enjaretar este documento, precioso por su espontaneidad:

     «Señor don Fulano de Tal. (Aquí todos los títulos que leyó en la
     Gaceta.)

»Madrid.

»Muy señor mío: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la libertad de dirigirle la presente para que, á vuelta de correo, me diga si eres tú ó no es usted el mismo Fulano de Tal que estudió conmigo latín en la villa, y que, por más señas, me quedó debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para que caigas mejor en lo que te quiero decir.

»Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande con franqueza á su seguro servidor

»Silvestre Seturas.

»P.D.—El pleito, sin novedad.»

Á los quince días de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibió el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados:

«Mi querido Silvestre: Ego sum, amigo mío, yo soy el que buscas, el que estudió contigo en la villa, el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. No puedo explicarte todo el placer que he sentido al hallar, en medio de mi enojosa correspondencia oficial, tu inestimable carta, que me ha despertado uno de los recuerdos más gratos de mi vida, ni podrás sospechar siquiera todo lo oportunamente que la he recibido.

»La suerte me ha sido favorable, ya que favor llama el mundo á que le coloquen á uno donde todos le vean y le puedan zarandear á su capricho; y no extrañes que no te lo haya participado, porque entre las atenciones de mi destino, me olvido hasta de mí propio.

»Reconociéndote la deuda que me citas, es ahora, como siempre, tu amigo que te quiere

»Fulano de Tal.

»P.D.—Celebro la buena marcha del pleito, aunque ignoro de qué se trata.»

Dos impresiones causó en don Silvestre la lectura de esta carta: con la primera, que fué de placer, hizo una pirueta; con la segunda se llamó «bárbaro».

Hizo la pirueta, porque hallaba un amigo de campanillas que sirviéndole en el pleito, le proporcionaba motivo para ir á Madrid.

Y se llamó bárbaro, porque recordó que, cediendo á la costumbre tradicional en la familia, que nunca tuvo más correspondencia que la del pleito, había añadido á su amigo una posdata cuyo significado ignoraba éste.

Pero siendo la primera impresión la que más le dominó, echóse á la calle con ella, llegó al corro de bolos, pagó media á los jugadores … y metió al alcalde en un zapato como quien dice, en cuanto oyó, vió y palpó el reyezuelo que el solariego se carteaba con señorones. Al día siguiente le propuso el concejo una honrosa transacción; pero ¡bueno estaba don Silvestre para capitular, cuando tenía la sartén por el mango!

III

Desde aquel día el mayorazgo no vivió más que para sus ilusiones, y, agobiado por ellas, tornóse caviloso, taciturno y solitario; huyó de los partidos de naipes y de bolos; y si alguna vez, cediendo á las instancias de los amigos, tomaba cartas, era para dejarse acusar las cuarenta por el último zarramplín del lugar. Don Silvestre, en fin, llegó á encontrar insoportable el rincón de sus mayores.

En esta época de su vida es cuando se le presento al lector.

He creído necesarios los detalles apuntados para que éste hallase verosímil el aburrimiento que le aquejaba, y disculpables sus ulteriores decisiones. Porque un hombre que, como don Silvestre Seturas, tiene:

cinco pies y medio de talla, tres ídem de espalda, tanto estómago como despensa, tanta salud como estómago y tres mil reales de renta;

que no conoce el asco, ni el ruido, ni el miedo, ni los guantes, ni el charol, no debe aburrirse nunca en el campo, ó no hay en él seres felices; afirmación que negarán los poetas melenudos, de báculo y zampoña, y los novelistas sobrios, ascéticos y filósofos. Negaránla, es claro, porque precisamente en el campo es donde estos señores se han empeñado en colocarnos la felicidad terrena, ya bajo el aspecto de encanecido anciano, que perora con más elocuencia que Demóstenes y más profundidad que Sócrates, so la añosa encina, ó cabe la parlera fuente; ya bajo el de apuesto galán que cultiva el fértil valle, y aunque suda al sol y come ráspanos y borona, es por la noche bastante sublime para echar un discurso á su novia, que le espera con un ramo de flores, y que no es menos gallarda, menos elocuente ni menos poética que su adorado; ya, en fin, bajo la forma de blancos manteles, doradas frutas, triscador cabrito, fiel y respetuoso can, etc. etc…; y todo ello sin más inspiración que la Naturaleza, ni más mentores que los bardales, el susurro de las celliscas y las pláticas del cura. Pero estos señores poetas y novelistas sin duda han estudiado la campiña en el mapa, ó en el Museo de pinturas.

Y no entro con ellos en pelea para decirles cuatro cosas que se me vienen á las mientes, porque tal vez lo vaya haciendo insensiblemente, y, sobre todo, porque me llaman al orden los asuntos del mayorazgo, los tacos de sus dos mozos de labranza, y los aspavientos de su ama, á causa de que, con sus recientes ilusiones, el solariego descuida el caballo, no siega nunca el retoño, deja todo el peso de la labranza á los criados y no habla más que de Madrid y de su amigote.

Entretanto, volvió á escribir á éste, dándole cuenta de sus proyectos de viaje y explicándole al pormenor el estado y motivo de su pleito.

Al contestarle le aconsejó el de la corte que, tanto por el bien de su pleito como para satisfacer sus deseos de conocer á Madrid, se pusiese en camino cuanto antes; añadiéndole que él tenía gran interés en verle para arreglar cierto proyecto que había concebido.

Don Silvestre no vaciló más: envió el alguacil á casa de algunos colonos que le debían dinero, hízoles aflojarlo más que de prisa; y como no era mucho, consiguió que el cura le adelantase el resto. Al día siguiente, tempranito, trancó la bodega, después de encerrar en ella la ejecutoria y algunas escrituras; colgó la llave, por el anillo, de un tirante de su pantalón, puesta ya su mejor ropa, guardó en un pañuelo un par de camisas de estopilla, y pendiente este lío de un garrote de acebo chamuscado que se echó al hombro, partió hacia el camino real á esperar la primera diligencia que pasara con dirección á Madrid.

IV

Con el breve monólogo de don Silvestre al encontrar el nombre de su amigo en la Gaceta, tienen los lectores lo suficiente para saber quién era y de dónde venía el personaje de Madrid; me dispenso, en obsequio á la brevedad, aunque hollando la costumbre, el relato de su historia desde que le perdió de vista el solariego hasta que le volvió á encontrar. Supóngase, y esto baste, que muerto su padre, en cuanto llegó á Madrid, y solo en el mundo, se dedicó á gacetillero, á repartidor de prospectos…, á padre de la patria, á cualquiera cosa; pues por todos estos escalones y otros mil idénticos, hemos visto subir á otros muchos hasta la altura en que habitaba oficialmente el amigote de don Silvestre.

Tampoco detallaré los efectos que en el mayorazgo causaron la bata persa de su amigo y las tapicerías de la habitación en que le recibió. Conocido el tipo, es muy fácil la deducción de estas menudencias.

He aquí el discurso que le dirigió el de la bata, pasadas las primeras formalidades del saludo y del abrazo:

«Amigo mío: estás en tu casa, elige la habitación que más te agrade y establécete en ella con toda libertad. Yo almuerzo solo, á la una y como á las ocho de la noche. Tendría mucho gusto en que me acompañaras á la mesa; pero si estas horas no te acomodan, puedes escoger otras para ti. Un carruaje estará siempre á tus órdenes, y mis criados lo son tuyos á la vez. La índole de mis ocupaciones no me permite acompañarte á ver las curiosidades de la corte; pero este caballero, que es mi secretario particular (y señaló á un elegante joven que escribía á su lado, y que saludó cortésmente), tendrá mucho gusto en sustituirme, y estoy seguro de que ganarás en el cambio. Ni la casa, ni el carruaje, ni toda la obstentación que te ofrezco, te asombren ni te acobarden; soy el mismo Fulano de la villa…, el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. Corre, pues, investiga y goza á tus anchas, que luego que te canses hablaremos de tu pleito y de mis planes, y entonces te rogaré que me dispenses lo que pueda haber de egoísmo en lo que ahora estás contemplando como un fenómeno de cariñoso agasajo, poco común en la historia de los hombres de mi talla.»

Don Silvestre era llanote y sencillo; oyó estas palabras con los oídos del corazón, y todas las proposiciones del personaje fueron aceptadas, menos la de sentarse á la mesa á distintas horas que él, pues de esta suerte hubiera creído ofender la generosidad y delicadeza de su amigo. Quedó pues, instalado en la casa el mayorazgo, revolviéndose en ella con el mismo desembarazo que si en ella hubiese nacido. Los extremos se tocan. La falta de aprensión de don Silvestre le prestaba la desenvoltura que á veces no dan las preocupaciones del gran mundo.

Su primera salida quiso hacerla á pie: había ido á la corte para enterarse de todo, y lo conseguiría mejor así que encerrado en un carruaje. Afeitóse bien su barba de ocho días; vistióse una camisa, cuyos cuellos, aunque doblados por arriba un par de dedos, le cubrían la mitad de las orejas; cepilló y se puso su chaquetón pardo y su sombrero de copa negro-verdoso; empuñó su bastón de acebo chamuscado; aseguróse bien de que no falseaban las correas de sus zapatos de becerro, y dijo al elegante secretario de su amigo, como si toda la vida le hubiese tenido á su servicio:—Vamos andando.

Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le hizo ver en el de la aldea un mandarín inculto, una potencia electoral, un reyezuelo de provincia. Su momentáneo desagrado se trocó bien pronto en solicitud deferente y hasta respetuosa.

Nada de particular halló don Silvestre por las calles, fuera del ruido de los carruajes y del incesante movimiento de la gente. Teníale el estrépito ensordecido, y tan atolondrado, que tropezaba con todos los transeuntes, y rompió siete cristales de otros tantos escaparates por huir de los coches, pensando que le atropellaban. El secretario estaba en ascuas, y lo estuvo más cuando notó que los cuellos del solariego y su cara avinatada llamaban la atención de muchas personas. El mayorazgo, afortunadamente, no lo conocía, pues descansaba en la persuasión de que «en Madrid todo pasa».

Al retirarse, al anochecer, y bajo una temperatura africana, don Silvestre se achicharraba, y quiso refrescar. Entraron en un café. El secretario pidió un sorbete; su acompañado, ignorando lo que aquello sería, pidió otro. Sirviéronles los sorbetes. El de Madrid descogolló el suyo de un bocado, con la mayor limpieza imaginable; el aldeano, que desde que vió llegar los refrescos vacilaba en el modo de acometerlos, imitó á su compañero, ¡en mal hora para el desdichado! Lo mismo fué hincar sus dientes en el gélido amasijo, que revolverse en el café el ruido de un huracán. La inesperada impresión del frío del sorbete produjo en don Silvestre los efectos más estrepitosos.

Del primer resoplido, al morder el helado, fué éste con la copa hasta la mesa inmediata; y como el que ha tragado polvos de salbadera, Seturas escupía, se sonaba las narices y gritaba pidiendo agua, empeñado el iluso en que aquello abrasaba; y, por último, comenzó á estornudar … ¡pero de qué modo!: cada estornudo era un cañonazo bajo los relucientes techos del café, acompañando á cada explosión una lluvia menuda que fué la delicia de los inmediatos parroquianos, durante las quince ó veinte veces que las mucosas de don Silvestre le dijeron «agua va». El estrépito duró un par de minutos.—Cuando las detonaciones se hicieron más débiles y más tardías, como las de una tormenta que se va alejando, la atención pública, hasta entonces en suspenso, comenzó á agitarse, cruzándose entre los parroquianos sonrisas, carcajadas y epigramas, que, afortunadamente, no comprendió el que era objeto de ellos; antes al contrario, pensando sólo en el fatal efecto del sorbete, y durándole aún la sed, comenzó á sacudir garrotazos sobre la mesa y á llamar con toda la fuerza de sus pulmones.

Un mozo se presentó, no poco alarmado con el estrépito.

—¿Qué demonios se puede tomar aquí para quitar la sed, que no se parezca á esa melecina condenada que me has dado?—le preguntó el mayorazgo, señalando el estrellado sorbete.

—Lo que usted pida, señor—contestó el otro, luchando por contener la risa.

—Pues tráete … media de tinto.

—¡De tinto! ¿Cómo?

—¿Cómo? En sangría.

—No le entiendo á usted—dijo el mozo, trocando su sonrisa en expresión de sorpresa.

—Pues la cosa es bien sencilla—añadió el mayorazgo:—¿no hay aquí agua?; ¿no hay azúcara?; ¿no hay rioja?… ¿Pues qué taberna de los demonios es ésta?

Algo como carcajada estalló entre los concurrentes del café; y en seguida comenzaron los epigramas y los apóstrofes más cáusticos. Hubo para los cuellos del mayorazgo, hubo para su colmena, para su cara, para su garrote, y hubo … que contener á don Silvestre, que, embravecido como un toro con aquellas banderillas que tan inhumanamente ponía á su inofensivo desparpajo cerril la intransigente civilización, quiso acometer á garrotazos á aquella turba de enclenques, famélicos, petardistas, vagabundos y tahures que poblaban el salón, disfrazados de personas decentes.

En medio del aturdimiento consiguiente á la escena en que acababa de ser actor, don Silvestre, al marcharse, en lugar de salir por donde entró, se fué hacia la sala de los billares: su acompañante, que temía otro escándalo, le llamó; pero ya era tarde. Una vez en ella se olvidó de lo pasado ante el aspecto de las bolas de marfil, cuyos choques le admiraron como á un niño; y más que las bolas, la locuacidad de un joven de rizadas patillas, gafas y pelo escarolado, que al paso que jugaba carambolas con otro aficionado, era el deleite de los cien curiosos que rodeaban la mesa, sentados sobre duras banquetas, con una profusión de chistes y una procacidad tan verde y desaliñada, que en un cuartel de blanquillos no le hubiera valido menos de un mes de cepo ó una carrera de baquetas.

Don Silvestre no se extrañaba tanto de la desvergüenza del elegante jugador como del eco que en la concurrencia hallaban sus torpezas; parecíale insoportable la impudencia del uno, pero mucho más imperdonable la aquiescencia de los otros.

Y como desconocía el verdadero valor de aquellas baladronadas, tomábalas muy á pechos, y hasta resuelto estuvo á interpelar muy seriamente al de las patillas, cuando le ocurrió preguntar á su acompañante, aún preocupado con el lance del sorbete, qué clase de hombre era aquél que tan bien manejaba la lengua.

—El redactor principal del N …—le contestó el secretario,—director de una sociedad filantrópica, caballero de Carlos III, por una oda dedicada al rey; socio honorario de todos los clubs revolucionarios de París, por una elegía á Marat….

—¡Redactor del N!…—exclamó admirado el interpelante.—¿Entonces hay en Madrid dos periódicos de ese nombre!

—No, señor don Silvestre.

—¡Jesús me valga! ¿Con que es decir que aquel periódico que yo leía en mi lugar con tanta fe, está escrito por este hombre; y aquellos artículos en que tanto se clamaba por el orden, por la moralidad, por el bien de los pueblos, eran dictados por un anarquista cínico y desmoralizado? ¿Conque esas palabras de humanidad, filantropía, compañerismo, religión, hogar, derechos, lejos de ser una verdad en semejantes periódicos, son una burla sacrílega, un insulto á Dios y á los hombres, una explotación innoble de la pública buena fe?

El secretario se encogió de hombros por toda contestación, como diciendo: «este mozo ha estado en el limbo, cuando á su edad ignora lo que aquí saben los chicos de la escuela»; pero don Silvestre, que no entendía de mímica, no supo traducir aquella expresión; y careciendo de otra respuesta, por no romperse el alma (son sus palabras) con el periodista, rogó á su acompañante que se fueran á la calle.

No deseaba éste otra cosa.—Media hora después, limpiándose el sudor con su pañuelo de percal aplomado, hacía don Silvestre en casa de su amigote un resumen exacto de los acontecimientos de su primera salida por las calles de la corte.

V

El primer consejo que le dió el personaje fué el siguiente: «tanto para que te presentes con la debida decencia en los sitios que deseas ver, como para quitar todo motivo á las burlas de la gente, debes vestirte á la moda, porque, amigo mío, dum Roma fueris … lo que sigue».

Por más que á don Silvestre repugnara el desprenderse de sus cómodos hábitos, al día siguiente tuvo que empaquetarse en los nuevos que le trajeron de una elegante ropería; pero como el diablo las carga, si bien, con trabajillos y todo, parecieron pantalón, levita, chaleco y sombrero, para las piernas, tronco, cuello y cabeza hercúleos de don Silvestre, no hubo un par de botas para sus pies en toda la corte, pues, como decían los zapateros á quienes se acudió, «hormas de tal tamaño no se hacían en Madrid sino de encargo».

De aquí resultó un chocante contraste: lo fino de los pantalones con lo grosero de los zapatos viejos del mayorazgo, que nunca vieron más lustre que el que les daba una corteza de tocino frotada sobre ellos cada ocho días. Y si á dicho contraste se añade el que formaba todo el don Silvestre con su equipaje, al que desaliñaba más y más metiendo los dedos de sus manos entre el pescuezo y la corbata que le molestaba, hasta dejar ésta debajo del cuello de la camisa, dígame el lector qué le pasaría al pobre hombre cuando en semejante arreo se echó á la calle, sin escuchar los consejos del amigote ni las protestas del elegante guía que, sin el miedo de perder su destino, se hubiera negado á acompañarle.

Sucedióle, claro está, que no bien se hubo mostrado al público cuando éste la tomó con él. Primero le miraron, después se sonrieron, hasta concluir por interpelarle irónicamente, y por reirse á sus barbas. Pero este nuevo insulto colmó la medida del sufrimiento de don Silvestre. —«¡Canario!—exclamó al hallarse en medio de un grupo de calaveras;—conque ayer, porque iba al uso de mi tierra, os reíais de mí; y hoy que, por complaceros, me visto como vosotros, me toreáis también, sin duda porque no sé llevar esta librea. Pues tanto, tanto, no lo sufrió jamás un Seturas.»

Y, sin otras explicaciones, largó una bofetada al más cercano, á quien metió de cabeza en el escaparate de una pastelería. Hubiera acometido á los restantes; pero al volverse hacia ellos ya habían desaparecido. Si todos los calaverillas madrileños hubieran presenciado esta escena, es más que probable que el mayorazgo no hubiera tenido que sentir más en igual género; pero como no todos los susodichos traviesos estaban allí cuando la primera bofetada, tuvo que pegar la segunda un poco más abajo, y la tercera más adelante, hasta que juzgó prudente ir á vestirse con su traje provincial, renegando de la independencia madrileña y de la educación y tolerancia de las «personas decentes».

Con este desencanto sobre su alma, y envuelto en el burdo ropaje de sus mayores, con el que, si no iba elegante, andaba sumamente cómodo, echóse á ver lo que le faltaba; empresa que consumiremos, en la imposibilidad de seguir al mayorazgo paso á paso y en cada una de sus impresiones.

Siendo la política su caballo de batalla, después de ver en los cafés que todos los periódicos que leía decían de sí propios lo mismo que el del cirujano de su lugar escribía de sí mismo y de su partido, es decir, que eran unos santos, al paso que renegaban de todos los demás, fuese al Congreso, donde esperaba oir aquellos discursos que, impresos, le admiraban, y aquellos hombres que, pronunciándolos, le parecían semidioses ó criaturas de distinta naturaleza, forma y color que el resto de la humanidad. Mas, ¡oh desengaño!, en el palacio de las leyes halló de todo menos discursos. Presenció en el seno de la Asamblea nacional disputas acaloradas, y encontró en los diputados unos hombres de talla común, que tenían el mismo prurito que los periódicos: la inmodestia de decir cada uno de sí propio, córam pópulo, lo que todos los demás les negaban: que eran lo mejorcito de la casa, y de lo poco que en virtudes cívicas, y hasta domésticas, se encontraba por el mundo. De aquí resultaba mucho de:—«¿Qué has de ser tú?—Más que tú.—Tú lo serás de lengua.—Esa es la que á ti te sobra.—Pues á mí nunca me han perseguido por revoltoso.—Justo, porque en ti es de familia ser un mátalas-callando.—¡Al orden!—No me da la gana»,—etc., etc. Preguntó, con este motivo, si había dos Congresos de diputados en Madrid, y que en dónde se pronunciaban aquellos discursos tan arregladitos y tan elocuentes que él acostumbraba á leer; y cuando supo algo de lo que pasaba en la redacción del Diario de Sesiones:—«¡Cáscaras!—dijo,—pues con un buen redactor, también habría oradores en el concejo de mi pueblo.»

VI

Curado con estos desengaños de la pasión política, dióse á lo de puro recreo; y quiso contemplar de cerca lo que tanto admiró desde lejos: la casa de fieras.—Que me aspen—dijo cuando la examinó jaula por jaula,—si el corral de mi casa no tiene que ver más que esto: para cuatro pavos, dos mastines y un mico, no necesitaba el Ayuntamiento un presupuesto y un personal como los de esta casa, cuyo título es una burla completa de lo que sus verjas debieran encerrar.

Ya que en el Retiro estaba, quiso, lleno de entusiasmo, recordando las campiñas y bosques de su tierra, tenderse un rato bajo aquella frondosidad tan decantada; mas, fuese culpa de la intensidad del sol, ó de la ruindad de los árboles, es lo cierto que en una extensión de media legua de bosque no halló tres dedos de sombra, ni dos docenas de yerbas donde tender su cansada humanidad. Esto le hizo recordar que el famoso Prado era un arenal completo en el que había de todo menos verdura y poesía; que el mismo desierto de Sahara no estaba más reñido que él con la vegetación, ni presentaba un aspecto más triste y desconsolador á las tres de una tarde de verano. Iba á preguntarse, por cuarta ó quinta vez, si el título de prado sería irónico, chocándole que cupiese en cabeza humana (ignoraba don Silvestre la historia del célebre paseo) la idea de llamar una cosa con el nombre que menos le conviene; pero recordó lo que acababa de ver con el de casa de fieras, y días atrás con los de puertas de Segovia y de Atocha, y se convenció de que Madrid era una pura ilusión.

Por fortuna, don Silvestre era muy poco artista y mucho menos literato, y con ello se ahorró otros muchos desengaños.

Pero, en cambio, era curioso y antojadizo, y nunca satisfizo un capricho de los muchos que le provocaban el aspecto y baratura de las mil trivialidades que veía en los escaparates de las tiendas, sin que al tomar el cambio de una moneda no recibiera un par de ellas falsas, monedas que, al entregarlas más tarde en otros establecimientos, le costaban serios disgustos.

Si iba al café, aun sacrificando sus apetitos al gusto de los demás parroquianos, por evitar escenas como la consabida del sorbete, notaba que los mozos le servían más tarde y peor que á todo el mundo; porque en el centro de la tolerancia y de la despreocupación se juzga y se respeta á los hombres en razón directa de la excelencia del corte y calidad de sus vestidos.

Los cocheros le trataban como al sentido común, es decir, inhumanamente: al verle con aquella estampa, ni se tomaban la molestia de aullarle con el brutal ¡jeeé! cuando le hallaban al paso, para indicarle que se apartara.

El buscar una calle cualquiera le costaba los cuartos que le exigía el brutal gallego por servirle de guía; y como las calles eran muchas y las conocía mal, y como no estaba dispuesto á pagar prácticos á todas horas, cuando salía solo no se atrevía á caminar por no desorientarse.

Esta circunstancia le hizo fijarse todas las tardes, al anochecer, en el famoso crucero de las Cuatro Calles, sitio en que podía recrear su vista sin necesidad de cicerone. Allí, entre los mil objetos y personas que cruzaban en todas direcciones, observó que, á semejanza de los aviones que en las calurosas tardes de verano revoloteaban incansables alrededor del campanario de su lugar, discurrían por una y otra acera, pasaban, volvían á pasar, y siempre las mismas, aunque en incalculable número, mujeres de incisiva y elocuente mirada, beldades de esbelto talle y desenvuelta marcha; mujeres que, sin saber por qué, le arrancaban del pecho hondos suspiros.

Mas, ¡ay!, en vano su ilusión le forjaba planes seductores…. Aquellas mujeres, cuyas miradas devoraban á los transeuntes, con cuyos movimientos, con cuya voz, en ocasiones, intentaban seducirlos, sólo para don Silvestre eran ariscas y desaboridas; para todos había sonrisas, guiños y hasta flores; para el infeliz mayorazgo escupitinas, desaires y malas razones. Don Silvestre recordaba entonces que en su pueblo se honraban las mozas con sus pellizcos, que sólo el temor á las lenguas de las envidiosas le hacían economizarse en las empresas galantes; y lanzando un suspiro angustioso, abandonaba su puesto favorito y marchaba hacia su casa, preguntándose por los placeres de la corte, y suspirando por el aire de su aldea;

—«¿Dónde está lo que yo venía buscando? De todo lo prometido, ¿qué es lo que encuentro? El calor sofocante, el polvo cáustico, el infernal estrépito de los carruajes, el peligro de ser por ellos atropellado, los pillos callejeros y algunos otros mercaderes, el rescoldo de las bebidas, el veneno de los estancos, la brutalidad de los cocheros, el vandalismo de los revendedores, la inhospitalidad de todo el mundo, el materialismo, la usura de la civilización: éstas son para mí las únicas verdades de la corte.»

Y eso que el buen hombre, gracias á su amigo, no había caído en la mayor ratonera de Madrid; no había sido martirizado en el más cruel de todos sus potros: en las casas de huéspedes; ni había, gracias á su corteza ruda y á su sencilla educación, visitado la corte por dentro. Si con su sencillez de aldeano perdía la brújula á la superficie del mundo, ¿qué le sucedería surcándole por lo más hondo de sus tempestuosos senos?

En algo parecido á esto debió de pensar después de la última escupitina con que le espabilaron las sirenas de las Cuatro Calles, porque, apenas llegó á su casa, hizo su pequeño lío, atravesó el garrote de acebo por entre los picos anudados del pañuelo que le formaba, dejóle así sobre una silla de su cuarto, y se dirigió al de su amigo, á quien endilgó un discursillo que, reducido á otras frases menos desaliñadas, venía á decir lo siguiente:

—«Bajo dos aspectos me interesaba la corte, vista desde el rincón de mi cocina: como centro en que se elaboraba esa política en que tan ciegamente creía, y como patria común á todos los hombres amantes de la libertad social y enemigos de los mezquinos chismes de corrillo. Muy pocos días he necesitado para conocer, á pesar de mi poca experiencia del mundo, que la tal política es una indigna farsa; que sus partidos, lejos de representar ideas de saludables recursos para la patria, no son más que posiciones que los ambiciosos ocupan para conquistar mejor los grandes destinos, que son el móvil principal de todos los políticos. De aquí que el poder tenga tantos opositores, y que éstos no convengan entre sí más que en hacer la oposición. De aquí que, siendo la verdad una sola, y habiendo doscientos que, opinando de otras tantas maneras, pretenden todos hablar con ella, comprenda al cabo el desapasionado ciudadano que todos mienten, que todos lo saben, y que todos le explotan.—Entre el Congreso de diputados y el concejo de mi lugar no hay más diferencia que el traje de los concurrentes y la índole de las cuestiones; la intención es la misma: primero «yo», después «mi partido», lo último «el país». «Yo tengo siempre razón, mi partido es el santo, el justo; mi vecino es un egoísta, su partido la ruina de la patria.» Dispénsame la parte que de mi juicio te alcance, y concédeme que tengo razón.

»Madrid como pueblo tolerante y centro de placeres para todos los gustos y para todas las inclinaciones, ya sabes, por mis relatos, lo que me promete. Aquí, según lo que me ha pasado, todo el mundo puede hacer lo que más le acomode, sin perjuicio del prójimo, por supuesto; pero es á trueque de romperse el alma con todos y cada uno de los que opinen de otro modo: esto es lo que yo ignoraba y lo que menos me conviene. En una palabra, para que yo viviera á gusto y disfrutara de todos los placeres con que brinda Madrid á los desocupados, sería preciso que olvidase todas mis costumbres y se cambiasen las condiciones de mi naturaleza: esto es tan imposible como que yo vuelva á leer un artículo de fondo, después que sé cómo y por qué se escriben. No por ello me pesa el viaje, pues te he dado un abrazo y he conocido lo que vale el inculto rincón de mis mayores, trocándole por la civilización. Ésta valdrá lo que quieras, pero á mi lugar me atengo; en él estoy como el pez en el agua, y á mi lugar me vuelvo. Conque, quédate con Dios.»

Don Silvestre se hubiera largado muy serio sin decir una palabra más; pero su amigo, agarrándole por las haldillas del chaquetón, le rogó que le escuchara.

—«Has hablado, Silvestre, como un libro; y guárdeme Dios de refutar lo más mínimo de tu discurso. Pero sabe que yo también reniego de la corte, y que la aborrezco con todos mis sentidos. Las atenciones de mi alto puesto me agobian, y las enemistades y miserias que él me produce entre las conexiones de la esfera en que habito, me desalientan; esfera, amigo mío, que por tu dicha no conoces. Soy rico, soy solo en el mundo, sencillo en mis gustos, inclinado á hacer el bien que puedo, refractario á la envidia y á la maledicencia, y no puedo contemplar, sin estremecerme, los dardos que me arrojan las rivalidades que cercan mi puesto, y la baja adulación de los que me necesitan ó me temen. No concibo que un hombre honrado se pueda acostumbrar á desayunarse todos los días con dos docenas de discursos impresos, en los que se le acusa de venal, de despilfarrador, ó, cuando menos, de estúpido; y el tratar en términos parecidos, si no peores, á los hombres de mi altura, es la ocupación de las tres cuartas partes de la prensa periódica; porque esta misma que en España se lamenta de que las letras, las artes y la industria, están en pañales y necesitan consejos y academias, consagra todos sus desvelos á calumniar, á fiscalizar el poder, cuando en él no están sus hombres, ó á adularlos servilmente cuando están al frente de la cosa pública. Sin más razón que la de ser yo lo que oficialmente soy, tiene derecho cualquier gacetillero hambriento, el último zascandil de la prensa periódica, á dudar de mi probidad, á llamarme inepto y á disponer contra mí la opinión pública. Estas innobles guerrillas que dirige y exacerba el hambre, ó cuando mucho, la ambición de mando ó de destinos, no puede sufrirlas un día y otro día ningún hombre que aprecie en algo su hidalguía y sienta aún el rubor de su dignidad calentarle las mejillas cuando una torpe lengua ó una envenenada pluma le hieren en el sagrario de su honra; que ésta no transige, ni ser puede más que una, ora se albergue bajo el burdo ropaje del campesino, ora bajo los bordados ostentosos del hábito de un magnate.

»Por eso, mientras tú te aburrías en esas calles, yo me desembarazaba de todos mis cargos y esperaba tu resolución para comunicarte la mía, que es el asunto de que había prometido hablarte. Esperábala para decirte; amigo mío, colmadas todas mis ambiciones y agobiado por los desengaños, quiero abandonar la corte y respirar el aire libre de tus montañas, única campiña que he visitado en mi vida, y en la cual espero realizar todas las ilusiones que he adquirido con mi lectura favorita. Soy fanático admirador de la vida patriarcal y de los placeres del campo, de la poesía pastoril. ¡Lejos de mí el ruido del falso mundo, el seco afecto, el materialismo de la civilización! Como el venerable, tierno y sencillo poeta,

«Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, á solas, sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanza, de recelo».

»¡Bien hayan tus campiñas y tus bosques! ¡Allí, con la conciencia del hombre honrado, verás, verás, Silvestre amigo, cuánto placer encuentro! … sobre todo, cuando piense en el infierno de pasiones que aquí se agitan incesantemente, y cuando, mientras considere que en el mundo

«… se están los hombres abrasando en sed insacible del no durable mando, tendido yo á la sombra esté cantado».

»He aquí mi mayor ambición de hoy; ambición que acaricio años ha, y que tus noticias y tu presencia han venido á provocar hasta el extremo de hacerme tomar una resolución invariable.—Ahora bien: mientras olvido mis hábitos de mundo, mientras me aclimato á ese paraíso de tus valles, necesito tu compañía, un rincón en tu casa y un puesto en tu mesa; pero sin que en tu sistema de vida hagas la menor alteración, sin que mi presencia aumente un solo manjar á tus comidas. Con estas condiciones aceptaría tu hospitalidad. Para regalarme con el veneno de nuestras cocinas y con la vida muelle de estos gabinetes, me quedaría en la corte. Éste es el egoísmo á que me refería cuando llegaste á mi casa. Con franqueza, amigo Silvestre, ¿te parece aceptable mi plan?»

El mayorazgo, que desde el principio del discurso de su amigo tenía un palmo de boca abierta, pero de puro placer, al oirle renegar de Madrid, y que, por otra parte, era generoso, sensible y hospitalario, y no había echado en saco roto que todo un personaje le hubiera reconocido á él, con su corteza de campesino, al cabo de tantos años de ausencia y sin otro motivo que una frívola amistad de la infancia, tendióle los brazos por toda contestación, en los que estrechó al personaje, quien, en premio de su cariñoso ofrecimiento, y con la promesa de no serle gravoso, si en ello no le ofendía, le anunció que dejaba muy bien recomendado su pleito y que contara con ganarle, deshechos algunos enredos que dificultaban el triunfo de su causa, debidos á los manejos de sus adversarios.

Este notición colmó de entusiasmo á don Silvestre, que tornó á abrazar á su amigo, quejándose de que le hubiera creído capaz de cobrarle pupilaje.

Pocos días después, salieron entrambos en una silla de posta, que debía dejarlos algunas leguas antes de llegar al pueblo, pues el amigote de don Silvestre quería hacer poco ruido para conservar el más riguroso incógnito, á fin de gozar más á sus anchas y en completa libertad todas las delicias que se prometía de la vida campestre y descuidada.

Por eso se despidió de todos sus amigos y allegados para el Mediodía, y no faltaron periódicos que anunciasen, con esa perspicacia y exactitud que les son peculiares, su feliz llegada «á la ciudad de los Califas».