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Escenas Montañesas

Chapter 28: X
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About This Book

A collection of regional sketches and short narratives portrays rural and small-town life along the northern coast, blending nostalgic observation with wry social commentary. Many pieces unfold through conversations and vignettes that record markets, household scenes, local festivals, and seasonal work, emphasizing generational contrast and the tension between tradition and modern innovations. The author mixes anecdote, descriptive landscape, and reflective digression to render communal character, idiomatic speech, and moral attitudes with affectionate detail and critical distance.

VII

Aquellos de mis lectores que hayan visitado el país del cuco después de haber vivido algún tiempo en la clásica Castilla, y especialmente los que á esta última circunstancia reunan la de ser hijos de este poético suelo, me ahorrarían, de fijo, la pintura del efecto que en nuestros dos personajes causó el aspecto de la Montaña apenas hubieron perdido de vista la última llanura tórrida, monótona, infinita, de ese famoso granero de España. Me la ahorrarían, digo, porque ellos habrán sentido lo mismo que don Silvestre y su amigo al acercarse á este bello rincón del mundo por aquel camino. Pero como no todos los lectores se hallan en igual caso, diré, sólo para los que no conozcan esta comarca, que al acercarse á ella después de atravesar las planicies de Castilla ó de la Mancha, enfrente de tanta belleza se siente … no tener cerca de uno á todos los moradores de las grandes capitales del mundo civilizado, orgullosos con sus prodigios de arte, para decirles:—«Mirad esa naturaleza, y pasmaos, porque junto á ella, todo es pequeño y raquítico. Ved aquí reunido y palpable cuanto de bello y fantástico ha cantado la poesía.»

Y, á propósito: no hay trovador novel ni poeta melenudo que se haya creído dispensado de echar su parrafito á las orillas del manso Guadalquivir, ó del aurífero Darro, ó á las aguas del histórico Guadalete, sembrando aquí y allá bosques y florestas, frondosidad y fragancia, césped y lirios, que así existen donde los colocan los vates, como yo soy arzobispo; en cambio, cuando alguno de aquellos ingenios ha pisado el suelo de la Montaña, en lugar de cantar lo que ella le mostraba, en lugar de darle lo que se le quita para engalanar ajenas hermosuras, se ha ocupado en escribir á «la civilización» si los moradores de aquende comen borona, andan descalzos y gastan los calzones más ó menos remendados, como si se tratara de un aduar de Marruecos ó de la isla de Annobón. Pero dejaría la poesía de serlo, si los poetas cantaran la verdad una sola vez en su vida…. Y vuelvo á mi cuento.

Dando resoplidos de pura satisfacción don Silvestre, y recitando su amigo los más tiernos idilios que recordaba á la vista de los fantásticos paisajes que descubría á cada paso, llegaron ambos al solariego albergue de los Seturas, donde los dejaremos descansar un largo rato: al de Madrid, entre sus bucólicas ilusiones y bajo el incógnito más rigoroso, y al otro, bajo la impresión de sus recientes desengaños, y, por lo mismo, más satisfecho que nunca al verse dentro de las recias y ahumadas paredes de su casa.

VIII

Faltábale tiempo al de Madrid, en cuanto se levantó á la mañana siguiente, para correr por la solana, tumbarse bajo un nogal y caminar errante por las mieses; para gozar, en fin, con la loca expansión de un colegial en vacaciones. Y tan abstraído estaba, que al volver á casa, al crepúsculo de la tarde, no se acordaba de que no había comido al mediodía, ni echó de ver que llevaba desgarrados los pantalones y sangrando una rodilla, caricias debidas á las espinas de los setos por los cuales tuvo que saltar.

En ocupaciones análogas pasó los primeros días, cada vez más alegre, más satisfecho y más juguetón. La bazofia y los condumios del ama de gobierno le parecían los manjares más deliciosos; el duro taburete en que se sentaba, mucho más blando que un sillón ministerial; y el aspecto rústico que tenían todos los objetos que encontraba y de que servía en casa de su amigo, eran el complemento de sus mejores ilusiones. Pero cuando gozaba extremadamente era por las noches, después que, oído el toque de ánimas y rezadas las oraciones de costumbre por el mayorazgo, á quien contestaban unísonos todos los de la casa, se sentaban en el ancho balcón del mediodía. El canto incesante de las ranas, el aroma de la campiña, el susurro elocuente y misterioso de la naturaleza, los relámpagos fantásticos é incesantes que en el horizonte presagiaban, según el ama de llaves, fuertes calores para el siguiente día; de tiempo en tiempo el canto monótono del labrador que iba á dar agua á una pareja, cuyas sonoras campanillas le hacían el acompañamiento; el vuelo rápido del murciélago que cruza indeciso á cada instante por delante del balcón; los regaños del ama en la cocina, que entre el charrasqueo de la sartén se destacaban, con poco placer de los criados á quienes iban dirigidos, y tantos otros ecos y fenómenos que en las noches de verano se perciben en el campo, abstraían de tal modo al forastero, que no hubiera cambiado entonces el balcón de don Silvestre por el trono más elevado del mundo.

Y cuando por las mañanas, al romper el día, le robaban el sueño el cencerreo del ganado que salía al pasto, los silbidos de los criados, las seguidillas de las mozas que iban á la mies, el toque al alba, los ladridos del perro, el cacareo de las gallinas y los relinchos del caballo, lejos de incomodarse, bendecía en sus adentros el instante en que se le ocurrió trocar el agitado torbellino de pasiones de la corte por el obscuro rincón de la vivienda de los Seturas.

Con la contemplación de éstos y otros cuadros á cual más sencillo, su lectura favorita adquiría para él cada vez mayor encanto; y hasta las tiernas églogas de Garcilaso le parecían la expresión más fiel de la verdad, y todos los recuerdos de todos los patriarcas descritos hasta entonces le asaltaban las mientes, y veía los trasuntos de todos los cuadros pastoriles del siglo de oro, y hasta sentía el calorcillo de sus venerandos y rústicos hogares; y tal era el dominio que sobre él ejercían estas ideas, que, fingiéndose extraviado, sorprendía á un vecino comiendo; entraba en la choza de otro cuando, sentado éste al frente del grupo de su familia, rezaba el rosario antes de acostarse; pedía aquí candela, más allá un guía, y por dondequiera aliviaba la miseria, complaciéndose en dejar oculta una moneda de plata, ya en el regazo de un niño que jugueteaba arrastrándose á la puerta de su casa, ya sobre el poyo de la cocina. Y todo esto lo hacía el buen señor, excepto lo de las limosnas, en verdad sea dicho, sin darse de ello la menor cuenta. No reflexionaba ni estudiaba aquello que veía, porque los cuadros y las impresiones se sucedían con la rapidez del pensamiento.

Pero á los quince días de estancia en la casa de don Silvestre, comenzó á notar que no descansaba bastante en la, aunque mullida, incómoda cama que le habían puesto; que la bazofia le agriaba el estómago, y que, por falta de cielo raso en la alcoba, le escocían los ojos con el polvo que caía del desván, cada vez que (y esto sucedía todas las noches), cada vez que las ratas armaban sus jaleos acostumbrados entre las panojas sobrantes de la anterior cosecha—Con este motivo la rancia morada de los Seturas abrió por primera vez sus puertas á la civilización, que entró en la mejor alcoba de la casa en forma de colchón de muelles, cama de hierro, techo de yeso y papeles de colores, traído todo de la ciudad y colocado á expensas del huésped de Madrid, y con no poca delectación del mayorazgo, del ama y de todos los vecinos del lugar, que acudieron, por turno rigoroso, durante una semana, á contemplar las maravillas de la alcoba del madrileño, cuando éste se largaba á hacer sus excursiones de costumbre.

Estas eran siempre por el campo, donde cada día buscaba un paisaje distinto y al antojo de su poética fantasía. Y, preciso es confesarlo: las praderas y valles del lugar de don Silvestre, como toda la Montaña, superaban en perspectiva á todos los cuadros que se imaginaba el señor de la corte: en esta parte era feliz el amigo de don Silvestre. Pero no lo era tanto cuando se acercaba á gustar prácticamente las delicias que, desde el fondo de los alfombrados gabinetes de las populosas ciudades, descubren los poetas entre el follaje de los bosques y sobre el blando césped de las campiñas.

Es decir, que si el madrileño, siempre con sus libros debajo del brazo y en busca de paisajes, encantado por el aspecto de un artístico murallón cubierto de verde y tupida hiedra, se recostaba contra él, sentado sobre césped de un palmo de espesor, no bien se ponía á leer á cualquiera de los poetas, desde Gonzalo de Berceo hasta el último bucólico de nuestros gacetilleros y romancistas, y exclamaba, por ejemplo con el primero:

«Nunca trobé en sieglo lugar tan dileitoso»,

ó con alguno de los modernos otra frase equivalente en menos rancio castellano, cuando llegaba el impertinente tábano, que le hacía girar como las aspas de un molino para defenderse de sus iras, ó cantaba á su lado la chicharra, ó se punzaba las asentaderas con alguna zarza traidora, ó caía una lagartija sobre la más sentimental y pastoril de las estrofas de su libro. Con cualquiera de estos contratiempos concluía el apasionado madrileño por sacudirse la ropa y marcharse punzado, aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque más cómodo.

—¡Oh magnificencia!—exclamaba una vez contemplando un nuevo sitio;—¡esto excede á la más sublime creación del más sublime de todos los poetas; á la región del más tierno pastor de cuantos ha creado la poesía!

«Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas, verde prado de fresca sombra lleno, aves que aquí sembráis vuestras querellas, hiedra que por los árboles caminas torciendo el paso por su verde seno….»

todo esto, y mucho más, veo yo, oigo y toco. ¡Y por qué el sensible Nemoroso no ha de ser posible en estos valles? ¿Qué distancia hay de ellos á las imaginaciones de Garcilaso? ¡Oh divina poesía!: te veo y te palpo…. Pues señor, aquí, tras este tupido zarzal, cabe el arroyuelo que murmura á mis pies, sobre la florida y olorosa pradera, á la sombra de estos seculares castaños, voy á entregarme á mis gratos ocios. ¡Y dirán las almas de prosa que la poesía es una quimera!

Y al contemplar aquella lozana vegetación, tan caprichosamente distribuída como no pudiera imaginárselo el más diestro jardinero, exclamó, hasta con fe en las palabras del poeta:

«Oh driades de amor hermoso nido, dulces y graciosísimas doncellas, que á la tarde salís de lo escondido, con los cabellos rubios, que las bellas espaldas dejan de oro cobijadas….»

esperando, tal vez, que abriéndose las zarzas dejaran libre paso á la misma Galatea. Así es que al oir agitarse la enramada inmediata, no se sobrecogió lo más mínimo, en espera, como estaba, de algún prodigio. Pero cuando en lugar de los cabellos de la Ninfa, vió, atropellando las enmarañadas árgomas, madreselva, espinas, zarzas, juncias y ortigas, las afiladas astas de un novillo de cuatro años, descendiendo de la sublime región adonde se había elevado con sus pensamientos, á la clásica morada de los revolcones y de los ojales en la piel, despojóse hasta de sus libros para mayor desembarazo, y no paró de correr hasta la portalada de los Seturas.

IX

Éste y otros percances análogos y un tabardillo que le produjo al fin tanta y tanta insolación como tomaba, buscando por el campo la sombra de la poesía, le obligaron á desistir de sus excursiones ordinarias, conformándose después con la sombra del nogal solariego para los pocos ratos que consagraba á la lectura desde el último desencanto. Y como no tenía una sola persona á quien hacer confidente de sus impresiones, pues don Silvestre, nacido entre los prodigios de aquella naturaleza, de nada se pasmaba, como que nada hallaba que le chocase, y fuera de la naturaleza rústica y virgen, no conocía á fondo más que sus recientes desengaños, le pareció muy fastidiosa la contemplación de los fenómenos naturales durante las primeras horas de la noche, desde la solana del mayorazgo; halló también insoportable la noche misma hasta la hora en que se acostaba; y como el sueño era acaso el mayor placer que experimentaba ya en el campo, incomodábale de veras el tener que despertarse á las cinco de la mañana entre la gritería del ama de llaves, los silbidos de los criados y el cencerreo del ganado, después de haber dormido mal toda la noche, desvelado á cada instante por los ladridos del mastín, cuya vigilancia llegaba á ser impertinente, á fuerza de ser escrupulosa.

Agréguese á esto que la prodigalidad del señor de don Silvestre, como llamaban en el pueblo al de la corte, había corrido de cocina en cocina por todo el vecindario, y que, por lo mismo, no hubo en él una sola persona que no se creyese con derecho á pedirle dinero, pretextando necesidades, unas veces ciertas y justificadas, otras fingidas é indignas de la largueza y caridad del forastero; de suerte, que ni siquiera le quedó el placer que experimentaba aliviando la desgracia, pues temía equivocarla con las consecuencias de la haraganería, y contribuir al fomento de más de un vicio, procurando socorrer la verdadera miseria.

Una de las impresiones más agradables que recibió en la aldea, fué al ir por primera vez á oir la misa de la parroquia. Bajo la tejavana, ó portal, que se extendía á todo lo largo de dos fachadas de la iglesia, como en todas las de las aldeas de la Montaña, estaban reunidos y en espera del toque de campanilla que les avisara la salida del sacerdote al altar, todos los viejos, jóvenes y niños del lugar que no tenían un impedimento justificado que los eximiera de aquella obligación de conciencia. Todos con el mejor vestido, y formando corrillos en los que se departía á gritos, como es costumbre entre la gente de campo, no porque el furor sustente los debates, sino por hábito adquirido viviendo casi siempre fuera de techado; todos, repito, se entregaban á aquel primer momento de ocio, después de una semana de rudas fatigas, con las más expresivas señales de satisfacción, buscándola especialmente en comunicarse unos á otros las observaciones, planes y labores que cada cual había hecho desde el domingo anterior. Cuando el de Madrid, al lado de don Silvestre, se acercó al portal de la iglesia, el rumor que veinte pasos antes llegara bien claro á sus oídos, cesó de repente; levantáronse los hombres que estaban sentados, suspendieron los muchachos sus juegos y carreras, y descubriéndose todos respetuosamente, abrieron calle al madrileño y á su amigo hasta donde el primero juzgó oportuno detenerse. Esta muestra de deferencia y de respeto afectó al huésped del mayorazgo, acostumbrado al frío y egoísta contacto del pueblo de las grandes ciudades; y en prueba de su reconocimiento, trató de mostrarse afable y cariñoso, más aún de lo que era de ordinario, con el dueño del rostro más cercano, entre los varios que le contemplaban inmóviles desde su llegada.

Á las primeras palabras dirigidas afectuosamente al aldeano, los que detrás de él formaban silenciosos, adelantaron un paso, y á la cuarta pregunta del de la corte, un círculo compacto de curiosos le envolvía, disputándose todos la ocasión de oir la voz del señor forastero, y de seguir de cerca con la vista el movimiento de sus brazos y la dirección de su mirada. Esto duró hasta que se oyó el repiqueteo de la campanilla; porque entonces, los chicuelos rompieron la humana valla que á duras penas habían atravesado para ver al caballero más de cerca, los viejos apagaron sus pipas, los jóvenes restregaron el fuego de sus cigarros contra el poste más inmediato y se guardaron las puntas en el bolsillo del chaleco, los que tenían la chaqueta tirada sobre los hombros, se la vistieron, y todos corrieron al templo atropelladamente para llegar á él antes que el párroco pisara las gradas del altar.

—¡Qué feliz he sido hoy en medio de esos honrados aldeanos!—decía á don Silvestre su amigo durante la comida.—¡Cuánta poesía en aquel cuadro que me rodeaba! Porque su expresión no era la que dan la bajeza ni la ignorancia, sino la mansedumbre del justo, ó el rubor de la inocencia.

Don Silvestre hubiera hecho algunas enmiendas al panegírico de su amigo; pero tan habituado le tenía éste á semejante lenguaje, que ya no se cansaba en contestarle siempre que con él le hablaba.

X

Las escenas del portal de la iglesia se repetían cada día festivo, no solamente en este sitio, sino en el corro, á donde iba el madrileño á ver bailar y jugar á los bolos. Pero llegó á notar este fanático personaje que el círculo de curiosos que siempre le envolvía era cada vez más estrecho; que entre los espectadores, antes mudos como estatuas, había muchos que se permitían sus apartes intencionados y con presunciones de graciosos; que los que este título llevaban entre los convecinos, á trueque de conquistarse sus carcajadas, faltaban aliquando al de Madrid, siempre digno y prudente, con una grosera impertinencia; que los chicuelos, que antes le contemplaban con la boca abierta y las manos en los bolsillos del pantalón, se le acercaban hasta tocarle con un dedo la cadena del reló, mientras á la descuidada tentaban con la otra mano el paño de su levita, cuya finura les admiraba; y, por último, que las mozas del lugar, á quienes dirigía delicadas galanterías y que al principio no se atrevían á mirarle á la cara, le volvían ya cada fresca que le dejaba helado. De modo que, después de la metamorfosis de Galatea en novillo uncidero, dándose á reflexionar durante la convalecencia del tabardillo sobre el carácter de la gente del campo donde habitaba, á despecho de sus ilusiones se concedió á sí mismo que pedir prudencia, saber, dulzura y poesía á unos seres cuya sociedad constante son las bestias, cuya educación son las rudas tareas del campo, y cuyas aspiraciones están limitadas á salir del año sin morirse de hambre, es una exigencia que toca en lo ridículo. ¡Harto harán, los pobres, sabiendo saludar en turbio castellano! Demasiado es en ellos esa suspicacia extremosa que forma su carácter, primer testimonio de que no carecen de criterio. ¡Ojalá supieran educarle, y entonces no emplearían aquélla en dudar de todo el mundo, ni se acarrearían esas guerras intestinas que los lleva á cada instante á disputar sus derechos ante los tribunales de justicia, consumiendo en empresas tales el fruto de sus faenas, mientras sus hijos se arrastran desnudos, pidiéndoles un pedazo de pan que no siempre reciben!

Merece consignarse otro de los incidentes que más contribuyeron al desencanto de nuestro personaje.

Departiendo una mañana en el portal de la iglesia con el alcalde del pueblo, brindóse de muy buena gana á traer de su cuenta, un reló de torre para la iglesia del pueblo, como un regalo que dedicaba á los honrados vecinos entre quienes tan buenos ratos había pasado. El alcalde, al oir la palabra regalo, abrió unos ojos de á tercia, y dióse á reir de pura satisfacción; pero cuando se puso á reflexionar sobre el motivo de tanto desprendimiento, tornóse serio, y dijo al personaje, con la mejor cara que pudo, que al día siguiente le daría la contestación. Éste, que atribuía á modestia ó á cortedad semejante respuesta, no volvió á pensar más en ella, y en cuanto se separó del alcalde, no dudando que su proposición sería bien acogida, se puso á discurrir sobre el modo de que el reló llegase al pueblo lo más pronto posible. Entre tanto el alcalde, apenas pronunció el cura el «Ite missa est», se acercó al campanero y le dijo con ansiedad:—Toca á concejo.

Como el edificio en que las sesiones se celebraban, ó sea la casa consistorial, estaba á dos pasos de la iglesia, á medida que ésta se desocupaba iba llenándose la otra, deseosos los vecinos de saber de que se trataba, pues ni había carreteras que componer, ni arbitrios que rematar, ni repartos que hacer sobre el territorial, ni sorteo de mozos para el ejército, ni siquiera ajustes de puertos y pastores.

—Señores—dijo el alcalde, tan pronto como el alguacil pasó lista á los asistentes y vió que, legalmente, se podía celebrar sesión;—se trata de que el señor forastero quiere regalar un reló de campana para la torre de la iglesia del pueblo.

—Pues Dios se lo pague—contestaron á coro la mayor parte de los concurrentes.

—Á mí me parece que no habrá compromiso en que le cojamos por la palabra—añadió el alcalde, dejando entrever ya el fondo receloso que, como opinaba muy bien el personaje, forma el carácter de los aldeanos montañeses.

No necesitaba tanto el vecindario para calcular los inconvenientes que, en su concepto, podría traer al pueblo la aceptación del regalo; así es que al oir la palabra «compromiso» en boca del alcalde, cada vecino se volvió hacia su colateral, con una expresión en la cara que, aun cuando de pronto parecía de estupidez, leyéndola bien se podía traducir en estas palabras:—«¿Que te parece de esto?; ¿nos cogerá de primos?»

Pero tan franco, tan claro era el ofrecimiento, que ni aun con la mala fe de que ellos eran capaces encontraron en el primer cuarto de hora una sola objeción que hacer al generoso forastero. No obstante, lejos de decir explícitamente «aceptamos», todos, y el primero el alcalde, dirigieron sus miradas inquietas á un rincón de la sala donde estaba sentado un viejo con calzón corto remendado, montera bajo la cual asomaban, entrecanos y nada limpios, dos mechones de pelos, uno sobre cada sien y de un palmo de largos, según la antigua moda, chaqueta al hombro y un garrote chamuscado con el que hacía garabatos sobre el polvo del suelo fingiéndose distraído.

El tío Merlín, que así llamaban al viejo de las sucias greñas, era la notabilidad del pueblo, donde se le había dado el nombre que llevaba por la reputación de listo que le acompañaba desde sus contemporáneos, que, al emigrar de este mundo, se le recomendaron á la generación heredera como un dije inestimable, como una providencia. El tío Merlín reunía á la condición de listo la fama de celebre, nombre que entre los aldeanos equivale á decidor, oportuno, chistoso; circunstancia que, por sí sola, dice bastante para que todos los lectores comprendan el dominio que el tío Merlín ejercería sobre sus convecinos. Porque en aquel lugar, lo mismo que en el mundo de la cultura, un hombre á quien los demás escuchan con la sonrisa en los labios y dan el apellido de gracioso, tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa sin ofender á nadie, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero donde y cuando le acomode, sin que á nadie se le ocurra darse por ofendido. ¿Y cuál no será la influencia de un hombre de éstos entre los que le rodean, cuando sobre su carácter de gracioso lleva la fama de sabio, como el tío Merlín? Por eso á este personaje se le encontraba presidiendo todos los acontecimientos del lugar. Bodas, bautizos, entierros, juntas, tertulias…, en cualquier acto de éstos y otros muchos, lo primero que la pública curiosidad buscaba anhelante era la presencia del tío Merlín; porque aquí para provocar la risa, allá para dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los demás, su presencia era tan indispensable, que sin ella no se encontraba alegría, ni lágrimas, ni consuelo, ni parecer.

Y es de notar que el tío Merlín jamás era explícito en sus dictámenes, y que sus admiradores, al repetir á otros las ocurrencias del célebre viejo, apenas hallaban por donde cogerlas; y es claro: el tío Merlín, como casi todos los decidores del mundo, tenía todo su chiste en aquello que callaba, y lo que callaba era lo más importante. Así es que la reticencia era su fuerte, y con un interrogante, unos puntos suspensivos y un gesto de «¡qué pillo soy!» resolvía todas las cuestiones, arrancaba á su placer las carcajadas al auditorio y enredaba á sus convecinos cada día en un berenjenal de pleitos y rencillas, extraviándoles más y más la justicia con lo vago de sus maliciosos pareceres. Pero su fama era bastante más vieja que todos sus convecinos entre quienes el buen criterio no pudo nunca aclimatarse, y el tío Merlín era siempre listo y celebre…, y por eso en el concejo se buscaba su opinión al tratarse de aceptaré ó no la oferta del rumboso madrileño.

—¿Qué dice de esto el tío Merlín?—preguntó el alcalde después que, como todo el concejo, le hubo mirado por algún tiempo en silencio, estudiando hasta el rumbo más vago de su garrote.

El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, miró de reojo á todos los circunstantes; fijóse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa enseñaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la respuesta del viejo, y después de arreglar la chaqueta sobre los hombros, contestó muy pausadamente:

—¿Conque … qué digo yo de esto, eh?… Pues digo que…. ¡Jummma!…

Esta carraspera arrancó al concejo una carcajada que duró medio cuarto de hora.

—Vamos al decir, tío Merlín, de que usté cree….

—Que la cosa no trae malicia, señor alcalde … ¡jui! que las pillo yo al vuelo….

—Pero, señor, fegúrese usté que el hombre me llama y me ice «doy el reló pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar á los carpinteros y albañiles que han de juriacar la paré, porque la cosa estará aquí en toa la semana que viene.»

—¡Hola!… ¿Conque hubo too eso? ¿Conque le ice á usté ese señor que busque carpinteros y que juriaque la paré de la torre…, y entoavía no atisba usté la estruchá?

—Hombre—repuso el alcalde con cierta humildad que le imponía la sagacidad del viejo,—no diré yo que no viera algo de ella, y por eso mandé tocar á concejo…. Pero ello, ¿qué es lo que usté teme?

El tío Merlín bajó la cabeza, sonrióse, volvió á hacer rayitas en el suelo, y por toda contestación largó otro ¡jummmaaá! que produjo el mismo efecto que el anterior. Al cabo de un rato añadió:

—Señores, en el juriaco que se quiere abrir en la torre, ¿no ven ustedes ná?

Los circunstantes se encogieron de hombros.

—Lo dicho—continuó el viejo,—no ven ustedes un buey á cuatro pasos…. Pues yo veo que por ese juriaco se nos mete en casa el forastero; que el reló es una trampa que se nos quiere armar para dejarnos á toos en cueros vivos en el día de mañana.

Una exclamación de sorpresa fué la contestación del concejo.

—Eso no puede ser, tío Merlín—objetó luego el alcalde;—la cosa no trae tanta malicia. ¿Y á qué se agarra usté pa creer…?

—¿Que á qué me agarro?… Esa es cuenta mía. Nos vió aldeanos, le gustó el pueblo, y dijo: «á pescar lo que se pueda….» Porque, señores, pinto el caso de que uno cualquiera de ustedes va al lugar de ese señor, y tiene tanto dinero como él: por mucho que el lugar le guste, ¿se le ocurrirá regalar un reló para la torre de la iglesia?

—Es claro que no—contestaron algunos.

—Pues cátalo ahí—exclamó triunfante el tío Merlín.—¿Á qué santo ese hombre nos ha de regalar un reló, sin más acá ni más allá?

El concejo se quedó tamañito bajo tan contundente argumento.

—De manera—dijo el alcalde,—que nos convendrá decir á ese señor que se guarde el regalo para engatusar á otros tontos….

—No, señor: «á la zorra candilazo», que dijo el otro—replicó el tío Merlín.—Aquí va á ir de pillo á pillo. Puede usté decirle que traiga el reló, pero firmando un papel.

—¡Á ver, á ver! …—murmuraron sus convecinos, llenos de curiosidad.

—Escriba usté, secretario—dijo á éste el alcalde;—que la cosa tiene que ver. Dite usté, tío Merlín.

Éste, después de rascarse mucho la cabeza, colocó sobre el garrote sus dos manos, sobre ellas la puntiaguda barbilla, y con los ojos radiantes de malicia y de satisfacción, empezó á dictar al secretario lo que, entre un aluvión de carcajadas y después de cien enmiendas y al cabo de media hora, decía al pie de la letra:

«Digo yo, don Fulano de Tal, que por mí y por todas las generaciones y herederos que pueden venir detrás de mí y por todos mis cuatro costados; he recibido del Ayuntamiento de … el valor del reló de la torre de su iglesia, traído por mi conducto y á mis expensas.

»Item.—Que me comprometí á ponerle por mi cuenta en el juriaco que ocupa.

»Item.—Que señalo una cantidad de dos mil reales al año para gastos que el infrascrito reló preduzca, ó arroje de sí mesmo, ó séase para su manutención y conservación.

»Item.—Que si algún día la torre se viene abajo en mis días ó en los de todas las generaciones y herederos que puedan venir detrás de mí y por todos los cuatro costados, yo y ellas nos comprometemos á hacer otra torre nueva ú otra iglesia, si el ayuntamiento lo tuviere por conveniente.

»Item.—Yo y las dichas generaciones y herederos nos comprometemos á pagar todos los pleitos que por causa del reló resulten en el lugar, ó en las inmediaciones, y á no hacer reclamación alguna al concejo de … por conceuto del reló ni otro alguno.

»Así lo quise; y, para que conste, lo firmo en … á tantos de Julio, etc.»

—Ahora—añadió el tío Merlín,—que firme ese señor; después que vea por ónde nos mete mano.

Y retozándole la risa en los labios, salió del concejo entre la algazara y los aplausos de sus convecinos.

Aquel mismo día se presentó el alcalde con este documento al forastero, diciéndole, al entregársele, con tono y expresión de triunfo:

—Aquí está mi contestación.

El amigo de don Silvestre no pudo menos de reirse al leer tan peregrinas condiciones, á pesar de la sorpresa que le produjeron, después, se indignó al considerar tan miserable suspicacia, y, por último, rompiendo en pedazos el papel y volviendo las espaldas al alcalde por toda contestación, acabó por compadecerse de aquellas pobres gentes que, por huir de un mal que nadie les hacía, desechaban el bien que les iba buscando.

XI

En éstas y otras, la estación avanzaba y el melancólico otoño iba iniciándose á medida que morían las ilusiones del forastero. El aterciopelado verde de la campiña se había cambiado en otro más pálido y amarillento; segada y recogida la yerba de los prados y despuntados los maíces, las mieses habían perdido toda su lozana frondosidad; y su aspecto, aunque bastante más risueño que la primavera de Castilla, infundía cierta tristeza en el ánimo que la había contemplado dos meses antes. Los bosques se enrarecían también al menor contacto del furibundo viento Sur, que ya estaba en plena campaña para secar las panojas y madurar las castañas; los pajarillos enmudecían poco á poco y volaban errantes é indecisos; las noches crecían y los días acortaban; la naturaleza toda anunciaba su letargo del invierno, y no se escuchaba otro sonido de su elocuente lenguaje que el de los secos despojos de su primavera, rodando en confuso torbellino á merced del viento que cada día soplaba más recio.

No necesitaba el forastero tanto aparato para languidecer y enervarse, después de los desengaños padecidos hasta allí. Así es que, á la vista del cuadro que se le presentaba, no tenía otro deleite que pensar en su vuelta á la corte. Y como esto no le llenaba el ánimo completamente, se complacía en colocar á su lado, para contraste, todos los disgustos que debía á su expedición á la patria de los Seturas, con el fin de amar la primera á medida que fuera aborreciendo la segunda.

—«Vamos á cuentas—se decía una tarde, sentado en frente de la ventana de su cuarto, y mirando cómo se ocultaba el sol detrás de una montaña, entre vivísimos resplandores.—Llevo en este pueblo tres meses; he gozado á mis anchas y con las ilusiones de un niño, es decir, he gozado cuanto es posible en esta vida de zozobras y de aprensiones, tres semanas. En cambio he padecido después un tabardillo, tres cólicos, trescientos sustos, treinta mil molestias por esos campos de Dios buscando la sombra y la poesía, sesenta y seis insomnios producidos por el perro, por los cencerros y por los golpes oídos durante la noche, é innumerables disgustos en mi trato con el vecindario; y si cuento diez indigestiones que me produjo la bazofia de esta bendita cocinera, una oftalmía á consecuencia del polvo del techo de mi alcoba y doscientos rasguños de espinos en la piel (todo esto durante las tres semanas contadas de placer), no hay duda que la ganancia de mi expedición, vista por este lado, ha sido bien escasa. Veámosla por la parte económica, que es por lo que más se recomienda la vida del campo. Por no reventar con tanto y tan especial menjurje, he tenido que proveerme por mi cuenta de la ciudad; y como está muy lejos, entre propios, carros y otras menudencias, lo que aquí he comido, muy mal sazonado, me cuesta triple que mi alimento ordinario y relativamente exquisito de Madrid. Mi equipaje está sucio y desgarrado.

»Se me dirá que de esto me tengo yo la culpa, pues he saltado portillos y corrido por los prados, y me he sentado en ellos…. Pero, señores míos, ¿es posible que á otra cosa se pueda venir al campo? Sin contar lo que he dado en limosnas, pues esto bien empleado está, llevo gastado un dineral en propinas y en pagar, triple de lo que valían, regalos que estas gentes dieron en hacerme cuando corrió la voz de mi largueza. Total, incluso manutención, obra de la alcoba, etc., según el estado de mi bolsillo y cartera, cerca del doble de lo que, en igual tiempo, gasto en Madrid con carruaje y espectáculos.

»Veamos ahora mi expedición por la parte instructiva, por la del estudio, para el cual se receta siempre el campo. Perdidas mis ilusiones por la frívola poesía pastoril, solamente la idea de salir de aquí muy pronto era capaz de hacerme leer con paciencia mis libros instructivos. No comprendo que sin un confidente con quien consultar, ó con la idea de no volver á ver más el mundo, haya un hombre capaz de encerrarse entre los bosques á desentrañar los misterios de la ciencia, cuando la ignorancia completa de ella es lo primero que se necesita para vivir á gusto entre estas cerriles criaturas, ser tan rústico como ellas, y circunscribir á las suyas las propias ambiciones. Y no se me diga que ésta es cuestión de carácter, porque el mío es un modelo de docilidad y acomodamiento, soy un optimista extremoso, y así y todo me ha hastiado la naturaleza y me ha repugnado la humanidad inculta. Mi lectura, pues, con la esperanza de ver el mundo otra vez, no ha sido escasa, pero no provechosa: pues con incómoda habitación, malas digestiones y preocupado con las miserias de que he sido objeto, no he sacado tanto fruto aquí en dos meses como en un solo cuarto de hora en mi gabinete de estudio en Madrid.

»Por lo que hace á robustez, que es lo que en mí busca y dice que encuentra todos los días Silvestre desde que estoy en la aldea, si algo he aumentado en volumen, debe ser consecuencia de la corteza tostada que cubre mis manos y mi cara, y del no sé qué que se ha adherido á mis cabellos que, á pesar de mi esmero, se rebelan, y están cada día más rústicos y cerdosos…. Decididamente me vuelvo á la corte…. Pero ¿y el hastío que me echó de ella? ¿Será otra ilusión, como la del campo, la inclinación que hoy siento hacia Madrid? Antes de salir de aquí voy á probar el último recurso; voy á vivir á lo Robinsón. Dialogaré con la naturaleza y huiré de todo ser humano en lo que me sea posible.»

Aquí llegaba el de la corte con sus meditaciones sin notar que el sol había apagado su último reflejo, y que, por ende, la noche había dejado su habitación envuelta en la más impenetrable obscuridad, cuando un ruido estrepitoso, sobre el techo de la alcoba, le hizo dar un salto en la silla y buscar en seguida, á tientas y acelerado, la puerta, pensando que se hundía el tejado solariego.

—¡Silvestre! ¡Silvestre!—gritó al hallarse en la sala.

—¿Qué demonios te ocurre, hombre?—contestó á poco rato el mayorazgo, apareciendo en escena con el candil en la mano.

—¿Qué ruido es el que he sentido sobre mi cuarto?

—¿Á que te has asustado?… ¡Ja, ja, ja, jaaaa!

—¡Pues el lance es para reir!

—Y ya se ve que sí. Como que no es otra cosa que un garrote de panojas de la otra cosecha que estoy poniendo encima de tu cuarto.

—Á buena hora te has acordado de hacerlo.

—Como los criados han estado cogiendo todo el día en la mies, no se ha podido hacer hasta ahora.

—Ya podías haber avisado antes, ó dejar la operación para mañana.

—En lo primero tienes razón, y dispénsame el olvido; en cuanto á lo segundo, como esta noche es la deshoja, no era cosa de que se mezclaran las dos cosechas.

—¿Qué es eso de la deshoja?

—¡Cómo! ¿No sabías que era esta noche? ¡Bruto de mí!… Vente conmigo.

Y así diciendo, cogió á su amigo por un brazo, y le arrastró, ó poco menos, hasta la cocina. En ella le enseñó al ama de llaves que estaba fregando una enorme caldera en la que iban á cocerse media fanega de castañas que estaban en un saco cerca del fogón.

—Todo esto es para la gente—dijo don Silvestre señalando las castañas y un enorme jarro de vino que estaba sobre el vasar.

—¿Para qué gente?—le replicó su amigo cada vez más sorprendido.

—Vente y lo verás—repuso el mayorazgo saliendo de la cocina y llevando por delante á su amigo.

Unos pasos antes de entrar en el estragal, ó sea el corredor que conduce á la bodega desde el punto en que arranca la escalera del piso alto, una algarabía atronadora de carcajadas, cantares y chillidos llamó la atención del forastero; algarabía que cesó tan pronto como éste y don Silvestre llegaron á la puerta de la bodega. En ésta, iluminada por un roñoso farol colgado de un clavo en una pared, se veía una enorme pila de panojas recién traídas de la heredad, y á su alrededor, sentados en el suelo, un enjambre de mozas y mozos del lugar ocupados en deshojarlas, echándolas después una á una, pero con extraordinaria rapidez, en los garrotes, ó grandes cestos, que estaban colocados delante de los deshojadores, á razón de uno de los primeros por cada seis de los segundos. Estos garrotes suelen tener una medida dada, y por el número de garrotes, ó coloños, que van llenos al desván, calcula fácilmente el labrador el resultado de su cosecha.

La deshoja es una operación que toma la solemnidad que hemos visto en casa de don Silvestre, en las de cuantos labradores cogen maíz para todo el año, pues con el objeto de que el grano empiece pronto á ventilarse, procura el cosechero despojarle cuanto antes de la hoja que le envuelve y le perjudica mucho, después que se retira de la heredad; y como la operación es muy pesada para poca gente, es ya costumbre que se reuna toda la que quiera del pueblo, sin mas retribución que un maquilero de castañas cocidas y un vaso de vino ó de aguardiente, y á veces una sola de las dos cosas, para deshojar una cosecha en una noche, ó en dos á lo sumo.

El silencio impuesto por la llegada de don Silvestre y su amigo, volvió á alterarse en breve, en cuanto el último, siempre propenso á gozar con tales cuadros, se mostró muy satisfecho en medio de la concurrencia, y le dirigió algunas palabras en son de broma. Fraccionóse, pues, el círculo en secciones; y en una se contaba el cuento de Juan del Oso, en la otra se criticaba, en ésta se cantaba y en aquélla se hablaba de la cosecha, sin que faltasen manotazos ó coscorrones por aquí y por allá, pues aquellos mozos también eran de carne y hueso, y no siempre, buscando una panoja oculta entre las hojas apiladas, topaban con ella al momento y sin tropezar antes con tal cual pantorrilla extraviada, cuya dueña, aunque con la risa en los labios, protestaba con el puño cerrado contra la equivocación.

Hacía un rato que la deshoja estaba en plena efervescencia, cuando una voz gritó: «¡la mona!»; y esto bastó para que las mujeres se alborotaran y chillasen, y para que los hombres se pusieran en actitud de defensa.

El forastero, pensando que se trataba del cuadrumano de aquel nombre, miraba á todas partes con ávida curiosidad, en tanto reía á sus anchas el bonachón de don Silvestre, quien al cabo explicó á su amigo lo que aquella voz significaba.—Llámase mona á una gran bolsa ó protuberancia que sale á algunos maíces en el tallo, y que después de seca se convierte en un depósito de polvo negro y pegajoso; bolsa que suelen guardar cuidadosamente los aldeanos al coger el maíz, para untar con ella en la deshoja la cara del más cercano, cuando más descuidado esté.

Prodújose la alarma de costumbre; pero la mona no pareció por ninguna parte. Un mocetón colorado y mofletudo, que no pudo ver con calma á un rústico Tenorio (pues también los hay en el campo) charlando más de lo regular con una moza á quien él galanteaba, era el que había gritado con la intención de interrumpir el amoroso coloquio, ya que no había podido conseguirlo de otra manera, por hallarse colocado muy lejos de la amartelada pareja.

—¡Diez y tarja!—cantó la voz de un hombre que, llegando á la puerta de la bodega, cruzó con una raya de yeso otras nueve paralelas, hechas una á una á cada coloño que se subía al desván.

Chocó al forastero que el décimo, en lugar de seguir el camino de los anteriores, cayese en un rincón de la bodega, que se había aseado antes con el mayor esmero; y preguntado á don Silvestre, supo que aquel garrote de panojas, tal vez el más repleto de todos y el de las más gordas, era el primero del diezmo que pagaba á la Iglesia de Dios. Por aquel tiempo andaba aún la cosa pública … á la moda de entonces, y de nada se extraño el forastero, sino del cuidado y escrupulosidad con que don Silvestre cumplía el mandato número cinco de los de la Iglesia. Y aún hacía más el mayorazgo: junto á la pila de panojas formada con los coloños del diezmo, había otras varias más pequeñas, hechas á costa de las nueve partes que á el le quedaban libres; porque de cada coloño que subía al desván, dejaba tres panojas para las ánimas del purgatorio; dos para alumbrar á San Antonio, patrono del ganado; seis para San Roque, abogado de la peste; seis para San Pedro, patrono del lugar, y otras seis para los pobres del vecindario que careciesen de semilla en la época de siembra. ¡Y todavía don Silvestre daba gracias á Dios por lo mucho que le quedaba!—«¡Desgañitaos, hombres de la ciencia, para ilustrar á la humanidad; afanaos en perfeccionarla para hacerla más feliz á costa de lágrimas y sudores; pero estudiad á este hombre, y tomad en cuenta la tranquilidad de su espíritu!»

Así exclamaba, para sus adentros, el forastero al contemplar la fe y el placer con que su amigo cumplía los preceptos que se le imponían, y las muestras de la caridad que guardaba siempre en su sencillo corazón.

Ya comenzaba á gozar un poco el de Madrid entre los episodios de la deshoja, y una prueba de ello es que permaneció observándolo todo, sentado sobre un arcón viejo, hasta que muy avanzada la noche se presentaron los criados de don Silvestre á la puerta de la bodega, llevando con mucho pulso, entre los dos, una caldera llena de castañas, é inmediatamente detrás el ama de llaves con el jarro del vino, un vaso para escanciarle y otro jarro más pequeño para repartir las castañas. Á la vista de todos estos objetos la deshoja se alborotó, y á merced de la efervescencia pudo un colindante untar á su placer con una mona la cara del celoso y rechoncho mocetón que había gritado antes, de mentirillas. El sorprendido y cerril amante, que entre las carcajadas de la gente no veía más que con sus celos y al través del ignominioso tinte de su cara, en lugar de echar al garrote la panoja que tenía entre las manos, la arrojó furioso hacia su rival; pero éste tenía la cabeza más dura que la panoja, y habiéndola recibido cerca del occipital, resbalando sobre él el proyectil fué á parar á las narices del forastero, que estaba sentado, un poco más atrás y en la misma dirección. Y gracias á la penosa sensación que en todos produjo la carambola, no hubo un lance entre los dos jabalíes rivales, que se quedaron pasmados al ver sangrar por las narices al buen señor, y al oirle decir, mientras salía de la bodega acompañado de don Silvestre y de su ama, que bufaban de rabia:

—Esto debí yo haberlo previsto; pues á quien entre bestias anda, tales caricias le esperan.

XII

Curado en pocos días de las consecuencias del panojazo, juró solemnemente huir de todo contacto con tales gentes; y al efecto se proveyó de caña y escopeta, para explotar, en los ramos de pesca y caza, aquellas regiones donde tantos disgustos iba pasando mientras buscaba la realidad de sus mejores ilusiones. Pero siendo tan infecundos en pesca el río y los regatos del país como en ninfas y Salicios y Nemorosos sus campiñas, abandonó la caña á los pocos días de dedicarse á ella, pues no compensaban dos anguilas y tres docenas de pececillos que pescó durante la temporada, todos los constipados y mojaduras que cogió sentado á la orilla del río, unas veces al sol y otras al agua.

Abandonada la caña, se dedicó á la escopeta; y ya que la caza no fuera muy abundante, por lo menos el ejercicio corporal que hacía corriendo tras de las miruellas, le proporcionaba buen sueño y más que regular apetito.

En esto había pasado un mes desde el panojazo. La naturaleza, lánguida y enclenque entonces, iba quedándose, como si dijáramos, en cueros vivos; las brisas eran más frescas, y en lugar del sonido armónico y majestuoso que formaban perdidas entre el follaje de junio, gemían lastimeras al chocar contra los escuetos miembros de los árboles; lloraban fatídicas, como si fueran la voz de la naturaleza que lamentara la pérdida de sus risueñas galas. El suelo se humedecía cada vez más, porque el sol no tenía fuerza bastante para enjugarle después de los chubascos, cada día más fuertes y más frecuentes; las noches eran eternas, y sólo un sueño como los que últimamente dormía el de Madrid, era capaz de hacérselas pasar medio á gusto entre los silbidos del vendaval que penetraba fino y cortante por cada rendija de las innumerables que tenían las puertas exteriores del solariego palomar; las lumbradas que hacía el ama en la cocina solamente las soportaban ella y don Silvestre, acostumbrados á su calor desde la infancia: el forastero se abrasaba acercándose al fuego, y retirándose de él se le helaban las espaldas con el gris que corría en aquel inmenso páramo.

En cuanto á la poesía del chisporroteo de los tizones y del hervir de los pucheros, así la encontró como lo que había buscado entre los jarales. Roncaba el ama de llaves, roncaba don Silvestre, roncaban los criados y el gato y el perro; silbaba el viento, bramaba la cellisca contra las inseguras ventanas, y más que visión placentera, parecía aquel cuadro escena de conjuro, ó ensueño de calenturiento.

¡Entonces sí que pensó en su gabinete de Madrid y en los salones del mundo y en el teatro de la ópera!…

—¡Qué será un invierno pasado así, Dios mío!—se decía una noche mientras se acostaba en busca del sueño, único amparo que hallaba en medio del aburrimiento que empezaba á perseguirle.

XIII

Fatigado de saltar setos y regatos y de trepar por cerros y colinas, tornaba hacia su casa una mañana el huésped de don Silvestre, con la escopeta al hombro y sin haber podido matar más que dos gorriones y una calandria.

Ya columbraba la ventana de la cocina solariega y hasta llegaban á sus narices los aromas de los guisotes del ama de gobierno, cuando distinguió una miruella sobre la rama más alta de una higuera.

Agazapóse el cazador todo lo que pudo; deslizóse de mato en mato y de bardal en bardal, como una culebra, para no ser visto ni sentido del animalito, cuya vigilancia es proverbial en el país; apuntóle con la escopeta cuando le tuvo á tiro y á su gusto, y….

Pero expliquemos la situación del cazador, por si los permenores del suceso nos fueren más tarde de alguna utilidad.

Apuntando el madrileño á la miruella, tenía á cuatro pasos, á la espalda, un huerto contiguo á una pequeña casa, y cerrado en todo su perímetro por una pared seca, es decir, una pared transparente, de piedras sobrepuestas medio á la casualidad, paredes que suelen durar eternidades, porque la consistencia que les falta de nuevas se la da bien pronto la hiedra que junto á ellas nace, y penetra, entretejiéndose, por todos los intersticios. La pared del huerto que tenía á su espalda el cazador comenzaba ya á consolidarse: sólo un tramo de dos varas estaba sin revestirse de las verdes ligaduras, y sostenido por un prodigio de equilibrio.

Por lo que hace á la casa, estaba cerrada herméticamente; y en toda la extensión que alcanzaba la vista no se distinguían más seres vivientes que el cazador, la miruella y un hombre que cerca de la casa esparcía toperas en un prado, y acechaba de cuando en cuando las operaciones del topo, á cuya caza andaba. Este hombre, á quien el de Madrid no veía, era el tío Merlín.

Hecha, pues, la puntería á placer del cazador (como que apoyaba la extremidad del cañón de la escopeta en una rama), disparó sobre el pajarraco, y éste cayó, como una masa inerte, rebotando de quima en quima. Pero al pie del árbol había un bardal bastante espeso, y en este bardal cayó la miruella.—Cerca de un cuarto de hora invirtió en buscarla el pacientísimo cazador, que al fin la encontró; pero no sin desgarrarse las manos con las punzantes zarzas.

Con su presa en el morral, salió otra vez al camino que antes llevaba; y echándose la escopeta al hombro, marchó á largos pasos hacia su casa, pues ya había oído tocar á mediodía y no le gustaba hacer esperar á don Silvestre que de fijo, estaría arrimando las sillas á la mesa.

Cerca ya de la portalada del mayorazgo, oyó un estrepitoso ruido. Volvióse hacia el sitio de donde éste partía, y vió que se había caído la parte flaca de la pared del huerto antes citado.

Como el suceso tenía muy poco de particular, no le llamó la atención: lo extraño para él era que semejantes muros resistieran un día en posición vertical.

En esta inteligencia, siguió su camino y llegó á casa del mayorazgo, á quien encontró esperándole para comer.

En los postres estaban, cuando un criado apareció en escena, anunciando á un hombre que deseaba hablar con «el señor».

—Que pase adelante—dijo éste, siempre dispuesto á complacer á todo el mundo.

Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando vueltas en las manos á un mugriento sombrero que solamente cesaba de girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre los ojos.

—Tengan ustedes buenas tardes.

—Muy buenas las tenga usted; y díganos en qué puedo serle útil.

El recién venido titubeaba.

Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo, manosear el sombrero y luchar con sus greñas, comenzó así el aldeano:

—Pues, señor, yo soy, pa lo que usté mande, Cleto Rejones, y vivo aquí, á la esquierda, cancia la juenti, como el que tira á la mies del Jalecho, en una casa sola que usté habrá visto al ir á cazar esta mañana…, que tiene un higar delante….

—La del suceso que me has contado—añadió don Silvestre, dirigiéndose á su amigo.

—Adelante—contestó éste, más interesado ya en saber el objeto de la visita.

—Pues, señor, resulta de que yo, á la vera de la casa, tengo un güerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avío de la casa…; como que el viudo del Cueto me daba por él un prao de cinco carros y un rodal viejo, y no se le quise cambiar…. ¡Que me muera de repente si es mentira!

—Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios—repuso, riéndose, el de
Madrid.—Pero vamos á ver lo que usted desea.

—Á eso voy de contao…. Resulta de que yo, como decía, tengo un güerto de carro y medio de tierra á la vera de la casa, y de que ese güerto tiene una paré que le cierra sobre sí. Resulta de que esta paré se vino á tierra está mañana, por la parte de la calleja.

—Dé lo que doy fe porque lo vi…. Adelante….

—Resulta de que, al caer la paré, quedó un juriaco abierto.

—Claro está.

—Y por ese juriaco entraron después, con perdón de usté, dos de la vista baja[7].

—Adelante.

—Y estos dos de la vista baja, con perdón de usté, me jocaron el güerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me desbarataron dos semilleros de cebollas….

—Hombre, ¡qué lástima!—exclamó, verdaderamente condolido, el noble forastero.

—Como usté lo oye, señor: crea usté que para mí ha sido hoy un día desgraciao.

Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba más y más los giros de su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su áspera cabellera.

El huésped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano se reducían á pedirle alguna cantidad para reparar la avería, dispúsose desde luego á dársela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su delicadeza.

—Y ¿qué es lo que usted pretende de mí?—repuso con intención.

—Señor—contestó el aldeano,—yo quisiera que se nombrase una presona que fuera á reconocer el daño, y que le tasara.

—No esta mal pensado…. Pero ¿contra quién va usted á reclamar?

—De modo y manera es que … la paré bien tiesa se estaba….

—Sí…, hasta que se cayó.

—De modo es que, si no la hubieran aboticao…[8].

—Luego, ¿se sabe quién la tiró?…

—Paece ser que hubo testigos….

—Pero, en fin, ¿qué es lo que yo puedo hacer en esta cuestión?

—Pos ná, si le paece….

—¡Explíquese usted de una vez, santo varón!

El aldeano bajó la cabeza, volvió á cambiar de postura, y sin cesar de mirar al sombrero, continuó, al cabo de un rato y tartamudeando:

—Yo, señor, pa decirlo de una vez … porque ello es justo, ¡canario!, justo como la ley de Dios, vengo á que usté me pague, ó á que nombre por su cuenta el tasador.

El forastero dió un salto en la silla.

—¡Que le pague yo á usted!… ¿Pues acaso tengo yo la culpa del suceso?

—Ahí esta la jaba…. Yo no digo que usté lo hiciera de mal aquel, pero la paré estaba flojilla, y con una perdigoná sobraba pa echarla abajo.

—¿Pero usted habla de veras?… ¿Usted es capaz de sostener que yo derribé la pared?

—Yo no lo vi, no, señor; pero una presona que estaba cerca cuando usté mató la miruella me lo ha asegurao….

—¡Esto es inaudito, Silvestre, y voy á hacer un escarmiento con esta canalla!… Figúrate que al matar el pájaro estaba yo de espaldas á la pared….

—Pero á eso—interrumpió el aldeano,—dice la presona que con el rustrió de la escopeta….

—Qué rustrió ni qué…. ¡Imbéciles!… Y aunque tamaño absurdo fuera atendible, ¿de qué serviría cuando la pared cayó un cuarto de hora después que sonó el tiró?…

—¿Pero tu haces caso de esas socaliñas?—dijo don Silvestre, hasta entonces mudo espectador.—Á esta gente es preciso conocerla. ¿Á que anda el tío Merlín en el ajo?

—Justamente—contestó el pobre hombre.

—Me lo temí; ¡es el enredador de más malas entrañas!… Quítate de delante, canalla, ó te arrimo un botellazo que te rompa las muelas. ¿Cómo te atreves á acercarte á una persona decente con esas tretas de tan mala ley?…

—Yo no tengo la culpa—contestó tímidamente el aldeano, haciendo un cuarto de conversión hacia la puerta….—Yo soy un probe … ¡muy probe!, señor don Silvestre; tengo un güerto que me da para ayudar la vida, cáese la paré, entran por ella los animales, destrózanme la probeza que había en él, dícenme: «Fulano tiene la culpa»; y … ¡qué menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!… Pero—añadió, enternecido, dirigiéndose á la puerta,—dicen ustedes que me he equivocao, y yo lo creo…. Perdonar la falta…, y queden ustedes con Dios….

—Tiene razón el buen hombre—exclamó á poco rato el bonachón madrileño.—El infeliz no tendrá, tal vez, comida para mañana; y de él no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito…. Llámale, Silvestre, que voy á gratificarle….

—No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que tú … y no son tan suaves como aparentan.

De todas maneras, el aldeano había desaparecido, y los buenos deseos del madrileño quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de su amigo una moneda de oro para entregársela al pobre labrador lo más pronto posible.

Cuando al día siguiente se despertó el madrileño, su primer recuerdo fué para el aldeano; y, en su consecuencia, la primera pregunta á su amigo, en estos términos:

—¿Le entregaron el dinero?

—No—contestó el mayorazgo.

—Caramba, lo siento mucho….

—Bah…, no te apures … y, por de pronto, lee este papelito que me ha entregado para ti el alguacil del concejo.

Tomó el huésped, lleno de sorpresa, el papel, y leyó en voz alta lo siguiente:

«Alcaldía constitucional de….

»Por la presente, y á estancia del vecino Cleto Rejones, se cita á juicio verbal para mañana á las tres de la tarde, en la casa-concejo, al señor don Fulano de Tal, sobre pago de desprefeuto de ojeutos naturales, esistentes en una propiedad lindante al vendaval con su casa, y cerrada sobre sí á paré seca, y de cuyos ejeutos alimentivos está dicho Cleto Rejones acaeciendo.—El Alcalde constitucional, Trebucio Canales del Garojo

FOOTNOTES:

[Footnote 7: Cerdos.]

[Footnote 8: Empujado]

XIV

Si el lector desea conocer el fin de este peregrino incidente, que hubo de costar la salud al desencantado madrileño, háganos el obsequio de acompañarnos al mismo edificio dentro del cual se debatió la cuestión de aceptar ó no el reló consabido.

Pero en lugar de quedarnos en el ancho salón donde el pueblo se reunió entonces, y que á la vez sirve de escuela pública de primeras letras, vamos á subir por una angosta escalerilla abierta en un ángulo de la pared opuesta á la puerta principal. Como son las tres de la tarde, y ésta de un día de trabajo, tenemos que encontrarnos, al atravesar el citado salón, con dos largas filas de muchachos sentados ante un doble atril, sobre el que unos escriben y repasan otros la lección que han de dar más tarde en la mesa presidencial que ocupa el maestro, cuya diestra no suelta la tremenda palmeta de cinco agujeros.

No bien asomamos las narices á la puerta, calla el discordante y atronador coro que forman los granujas lectores, quítase el maestro las gafas, pónese de pie, hacen lo propio sus discípulos, y todos á la vez, hincando una rodilla en tierra, exclaman á grandes voces:—¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

Repuesto el indulgente lector de la sorpresa que le habrá causado tan extraña salutación, llegamos á la escalerilla, cuya puerta nos abre, entre mil reverencias, el sanguinario pedagogo; subimos media docena de toscos escalones, y entramos al fin en una pequeña sala donde nos hallamos al conocido alcalde de los largos colmillos, sentado ante la única mesa que allí hay, y á su derecha, pero de pie y á respetuosa distancia, al alguacil del concejo. En un banco cercano están sentados Cleto Rejones y el tío Merlín, con su habitual expresión de travesura. De pie, y retratadas en su semblante la indignación y la repugnancia que la escena le produce, el madrileño, junto á su fiel amigo don Silvestre, que participa, por simpatía, de la situación moral del primero.

Oigamos lo que allí pasa.

EL ALCALDE.—Supuesto que ya estamos reunidos, vamos á dar principio al juicio. (Al alguacil.) Llama al señor Maestro. (Vase el alguacil y sube á poco rato acompañado del Maestro, que se coloca en su puesto de secretario.) Hable, pues, Cleto Rejones, y diga, exponga, relate, y cuente lo que pide, quiere ó solecita del señor demandado aquí presente. Pero primeramente, ¿Cleto Rejones trae su hombre bueno?

EL TÍO MERLÍN.—(Inclinándose respetuosamente.) Para servir á Dios y á ustedes.

ALCALDE.—Por muchos años.—En cuanto á este caballero, ya veo que le acompaña don Silvestre…. Conque, adelante. Y digo: exponga Cleto Rejones….

CLETO.—Tocante á eso, digo, señor alcalde….

ALCALDE.—Calle usté el pico.

CLETO.—De modo que como usté me manda….

ALCALDE.—Mando, sí; pero en acabando yo de hablar. Exponga Cleto
Rejones su particular.

CLETO.—¿Hablo?

ALCALDE.—¡Bárbaro! ¿Pues no me oyes?…

CLETO.—De modo que como usté me dijo….

ALCALDE.—¿Cantas…, ó te condeno?

CLETO.—Pos canto y digo.—Yo tengo, en primeramente, un güerto cerrado sobre sí y á paré seca. Resulta de que esta paré del güerto que yo tengo, se vino abajo por un lado, quedó un juriaco abierto, y entraron por él dos de la vista baja, con perdón de ustedes. Resulta de que estos animales jocáronme el güerto y me asolaron la probeza que en él tenía…, y resulta de que pido y reclamo que se me reconozca el daño y se me pague.

ALCALDE.—Pues es muy justo que se te pague, porque la paré no debió haberse caído. (Mirando de reojo al madrileño.) Y al menos que denguno la haiga aboticao….

CLETO.—Eso mesmo creo yo. (Mirando con timidez al tío Merlín) Paece ser que hay testigos de cómo la paré no cayó de por sí sola.

ALCALDE.—Eso es lo que se necesita…. ¿Y qué dice á esto el demandado?

DEMANDADO.—Que esa demanda envuelve la falsedad más indigna; que estoy resuelto á negarme á la infame exigencia del demandante, y á hacer todo lo posible por enviar á un presidio á los autores de esa impostura.

ALCALDE.—Será según y conforme. Por de pronto, hay testigos contra usté.

DEMANDADO.—Serán comprados.

ALCALDE.—(Á Cleto.) ¿Cuáles son tus testigos?

CLETO.—(Señalando al tío Merlín.) El señor.

ALCALDE.—Pues con usté va esta música.

MERLÍN.—Protesto.

ALCALDE.—Eso es palique…. Canta lo que sepas, y á jurar en seguida.—Pero usté, ¿que pruebas trae contra Cleto Rejones?

DEMANDADO.—Mi palabra de caballero, mi conciencia y algunas razones de sentido común….

ALCALDE.—No es mucho que digamos. La ley quiere más.

MERLÍN.—Por de pronto, la paré estábase derecha. El señor disparó su escopeta cerca de ella, y la paré cayó en seguida. No habiendo pasado nadie más que el señor en toda la mañana por aquél sitio, ¿quien sino el señor tiene la culpa?

DEMANDADO.—¿Y esos son todos los argumentos que usted presenta contra mí?

MERLÍN.—¿Y le parece á usted poco?

DON SILVESTRE.—Tío Merlín, usted es un tunante; ¡y si no fuera por sus canas!…

MERLÍN.—Señor de Seturas, usté me falta…. No hay en el pueblo naide que se atreva á dudar de mis palabras.

DON SILVESTRE.—Tampoco ha habido nadie que haya querido romperle el alma, y por eso tiene usted embrollado y revuelto al vecindario.

MERLÍN (furioso).—Que coste, señor alcalde…, y que se apunte todo pa el día de mañana que yo tome cuentas.

DEMANDADO.—Dé usted antes las que le piden, y no olvide que estoy resuelto á todo, incluso á enviar á los dos á un presidio.

CLETO.—Yo pido lo que es mío, porque me han dicho que se me debe.

DEMANDADO.—Usted es un pobre hombre; pero antes que dejarse seducir por un malvado, debiera oir los consejos de los nombres de bien.

MERLÍN.—Yo soy tan honrao como usté y la….

ALCALDE.—¡Silencio!

MERLÍN.—No me da la gana.

ALCALDE.—¡Tío Merlín!, que tengo malas pulgas, y conmigo no se juega.

MERLÍN.—Que no me atienten la pacencia.

SECRETARIO.—Usté se ha extralimitado, señor de Merlín.

MERLÍN.—Y ¿quién le da á usté vela pa este entierro?

ALCALDE.—¡Canario!, que haya orden, ó hago una barbaridad.

MERLÍN.—Yo estoy aquí de hombre bueno, y puedo hablar lo que me dé la gana.

SECRETARIO.—Cuando á usted le toque, y en sentido pacífico….

MERLÍN.—Que le digo á usté que se mete en camisa de once varas.

SECRETARIO.—Y yo repito que usted se extralimita.

ALCALDE.—¡Orden!…, ¡que lo mando yo! (Haciendo la señal de la cruz.) ¿Es usté (al tío Merlín) capaz de jurar por esta cruz que el señor demandado derribó la paré de Cleto Rejones?

MERLÍN.—Señor alcalde, yo soy capaz de eso y de mucho más, porque cuando al hombre le asiste la justicia….

ALCALDE.—¿Jura usté? ¡Sí ó no!

MERLÍN.—Primeramente, como hombre bueno que soy de Cleto Rejones, propongo que se arreglen las dos partes. Á mí no me gusta hacer daño á naide cuando la cosa se puede rematar amistosamente.

DEMANDADO.—No hay arreglo que valga; antes al contrario, estoy resuelto á pedir que se escriba el juicio, y á acudir con mi causa adonde haya lugar.

ALCALDE.—¿Qué dice á esto el señor don Silvestre?

DON SILVESTRE.—Que se me está acabando la paciencia y temo que voy á echar por la ventana á ese bribón.

MERLÍN.—Que coste ese nuevo ultraje.

ALCALDE. (Á Merlín)—¿Jura usté? ¡Sí, ó no!

MERLÍN.—Que no se me falte, eso es lo que digo.

ALCALDE. (Al Secretario.)—Prepárese usté á escribir. (Á Merlín.)
Por tercera vez, ¿jura usté?… ¡¡Sí, ó no!!

MERLÍN.—¡Á mí se me ha faltao!

CLETO.—¡Yo quiero lo que es mío!

DON SILVESTRE.—Por eso te vas á llevar un par de guantadas.

CLETO.—¿Lo oye usté, señor alcalde?