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Escenas Montañesas

Chapter 35: ENDECHAS
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About This Book

A collection of regional sketches and short narratives portrays rural and small-town life along the northern coast, blending nostalgic observation with wry social commentary. Many pieces unfold through conversations and vignettes that record markets, household scenes, local festivals, and seasonal work, emphasizing generational contrast and the tension between tradition and modern innovations. The author mixes anecdote, descriptive landscape, and reflective digression to render communal character, idiomatic speech, and moral attitudes with affectionate detail and critical distance.

ALCALDE (dictando á gritos.)—Visto, que el demandante Cleto Rejones no sabe una palabra sobre el derrumbe de la paré de su huerto;

Visto, que el único testigo que presenta del caso sabe tanto como el Cleto Rejones….

MERLÍN.—Pido la palabra.

ALCALDE.—¡Silencio!

MERLÍN (á gritos).—¡Yo quiero hablar!

ALCALDE.—Visto, que, sobre ser el testigo de mala ley, se permite faltar á la Justicia con palabras subversivas….

MERLÍN (gritando.)—¡Yo no falto á naide!; ¡eso es una impostura!

ALCALDE.—¡Al orden!… Y considerando las facultades que me asisten, y asimismo la caballerosidad del demandado y sus buenos antecedentes,

Condeno—á Cleto Rejones á quedarse con la paré derribada, si él no la quiere levantar por su cuenta, y á pagar las costas del juicio, como son:

Una peseta de papel;

Dos reales para el secretario,

Y doce cuartos para el alguacil.

Item.—Al testigo Andrés del Jaral, por mal nombre tío Merlín, á la multa de dos celemines de maíz para las ánimas, y media azumbre de blanco para los enfermos del lugar, por insubordinación y faltas de mayor calibre al alcalde y demás personas presentes al juicio celebrado el día tantos de tal mes, á las tres de la tarde. (Á Cleto y Merlín.) Y esto no vos lo levanta ni la caridad.

CLETO.—Señor alcalde, yo soy inocente. El señor tiene la culpa de que yo citara á juicio á mi contrario. Yo soy un probe … y ya me había conformado con las razones que el señor me dió en su casa.

MERLÍN.—¡Hola, tunante!; ¿conque me echas la culpa? Señor alcalde….

ALCALDE.—¡Silencio, digo!… (Al demandado.) Está usted servido, caballero.

CLETO. (Al demandado.)—Señor…, por la Virgen Santísima, no me tome enquinia; que me habían dicho que, en josticia, me debía usté levantar la paré y pagarme los daños del güerto.

DEMANDADO.—Lo sé, y de mí no tema usted nada, mucho menos ahora que el señor alcalde ha sabido administrar recta justicia. Y en prueba de que ningún rencor guardo hacia usted … ahí va por los daños del huerto (dándole unas monedas); y yo me encargo de pagar las costas y hasta la multa del señor, que harto castigo es para él su conciencia, si algún día la siente, y el pesar del daño que con su funesta oficiosidad ocasiona á sus convecinos.

CLETO (llorando de agradecimiento).—¡Ah, señor, Dios le bendiga por donde quiera que vaya!

ALCALDE.—¡Bien, canario!… Vengan esos cinco, que también á mí me gustan los hombres de corazón (apretando la mano del demandado). Ya veis, canallas (á los contrarios), la diferencia que va de vusotros á este caballero, que es presona decente.

DON SILVESTRE. (Á su amigo.)—Vales un Perú…. Pero vámonos á casa, porque temo que me voy á ir encima de ese enredador….

ALCALDE.—Se da por terminado el juicio. (Saludando á todos.) Á la par de Dios, señores.

Y ahora, lector, volvemos á bajar la escalerita, llegamos al salón de la escuela, y … ¡válgame Dios, qué cisco han revuelto aquellos motilones! En cuanto el maestro subió al otro piso, el centenar de chiquillos comenzó á rebullirse, primero con cautela por si el pedagogo les jugaba, como de costumbre, alguna emboscada, y después con un estrépito y una confusión tales, que el vigilante nombrado por el maestro, y con omnímodas atribuciones, por cierto, viendo su autoridad atropellada, hubiera acudido en queja «al señor maestro» si se hubiera atrevido á penetrar en el sancta sanctorum de las casas consistoriales. Pero á falta de este recurso, apeló á un zurriago que para los grandes lances estaba colgado en la pared, detrás de la mesa, y se fué con él encima del primer grupo de amotinados que jugaban á la pelota y habían derribado ya con ella el tintero magistral. Entre aquellos angelitos no se sabe lo que es broma; y prueba de ello, que si tremendos fueron los zurriagazos que el vigilante sacudió en las nalgas de sus insubordinados condiscípulos, no fueron más flojas las guantadas que éstos le atizaron en las mismísimas narices. Pero como el abofeteado tenía amigos en la escuela, al ver la bandera encarnada, echáronse sobre los agresores y se armó la gorda.

Eso explica, lector, ese cuadro, verdadero campo de Agramante, que has visto al asomar al gran salón; por eso gimen unos, brincan otros, vocean todos, y se cruzan por el aire libros, plumas, almadreñas y tinteros. Conque, aprovechando el momento de paz que nuestra presencia impone entre los combatientes, salgamos á la calle antes que baje el maestro y tengamos que presenciar una verdadera carnicería; porque en cuanto él vea lo que está pasando en la escuela, siguiendo la costumbre de otras veces, no deja cara donde no señale sus dedos, ni nalgas sin cruzar, á telón corrido, con el inexorable zurriago, ni orejas sin estirar medio palmo, ni manos que no recorra zumbando su palmeta, untada exprofeso con ajo crudo. ¡Ira de Dios, la que se va á armar!

Vámonos, pues, á ver lo que sucede en casa de don Silvestre Seturas.

No bien llegaron á ella los dos amigos, cuando el de Madrid, arrojando sobre una silla su sombrero, y dejándose caer sentado en la inmediata, dijo, entre desalentado y furibundo:

—¡No puedo más, amigo mío! Esta reciente escena acabó con mi paciencia y con la última de mis pueriles ilusiones. Desde mañana empezaré á ocuparme en los preparativos de mi vuelta á la corte.

—¡Cómo!—exclamó apesadumbrado don Silvestre.—¿Serás capaz de marcharte?

—Y lo más pronto que me sea posible. Ya sabes cuáles eran mis ilusiones al llegar á tu casa; ya viste hasta qué punto me aproveché de ellas, y también te son notorios los esfuerzos que he hecho por conjurar los tristes efectos de mi desengaño. No dudarás, pues, de lo invencible de mi última resolución, que me aflige, te lo juro, al considerar que tengo que dejarte, noble amigo, ya que tú, por idénticos motivos, no quieres seguirme á Madrid.

Viviendo en medio de tus paisanos, llegué á detestar su trato, porque su ruda sencillez hería con frecuencia mi formalidad. Con mis títulos de hombre civilizado, fué muchas veces objeto de risas y chacota entre los mismos que tan lejos están de mis luces y de mi educación; y salvas las distancias, sucedíame lo que al poeta de las incultas regiones del Ponto-Euxino. Como él exclamé en mis adentros, más de dos veces:

Bárbarus hìc ego sum, quia non intelligor ulli.

Porque entre estos seres incultos, el más bárbaro parezco yo, que no puedo hacerme comprender de nadie, al paso que soy víctima de las miserias de todos.

Huyendo de los inconvenientes de su trato, me aislé en tu casa y busqué la soledad fuera de ella: ya has visto lo poco que adelanté con esta medida. Las ruines cavilaciones de tus convecinos me han perseguido hasta en mis solitarias meditaciones. Y todavía diera de buena gana estas molestias, si los ratos en que me veo libre de las asechanzas de ese espíritu villano, pudiera consagrarlos al completo olvido de mí mismo, ó al cultivo de mi inteligencia y á la adquisición de nuevos conocimientos con el estudio; pero lejos de ello, ese tiempo no me alcanza para precaverme contra unos y vencer el despecho que me producen los actos de los otros; porque el maldito amor propio se rebela lo mismo en estas pequeñeces que en otros asuntos de mayor importancia. Y esto es lo sensible, Silvestre: el día en que tome con tanto calor como estos ignorantes causas de tan mezquina condición como la que acabo de ganar, he de ser tan villano como ellos, sin que me sirva de nada la experiencia que debo á mi azaroso trato con la gente culta. Que he de contagiarme de estos miasmas, no tiene duda, y apelo á la reciente escena: evitemos la ocasión del peligro, cuyo solo recuerdo me estremece.

Y no quiero decir que estos aldeanos sean de peor condición que los de otros países, no señor: tus convecinos son, tal vez, mejores que todos los demás campesinos de la península, por más de un motivo; pero al fin son aldeanos, y basta.

Tú que has recibido cierta educación, y que, por tu dependencia y trato con algunas personas ilustradas, distas mucho de esta canalla, comprenderás lo que digo; y sírvate de prueba la guerra perpetua en que estás con el vecindario.

Si dentro de este elemento caben paz y poesía, venga Dios y véalo.

Sin embargo, tú, nacido en esta libertad, bajo esta atmósfera, y aclimatado á estas luchas, no puedes soportar el ruido del mundo: dentro de él te desorientas, te mareas. Yo me asfixio entre esta humanidad resabiada, que es dócil para dejarse perder por un ignorante maligno, é indómita cuando la hablan los consejos del saber y de la sana razón.

Cada uno necesita para vivir el elemento que le ha formado: el hombre culto, la civilización; el salvaje, la naturaleza. SUUM CUIQUE, Silvestre, como decía nuestro dómine cuando daba un vale á algún discípulo aplicado, mientras desencuadernaba las costillas á zurriagazos á otros veinte holgazanes.

En fin, amigo mío, haciéndome justicia con tus propias palabras, en el mundo estoy como el pez en el agua. Con que á Madrid me vuelvo.

XV

Algunos meses después de este discursillo, ganó don Silvestre el pleito gracias á las oportunas recomendaciones de su fiel y buen amigo, que nunca se olvidó en Madrid del noble corazón del mayorazgo. Éste se sintió tan aburrido desde que los procuradores cesaron de visitarle, que temiendo adquirir una enfermedad, cedió á los consejos del cura, humillando su ruda cerviz al yugo de Himeneo. Bien es verdad que don Silvestre hacía mucho tiempo que hablaba con inusitado empeño de la necesidad de perpetuar su casta, y no faltaba en el pueblo quien atribuyera esta circunstancia á los ojazos negros de una moza de ocho arrobas, heredera de un decente patrimonio, que fué la que, al fin, tuvo la honra de conquistar la mitad del lecho de nuestro amigo, el vástago más notable de la insigne familia montañesa de los Seturas.

EL TROVADOR

Ya del rubicundo Febo las relumbrantes guedejas sus destellos apagaron tras de las peladas selvas. Cueto, el ilustre lugar confín de la noble Iberia, el de las sensibles Hadas y retozonas Napeas; patria de grandes varones, cuna de tamañas hembras; Cueto, en fin, que no hay más que él, ni caben más en la tierra, duerme el sueño de los justos entre escajos y tinieblas. Nada turba su reposo, nada su quietud altera; ni un perro que ladre inquieto; ni un cencerro que se mueva; ni una vaca que, bramando, pida su ración de yerba; ni un suspiro, ni un lamento, ni una risa, ni una queja ………………………. ……………………….

De repente, y sin preludios, rasgando la bruma densa, un relincho se elevó hasta la celeste esfera, retumbando en las colinas cual la lúgubre trompeta llamando á juicio final al desquiciarse la tierra; y poco tiempo después, entre las zarzas espesas, vióse aparecer un hombre hacia el fin de una calleja, avanzando á grandes pasos, que marcaba con presteza sobre los duros morrillos, el son de sus almadreñas. Saltó en seguida un vallado, subió de un prado la cuesta, y en una casa fijóse de pobre y ruda apariencia. Entró luego en el corral sin aprensión ni cautela; y echando hacia atrás los codos y hacia delante la jeta, otro relincho lanzó mejor que la vez primera. Tosió dos veces seguidas, separó sus largas piernas, cargóse sobre el garrote, echó el sombrero á la izquierda; y abriendo de boca un palmo, fija la vista en la puerta, cantó con voz infinita estas sentidas

ENDECHAS

«En el corral de tu casa estoy, para lo que mandes, á las once de la noche con un frío que me parte.

        »Si acaso no estás dormida
        y escuchas estos cantares,
        deja rodar una lágrima
        de tus ojos, cuando acabe.

        »En el día de San Juan
        hará tres años cabales
        que nos dimos la palabra
        estando Lucu delante….

        »¡Mala cólera me lleve
        si pensé, Nela, engañarte,
        ni en que me salieras luego
        con que no quiere tu padre!

        »¡La culpa me tengo yo,
        burro, animal y salvaje,
        que te tengo tanto amor
        que en el cuero no me cabe!

        »Yo no duermo ni sosiego
        una noche ni un instante,
        ni tengo salú completa
        pensando en ti y en tu padre.

        »Porque él me tiene la culpa,
        y de aquí no hay quien me saque;
        y él también tiene que ser
        el que dé conmigo al traste.

        »Ya la borona no me entra,
        y el pan no me satisface,
        ni me llenan las patatas,
        ni me paran los bisanes,

        »Ni se me abre el apetito
        con vino blanco y panales,
        ni aunque me dieran á pienso
        garbanzos y chocolate.

        »No voy el domingo al corro
        si tú no estás en el baile,
        ni me pongo otra camisa
        que la que tú me bordeastes.

        »Á escuras vivo de día
        llorando á moco colgante,
        hasta que llega la noche
        y aquí me vengo á cantarte.

        »Así ya se van pasando
        tres años, Nela, cabales,
        y así pasaré la vida
        como de mí no te apiades.

        »¡Mira que no puedo más
        con estos pícaros males
        que amores llaman las gentes
        y yo llamo … barrabases!

        »¡Mira que ya de penar
        tengo el pecho tan inflante,
        que parece el corazón
        un puchero de los grandes!

        »Yo bien quisiera, Neluca,
        darlo todo al desbarate
        antes que pasar la vida
        rodando por los bardales;

»Pero si tú no te arrojas, como no puedo olvidarte, no me queda más remedio que algún rayo que me aplané.»

Calló la voz, y al momento, con misteriosa prudencia, un ventanillo se abrió en el fondo de la puerta. —¡Nela! ¡Colás!…, ¡no seas bruto! —¿En qué te he ofendido, Nela? —Ya te he dicho que no cantes. Colás…, ¡no me comprometas! ¡Mira que cada cantar una paliza me cuesta! —¡Una paliza, mi bien! —¿Y quien rayos te la pega? ¡Dímelo, Nela, por Dios; por Dios me lo dice, Nela! —¡Pégame, Colás, mi padre, mi padre, Colás, me pega! —Entonces….—Entonces ¿qué? —Entonces, nada, pacencia … y no me olvides, por Dios, aunque á puro darte leña se te queden las costillas como una banasta vieja. —¡Es que ya no puedo más! —No importa, puede ó revienta; que, al fin y al cabo, ha de ser…. Dame de amor otra prenda. —Toma una liga, Colás: bien caliente te la llevas….

Dijo, y le entregó un esparto que él se guardó en la chaqueta. —Ahora, por esa ventana echa los morros afuera. —¿Para qué?—Pa lo que sabes…. —No seas bárbaro.—¡Anda, Nela!

……………………………

—Ahora, vete.—No me voy. —Quiero que te largues, ¡ea! —¡Mira que entovia es trempano! —Pues si no quieres, lo dejas. Y le dió con la ventana en la mismísima jeta. —Ascucha, Nela, otro poco…; ¡no te me encultes!…, ¡aspera!— gritaba el pobre Colás dando golpes en la puerta. —Nada más que un poquitín, ¡cinco menutos siquiera!

Y á la misma cerradura pegaba el pobre la oreja, para escuchar si volvía la su idolatrada Nela.

Un largo rato pasó exhalando amargas quejas, llamando en todos los tonos y sacudiendo la puerta; pero fué tiempo perdido, porque ya roncaba Nela.

Entonces, desesperado, maldijo su suerte perra, calóse más el sombrero, abrochóse la chaqueta, y, requiriendo el garrote, salió del corral afuera. Echó por el prado abajo, torció luego á la derecha, un seto saltó después; y, al entrar en la calleja, antes que los matorrales por completo le cubrieran, otro relincho lanzó volviendo atrás la cabeza. Después siguió su camino; internóse en la calleja, y se apagó entre el ramaje el son de sus almadreñas.

LA BUENA GLORIA

I

Más de un lector, al pasar la vista por este cuadro, ha de pensar que es una invención mía, ó que, cuando menos, está sacado de las viejas crónicas de la primitiva Santander. Conste que semejantes dudas ni me ofenden ni me extrañan.

Yo, que estoy viendo á estos marineros, embutidos materialmente en el laberinto de los modernos adelantos, sin reparar siquiera en ellos; descansar estoicamente sobre el remo en sus lanchas, sin dirigir una mirada de curiosidad á la rugiente locomotora que, al llegar al muelle, á veinte varas de ellos, agita el agua sobre que se columpian; rodear una legua, por el Alta, para ir al otro extremo de la población, por no atravesar ésta por sus modernas y animadas calles; yo que sé, en una palabra, hasta qué punto conservan las aficiones y las costumbres de sus abuelos, á pesar de haber invadido sus barrios la moderna sociedad con su nuevo carácter, me he resistido á creer en uso entre ellos, en la actualidad, escenas como las que voy á referir; y sólo después de haberlas palpado, como quien dice, he podido atreverme á asegurar, como aseguro, que no es la Buena Gloria una costumbre perdida ya entre los recuerdos de la antiquísima colonia de pescadores, favorecida … y asustada, en una ocasión, con la presencia del rey Don Pedro I de Castilla.

El siguiente histórico ejemplar es recentísimo.

Acababan de celebrarse en la iglesia de San Francisco las honras fúnebres por el alma de un pobre hombre que perteneció al Cabildo de mareantes de Abajo. El cortejo, en el mismo orden en que había acompañado al cadáver á la iglesia, y de la iglesia al cementerio, volvió á la casa mortuoria: delante los hombres, é inmediatamente después las mujeres, y todos en traje de día de fiesta. El de los primeros, compuesto de pantalón, chaleco y chaqueta de paño azul muy obscuro, corbata de seda negra, anudada sobre el pecho y medio oculta bajo el ancho cuello abierto de una camisa de lienzo sin planchar, y boina también de paño azul obscuro, con larga borla de cordoncillo de seda negra. El de las mujeres, de saya de percalina azul sobre refajo de bayeta encarnada, jubón de paño obscuro, mantilla de franela negra, con anchos ribetes de panilla, media azul y zapatos de paño negro.

La reciente viuda, con una mala saya de percal, desgarrada y sucia, en mangas de camisa, desgreñada y descalza, esperaba á la fúnebre comitiva, acurrucada en un rincón de la destartalada habitación en que había muerto su marido: sala, alcoba, pasadizo y comedor al mismo tiempo; pues aquella pieza y otra reducidísima y obscura que servía de cocina constituían toda la casa. Alrededor de esta mujer había, sentados en el suelo, dos chicos y una muchachuela, tan sucios y mal ataviados como ella, de quien eran dignos vástagos.

El cortejo fué penetrando acompasadamente en la sala. Los hombres formaron una línea contigua á las paredes, y las mujeres otra, algunos pasos más al centro. La viuda ocultó la cara entre las manos y lanzó un par de gemidos; su prole, sin cambiar de postura, miraba impasible la escena.

Como no había sillas en la casa, excusado es decir que el duelo permaneció de pie.

Una de las mujeres de él, la más autorizada por su vecindad y conexiones con aquella familia, se adelantó un paso á las demás personas de la comitiva.

—Por el eterno descanso del defunto, «Padre nuestro»—dijo, con voz áspera y fuerte, aunque afectando emoción y compostura.

Á lo cual contestó la viuda con un tercer gemido, y el lúgubre cortejo con un «que estás en los cielos, santificado sea tu nombre», etc., etc.

En seguida, la mujer se quitó la mantilla, la tendió en el suelo, se retiró un paso, y con la misma voz con que acababa de pedir una oración para el finado,

—Para los dolientes, á cuatro cuartos—dijo, mirando á todos.

—Eso es poco—contestó un hombre.

—Somos muchos—añadió otro.

—Á rial—volvió á decir la mujer.

—Curriente—replicó el coro.

Y la que le dirigía levantó por el costado derecho su saya azul, metió la mano en una anchísima faltriquera que apareció encima del refajo encarnado, sacó cuatro piezas de á dos cuartos, y las arrojó sobre la mantilla. En la misma operación la siguieron otras compañeras y algunos hombres; y en muy pocos instantes quedó la mantilla medio cubierta por las monedas de cobre.

—¡Alto!—gritó la mujer;—no lo metamos á barullo: dir echándolo poco á poco, que aquí hay anguno que va á quedar bien con el dinero de los demás.

—Mientes—exclamaron algunas voces.

—Yo digo más verdá que todos vusotros juntos; y como sé lo que pasó en el intierro de la mujer del tío Miterio….

—Lo que allí pasó me lo sé yo mu retebién, y lo callo porque no te salgan los colores á la cara.

—¿Quién es esa deslenguadona que me quiere prevocar?

—¡Á ver si vos calláis, condenás, ó dirvos á reñir allá juera!… ¡Cuidiao que tien que ver! Dir echando los que falten, y cierre el pico la rigunión.

Esta reprimenda, de un viejo pescador, puso en orden á las mujeres, que se disponían ya á hacer de las suyas.

—Á rial, para los dolientes—volvió á exclamar la voz de la presidenta, con la mayor tranquilidad.

Algunas piezas de á dos cuartos cayeron sobre la mantilla.

—Á rial para los dolientes—añadió aún la mujer.

Pero esta petición no produjo ya resultado alguno.

—¿Cuántos semos?—preguntó entonces aquélla.

Oyéronse en la sala fuertes murmullos por algunos instantes, y un marinero contestó después muy recio:

—Quince hombres y veinte mujeres.

—Enestonces, debe haber en la mantilla … veinte y diez, treinta, y cinco, treinta y cinco…. Treinta y cinco riales … menos treinta y cinco chavos.

—Cabales….

La mujer contó los cuartos sobre la mantilla, redújolos á montones de á treinta y cuatro cada uno, y levantándose en seguida, dijo en alta voz, con cierto retintín:

—Aquí no hay más que veintiocho riales.

—Yo he echao….—Y yo….—Y yo….—Y yo …—fueron diciendo todas las personas de los dos corrillos.

—Es claro: ahora toos han echao…. ¡Como yo no sé lo que sucede en estas ocasiones!… ¡Y luego le dirán á una que falta á la verdá!…

—Vamos, mujer, no te consumas, que ya sabemos lo que es contar dinero: á la más lista se le pega de los deos.

—Estos diez te voy á pegar en esa recancaneada jeta, ¡lambistona, embrolladora!…

—Á mí me pegarás tú de lengua.

—¡Malos peces vos coman, arrastrás! ¿No veis á esa probe mujer que vos ascucha?—gruñó el viejo pescador, interponiéndose entre las dos mujeres y señalando á la viuda.

—¡Ayyy!—suspiró ésta al oirlo, limpiándose los ojos con las greñas.

—¿Falta dinero? Pus hacervos la cuenta de que se lo tragó la tierra, y en paz…. Vengan esos cuartos—añadió el viejo en tono brusco.

La mujer que los había contado recogió la mantilla y la desocupó en la gorra del pescador, murmurando hacia la que riñó con ella:

—Da gracias á la pena de esta infeliz, que si no….

—¿Qué se trae?—preguntó el pescador á la reunión.

—Queso….—Vino….—Aguardiente….—Pan….

—¿Á quién hago caso yo? Toos piden á un tiempo…. Que alcen el deo los que quieran vino…. Uno, dos, tres…, seis, nueve…. Nueve hombres y tres mujeres…. Ahora que le alcen los que quieran aguadiente…. ¡Ea!, no hay más que hablar: seis hombres y toas las mujeres, menos tres, dicen que no quieren vino…. ¡Me alegro, me alegro, y que me alegro, ea!… Conque dempués de gastar dos pesetas en queso y en un guardia civil, lo demás pa musolina. Vengo en un credo.

El viejo salió de la sala, como si su comisión le hubiera quitado de encima la mitad del peso de sus años; y la presidenta del duelo, después de ponerse la mantilla y de dar á su fisonomía el aire de compunción de que la había despojado durante la última escena, cuadróse en medio de la reunión, fijó la vista en el suelo y dijo en tono plañidero:

—Una Salve á la Santísima Virgen del Mar.

El coro la rezó por lo bajo.

—Por todos los fallecidos del cabildo, Padre nuestro.

Esta oración se rezó como la anterior.

—Para que Dios nuestro Señor tome en su miselicordia los santos ufragios que se acaban de hacer por el alma del defunto, que en paz descanse, un Credo.

Y la reunión le rezó con el mayor recogimiento.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—dijo, santiguándose, la mujer.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—contestó, con la misma ceremonia, su auditorio.

II

—Amén—añadió el pescador de marras, presentándose en la sala con una gran jarra de aguardiente y un vaso en una mano, un plato lleno de queso en la otra, y un guardia civil … ó pan de seis libras, debajo del brazo.

La consabida mujer le salió al encuentro, después de haber tendido otra vez en el suelo su mantilla, y aceptó con cierta solemnidad la jarra y el vaso que el marinero le ofreció; en seguida colocó éste el pan y el queso sobre la mantilla, y sacó del bolsillo una navaja; calló de repente la concurrencia, lanzó el quinto gemido la mujer del glorificado, relamiéronse con fruición sus tres hijos, y la que tenía la jarra llenó con admirable pulso, hasta los bordes, el primer vaso de aguardiente.

—Para la dolienta—dijo, levantándole en alto.

—Que gloria se le güelva—contestó la reunión.

Sexto gemido de la viuda.

—¡Yo no puedo beber, que no puedo, que tengo un ñudo en el pasapán!
¡Ay, mariduco mío de mi alma!

—Vaya, mujer, que ya no tien remedio; y el perder tú la salú no le ha de resucitar á él. Toma un trago, que tendrás el estómago aterecío….

—No ha entrao en él un bocao desde antayer créemelo, por mi salvación.
¡Ayyyy!!

—Pus ahora comerás; y por de plonto, échate eso al cuerpo á la buena gloria del defunto.

—¡Ay!, por eso no más lo hago; bien lo sabe Dios.

Y llevándose el vaso á los labios, le agotó sin resollar.

—¡Ay, compañero de mis entrañas!—exclamó en seguida, limpiándose la boca con la manga de la camisa.

El pescador se acercó á ella entonces, y la dió una gran rebanada de pan con un pedazo de queso encima.

Cada uno de los tres huérfanos recibió otra ración igual de pan y queso y medio vaso de aguardiente, previo el indispensable brindis «á la buena gloria del defunto».

Y obsequiada ya de este modo la familia, el vaso, el pan y el queso comenzaron á circular por la reunión entre murmullos muy expresivos, oyéndose de vez en cuando aquí y allá, bien por la chillona voz de una mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida «á la buena gloria del defunto».

La jarra volvió á presentarse otra vez delante de la viuda. Bebió ésta, bebieron sus hijos; y como al llegar á la mitad del corro faltase líquido, la escanciadora se retiró al centro de la sala, y exclamó en el tonillo de rigor:

—Á rial, para los dolientes.

—¡Para un rayo que te parta!—gritó la mujer que antes había reñido con ella.—¿Adonde se han dío dos azumbres de aguardiente que debía haber en la jarra?

—Pos al colaero tuyo y al de otras tan borrachonas como tú—replicó la interpelada, con desgarro.

—Oiga usté, desolladora, ¿va eso conmigo?—dijo una tercera mujer.

—Usté lo sabrá…. Y, por último, la que se pica ajo ha comido.

—Es que si fuera conmigo….

—Si fuera contigo te lo aguantarías.

—¡Ó no!

—¡Ó sí, te digo!

—¡Que no, y rete que no!

—¡Que sí, y rete que sí! Y si has pensao que porque está aquí el tu marido me he de morder yo la lengua y me he de amarrar las manos, te llevas chasco…. Mira, pa él y pa ti.

Y la escanciadora del aguardiente, fingiendo una sonrisa de desprecio hasta alcanzarse las orejas con los extremos de su boca, escupió en medio del corro con la desenvoltura más provocativa. Pero su adversaria, no bien llegó la saliva al suelo, rugiendo como una pantera, saltó sobre la retadora, y asiéndola con todas sus fuerzas por el pelo, la hizo tocar el polvo con las narices; en seguida, de otro tirón la metió la cabeza entre sus piernas; oprimiósela á su gusto; y tendido el cuerpo, sobre las espaldas de su víctima, alargó la mano izquierda hasta cogerle las sayas por la altura de las pantorrillas; enarboló la diestra, trémula y amenazante…; y á no acudir la viuda á detenerla, hubiera castigado delante de la reunión á su enemiga, con la ofensa más terrible que se puede hacer á estas mujeres: con una azotina á telón corrido.

Detrás de la viuda acudieron algunos hombres, y á fuerza de sacudidas y porrazos, lograron separar á aquellas dos furias, que parecían haberse adherido entre sí.

—¡Dolervos de mis lágrimas!—gritaba la dolorida pescadora.

—¡Vaya usté mucho con Dios, zalamerona, cubijera!—la contestó, con un empellón, la vencedora.

—¡Yo cubijera!… ¡yo!—aulló aquélla, transformándose repentinamente en una loba rabiosa.

—¡Tú, sí!… Y esa bribonaza que me habéis quitao de entre las manos, te corría los cubijos cuando tu probe marido supo lo que eras: esa te traía el aguardiente y te vendía los cuatro trapos para comprarlo…. ¡Y tú, tú matastes al infeliz á pesaumbres!

—¡Niégueme Dios su gloria si yo no abro en canal á esta bribona!…
Déjamela, no vos atraveséis delante…. ¡Dame esa cara impostora!…
¡Sal á la luz … que pueda yo echarte mano!

—Deja, que yo la alcanzaré—bramó á su lado la mujer que estuvo á pique de ser azotada, levantando en alto la jarra vacía del aguardiente.

—¡No tires!…—gritaron algunos hombres, corriendo á detenerla.

—¡Quiero matarla!

Y con toda la intención de hacerlo así, despidió la jarra, derecha á la cara de su antagonista. Pero el marido de ésta, que pugnaba rato hacía por contenerla, al ver el proyectil, bajó instintivamente su cabeza, y cubriendo con ella la de su costilla, recibió en medio del occipital la jarra, que se hizo pedazos, como si chocado hubiera contra un muro. Saltó, rugiendo de ira, pero ileso, el marinero; llegó hasta la agresora, y bañándola en sangre la cara con una sonora bofetada, la tendió en el suelo cuan larga era. Merced al desorden que este nuevo lance produjo en el duelo, la viuda logró alcanzar con las uñas el pelo de su adversaria; zarandeóla un rato á su gusto, gritaron entrambas con horribles imprecaciones, terciaron los hombres en el asunto, hubo diferencias entre ellos, sacudiéronse el polvo algunos; y en pocos instantes aquella mugrienta habitación se transformó en un campo de batalla, verdaderamente aterradora; batalla que hubiera costado mucha sangre, á no presentarse en la sala, muy á tiempo, el Alcalde de mar.

Uno de los chicuelos de la casa, después de ver el giro que tomaba la cuestión, había salido corriendo á la calle en busca de aquella autoridad, con tan buena estrella, que la encontró al volver la esquina.

La presencia del Alcalde sofocó, como por encanto, los furores del combate; y eso que el tal personaje era ni más ni menos que un marinero como los demás. Pero estaba facultado para llevar á todo matriculado ante el Capitán del puerto; y este señor cumplía la Ordenanza al pie de la letra, y la letra de la Ordenanza era capaz de amansar á una ballena.

Por buena compostura, se desenlazó el drama marchando cada personaje por su lado, después de pagar entre todos la jarra hecha pedazos.

La viuda, al quedarse sola con sus hijos y el Alcalde, volvió á hacer pucheros y á llorar por el difunto.

—Mira, embusterona—le dijo aquél:—si no quieres que te cruce las costillas con la vara, te callas la boca. Vete con esas lágrimas á onde no te conozcan; que yo ya sé de qué pie cojeas. ¡Hipocritona, borracha!… ¡Á ver si te levantas de ese rincón y barres la casa y das de comer á esos muchachos!

—¿Qué he de darles, si no lo tengo?

—Bebe menos, y verás como lo encuentras.

Tras estas palabras y una mirada muy significativa, pero que nada tenía de dulce, salió de la sala el Alcalde.

Entonces la contrariada mujer, mordiéndose los labios de coraje, fijó maquinalmente su airada vista en los tres hijos que estaban á su lado, y dió un sopapo á cada uno.

—¡Largo de aquí!—les dijo con furor;—y si queréis comer, dir á ganarlo.

Después, excitada por la pelea y aturdida con el aguardiente que había bebido, se tendió en el suelo, mordiendo el polvo y mesándose las greñas.

III

No hace mucho tiempo llegó á mis manos un manuscrito rancio y ahumado, en cuya portada leí, en muy buenos caracteres, el siguiente rótulo: Entremés de la buena gloria.

Abríle con curiosidad, y vi que, en efecto, era un sainete, cuyo argumento se reducía á poner de relieve algunas escenas muy parecidas á las que acabo de referir, presenciadas por dos forasteros, asaz pulcros y timoratos, que de vez en cuando salen de entre bastidores, donde están ocultos, á lanzar al público una andanada de muy saludables, pero muy pedantescas observaciones, contra la profana costumbre de las Buenas Glorias.

No tanto para que se tenga una prueba más de la verosimilitud de mi cuadro, como para que se conozca el saber de la citada producción, cuyo autor tuvo el mal gusto ó la abnegación, de morirse sin descubrir su nombre[9], voy á transcribir algunas de sus escenas, contando con la indulgencia del benévolo lector:

«……………………….. …………………………

MANUELA. ¿Han venido todas ya?

LUCÍA. Cuéntalas, mojuer.

        TOMASA. Veremos.
                 Una, dos, tres, cuatro, cinco….

        MANUELA. Mojuer, Tomasa, ¿qué es esto?;
                 ¿no hay más á esta Buena Gloria?

                 …………………………
                 …………………………

TOMASA. Y ahora, ¿á cuánto escotaremos?

LUCÍA. Á rial y medio.

MANUELA. Eh, golosa, para espenzar no tenemos. Á dos riales…. ¿Qué lo quieres?; ¿que te lo lleven los nietos? Ve con Judas que te lleve á ti y todo tu dinero. ¿No tienes quien te lo gane?; si fuera yo, probe….

LUCÍA. Cierto que puedes quejarte; vaya, á dos riales escotemos.

(Tienden una mantilla en el suelo, y allí cada uno echa su pitanza.)

                 …………………………
                 …………………………

        LUCÍA. Tomasa, ve por el vino.
                 ¿Sabes tú dónde lo hay bueno?

                 …………………………
                 …………………………

        TOMASA. ¿Bastará con cuatro azumbres,
                 á dos por cabeza?

MANUELA. ¡Infierno! Siempre has de ser estrujada; no sabes cuidar tu cuerpo. Y algunos niños si vienen ¿no han de probar algo de ello? Que traigan veintidós justas: en ocho más no paremos.

………………………… …………………………

(Sigue el coro de los hombres.)

EMETERIO. Juan, á tres riales es poco. Somos cuatro, y cuando menos beberemos doce azumbres.

ANTÓN. Simón, dice bien Miterio.

SIMÓN. ¿Y no ha de haber también algo para atizar el rodezno?

EMETERIO. ¿Algo de compaño? Sí.

JUAN. Pus ¿qué traerá?

EMETERIO. Traiga queso.

ANTÓN. Mejores son cuatro arenques, pues sin otro surtimiento somos los cuatro abonaos para soplar un pellejo.

JUAN. Pues bien, vengan los arenques.

EMETERIO. Démosle antes el dinero: á peseta por escote.

ANTÓN. Pues bien, echadlo en el suelo, que esto es una cirimonia que nuestros tatarabuelos nos dejaron prevenío se observase con rispeto en todas las _Buenas Glorias.

(Tienden una capa y echan los escotes.)

………………………… …………………………

MANUELA. Vamos, echa acá el botijo.

(Destápale.)

¡Jesús!, éste no está lleno.

        TOMASA. Algo se baltucaría.
                 Como vine tan corriendo….

        MANUELA. Mejor te lo habrás echao
                 en el camino al coleto.

        TOMASA. Mira la gran desollada:
                 no viene mi casta de eso….
                 Borrachona serás tú.

        ANTÓN. No riñáis ni alborotemos…;
                 tened lástima á la viuda
                 que ha enterrado su consuelo.

VIUDA. ¡Ay!

LUCÍA. Encomendarle á Dios.

TOMASA. Sí, hijas, vaya.

MANUELA. Arrecemos. por los que han muerto en la calle.

(Murmullan entre sí en tono de rezar.)

Y por todos los que han muerto en el servicio del Rey. Pater noster. Arrecemos por el que se hace el ufragio, para que Dios le haiga hecho buena partida á su alma.

VIUDA. ¡Ay!, probe, que sin consuelo he quedado sola y triste, sin mi amado compañero.

(Aráñase)

………………………… …………………………

TOMASA. Dale á la viuda primero: trae acá si no. Toma, hija, come ahora.

VIUDA. ¡Ay!, que no puedo atravesar un bocao. ¡Ay, Santos Mártiles viejos, qué desamparada y sola me habéis dejado! ¡Oh, qué negro fué este día para mí! ¡Ay, desdichada!

MANUELA. Ya de eso no te tienes que alcordar: mañana iremos lo mesmo. Toma de beber, que no has metido nada en el cuerpo.

VIUDA. Que no lo puedo pasar. ¡Ay, mi Juan, mi compañero, cómo podré yo olvidarte!

(Bebe.)

………………………… …………………………

MANUELA. Mojuer, echa de beber.

TOMASA. No hay más.

        MANUELA. ¿Cómo ha sido esto?
                 Mojuer, ¿ónde ha ido ese vino?

TOMASA. ¿Había de ser eterno?

LUCÍA. Oyes, debajo la saya

(Aparte.)

                 he visto estar escondiendo,
                 una jarra la Tomasa.

        MANUELA. Hola Tomasa, ¿qué es eso?
                 ¿Ónde echastes la otra jarra?

        TOMASA. ¿Pues acaso yo la tengo
                 ni la he visto, deslenguada?

MANUELA. Sí: tú la tienes ahí dentro.

TOMASA. Andad, pícaras, borrachas.

MANUELA. La borracha tú y tu abuelo, lo seréis; y se ha de ver quién la ha hurtado.

(Agárranse las dos del pelo.)

TOMASA. ¡Suelta el pelo!

MANUELA. No te ha de valer, bribona, más que bribona; el gargüero te he de arrancar; dalo aquí. Mirad si tiene algo dentro de la saya.

(Levántanse y la registran.)

LUCÍA. Sí, aquí está.

MANUELA. Te aseguro y te prometo, pellejona, sin vergüenza….

LUCÍA. Dejadlo, vaya.

        MANUELA. La tengo
                 de beber la sangre aquí.

        SIMÓN. Hombre, que se matan creo
                 la mujeres.

EMETERIO. No, maldita, no tengas por eso miedo: se darán cuatro cachetes y se arañarán el pelo, pero nada más.

TOMASA. ¡Vecinos, que me ajuegan, venid presto, estas pícaras borrachas!

JUAN. ¿Qué tenéis?; ¿por qué es aquesto?

(Continúan riñendo.)

…………………………»

Se representó este sainete en Santander, según una nota que contiene, el año de 1783, en el día de los santos mártires Emeterio y Celedonio, es decir, el 30 de agosto.

Compárense las escenas que quedan extractadas de él con las que yo he referido por mi cuenta, y véase cuán íntegro se conserva en la actualidad el ritual de la Buena Gloria, si es que no aparece el vigente aumentado y corregido.

De un larguísimo y soporífero prólogo que antecede al entremés, resulta que el Ilmo. Señor don Francisco Javier de Arriaza, primer Obispo de esta diócesis, empleó todos los esfuerzos de que eran capaces su autoridad y su fervor, contra tan profana ceremonia; que su sucesor hizo lo mismo, y que en el púlpito los oradores más afamados trabajaron con incansable celo en la propia obra; pero que todo fué en vano.

La Buena Gloria, cuyo origen se ignora, pero que es antiquísimo según el autor del sainete, y mucho más según uno de sus personajes, que dice, al echar el dinero sobre la capa,

«Ésta es una cirimonia que nuestros tatarabuelos nos dejaron prevenío se observara con rispeto»;

la Buena Gloria, repito, continuó después en toda su escandalosa solemnidad, á despecho de sermones, de anatemas y del entremés citado; atravesó impávida épocas de tirantez é intolerancia, y sin que nada haya podido contra ella, logró aclimatarse en la moderna atmósfera de fósforo y vapor, y aquí existen todavía en uso sus inconcebibles prácticas[10].

FOOTNOTES:

[Footnote 9: En otras copias, que yo no he visto, del mismo entremés, parece declararse ser su autor don Pedro García Diego, vista, que fué, de la real aduana de este puerto.

(Nota del A. en la ed. de 1876.)]

[Footnote 10: No me atrevería hoy á asegurar que se conserve en Santander esta costumbre tan arraigada como aún lo estaba cuando se publicó este cuadro por primera vez; pero tampoco me comprometo á afirmar que se ha desterrado enteramente. (Nota del A. en la ed. de 1876.)]

EL JÁNDALO

I

Después que lanza el invierno el penúltimo suspiro, y cuando montes y peñas de este rincón bendecido sobre campo de esmeralda pardos levantan los picos, y más clara el agua corre, y en sus cauces van los ríos, llega el espléndido mayo sobre las auras mecido, despejando el horizonte y aliviando reumatismos; tras de mayo viene junio, como siempre ha sucedido, y San Juan, según el orden que va siguiendo hace siglos, antes que junio se acabe da al pueblo su día magnífico. Todo lo cual significa, para evitar laberintos, que en San Juan vienen los jándalos y que entonces vino el mío.

Ya tocaba en el ocaso del sol el fúlgido disco, y sobre el campo cayendo leves gotas de rocío, daban vida á los maizales y al retoño ya marchito, cuando en la loma de un cerro á cierto lugar vecino, cuyo nombre no hace al caso, y por eso no le cito, un jinete apareció[11] sobre indefinible bicho, pues desde el lomo á los pechos y desde el rabo al hocico, llevaba más alamares que sustos pasa un marido. Todo un curro era el jinete, á juzgar por su trapío: faja negra, calañés y sobre la faja un cinto con municiones de caza, pantalón ajustadísimo, marsellés con más colores que la túnica de un chino, y una escopeta, al arzón unida por verde cinto.

Al ver entre matorrales destacarse y entre espinos el escueto campanario, de su hogar místico abrigo, detuvo la lenta marcha del engalanado bicho, descubrióse la cabeza, exhaló tierno suspiro, meditó algunos instantes … y continuó su camino.

Á un cuarto de hora del pueblo detuvo otra vez el ímpetu de su jaco, se apeó y llamó en un ventorrillo: —¡Ah de casa!… ¡montañés! —¡Allá va!—¡Po janda, endino! —¡Buenas tardes.—Que mu güenas…. Pero, calle…; ¡tío Perico! —¡La Virgen me favorezca!, ¡si es Celipuco el de Chisco! —El mismo que viste y calza. —Seas mil veces bien venido. ¿Y cómo va de salud? —Mejor que quiero…; ¡pues digo!; salú … pesetas … viniendo, camará, del paraíso, como yo vengo … á patás topamos allí toiticos esos probes menesteres…. Conque toque usté esos cinco … y destranque la canilla, que yo pago ¡de lo fino!… Vaya un vaso.—Á tu salud. —Á la de usté, tío Perico. Y mi padre ¿cómo está? —Los años,…—¡Ya!… ¡Probesiyo! ¡Si esa borona maldita es el manjar más endino cá nacío de la tierra!…; pero ende hoy, tío Perico, ha de tragar buen pan blanco, buenas hebras y buen vino; que si el probe no lo tiene, para él lo ganó su hijo. —Bien harás, que es muy honrado y anciano.—¡Cuando yo digo que ha de gastar pitifoques y calesín!…—No es preciso, para que honres á tu padre, tanto lustre; que ha vivido entre terrones, y tiene sobrado, junto á sus hijos, para ser feliz de veras, con pan, descanso y cariño. —Pos cariño y pan tendrá, y descanso…. Ya estoy frito por verle y darle un abrazo…. Ahí tiene usté por el vino, que va cerrando la noche y es oscura…. No lo digo, es la verdá, por el miedo, porque me espante el peligro, que allá, bien lo sabe Dios, más negras las he corrió; sino que…, ¡firmes, Lucero! ¿Pero no ve usté qué bicho? Es una fiera, ¡cabales!; cuanto más anda, más bríos. Misté el jierro en esta nalga: es cartujano legítimo…. Y oigasté, por lo que sea: dejo atrás, en el camino, una recua de jumentos cargaos con mis equipos. Cuando lleguen, que refresquen los mozos con un traguillo y encamine usté la recua á mi casa…. Me repito.

Clavóle los acicates en los ijares al bicho, arreglóse el calañés, escupió por el colmillo, y, entonando una rondeña, partió á galope tendido. —«Mucha bulla, pocas nueces; mucha paja, poco trigo»; —murmuró desde la puerta del ventorro el tío Perico.— Aunque si lo de la recua no falta…. El mancebo es listo…. ¿Quién sabe?… Cierro y aguardo. …………………………… Pero la recua no vino.

FOOTNOTES:

[Footnote 11: Desde que los ferrocarriles cruzan nuestra Península y penetran en esta provincia, los jándalos no vienen á caballo, ni se van en tardo mulo. Han perdido, por lo tanto, uno de sus más gráficos atributos.

(Nota de la 1.ª ed. en 1864.)]

II

Echando al aire cohetes y descerrajando tiros, y entonando macarenas coplas, á pelado grito, entró el jándalo en su pueblo entre perros y chiquillos, que de una en otra barriada, con voces y con ladridos, publicaron la venida de aquel hombre «tan riquísimo», en un instante, saliendo á la calle los vecinos á verle pasar; que el pueblo, como es notorio, ab initio es novelero y curioso aquí y en Francia … y en Pinto. —Buen verano, caballeros…. ¡Adiós, mi alma!…—Bien venido. —Compadre, jasta la vista…. —Dios te guarde.—Agur, vecino. —¡Bien llegado!—Agraesiendo, camará…, siempre su amigo; pero me aguarda mi padre…. ¡Hacerse á un laito, niños!

Y revolviendo su potro, como pudo, á cada grito, y la mano dando al uno y al otro las gracias fino, y á las mozas requebrando y atropellando chiquillos, atravesó la barriada y llegó al hogar carísimo, donde hubo besos y abrazos y todo lo consabido.

Después se sacudió el polvo con su pañuelo finísimo, guardó el caballo entre mantas («porque era una fiera el bicho, y tragándose el espacio al andar, sudaba el quilo»), anunció, como de paso, para muy luego el arribo de la consabida recua; y entre familia y amigos que á saludarle acudieron, circuló el jarro de vino, se cenó de lo mejor; y hasta que ya era por filo pasada la media noche, en loor al recién venido, duró la marimorena que, aunque inútil es decirlo, costó al jándalo los cuartos y á más de tres … el sentido.

Amaneció el nuevo día, y ya su ánimo tranquilo, abrió el jaque la maleta para mudarse el vestido; llamó ufano á la familia, y ofreció á cada individuo un regalo: un calañés á su padre; á un hermanito, una camisa de holanda (y era de algodón mezquino), y á su hermana un rico chal de la India (según dijo, pues era un retal menguado, de vara de pico á pico). Todo aquello, por supuesto, eran obsequios levísimos, pues las galas que traía hasta para los amigos, las conducía «la recua que quedaba en el camino».

Pasó el día de San Juan gastando largo y tendido y luciendo, aunque el calor hacía trinar los grillos, capa de largos fiadores sobre zamarra de rizos.

Al siguiente, el pobre viejo que iba á descansar tranquilo con el amparo del jándalo, de sus retoños seguido volvió al campo, como siempre, á doblar su cuerpo rígido sobre los terrones, que le daban sustento mísero.

En tanto vagaba el jándalo, sobre su andaluz bravío, por callejas y senderos, reconociendo los sitios que poco antes frecuentara con el dalle y el rastrillo…. Porque lo había olvidado todo, todo…, hasta el oficio, y el lenguaje de su pueblo y el nombre de sus vecinos.